Soberanía tecnológica europea: o dejamos de alquilar el futuro a Silicon Valley, o seguiremos pagando peaje democrático

IMAGE: A powerful, circuit-board fist rises from a map of Europe, shattering a heavy chain that spells out "DEPENDENCIA." In the dark background, a cracked Silicon Valley skyline and broken sign signal the end of passive reliance, while bright, green digital growth flourishes below

Europa lleva demasiado tiempo confundiéndose a sí misma con un mercado, cuando lo que está en juego es algo bastante más incómodo: poder. Poder para decidir qué se puede hacer con los datos de sus ciudadanos, poder para definir qué prácticas empresariales son aceptables, poder para exigir auditoría, transparencia y rendición de cuentas, y poder para que, cuando alguien en Washington estornude o amenace, aquí no nos dé una neumonía. Que hoy estemos discutiendo «soberanía tecnológica» no es una moda ni una ocurrencia: es el síntoma de que por fin empezamos a asumir que la infraestructura digital no es un conjunto de productos, sino una capa de soberanía comparable a la energía, las telecomunicaciones o la defensa.

La paradoja es que Europa sí tiene piezas críticas del puzle, pero las ha tratado como si fueran accesorios. El caso de ASML es casi obsceno: una empresa europea que sostiene una parte esencial de la cadena global de semiconductores y, aun así, Europa se ha permitido actuar como si su liderazgo fuese un accidente del que no hay que sentirse responsable. ASML lo recuerda en su propia presentación corporativa: su tecnología de litografía es «fundamental» para la fabricación masiva de chips. Y sin embargo, el debate geopolítico ha tendido a convertirla en rehén de agendas ajenas, justo lo contrario de lo que debería permitir un bloque que se toma en serio a sí mismo. Ahí hay una lección central: la soberanía no empieza prohibiendo nada, empieza protegiendo lo que ya tienes y dejando de comportarte como vasallo.

Esa discusión estratégica tiene hoy nuevos actores que obligan a replantear los monopolios de facto: uno de ellos es Taalas, una compañía canadiense que propone revolucionar la infraestructura de la inteligencia artificial transformando modelos de aprendizaje profundo en silicio personalizado altamente optimizado. Su plataforma automatizada permite que un modelo entrenado se convierta en hardware específico, lo que ellos llaman Hardcore Models, con una eficiencia energética y de procesamiento hasta mil veces superior a la ejecución de software en GPUs tradicionales, eliminando gran parte de los costes y cuellos de botella asociados a la computación clásica de inteligencia artificial. Esta aproximación radical, que revoluciona la inferencia, por ejemplo, alcanzando más de 17,000 tokens por segundo en modelos populares como Llama 3.1, no solo es un desafío tecnológico, sino que redefine qué significa tener control sobre la infraestructura crítica de inteligencia artificial en un mundo dominado por arquitecturas cerradas y proveedores concentrados.

Otro actor interesante y ya conocido es Mistral: una startup francesa fundada en 2023 por investigadores formados en Google DeepMind y Meta que ha emergido como uno de los contendientes más serios en el desarrollo de LLMs con un enfoque de apertura y transparencia, lo que la distingue de competidores cerrados como otros grandes proveedores de inteligencia artificial. Mistral no es solo un competidor tecnológico: su apuesta por modelos de código abierto, accesibles y modificables, y su creciente papel en aplicaciones empresariales y aplicaciones de inteligencia artificial generativa convierten a esta empresa en una pieza estratégica para Europa si quiere reducir dependencia de proveedores extranjeros y al mismo tiempo mantener control y auditabilidad sobre tecnologías que moldean lo público y lo privado. Su relevancia se amplifica cuando ejecutivos europeos y fabricantes clave como ASML establecen inversiones y alianzas robustas con Mistral, subrayando que esta no es una iniciativa aislada, sino parte de un movimiento más amplio para forjar capacidad tecnológica propia en el corazón de la Unión Europea.

En ese sentido, el reciente artículo de mi amigo Julián de Cabo llega en el momento perfecto, porque pone el foco donde suele doler: en la arquitectura estratégica, no en el titular fácil. Cuando subraya que «Taalas es canadiense, y eso importa más de lo que parece», no está haciendo una precisión anecdótica, sino describiendo el tablero real: alianzas, marcos regulatorios compatibles, y la posibilidad de construir alternativas a dos modelos que Europa, con razón, percibe como incompatibles con su tejido institucional: el capitalismo de vigilancia estadounidense y el control social chino. Esa frase, por sí sola, desmonta una trampa habitual: creer que «lo europeo» es una bandera estética o una obsesión por la regulación excesiva. No lo es. Es un conjunto de límites y garantías que definen qué tipo de tecnología queremos permitir.

