La nueva interfaz de la vigilancia se llama agente

IMAGE: A user sits at a computer while a glowing AI agent, controlled like a puppet by shadowy figures above, manages apps like Gmail, Google Drive, Facebook, Instagram, and WhatsApp, surrounded by flowing personal data that reveals how much the system knows about them

Durante años, las grandes tecnológicas nos pidieron datos. Ahora quieren que les demos poderes.

El salto de los asistentes conversacionales a los agentes no es una mejora incremental: es un cambio de naturaleza. Un chatbot responde, un agente actúa. Entra en tu correo, agenda reuniones, compra, reserva, reorganiza documentos, consulta repositorios, usa contraseñas, opera sobre servicios y, en definitiva, ejecuta acciones en tu nombre. Por eso la carrera actual no va simplemente de «hacer la vida más cómoda», sino de conquistar la capa más íntima de la vida digital.

Meta está desarrollando un asistente agéntico para sus más de tres mil millones de usuarios, capaz de realizar tareas cotidianas y diseñado para que los usuarios puedan compartir incluso información sanitaria o financiera con él. La propia fuente citada en el artículo resumía el problema con una frase devastadora: hay un déficit de confianza «tan ancho como el Gran Cañón». Google, por su parte, trabaja en agentes persistentes integrados en Gemini, concebidos como asistentes permanentes capaces de operar en nombre del usuario en todos los ámbitos de su vida digital.

La explicación oficial será, como siempre, la conveniencia. Que el agente compre por nosotros, resuma correos, organice viajes, encuentre documentos o gestione calendarios. Y sí, todo eso puede ser extraordinariamente útil. Pero conviene no olvidar quién está corriendo más deprisa para proporcionarlo: precisamente Meta y Google, dos compañías cuya posición dominante se construyó sobre la captura masiva de datos personales, la inferencia conductual y la monetización publicitaria de nuestra vida cotidiana.

Aquí es donde entra OpenClaw, el catalizador de esta fiebre. Se trata de una plataforma agéntica abierta que permite a los usuarios crear sus propios agentes para automatizar tareas complejas. Su popularidad reciente no es casual: demostró que existe una demanda real de sistemas que no solo respondan, sino que actúen. Pero también puso de manifiesto algo mucho más interesante: que ese poder puede, al menos en parte, permanecer en manos del usuario.

A diferencia de las soluciones centralizadas de las grandes tecnológicas, OpenClaw se distribuye como software que el usuario puede ejecutar en su propio entorno, sea en un ordenador o en un espacio en la nube. Eso implica, con matices importantes, que los datos, las credenciales y el contexto operativo pueden permanecer bajo su control, dependiendo de cómo se configure y despliegue. No es una garantía absoluta de privacidad, por supuesto, pero sí un cambio de paradigma: el agente no tiene por qué ser necesariamente un intermediario corporativo: puede ser tuyo.

El problema es que OpenClaw no es para cualquiera. Su instalación, configuración y mantenimiento siguen estando claramente fuera del alcance del usuario medio. Requiere conocimientos técnicos, comprensión de permisos, integración con servicios y, sobre todo, una cierta cultura de autogestión tecnológica que está muy lejos de ser mayoritaria. Y ahí es exactamente donde Meta y Google han visto la oportunidad.

Meta obtuvo en 2025 unos ingresos de 200,970 millones de dólares impulsados por publicidad, con más impresiones y mayor precio medio por anuncio . Google sigue siendo, esencialmente, una gigantesca máquina de intermediación publicitaria, ahora reforzada por inteligencia artificial y por una integración cada vez más profunda de sus servicios. Cuando compañías con ese historial dicen que quieren crear «asistentes personales», la pregunta correcta no es qué tareas harán por nosotros, sino qué información nuestra capturarán mientras las hacen. Porque lo que estas compañías están intentando hacer no es solo construir agentes: es eliminar la fricción. Convertir algo que hoy es complejo, distribuido y potencialmente controlado por el usuario en un servicio sencillo, integrado, invisible… y centralizado. Lo que Zuckerberg plantea cuando habla de «una versión pulida que simplemente funcione» no es una mejora de usabilidad: es una reapropiación del modelo.

La historia se repite. La web abierta dio paso a plataformas cerradas porque eran más cómodas. El software instalable fue sustituido por servicios en la nube porque eran más accesibles. El correo autogestionado cedió ante Gmail porque funcionaba mejor. Y en cada transición, el usuario ganó facilidad y perdió control.

