El Blog de Enrique Dans

Hablando sobre Uber en La Noche en 24 horas

Escrito a las 8:57 pm
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En mi sección de tecnología de los miércoles en La Noche en 24 horas, hablamos sobre Uber al hilo de su llegada a Madrid.

Personas, no productos

Escrito a las 8:40 am
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IMAGE: IQoncept - 123RFTodo parece indicar que estamos viviendo el inicio de una cierta transición entre modelos de negocio basados en la publicidad segmentada y otro tipo de alternativas con otra filosofía, más basadas en producto o en una cierta concepción humanista.

Al clarísimo énfasis puesto por Apple en su última presentación de productos en las garantías de privacidad reales a la hora de maneja la información de salud o al “no somos Google, vivimos de vender productos, no de vender información de nuestros clientes“, se une ahora el incipiente desarrollo de una nueva propuesta de red social, Ello, basada fundamentalmente en una definición negativa: no queremos ser Facebook. Por el momento en beta cerrada y, si logras entrar, con apariencia de pueblo fantasma o sitio completamente despoblado, Ello incide en la idea de que los usuarios somos personas, no simples targets que una serie de anunciantes esperan caracterizar en función de sus movimientos, como si fueran ratas de laboratorio metidas en un laberinto y toda la actividad que desarrollasen fuese en realidad el pretexto para administrarles publicidad segmentada.

Piénsalo: Facebook o Google son empresas cuyos productos pueden gustarte más o menos, pero en las que la totalidad del modelo de negocio se basa en estudiar tu comportamiento. Qué buscas, dónde estás, con quiénes hablas habitualmente, qué tipo de cosas te llevan a hacer clic o a no hacerlo, qué temáticas te hacen quedarte más tiempo o te incitan a comentar… en el fondo, estás ahí, metido en un bote de cristal, siendo estudiado con una lupa, sometido incluso a experimentos para manipular tu estado de ánimo, y todo con el fin de poner delante de tus ojos la publicidad adecuada.

¿Modelo no válido? No necesariamente: es muy posible que pueda ser más interesante que el anterior consistente en martirizarnos a todos con una exhibición constante de ofertas, productos y servicios de los que una gran mayoría no te interesaban en absoluto, pero sin duda, no precisamente una exaltación del humanismo. Muchos empiezan a ver en los modelos de explotación de la información del usuario una cierta degradación de la esencia de la persona, del individuo, convertido simplemente en una diana caminante cuyos movimientos están en constante escrutinio para lograr el codiciado impacto, el tiro con la bala adecuada, el que determina un comportamiento de compra positivo.

Apple parece caminar por rutas conocidas: fabricamos productos, los vendemos, y por supuesto, pretendemos convencerte para que nos compres más, pero no en función de recopilar información sobre ti y utilizarla o venderla a otros, sino basándonos en que nuestros productos son buenos. Frente a esto, el modelo objeto de las críticas trata de ofrecerte los mejores productos posibles a precios muy competitivos o incluso gratuitos, porque tú en realidad ya no eres el comprador de esos productos, sino el usuario que nos entrega su información y se convierte en target, en diana publicitaria.

La idea de una red social no dominada por anunciantes y en la que lo que hacemos no es recopilado y procesado como parte de un modelo de datos utilizado para perseguirnos de forma más eficiente puede resultar, en principio, atractiva para cualquiera. La duda, claro, está en las posibilidades de financiar una actividad así: si el objeto no es cobrar a unos anunciantes por un acceso segmentado a los usuarios, y estos tampoco pagan por el uso, la pregunta inmediata no es “¿dónde hay que firmar?”, sino dónde va a estar el modelo de negocio sostenible que permita que algo así subsista. Una incógnita que, por el momento, queda para más adelante, como queda el posible recibimiento del mercado a una propuesta más de red social, la enésima, y en un entorno que, salvo en algunos (muy pocos) países, está completamente dominado por un solo jugador: los cuatro mil registros por hora que está obteniendo Ello en el momento de escribir esta entrada solo indican que la propuesta de una red social sin publicidad nos resulta intuitivamente atractiva, pero no dice nada de cómo será o en qué se basará realmente su modelo de negocio. No, no somos productos o no queremos serlo, pero ¿dónde está la alternativa? ¿Con qué moneda se paga el perder la etiqueta de producto y la recuperación de la condición de persona?