Y aquí conviene decirlo sin rodeos: si Europa pretende «soberanía» pero sigue aceptando como inevitables los modelos de negocio basados en extraer datos, maximizar adicción y degradar deliberadamente la conversación pública, lo que está comprando no es tecnología: está importando una ideología empaquetada. La discusión no es si el scroll infinito es bonito o feo, ni si una plataforma concreta nos cae o no simpática: la discusión es si aceptamos como normal un modelo que necesita vigilancia sistemática para funcionar, que monetiza el deterioro cognitivo y que convierte el espacio público en una máquina de segmentación publicitaria. Ese es precisamente el eje de lo que llevo tiempo argumentando: cuando el negocio consiste en espiar, el producto somos nosotros. Y cuando el negocio depende de retenerte y engancharte, la adicción deja de ser “un efecto secundario” y se convierte en requisito operativo.

Por eso, hablar de «abandonar modelos estadounidenses que no encajan con nuestra visión» no es antiamericanismo, ni capricho regulatorio, ni postureo proteccionista: es coherencia con derechos fundamentales. El choque reciente entre Estados Unidos y la Unión Europea alrededor de la regulación digital lo ilustra con claridad: mientras la UE plantea marcos como la DSA como una obligación de diligencia, transparencia y gestión de riesgos, desde ciertos sectores políticos y corporativos estadounidenses se intenta reetiquetar todo eso como «censura». Esa guerra semántica no es casual: cuando un actor controla la infraestructura informacional global, no defiende solo beneficios, defiende soft power e influencia.

La buena noticia es que, por primera vez en mucho tiempo, la discusión europea empieza a aterrizar en medidas concretas. La Comisión Europea no solo habla de soberanía: empuja estrategias explícitas de tecnologías abiertas y de código abierto, con un enfoque de «Think Open», y con estructuras como su Open Source Programme Office para institucionalizar contribución, reutilización y «stay in control». Esto es importante por un motivo que a veces se pierde: el open source no es una religión, es una palanca de soberanía. No porque «sea gratis», sino porque reduce asimetrías, facilita auditoría, permite bifurcar y mantener, y hace más difícil el chantaje del proveedor. En otras palabras: vuelve negociable lo que hoy es dependencia.

Pero soberanía no es autarquía. Aquí la idea de «neutralidad activa» es clave: diversificar proveedores, evitar lock-in y reservar capacidad propia donde duele perderla. La pregunta útil no es «¿podemos vivir sin tecnología estadounidense mañana?», sino «¿podemos diseñar un camino para que lo crítico no dependa de un tercero que no comparte ni nuestros incentivos ni nuestras garantías?» Y en ese camino, «Made in Europe» no debería leerse como una mera campaña industrial, sino como giro geopolítico: pagar más a propósito para recuperar control estratégico, porque el precio real de lo barato suele ser la dependencia. Esa es exactamente la tesis del texto sobre «Made in Europe»: no va de fábricas, va de control.

A partir de ahí, el debate se vuelve incómodo para muchos porque obliga a hablar de procurement, no de deseos. Si Europa quiere soberanía, tiene que comprar soberanía. El discurso de EuroStack y su insistencia en un «Buy European» acompañado de interoperabilidad y requisitos de salida, apunta justo a ese nervio: dejar de financiar, con gasto público y empresarial, la consolidación de dependencias estructurales. No se trata de excluir por pasaporte, sino de exigir condiciones: jurisdicción, auditabilidad, portabilidad real, estándares abiertos, y ausencia de prácticas incompatibles con derechos fundamentales. Quien pueda cumplirlas, compite; quien no, no debería ser infraestructura de lo público.

¿Y las redes sociales? Ahí el problema es todavía más claro porque no hablamos solo de servicios: hablamos de «infraestructura cognitiva», de la que dependen elecciones, agenda pública y salud democrática. Proyectos como Eurosky son interesantes precisamente porque intentan mover la discusión del «hagamos otra app» al «construyamos infraestructura y gobernanza». Su apuesta por el AT Protocol y por una capa europea para cuentas, datos y moderación apunta a lo que de verdad importa: que la soberanía no se resuelve con un clon, sino con un ecosistema y reglas propias. Y el hecho de que Reuters lo trate como un intento explícito de reducir dependencia de los gigantes estadounidenses muestra que, claramente, el diagnóstico ya está a la vista.