Ahora ocurre lo mismo con los agentes. OpenClaw representa una versión embrionaria de lo que podría ser un ecosistema descentralizado de agentes personales, pero su complejidad lo convierte en un producto de nicho. Meta y Google pretenden resolver ese problema… a cambio de convertir al agente en otro vector de extracción de datos.

Y los incentivos son claros. Los analistas citados por CNBC lo expresan sin ambigüedad: los agentes son una nueva infraestructura de ingresos, capaces de generar valor a través del comercio, la publicidad y la productividad . Más aún, crean engagement, aumentan la dependencia y refuerzan el lock-in. No solo saben más de ti: hacen más cosas por ti. Y cuanto más hacen, más difícil resulta prescindir de ellos.

Un agente es el sueño húmedo del capitalismo de vigilancia. No observa solo lo que publicamos o buscamos: observa intenciones antes de que se materialicen, sabe qué duda tenemos antes de decidir, qué compra estamos considerando antes de ejecutarla, qué problema intentamos resolver antes de formularlo completamente. Ya no hablamos de perfilar usuarios a partir de datos pasivos: hablamos de integrar un sistema activo en el núcleo de su comportamiento.

El riesgo no es únicamente que el agente se equivoque, aunque los ejemplos ya existen, como agentes que eliminan correos o ejecutan acciones no deseadas . El riesgo es estructural. Para funcionar, estos sistemas necesitan acceso continuo, permisos amplios y memoria persistente. Cada uno de esos elementos es una superficie de captura de datos. Y cada dato alimenta modelos cuyo objetivo no es servir al usuario, sino monetizar su comportamiento.

El precedente debería bastar para desconfiar. Las mismas empresas que ahora aspiran a gestionar nuestras acciones son las que durante años han explotado nuestra información con escasa transparencia y múltiples conflictos regulatorios. Pensar que, en este nuevo contexto, actuarán como guardianes neutrales de nuestra intimidad implica ignorar toda la evidencia acumulada durante años. No, en este contexto, los malos jamás se vuelven buenos.

Los agentes son sistemas capaces de razonar, planificar, usar herramientas, mantener memoria y actuar para cumplir objetivos, y esa capacidad expande la superficie de riesgo más allá del prompt injection tradicional . Un agente conectado a navegación autenticada o a servicios como Gmail, Google Drive o GitHub puede filtrar datos o ejecutar acciones destructivas si recibe instrucciones maliciosas. La cuestión no es si habrá incidentes: la cuestión es cuántos, con qué impacto y bajo qué régimen de responsabilidad. Pero como siempre, nadie se va a leer los términos de uso, así que dará igual.

La palabra clave aquí es «agencia». Delegar en un agente es ceder capacidad de acción. Y hacerlo en favor de una plataforma cuyo modelo de negocio depende de influir en nuestras decisiones introduce un conflicto fundamental. Cuando el agente decide qué comprar, qué priorizar o qué sugerir, lo hace dentro de un entorno diseñado por una empresa con intereses propios.

Por eso la carrera agéntica no es una evolución natural de la inteligencia artificial, sino una batalla por el control de la interfaz más crítica de todas: la que media entre intención y acción. Quien controle el agente controlará no solo los datos, sino las decisiones.

La comodidad será real. También lo fue la de las redes sociales gratuitas, la del correo gratuito o la del almacenamiento en la nube. Pero nunca fue gratis. Y ahora el precio puede ser aún mayor, porque no solo cedemos información: cedemos capacidad operativa.

La alternativa existe, aunque hoy sea imperfecta. Pasa por agentes que podamos ejecutar localmente, auditar, controlar y limitar. Por estándares abiertos, interoperabilidad real y modelos que no dependan de la vigilancia. OpenClaw apunta en esa dirección, pero su relativa complejidad aún lo mantiene fuera del alcance de la mayoría. Y precisamente por eso las grandes tecnológicas ven una oportunidad histórica.

No están simplificando la tecnología por altruismo: están rediseñando el punto de control. Meta y Google no compiten por darnos mejores herramientas, compiten por asegurarse de que, cuando deleguemos nuestras acciones en una máquina, esa máquina les pertenezca y la puedan controlar. Y en ese momento, la vigilancia dejará de ser algo que ocurre mientras usamos tecnología, y pasará a ser algo que actúa por nosotros al servicio de una big tech. Buena suerte.

Un comentario

  • #001
    Lua - 10 mayo 2026 - 11:38

    “Cuando un adolescente cuelga un selfi a Instagram, y luego la borra, quiere decir que no acaba de estar seguro de sí mismo. Y ese es el momento para venderle algo como cosméticos o una dieta”

    Giuliano da Empoli

    de ahi, pa’rriba… como dice eDans: Buena suerte…

    Responder

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