El programador que dejó de programar: anatomía de una transformación

IMAGE: A developer sits at a desk facing two screens, with one side showing messy handwritten notes and raw code, while the other side features a clean, futuristic interface where an AI assistant generates and manages software

Desde la irrupción de ChatGPT, el número de desarrolladores ha crecido entre un 18% y un 50% dependiendo de la métrica. Más automatización, más empleo. La paradoja es evidente, y tiene una explicación, aunque no sea la que muchos esperaban. Porque lo que está ocurriendo no es una desaparición, sino algo bastante más interesante: una redefinición profunda de lo que significa «ser programador».

Porque, en efecto, si hay un ámbito en el que los modelos de lenguaje tienen una ventaja estructural evidente es precisamente en la escritura de código. A diferencia del lenguaje natural, lleno de ambigüedades, excepciones, ironías y contextos, los lenguajes de programación son sistemas formales, consistentes y con reglas estrictas. Son, en cierto modo, el terreno ideal para una inteligencia estadística entrenada con millones de ejemplos, que además pueden ser tomados de los enormes repositorios de código abierto a los que muchos desarrolladores suben su mejor código para «hacer curriculum». En ese contexto, que las máquinas se vuelvan extraordinariamente competentes en escribir código no debería sorprender a nadie.

Y, sin embargo, esa constatación aparentemente devastadora no está produciendo, al menos por ahora, el efecto que muchos anticipaban. Según datos recogidos por Boston University, el número de desarrolladores no ha disminuido, sino que ha crecido de manera notable desde la irrupción de ChatGPT: entre un 18% y un 50% dependiendo de la métrica utilizada. En Estados Unidos, el aumento ronda el 19%, con cientos de miles de nuevos profesionales incorporados al mercado. A escala global, algunas estimaciones sitúan el crecimiento en decenas de millones de desarrolladores adicionales en apenas tres años.

La paradoja es evidente: más automatización, pero también más empleo. Y la explicación, lejos de ser misteriosa, responde a un patrón clásico en economía de la tecnología. Cuando una herramienta aumenta la productividad de forma significativa, y en este caso hablamos de incrementos del 30% al 50% o más, no sólo reduce el coste de producir software, sino que expande radicalmente la demanda del mismo. Más software, más barato, más ubicuo… y, por tanto, más necesidad de personas que lo diseñen, lo supervisen, lo integren y lo mantengan.

Lo que sí está cambiando, y aquí es donde conviene mirar con más atención, no es tanto la cantidad de desarrolladores como la naturaleza de su trabajo. Los datos de GitHub son elocuentes: el 92% de los programadores ya utilizan herramientas de inteligencia artificial en su flujo de trabajo. No estamos hablando del futuro, sino del presente. La programación asistida por inteligencia artificial se ha convertido en la norma, no en la excepción.

Pero ese mismo estudio introduce una tensión interesante: los desarrolladores no quieren ser evaluados por la cantidad de código que producen, sino por su capacidad para diseñar soluciones, comunicarse, entender problemas complejos y gestionar la calidad del software. Es decir, justo aquello que las máquinas todavía no hacen bien. El código, progresivamente, deja de ser el producto principal del trabajo del programador para convertirse en un subproducto.

Esto encaja con una intuición que llevamos tiempo viendo desarrollarse: la programación como actividad manual, el teclear líneas de código, está siendo desplazada por la programación como actividad conceptual. Los ingenieros pasan menos tiempo escribiendo «boilerplate« y más tiempo definiendo arquitecturas, supervisando agentes autónomos y tomando decisiones de diseño. En otras palabras, dejan de ser operarios del código para convertirse en orquestadores de sistemas.

En ese contexto, las narrativas más alarmistas resultan, como mínimo, incompletas. Incluso en textos que anticipan el «fin de la programación tal y como la conocemos», como el artículo de Farhad Manjoo en The New York Times, «It’s the end of computer programming as we know it (and I feel fine)«, la conclusión real es más matizada: la programación no desaparece, sino que se democratiza y cambia de forma. Las máquinas empiezan a entendernos a nosotros, en lugar de obligarnos a aprender sus lenguajes. Y eso, lejos de eliminar la necesidad de expertos, la desplaza hacia niveles superiores de abstracción.

Sin embargo, sería ingenuo no tener en cuenta el otro lado de la ecuación: mientras el número total de desarrolladores crece, asistimos simultáneamente a despidos masivos en grandes empresas tecnológicas y a una creciente polarización salarial. Algunos perfiles, especialmente los más cercanos a la comprensión profunda de sistemas de inteligencia artificial, arquitectura distribuida o seguridad, alcanzan niveles de remuneración sin precedentes, mientras que otros ven cómo su trabajo se devalúa o desaparece.

Lo que estamos presenciando no es una destrucción homogénea de empleo, sino una reconfiguración jerárquica de la profesión. Una especie de «elevador» que empuja hacia arriba a quienes logran adaptarse y deja atrás a quienes permanecen en tareas fácilmente automatizables. El programador que se limita a escribir código rutinario compite ahora con una máquina que lo hace más rápido, más barato y, en muchos casos, suficientemente bien. El que entiende problemas, contextos, sistemas y trade-offs, en cambio, se vuelve más valioso que nunca.