Con todo, estamos lejísimos aún de poder caer en algún tipo de triunfalismo. Europa tiene talento, capital, industria y regulación, pero lo que le ha faltado históricamente es voluntad sostenida, velocidad y coordinación para escalar alternativas sin que mueran en la «fase piloto». Esa es la razón por la que, cada cierto tiempo, resurgen las dudas sobre si Europa «de verdad» puede divorciarse de las Big Tech: porque el divorcio no es un tweet, es una migración masiva de dependencias, contratos, hábitos y cultura tecnológica. Y además, habrá presión, y mucha. Lo vemos cuando incluso Google advierte públicamente a la UE contra «levantar muros» en su agenda de soberanía: porque entiende perfectamente lo que se está discutiendo.

La pregunta, por tanto, no es si Europa puede «adquirir soberanía tecnológica» como quien compra un paquete en Amazon o en AliExpress. La pregunta es si está dispuesta a asumir el coste político y económico de alinear su infraestructura digital con sus principios. Si de verdad creemos en la importancia de la privacidad, en los límites al poder corporativo, en la transparencia y en el Estado de derecho, entonces no tiene sentido que la conversación pública, la nube de lo público o la capa de identidad digital dependan de modelos diseñados para extraer datos y maximizar influencia. La soberanía europea no será un gran gesto, sino una suma de decisiones aburridas: estándares abiertos, contratos con cláusulas de salida, exigencias de interoperabilidad, inversión paciente, y una preferencia explícita por tecnologías que se puedan auditar y gobernar aquí.

Y sobre todo, una decisión moral disfrazada de decisión técnica: dejar de tratar nuestros derechos como un «coste de fricción» y empezar a tratarlos como lo que son. El día que Europa entienda que su ventaja comparativa no es copiar a Silicon Valley, sino ofrecer una alternativa compatible con la democracia y los derechos fundamentales, aunque al principio suene «menos sexy«, ese día la soberanía dejará de ser un eslogan y se convertirá, por fin, en una estrategia como tal.

6 comentarios

  • #001
    f3r - 7 marzo 2026 - 11:19

    Solo puntualizo esto:
    «La pregunta es si [Europa] está dispuesta a asumir el coste político y económico, Y MILITAR de alinear su infraestructura digital con sus principios».

    Es muy importante recordar que independizarse del yugo americano en cualquier aspecto vital para ellos (¿qué les queda, sus tecnológicas, sus armas, sus hidrocarburos y su bolsa?) implica inmediatamente convertirse en un enemigo existencial. ¿Creéis que nos van a tratar de manera diferente a Rusia o Irán por haber sido algún tiempo sus «aliados»?

    Imagínate, ya para rizar el rizo, que desarrollamos, como dices, todo un stack tecnológico sin espionaje, respetando los derechos del usuario, etc, y empezamos a vendérselo a otros países interesados, EN EUROS. Enseguida nos vamos a dar cuenta de que solo con las bombas atómicas francesas no es suficiente (los británicos son el enemigo, así que ni los considero europeos): 1) euromaidanes y revoluciones por doquier (es decir, patrocinio de golpes de estado), 2) nordstreams a cascoporro (cables de internet?) (es decir, destrucción de infrastructura crítica bajo falsa bandera), 3) sanciones internacionales secundarias contra nuestros países (y amenazas de invasión militar para los países que no las secunden), 4) invasión militar mientras finges que estás negociando un «deal»

    Señores, se está con o en contra del hegemón, no existen otros estados de existencia. Y cuando digo «con» me refiero lamiendo sus botas y obedeciendo todo lo que diga (que es lo que llevamos haciendo décadas). Si queremos estar en contra, como Enrique propone, hay que armarse hasta las cejas.

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    • D. FALKEN - 7 marzo 2026 - 11:51

      …O se puede ir por el camino del medio, hasta que el hegemón deje de serlo, que así será.
      Al menos así he interpretado yo esa ‘neutralidad activa’.

