La educación no se arregla confiscando teléfonos

IMAGE: A student stands between a dark, rigid classroom focused on memorization and a bright, open learning space where children use technology to explore, collaborate, and create

Cuando una sociedad no sabe qué hacer con sus problemas, busca un culpable sencillo. Preferiblemente uno que quepa en una mano, tenga pantalla y emita notificaciones. El smartphone se ha convertido en el chivo expiatorio perfecto de una crisis educativa que viene de mucho antes, tiene causas mucho más profundas y no se resolverá fingiendo que el mundo de nuestros hijos puede dejarse en la puerta del aula.

El interesante artículo de The Atlantic sobre uno de los psicólogos evolutivos más conocidos, Peter Gray, titulado «What if it’s not the phones, es interesante porque pone palabras académicas desde el punto de vista de la psicología evolutiva a algo que llevo defendiendo prácticamente toda mi carrera: el problema no es la tecnología, sino nuestra incapacidad para educar con ella, entenderla e integrarla con criterio. Gray, que lleva décadas estudiando el juego libre y la autonomía infantil, sostiene ahora algo incómodo: esa necesidad de exploración no desaparece cuando el entorno deja de ser el parque o la calle y pasa a ser también internet. Los niños tienen que aprender a equivocarse, negociar, explorar y tomar decisiones en el mundo en el que realmente crecen, no en el mundo nostálgico que algunos adultos idealizan.

La tesis de Gray choca con la narrativa de Jonathan Haidt en «The anxious generation«, convertida en coartada perfecta para quienes prefieren una prohibición a una conversación difícil. Haidt ha popularizado la idea de que smartphones y redes sociales han «recableado» la infancia y causado una epidemia de enfermedad mental. Gray ve ahí una nueva versión del pánico moral de siempre: ante cualquier problema infantil, la reacción automática de los adultos consiste en retirar otra libertad más. En su crítica a Haidt, insiste en que la literatura científica está lejos de demostrar esa causalidad, y que confundir correlación con explicación es una forma cómoda de dejar de mirar donde deberíamos mirar: a la escuela, a la presión académica y al empobrecimiento del aprendizaje.

Esa idea tampoco me resulta nueva. En 2014, hablando sobre móviles en la escuela, ya defendía que el libro de texto era un artefacto del pasado, un paquete cerrado de información en una época en la que la información es ubicua, y que la educación debía enseñar a buscar, cualificar y utilizar conocimiento. En 2016 escribía que los dispositivos no eran enemigos del aprendizaje, sino aliados poderosos si la educación se definía correctamente, y que prohibirlos solo demostraba miedo a lo nuevo y falta de sentido común. En 2021 volví sobre la misma cuestión: no, la tecnología no provoca terribles trastornos por sí misma; lo que provoca problemas es educar mal y después buscar una excusa cómoda. Y en 2025 lo formulé con claridad: prohibir móviles en adolescentes es el camino más corto hacia una sociedad de ignorantes.

No se trata de negar los riesgos. Las redes sociales tienen modelos de negocio diseñados para capturar atención, explotar impulsos, amplificar basura y convertir la vulnerabilidad en tiempo de pantalla. La cuestión es si la respuesta inteligente consiste en esconder ese entorno o en enseñarlo. El informe de las National Academies sobre redes sociales y salud adolescente reconoce daños posibles para algunos jóvenes y algunos usos, pero también beneficios y apoyo, y recomienda actuar con precisión, no con prohibiciones indiscriminadas. Candice Odgers, en Nature, advierte que la evidencia sobre si el tiempo de pantalla explica la ansiedad y la depresión adolescente es equívoca, y que una historia demasiado simple puede distraernos de las causas reales. El Oxford Internet Institute, tras analizar datos de más de 430,000 adolescentes en Estados Unidos y Reino Unido, encontró muy escasa evidencia de que la relación entre uso de tecnología y problemas de salud mental haya aumentado de manera consistente.

