El Blog de Enrique Dans

Google Now: entre lo útil y lo inquietante

Escrito a las 1:07 am
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GoogleNowScreenshotUna captura de código de una página de Google en pruebas parece indicar que la compañía está dispuesta a extender su asistente personal, Google Now, hasta el momento solo disponible para Android, nada menos que a su página web, probablemente en forma de app para Chrome. El desarrollo proporcionaría a Google Now una visibilidad muchísimo mayor que la que actualmente tiene, pero me parece interesante plantearse a qué precio.

Mi experiencia hasta el momento con Google Now ha sido desigual, tirando más bien a decepcionante. Al principio, las tarjetas de tiempos de desplazamiento – dato que ya tenía disponible con Waze – me parecían interesantes y razonablemente bien calculadas, aunque no pasaban de una utilidad meramente anecdótica. Otras tarjetas, como las de aviso de “vete saliendo para tu próxima reunión en tal sitio”, me parecían una buena idea porque soy de natural más bien difuso, pero en la práctica no llegaban a hacerme falta nunca, y tampoco salían con la regularidad suficiente como para quedarse esperando por ellas. Y en cuanto salía de una cierta rutina regular (de casa al trabajo y del trabajo a casa), las sugerencias eran de todo menos útiles: lugares que extraía de razonamientos que no alcanzo a entender, sugerencias de hoteles en los que nunca había estado ni esperaba estar, y recomendaciones que, como mínimo, resultaban desacertadas y difíciles de entender.

En paralelo, un cierto tufillo inquietante, ese punto de materialización de que “Google lo sabe todo” que si bien a mí nunca me ha resultado demasiado preocupante (o tal vez sea que mi enorme curiosidad por el tema supera a cualquiera de mis posibles recelos), sí veía posible que generase una cierta preocupación en otras personas. Cuando lo empecé a introducir en mis contenidos habituales en clase, confirmé esa impresión: un porcentaje relativamente elevado de alumnos en diferentes niveles de edad afirmaban que Google Now les resultaba inquietante, y algunos llegaban a adjetivarlo como “creepy”.

La decisión de llevar el producto a la web es, como mínimo, algo que hay que sopesar cuidadosamente con ese factor. El googler medio o determinados tipos de usuarios no ven ningún problema en que un asistente virtual combine todo lo que sabe de ellos a través de toda su línea de productos para recomendarles acciones en cada momento, o que incorpore mensajes del sistema público de alertas ciudadanas. Es más: posiblemente, si son usuarios de muchos productos de Google, las recomendaciones mejoren sensiblemente en calidad. Pero a muchos de los usuarios medios que conozco, la idea de que esa página de Google que utilizan casi como sinónimo de internet les diga de repente que “vayan saliendo de casa, que si no, van a llegar tarde a la cena en el restaurante” hace prácticamente que miren nerviosos a su alrededor como intentando encontrar dónde está la cámara oculta.

Que sí, que todos sabemos que Google sabe mucho de nosotros, pero solo los usuarios avanzados saben cómo llegar al panel de control de privacidad, y la casi totalidad de los que he visto entrar en él no pueden evitar sentir una cierta inquietud. Y es precisamente ese “hacer tangible y evidente lo mucho que sabe Google de uno”, esa evocación casi orwelliana, lo que me lleva a plantearme si Google Now, aún siendo un producto técnicamente impresionante, será una buena o una mala idea una vez llevada a la web. Aparte, por supuesto, de lo que significa que la página de Google rellene toda su inmensa blancura minimalista con algo que, salvando las distancias, podría recordar a la idea de “portal” que tantos recuerdos nos trae de los ’90…

La evolución de la movilidad en esta página

Escrito a las 1:47 pm
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Accesos móviles

Inspirado por esta entrada de Ricardo Galli de hace una semana, me dio por preparar una pequeña gráfica con la evolución del porcentaje de visitas desde dispositivos móviles a esta página, mes a mes, desde enero de 2010 hasta el pasado mes de marzo de 2013. La evolución es sencillamente impresionante: un ascenso desde porcentajes en torno a una media del 1,5% en el año 2010, hasta el 27% que mantienen los tres primeros meses del año 2013.

En la evolución, algunos patrones interesantes, como un cierto ascenso en el uso de dispositivos móviles los meses típicamente vacacionales (agosto y diciembre), y un punto de inflexión especialmente marcado: el final del año 2011, con un salto que va desde un 5,94% de accesos móviles sobre el total de visitas en noviembre de 2011, hasta un 17,28% en diciembre de ese mismo año, un salto que prácticamente triplica la proporción y que da lugar a una nueva línea base en el gráfico. Dado que no observo semejante salto en las estadísticas de otros sitios a los que tengo acceso, deduzco que un cambio de semejante magnitud debe provenir de algún cambio que llevé a cabo en el blog en esa época, cambio que no consigo recordar (más allá de una actualización de WordPress), pero que obviamente, estuvo muy bien hecho. Seguiré investigando a ver si descubro el misterio.