 

This article is also available in English in my Medium page, “People, not products

El coche que no arranca si te retrasas en el pago del préstamo

Escrito a las 6:22 pm
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IMAGE: Charmboyz - 123RFDefinitivamente, la cara de la innovación tecnológica no siempre resulta agradable.

En los Estados Unidos, algunas de las empresas que prestan dinero a personas con bajos niveles crediticios – los préstamos que componen el llamado segmento sub-prime tras ser colateralizados –  llevan ya algún tiempo utilizando contratos de préstamo para la adquisición de automóviles que incluyen como cláusula obligatoria la instalación de un dispositivo, el starter interrupt device, o desconectador remoto del encendido, una combinación de interruptor y GPS situado en alguna parte escondida y de difícil acceso, que permite no solo localizar el vehículo, sino también impedir que este pueda ser encendido. En el caso de impago, la empresa puede accionar remotamente el dispositivo, y localizar el automóvil mediante el GPS para poder recuperarlo, lo que limita financieramente el riesgo de la operación. Desactivar o retirar el dispositivo está prohibido por contrato y no es una tarea sencilla – aunque obviamente hay instrucciones sobre cómo hacerlo en la red – y además, es detectado de manera inmediata por la compañía, que puede iniciar las acciones que considere oportunas.

Este interesante artículo en The New York Times, Miss a payment? good luck moving that car detalla algunas de las situaciones que genera el ejercicio de este tipo de cláusulas sobre personas que, víctimas de la crisis económica, se encuentran sin más opciones que las que ofertan estas empresas a la hora de obtener un crédito.

Los argumentos que en su momento se ofrecieron para legalizar el uso de este tipo de dispositivos resultan muy llamativos: teóricamente, el desconectador remoto permite que accedan al crédito personas que, de no ser bajo esas condiciones de minimización del riesgo, no podrían hacerlo, lo que implica que se abran nuevas posibilidades y oportunidades para ellos. En muchos casos, tener o no tener un automóvil puede suponer el acceso a puestos de trabajo o a oportunidades que permitan que una persona salga financieramente a flote.

Otra justificación es que la alternativa, en realidad resulta todavía peor: antes de la llegada de estos dispositivos, el que una persona dejase de pagar su préstamo suponía el inicio de un proceso de recuperación del vehículo mediante el llamado repo man, una especie de “cazador de recompensas” a comisión encargado de localizar al deudor, incautar el bien objeto de impago, trasladarlo con una grúa a un depósito, incrementar la deuda facturando al deudor los costes de traslado y almacenaje del vehículo, y obligarlo a acudir al depósito correspondiente con el dinero en metálico en la mano para recuperarlo. Frente a ese durísimo proceso, el desconectador ofrece una alternativa mucho más “limpia”: la compañía acciona el interruptor desde la pantalla de un ordenador, el vehículo deja de encender (algunos deudores afirman que el fatídico momento de la desconexión llegó cuando esperaban en un semáforo, cuando estaban aparcados en un barrio peligroso, o en algunos casos, incluso con el vehículo en marcha y conduciendo por la autopista), y si el dinero llega a la cuenta correspondiente, puede ser conmutado de nuevo para que el automóvil vuelva de manera inmediata a estar operativo. Algunos usuarios en situación de precariedad económica llegan a acostumbrarse a vivir viendo cómo su automóvil, con cierta periodicidad, deja de funcionar, y solo vuelve a hacerlo cuando pueden hacer frente al pago correspondiente más los intereses de demora.

