La educación no necesita detectives de la inteligencia artificial: necesita mejores preguntas

IMAGE: A classroom divided between warm, personalized learning and cold AI surveillance, showing how education can either foster curiosity or become a futile detection arms race

El interesante artículo de The New York Times sobre la nueva industria de los «humanizers» y los «autotypers», «Student cheating is becoming impossible to detect in an A.I. era«, debería producir menos escándalo y más vergüenza. No porque los estudiantes intenten hacer trampas, que algunos lo harán siempre, sino porque hemos creado exactamente el ecosistema que incentiva ese comportamiento: profesores intentando detectar si un texto fue escrito con inteligencia artificial, estudiantes intentando ocultarlo, y empresas encantadas de vender herramientas a los dos bandos. Un mercado perfecto de la paranoia educativa.

La escena es grotesca: herramientas que reescriben un texto generado por inteligencia artificial para que parezca «más humano». Programas que van insertando palabras en Google Docs poco a poco, con pausas, erratas y correcciones falsas, para simular que el estudiante estuvo escribiendo de verdad. Aplicaciones que prometen «errores creíbles». Detectores que dicen preservar la integridad académica mientras ofrecen, en el mismo producto o en el ecosistema adyacente, la posibilidad de generar trabajos completos. Como dice una ejecutiva citada por el NYT, «bigger cat, bigger mouse». Exactamente: un gato cada vez más grande persiguiendo un ratón cada vez más grande, mientras el aprendizaje se queda pasmado mirando por la ventana.

El problema no es que la inteligencia artificial haya destruido la educación: el problema es que ha dejado al descubierto muchas de sus ficciones. Durante décadas evaluamos productos finales como si fueran pruebas claras de aprendizaje: un ensayo, un comentario, un informe, un trabajo. Que esas «pruebas» pudiesen estar hechas por otro compañero, por un hermano mayor o por un alumno brillante en Kenya, en India o en Nigeria nos daba igual. Pero si una máquina puede generar ese producto en segundos, la pregunta obvia no es cómo detectamos a la máquina, sino por qué seguíamos evaluando de esa manera. La inteligencia artificial no ha roto la evaluación tradicional: ha revelado lo frágil, rutinaria y fácilmente automatizable que era en demasiados casos.

Como ya defendí en «Evaluar con inteligencia (y no con detectores)«, sancionar a un alumno basándose en supuestos «detectores de inteligencia artificial» es una irresponsabilidad. OpenAI retiró su propio clasificador por su baja fiabilidad, y Stanford HAI documentó sesgos contra escritores no nativos de inglés. Pretender convertir una probabilidad algorítmica en una acusación disciplinaria no es rigor: es pseudociencia con interfaz bonita. Y ahora, además, sabemos que alrededor de esos detectores está creciendo toda una industria para burlarlos. ¿De verdad queremos dedicar el futuro de la educación a esta estupidez? ¿O, como gusta a muchas instituciones educativas, hacer como que no existe?

La pregunta relevante no es «¿ha usado inteligencia artificial?», sino «¿qué ha aprendido?». Un estudiante puede usar inteligencia artificial para copiar sin entender, igual que antes podía copiar de Wikipedia o de un compañero. Pero también puede usarla para pedir explicaciones alternativas, practicar, traducir, revisar argumentos, generar ejemplos, simular un tutor socrático o recibir feedback inmediato. El uso no define el aprendizaje. Lo define la comprensión, el criterio, la capacidad de defender una idea, de contrastar fuentes, de reconocer errores y de mejorar.

Ahí está la oportunidad enorme que estamos desperdiciando. La inteligencia artificial puede ser una herramienta extraordinaria para personalizar la educación hasta límites que nunca habíamos podido alcanzar. Cada estudiante aprende a ritmos distintos, con miedos distintos, con capacidades distintas, con contextos familiares, lingüísticos y cognitivos distintos. El aula tradicional ha tratado esa diversidad con una mezcla de buena voluntad y recursos insuficientes. La inteligencia artificial, bien gobernada, puede ofrecer explicaciones adaptadas, práctica ilimitada, disponibilidad 24×7 e interacciones que no te juzgan. Para muchos alumnos, poder preguntar diez veces lo mismo sin sentir vergüenza por hacerlo o sin que se burlen de ti no es una comodidad: es una revolución.

Esto conecta directamente con el Universal Design for Learning de CAST: ofrecer múltiples formas de acceder al conocimiento, expresarlo y comprometerse con él. La inteligencia artificial puede convertir un texto complejo en una explicación paso a paso, en audio, en ejemplos visuales, en conversación, en ejercicios graduados o en una tutoría individual. Puede ayudar a estudiantes con dislexia, ansiedad, altas capacidades, dificultades lingüísticas o lagunas previas. No sustituye al profesor; le permite dejar de actuar como repetidor de contenidos y centrarse en lo verdaderamente humano: criterio, acompañamiento, contexto, ética, exigencia y conversación.

