El Blog de Enrique Dans

Google Contributor: otro experimento alternativo

Escrito a las 12:11 pm
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Google ContributorSiguiendo el camino que abrió con YouTube MusicKey y que comentamos recientemente, Google lanza Google Contributor, otro experimento sobre el pago por servicios en la web: un sistema que permite a los usuarios destinar una cantidad de entre uno y tres dólares al mes para que sean repartidos entre los sitios que participen en la iniciativa, que a cambio sustituirían sus anuncios por un recuadro pixelado o por una nota de agradecimiento. Una especie de herramienta de crowdfunding para páginas web con una audiencia suficientemente fiel, que podría servir para explorar de una manera más concreta la posibilidad de desarrollar servicios de pago alternativos a la publicidad segmentada, o bien para, como comentan algunos, demostrar que ese tipo de servicios son imposibles.

El servicio me recuerda bastante a Flattr, un diseño del genial Peter Sunde, en el que un usuario podía destinar una cantidad determinada de dinero para repartirla entre los sitios que visitase y que contasen con el botón de la aplicación. Eso convertía la lectura de noticias en un acto en el que una lectura considerada buena, interesante, entretenida o satisfactoria se acompañaba de una pulsación en el botón a modo de retribución instantánea, lo que permitía al usuario obtener una cierta sensación de compensación, de “me ha gustado lo que has escrito, y aquí tienes mi clic recompensándote por ello”.

Hasta el momento, la alternativa para aquellos que no querían ver publicidad – particularmente, publicidad invasiva, intrusiva o molesta – en una página web era sencillamente bloquearla. Algunas páginas con audiencias particularmente avanzadas en el uso de la web han visto ya subir el porcentaje de uso de ad-blockers por encima de un tercio, prueba clara del agotamiento del modelo publicitario: el uso de ad-blockers, inicialmente pensado para generar una presión sobre anunciantes y soportes que evitase la proliferación de formatos publicitarios molestos, se ha convertido en una forma de evitar “cualquier anuncio en cualquier sitio”, dando al traste con el incentivo de un soporte para tratar de “educar” a los anunciantes en el uso de formatos más respetuosos con la audiencia. Iniciativas recientes como AdBlock Plus Acceptable Advertising podrían tener su influencia a medida que se popularicen, pero en general, la sensación hasta ahora ha sido que el bloqueo de anuncios, aunque obviamente conveniente para el usuario, es un camino sin retorno para los soportes.

¿Es posible, estando presente y fácilmente disponible la posibilidad del bloqueo de anuncios, que funcione un sistema que solicite un pago al usuario a cambio de eliminar la publicidad? La respuesta inmediata podría ser “sí, si impedimos que funcione”. Toda página web tiene posibilidad de detectar de manera inmediata si un usuario está o no utilizando un bloqueador de publicidad: basta con constatar que la petición de página no se acompaña con la correspondiente visualización desde el ad-server. Por otro lado, si Google – o cualquier otro – optase por la ofuscación, por bloquear el acceso a quienes utilicen estos sistemas de bloqueo, sería víctima inmediata de una fuerte impopularidad.

La respuesta, en el caso sobre todo de los sitios de análisis o noticias, está en hacer que el usuario se dé cuenta de la influencia potencial que estos métodos de financiación tienen en la independencia de la página que está leyendo. En mi caso, disfruto de una circunstancia que indudablemente me convierte en un privilegiado: obtengo mi financiación fundamental de actividades que no condicionan en modo alguno ni mi línea editorial ni mi elección de temas. Una elección comprometida de temas puede en ocasiones determinar, como me ha ocurrido recientemente, que alguna actividad aislada sea cancelada por quien previamente a eso había expresado su interés en pagármela, pero ni las conferencias, ni mucho menos mi trabajo en IE Business School, una institución que ha hecho de la independencia y de la libertad absoluta de cátedra una auténtica seña de identidad, condicionan aquello sobre lo que puedo escribir. Nunca he recibido desde IE Business School ni la más mínima presión para escribir de una u otra manera, sobre unos temas o sobre otros: más bien al contrario: me he encontrado con una firme defensa de mi libertad para escribir y analizar lo que estimase oportuno, incluso cuando algunos han pretendido presionarme por esa vía. Pero en el caso de muchas páginas, depender únicamente de la publicidad puede determinar las posibilidades que tienen de escribir con libertad análisis de según qué productos o servicios, un sesgo que la mayoría de los lectores no desean que tenga lugar, y un causa que podrían estar interesados en defender mediante sus micropagos.

Google Contributor me parece, en esencia, una muy buena idea. El problema de Flattr, que también es una gran idea, estaba en la ausencia de una penetración de mercado masiva que lo convirtiese en un sistema válido con contrapartida en un número razonablemente elevado de páginas. Si alguien puede superar esa limitación, sin duda, sería Google: si la propuesta de Contributor es estimada adecuada por los usuarios, veremos cómo se extiende en no mucho tiempo por todos los sitios de análisis y noticias en toda la web. Un sistema así pondría a Google, por otro lado, en una situación interesantísima: en lugar de depender en un porcentaje superior la 70% de la publicidad, se convertiría en una especie de editor que recoge las contribuciones económicas que los usuarios desean hacer a las páginas que leen, y las reparte mediante un sistema consolidado que ya ha probado su idoneidad para ello.

Pero como tantas otras buenas ideas, falta comprobar que los usuarios sean capaces de entenderla como tal, que caigan en la cuenta de lo que realmente hay detrás de esas microdonaciones que no suponen realmente un esfuerzo económico para nadie, y que estén dispuestos a ponerlas en práctica cuando lo fácil puede ser, en muchos casos, seguir soportando anuncios o mantener el bloqueador de publicidad activo. Veremos cómo funciona. ¿Estarías dispuesto a destinar algo de dinero para repartirlo entre aquellas páginas que dejan de ponerte publicidad para pasar a financiar parcialmente sus contenidos mediante esos micropagos? ¿Crees que experimentos como Google Contributor pueden llegar a convertirse en indicadores de una tendencia, y que en el futuro el pago por contenidos se convertirá en un capítulo importante en la web, a la altura de lo que la publicidad supone hoy para muchos? ¿Estamos empezando a pensar en purgar, como bien decía Ethan Zuckerman, el pecado original de internet?