Incluso cuando miramos a la escuela, los datos obligan a pensar, no a gritar. Pew Research Center encontraba en 2025 que la mayor presión declarada por los adolescentes estadounidenses eran las notas, por encima de la apariencia o la integración social. La OCDE advierte de que el uso recreativo de dispositivos en clase se correlaciona negativamente con el rendimiento, pero eso no prueba que el dispositivo sea el problema: prueba que una herramienta sin propósito pedagógico, en un aula mal diseñada, distrae. Igual que distrae una clase absurda o un sistema obsesionado con evaluar memoria.

Lo mismo ocurre con la supuesta “superioridad” de los métodos tradicionales, ahora convenientemente resucitada por algunos países nórdicos que anuncian la vuelta a los libros de texto, al bolígrafo y al papel como si acabaran de descubrir la piedra filosofal de la educación. Suecia, por ejemplo, ha invertido en más libros físicos y menos pantallas, y ha modificado el despliegue de pruebas digitales en primaria bajo el argumento de que los alumnos más pequeños aprenden mejor con materiales impresos. Pero el problema no está en reconocer que escribir a mano, leer en papel o trabajar sin distracciones puede tener valor: claro que lo tiene. El problema está en convertir eso en una cruzada ideológica contra la tecnología y, sobre todo, en medir después el éxito con las mismas metodologías de siempre. Si evalúas con exámenes diseñados para premiar la repetición literal, la memoria de corto plazo y la capacidad de reproducir lo que dicen las páginas del libro, no estás demostrando que el libro sea superior: estás demostrando que el sistema de evaluación sigue atrapado en el libro. Es como juzgar la inteligencia de un alumno por su capacidad para recitar una enciclopedia en la era de la inteligencia artificial. La OCDE, cuando analiza el caso sueco a partir de PISA 2022, no habla de una magia intrínseca del papel, sino de problemas mucho más complejos: interrupciones en el aula, uso pedagógico desigual de las herramientas digitales, seguridad, autonomía local y calidad docente. Confundir “mejores notas en pruebas antiguas” con “mejor aprendizaje” es una de las trampas más peligrosas del debate educativo contemporáneo. No, los niños suecos no son ahora «más listos por usar papel y lápiz, ni aprenden mejor: simplemente siguen funcionando como antes en pruebas memorísticas absurdas diseñadas hace siglos, y que no sirven para medir nada.

La escuela que prohíbe smartphones porque distraen está confesando su fracaso. Está diciendo que no sabe convertir una pantalla en herramienta, enseñar a verificar fuentes, detectar manipulación, proteger la privacidad, entender algoritmos, gestionar la atención o distinguir información de conocimiento. Y eso, en 2026, no es prudencia: es negligencia. Educar no consiste en conservar artificialmente un pasado que ya no existe, sino en preparar a los alumnos para un presente complejo. Pretender formar ciudadanos digitales en aulas analógicas es como enseñar navegación retirando el mar.

Gray no propone abandonar a los niños en internet, del mismo modo que defender el juego libre no significa soltar a un niño en medio de una autopista. Viene a recordar algo más incómodo: crecer implica libertad, exploración, error y aprendizaje, y una infancia permanentemente vigilada, reglada, examinada y protegida de todo riesgo fabrica adultos dependientes, frágiles y manipulables. La tecnología no ha creado la crisis educativa: sólo la ha hecho visible.

La pregunta relevante no es si debemos permitir móviles en clase, sino qué tipo de educación queremos construir alrededor de una realidad en la que esos dispositivos existen, nos acompañan y median nuestra relación con el conocimiento, el trabajo y los demás. Culpar al smartphone es fácil. Cambiar la escuela es muy difícil. Precisamente por eso tantos prefieren lo primero.


This article is also available in English on my Medium page, «Schools don’t have a smartphone problem. They have a teaching problem»

23 comentarios

  • #001
    Alqvimista - 14 julio 2026 - 10:19

    Este artículo está lleno de conceptos que usted o nosotros hemos repetido frecuentemente, así que gracias por la pequeña parte que nos toque.