Impresionante. Esto debe ser lo que llaman “progreso”…

Internet, seguridad y sentido común

Escrito a las 7:38 am
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Internet, seguridad y sentido común: 9 consejos para recordar - Voces EconómicasDesde Voces Económicas, el blog de MoraBanc, me solicitaron un artículo divulgativo sobre prácticas de seguridad en la red, un poco a modo de “conjunto de mínimos” o “errores peligrosos que no el usuario medio debería evitar cometer”. Traté de resumir las que son mis reglas de cabecera habituales, dentro de un concepto de sentido común que, si bien puede serlo para usuarios con una cierta experiencia, no lo son en absoluto para un nivel más inexperto, que se encuentra cada vez más expuesto al uso de la red, y que puede caer en prácticas peligrosas de manera relativamente habitual.

Obviamente, no es exhaustivo, no garantiza nada, y no va mucho más allá de ser un intento de concienciación para el usuario medio sobre la necesidad de plantearse algunas prácticas de seguridad en su uso de la red. Se titula “Internet, seguridad y sentido común: nueve consejos para recordar“.

Uber en Madrid…

Escrito a las 6:44 pm
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¡Hola Madrid! - Uber

Hoy ha sido un día muy interesante: hace algunas semanas, hablé con Uber España para invitarlos a una de las sesiones de mi curso de Innovación en IE Business School. Invitar empresas interesantes a mis clases es algo que hago con mucha frecuencia: soy un absoluto convencido de la necesidad de acercar las empresas al aula, y de hacer que los alumnos discutan no tanto sobre casos escritos hace años, sino sobre cosas que están ocurriendo en ese mismo momento. También es relativamente habitual que plantee esas clases como “sorpresa”: los alumnos desconocen la presencia del invitado, preparan la discusión como una clase normal, y se encuentran con que, a los pocos minutos de comenzar la clase, “el caso se materializa ante sus ojos”, con todo lo que ello conlleva de experiencia didáctica.

El caso de hoy, sin embargo, era algo diferente: mantener la invitación en secreto no era simplemente cuestión de metodología académica, sino de seguridad. Dada la actitud de los taxistas en varios eventos anteriores en los que la compañía ha intentado participar, anunciar la invitación y la presencia del Country Manager de Uber en el aula conllevaba un posible riesgo de seguridad. Además, la compañía decidió hacer coincidir la sesión con el lanzamiento de Uber Pop en Madrid, y me pidió que, junto con la televisiva y radiofónica Cristina Pedroche, hiciese de lo que denominan rider-zero, los primeros clientes que se fotografían para el lanzamiento, a lo que por supuesto accedí (faltaría más, si las compañías colaboran conmigo para que pueda desarrollar mi actividad docente en las condiciones que a mí me gusta, que no colaborase yo con ellas).

Con esos ingredientes, la clase fue, lógicamente, interesantísima: cuando llegué al aula, algunos alumnos ya habían visto el anuncio y me habían visto a mí en él, lo que dio a la sesión un componente máximo de actualidad. A los diez minutos, cuando habíamos cubierto el contexto de la compañía, se asomó por la puerta Carles Lloret, Country Manager de Uber en España, y dijo eso de “pasaba por aquí, y me pareció que hablábais de nosotros”…

Como entrada, preguntó cuántos de los presentes habían utilizado Uber anteriormente: en torno a un 10% de los alumnos, y todos ellos con un nivel de satisfacción elevadísimo, incluida una heavy user de más de diez o quince usos en diferentes ciudades, que había tenido que hacer una reclamación una vez y había quedado completamente satisfecha con el proceso. Con esa bienvenida, entramos en la polémica: mis alumnos están perfectamente avisados de que las apariciones de empresas en el aula no pueden ser de ningún modo “public relations”, y que pueden hacer las preguntas que estimen oportunas, sean o no políticamente correctas. Por supuesto, surgieron los temas de licencias, de control de calidad del servicio, de evolución en otras ciudades, etc. La respuesta fue clara: Uber surge de un hecho tecnológico, la posibilidad de reunir a oferta y demanda de una manera mas eficiente, y se encuentra con un mercado en el que una regulación procedente de hace más de veinte años está estrangulando la disponibilidad, reduce la oferta hasta extremos en los que la prestación del servicio no es la adecuada. La situación de un mercado intervenido en el que las licencias son imposibles de conseguir y se generan mercados negros con precios absolutamente desorbitados no es positiva para nadie, y desde luego, no lo es para el mercado y los usuarios. Una licencia de taxi en Chicago, por ejemplo, donde únicamente hay 6.904, ha sido de manera consistente una de las mejores inversiones durante muchos años, superando claramente la rentabilidad del mercado bursátil o el valor del índice de precios al consumo.