Repensando la innovación en banca: ¿en qué modelos se miran?

Escrito a las 3:09 pm
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Banking

La innovación en banca es un tema relativamente recurrente para mí: hablamos de un servicio basado en información, con un nivel de dotación de personal e infraestructuras muy elevado, con una recurrencia importante en su uso… y que, sin embargo, salvo escasas excepciones, se sigue llevando a cabo prácticamente de la misma manera desde que tengo uso de razón.

Plantéate cuánto ha cambiado tu modelo de interacción con tu banco desde que empezaste a hacer uso de servicios de ese tipo. Si estás leyendo esta página, es muy posible que utilices servicios de empresas en la red: ¿de verdad no ves posibilidades de mejora aplicando a la banca lo que ves en la red? ¿Cuánto han evolucionado los servicios relacionados con la información a lo largo de los últimos años? ¿Cuántas de esas mecánicas, muchas de ellas ya plenamente asentadas, han permeado de alguna manera hacia la banca? Hagámonos simplemente algunas preguntas como ejemplo:

Si tienen toda la información relacionada con el uso de mi dinero… ¿cómo es que no tengo un archivo completo, ilimitado, de uso sencillo y con herramientas analíticas bien planteadas que me permita entender y estudiar de verdad mis dinámicas de consumo o procesar de manera completa mi información? Si el quantified self es una tendencia interesante  y en fuerte crecimiento, ¿qué posibilidades tendría interpretada de la manera adecuada y aplicada a la mecánica de la interacción bancaria? Curiosamente, los servicios de este tipo han surgido en forma de aplicaciones que algunos clientes utilizan para gestionar sus cuentas bancarias… ¿cómo es posible que ni siquiera hayan sido capaces muchos bancos de incorporar algo así?

La comunicación con el cliente es algo que llevo realmente mal. ¿Cómo es posible que en pleno siglo XXI, la comunicación entre una institución financiera y sus clientes sea tan espantosamente mala? ¿Por qué cuando me llama mi banco suele ser para martirizarme con ofertas absurdas y a través de un call-center diseñado para “colocarme algo” a toda costa, y en cambio, cuando “tienen sospechas” de un uso irregular de mi tarjeta, directamente me la cancelan sin ponerse siquiera en contacto conmigo? ¿Por qué no hablan con un cliente antes de devolverle un recibo o cuando hay cualquier problema? ¿Tanto cuesta organizar un sistema de mensajería instantánea que permita a una persona preguntar cosas a su banco y a un banco comunicar con sus clientes en tiempo real, sin que su uso se pervierta y se convierta en algo insufrible? Si mi banco conoce todos los detalles de algo tan íntimo y valioso como el uso que hago de mi dinero, ¿cómo puede ser que no entienda mis preferencias y dinámicas de comunicación?

¿Por qué no puedo tener acceso inmediato, sencillo y multicanal a expertise relacionado con el consumo y con los usos que hago de mi dinero? ¿Por qué se reserva eso únicamente para los clientes de banca de negocios, y ni siquiera en ese caso se aplican esquemáticas mínimamente modernas? ¿Por qué no plantearle a tu banco que estás pensando en comprarte un coche, una nevera, una lavadora o un teléfono móvil,  dejar que te asesore un experto en la categoría de consumo correspondiente, ver dinámicas relacionadas construidas a partir de toda la base de clientes, o incluso ofertas personalizadas basadas en la agrupación? ¿Cuántas posibilidades existen en la aplicación de motores de recomendación que funcionen de manera transparente, bien con algoritmos no sesgados que me permitan entender preferencias y recomendaciones basadas en el análisis de toda la base de clientes, o bien conscientemente sesgadas y consistentes en la obtención de ofertas por agrupación? Si mi banco tiene la custodia de mi dinero, ¿por qué cuando se plantea “ayudarme a gastarlo” lo hace tan patética y rematadamente mal? ¿No podría hacerse una abstracción de conceptos que vemos en la red y aplicarlos a la mecánica bancaria?