 

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Rompiendo Google

Escrito a las 9:02 am
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Google splitLa noticia original proviene de la filtración de un borrador de la propuesta al Financial Times, Google break-up emerges from Brussels, y a estas horas está recogida ya en todas partes: una propuesta del Parlamento Europeo que parece tener el apoyo tanto del grupo popular como del socialista, y que propone una separación obligatoria de Google bajo la ley anti-monopolio, en dos compañías que supuestamente recogerían sus actividades de búsqueda en un lado, y comerciales en el otro. Los mejores resúmenes y opiniones los he encontrado en GigaOM, European Parliament reportedly wants Google to be broken up, y en sentido contrario, en Techdirt, EU Parliament wants to break up Google… because it’s big & American or something.

El estudio de tan drástica medida tiene bastante lógica si consideramos la evolución del Parlamento Europeo desde las últimas elecciones: frente a la postura negociadora del español Joaquín Almunia, que redundó en tres intentos de acuerdo con la compañía que fueron subsiguientemente rechazados, ha emergido una línea mucho más dura protagonizada originalmente por parlamentarios alemanes que solicita a la Comisión Europea medidas mucho más contundentes frente a una Google que considera una amenaza. La opinión de Almunia en la comisaría de Competencia era que la ruptura de Google no podía llevarse a cabo de acuerdo con la legislación vigente, de modo que la postura de su sucesora, la danesa Margrethe Vestager, parece ser la búsqueda de un cambio legislativo que sí la permita. 

La ruptura forzada en función del abuso de las leyes anti-monopolio es una medida extrema, que ha sido tomada en escasas ocasiones. La más conocida fue, sin duda, la de AT&T en las Baby-Bells en 1982. Con posterioridad, se han propuesto otras, como la de IBM o la de Microsoft, que nunca llegaron a tener efecto, todas ellas en los Estados Unidos. El acuerdo general parece ser el de plantear la medida cuando existe un daño claro a los consumidores, un supuesto que resultaría como mínimo complicado plantear en este caso. El dominio de un mercado, que en el caso de Google en la Unión Europea llega a porcentajes superiores al 90%, no es por sí solo una razón para plantear que existe un abuso de posición monopolística: las leyes no deben penalizar el hecho de tener un buen producto que es preferido por los consumidores, sino la existencia de estrategias destinadas a reducir la oferta de productos competidores mediante tácticas que puedan ser consideradas anti-competitivas. En principio, si puede ponerse fin al uso de ese tipo de tácticas, que en el caso de Google podrían efectivamente existir, no debería plantearse una medida tan drástica. Pero en el caso de la Unión Europea, sencillamente, todo puede pasar. Habrá que estar atentos.

ACTUALIZACIÓN (29 de noviembre): The Economist plantea el tema en los mismos términos (Should digital monopolies be broken up? European moves against Google are about protecting companies, not consumers), las decisiones drásticas de escisión de compañías no puede justificarse por el posible daño a otros competidores, sino únicamente para proteger los intereses de los consumidores – que, en este caso, no solo no parecen estar sufriendo ningún daño, sino que incluso valoran muy positivamente a la compañía.

 

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Innovación e isomorfismo

Escrito a las 11:31 am
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Innovación e isomorfismo - Expansión (pdf)Mi columna de esta semana en Expansión se titula “Innovación e isomorfismo” (pdf) habla, a raíz de una visita a la fantástica exposición de Ferran Adrià en el Espacio Fundación Telefonica, “Auditando el proceso creativo” con uno de sus artífices, José Aguirre, de Bestiario.

Es una columna en la que intento definir el que considero el mayor enemigo de la innovación en las compañías – en realidad, a todos los niveles, incluido el individual: el isomorfismo, la tendencia a ir incorporando cada vez más características del entorno normativo que nos rodea. La razón por la cual la gran mayoría de los bancos “parecen un banco”, o la gran mayoría de las instituciones de educación superior acaban “pareciéndose a una universidad”.

Presiones e influencias de todo tipo, personas que llegan de la industria arrastrando esas características o esperando encontrarlas, legislación u organismos de estándares, las propias expectativas del mercado… al final, el isomorfismo se convierte en la presión que constriñe la innovación, el pensamiento original o el desarrollo de iniciativas que terminen convirtiéndose en verdaderas ventajas competitivas. Si una organización quiere convertirse de verdad en innovadora o fomentar la industrialización o sistematización de la innovación como parte de su cultura y de sus características intrínsecas, tiene que ser capaz de identificar, perseguir, aislar y poner en la picota todo rasgo de isomorfismo.

A continuación, el texto completo de la columna:

 

Innovación e isomorfismo

Una visita a la fantástica (y muy densa) exposición de Ferran Adrià en el Espacio Fundación Telefonica en la Gran Vía madrileña me lleva a reflexionar sobre la atención que desde hace ya algún cierto tiempo genera la llamada “industrialización de la innovación”.

El tema se está convirtiendo en una de los grandes preocupaciones de muchas empresas en nuestros días. O al menos, de aquellas que son conscientes de la importancia crucial que ha adquirido la innovación: cómo mantener sus características punteras o de vanguardia frente a tendencia natural hacia la inercia organizacional.

El enemigo número uno se llama isomorfismo institucional: la tendencia de cualquier sistema a alcanzar el equilibrio adquiriendo cada vez más características de su entorno normativo. El isomorfismo se infiltra en las organizaciones procedente de todas partes: de la llegada de directivos y trabajadores de otras empresas de la industria, de la imitación más o menos consciente de la estrategia y los movimientos de empresas supuestamente líderes, del uso de determinadas herramientas, de procesos de homologación exigidos por la administración o por asociaciones de estándares de diversos tipos… Podemos hablar de isomorfismo normativo, mimético o coercitivo, pero el resultado es siempre el mismo: el dinamismo y la ruptura de reglas que en su momento hicieron de esa compañía “algo diferente” tiende a perderse, a diluirse, a sustituirse por una cultura más basada en la estabilidad.