Esto plantea una pregunta incómoda, especialmente en el ámbito educativo: ¿qué significa hoy «aprender a programar»? Durante años, se ha defendido como una habilidad fundamental, casi como una alfabetización del siglo XXI. Pero si escribir código deja de ser el núcleo de la actividad, tal vez lo que deberíamos enseñar no es sintaxis, sino pensamiento computacional, modelado de problemas, capacidad crítica y comprensión de sistemas complejos. Porque, en el fondo, el verdadero cambio no está en quién escribe el código, sino en qué papel juega el código en la creación de valor. Y ahí es donde la narrativa del «vibe coding», esa idea de que basta con pedirle cosas a un chatbot y dejarse llevar, resulta especialmente peligrosa. Generar software sin entenderlo puede funcionar en contextos triviales, pero se convierte en una bomba de relojería cuando hablamos de sistemas críticos, seguridad o escalabilidad. Como señalaban algunos desarrolladores en la encuesta de GitHub, el código generado por inteligencia artificial puede ser simplemente basura si quien lo utiliza no es capaz de evaluarlo.

Por tanto, no, no estamos ante el fin de los programadores. Pero tampoco estamos ante su continuidad tal y como la conocíamos. Estamos ante una mutación, una de esas que redefinen una profesión desde dentro. Una mutación que convierte al programador en algo más cercano a un ingeniero de sistemas complejos, a un diseñador de soluciones o incluso a un gestor de inteligencias artificiales.

Y, como ocurre siempre en estos procesos, la diferencia no la marcará la tecnología, sino la capacidad de adaptación. Porque, en última instancia, el problema nunca ha sido que las máquinas aprendan a programar. El problema es qué hacemos nosotros cuando dejan de necesitarnos para hacerlo.

4 comentarios

  • #001
    Benji - 5 mayo 2026 - 09:30

    Esto lo he vivido en mis carnes en un repositorio de Github donde un «usuario» se puso a producir como loco. Luego al revisarlo tuve que echar para atrás todos los cambios. Un desastre sin paliativos.

    Supongo que irán mejorando las herramientas y hay lenguajes como PHP o Javascript donde realmente es bueno (mucha documentación online, Substacks, etc.) pero otros donde anda confundido (NabSic, Go…)

    Y por experiencia hay una cosa mala que es buena. Si le pones un problema complejo lo fastidia totalmente. Pero si se lo subdivides en tareas pequeñas, es capaz de hacer cada una bien y la lo terminas de montar tú

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  • #002
    Alqvimista - 5 mayo 2026 - 10:08

    Pero, ¿aumentan los programadores o aumentan los ‘ya sé programar’?
    Porque ni de lejos es lo mismo. Porque las Store de Apple y Google se están llenando literalmente de basura generada por no-informáticos que se creen programadores y generan aplicaciones basura con código basura que ellos ni entienden ni serán capaces de mantener y que no resisten un análisis serio, como dice Benji.

    Que un programador con IA es más que sólo un programador, sin duda, pero ¿ahora todos somos programadores? ¿De repente hay millones de desarrolladores que antes estaban escondidos? No, ¡ni de coña!

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    • Konamiman - 5 mayo 2026 - 11:19

      Pero, ¿aumentan los programadores o aumentan los ‘ya sé programar’?

      Esta es la madre del cordero. Pero el fenómeno no es nuevo: hoy en día cualquiera puede «venir aquí a hablar de su libro» (publicar escritos en web, blogs y compañía; publicar fotos en el gramo instantáneo; publicar vídeos en el tubo; etc) con el resultado previsible de que, como dice la ley de Sturgeon, «el 90% de todo es basura». La parte positiva es que ese 10% restante es aún más numeroso que todo lo que se publicaba cuando las únicas opciones eran las editoriales o los estudios de cine o TV.

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  • #004
    Konamiman - 5 mayo 2026 - 11:13

    Vivimos tiempos interesantes. Hace un rato me he pasado dos horas discutiendo y refinando con Claude las especificaciones de un proyecto, y después, mientras lo implementaba, he salido a dar un paseo (ahora me toca revisar el resultado y hacer u ordenar correcciones, claro; pero aún así sale a cuenta -en tiempo y en calidad del resultado- con respecto a hacerlo todo a mano).

    los desarrolladores no quieren ser evaluados por la cantidad de código que producen, sino por su capacidad para diseñar soluciones, comunicarse, entender problemas complejos y gestionar la calidad del software.

    Desde mi punto de vista, incluso si mañana las IAs desaraparecieran y tuviéramos que volver a programar a mano, aún así lo haríamos mejor que antes de la era IA, porque ya nos hemos acostumbrado a pensar y escribir una maldita especificación antes de ponernos a tirar código como posesos. Que es algo que antes ya sabíamos que había que hacer, pero no lo hacíamos tanto como debíamos por las prisas o por una falsa sensación de seguridad.

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