    A mí lo que me hace gracia es ver cómo se desprecia profundamente ese contenedor cerrado que es el libro y esa forma de enseñar que le ha llevado a usted a ser lo que es. Y a nosotros.
    ¿Cuarenta siglos de civilización que nos ha llevado a la Luna no sirven de nada porque no teníamos pantallitas? ¿En serio?

    Que sí, que la educación debe evolucionar, que debe incorporar las tecnologías del momento, claro que sí, pero ello no significa que todo lo anterior sea inútil, y deba ser erradicado.
    No lo es.

    Y creo que no hay problema de tecnología sino de EDUCACIÓN, de SOCIEDAD.
    Estos días estamos viendo en los papeles los problemas en la Oposiciones a Maestros. 80% eliminados por faltas graves de ortografía. Y claro, los pobrecitos desolados por la masacre sufrida, van a quejarse acompañados de sus padres… ¿qué mierda de sociedad estamos creando en la que los putos futuros maestros son unos cabestros iletrados, ignorantes e inmaduros? ¿Qué educación puede llevarse adelante con estos maestros?

    Da igual si estudias con libros o con iPads, esta sociedad con este sistema educativo creado por estos pedagogos de chichinabo no tiene futuro.
    Hemos creado una generación de chavales incapaces de relacionarse con sus semejantes cara a cara, que consideran una intromisión que se les llame por teléfono. Pero claro, estas pequeñeces no son consideradas trastornos mentales, esto hoy en día es normalidad.

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    • f3r - 14 julio 2026 - 14:14

      «ello no significa que todo lo anterior sea inútil»

      Creo que das en el clavo absolutamente. En concreto en culpar a los padres y los pedagogos: en vez de esforzarse, que los niños hagan lo que quieran, progresen a su ritmo (o nada en absoluto), no hace falta que saludes a tus familiares, no memorices nada porque para eso está internet…
      Vamos, en vez de una incorporación progresiva de conocimiento pedagógico nuevo (no mola darte de hostias hasta que aprendas, mola añadir contenido interactivo, mola aprender jugando/investigando…), un cambio de 180º, eliminando TODO lo que sabíamos que funcionaba (¿alguien aún le pregunta a la generación anterior cómo hacían para educarnos, en vez de leerse el último libro de un pedagogo pedorro?)

      Efectivamente, se está gestando una cesta de generaciones absolutamente incapaces de lidiar con la realidad y con la sociedad. Todo esto sin meternos en el asunto de una catadura moral generalizada en caída libre.

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  • #003
    Alqvimista - 14 julio 2026 - 10:25

    Creo que tanto Haidt con Gray tienen razón, porque el primero habla más genéricamente de la Sociedad mientras que el segundo habla más de la Educación.

    Las pantallas sí han creado esta sociedad idiotizada y no sé si eso lo resolverá Gray simplemente reorganizando la Educación. A no ser que antes reeducáramos a los padres

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  • #004
    Xaquín - 14 julio 2026 - 10:38

    «nuestra incapacidad para educar con ella, entenderla e integrarla con criterio» » el conocimiento ya no viene encapsulado, cerrado y encuadernado» (EDans).

    No necesito ni matizar, porque el símil de las cápsulas de conocimiento ya lo dice todo. Es la enseñanza robótica por excelencia… pero no de robots auténticos, sino de robots humanos… el profe típico, que tiene miedo de perder su autoridad, basada en el mandar y no en el saber.

    Este tipo de (des)atención al alumnado es lo más parecido a la atención al enfermo que práctica la Seguridad Social en su peor expresión. O el quitarle el juego en la calle/campo a una cría humana, porque se puede «lastimar»…

    Es cerrarle la puerta al mundo, «bueno y malo», por la incapacidad del adulto para ser un auténtico tutor de la criatura humana.