Por supuesto, esto exige reglas. La UNESCO pide políticas centradas en las personas, no fascinación tecnológica acrítica. El Departamento de Educación de Estados Unidos ha insistido en integrar la inteligencia artificial con transparencia, seguridad y responsabilidad. Nadie sensato propone dejar que una máquina decida por nosotros ni entregar datos de estudiantes a cualquier plataforma. Pero gobernar no es prohibir: gobernar es diseñar usos, límites, evidencias y responsabilidades.

La salida lógica es rediseñar la evaluación. Pedir procesos, no solo productos. Prompts, borradores, iteraciones, decisiones descartadas, fuentes verificadas, defensa oral, aplicación a casos reales, reflexión metacognitiva. Evaluar cómo se trabaja con la inteligencia artificial, no fingir que no existe. Enseñar a citarla, cuestionarla, corregirla y usarla sin delegar el pensamiento. Lo contrario es entrenar a los estudiantes no para aprender, sino para esconderse mejor.

Si convertimos la inteligencia artificial en un juego del gato y el ratón, perderemos todos. Perderán los profesores, agotados en tareas detectivescas absurdas. Perderán los estudiantes, educados en la desconfianza y el disimulo. Y perderá la sociedad, que habrá desperdiciado una tecnología capaz de hacer la educación más personalizada, más accesible y más justa. La inteligencia artificial debería ser una de las mejores noticias que ha recibido la educación en décadas. Estamos a tiempo de dejar de tratarla como una coartada para sospechar, y empezar a usarla como una razón para educar y enseñar mejor.


This article is also available in English on my Medium page, «The only question teachers should ask students in the age of AI remains the same as ever: ‘what have you learned?’«

12 comentarios

  • #001
    Dani (otro Dani) - 23 junio 2026 - 11:16

    Completamente de acuerdo con la propuesta que haces sobre el uso de la inteligencia artificial en la educación, pero para aplicarla y generalizarla nos falta algo cada vez más escaso: inteligencia humana.

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  • #002
    D.M.G. - 23 junio 2026 - 11:23

    Maravilloso enfoque. Coincido en que estas herramientas son oro puro y, bien administradas, tienen el potencial de cambiar radicalmente la calidad educativa, facilitando la labor del profesorado y enriqueciendo la formación del alumnado.

    Al hilo de la necesidad de «mejores preguntas» que mencionas en el título, hoy en The Conversation España han publicado un artículo que complementa perfectamente lo expuesto aquí:
    Por qué los niños dejan de preguntar en la escuela y cómo recuperar el hábito

    Creo que la sinergia entre recuperar el hábito de preguntar y usar la IA como apoyo socrático es el verdadero camino a seguir. Adoptar esa dirección con diligencia y prudencia será realmente transformador. Como bien dices, todo se resume a voluntad, profesionalidad y buena actitud. Lo demás es ruido mediático que no aporta nada.

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  • #003
    Juanjo - 23 junio 2026 - 12:47

    Aunque coincido bastante con el enfoque que le quieres dar, con las ratios actuales, atender individualmente a todos los alumnos en secundaria y bachillerato, con o sin IA, es una quimera. Por otra parte, lo del UDL/DUA es pseudociencia, no deja de ser un pastafarismo más. De hecho, los supuestos fundamentos neurocientíficos en los que se basa, no son más que la enésima reformulación de las inteligencias múltiples ( ver p.ej. Héctor Ruiz «Cómo aprendemos «). El UDL puede ser útil como metáfora, pero nada más.
    Respecto al juego gato-ratón, se va a seguir utilizando, no lo dudes, y sí, em efecto hay que conocer las limitaciones de las herramientas, p. ej. aquí se analiza turnitin:
    https://victoryepes.blogs.upv.es/2026/06/12/turnitin-ia-educacion/

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  • #004
    Xaquín - 23 junio 2026 - 13:15

    Todo examen, escrito u oral, el más trabajado también (porque los hay de risa), te plantea básicamente dos preguntas… ¿Que tienen de bueno las respuestas acertadas? Porque la forma de contestar es muy importante. Y ¿Qué tienen de «bueno» las respuestas erróneas? Porque una mala respuesta casi siempre tiene algo provechoso entre la paja.

    Lo que siempre falta son ganas de trabajarse el examen por parte del profesorado. Y mucho menos la corrección, que no es pasar los ojos por encima de la respuesta. Y en oral se puede dar el caso de que una pregunta tiene dos formulaciones, pero el cátedro se empeña en usar una sola de ellas.

