A lo largo de las últimas décadas, hemos presenciado la construcción de toda una economía digital sobre una asunción cómoda, pero falsa: que plataformas como Google, Facebook, X, Instagram y otras podían funcionar como canales de distribución estables para nuestros contenidos.
Cualquier página que fuese capaz de producir un contenido de calidad razonable, que modificase sus titulares para dotarlos de un estilo determinado («optimizar», lo llamaban), que jugase con las reglas del buscador y que fuese capaz de conseguir cierta relevancia social se encontraba con un flujo más o menos regular de lectores, a los que podía martirizar sistemáticamente con formatos de publicidad en muchos casos completamente ...