    Tocando algo muy actual, es como darle derechos civiles al embrión humano, porque no se saben (no se quieren) respetar los derechos civiles de la cría ya nacida. Sobre todo si naces en sitios como La Cañada Real madrileña.

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    • Xaquín - 14 julio 2026 - 10:55

      Y seguir comparando un sistema de información abierto , como es un móvil («inteligente») con un sistema cerrado, como es un libro de texto, incluso el mejor del mundo, es una chichinabez de campeonato.

      Ni la enciclopedia electrónica es competidora de un móvil bien usado… y digo BIEN, porque los adultos están para enseñar a usar «bien» los medios de información.. no a QUITARLOS de la circulación… tal como hacen las dictaduras al quemar los libros críticos.

      En un mundo abierto a la cuántica, cualquier sistema cerrado de información está anquilosado… mismo sea la palabra de un dios (sobre todo, si es la palabra de «un dios»… aunque sea un humano que se cree un dios).

      Porque en el fondo ya va siendo hora de que analicemos lo que quiere decir ese apelativo «de texto» (como las tablas de Moisés o la Tora Judía???). Yo estudié libros de texto, que solo acariciaban los últimos conocimientos en Química (Cuántica)… o los dejaban claramente fuera , como en Química Analítica

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  • #006
    Yomismo - 14 julio 2026 - 11:25

    Bravo y bravo, el pendulazo actual que pretende convertir a las pantallas en el nuevo enemigo (en su momento lo fueron la televisión, o los cómics, o la música rock, o los juegos de rol, etc.) tiene tan poco sentido como la reacción de la que es fruto, la de quienes pensaron que todo tenía que ser con pantallas y que lo analógico estaba muerto (joder, que llegué a leer artículos que decían que el aula estaba muerta, que todo podía ser desde casa, como cuando el confinamiento). Se trata de saber integrar un elemento que forma parte de nuestras vidas desde hace ya décadas, no es una nueva realidad (como está pasando con la IA, por cierto), y por tanto es también la realidad de la de niños y jóvenes.

    Volver a hacer las cosas «como antes» es únicamente barrer debajo de la alfombra.

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    • Dedo-en-la-llaga - 15 julio 2026 - 00:31

      Exacto, sobre todo cuando el hacer «como antes» ni siquiera se pone en cuestión, y el «como antes» era, es y será un inmenso zurullo infernal y mental: sin pantallas, con pantallas, y en pantuflas. Puagggg!!!

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  • #008
    Buzzword - 14 julio 2026 - 12:34

    Mi voto para…

    En primaria y parte de secundaria

    * prohibición casi total de pantallas y móviles
    * Libros de texto en papel, sin referencias externas a webs o similares
    * Uso exclusivo de papel y escritura manual
    * Más dictados, lecturas de libros, redacciones, etc
    * Prohibidas calculadoras, fomentar cálculo mental, baterías de ejercicios.
    * Fomentar la educación física en los colegios, y los juegos de equipo
    * Hacer proyectos educativos: plantar, visitas a granjas, excursiones, museos…
    * Nada de cursos online

    Cuando se decida, pero pronto, aprox 14.

    * Fundamentos del uso de bash y terminal linux
    * Enseñanza de programación funcional y algoritmos básicos
    * Similar a CS50 pero adecuado al ritmo de 2 cursos escolares.
    * Nada de office, o programas similares.
    * Refuerzo de enseñanza con programas como geogebra
    * Cursos online fuera de jornada, los que ellos busquen
    * Fomentar lecturas, deportes, salidas a teatros, cine-forum conjuntos….

    Luego ya que hagan el subnormal con el móvil o las RRSS, pero con una educación sólida sin payasadas.

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    • Alqvimista - 14 julio 2026 - 15:46

      Coincidimos.

      Al primer paquete añadiría:
      Y nada de móvil fuera de colegio, si no, ¿de qué serviría esto si al salir de clase los padres o la niñera le encasqueten al niño un móvil para que no de el coñazo?