    Cuando no la puerca costumbre de solo mirar el resultado. Incluso cuando faltan las unidades, porque pudieron las prisas (hay gente más lenta)…, pero, mira tú por dónde, están escritas en una línea más arriba!!!

    Y eso en escrito u oral tradicional, ya me río yo con el mal uso de la IA… por parte de alumnado y profesorado (pagado para seguir aprendiendo).

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  • #005
    Dedo-en-la-llaga - 23 junio 2026 - 14:45

    En efecto, Sr. Dans, volvemos a lo de siempre, a lo de toda la vida, (bueno, desde el siglo XII con la creación de la Universidad), seguimos haciendo el borrego mirando la Luna y no queriendo saber nada del dedo que la señala.

    Y el dedo que la señala, de siempre, de toda la vida, (y más ahora), siempre ha sido un auténtico despropósito existencial: Hacernos creer en todo un sistema educativo que es pura basura. ¿Por qué? ¡¡¡Por que está hecho para ejercer UN PODER!!!. Esa es la clave, el uso y el abuso de un PODER.

    Y el borreguismo nos alcanza a todos, alumnos incluidos, que interpretamos como una evaluación sobre competencias personales, lo que es la expresión de una clara y notoria dominación social.

    De ahí el gato gordo y el gordo ratón, (una visión infantiloide de la dialéctica hegeliana del amo y el esclavo, mirad si es «vieja» la cosa…) juassss!!!

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  • #006
    JM - 23 junio 2026 - 18:08

    Cuando ayudo a estudiar a mi hijo de 11 años lo que me interesa es que entienda los conceptos y sepa relacionarlos y seguimos repasando desde varios puntos de vista hasta que se hace una buena idea general. Aunque saca buenas notas me interesa más que saque algo de provecho de las asignaturas.

    Quizás se debería volver a los exámenes orales donde es más sencillo descubrir que es lo que sabe realmente el alumno. Y por supuesto trabajo del profesor con la clase para que los alumnos se acostumbre a ese tipo de enseñanza.

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  • #007
    oam90 - 23 junio 2026 - 20:18

    Gracias por este texto. Me acordé de una historia corta de ficción de Cory Doctorow llamada «Vigilant» que trata sobre como la junta de educación usa la tecnología para que los estudiantes que llevan sus clases desde casa no hagan trampa en los exámenes. Convierten las evaluaciones en un juego del gato y el ratón, alejándose del verdadero objetivo, que es el aprendizaje de los alumnos.

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  • #008
    Dedo-en-la-llaga - 24 junio 2026 - 01:01

    Es flipante, siguen los comentarios sin tocar un pelito la esencia misma de todo el sistema. Ni preguntarse por qué, por ejemplo, los alumnos que terminan el bachillerato, no tienen casi N.P.I. de todo lo relacionado con el mundo financiero; mucho menos todavía con NADA de lo que, otro ejemplo, se trata en este blog. Dado que son temas que les impactan de lleno en su vida cotidiana de borrego. («Ay, jefe, jefe, pofavó, porfavó, dezcuénteme má de IRPF en la nómina del mez, que luejo me sale a pajar muxo en la declaración de la renta.»)

    ¿Negligencia? Para nada, son temas que NO interesa que entren en el adoctrinamiento normal de un alumno que, mejor, venga borrego, continúe borrego, y salga doblemente borrego. Ni más ni menos.

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  • #009
    desafecto - 24 junio 2026 - 08:33

    La tragedia de la educación son treinta y pico alumnos por clase sin mantenimiento de infraestructuras y con personal precarizado. Y todo en rumbo a las directrices de la OCDE para crear la mano de obra del capitalismo terminal.
    Lo de la IA es una burbuja/negocio más que medra en este sistema en descomposición.

    ¿Aprender? ¿En un ecosistema donde la educación privada se basa en clientes satisfechos con notas infladas? ¿De qué Calidad hablamos?

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  • #010
    Patricia García - 24 junio 2026 - 14:16

    Brillante….creo que estos argumentos contribuyen a darle un cierre perfecto a toda la confusión y discusión sobre este tema. Gracias, es lo mejor que he leído en los últimos días.

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    • Lua - 24 junio 2026 - 20:37

      Tu (ni otros) no has dado una clase en tu vida, y por «clase» entiendo las de instituto, no las de «universidades adhoc, donde el titulo depende de si pagas… y lo que pagas…»

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  • #012
    Óscar - 30 junio 2026 - 20:04

    La parte positiva de la irrupción de la IA en la comunidad educativa, es que hemos pasado de décadas inmovilismo en la enseñanza a preguntarnos ahora todos (no se escapa ni el que no sabe ni enchfar un pc) cómo enfocar la nueva realidad.

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