La decisión de la administración Trump de impedir la autorización de nuevos robots humanoides y cuadrúpedos fabricados fuera de Estados Unidos se presenta, como tantas otras restricciones tecnológicas de los últimos años, envuelta en el lenguaje solemne de la seguridad nacional. La Federal Communications Commission sostiene que esos dispositivos podrían ser utilizados para vigilar, recopilar datos o ser controlados remotamente por actores hostiles. Junto a ellos ha incluido también los inversores conectados, componentes esenciales en instalaciones solares, baterías, centros de datos y redes eléctricas.
De acuerdo en que no es completamente absurdo preocuparse por la seguridad de una máquina equipada con cámaras, micrófonos, sensores, conectividad y capacidad de movimiento: se han documentado vulnerabilidades preocupantes en robots chinos, y Axios recuerda investigaciones sobre una puerta trasera en dispositivos de Unitree. Un robot conectado debe auditarse, someterse a requisitos estrictos de ciberseguridad y ofrecer garantías sobre dónde envía sus datos. Exactamente igual que uno estadounidense o japonés.
Pero eso no es lo que hace la prohibición. La norma no establece un estándar técnico exigente que todos los fabricantes deban superar. No obliga a publicar el software, eliminar conexiones innecesarias, mantener los datos localmente o superar auditorías independientes. El procedimiento para obtener una excepción ni siquiera exige mejorar la seguridad: pide, sobre todo, explicar cómo se trasladará la fabricación a Estados Unidos. La supuesta defensa contra el espionaje termina siendo una política industrial disfrazada.
La magnitud de la debilidad queda clara en las cifras. China controla aproximadamente el 85% del mercado mundial de humanoides. En 2025 se enviaron unos 15,000 robots de este tipo: Unitree y AgiBot superaron cada una las 5,000 unidades, mientras Tesla y Figure AI fabricaron unos pocos cientos o menos, según los datos recogidos por Associated Press. China no solo investiga: fabrica, despliega, aprende y reduce costes. Estados Unidos, mientras tanto, presenta demostraciones, acumula valoraciones astronómicas y escucha a Elon Musk prometer que Optimus será «el mayor producto jamás creado».
En ese contexto, excluir a los competidores chinos tiene un beneficiario evidente. No hace falta imaginar una orden redactada personalmente para proteger a Musk: basta con observar sus efectos. Tesla intenta convertir Optimus en el relato que justifique una parte creciente de su valoración, pero debe competir con fabricantes capaces de producir mucho más, aprender de miles de unidades desplegadas y bajar los precios con una velocidad imposible de igualar desde una fábrica protegida. Prohibir esos robots evita la comparación más incómoda: la que se produce en el mercado.
La cuestión no se limita a los humanoides. Estados Unidos ha levantado barreras contra Huawei, TikTok, drones DJI, vehículos eléctricos, baterías, paneles solares, semiconductores y ahora inversores y robots. Cada producto chino que alcanza una posición competitiva termina reinterpretado como una amenaza existencial. A veces existen riesgos reales, pero la respuesta es siempre la misma: bloquear, sancionar o gravar, en lugar de competir.
Esa estrategia puede ganar tiempo, pero también destruye incentivos. Un mercado protegido permite vender productos más caros, avanzar más lentamente y confundir patriotismo con innovación. Además, priva a investigadores y empresas estadounidenses de plataformas económicas con las que experimentar. La propia Nvidia presentó recientemente un diseño de referencia para humanoides basado en un chasis de Unitree, una colaboración que ahora queda comprometida. La industria estadounidense no solo pierde competidores: pierde herramientas, proveedores y oportunidades de aprendizaje.
Las restricciones tampoco detienen necesariamente a China. Con frecuencia la hacen más autónoma y eficiente. El caso de DeepSeek mostró cómo la escasez de chips avanzados estimuló nuevas técnicas para utilizar mejor los recursos disponibles. Un análisis de Brookings advertía que intentar conservar el liderazgo haciendo tropezar al rival puede producir exactamente el efecto contrario. La historia tecnológica está llena de prohibiciones que sustituyeron una dependencia temporal por un competidor permanente.
La seguridad nacional exige seleccionar cuidadosamente qué tecnologías son críticas, definir riesgos verificables y construir estándares aplicables a todos. Convertir cualquier producto extranjero competitivo en una amenaza es otra cosa: es proteccionismo defensivo y, sobre todo, una señal de miedo.
Una potencia segura de su capacidad abre el mercado, examina los productos, exige garantías y compite. Una potencia que teme perder levanta un muro y afirma que lo hace para proteger a sus ciudadanos. La prohibición de los robots chinos no demuestra que Estados Unidos sea más fuerte. Demuestra que ha empezado a sospechar que, si permite competir a los demás, puede descubrir que ya no lo es.


A Musk habria que aplicarle aquello de «rentabilidades pasadas no garantizan rentabilidades futuras».
Tesla lleva perdido un 30% desde Junio y Space X un 50% desde que salió a bolsa.
Y los chinos tienen la formula magica para estos tiempos de tanta desigualdad: dejan que USA se lleve los laureles de lo mejor, que casi nadie puede permitirse comprar y ellos lo hacen mas eficiente y mucho mas barato.
Solo he entrado a decir que totalmente de acuerdo con Enrique y con Juan T.
Una cosa que los chinos tienen y que USA no tiene es mercado infinito. Para los chinos (por mercado interno) es más sencillo escalar y luego su mercado es medio oriente, india, áfrica, sudeste asiático, países musulmanes de todo pelaje, la antigua URSS y latinoamérica. Venden a todos y les da igual una dictadura o democracia. Lo que quieren es vender y punto.
Mientras tanto nosotros no sé si más prácticos o consecuentes pensamos en multar a todo el mundo por no seguir nuestras reglas y gravar la competencia.
A veces me pregunto si no estamos en una torre de marfil mientras abajo sigue la vida «normal» donde los chinos están en todo.