      __
      Y ya de paso, ¿cuándo vamos a afrontar un cambio general del horario laboral para que se parezca al escolar?
      Algo tipo 9-5 como los yanquis. Así, de forma general.

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  • #010
    Franco - 14 julio 2026 - 14:51

    Muy interesante tu enfoque Enrique. Pero tengo un par de observaciones. Voy a ser un poco autorreferencial, a pesar de mi pudor. Recientemente comencé a dar clases en un terciario de formación docente. Es mi primera incursión en la docencia, después de casi 20 años de trabajar como periodista y en distintos proyectos comunicacionales. Intuitivamente llegué a la misma conclusión que mencionás en el texto: la educación tiene que dar una respuesta al contexto que nos toca atravesar. Hoy es muy importante que las personas entiendan cómo operan los algoritmos, no tanto la cuestión técnica, sino su costado práctico. Deben saber validar fuentes, comparar información, prevenir las manipulaciones, hacer las preguntas correctas y leer las respuestas para expandir ese conocimiento. Hasta ahí, estamos de acuerdo. Ahora, lo que se está viendo en los primeros años (jardín de infantes y primaria), es algo tan complejo que exige nuevos abordajes. Algo pasó en los últimos años que está modificando los circuitos cerebrales: muchísimos niños no juegan, no hablan, no escriben, no se expresan, no duermen. Y no es una exageración. No hay manera que una escuela pensada para otra sociedad para dar una respuesta ante semejante cambio psicosocial. Y ahí la relación con las pantallas parece directa. Porque cuando hablamos de pantallas, no hablamos de la enciclopedia Encarta que yo miraba fascinado cuando era chico. Estamos hablando de aplicaciones diseñadas con la intención deliberada de generar adicción, que opera sobre un sistema de recompensa que es incontrolable. Si no aprendemos a ponerle límites, estamos entrando en un terreno complejísimo. Saludos

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    • Dedo-en-la-llaga - 15 julio 2026 - 00:42

      No, no, no, las pantallas son el síntoma. Todo el sistema, de arriba a bajo ES el problema. Lo he dicho cienes de veces.

      Ahora, ¿hay lado de afuera del sistema? ¡¡¡Atadme esa mosca por el rabo!!!

      Y por eso, la posición del Sr. Peter Gray es de una ingenuidad rayana en lo delictivo. Su antónimo, el Sr. Haidt, paradójicamente tampoco le va a la zaga. Aunque él no es ingenuo, es un avispado que se erige en el represor de las costumbres. Y, los represores de las costumbres ya sabemos de siempre qué tipo de monstruos producen. (Remember, «Fahrenheit 451»).

      PD: Lo de «muchísimos» niños, vas a tener que matizarlo mucho, pero mucho, mucho.

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  • #012
    Manuel - 14 julio 2026 - 18:19

    Es una «civilizacion» realmente caotica.
    Conoce mas ciencia que ninguna otra anterior.
    Conoce mas teoria etica que ninguna otra.
    Sabemos lo que esta bien y mal de forma meridiana.
    Y sin embargo ¿que les vamos a enseñar a las nuevas generaciones? ¿en el plano etico que los genocidios estan mal? ¿en el plano cientifico que el cambio climatico no existe?.
    Y asi todo.
    El problema es insoluble.
    Si pones en un cine los Santos Inocentes (lo de leerlo, comprenderlo e interiorizarlo no es de este planeta) la mitad acaban pensando que la culpa de todo la tiene Milana.
    SALUDOS

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    • Dedo-en-la-llaga - 15 julio 2026 - 00:28

      No hace falta irse taaaaan lejos. Mira «Tardes de soledad», y verás que el que es un «Hijo de puta», «Un cabrón», el que tiene la culpa, la grandísima culpa de todo, ¿sabes quién es? Uno que estaba tan tranquilo en la dehesa. Correteando de aquí pa’llá, feliz como una perdiz. Y de pronto, vienen unos desalmados, lo meten en un camión, lo sueltan después de marearlo por caminos y carreteras en una plaza, lo torean, lo marean, lo empitonan, lo abandarillean, le hacen sufrir como a un cerdo, y ¡¡¡es el que tiene la puta culpa de todo!!! ¡¡¡El toro!!! ¡¡¡El puto toro es que tiene la culpa!!! Hay que ser unos verdaderos atroces, subnormales psicopáticos, con medio dedo de frente (y en vertical), para creerse eso.