¿Qué ocurre en un mercado así? Que por un lado, los propietarios de una licencia no tienen incentivo a prestar el servicio de manera adecuada, y por otro, el mercado se encuentra naturalmente desabastecido. Hasta la llegada de apps como MyTaxi, Cabify o Hailo, un cliente de un taxi carecía en la práctica de una posibilidad de reclamar si el conductor le llevaba por un recorrido inadecuado, estaba poco aseado o su vehículo estaba sucio. Teóricamente, era posible reclamar, pero el proceso era lo suficientemente incómodo e ineficiente como para que solo se hiciese en casos flagrantes. El el caso de este tipo de apps y en el de Uber, el sistema de rating asegura que quien no presta el servicio de la manera adecuada, es excluido del mismo, con todo lo que ello conlleva.

Pero lo mejor de la clase – y el objeto original de la misma, recordemos, encuadrada en un curso de innovación – fue la forma de explicar de qué manera se pasa de la idea original de Travis Kalanick de, tras una mala experiencia con los taxis en París, montar una empresa que hiciese una simplificación eficiente del proceso de pedir un taxi basada en tecnología, a una visión que tiene en cuenta el futuro de las ciudades, el desarrollo de sistemas eficientes, y la transición a una economía en la que muchas personas podrán decidir no tener coche, y simplemente utilizar servicios como Uber para desplazarse (interesantísimo y muy riguroso el modelo calculado por Kyle Hill en ese sentido). Una propuesta que ecológicamente suena muy bien (aunque tendrá que ser demostrada con datos), que sin duda, es enormemente más ambiciosa, y que está realmente detrás de la fastuosa valoración de la compañía (aunque esa valoración también tenga sus críticos, y algunos de ellos muy autorizados).

Otro tema fascinante: el concepto de social disobedience esgrimido por la compañía como forma de justificar su empuje en busca de un cambio legislativo: si existe la posibilidad de mejorar el servicio, y la sociedad lo reclama (impresionante el gráfico en el que se muestra, en un mercado como Madrid en el que la compañía no daba servicio, el número de aperturas diario de la app de Uber), es obligación de la empresa estar ahí. Por el momento, los intentos de prohibir Uber han sido infructuosos: o bien la sentencia ha sido únicamente en primera instancia y se encuentra en proceso de apelación, como es el caso de Bruselas, o han sido directamente revertidas, como es el caso de Alemania. En España, nadie por el momento ha podido demostrar que Uber sea ilegal, y la compañía, por tanto, actúa en consecuencia. Y por supuesto, a Uber no le faltan partidarios poderosos y con buena voz. Sin duda, la compañía es un ejemplo de cómo innovar en entornos fuertemente regulados en los que, aparentemente, la legislación no dejaba hueco para ello, y como ser capaz de desarrollar, a pesar de ello, una propuesta de valor con sentido para muchos.