Plantéese qué recursos y procesos contribuyen en su empresa a la innovación y cuales al isomorfismo. Mantener la cultura innovadora exige conocer al enemigo: luchar por todos los medios contra el isomorfismo. Y además, hacer que los procesos que alimentan la innovación se conviertan en una seña de identidad, en un valor de la organización. ¿El premio? Incalculable.

 

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La importancia de la percepción social en la adopción de tecnologías disruptivas

Escrito a las 9:36 am
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Uber cars burned in Barcelona (IMAGE: e-Noticies.cat)¿En qué momento pasaron las empresas discográficas de ser empresas que defendían los legítimos intereses de los artistas, a convertirse en una mafia que presionaba a los gobiernos para obtener leyes que persiguiesen a sus usuarios y vulnerasen sus derechos fundamentales? ¿Cuándo, en la percepción colectiva, dejó de ser una editorial un vehículo transmisor de cultura para pasar a ser una empresa que insultaba a sus clientes y demandaba para ellos medidas coercitivas? ¿A raíz de qué acción o momento pasaron los taxistas de ser trabajadores en peligro que defendían unos derechos legítimos, a ser una mafia amenazante que se dedica a acosar a conductores y a incendiar sus coches?

Los fenómenos de disrupción facilitados por el desarrollo tecnológico siguen un ciclo que, tras ser testigo de unos cuantos, suele repetir bastantes de sus elementos. En la primera fase, el nuevo entrante suele generar una cierta dosis de curiosidad, de perplejidad, que llega a la simpatía. Entender el cambio que da origen a la disrupción es algo que aporta elementos de ingenio: el emprendedor ha sido capaz de idear un sistema que rompe las reglas, que evita una barrera de entrada determinada, y de dar lugar a un efecto que, de una manera general, suele ser percibido como una ventaja para el usuario. En esta fase suele tener lugar una adopción relativamente rápida, determinada por la curiosidad y el interés por la prueba, por una búsqueda de una posición algo más informada.

En una segunda fase, y tras un análisis algo más detallado o la exposición a opiniones de ambas partes, es habitual que surjan conclusiones algo más matizadas: se tiene a pensar en el impacto social, en los derechos o la situación de los perjudicados, en los efectos a medio y largo plazo, en las posibles consecuencias de impactos similares sobre otras actividades… En esta fase, además, los afectados suelen iniciar actividades de resistencia, que pueden ir desde declaraciones más o menos altisonantes a otro tipo de acciones, tales como denuncias, protestas, huelgas, etc.

Esa segunda fase resulta crítica: la capacidad del colectivo afectado para explicar su situación de manera exitosa es fundamental y decisivo a la hora de definir la percepción social vinculada con el fenómeno disruptivo. Acciones con connotaciones agresivas, actitudes percibidas como grandilocuentes o prepotentes, cerrazón y rechazo irracional a todo cambio, o efectos que generen molestias a los usuarios pueden determinar que o bien las actitudes colectivas pasen a favorecer al nuevo entrante y tenga lugar un proceso de adopción masivo, o bien surja un cierto movimiento de apoyo, de simpatía hacia la industria que sufre el impacto de la disrupción. Es un momento clave, un importante punto de inflexión en el proceso que puede determinar en gran medida el nivel de adopción del nuevo entrante, o en muchos sentidos, el futuro a medio plazo de la industria.

En el caso del transporte colaborativo frente a los taxistas, el desarrollo de una percepción colectiva está afectado por las acciones de ambas partes: resulta difícil encontrar alguna movimiento por parte de los taxistas que haya sido capaz de generar algún efecto positivo. Un colectivo que a base de protestas mal entendidas, de argumentos prácticamente infantiles y de actitudes generalmente amenazantes o insultantes en redes sociales han logrado el dudoso mérito de pasar a ser percibidos como una especie de mafia informal, que lo mismo provoca un boicot a un evento, que amenaza a una persona en concreto, o genera molestias a todos los usuarios paralizando una ciudad. En general, la actitud de los taxistas es casi un compendio de cómo no hacer las cosas: un desastre que solo puede ser atribuido a la carencia de estructura de una industria en la que no existen asociaciones o patronales con una mínima representatividad o un nivel mínimo de planificación estratégica.

Si el mayor crecimiento en descargas de la app de Uber tuvo lugar con las protestas y las huelgas de los taxistas, la reciente escalada violenta y los casos de agresiones a personas y vehículos en Barcelona han hecho que ahora muchos usuarios prefieran utilizar Uber porque prefieren dar su dinero a un simpático conductor con una evaluación de más de cuatro estrellas y percibido como “débil”, frente a entregárselo a un taxista convertido en el imaginario colectivo en integrante de un grupo mafioso organizado que se dedica a perseguir y a quemar vehículos, o a intimidar a jovencitas. Alucinante, porque ese es precisamente el juego de las percepciones: a nadie le importa que sobre el total, ese tipo de actitudes sean completamente minoritarias, o que la gran mayoría de los taxistas proporcionen un servicio irreprochable. Lo importante en la construcción de la opinión pasa a ser la noticia y  la foto del vehículo quemado.

En el otro lado, Uber: mientras otros participantes o entrantes en el transporte colaborativo, por lo general sensiblemente más pequeños en términos de recursos, han tratado de permanecer al margen de la polémica, Uber ha asumido un papel de liderazgo y ha adoptado una posición frontal, con una clara estrategia detrás y actuaciones perfectamente planificadas. Ha tratado de explicar su modelo, de posicionarlo como algo natural fruto de la disponibilidad de una tecnología y de la no necesidad de unas restricciones, e incluso lo ha encuadrado dentro de un modelo que trata de ir mucho más allá de la idea del transporte de viajeros y alcanza la redefinición completa de las ciudades en base a ideas que podrían llegar a tener sentido.

