Hay tecnologías que nacen con un relato tan seductor que cuesta ver lo que realmente son. Las redes sociales llegaron envueltas en la promesa de unir a la humanidad, facilitar las conexiones, democratizar la conversación y dar voz a quien no la tenía. Dos décadas después, sabemos positivamente en qué se convirtieron: una maquinaria obscena de vigilancia, manipulación emocional, polarización, desinformación y deterioro democrático. No fallaron por accidente: simplemente, funcionaron demasiado bien para los incentivos que las gobernaban y los sinvergüenzas sin escrúpulos que las gestionaban.
Con los mercados de predicción está ocurriendo algo inquietantemente parecido. También llegaron con un relato impecable, casi académico: no son apuestas, nos decían, son mecanismos para agregar información dispersa. No son casinos, son herramientas para capturar la sabiduría de las multitudes. No fomentan la especulación, convierten la incertidumbre en señales útiles. La idea suena elegante: si muchas personas arriesgan algo sobre un resultado futuro, el precio reflejará mejor la probabilidad de que ocurra que cualquier encuesta o que un experto.
El problema es que esa elegancia se deshace en cuanto el modelo toca el mundo real. Lo que empezó como un supuesto experimento de inteligencia colectiva se ha convertido en una infraestructura para apostar sobre prácticamente cualquier cosa: elecciones, deportes, películas, palabras que alguien pronunciará, bombardeos, decisiones regulatorias, guerras, dimisiones o acontecimientos sociales. Cuando cualquier hecho puede transformarse en un contrato binario de sí o no, dejamos de hablar de predicción y empezamos a hablar de simple ludopatía.
La evolución del sector no deja margen a la ingenuidad. Kalshi y Polymarket movieron conjuntamente unos 50,000 millones de dólares en operaciones en 2025, y en lo que va de 2026 ya superan los 130,000 millones. Kalshi negocia una financiación que podría valorarla en unos 40,000 millones de dólares, tras haber alcanzado 22,000 millones solo un mes antes. Polymarket afirma tener unos ingresos anualizados de mil millones de dólares, con un elevado crecimiento gracias al Mundial. No estamos ante un laboratorio para mejorar decisiones. Estamos ante una fiebre especulativa con estética de producto financiero y alma de casa de apuestas.
Y como toda casa de apuestas, genera los incentivos esperables. Si alguien dispone de información privilegiada sobre una operación militar, una decisión política o una actuación empresarial, el mercado no «agrega conocimiento», sino que premia el abuso. Un miembro de las Fuerzas Especiales estadounidenses está acusado de utilizar información confidencial sobre un plan secreto para capturar a Nicolás Maduro y ganar más de 400,000 dólares apostando sobre esa operación. Lo que en un mercado financiero tradicional se perseguiría como uso indebido de información privilegiada aquí se intenta presentar, con extraordinario descaro, como eficiencia informativa.
La respuesta de algunos reguladores empieza a ser más razonable que la fascinación tecnófila de Silicon Valley. Brasil ha bloqueado 27 plataformas y ha limitado los derivados a activos económicos y financieros definidos, prohibiendo los vinculados a deportes, política, cultura o resultados sociales, después de que su gobierno describiera estos productos como apuestas con rasgos destructivos. Minnesota ha aprobado una ley que convierte en delito operar o anunciar mercados de predicción en el estado, precisamente porque permiten apostar sobre deportes, elecciones, entretenimiento, palabras de una persona o asuntos internacionales. España también ha bloqueado Polymarket y Kalshi mientras investiga si operan sin licencia de juego. Llámese contrato de evento, derivado o predicción: si se comporta como apuesta, genera adicción como apuesta y explota vulnerabilidades como apuesta, es una apuesta.
La industria, por supuesto, promete controles: inteligencia artificial para detectar manipulación, sistemas de vigilancia, resolución automática de mercados… todo muy tranquilizador, hasta que uno recuerda que las redes sociales también prometieron moderación, transparencia, fact-checking, paneles de expertos y parches similares. El problema nunca fue la falta de herramientas auxiliares, sino el incentivo central: maximizar uso, recurrencia y volumen. Cuando el negocio consiste en que la gente apueste más, más a menudo y sobre más cosas, no hay inteligencia artificial que arregle el diseño: sólo hay barniz y propaganda sobre una estructura tóxica.
Y entonces aparece Meta. Zuckerberg ha ordenado desarrollar Arena, una aplicación independiente de Facebook e Instagram que utilizaría dinero ficticio en una primera fase, pero sin descartar apuestas con dinero real. Meta pretende usar Llama para generar preguntas automáticamente a partir de tendencias, recomendar mercados personalizados y resolverlos casi en tiempo real. Es decir, la misma compañía que convirtió la atención humana en materia prima para una economía de vigilancia quiere ahora convertir la ansiedad por el futuro en apuestas.
El paralelismo con las redes sociales no debería tranquilizarnos, sino aterrarnos. Entonces también hubo quienes dijeron que bastaba con regular un poco, mejorar algoritmos o educar al usuario. Ahora sabemos el resultado: vigilancia ubicua, polarización inducida, fake news industrializadas y una erosión democrática que seguimos pagando. Permitir que los mercados de predicción escalen con una compañía como Meta sería repetir el mismo error, pero con una variable más peligrosa: el dinero, el incentivo directo a manipular acontecimientos reales y la explotación deliberada de comportamientos adictivos.
