Cualquier estudiante puede hoy fotografiar un ejercicio, subirlo a un chatbot y recibir una solución completa en segundos. Eso no ha creado el problema de los deberes: lo ha expuesto. Durante muchísimo tiempo, los deberes han sido una constante casi incuestionable del sistema educativo. Una extensión casi automática de la jornada escolar, legitimada por la tradición, la presión social y una intuición aparentemente razonable: practicar más debería traducirse en aprender más.
Sin embargo, esa lógica, que nunca estuvo del todo clara, empieza a resquebrajarse con una velocidad inusitada. Y no solo por razones pedagógicas, sino por una transformación tecnológica que ha alterado profundamente el significado mismo de «hacer los deberes».
El detonante más visible es la inteligencia artificial generativa. Que cualquier estudiante pueda fotografiar un ejercicio, subirlo a un chatbot y recibir no solo la respuesta, sino también una explicación razonable, una reformulación e incluso una versión «más humana» para entregarla provoca que el coste de aparentar aprendizaje haya caído prácticamente a cero. Y eso, en términos educativos, es devastador.
Pero sería un error pensar que la inteligencia artificial ha creado el problema: como decía al principio, más bien lo ha puesto de manifiesto. Porque si una tarea puede ser completamente externalizada sin que el alumno tenga que pensar, es probable que esa tarea ya fuese pobre desde el principio. La inteligencia artificial no ha inutilizado los deberes: ha dejado en evidencia la fragilidad de su diseño.
Los datos acompañan esa sensación. El uso de chatbots entre adolescentes es ya mayoritario, y más de la mitad los utiliza para tareas escolares, mientras una proporción significativa reconoce que los emplea de forma intensiva. En ese contexto, seguir defendiendo el modelo tradicional de deberes equivale a ignorar el entorno cognitivo en el que hoy operan los estudiantes.
Al mismo tiempo, algo está cambiando también desde dentro del sistema. Algunos distritos escolares están empezando a abandonar los deberes obligatorios, argumentando que no mejoran significativamente el rendimiento académico y que pueden aumentar el estrés familiar. No es una revolución ideológica, sino una adaptación pragmática: cuando una herramienta deja de funcionar, se replantea.
Durante años, la investigación sobre deberes ha sido contradictoria: algunos estudios encuentran beneficios modestos, otros prácticamente ninguno, y muchos subrayan que variables como la motivación, la autorregulación o el contexto pesan más que el tiempo dedicado. Pero hay un dato que cambia la discusión: un artículo con mediciones precisas del tiempo de estudio basadas en datos reales, no en cuestionarios demuestra con más de seis mil estudiantes de tres países resolviendo más de 1.1 millones de ejercicios que existe un patrón claro y bastante intuitivo: dedicar más tiempo al estudio mejora el rendimiento en matemáticas, especialmente en los alumnos con peor punto de partida, y esos efectos pueden mantenerse en el tiempo cuando el aprendizaje es real.
Pero aquí está la clave: no se trata simplemente de «hacer más», sino de cómo se hace. El propio estudio insiste en que la calidad del estudio, es decir, mejorar mientras se practica, es determinante. Y eso cambia completamente la discusión. Porque lo que ese trabajo analiza no son deberes tradicionales, sino práctica estructurada en un entorno digital con feedback inmediato, adaptación y seguimiento. Es decir, exactamente lo contrario de la hoja de ejercicios repetitivos que un alumno puede fotografiar y resolver con un chatbot sin necesidad de pensar en absoluto.
La evidencia sobre sobrecarga tampoco ayuda a defender el modelo clásico. Sabemos desde hace tiempo que a partir de cierto umbral, en torno a dos horas diarias, los beneficios se estancan y aparecen efectos negativos como estrés y agotamiento.
Mientras tanto, los resultados académicos tampoco invitan al optimismo. Los datos recientes muestran un deterioro preocupante, especialmente entre los estudiantes con peor rendimiento, lo que pone en evidencia que ni siquiera el modelo tradicional de deberes estaba cumpliendo su función de refuerzo. Y, sin embargo, el profesorado ya está reaccionando. Una proporción significativa afirma haber reducido la cantidad de deberes en los últimos años, y una parte relevante directamente ha dejado de asignarlos.
La conclusión empieza a ser evidente: los deberes, tal y como los hemos entendido durante décadas, están obsoletos. No porque todo trabajo fuera del aula sea inútil, sino porque su formato dominante (repetitivo, mecánico, fácilmente delegable) ha dejado de tener sentido en un mundo con inteligencia artificial.
Pero abolirlos sin más tampoco es la solución. Porque, como muestra la evidencia, el aprendizaje requiere tiempo. Sin inversión de tiempo, simplemente no hay adquisición de habilidades. La cuestión, por tanto, no es si los deberes deben desaparecer, sino si somos capaces de reinventarlos.
Unos «buenos deberes» en la era de la inteligencia artificial no puede consistir en resolver ejercicios rutinarios o redactar textos genéricos. Tiene que exigir algo que la máquina no pueda ofrecer directamente sin intervención significativa del alumno: comparación, juicio, contextualización, explicación, detección de errores. Tiene que dejar rastro cognitivo. Eso implica, por ejemplo, pedir a los estudiantes que utilicen la inteligencia artificial de forma explícita y crítica: que documenten cómo la han usado, que contrasten respuestas, que identifiquen limitaciones, que expliquen sus decisiones. No se trata de prohibir la herramienta (una batalla obviamente perdida), sino de convertirla en parte del proceso de aprendizaje. Y de paso, que aprendan a vivir en un mundo en el que la inteligencia artificial va a tener una presencia constante.
También implica recuperar formas de evaluación más difíciles de automatizar: presentaciones, defensas orales, aplicación de conocimientos en contextos reales. En un mundo donde el texto puede generarse automáticamente, la comprensión tiene que demostrarse de otra manera. Y, sobre todo, implica aceptar una idea incómoda: muchos de los deberes que hemos estado enviando durante años no sólo eran poco eficaces, sino que ahora además son directamente irrelevantes.
En Louisiana, un distrito escolar ha decidido eliminar los deberes obligatorios: la carta en la que lo comunican, que se ha convertido en la publicación con más Likes de su historia, no es en ese sentido una renuncia a la exigencia, sino un reconocimiento de que el problema no era la falta de trabajo, sino la falta de sentido. Liberar tiempo para el descanso, la lectura o la creatividad no es bajar el nivel: puede ser, de hecho, la única forma de volver a elevarlo.
Porque los deberes no han muerto por culpa de la inteligencia artificial. Han muerto porque llevaban demasiado tiempo sobreviviendo sin una razón convincente. Y ahora, por fin, alguien ha encendido la luz.


Hay un concepto que cobra especial relevancia para poder abordar de modo enriquecido la irrupción inevitable de los LLMs (y cualquier otra alternativa similar que sea un apoyo): el proceso de creación. Esto hace emergen de modo inequívoco el cómo se llega al resultado. Y luego, otro punto: el fracaso. Estamos convirtiendo la pedagogía en otro culto al éxito y olvidamos que para aprender hay que meter la pata. Y eso no debería ser punible, sino que debería protegerse como parte del camino.
Por eso ese aprendizaje y esos fracasos tienen que producirse en un entorno sin presión: tú, con tu profesor 24×7, una IA completamente personalizada e infinitamente paciente que te explica lo que necesites, cuando lo necesites y como lo necesites…