Por otro lado, también se ha visto en Uber una actitud marcadamente agresiva: estrategias de relaciones públicas cuidadosamente planificadas y que no rehuyen la confrontación directaperiodistas investigados, competidores a los que se ataca directamente, problemas de privacidad en el tratamiento de los datos de sus clientesinversores y analistas amenazados con listas negras… la impresión empieza a ser que la compañía tiene claro que el fin justifica los medios, sean cuales sean estos. Una actitud que podría estar empezando a asustar a algunos inversores de los que aspiran a completar las fastuosas rondas que la han llevado a  una valoración que supera ya los 18.200 millones de dólares.

En la adopción de innovaciones disruptivas, la construcción de las percepciones sociales juega un papel importantísimo, y define en muchas ocasiones las barreras mentales que un usuario debe superar para probar o consolidar el uso. De nuevo, Uber se convierte en un caso capaz de aportar muchos elementos interesantes al análisis. Para bien y para mal.

 

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La incomodidad del modelo de plataforma de aplicaciones

Escrito a las 6:12 pm
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Play¿Soy de verdad el único que está harto de la dinámica de actualizaciones constantes de las tiendas de aplicaciones? A poco que mantengas un uso razonablemente intenso de un cierto número de apps en tu smartphone, sea Android o iOS – hay estudios que hablan de una media de noventa y cinco apps instaladas como media en terminales Android, un numero que no ha parado de aumentar en los últimos años – el resultado es un flujo constante de peticiones de actualización, que termina por resultar agotador: cada pocos días, alguna app solicita ser actualizada.

La opción de no recibir ninguna notificación es considerada por muchos usuarios como demasiado radical: en algunos casos, algunas actualizaciones pueden resultar interesantes, aportar novedades que valen la pena o responder, por ejemplo, a problemas de seguridad. Si se solicita supervisión manual, el resultado es una procesión incesante de apps pidiendo ser actualizadas cada muy poco tiempo. Las distintas estrategias de cada empresa desarrolladora, unidas al ritmo incesante de puesta en circulación de nuevas versiones, ha llevado a que una tarea de mantenimiento rutinario de nuestros terminales que hace no tanto tiempo únicamente demandaba atención de manera muy esporádica se haya convertido en algo que llega a hacerse verdaderamente pesado.

Ademas de la evidente restricción a la descarga de actualizaciones a momentos en los que se disponga de cobertura WiFi – lo contrario puede suponer la auto-inmolación de nuestro plan de datos en menos que canta un gallo –  las opciones sin supervisión resultan habitualmente incómodas: un smartphone es un aparato que se mueve con nosotros durante todo el día, y en no pocas ocasiones, la actualización coincide en un momento no especialmente conveniente.

Si a eso añadimos la necesidad o la conveniencia de no actualizar algunas apps que solicitan actualización, particularmente aquellas que en muchos terminales se encuadran dentro de la categoría de bloatware (apps que vienen originalmente con el terminal, que no pueden ser eliminadas de una manera sencilla, y que muchos usuarios prefieren simplemente deshabilitar y no actualizar para evitar que se ejecuten y consuman recursos), la tarea de mantenimiento supone entrar en la plataforma de descarga e ir supervisando manualmente y aprobando únicamente aquellas apps que se utilizan habitualmente o que se quiere mantener actualizadas, mientras se descartan aquellas que cuya actualización se prefiere evitar, algo que requiere cierta atención.

Por otro lado, el ritmo de actualización de algunas apps es directamente demencial, lo que llega a suponer una auténtica falta de respeto al usuario. Empiezan a ser necesarias algunas directrices por parte de la plataforma que den lugar a un balance más adecuado entre lo que supone aportar nuevas funcionalidades o la resolución de problemas, frente a la molestia de estar enviando constantemente nuevas versiones que el usuario debe descargarse e instalar cada pocos días: una media de noventa apps actualizándose cada pocas semanas es, claramente, demasiado. Empiezo a añorar los tiempos en los que las actualizaciones de aplicaciones o de sistema operativo únicamente tenían lugar cada varios años.

De acuerdo, la tecnología avanza a gran velocidad. Pero el modelo actual de plataformas de aplicaciones con completa independencia ha dado lugar a una ausencia de control que supone una auténtica irresponsabilidad a la hora de tratar al usuario: un goteo constante de versiones con cambios escasísimos o imperceptibles, o una dinámica de “envío versión primero, espero a ver los fallos que se reportan y ya los corrijo a los pocos días con una nueva versión”, como si el mercado fuese una beta constante. No creo que personalmente pueda ser calificado como de tecnófobo, me gusta probar cosas nuevas y estar al tanto de los avances de la tecnología… pero este modelo me resulta cada día más insoportable, y me hace añorar una vuelta a unos tiempos más racionales. Repito la pregunta del principio: ¿soy el único al que esto le resulta molesto? ¿Qué rutinas personales adoptáis en ese sentido?

 

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Google y la libertad para manipular los resultados de búsqueda

Escrito a las 8:53 am
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EvilmeterGoogle obtuvo ayer un importante triunfo judicial: consiguió que un juez reconociese que sus páginas de resultados (SERP, o Search Engine Page Results) sean consideradas una publicación, y como tales, sean objeto de protección por la Primera Enmienda de la Constitución de los Estados Unidos, que consagra la libertad de expresión.

El tema viene de lejos: en el año 2012, Google encargó a Eugene Volokh, uno de los profesores de Derecho más prestigiosos de UCLA en temas relacionados con la libertad de expresión, un informe en el que defendía esa misma tesis: que los resultados de un buscador deberían ser considerados como una opinión basada en lo que dicho buscador considera más relevante para sus usuarios, y por tanto, estarían protegidos por la Primera Enmienda. 