Las reclamaciones de los taxistas, aunque perfectamente comprensibles, se centran en cuestiones como “no tienen licencia” (obvio… ¡si no se dan licencias, cómo las iban a tener!), “son economía sumergida” (cuando es en realidad más fácil para un taxista convencional esconder una parte de su facturación que para un conductor de Uber, que factura a través de una app electrónica que deja constancia de todo), o “es poco seguro para los viajeros” (cuando los viajeros son precisamente los más satisfechos con el servicio). Mientras el nivel sea ese, parece claro que la resistencia es inútil. Solo en San Francisco, donde aplicaciones como Uber, Lyft y otras han alcanzado gran popularidad, el número de viajes realizados por taxis convencionales ha descendido a un tercio de los que tenían en marzo de 2012, una cifra que esconde el hecho de que el mercado ha aumentado enormemente su tamaño (solo la facturación de Uber en San Francisco es varias veces superior el total de facturación de la industria en marzo de 2012) y que el ayuntamiento de la ciudad, en previsión de la llegada de la disrupción, simplificó el proceso de obtención de una licencia hasta el punto de que prácticamente cualquiera puede obtener una de manera sencillísima.

En cualquier caso, los datos son evidentes: nos movemos hacia un futuro en el que el transporte de viajeros será objeto de una enorme liberalización y buscará alinearse con un modelo de ciudad diferente, con un mucho mayor protagonismo del uso compartido y uno mucho menor de la propiedad. Algo que va a afectar a los taxistas, a fabricantes de automóviles, y a todo nosotros en general. En el fondo, una clase de innovación en estado puro.

 

ACTUALIZACIÓN: Matthew Bennett me llamó por teléfono tras mi clase y me cita en su artículo titulado Uber opens car sharing service in Madrid and taxi drivers demand immediate Government action en The Spain Report.

 

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Sobre “Atrapados”, de Nicholas Carr

Escrito a las 8:30 am
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No, Nick, no hemos llegado aún - El Pais (pdf)Patricia Fernández de LisRedactora jefe de Ciencia y Tecnología de El País, me pidió un artículo rebatiendo las tesis de Nicholas Carr en su último libro, “Atrapados: cómo las máquinas se apoderan de nuestras vidas“, para acompañar a una entrevista con el autor realizada por Joseba Elola. Mi artículo se titula “No, Nick, no hemos llegado aún” (pdf).

La petición de El País me resultó muy interesante, dada mi historia personal con Nick Carr: en 2003, rebatí uno de sus textos más provocativos, IT doesn’t matter” (convertido después en libro con el título Does IT matter?“, nótese el importante cambio de matiz), con mi artículo en European Business Forum titulado IT does matter. Posteriormente, en 2009, Nick fue uno de los ponentes que sugerí como parte del programa académico de SIMO, lo que me dio la oportunidad de conocerlo brevemente.

Frente a la tesis de Nick en “Atrapados”, que puede resumirse en que la interacción entre hombre y tecnología tiende a atrofiar determinadas capacidades a medida que externalizamos determinadas funciones a una máquina, yo defiendo que en realidad, solo estamos viviendo la primera parte de esa interacción, y que este tipo de cambios y ajustes se manifiestan a lo largo del tiempo. Desde mi punto de vista, tenemos que situar este tipo de interacción en un contexto histórico, y no considerar simplemente una primera fase. La tentación de observar un fenómeno y considerarlo parte de una tendencia universal es muy grande, pero no necesariamente ofrece conclusiones correctas. La misma tecnología que afirmamos que “nos atrofia” va a sufrir mil y una modificaciones y ajustes en sus próximas generaciones: su interacción con las personas se va a redefinir muchas veces, y posiblemente de maneras que ahora ni siquiera alcanzamos a imaginar.

A continuación, el texto completo de mi artículo:

 

No, Nick, no hemos llegado aún

Nicholas Carr está entre los pensadores más destacados del momento. En 2011, uno de sus libros, “The Shallows”, fue finalista del Pulitzer, una distinción que señala una trayectoria muy brillante y coherente. En 2009, en la que era la cita obligada de los interesados en tecnología en España y para la que me pidieron que diseñase un programa de conferencias, Nick fue una de mis opciones inmediatas, lo que me dio oportunidad de conocerlo. Anteriormente, en 2003, había rebatido académicamente uno de sus artículos más polémicos, “IT doesn’t matter” (“La tecnología no importa”), en el que cuestionaba la tecnología como ventaja competitiva.