      Pues ahí lo tienes macho, así estamos fabricados.

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      • Manuel - 15 julio 2026 - 10:11

        Es mas dificil que nunca ser un desalmado y un cretino a la vez.
        En el siglo V a.c o d.c eran analfabetos y a mucha honra.
        Hoy no.
        Ser un cretino y un desalmado en pleno siglo XXI es terrorifico.
        A eso llamo yo «civilizacion».

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  • #015
    Lua - 14 julio 2026 - 21:22

    Como bien dices, llevamos años con el tema (al que no voy a calificar de “turra”, pero cuando los comentarios siempre te dicen lo mismo, insistir me parece falaz).

    Valoro mucho el esfuerzo por mantener el debate vivo. Sin embargo, no puedo evitar notar un patrón recurrente en este tema concreto: la tendencia a presentar la regulación o la precaución con los dispositivos en las aulas exclusivamente como ‘pánico moral’ o ‘nostalgia’, cuando la realidad que reportan los docentes es bastante más matizada.

    Existe una diferencia fundamental, que a veces se pasa por alto en este debate, entre el acceso a la información y la construcción real de conocimiento. A menudo se describe el libro de texto o el papel como meros ‘paquetes cerrados de información’, pero se ignora por qué ese formato ha sido pedagógicamente útil: su linealidad y su ausencia de estímulos competidores son precisamente lo que entrena la atención sostenida, la memoria de trabajo y el pensamiento estructurado.

    Con mi experiencia informática y todo lo que he mamado, sé bien que la tecnología no se ‘absorbe’ por ósmosis ni se domina solo por ser ‘nativo’ de una época. Los sistemas robustos se construyen por capas. En el aprendizaje humano ocurre exactamente lo mismo: sin una base cognitiva analógica sólida (lectura profunda, escritura, lógica, gestión de la frustración), pedirle a un alumno que ‘busque, cualifique y utilice conocimiento’ en un entorno digital hiperestimulante es como intentar ejecutar un software complejo, sin tener el sistema operativo base correctamente instalado. El resultado no es libertad, es saturación y dependencia del algoritmo.

    Comentarios como los de ‘Buzzword’ o ‘Franco’ en este mismo hilo aportan esa visión de trinchera que a veces falta en los análisis teóricos: la necesidad de establecer primero cimientos sólidos en el mundo real y, solo después, integrar la tecnología con verdadero criterio. No al revés.

    Llevas años argumentando que prohibir es un síntoma de fracaso educativo, y en parte tienes razón: prohibir sin educar no sirve de nada.

    Pero cuando los datos y los profesores en el día a día señalan un deterioro tangible en la concentración, la ortografía o la capacidad de relacionar ideas complejas, quizás no estemos ante un simple ‘miedo a lo nuevo’.

    Quizás sea el momento de reconocer que la herramienta, por potente que sea, no sustituye al proceso cognitivo previo. Integrar la tecnología con criterio exige, inevitablemente, que ese criterio se haya formado antes.

    Un niño que no puede leer un texto de 3 páginas sin distraerse no va a «cualificar fuentes» en internet; va a ser carne de cañón de los algoritmos que dices debemos «entender».

    El criterio se forja con la frustración de aprender algo difícil, lineal y sin notificaciones. El libro de texto no es un «paquete cerrado» por ser malo, es cerrado para permitir la profundidad (si alguien te guía en ella).