¿Cómo es posible que mi banco no tenga memoria, no sepa mis preferencias, y no tenga ni idea del patrón que siguen mis transacciones? ¿Dónde fueron todas esas inversiones en sistemas CRM? ¿Por qué cada vez que pido algo tiene que reunirse un “comité de riesgos”, si saben perfectamente quién soy, a qué me dedico, cuánto cobro y cuánto gasto? ¿Y por qué no eres capaz de proponerme productos y servicios específicos para mí y para mis condiciones? ¿O invertir en experiencia de uso de tus productos y servicios? Si en vez de estar buscando formas de cobrarme comisiones cada vez que me descuido te planteases darme un servicio de verdad bueno, a lo mejor podría plantearme pagar por él. O puede incluso que no hiciese falta, porque teniendo tan ventajoso acceso a mi información y pudiendo comunicarte conmigo razonablemente, posiblemente pudieses extraer más rentabilidad a nuestra relación sin pedirme que pagase por tus servicios.

La banca, salvo escasas excepciones, permanece anclada en diseños de sistemas absurdos, en estructuras jerárquicas de personal carentes de sentido, en esquemáticas de negocio que no responden a los tiempos, y en formas de hacer las cosas que no se inspiran en nada que caiga fuera de su campo de visión. ¿Qué posibilidades tendría un banco si se inspirase en lo que vemos en los negocios en la red? ¿Dedican algún esfuerzo a pensar en este tipo de cosas?

Modelado 3D: un panorama confuso

Escrito a las 5:40 pm
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3DModelingEl software de modelado 3D está viviendo un momento bastante extraño: por un lado, se habla mucho de su potencial importancia debido a la llegada de impresoras tridimensionales cada vez más sencillas, accesibles y enfocadas al mercado de consumo, que precisan de herramientas para crear los modelos que se desea imprimir en esa nueva dimensión que proporciona la posibilidad de pasar de la pantalla a la realidad en un solo clic. Por otro, se ven movimientos confusos o inusuales en muchos competidores: Google se desprende de SketchUp, Autodesk se enfoca en el desarrollo de programas gratuitos en modo app, o un competidor interesante como Tinkercad abandona el desarrollo de su popular herramienta y decide enfocarse hacia el mercado profesional.

En el modelado 3D se incluye una amplísima gama de herramientas a muy diferentes niveles, con usos y aplicaciones que van desde lo biomédico hasta el cine, pasando por la arquitectura, la ingeniería, los videojuegos o la ciencia. Desde clásicos de toda la vida como AutoCAD, hasta programas de código abierto como Blender, pasando por herramientas gratuitas de uso relativamente sencillo.

Y es precisamente en este último segmento en donde estamos viviendo un panorama más complejo. Que Google se desprenda de SketchUp y lo venda a Trimble puede resultar relativamente razonable dentro de la dinámica de reenfoque y abandono de áreas no prioritarias que caracteriza últimamente a la compañía, y permite a la compañía obtener un beneficio con respecto al precio que pagó por la herramienta cuando la adquirió en el año 2006, aunque no deje de resultar curioso salir de un mercado precisamente cuando todo indica que va a experimentar un fuerte desarrollo.

El caso de Autodesk, creadora del clásico AutoCAD, es muchísimo más interesante, y marca un cambio de estrategia en una compañía que se reorienta hacia la nube y desarrolla líneas de productos para niños, estudiantes, artistas o la comunidad maker. Es en este contexto donde surge 123D, una aplicación de uso sencillo para Mac, PC o iPad que supone una bajada importante de las barreras de entrada frente al uso de las herramientas tradicionales de la compañía, y que se traduce también en acuerdos con fabricantes de impresoras 3D como Makerbot.

Tinkercad es un caso más extraño: de ser una aplicación gratuita, de uso sencillísimo pero potente, con una gran comunidad de usuarios y popularidad creciente, pasa a anunciar de repente que cierra la aplicación y desmonta el equipo dedicado a su desarrollo para dedicarlos a crear Airstone, un entorno de simulación dirigido al mercado profesional. Este artículo en Make: plantea alternativas gratuitas a Tinkercad, y señala, además de las ya mencionadas SketchUp y 123D; a una plataforma online utilizable desde el navegador, 3DTin; a una aplicación disponible solo para Mac, Autodesk Inventor Fusion; y a dos programas disponibles en Windows, Linux y Mac, FreeCAD y OpenSCAD.

Existen ya alternativas de impresoras 3D por debajo de los quinientos euros, y la disponibilidad de software de modelado tridimensional sencillo y accesible es una de las piezas fundamentales en ese ecosistema. La alternativa al desarrollo de modelos tridimensionales para su impresión es el escaneado tridimensional, en el que también se ha avanzado bastante, con modelos ya relativamente accesibles, tecnologías basadas en la nube, e incluso ideas basadas en tecnologías tan disponibles como Kinect.

