Mi columna de esta semana en Invertia se titula «Apple contra OpenAI: la guerra por el próximo iPhone» (pdf), y trata sobre la demanda de Apple contra OpenAI por presunto robo de secretos industriales, un caso que, más allá de lo que finalmente determine un tribunal, revela con bastante claridad dónde se está desplazando el centro de gravedad de la industria tecnológica: de los modelos y las aplicaciones hacia la interfaz, hacia el dispositivo, hacia ese nuevo punto de contacto cotidiano entre las personas y la tecnología que podría venir después del smartphone.
La noticia, publicada inicialmente por Wired y ampliada por medios como The New York Times, Reuters, Forbes o Associated Press, tiene todos los ingredientes para una buena historia de Silicon Valley: antiguos empleados, prototipos, proveedores, procesos industriales, una alianza que se deteriora, acusaciones de traición y una compañía que intenta proteger aquello que considera el núcleo de su ventaja competitiva. Pero quedarse en la anécdota judicial sería perderse lo realmente interesante.
Apple y OpenAI eran, hasta hace muy poco, socios. Apple anunció en 2024 la integración de ChatGPT en sus dispositivos como parte de su estrategia de Apple Intelligence, mientras OpenAI obtenía acceso privilegiado al escaparate más valioso de la tecnología de consumo: el iPhone. La propia OpenAI presentó aquella colaboración como un paso importante en su relación con Apple y con sus usuarios, en una nota titulada «OpenAI and Apple announce partnership«. La lógica era evidente: Apple necesitaba una respuesta convincente a la presión de la inteligencia artificial generativa, y OpenAI necesitaba distribución, presencia y legitimidad en el ecosistema móvil más rentable del mundo.
Pero las alianzas entre gigantes tecnológicos tienen siempre una fecha de caducidad cuando aparece un nuevo punto de control. En cuanto OpenAI empieza a plantearse que no quiere limitarse a ser una aplicación dentro del iPhone, sino construir su propio dispositivo, el equilibrio cambia completamente. La adquisición del estudio de Jony Ive, anunciada en «A letter from Sam & Jony«, no fue simplemente una operación estética o de prestigio: fue una declaración de intenciones. OpenAI no quiere vivir eternamente dentro de los dispositivos de otros. Quiere controlar la experiencia completa, desde el modelo hasta el objeto físico que lo hace presente en nuestra vida cotidiana.
Eso es precisamente lo que Apple entiende mejor que nadie. Durante años, su gran ventaja no ha sido tener siempre la mejor tecnología en abstracto, sino integrar hardware, software, servicios, distribución, privacidad, marca y experiencia de usuario en un conjunto difícilmente replicable. El iPhone no es solo un producto: es una arquitectura de poder. Y si la inteligencia artificial termina convirtiéndose en una interfaz ambiental, personal, multimodal y persistente, capaz de sustituir muchas de las interacciones que hoy hacemos a través de una pantalla, Apple tiene un problema muy serio.
De ahí que la demanda sea mucho más que una reclamación por secretos industriales: es una forma de marcar territorio. Apple está diciendo que el conocimiento acumulado durante décadas en miniaturización, materiales, proveedores, baterías, sensores y fabricación a escala no puede ser utilizado alegremente por una compañía que hasta ayer era su socia y que hoy empieza a parecer una amenaza. OpenAI, por su parte, responde que no tiene interés en secretos ajenos y que su objetivo es construir tecnología innovadora. El tribunal decidirá hasta qué punto hay pruebas de uso indebido de información confidencial. Pero, estratégicamente, el mensaje ya está enviado.
Lo interesante es que OpenAI tampoco tiene una posición sencilla: puede tener los mejores modelos, una marca potentísima y una capacidad inmensa para atraer capital y talento, pero como suele decirse, «hardware is hard»… fabricar hardware de consumo es un infierno que ha triturado a muchísimas compañías brillantes. No basta con tener una idea elegante ni una narrativa futurista. Hay que producir a escala, gestionar proveedores, resolver problemas térmicos, energéticos y ergonómicos, convencer al usuario de que lleve o coloque un nuevo objeto en su vida, y hacerlo sin parecer intrusivo, incómodo o simplemente extravagante o innecesario. La historia reciente de dispositivos de inteligencia artificial fallidos debería servir de advertencia.
Aun así, la dirección del movimiento parece clara: OpenAI quiere dejar de depender de la pantalla de otros. Apple quiere evitar que la próxima interfaz dominante nazca fuera de su control. Google, Microsoft, Meta y Amazon observan el mismo tablero con sus propias piezas. Y el usuario, como casi siempre, terminará decidiendo no por la elegancia de los comunicados corporativos, sino por algo mucho más simple: qué producto resuelve mejor sus problemas, le exige menos esfuerzo y consigue ganarse su confianza.