    Citar a Peter Gray sobre la libertad, pero ignorar que las plataformas digitales son las mayores máquinas de restricción de la libertad cognitiva jamás creadas. Permitir eso en un aula sin una preparación previa no es «libertad», es abandono.

    En fin… que si no es por el @Cinico que me ha pinchado, ni contesto…

    Otrosi:

    ALqvimista nos comenta el caso de la semana… esos opositores a plazas de MAESTROS, que han cagado hasta las orejas con la ortografía… y encima, presentándose sus padres a “reclamar”.

    Tres cosas:

    a) que tus padres te tengan que acompañar a discutir una nota, ya dice mucho de que generaciones hemos creado.

    b) si son opositores, significa que son gente de 22 a los 26 años en su mayoría… estos han “crecido” con la tecnología, con el móvil en la mano… (y faltos de una ostia por parte de sus progenitores…) Algo falla en el argumento de que ”el móvil en el aula, es imprescindible”

    c) la mejor forma de no cometer “faltas de ortografía”, es escribir, escribir y escribir… a mano… sin el puñetero corrector ortográfico…

    Hemos creado monstruos, y algunos, ahora, lo queréis justificar…

    Responder
    • Dedo-en-la-llaga - 15 julio 2026 - 02:14

      «a) que tus padres te tengan que acompañar a discutir una nota, ya dice mucho de que generaciones hemos creado.»

      ¡¡¡Y a buscar trabajo!!! ¡¡¡Van con los padres a buscar trabajo!!!

      Responder
      • Alqvimista - 15 julio 2026 - 09:51

        Y no sólo van hasta allí, ¡ENTRAN CON ELLOS A LA ENTREVISTA!
        En fin, no sé cómo funciona esa gente, pero yo me asomo a la puerta y a todos los que vengan acompañados los mando ipso facto a casa a madurar.

        Responder
        • Dedo-en-la-llaga - 15 julio 2026 - 10:42

          Exacto, así va la cosa…

          Responder
        • Lua - 15 julio 2026 - 13:31

          Mira… los de la generacion del movil en la mano:

          asi vamos

          XDDDD

          Responder
  • #020
    Alqvimista - 15 julio 2026 - 00:06

    El comentario de FRANCO me ha recordado esto;:

    “Sesame Street revolucionó el sistema educativo estadounidense al introducir un innovador modelo de televisión preescolar diseñado por expertos, que utilizaba el entretenimiento para preparar a niños de 3 a 5 años. Demostró científicamente que se podían enseñar habilidades académicas básicas (letras y números) y valores sociales a través de la pantalla.Su impacto en la educación y la televisión se desglosa en los siguientes puntos clave:
    – Fundamentos científicos: Fue pionero en combinar el rigor pedagógico de especialistas de la Universidad de Harvard con técnicas de producción televisiva.
    – Enfoque de inclusión: Se creó con el objetivo específico de preparar para la escuela a niños de comunidades desfavorecidas, reduciendo la brecha educativa temprana.
    – Modelo de prueba y error: Los episodios piloto se evaluaban con niños reales; si un segmento no lograba captar la atención y enseñar, se reescribía y se volvía a filmar.”

    Cuándo los niños empezaron a entrar en el Sistema Educativo de EEUU ya se sabían las letras, leer palabras básicas y contar. Habían adelantado un año de formación en casa.
    ¿Y ahora? ¿Qué ven los niños en los móviles de sus padres o en la tele? Pocoyo, TeleTubis, etc. Sin duda hemos avanzado mucho…
    Pero el problema no son móviles, no, son los libros…

    Responder
    • Lua - 15 julio 2026 - 21:27

      Anyway… dentro de uno, dos, tres meses… cuando el Cherry Picking habitual lo permita… volveremos a hablar de lo mismo, y a comentar las mismas cosas… ad aeternum…

      Responder
  • #022
    Pere Vilás - 17 julio 2026 - 10:08

    El otro día comentaba con mi hijo de 19 lo difícil que me resulta últimamente leer libros cuando a su edad devoraba dos o tres a la semana sin problema.