Dos años después, el refrendo judicial obtenido por este informe resulta enormemente relevante: Google es hoy en día una empresa productora de información además de un motor de búsqueda, y puede obtener importantes beneficios derivados del hecho de privilegiar los resultados de sus productos (comparadores de oferta, mapas, etc.) sobre los que se obtienen directamente del algoritmo, los llamados “resultados naturales”. En la Unión Europea, Google llegó a un acuerdo con las autoridades antimonopolio en febrero de 2014 por el que se comprometía a acompañar los resultados de sus propios servicios de búsqueda especializados con los de otras tres empresas competidoras. Ese acuerdo fue posteriormente reconsiderado por Joaquín Almunia al aportar los denunciantes pruebas de que no sería una solución válida, al tiempo que era presentado un nuevo caso de monopolio derivado del dominio del mercado de los dispositivos móviles que la empresa posee gracias a Android. 

El fallo judicial evita, por el momento, que Google tenga este tipo de problemas en el mercado norteamericano: consagra el derecho de los buscadores a editorializar sus páginas de resultados como lo estimen oportuno, eliminando toda posible concesión a lo que en algún momento se llegó a denominar “search neutrality”. Para Google, esto significa que podrá componer sus páginas como mejor le parezca, sin temor a ser sancionada por abuso de posición dominante. Para sus competidores, supone que en un mercado dominado por las búsquedas de Google en un porcentaje superior al 67%, va a resultar muy difícil competir con el gigante en todo aquello que suponga acceso a la información: si tu negocio consiste en facilitar a los usuarios cualquier tipo de información que estos busquen, lo normal será que tus usuarios encuentren siempre los resultados del producto de Google antes que los tuyos. Como bien decía Jeff Jarvis en “Y Google, ¿cómo lo haría?“, si hablamos de información, “hagas lo que hagas, Google lo acabará haciendo mejor que tú, y además gratis”. Si eso no es un monopolio y un acceso privilegiado al mercado, habrá qué ver qué cosas lo son.

Pero más allá de la discutible consideración de si una página de búsqueda generada por una acción de un usuario supone una publicación y puede ser como tal editorializada según el criterio de quien la genera, convertido por tanto en su “editor”, lo que más llama la atención es la fortísima paradoja que resulta: antes de Google, la práctica totalidad de los motores de búsqueda estaban editorializados: las empresas que los gestionaban consideraban perfectamente normal tomar los primeros resultados de todas las búsquedas y venderlos al mejor postor, a quienes quisieran poner sus productos o servicios delante de los ojos de aquellos que buscaban unas palabras determinadas. Google llegó, cambió precisamente aquello, y se convirtió en el amo absoluto gracias a un nuevo concepto: en vez de servir al usuario lo que un tercero había pagado para que viese, servía aquello que era genuinamente más relevante para su búsqueda en función de un algoritmo diseñado para eso, para encontrar lo más relevante. Ahora, algo más de dieciséis años después, Google ha luchado y conseguido el espaldarazo judicial que le permite, precisamente, editorializar los resultados de sus búsquedas para que en lugar de que encontremos primero los resultados más relevantes para nuestra búsqueda, encontremos primero el resultado que ofrezcan sus productos. No los de otros, por relevantes que puedan ser. Los suyos. El mundo, filtrado por su cristal multicolor. Escogimos a Google precisamente porque nos daba resultados relevantes y no editorializados, pero ahora, consagra su derecho a darnos precisamente lo contrario. Ahí queda eso.

Que Google haya conseguido un fallo judicial que va ostensiblemente a favor del concepto de monopolio predatorio y del atributo que la convirtió el líder de mercado es algo que refleja varias cosas, y ninguna de ellas especialmente positiva:

  1. En los Estados Unidos, las leyes las escribe el que es capaz de invertir más en lobbying: con más de $18,2 millones de dólares, Google es la compañía tecnológica que más invierte en lobbying, y la octava que más gasta en ese concepto considerando todas las compañías de todas las industrias. Aquellos chicos tan simpáticos e innovadores tardaron poco en aprenderse las reglas del juego.
  2. Google comete el mismo error que cometió Yahoo! en su momento: aquello que la hizo grande, en el caso de Yahoo!, su catálogo, fue reduciéndose hasta desaparecer. Google ha reducido el espacio que ocupan sus resultados naturales hasta convertirlos en menos de un 20% del área total de la pantalla de navegador que ofrece en cada búsqueda, rellenando todo el 80% restante con publicidad y con sus productos.
  3. Las barreras de entrada de hoy a la búsqueda no tienen nada que ver con las que Google encontró a finales del siglo pasado: ahora, con una web varios órdenes de magnitud mayor, construir un sistema de base de datos que permita mantener un índice razonablemente completo sobre el que lanzar las búsquedas es una tarea al alcance de muy pocos. Aquella idea de “en algún garaje, algún emprendedor está creando un sistema de indexación que nos convertirá en obsoletos en un mercado carente de fidelidad” que los fundadores de Google pronunciaron al recoger su MBA Honoris Causa en IE Business School ya no es cierto. Google asienta su dominio sobre una superioridad tecnológica que ninguna startup puede pensar en desarrollar, y lo sabe. Editorializa sus resultados, en contra de lo que sus usuarios podríamos posiblemente querer – o arrogándose el derecho de decirnos lo que queremos, porque nosotros somos unos torpes y no lo sabemos – porque sabe que es extraordinariamente difícil que salga algún competidor de debajo de alguna piedra que haga peligrar su supremacía.
  4. Si te gustaban los “ten blue links”, la vieja estructura de resultados de las páginas de Google por la que podías ir bajando y sobre la que podías hacer valer tu criterio a la hora de hacer clic, olvídala. Ha muerto. Hace ya tiempo que las páginas de resultados de Google son “otra cosa”, y después de este veredicto, esa transición se acelerará todavía más. Google prefiere reducir las opciones del usuario y asegurarse de que haga clic en sus productos un número suficientemente alto de ocasiones.

Es lo que hay.

Google has free speech right in search results, court confirms

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Hogares conectados… ¿a qué?