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    • Yomismo - 7 marzo 2026 - 12:25

      Es alucinante ver a gente aún blanqueando a Rusia tras años (más de una década) de guerra híbrida contra nosotros, financiando partidos de ultraderecha, intentando reventar elecciones, propagando desinformación, saboteando instalaciones y realizando ciberataques y un larguísimo etc. El Euromaidan fue el levantar de los ucranianos contra la injerencia rusa, que intentó hundir un tratado de libre comercio con la UE que hubiera significado prosperidad para Ucrania, y Rusia no podía permitirlo, por eso intentó hundirlo desde el minuto 1. Y por eso Rusia se puso a invadir Ucrania comenzando con Crimea y el Donbás, hasta llegar al momento actual, tras años de intensificación de la guerra de desinformación e híbrida, y tras el palo que se llevaron países como Alemania pensando que qué más da un poco de guerra híbrida si nos da gas barato, a la mierda nuestra soberanía

      Al menos ya os vais enterando de que hay que gastar mucho, pero mucho en defensa si queremos realmente soberanía militar en un plazo razonable de tiempo. A menos que sigamos creyendo que no hay prisa y que con un 2% (que ni siquiera cumplíamos muchos países) vamos sobrados y en dos años lo tenemos

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    • Juan T. - 7 marzo 2026 - 14:39

      Totalmente de acuerdo.

      Y a proposito de esto y para poner en contexto la guerra contra Irán.

      En 1951, el primer ministro iraní Mosaddegh nacionalizó el petróleo, desafiando el control británico.

      Reino Unido y Estados Unidos temieron perder acceso a los recursos y una supuesta influencia soviética.

      La CIA y el MI6 orquestaron la Operación Ajax para desestabilizar el gobierno mediante propaganda y sobornos.

      En 1953, un golpe de Estado derrocó a Mosaddegh y consolidó el poder absoluto del Sha Pahlavi.

      El nuevo régimen, respaldado por Washington, permitió que empresas occidentales retomaran el control petrolero.

      Se generaba una inmensa riqueza que no llegaba al pueblo. El resto es historia.

      Así que si, primero las armas o al menos en paralelo con el resto.

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  • #005
    D. FALKEN - 7 marzo 2026 - 11:45

    Esto es importante por un motivo que a veces se pierde: el open source no es una religión, es una palanca de soberanía. No porque «sea gratis», sino porque reduce asimetrías, facilita auditoría, permite bifurcar y mantener, y hace más difícil el chantaje del proveedor. En otras palabras: vuelve negociable lo que hoy es dependencia.

    El código abierto genera economías de escala porque elimina barreras de acceso, fomenta la colaboración masiva y permite que los costos fijos del desarrollo se diluyan entre un gran número de agentes. Genera un networking que lo hace más eficiente a medida que la red crece. Los proyectos de opensource tienen la potencialidad de un nivel de escala inviable para los modelos propietarios actuales. No es sólo poesía, podemos tomar como referencia académica, por ejemplo, a Lerner & Tirole.

    La falta de incentivos económicos constituye su desventaja competitiva frente al modelo privativo, pero precisamente porque se enmarca en un modelo de desarrollo económico y social diferente. El impulso inicial que le aporte la inercia necesaria es el principal reto.

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  • #006
    Jaime Bravo - 7 marzo 2026 - 12:49

    Estimado Enrique, en el artículo planteas con claridad una cuestión que durante mucho tiempo se ha subestimado: la infraestructura digital no es simplemente un conjunto de tecnologías o servicios, sino una capa de poder con implicaciones económicas, políticas y democráticas.
    En ese sentido, el debate europeo sobre soberanía tecnológica es comprensible y necesario.
    Quizá, sin embargo, el cambio más profundo que estamos observando no sea únicamente geopolítico, sino también arquitectónico. El poder tecnológico global se organiza hoy en distintas capas infraestructura, nube, identidad, plataformas, interfaces y ningún actor controla todas ellas simultáneamente. La posición estratégica de un país o de una región depende cada vez más de en qué capas tiene capacidad real y en cuáles depende estructuralmente de otros.
    Desde esa perspectiva, el debate sobre soberanía tecnológica podría enriquecerse incorporando un concepto más operativo: resiliencia estratégica.
    No necesariamente implica construir todo desde cero ni aspirar a una autonomía absoluta, sino diseñar arquitecturas tecnológicas que reduzcan dependencias críticas, eviten bloqueos estructurales y mantengan la capacidad de cambiar de proveedor, de tecnología o de modelo cuando el entorno lo requiera.
    En ese contexto, decisiones que parecen meramente técnicas interoperabilidad, estándares abiertos, cláusulas de salida, políticas de contratación tecnológica adquieren un carácter profundamente estratégico.
    Porque en un sistema digital cada vez más concentrado, la ventaja no siempre reside en controlar todo el ecosistema, sino en preservar suficiente margen de maniobra cuando la arquitectura tecnológica global vuelva a reorganizarse.

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