Un panorama complejo y movimientos difíciles de explicar en un entorno en el que se espera un gran desarrollo, y en el que puede resultar bastante interesante ir teniendo algunas referencias.

Hablando sobre educación y tecnologías

Escrito a las 11:21 am
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pizarraMe canta una de mis alarmas de menciones que desde aulaPlaneta acaban de subir a YouTube una entrevista de unos tres minutos que me hicieron en el despacho hace un montón de tiempo pero que no había tenido oportunidad de ver, sobre planteamientos y posibilidades del uso de tecnología en la educación primaria y secundaria. Hay algunas más en ese mismo canal.

Yo diría que los planteamientos siguen estando bastante vigentes, por lo general aún muy poco explorados, y que es un área en la que es sin duda necesario que haya más desarrollo: existe un conjunto de miedos, limitaciones e intereses que llevan a que, en muchos sentidos, los niños sigan aprendiendo en el colegio de maneras bastante parecidas a como lo hacían hace mucho tiempo, cuando la introducción de tecnología podría seguramente aportar bastante al proceso, pero por lo general seguimos planteando modelos incompletos, en los que la tecnología viene simplemente a sustituir unos elementos con otros (pizarras de tiza con pizarras digitales), sin introducir cambios de otra naturaleza. Seguimos planteando modelos que giran en torno al libro de texto como modelo de conocimiento cerrado, como repositorio inamovible, en lugar de plantear exploración, descubrimiento y desarrollo de habilidades en la gestión de información. Muchos temas de los que hablé en aquella conferencia en ITWorldEdu el pasado año, y que vuelvo a retomar de vez en cuando…

 

La atracción de la intrascendencia, mi columna en Expansión

Escrito a las 9:35 am
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La atracción de la intrascendencia - Expansión (pdf, haz clic para leer a un tamaño razonable)

Mi columna de esta semana en Expansión se titula “La atracción de la intrascendencia” (pdf) , y habla de uno de los factores que, desde mi punto de vista, se están convirtiendo en cruciales en eso que se denomina “media choice behavior”, la forma en que escogemos el medio de comunicación que utilizamos en cada momento. Estamos viviendo una dinámica de cambio: un porcentaje creciente de la población, particularmente en segmentos más jóvenes, manifiesta un cierto hartazgo de las redes sociales convencionales, y una preferencia cada vez más marcada hacia medios en los que la información no trasciende, no pasa a formar parte de un repositorio más o menos público.

Mientras una acción comunicativa compartida en Facebook, en Twitter o en Google+ pasa automáticamente a ser compartida con un rango variable de personas y debe ser gestionada en virtud de determinados criterios, la comunicación que mantenemos a través de medios como la mensajería instantánea o aplicaciones afines queda restringida a un entorno relativamente privado entre aquellos que se comunican. Esa ausencia de trascendencia (los temas tratados pueden ser importantes o no serlo, pero no trascienden más allá del entorno inmediato implicado en esa comunicación) da lugar a una preferencia no exclusiva, se sigue viendo las redes sociales como lugar en el que construir otro tipo de elementos como el repositorio/memoria o la imagen pública, pero una parte significativa de la comunicación en el día a día se desplaza a ese tipo de aplicaciones. El fortísimo auge de la mensajería instantánea, o las más de ciento cincuenta millones de fotografías compartidas al día en Snapchat son reflejo evidente de una tendencia que vamos a ver consolidándose cada vez más, redefiniendo las fronteras del ámbito de lo público/social frente a lo privado.

A continuación, el texto completo de la columna:

 

La atracción de la intrascendencia

La comunicación entre las personas es algo que durante la inmensa mayoría de la historia de la humanidad ha sufrido pocos cambios, y habitualmente vinculados con el desarrollo tecnológico.

El desarrollo del lenguaje, de la escritura o del teléfono, por ejemplo, fueron tecnologías cuya adopción a nivel global supuso cambios radicales en la comunicación. La imprenta, la radio o la televisión dieron lugar a una era de comunicación unidireccional, mientras que la aparición y popularización de internet generó una bajada de barreras de entrada a la comunicación que le devolvió el carácter bidireccional.

Con internet llegó otro factor interesante: la trascendencia. En la red, todo queda recogido en algún fichero. Llevarnos a la web y las redes sociales una parte significativa de nuestra comunicación significó convertir los elementos de esa comunicación en algo trascendente: dicha comunicación pasaba a trascender el tiempo y el espacio en que tenían lugar. El hecho de tener un reflejo en la red hacía que pudiesen aparecer en un motor de búsqueda, ser archivadas, recuperadas posteriormente, consultadas. Con Facebook, Google+ o Twitter tenemos la sensación de estar construyendo nuestra línea temporal, de estar dejando por escrito lo que pensamos, las conversaciones que mantenemos, dotando de trascendencia a cosas que antes nunca la habían tenido.