Escrito a las 5:17 pm
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Nest DropcamA medida que se acerca el momento crucial del año para las compras de productos de electrónica de consumo, vamos viendo emerger una categoría, la del llamado smart home u hogar conectado, con cada vez más integrantes dignos de mención. A los ya conocidos termostatos y detectores de humo de Nest se une la última adquisición de la compañía, Dropcam, cámaras inalámbricas que pueden dejarse en cualquier lugar de la casa y ser monitorizadas desde cualquier dispositivo. Al tiempo, aparece un proyecto de Amazon, el Echo, un cilindro a modo de asistente digital siempre conectado al que podemos preguntar prácticamente cualquier cosa en cualquier momento.

La sensación inmediata es la de cierta inquietud: servicios, sí, reducción de incertidumbre o de riesgos, de acuerdo, pero… ¿qué hay “al otro lado”? Lógicamente, a poco que lo razonemos, la sensación no debería ser muy superior a la que nos produce tener un sistema de alarma con cámaras como hay cientos de miles instalados en el mundo: sí, en caso de intrusión en nuestra casa, esa cámara podría probar su valor enviando imágenes que permitiesen discernir si se trata de una verdadera actividad delictiva o de una falsa alarma, pero en el fondo, todos nos imaginamos en el papel de la persona que monitoriza esos dispositivos cayendo víctimas de la curiosidad y lanzando conexiones aleatorias a ver qué hacen los habitantes de un hogar determinado (que no, por supuesto, no pretendo implicar que eso ocurra actualmente o que no existan controles para ello… simplemente reflejar algo que probablemente a todo propietario de una de esas instalaciones se le ha pasado por la imaginación).

En el fondo, la cuestión es muy sencilla: intuitivamente, mientras una empresa de alarmas vive de vender alarmas y servicio y no tiene nada que ganar – y sí potencialmente mucho que perder – en la explotación de los datos de sus usuarios, lo que reduciría un eventual mal uso a una situación aislada por parte de un empleado irresponsable, una empresa como Google o Amazon tiene una parte importante de su modelo de negocio anclado precisamente en el estudio detallado de los datos generados por sus usuarios. Si a los temores vinculados a la posible explotación de los datos por parte de la empresa que nos vende los productos y servicios unimos los derivados de la posible intercepción de los datos en la red, como de hecho ocurre ya con numerosas cámaras web deficientemente protegidas, hablamos de un escenario que puede generar en muchos una cierta incertidumbre.

Las mencionadas inquietudes pueden apreciarse en la forma en que los medios tratan las noticias relacionadas con esta categoría de dispositivos: en Re/code, el titular de la noticia viene a ser algo así como “¡Venga, pon este dispositivo de vigilancia propiedad de Google en tu casa, va a ser genial!”, mientras en Gizmodo se dan al símil bélico y  hablan de “Cómo está utilizando Nest todos los datos que obtiene de su ejército de detectores de humo“. Mashable se refiere al Echo de Amazon como “el extraño dispositivo que probablemente es más de lo que parece“, mientras la conocida tira cómica The Joy of Tech le dedica una página mostrando a una pareja empeñada en conseguir hablar directamente con Jeff Bezos a través del dispositivo, en modo “Jeff, sabemos que estás ahí escuchando…

La recepción de esta categoría de dispositivos no deja, además, de tener su tono jocoso: Fast Company publica una parodia del vídeo original de lanzamiento del Amazon Echo en modo “rebelión de los electrodomésticos”, con un cilindro políticamente incorrecto al que además algún miembro de la familia no le cae especialmente bien. O el propio marketing de Nest, que en su última campaña de anuncios se centra precisamente en factores como los comportamientos obsesivos, la opinión del abuelito tecnófobo, o la preocupación del niño que todo lo rompe o del perro que destroza la casa ante la idea de ser monitorizados constantemente. Humor inteligente, sí, y supongo que bien balanceado por quienes se encargan de diseñar estas campañas – dirigidas por el momento, no lo olvidemos, más al segmento de geeks impenitentes que al usuario medio – pero que no dejan de pulsar precisamente en ese tipo de miedos que provienen de poner ese supuesto “dispositivo que todo lo ve o todo lo siente” en un entorno como el hogar.

 

 

Sin duda, la tecnología está plasmar y dar carta de realidad a esa idea del “hogar conectado”. Pero en el fondo, estas tecnologías se van a encontrar con todo un abanico de sensaciones que van a provocar que balanceemos las propuestas de valor de cada uno de los productos (seguridad, confort, ahorro, incertidumbre, etc.) contra ese conjunto de miedos supuestamente irracionales que provienen de poner en nuestra casa una serie de sensores conectados a la red. ¿Durante cuánto tiempo miraremos a nuestra Dropcam con recelo y nos imaginaremos a un hacker o a un empleado de Nest espiando cuando pasamos por delante de ella? ¿Qué usos siniestros imaginaremos que hace el detector de humos o el termostato con los datos que revelan nuestros hábitos? ¿Cuánto están haciendo las empresas que comercializan este tipo de productos y servicios por aportar la necesaria transparencia a sus transacciones como para que empecemos a considerarlas parte normal de nuestro día a día?

No, no es bueno ser un paranoico que ve amenazas en todas partes, y de hecho, estoy personalmente muy alejado de ese estereotipo: lo pruebo todo y tiendo a minimizar la mayoría de los posibles riesgos implicados. Pero las percepciones colectivas tardan tiempo en cambiarse, y estamos seguramente asomándonos a una de las generaciones que más ha visto evolucionar sus percepciones con respecto a la privacidad y la explotación de los datos personales. Veremos cuánto tardan este tipo de dispositivos en convertirse en parte de nuestra escena habitual, y si estos temores se quedan en la mera anécdota o terminan por convertirse en un obstáculo a la adopción.

 

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Derecho al olvido: ¿tiempo de volver atrás?

Escrito a las 6:51 pm
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IMAGE: Picsfive - 123RFHan pasado ya más de seis meses desde que el Tribunal de Justicia de la Unión Europea falló a favor de Mario Costeja y la Agencia Española de Protección de Datos frente a Google en el caso que consagró la supuesta existencia del “derecho al olvido“. La sentencia provocó que Google crease un mecanismo para dar curso a las solicitudes de eliminación de información de su índice, poniendo a la compañía en la posición de convertirse, muy a su pesar, en juez que decide sobre asuntos en los que, en realidad, no solo no existe como tal la posibilidad de obligar al olvido, sino que además, y por pura lógica, nunca debería corresponderle decidir.

