Mi columna de esta semana en Invertia se titula «Cuando el talento ya no necesita a Silicon Valley» (pdf), y trata sobre una transformación que me parece particularmente interesante: qué ocurre cuando el talento tecnológico deja de estar inevitablemente asociado a un lugar concreto, y cuando el ecosistema que durante décadas funcionó como la gran aspiradora mundial de ingenieros, emprendedores e inversores empieza a comprobar que esa capacidad de atracción ya no puede darse por supuesta.
La excusa para hablar de ello es un estudio reciente de CBRE que muestra cómo, entre 2022 y 2025, el área de Nueva York alcanzó los 394,300 trabajadores tecnológicos, frente a los 375,730 del área de la Bahía de San Francisco. Obviamente, esto no significa que Silicon Valley haya dejado de ser el ecosistema tecnológico más importante del mundo: CBRE sigue situándolo como el principal mercado tecnológico, y continúa concentrando cantidades enormes de capital, compañías, laboratorios y talento. Pero sí sugiere que la relación entre talento y territorio está empezando a cambiar de una manera que merece la pena observar.
Durante décadas, la ventaja de Silicon Valley se construyó alrededor de una combinación extraordinariamente poderosa de universidades como Stanford y Berkeley, profesores que empujaban a sus alumnos a crear compañías, inversores dispuestos a financiarlas, empleados que podían pasar fácilmente de una empresa a otra y una cultura que convertía el emprendimiento tecnológico en la opción más natural del mundo. Un estudio de Stanford calculó que las compañías fundadas por antiguos alumnos y profesores de la universidad generaban unos 2,7 billones de dólares anuales y millones de puestos de trabajo, mientras que distintos trabajos académicos han descrito precisamente a Stanford y Berkeley como auténticos motores del ecosistema de innovación de Silicon Valley. El resultado fue un efecto de concentración brutal: estudiabas allí, conocías allí a tus posibles cofundadores, encontrabas allí a tus primeros empleados, conseguías allí el dinero y, naturalmente, terminabas creando allí tu compañía.
La inteligencia artificial está empezando a alterar esa lógica, entre otras cosas porque la cantera de talento ha cambiado radicalmente. Según los datos del Global AI Talent Tracker de MacroPolo, China pasó de originar alrededor del 29% del talento puntero en inteligencia artificial en 2019 a aproximadamente el 47% en 2022, mientras Estados Unidos se quedaba en torno al 18%. Es decir, prácticamente uno de cada dos investigadores de élite en inteligencia artificial se forma inicialmente en China, en universidades como Tsinghua, Peking, Zhejiang o Fudan, como resultado de una apuesta por la educación científica y tecnológica sostenida durante años.
Estados Unidos sigue siendo, por supuesto, extraordinariamente bueno atrayendo ese talento, y una buena parte de los mejores investigadores chinos terminan trabajando en universidades y compañías estadounidenses. De hecho, un análisis reciente de la Carnegie Endowment encontró que la inmensa mayoría de un grupo de investigadores chinos de élite que ya trabajaban en Estados Unidos años atrás seguían allí. Pero incluso esa capacidad empieza a mostrar síntomas preocupantes: el AI Index 2026 de Stanford señala que el número de investigadores y desarrolladores de inteligencia artificial que se trasladan a Estados Unidos ha caído de manera muy significativa desde 2017. En un país que ha construido buena parte de su ventaja tecnológica precisamente importando a los mejores cerebros del mundo, convertir la inmigración en un terreno hostil, burocrático o directamente desagradable parece una forma especialmente absurda de deteriorar una de sus ventajas competitivas más importantes.
China, además, ya no es simplemente una cantera que exporta talento: está construyendo activamente las condiciones para que ese talento pueda quedarse o regresar. El caso de DeepSeek es ilustrativo: Nature explica cómo su aparición está vinculada a políticas públicas, financiación y una cantera creciente de graduados en inteligencia artificial, mientras otras investigaciones analizan la agresiva política china de captación y retorno de científicos y los esfuerzos por atraer talento internacional. Lo que antes era casi una obligación, marcharse a Estados Unidos para trabajar en la cresta de la ola tecnológica, empieza a convertirse simplemente en una opción más. Y dado como tratan a la inmigración extranjera en los Estados Unidos de Donald Trump, muchas veces no la opción más apetecible.