Pero toda acción genera su reacción. Desde hace poco tiempo, vivimos el auge de la mensajería instantánea: una comunicación que no se guarda en público, solo en nuestro archivo personal y en el del receptor. Muchísimos usuarios, fundamentalmente jóvenes, parecen preferir sistemas de este tipo a las redes sociales convencionales: WhatsApp y otras aplicaciones similares experimentan crecimientos meteóricos. Snapchat, que envía mensajes y fotos que se autodestruyen en diez segundos, envía 150 millones de fotos al día, y se ha triplicado en los últimos cuatro meses.

No toda comunicación pretende trascender en el tiempo. La próxima época en comunicación va a estar marcada por la intrascendencia.

Hablando sobre la universidad

Escrito a las 6:53 am
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¿Quo vadis universidad? Enrique Dans, Bernardo Gutiérrez y David de Ugarte responden - Hackers contra zombisJorge Jiménez, profesor de la Universidad Europea de Madrid y autor del blog “Hackers contra zombis“, me envió algunas preguntas por correo electrónico sobre los retos de la universidad en la sociedad de la información, y las ha publicado conjuntamente con las respuestas de Bernardo Gutiérrez y David de Ugarte, bajo el título “¿Quo vadis universidad? Enrique Dans, Bernardo Gutiérrez y David de Ugarte responden“.

A continuación, el intercambio completo de preguntas y respuestas que crucé con Jorge:

 

P. ¿Cuál debería ser la función de la universidad?

R. La función de la universidad debe ser triple: por un lado, y fundamentalmente, proporcionar educación. Por otro, producir investigación. Y en otra vertiente, posibilitar el desarrollo profesional de quienes trabajan en ella. Obtener la mezcla adecuada es complejo, pero puede llevarse a cabo si se hacen las cosas bien y se observan determinadas precauciones que eviten que ninguna de las tres partes tome un protagonismo excesivo o se hipertrofie. Lo que vivimos actualmente en muchas universidades tiene lo peor de cada lado: la investigación se ha prostituido por culpa de métricas inadecuadas para dar lugar al “publish or perish”, las políticas de personal tienden a la desmotivación por culpa de sistemas de evaluación malos o inexistentes y políticas de incorporación que fomentan nepotismo, inbreeding y rigidez. Como resultado, la educación suele ser deficiente y desconectarse de los otros dos objetivos. Y eso no es un problema exclusivo de la universidad española, ocurre también a otra escala en algunas de las mejores universidades norteamericanas, y en muchos otros países. No es un problema sencillo. Pero estoy convencido de que tiene solución.

P. ¿Crees que lo ha cumplido a lo largo de la Historia?

R. La universidad ha cumplido con la función de educación lo mejor que ha podido, teniendo en cuenta que una buena parte del proceso educativo tiene lugar – y es bueno que así sea – al margen de la universidad. Con el desarrollo y popularización de la red, que pone toda la información del mundo a un clic de distancia, ese desarrollo “más allá del aula” toma una importancia infinitamente mayor. De ahí que la universidad necesite imperiosamente redefinirse para los tiempos que vivimos.

P.  ¿Cree que está cumpliendo ese objetivo en la actualidad?. En caso negativo, ¿cuáles son las amenazas y las oportunidades que la acechan?

R. El momento actual representa posiblemente el punto límite de la crisis de valores en la universidad: un poco más de tiempo sin reaccionar, y presenciaremos una caída similar a la vivida por discográficas y empresas similares, con procesos de sustitución similarmente desestructurados y mucho sufrimiento. Las principales amenazas están dentro de las instituciones: administración rígida e inmovilista que no puede tocar nada porque constantemente se encuentra con privilegios adquiridos, catedráticos más intocables que Eliot Ness, plazas adjudicadas irrevocablemente y mediante procesos viciados, métricas de desempeño inexistentes o mal planteadas, comunicación mal planteada o nula con los alumnos, objetivos mal definidos… El actual auge de los MOOC y de los sistemas desestructurados es un fracaso terrible para cualquiera que sienta una mínima vocación por la educación: si un curso con tres mil o treinta mil personas apuntadas en la red funciona razonablemente bien, me parece de todo punto alucinante que una clase con treinta personas y teniendo el lujo de la interacción presencial no lo haga. Me parece terrible.