Desde el momento de un fallo tan absurdo como confuso, todo lo que hemos visto ha sido una procesión de casos problemáticos, cada uno peor que el anterior: empezamos con el evidente ataque a la libertad de prensa e información que suponía el ejercicio de ese recién consagrado “derecho al olvido”: instituciones como la Wikimedia Foundation prometiendo luchar contra la censura que de manera efectiva supone, medios como The Guardian o la BBC viéndose amenazados y publicando la lista de artículos eliminados, intentos de dar un carácter global a una medida ya de por sí absurda, usuarios rellenando peticiones con información falsa, y casos que van desde pianistas que piden a un periódico que elimine las críticas de una actuación desgraciada, hasta incluso pederastasterroristas y criminales de todo tipo que se aprovechan del tema para eliminar las referencias a sus delitos, cuestión de la que hemos tenido evidencia reciente en España cuando un diario ha recibido notificaciones de la eliminación de los resultados de Google de tres noticias fechadas en 2008 en las que se daba cuenta del proceso judicial de los integrantes del “comando Vizcaya” de la banda terrorista ETA.

A seis meses del fallo del TJUE, en el que la Corte contravenía expresamente la opinión de su senior adviser, la cuestión está ya suficientemente clara: la instauración de ese supuesto “derecho al olvido” no arregla nada que de verdad tuviese que ser arreglado, y sí es potencialmente capaz de estropear muchas cosas que sí funcionaban y con las que no era en absoluto recomendable meterse. Es, en resumidas cuentas, un desastre, un esperpento judicial mal diseñado, una muestra de la inadaptación a un escenario tecnológico sin vuelta atrás, en el que las leyes o los jueces no van a ser capaces de cambiar, por mucho que lo intenten, la forma en la que funcionan las cosas. Tratar de buscar formas de “arreglar” cosas que no están estropeadas, sino que simplemente funcionan así, es no solo una pérdida de tiempo, sino además, una forma de comprometer otros derechos y mecanismos más importantes. Es, básicamente, jugar al “aprendiz de brujo judicial”, con todo lo que ello conlleva.

¿Cuántas demostraciones más vamos a necesitar para entender que el fallo del tribunal fue un craso error de concepción, que crea más problemas de los que resuelve, y que es preciso revisarlo? ¿Cómo de lenta puede llegar a ser la justicia a esos niveles para plantearse corregir sus propios errores?

 

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Click&Pizza, ejemplificando la internet de las cosas

Escrito a las 2:24 pm
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Click&Pizza - TelepizzaLa semana pasada estuve en mi despacho con dos personas del proyecto Thinking Things de Telefonica I+D y dos del departamento de tecnología de Telepizza viendo el prototipo del botón “Click&Pizza“, un desarrollo hecho a partir de la reducción hasta el minimalismo más absoluto de una placa con una demanda bajísima de alimentación eléctrica, capaz de emitir un SMS, señalizar la acción con un LED bicolor, y poner en marcha la preparación y el envío del pedido que tengas escogido como favorito. Tan sencillo como un botón que pegas en la nevera, y que al pulsarlo, te envía tu pedido favorito.

Había tenido algunas referencias del proyecto a través de un amigo, y la verdad, me llamó muchísimo la atención: filosofía completamente abierta, vocación por la sencillez absoluta, y una manera perfecta de dar a entender conceptos como la internet de las cosas, los objetos inteligentes, la conectividad embebida o los servicios basados en contexto. Lo único que lamenté, siendo nuestra reunión un viernes a las 16:00 tras una clase que había tenido de 14:00 a 14:30 y sin haber tenido tiempo para almorzar, fue que el botón no funcionase todavía! :-)

El botón, con la forma y el tamaño de un imán para pegar en la nevera y el tamaño aproximado de la ilustración que he utilizado, genera al ser pulsado un pedido estandarizado en función de las preferencias establecidas por el cliente, y enciende un LED verde discontinuo tras la silueta de la pizza. Al cabo de un momento, el LED se vuelve continuo y recibes un SMS de confirmación en tu móvil. Si no vuelves a apretar el botón, lo que generaría la cancelación del pedido y el encendido del LED en color rojo para confirmarla, al cabo de media hora suena el timbre y aparece un motorista con tu pedido.

Las características del proyecto desde el punto de vista de gestión resultan muy interesantes: Telepizza tiene apariencia de empresa sencilla, tendemos a pensar en una pizza como un producto simple, pero no lo es. Múltiples combinaciones de base, ingredientes, tamaños, etc. dan al catálogo un nivel de profundidad elevado, al tiempo que un desarrollo continuo del canal online ha llevado a que ya más de un cuarto de los pedidos se lleven a cabo a través de la red (y casi un tercio de estos, a través de dispositivos móviles). Cada vez resulta más normal que un cliente habitual tenga un perfil en la web de Telepizza, en la que en muchos casos activa un pedido como favorito. Mientras un uso esporádico es muy posible que no pueda ser reducido a un solo tipo de pedido y demande una interacción personalizada con la página (o a través del teléfono, o acercándose al local), se detecta un cierto tipo de cliente habitual que lleva a cabo un consumo más sistematizado y repetitivo, un cliente al que puede resultar rentable hacerle las cosas más sencillas. Para ese cliente, un toque al botón, y su pedido favorito aparece por la puerta.