La consecuencia es que la geografía de la innovación se vuelve negociable: un investigador brillante ya no necesita necesariamente pasar por Stanford, instalarse en Palo Alto y buscar financiación en Sand Hill Road. Puede trabajar en Nueva York, Seattle, Londres, París, Pekín, Shenzhen o cualquier otro lugar capaz de ofrecerle buenos proyectos, acceso a recursos de computación, colegas interesantes, financiación, calidad de vida y una política migratoria razonable y con sentido. Además, la movilidad ya no rompe necesariamente las redes intelectuales: un estudio publicado en Scientific Reports, basado en cientos de miles de científicos de inteligencia artificial y millones de publicaciones, muestra hasta qué punto las redes de colaboración entre China y Estados Unidos persisten incluso cuando los investigadores se desplazan de un país a otro.
Y esa distinción entre dónde se forma el talento, dónde decide trabajar y dónde se concentra el capital me parece fundamental para entender lo que está ocurriendo. En formación, China está avanzando a enorme velocidad. En empleo, Estados Unidos continúa siendo un imán poderosísimo, pero menos indiscutible que antes. Y en capital, Silicon Valley sigue dominando de manera abrumadora: CBRE calcula que el Bay Area ha captado alrededor del 80% del venture capital estadounidense destinado a compañías de inteligencia artificial desde 2020, mientras que The Wall Street Journal señalaba recientemente que California continúa concentrando más inversión en startups que el resto de los estados del país juntos.
La cuestión, por tanto, no es afirmar que Silicon Valley haya muerto, algo obviamente falso, sino preguntarse si ha dejado de ser inevitable. Durante décadas, la tecnología parecía necesitar una capital, un lugar al que había que ir para estar realmente en el centro de las cosas. Puede que la inteligencia artificial esté empezando a demostrar precisamente lo contrario: que cuando el talento se forma en muchos lugares, puede moverse con relativa facilidad y encuentra oportunidades igualmente interesantes en ecosistemas muy diferentes, la innovación deja de tener necesariamente una única dirección postal.


Pasaremos de un hegemón a otro con todos los cambios de polaridad que esto conllevará a corto, medio y largo plazo.
También es interesante que los nuevos móviles, ordenadores, coches, etc. tienen su primer lanzamiento en China y el resto del mundo «más tarde» o «nunca». Hay empresas enteras de móviles como Xiaomi que en USA ni saben que existe y por lo visto Xiaomi tampoco tiene mucho interés en abrir allí.
Los europeos como siempre ni pinchamos ni cortamos, pero gracias a Dios estamos lejos geográficamente de ambos. Si empiezan a pegarse por algo será en el pacífico, bien lejos de nosotros o en África por el control de los recursos.
Aun así, creo que USA sigue teniendo la ventaja del inglés que el chino no tiene tan reproducible. Cualquiera de nosotros puede ir allí y presentar algo en una ronda de inversión, algo que no podemos aun decir de China.
Pienso, aunque probablemente no tenga razón, que el fenómeno del «teletrabajo» ha dispersado los genios por toda la geografía, sin que tengan que acudir a centros como Silicon Valley para encontrar el ambiente preciso para mostrar sus habilidades.
Uno sabe solo de su circulo de familiares y amigos y realmente no tengo ni idea si esta muestra es o no representativa de nada.
Conocí a un genio informático experto en Big Data esloveno, que trabajaba para una compañía sérvia, que a su vez trabajaba para una compañía americana, Otro sobrino mío que es un lumbreras, trabajaba en Luxemburgo para una empresa alemana especialista en AI, y ha decidido por ser mucho mas barato, (y tener aquí su núcleo de familia y amigos), seguir trabajando para la misma compañía pero en España, Otro, investigador de biología en USA, fue repatriado de Norte America con promesas de ponerle un laboratorio en el CSIC, pero aquello en la realidad duro solo unos años, y hoy trabaja para la industria farmaceútica, pero vive en España.
Pienso que si eres realmente bueno, hoy el teletrabajo te permite trabajar en temas punteros, pero sin necesidad, (al menos en algunos casos), de desplazarte a los centros tecnológicos.