Cuando en abril escribí sobre la cosecha cautiva de John Deere, la historia parecía todavía una de esas batallas aparentemente técnicas en las que una compañía intenta convencer al mundo de que restringir lo que sus clientes pueden hacer con aquello que han comprado es una forma de protegerlos. Ahora, con el acuerdo anunciado por la FTC, esa coartada empieza a desmoronarse. No porque John Deere haya descubierto las virtudes de la apertura, sino porque el regulador ha puesto negro sobre blanco algo fundamental: si una empresa vende una máquina, no puede reservarse indefinidamente la llave digital que permite mantenerla viva.
El acuerdo obliga a Deere, durante diez años y bajo supervisión, a proporcionar a agricultores y talleres independientes recursos de ...