La idea de que una acción simple desencadene un proceso complejo mediante un objeto completamente autónomo que interactúa a través de la web resulta indudablemente atractiva. Las anécdotas de su diseño, un auténtico proceso de diseño e iteración manejando aspectos de hardware, software y diseño me resultó muy estimulante: el nombre interno del proyecto, “el botón del hambre”, que me parecía buenísimo, fue cancelado por las posibles connotaciones equivocadas que podría generar al asociarse con proyectos de tipo humanitario. Igualmente se descartaron posibles combinaciones de imanes que permitían definir ingredientes de un pedido, pero que llevaban el sistema a una complejidad excesiva y a compromisos con la duración de la batería. Hablamos también de cuestiones como las estrategias de lanzamiento de un producto así, o los niveles de coste que eran posibles en función de los diversos componentes: ¿permite el coste de fabricación entregar el dispositivo a aquellos clientes que han demostrado unos hábitos determinados, o es preciso ofrecerlo con un precio determinado? ¿Cuántas pizzas es necesario vender para convertirlo en rentable? Un caso de tecnología visto de principio a fin, desde el primer prototipado y la impresión en 3D, hasta las decisiones más puramente estratégicas y comerciales.

El resultado final es un botón con una sola acción, y un simple LED que permite codificar las respuestas mínimas para entender lo que está pasando, al tiempo que posibilita mecanismos para cubrir posibles errores, pulsaciones de niños, activaciones accidentales, caídas, etc. Un ejemplo de las cosas que se pueden hacer con componentes sencillos y una mentalidad abierta. Simple, pero brillante.

 

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WhatsApp y el respeto

Escrito a las 9:52 am
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WhatsApp y el respeto - Expansión (pdf)La introducción del ya famoso doble check azul de WhatsApp sin ningún tipo de opción para el usuario me da pie a escribir una columna sobre lo que considero ámbito privado en la comunicación, y sobre el concepto de respeto hacia los usuarios, columna que he titulado “WhatsApp y el respeto” (pdf).

La idea de proporcionar una evidencia al emisor de que su mensaje ha sido visualizado por el receptor no es, en principio, mala, y como desarrollo tecnológico, tampoco resulta excepcionalmente compleja o puntera. De haber estado ahí desde el momento en que adoptamos WhatsApp, nadie le habría puesto objeción alguna: sería, simplemente, la manera en que ese canal de comunicación funciona. De hecho, seguramente recibirá pronto esa misma consideración: algo que funciona así, y punto. Sin embargo, eso no quita que introducir esa funcionalidad cuando los usuarios no la han solicitado expresamente y en forma de despliegue radical, sin aviso de ningún tipo, y sin posibilidad de desactivación sea algo que suponga un importante factor de falta de respeto y de ausencia de empatía hacia el usuario. Tocar partes del producto que cambian la noción de cómo el usuario es percibido por su interlocutor, que proporcionan más información y violan suponen posibles violaciones de un nivel de privacidad esperado, o que son susceptibles de dar lugar a malos entendidos, susceptibilidades o problemas es algo característico de quien antepone claramente sus prioridades a las de sus usuarios.

Cambiar las reglas de una herramienta de comunicación cuando ya posee un número importante de usuarios en todo tipo de segmentos socioeconómicos y hacerlo así, mediante la simple introducción del cambio sin ningún tipo de explicación lleva a pensar en cómo gestiona sus prioridades de desarrollo la compañía, la misma que durante mucho tiempo mantuvo las comunicaciones de sus usuarios sin cifrar escudándose en que “los SMS tampoco iban cifrados y no pasaba nada”, o la que cuando finalmente decidió proporcionar ese cifrado, lo hizo de manera torpe y poco robusta, como quien simplemente “cumple el expediente”, en modo “a ver, pesados, ahí tenéis ese cifrado que tanto pedíais”.

La actitud de WhatsApp viene a demostrar por enésima vez que es una compañía que no está a la altura, que simplemente trata de gestionar una situación sobrevenida. No, la masiva adopción de WhatsApp en algunos países no es un triunfo del management ni del emprendimiento, sino lo que ocurre cuando un irresponsable ofrece a un mercado un producto sin ningún tipo de preocupación con respecto a sus posibles efectos. ¿Responde la pretendida sencillez de WhatsApp a una brillantez en su planteamiento? No, responde al descuido de factores que deberían darse por descontados, pero que la compañía, en lo que supone una clara falta de respeto hacia sus usuarios, decide no priorizar. Ahora, WhatsApp trabaja a toda velocidad en el desarrollo necesario para hacer opcional el doble check azul, al tiempo que su fundador, Jan Koum, se dedica a decir en las entrevistas que no tiene ningún plan para ganar dinero con su aplicación. A ver si, con el tiempo, los usuarios empiezan a desarrollar algo más de criterio en sus decisiones de adopción…

A continuación, el texto completo de la columna:

 

WhatsApp y el respeto

Esta semana se ha hablado mucho de la introducción de una nueva prestación por parte de WhatsApp, la aplicación de mensajería más implantada en nuestro país: una doble marca azul que avisa cuando un mensaje ha sido leído por su destinatario.

En una aplicación de mensajería, cambiar las reglas del juego puede resultar problemático: para quienes están acostumbrados a utilizar una herramienta de una manera determinada, que ésta cambie la forma de presentar ciertos parámetros de una conversación puede generar malos entendidos o susceptibilidades. Si además esa función facilita más datos sobre la comunicación y se introduce obligatoriamente sin dar opción a su desconexión, pasa a ser, en realidad, una falta de respeto al usuario. Aunque parezcan detalles de poca importancia. Lo importante está en la actitud.

La escasa sensibilidad hacia el usuario ha sido una constante en WhatsApp desde sus inicios. Una empresa pequeña, centrada en la eficiencia de sus sistemas a costa de las prestaciones que ofrece. No cifrar las comunicaciones o hacerlo de manera poco segura con la débil excusa de que “los SMS tampoco se cifraban” supone poner en peligro a unos usuarios que han confiado sus comunicaciones a la compañía.

Ahora, WhatsApp se dispone a ofrecer una opción para desactivar la doble marca azul, tras tener evidencias de una mala acogida del mismo. En realidad, la funcionalidad no está mal diseñada ni resulta especialmente intrusiva: si hubiese estado ahí desde el principio, nadie habría protestado. El problema no está en la función, sino en la forma en que ha sido introducida.

El respeto al usuario es una norma fundamental de los negocios. Pero cuando el usuario tiene voz y canales de comunicación sociales a su disposición… más aún.

 

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