Nick es profundamente riguroso a la hora de plantear las tesis de sus libros. Sus argumentos, en la órbita del tecno-escepticismo o del tecno-pesimismo, suelen estar  profusamente sustentados con ejemplos cercanos, que el lector puede fácilmente hacer suyos, que evocan pensamientos que todos hemos tenido.

Todo directivo se ha planteado en algún momento si su inversión en tecnología contribuía realmente a generar valor. Todo padre ha pensado que sus hijos se estaban volviendo idiotas incapaces de apartar la vista del móvil. O si tanta tecnología no nos lleva a perder algo de nuestra esencia humana cuando permitimos que el software lleve a cabo muchas tareas para las que antes utilizábamos nuestro cerebro. Son argumentos que mencionan incluso los más adictos a la tecnología. “Antes me sabía muchos teléfonos, ahora no recuerdo ni el mío… me estoy volviendo idiota”.

Un mensaje fácilmente inteligible: coincide con pensamientos que ya hemos tenido como idea espontánea, nos reafirma: “qué listo soy, aquella impresión que yo tenía aparece aquí refrendada con datos por este autor tan importante”. Nos convierte en “embajadores” del libro, convertido en “arma arrojadiza” que usamos para convencer a los que no piensan como nosotros.

Pero si el argumento es sonante, está bien documentado y me convence, no estaría aquí rebatiendo sus tesis, sino cantando sus alabanzas. Y sin embargo, no puedo hacerlo. ¿Por qué? Pues porque, en muchos sentidos, Nick Carr me evoca – dicho sea con el sincero respeto que le tengo – a esos niños pequeños que, en el coche, preguntan incesantemente cada diez kilómetros aquello de “mamá… ¿hemos llegado ya?”

Me explico: el tecno-escepticismo de Nick renuncia, desde mi punto de vista, a la visión de proceso, una visión que considero absolutamente imprescindible para analizar el efecto de la tecnología. Argumentos como “los conductores que usan GPS se relajan en sus instrucciones y dejan de ver las señales de la carretera” pueden ser válidos, pero  toman como base únicamente lo que ocurre en la primera fase del encuentro entre la tecnología GPS y el ser humano que la desarrolló. Tomar las conclusiones de esas primeras generaciones de usuarios como muestra de que existe un problema grave que debería replantear el uso que hacemos de la tecnología me parece peligroso.

Para mí, biólogo en origen, es como si Darwin hubiese intentado formular su teoría de la evolución observando únicamente una generación de pinzones de las Galápagos: no habría visto nada. Los efectos de la tecnología, como los de las mutaciones, se producen a través de múltiples interacciones, de procesos de adopción en base a numerosas variables, de cambios de versión que solucionan problemas evidenciados en las anteriores.

Hoy creemos que los niños se están volviendo idiotas porque en lugar de estudiar para hacer un ejercicio, simplemente copian y pegan un texto encontrado en la web, sin ningún esfuerzo ni aprendizaje. Pero lo que ocurre en realidad es que estamos juzgando a esos niños por cómo usan una tecnología, cuando les pedimos que solucionen con ella un problema planteado absurdamente. No, el efecto de esa tecnología no se puede medir ahora: solo será justo evaluarlo cuando los métodos con los que les enseñamos, en lugar de buscar el desarrollo de la memoria, se hayan adaptado para desarrollar habilidades como el pensamiento crítico, la validación de información o el contraste de ideas.

Un navegador con diez pestañas abiertas en nuestra pantalla nos puede convertir en seres dispersos y despistados, y perjudicar sensiblemente nuestro trabajo. A mi, en cambio, según dicen los que me rodean, me convierte en una persona hiperproductiva. Pero solo tras pasar por un largo proceso de adaptación, entrenamiento y evolución de mis procesos de trabajo. Mi hija, si n ese navegador, no es capaz de trabajar.