P. ¿Cree que en el futuro inmediato, las funciones cambiarán? En caso afirmativo, ¿qué tendría que hacer la universidad actual para adaptarse?

R. No creo que las funciones cambien, ni siquiera creo que deban cambiar. Al contrario, creo que deberíamos enfatizarlas. Dotar a la universidad de mecanismos para librarse del peso muerto que supuso un sistema absurdo que permitía al que alcanzaba un nivel determinado enrocarse en él al margen de sus resultados: no concibo un sistema educativo que no posibilite una medición constante del desempeño y una corrección continua de los errores para reenfocarse hacia el objetivo. El concepto de “plaza adjudicada” debería morir, porque es completamente absurdo: cualquier persona que estando en una plaza con responsabilidad educativa muestre un mal desempeño en su trabajo tendría que sentir el riesgo de perderlo. Que haya monstruos en la universidad que saben (supuestamente) muchísimo de un tema pero que son manifiestamente incapaces de comunicarlo y de motivar mínimamente a sus alumnos para que aprendan es un verdadero problema, y que el sistema lo permita y hasta lo promueva es un problema, si cabe, todavía mayor. Todo en la universidad debería estar en función del aprendizaje, reforzado por el hecho de que quienes enseñan, además, puedan tener una carrera como investigadores y productores de conocimiento, y con sistemas que les permitan sentirse motivados en su desarrollo profesional. A partir de ahí, tenemos que instaurar las métricas adecuadas que permitan evaluar el rendimiento en cada área, pero gobernadas por una fundamental: la satisfacción y aprendizaje del alumno.

Sobre el futuro inmediato, creo que vivimos épocas gobernadas por una transparencia cada vez mayor, y que las instituciones donde este tipo de temas no funcionen, no podrán sobrevivir. Basarse en un supuesto prestigio será imposible si tus alumnos están voceando en la red que no están a gusto, que no aprenden, que tal profesor es un desastre y no aparece por clase, o que cuando aparece es todavía peor que cuando no lo hace. Profesores que van a clase a dictar apuntes, que no motivan a sus alumnos o que no conectan en modo alguno deben ser reeducados, recibir formación que les ayude a reconvertirse a unos objetivos bien establecidos, o directamente desaparecer, dedicarse a otra cosa. Pero el primer factor de cambio tiene que venir de la administración universitaria, seguramente el mayor reducto de inmovilismo y meritocracia mal entendida que existe más allá de la política.

 

Si no está roto, no lo arregles…

Escrito a las 12:41 pm
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aintbrokedontfixEs una frase habitual en muchos idiomas: “si no está roto, no lo arregles“. Su interpretación, sin embargo, choca con muchas cuestiones de importancia radical: ¿debemos conformarnos con algo que “simplemente funciona” cuando podemos modificarlo y construir algo que posiblemente “funcione mejor”?

Microsoft parece volver atrás en algunas de las innovaciones más radicales que presentó con Windows 8: todo indica que la siguiente sub-versión, Windows 8.1, podría volver a la metáfora clásica de escritorio y botón de inicio, en lugar de presentar la pantalla de inicio que seguía la apariencia de las versiones desarrolladas originalmente para smartphones y tablets. Una vuelta atrás sin duda dolorosa, porque conlleva eliminar uno de los elementos que constituían una parte sustancial de la filosofía de la compañía: presentar una interfaz y una experiencia de uso similar en toda su gama de dispositivos.

Sin duda, la acogida del mercado a Windows 8 no ha sido lo que la compañía se esperaba. Las ventas de PCs han llegado a su momento más bajo desde que existen registros, en un contexto en el que muchos fabricantes echan la culpa precisamente a Microsoft por no haber sido capaz de generar tracción con su nuevo sistema operativo. Sea por la falta de atractivo de Windows 8, porque simplemente los ordenadores ya son suficientemente buenos y no hace falta cambiarlos, o por una combinación de ambas cosas, el resultado es que las máquinas con Windows 8 ya han entrado en fase de rebajas, y que la empresa parece plantearse una vuelta atrás en su estrategia.

En realidad, lo interesante en este caso no es para mí lo que ocurra en Microsoft, sino la reflexión en torno a los cambios que el mercado tecnológico está dispuesto a aceptar. Hubo una época en la que la decisión de sacar una nueva versión de un producto dependía de la evolución de las ventas: ponías el producto en el mercado, y lo vendías hasta que la curva de ventas se hacía cada vez más plana. Llegado ese punto, era el momento de sacar una nueva versión que, por un lado, pudiese atraer a nuevos compradores y, por otro, fuese capaz de hacer que los compradores de la versión anterior quisiesen cambiar a la nueva. En el caso de Microsoft, además, esta decisión estaba determinada por la evolución del mercado de PCs, su verdadero cliente, que precisaba de la tracción que ejercía una nueva versión del sistema operativo para dinamizar sus ventas, lo que llevaba a que toda nueva versión implicase, por necesidad, un cambio de máquina.

