Los llamados mercados de predicción, sobre los que ya escribí recientemente, han conseguido envolverse en una retórica particularmente eficaz: según ellos, no son casas de apuestas, sino supuestos «mecanismos sofisticados para agregar información dispersa y convertirla en probabilidades». Frente a las encuestas, los expertos o los modelos, el dinero obliga a los participantes a tomarse en serio sus previsiones, y el resultado, según sus defensores, es una especie de «inteligencia colectiva» capaz de anticipar elecciones, guerras, decisiones empresariales o resultados deportivos mejor que cualquier otro instrumento.
El problema es que, cuando se retira esa pretendida capa de respetabilidad académica, lo que aparece debajo se parece ...