La guerra entre Apple y OpenAI no va solo de secretos industriales. Va de quién definirá el objeto que vendrá después del smartphone, si es que realmente llega a existir. Va de si la inteligencia artificial será una función dentro de los dispositivos actuales o el principio de una nueva categoría. Va de si el iPhone seguirá siendo el centro de nuestra vida digital o pasará a ser una pieza más dentro de un ecosistema gobernado por agentes. Y va, sobre todo, de una pregunta que cualquier estratega debería hacerse ya: cuando la interfaz deja de ser una pantalla y pasa a ser una conversación permanente con una inteligencia artificial, ¿quién controla realmente la relación con el usuario?


Hombre, lo de que la demanda va más de marcar territorio que de robo de información… es cogerlo muy por los pelos.
De hecho, en la demanda parece esquivar a propósito a Ive y a sus socios de io. Ni siquiera cuando mostraron lo que estaban diseñando como futuro hard sin pantalla.
Claro que nadie quiere perder la posición que tenga, pero hasta ahora han surgido aparatos alternativos que no tiene Apple y no ha pasado nada, desde las gafas de Meta hasta los anillos inteligentes o las bandas sin pantalla.
Pero es que lo de OpenAI es muy, muy fuerte.
Angel Jiménez de Luis lo explica muy bien en este artículo:
https://www.elmundo.es/tecnologia/2026/07/11/6a5184cdfdddff00538b45ac.html
«Las acusaciones contra Liu parecen sacadas de una novela de espionaje corporativo. Según Apple, el ingeniero no devolvió uno de sus ordenadores de trabajo al marcharse y, semanas después, descubrió que un fallo de autenticación en los servidores de la compañía le permitía seguir accediendo a los archivos internos. En lugar de avisar, celebró el hallazgo en un mensaje a una antigua compañera y descargó durante semanas docenas de documentos confidenciales, incluida una compilación técnica de más de mil páginas con detalles de fabricación de las placas base de los productos de Apple.
Liu, siempre según la demanda, también aconsejó a esa compañera, a la que estaba tratando de reclutar para OpenAI, sobre cómo copiar archivos «sin tener problemas con el equipo de seguridad» y qué material confidencial debía estudiar antes de su entrevista de trabajo en OpenAI. Para evitar ser descubiertos, le pidió comunicarse por una aplicación de mensajería alternativa.
SISTEMÁTICO
Lo que convierte esta demanda en algo más que un caso de empleados desleales es la acusación de que OpenAI ha institucionalizado estas prácticas. Apple asegura que Tan utiliza en las entrevistas de trabajo los nombres en clave de proyectos internos de Apple para sonsacar información sobre productos aún no anunciados, y que pide a los candidatos (muchos todavía en nómina de Apple) llevar prototipos y piezas a las entrevistas para explicar lo que han hecho. Uno de los candidatos, según la demanda, se mostró sorprendido porque «no sabía que se podía sacar estos productos de la oficina».»
Pero no sólo son ingenieros que se llevan secretos:
« Apple afirma que OpenAI convenció a uno de sus socios industriales de confianza para que ejecutara una técnica propietaria de acabado de metales, haciéndole creer que contaba con el permiso de Apple, y que se ha dirigido a otro proveedor de baterías con preguntas que «solo alguien de dentro de Apple sabría formular».»
Si Apple es capaz de probar la mitad de esas cosas no solo algunos van a acabar en la cárcel, la propia OpenAI puede acabar maltrecha.
Más que una guerra Apple contra OpenAI esto parece un caso de OpenAI contra Apple.
Apple quiso crear sus modelos AI desde los modelos de OpenAI, éste le pidió el oro y el moro, así que Apple se dirigió a Google y bueno, ahí están los modelos de Apple generados desde su modelo Gemini.
Y parece que a OpenAI no le gustó la jugada ¯\_(ツ)_/¯
Que se saquen los ojos entre ellos. Desde aquí… palomitas.
Ni influyo ni influiré en esas macrodecisiones. Pero mi impresión es que están quemando demasiado dinero buscando el «nirvana» económico mientras pescan en todas direcciones a ver si alguien o algo «pica».
Dice mi mujer que yo, cuando pienso mal, siempre acierto.
Como dice el sr. Dans, es indiscutible que una persona se va de una a otra empresa con sus conocimientos y su saber-hacer. Está claro. pero lo que es ilegal es llevarse material, aunque sólo sea una hoja de papel.
Y pensando mal, pienso que Apple detectó el acceso ilegal de Liu y le dejó hacer, observando hasta dónde llegaba y dejando que se enredara en su sedal.
Y cuando ya lo tiene bien atrapado a él y, especialmente, a los de OpenAI, es cuando ha actuado, con las cartas en la mano y con pruebas suficientes para acabar con todos. ¿A cuánto ascenderá el acuerdo extrajudicial? ¿Quiénes acabarán en la cárcel o fuera del mercado para siempre?
Como dice Benji, con palomitas a ver qué pasa.