La innovación sobre un producto es fundamental, y forma parte de la propuesta de valor del mismo. El planteamiento de esas innovaciones puede deberse a muchos factores: al intento de dinamización del mercado (del propio o de otros secundarios relacionados), a la competencia, a la aparición de tecnologías cuya incorporación permite mejoras sustanciales, a la integración con elementos nuevos del entorno, a modificaciones basadas en la investigación, a evidencias basadas en el uso que los clientes hacen del producto, etc. Lo llamativo es cuando una empresa decide adoptar un camino determinado, y el mercado dice “no”. En el caso de Windows 8, la gélida acogida del mercado ha servido ya para que algunos se planteen si es que, en realidad, la idea de paralelizar las interfaces táctiles en el PC o incluso de dotar a estos de las mismas era algo que, directamente, no tenía sentido. ¿Realmente los usuarios queremos tocar la pantalla de nuestros ordenadores? A mí, pensar en poner el dedo sobre la pantalla de mi portátil es algo que directamente me revuelve las tripas, y amenazo con una tijera afilada a cualquiera que acerque la grasienta yema de su dedo a ella. Pero también es verdad que es habitual para mí limpiar periódicamente (no confundir con “compulsivamente “) la grasa de la pantalla del smartphone o la del tablet, que obviamente están diseñados precisamente para ser tocados. Del mismo modo, llevo años sin utilizar un ratón: el ordenador que uso de manera más habitual es un portátil, y con su trackpad no solo es suficiente, sino que me encuentro mejor a efectos de control y precisión que con un ratón externo (que consecuentemente se ha convertido en un dispositivo con el que me encuentro incómodo).

¿Qué debemos hacer cuando planteamos una innovación, y los usuarios la rechazan? ¿Qué parámetros deben utilizarse para evaluar y medir ese rechazo? ¿Qué fases tiene? Cuando Apple decidió de la noche a la mañana nada menos que invertir la dirección del scroll sobre el trackpad para hacerlo igual que en un tablet o smartphone (cuando subes dos dedos, la pantalla se desplaza hacia arriba, en lugar de bajar como era habitual), el cambio supuso un trauma inmediato para muchos: sin embargo, a pesar de que la empresa ofrecía en las opciones de configuración la posibilidad de mantener el esquema tradicional, muchos decidieron intentar acostumbrarse, probar a ver si efectivamente, tras una pequeña fase de aprendizaje, podía ser mejor así, confiando en la investigación que la compañía había llevado a cabo para proponer el cambio. Sin embargo, cuando una versión de Windows elimina el botón de inicio y la metáfora clásica de menús y propone otra, las protestas se hacen patentes y la empresa parece que da marcha atrás. ¿Es razonable hacerlo? ¿En qué elementos se basa para ello? ¿Es un paso adecuado?

El “si no está roto no lo arregles” puede ser, en muchos sentidos, un “déjalo como está aunque sea malo, porque los usuarios ya están acostumbrados a ello”. Y eso no es necesariamente correcto, porque como afirmaba Steve Jobs, people don’t know what they want until you show it to them, “la gente no sabe lo que quiere hasta que se lo enseñas”. Por otro lado, si tras el planteamiento de un cambio y tras haber hecho todos los focus groups y estudios de mercado habituales en estos casos, algunos factores indican que te equivocaste, ¿es razonable dar marcha atrás y asumir que las cosas no eran como tú creías?

Materializando Glass – en todos los sentidos

Escrito a las 1:33 pm
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Google publica la guía para desarrolladores y las especificaciones de Google Glass: cámara de 5MP, vídeo a 720p, 16GB de memoria flash, WiFi, Bluetooth, audio por conducción ósea y batería de día completo.