    Si esto le está ocurriendo a una persona con larga trayectoria académica y con una profesión de fuerte contenido intelectual, me pregunto cómo lo hacen los adolescentes para no terminar idiotizados; son mis héroes.

    Responder
  • #023
    Tough_Guy - 20 julio 2026 - 19:18

    Suscribo el 100% del planteamiento de fondo: prohibir nunca es la solución, ni con los móviles, ni con las pantallas, ni ahora con la IA. Cada vez que una sociedad prohíbe una herramienta en lugar de enseñar a usarla, no protege a nadie, solo delega la responsabilidad en la ausencia de la herramienta en vez de en la formación de la persona. Un adulto (y un menor en formación hacia la autonomía) tiene derecho a acceder al conocimiento y a las tecnologías de su tiempo; lo que el Estado y la escuela deben garantizar no es un cerco de prohibiciones, sino criterio: entender los riesgos, los sesgos, los modelos de negocio detrás de cada herramienta, y también sus enormes potencialidades. Eso vale para el smartphone, para las redes sociales y, hoy, para la IA generativa. Combatir el síntoma (la pantalla) en vez de la causa (una educación que no enseña a pensar) es el camino fácil, y el camino fácil casi siempre es el equivocado.

    Dicho esto, hay que ser honestos con la evidencia: la superioridad del papel para la comprensión lectora profunda no es solo nostalgia ni mito. No hablo de memoria de datos sueltos, hablo de comprensión real. La meta-analítica más citada en este campo, Delgado, Vargas, Ackerman y Salmerón (2018, Educational Research Review, 54 tamaños de efecto de estudios entre 2000-2017), encuentra una ventaja consistente del papel sobre la pantalla en comprensión lectora, y la ventaja crece con textos expositivos (los que exigen razonamiento, no solo seguir una trama) y bajo presión de tiempo. Clinton (2019, Journal of Research in Reading) llega a la misma conclusión con otra muestra de estudios, y además añade un dato interesante: quienes leen en pantalla tienden a sobrestimar cuánto han entendido —lo que los investigadores llaman un déficit metacognitivo—, es decir, la pantalla no solo perjudica la comprensión, sino que además engaña al lector sobre su propio nivel de comprensión.

    La explicación más consolidada de por qué ocurre esto es la «Shallowing Hypothesis» (Annisette & Lafreniere, 2017; desarrollada por Anne Mangen y colegas del Reading Centre de Stavanger): la exposición constante a fragmentos digitales cortos y descontextualizados entrena al cerebro a leer en modo «escaneo» —buscando lo esencial rápido— en lugar de en modo de lectura lineal y sostenida, y ese hábito se traslada incluso cuando el lector vuelve al papel. Mangen, Walgermo y Brønnick (2013) mostraron en un estudio con adolescentes que quienes leían en pantalla captaban bien la trama principal de un texto pero fallaban más al conectar distintos elementos del texto entre sí, que es justo el tipo de comprensión que un examen memorístico no mide, pero sí importa para pensar con profundidad.

    Ojo, no es unánime: hay meta-análisis más recientes, como el de Schwabe, Lind, Kosch y Boomgaarden (2022), que no encuentran diferencias significativas para textos narrativos concretamente, y otro con niños de primer curso que tampoco confirma el efecto en lectores muy principiantes. La honestidad intelectual obliga a decir que el efecto es real pero moderado, más marcado en textos complejos/expositivos y bajo presión temporal, y no una superioridad absoluta del papel en cualquier circunstancia.

    No prohibamos las pantallas, pero tampoco finjamos que son intercambiables con el papel para todo tipo de lectura. Defender la libertad de elegir la herramienta exige conocer honestamente sus efectos reales —también los negativos—, no solo repetir que «todo es cuestión de cómo se usa» cuando la evidencia sugiere que el propio soporte, no solo el uso, también influye en cómo procesamos el texto.

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