Un muy interesante estudio finlandés, titulado PANIC, monitorizó a un gran número de niños durante un total de ocho años de su vida y terminó haciendo un estudio longitudinal que abarca a 260 adolescentes con todos los indicadores metodológicos evaluados de manera completamente rigurosa, y termina con una conclusión que escandalizará a todos los de las asociaciones que, con una tremebunda simpleza y cortedad de miras, piden prohibir las pantallas a los niños: que una exposición mayor a pantallas se relaciona de manera claramente positiva con tiempos de reacción más rápidos en tareas de respuesta cognitiva y, de manera general, con una cognición global superior.
Antes de que todos esos que no han leído un paper en su vida empiecen con eso de que «correlación no implica causalidad» (nunca una verdad tan evidente ha sido tan burdamente malinterpretada para pretender refutarlo todo), hay que empezar constatando que aunque el estudio es longitudinal, la cognición global solo se mide al final del segmento, lo que implica que no se pueda anañlizar causalidad o excluir incluso la causalidad inversa, que los niños con mayor cognición global tiendan a usar pantallas más a menudo. Nadie intenta probar aquí que las pantallas mejores la inteligencia, aunque sea posible que sea así porque aporta una exposición a más y más variados estímulos. De lo que se trata es de demostrar fehacientemente que la histeria del tipo «más pantalla igual a peor» carece completamente de base científica y nuca deberçia convertirse en una especie de axioma universal para justificar barbaridades como prohibiciones globales.
¿Dónde está el problema? En primer lugar, que la variable «tiempo de pantalla», por mucho que sea fácil de medir con los dispositivos, es una completa estupidez. Los científicos que se han dedicado a extraer conclusiones rápidas de ella son como el borracho que busca sus llaves a la luz de una farola a pesar de que las perdió en otro sitio diferente, pero en el que no había suficiente luz. Mezclar en una misma variable cosas tan diferentes como jugar a videojuegos, ver televisión o vídeos, usar un teléfono o un chat, o programar en Minecraft es tan absurdo, que quita toda la validez a lo que pretende analizar, porque supone mezclar arbitrariamente tareas que van desde programar, estudiar, leer, crear, resolver problemas o buscar información con otras como jugar o consumir contenido de manera completamente pasiva. Usar esa métrica es como medir «tiempo de uso de papel» y mezclar la lectura de libros, con dibujar, con hacer ecuaciones y con ver folletos de publicidad.
Esos análisis más completos, sin embargo, no salen en los medios. ¿Por qué? Porque no interesa. Lo que vienen a demostrar es que toda esa estupidez de «levanta la cabeza» son espantosamente tendenciosos, porque lo que realmente pretenden es que los niños levanten la cabeza para ver más televisión. Y lo que precisamente se demuestra es que ver programas de televisión y tener televisión de fondo se asocia con peores resultados cognitivos, mientras que usar pantallas de forma compartida con adultos se asocia con resultados positivos. Usar una hora para enseñarle cosas que ha visto en el colegio a tu hijo en una pantalla es inmensamente mejor que ponerlo a ver la tele o, en general, utilizar esa hora para un consumo pasivo. Lo importante no es demonizar estúpidamente el soporte pantalla, sino educar para utilizarla bien. Más cuando el futuro de esos niños va a estar necesariamente rodeado de pantallas.
Hay más pruebas de ello: el uso de pantallas se asocia negativamente con la alfabetización en su conjunto porque engloba fundamentalmente el uso de «pantalla como baby-sitter» o «apaganiños», pero esa asociación pasa a ser positiva cuando se mide el tiempo de uso conjunto de pantallas entre padres e hijos. El mismo medio, como es lógico, produce resultados completamente distintos según sea el contexto y el contenido.
Incluso la American Academy of Pediatrics ha cambiado sus recomendaciones: lo que afirma es que hay que monitorizar la calidad de la interacción digital, la actividad que se está desarrollando y la actividad a la que sustituye. Estamos pasando, con toda lógica, del pánico de contar el número de horas al qué estás haciendo durante esas horas, y encontrándonos, ¡oh sorpresa!, con que no todo uso de pantalla es pernicioso o nocivo. Básicamente, lo que llevo diciendo desde hace muchos años.
En el estudio finlandés también se usaron sensores de movimiento para evaluar objetivamente el nivel de actividad física y de sedentarismo, y concluye que, de nuevo, la métrica carece de sentido, porque agrupa en el mismo epígrafe actividades tan variadas como leer, estudiar, hacer deberes, jugar a videojuegos o ver la televisión. Estar sentado no implica necesariamente tener el cerebro en modo pasivo.
Lo fácil es escandalizarse, chillar, pedir firmas y prohibir los teléfonos en los colegios. El tan común pánico a lo nuevo de toda la vida. Lo que es difícil y conlleva trabajo es aprender y educar para usar esas pantallas que van a formar parte de su vida de una forma que tenga realmente sentido, y que potencie su aprendizaje y educación. Ya hay estudios que demuestran que esas prohibiciones en los colegios, por mucho que nos pinten imágenes idílicas de niños que vuelven a hablar entre sí durante los recreos, no consiguen mostrar resultados relevantes en nada: ni en bienestar, ni en ansiedad, ni en sueño, ni en ni en actividad física, ni en rendimiento académico o comportamiento en clase. Los efectos de «jugar a policías de la tecnología» y de poner bolsitas para encerrar teléfonos son, en el mejor de los casos, nulos. El tiempo de pantalla es una variable absurda para pretender justificar toda la narrativa de alarmas, barbaridades, prohibiciones y pánicos que se han querido justificar en su nombre.
Tras muchos años midiendo el tiempo de pantalla, va a resultar, sin que sea sorpresa para nadie con dos dedos de frente, que lo que hay que medir es qué están haciendo los niños y sus cerebros cuando la usan.


Ver la televisión… ¿pero queda alguien menor de sesenta años que siga haciendo eso?