Al tiempo que se van definiendo las incógnitas sobre la configuración de Glass (que será de entrada un entorno sin publicidad y con apps gratuitas), van apareciendo más análisis sobre el efecto que su uso podría tener sobre el día a día y la vida social. Especialmente recomendable me ha parecido el de Jan Chipchase en AllThingsD, titulado You lookin’ at me? Reflections on Google Glass, que incide en precisamente en el factor interacción, tanto con respecto a alguien que veamos que lleva el artefacto puesto como a la inversa, en las sensaciones que tendrá aquel que intente utilizarlas. Factores de materialización de la experiencia, como lo que ocurre cuando reaccionamos a algo que vemos u oímos en Glass y nuestra gestualidad, aunque discreta, interfiera con las personas que nos rodean en sitios como un bar, un vagón de metro o cualquier otro espacio en el que los gestos, las sonrisas o los comandos en voz baja pueden ser interpretados de manera ambigua. O en las implicaciones de las posibilidades de grabación indiscriminada de prácticamente cualquier espacio, público o privado.

En el mismo sentido, me llamó la atención otro artículo similar, este sobre “el coche que conduce solo”, publicado en MIT Tech Review y titulado Proceed with caution toward the self-driving car, en el que se plantea otra reflexión interesante: muchas de las tecnologías que Google utiliza en su modelo de automóvil de conducción autónoma están ya desarrollados en otros modelos de automóviles de múltiples empresas, pero no diseñados hacia liberar al conductor de su tarea, sino hacia asistirle en la misma. En muchos modelos actuales de automóvil puedes soltar el volante, y el propio automóvil mantendrá la velocidad, la adaptará para mantener la distancia con el vehículo que circula delante de ti, se mantendrá entre las líneas de la calzada, e incluso frenará ante un obstáculo, por no mencionar la posibilidad de que aparque directamente solo. La duda, claro, es cómo se conecta esto con el cerebro humano, si sigue siendo verdad (como afirma el artículo) que el ser humano y su cerebro siguen gestionando las situaciones inesperadas mejor que su contrapartida automatizada, o qué ocurre con el desarrollo de habilidades de conducción cuando las relegamos a un uso secundario. De nuevo, una lectura muy interesante.

La tecnología, en muchos casos, juega al aprendiz de brujo. A Google esa actitud le gusta especialmente: lancemos, y ya veremos. Cuando el lanzamiento se relaciona con lo que hacemos en la red, con nuestros hábitos online o con nuestros modos de uso de la información, la cosa puede tener su gracia, pero tiene cierta dosis de control. Cuando se relaciona con cómo vivimos e interaccionamos fuera de la red, o cómo conducimos, las connotaciones y posibles consecuencias son diferentes. No quiere decir que no me muera por probar cualquier prototipo que pueda caer en mis manos, como efectivamente ocurre, pero conviene pensar en todas las consecuencias de esa materialización.

Detener el reloj de la historia en beneficio de los intereses particulares de algunos…

Escrito a las 12:36 am
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From "The past through tomorrow", Robert A. Heinlein (1967)

 

Me lo envía Carlos J. Hidalgo a través de Twitter, es un fragmento de la página 34 de la edición española, titulada “Historia del futuro – I“, de The past through tomorrow (1967), una recopilación de relatos cortos de Robert A. Heinlein, considerado por algunos como uno de los tres mejores escritores de ciencia-ficción de todos los tiempos. Este fragmento en concreto pertenece a Life-line, el primer relato corto publicado por Heinlein en 1939, en el que narra cómo un profesor construye una máquina capaz de predecir cuánto va a vivir una persona, y provoca con ello una fortísima crisis en la industria de los seguros de vida, cuya patronal decide llevarlo ante los tribunales.

La parte relevante de la cita en versión original dice así (y copio la traducción también por eso de que indexe):

 

There has grown in the minds of certain groups in this country the idea that just because a man or corporation has made a profit out of the public for a number of years, the government and the courts are charged with guaranteeing such a profit in the future, even in the face of changing circumstances and contrary to public interest. This strange doctrine is supported by neither statute or common law. Neither corporations or individuals have the right to come into court and ask that the clock of history be stopped, or turned back.”

“Es un sentimiento creciente entre algunos grupos de este país la noción de que cuando un hombre o una compañía han sacado un beneficio del público durante un cierto número de años, el gobierno y los tribunales tienen el deber de salvaguardar esos beneficios en el futuro, incluso frente a circunstancias de cambio y contra el interés público. Esta extraña doctrina no se halla apoyada por la Constitución ni por las leyes vigentes. Ni los individuos ni las corporaciones tienen el menor derecho de acudir a los tribunales y exigir que el reloj de la historia sea detenido, o retrasado, en beneficio particular suyo.”

 

La cita ha sido utilizada en algunas ocasiones en el contexto de discusiones sobre los derechos de propiedad intelectual, y resulta verdaderamente inspiradora. Cuánto daríamos porque muchos políticos viesen las cosas con la meridiana claridad y raciocinio con la que las veía el juez de la novela de Heinlein allá por 1939…

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