Durante décadas, la universidad norteamericana fue el equivalente académico de una aspiradora global de talento: si eras bueno, ambicioso, curioso o simplemente querías estar cerca de donde pasaban las cosas, intentabas ir a Estados Unidos. El sistema funcionaba porque mezclaba dinero, libertad intelectual, reputación, meritocracia y una promesa razonablemente creíble: ven aquí, trabaja duro, y podrás hacer ciencia, empresa o carrera profesional al máximo nivel.
Omar Yaghi, nacido en Amman en una familia palestina refugiada, criado en una casa sin agua corriente ni electricidad, enviado a Estados Unidos con quince años y convertido décadas después en premio Nobel de Química, era precisamente una de esas historias que explicaban ...