Hay modelos que no deben mejorarse, sino prohibirse. Los mercados de predicción han dejado claro hacia dónde evolucionan cuando se les permite crecer: hacia la financiarización de cualquier evento, la apuesta permanente y la recompensa del conocimiento privilegiado. Si una compañía irresponsable y absolutamente carente de brújula moral como Meta pretende convertirlos en producto de masas, la conclusión no debería ser «vamos a ver qué ocurre». Lo que ocurre ya lo vimos con las redes sociales, gracias. Y esta vez no tenemos excusa.
ACTUALIZACIÓN (19/07/2026): Francia secunda a España y ordena el bloqueo de acceso a Polymarket.
This article is also available in English on my Medium page, «Meta and prediction markets: what could possibly go wrong?»


Me enteré de qué eran los Mercados de Predicción hace poco, a raíz del caso del equipo de fútbol Osasuna.
Osasuna gastó 1,2M€ en contratar un seguro para el caso de que bajaran a Segunda y minimizar la pérdida que ello conllevaría. Algo legal y comunicado a la Federación.
Pero, la Aseguradora -Game Point Capital-, en vez de repartir el riesgo con otras aseguradoras como de costumbre, decidió emplear casi la mitad del dinero en un Mercado de Predicción, ósea, apostó sobre el resultado. Si Osasuna bajaba, GPC ganaba la apuesta y recuperaba gran parte del pago de la póliza. Si Osasuna se mantenía, GPC perdía lo apostado, que era sólo la mitad de lo cobrado por la póliza. Seguía ganando más de seiscientos y pico mil euros.
Volviendo a 1987 y parafraseando a Prince en Sign o’ the Times: este es el signo de los tiempos que vivimos. Y si levantara la cabeza vería cómo se quedó corto…
Meta personifica una vez más la creciente banalización del mal, una epidemia que se expande rápidamente en la sociedades de occidente. El recurso recurrente y patológico del
eufemismo como práctica habitual es claro ejemplo de ello.
¡¿Que esperar de una Administración en la que la especulación y el lucro personal a partir de información privilegiada constituye un elemento de decisión más de política exterior sobre cuando, cómo y donde bombardear…?!
Eso sí, todo sea en aras de la democracia y la libertad.
Hoy toca Meta,
Pensé que dedicarías el post a las nuevas gafas inteligentes de Meta, Esas si que no dejan resquicio9s a la privacidad,
Meta lanza nuevas gafas bajo su propia marca
Gorki, cada vez que dices eso, ¿ya sabes que lo que tú tocas, son los cojo***es, verdad? Lo digo porque si crees que esto va de «Meta», es que en efecto, te encanta tocar y tocarte los cojo***es… Y luego no digas que NO te lo dijimos. (Mi má.)
«bastaba con regular un poco, mejorar algoritmos o educar al usuario» (EDans).
Esta línea me chirría un montón, porque no sé lo que pintan los dos primeros conceptos «regulación» y «mejora de algoritmos» con el tercero… incluso en su variante práctica de «domesticación»… aunque, en este segundo caso (domesticar), sí que entonces tiene sentido aplicarlo a una red social , tal como nos la venden actualmente.
Son un elemento domesticador casi «por naturaleza» (para la mayoía de la gente), ya que injerta sociogenes negativos a porrillo. Ese tipo de ideas que ayudan a que la violencia o el trumpismo parezcan cosas naturales. Cuando ambas ideas están en contradicción aguda con nuestro ADN.
Si algo educa, en vez de domesticar, no permite creencias malsanas «por naturaleza».
Es cosa de los despreciados filtros mentales propios…
Lo de los bloqueos de aplicaciones no funciona. Por mucho que Brasil lo intente, siempre habrá una VPN que permita el acceso. Son las ventajas de la Web3, que todavía mucha gente no entiende.
Polymarket funciona sobre Polygon, un L2 de Ethereum perfectamente compatible con app Web3. QUe va a pasar cuando esas tecnologías se implanten masivamente y a costes reducidos?
https://www.elperiodico.com/es/economia/20260531/epc-usuarios-kalshi-polymarket-130817620
Sí, es cierto que algunas de esas APP web3 no son full descentralizadas o bloquean accesos desde VPN, si es que las conocen.
Pero todos sabemos que surgirán app web3 puras imposibles de censurar por su descentralización total y ofuscación de transacciones. Obviamente trabajarán en VPN con no logs y en jurisdicciones de «moral distraída y sordera selectiva» para requerimientos judiciales occidentales.
Veremos RRSS y app de mercados de predicción sin censura? Os da miedo?
Relativamente. Si las bloquean, la gran mayoría de usuarios dejan de acceder a ellas, la mayoría no se pone a buscar VPNs.
Coincido en que la regulación puede ser una vía. Sin embargo, muchos sectores de perfil «favorecer la economía» reniegan de la excesiva regulación que achacan a Europa, por dañar todo el negocio (y el desarrollo) que podría surgir en torno a las prácticas prohibidas de forma regulatoria. ¿Como profesor de un centro de estudios empresariales, cómo ves esta dicotomía? ¿Coincides con que el «exceso regulatorio» europeo es más dañino que beneficioso para los negocios? Aplican esas reflexiones a casuísticas como esta?