Durante años, la ciberseguridad se apoyó en una ficción cómoda: atacar sistemas complejos exigía talento, tiempo, paciencia y conocimiento profundo. Un atacante avanzado era escaso, caro y limitado por una variable humana: el cansancio. Había que leer código, entender arquitecturas, probar hipótesis y volver a empezar. Esa fricción nunca garantizó la seguridad, pero mantenía un cierto equilibrio.
Ese equilibrio se está rompiendo. No porque haya aparecido una inteligencia artificial malvada, sino porque la búsqueda de vulnerabilidades empieza a dejar de depender de la paciencia humana. Un modelo no se aburre, no se frustra, no se duerme, no abandona un repositorio mal documentado ni se cansa de mirar la misma función desde cien ángulos distintos. Puede fallar miles de veces y seguir intentando ...