Lo que Nick considera conclusiones finales son, en realidad, lo que ocurre cuando la tecnología empieza a actuar sobre nosotros, antes de que nosotros y el contexto que nos rodea se haya adaptado a ella. El efecto real, además de ser un proceso dinámico, hay que evaluarlo cierto tiempo después. Hacerlo antes no solo es injusto, sino potencialmente erróneo. Y desde mi punto de vista, peligroso. Nos puede llevar a rechazar cosas con un valor enorme. A intentar impedir la evolución.

No, Nick… no hemos llegado aún. De hecho, nos queda mucho, mucho camino ;-)

This article is also available in English in my Medium page, “The Glass Cage by Nick Carr: No, Nick, we’re not there yet

No digitalicemos el libro de texto

Escrito a las 11:04 am
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IMAGE: Balein - 123RFEl libro de texto es un error. Un vestigio de una forma de aprender que funcionaba cuando el conocimiento era un bien escaso, que era preciso encapsular en algo físico para poder acceder a él. El libro representaba “lo que había que saber” de un tema, el camino por el que el profesor debía guiarte, o en muchos casos, los textos que tenías que memorizar para luego poder copiarlas en un examen, en el que te evaluaban por tu capacidad de retener datos en la memoria.

A partir de la necesidad de encapsular el conocimiento para ofrecer al estudiante un acceso al mismo, surgieron infinidad de perversiones. Por un lado, un mercado compuesto por miles de estudiantes que compraban aquello que su colegio o institución les decía que tenían o-bli-ga-to-ria-men-te que comprar era demasiado goloso, y el libro de texto se convirtió en un negocio, Un negocio fantástico: el libro tenía que cambiar todos los años, el del año anterior no servía, y las decisiones de adopción del libro de una u otra editorial por parte de un profesor o de toda una institución se convertían poco menos que en negociaciones mafiosas, en auténticos sobornos y presiones de todo tipo. Por otro lado, la posibilidad de controlar de lo que llegaba a aparecer en el libro ofrecía a algunos la megalómana tentación de adoctrinar, de poder decidir qué era bueno y qué era malo, de dar forma a las mentes de los niños cuando estaban en su edad más dúctil y maleable. No hace falta que ponga ejemplos: todos los tenemos.

El libro de texto, a lo largo de su historia, pasó de ser herramienta necesaria de acceso a un conocimiento escaso, a convertirse en un negocio prácticamente rayano en lo inmoral, y en instrumento para el adoctrinamiento. Pero sobre todo, a partir de hace unos diez años, a partir del momento en que el uso de la red se generalizó y bajaron las barreras de entrada a su uso, pasó a ser directamente un fósil, una pesada losa puesta encima de lo que la educación debería ser. Bajo excusas tan impresentables como la obligatoriedad, o el que “los profesores no están preparados”, estamos viviendo una prolongación de la vida útil de una herramienta que ya no solo perpetúa una forma de aprender inadecuada al tiempo que vivimos, sino que se convierte directamente en perjudicial, dañino, maléfico. Los padres responsables, en el momento en que vivimos, deberían preguntar en sus colegios si van a usar libro de texto… y en caso afirmativo, tratar de llevar a sus hijos a otro colegio que no lo haga. El libro de texto se ha convertido en la negación de la enseñanza, en el símbolo de que no estamos preparando a nuestros hijos para el mundo en el que van a vivir. “Apréndete de memoria lo que está en estas páginas para poder pasar de curso”. Por favor…

Aprender hoy consiste, precisamente, en entender que el conocimiento no está encerrado en ningún libro. Aprender es aprender a buscar. Supone manejarse entre cantidades ilimitadas y crecientes de información, y ser capaz de identificarla, cualificarla, verificarla, descartarla cuando es mala, compartirla cuando es buena… supone aprender a consultar múltiples fuentes, y guiarse por sistemas en los que el profesor se convierte en un criterio más, en un nodo más de conocimiento, en alguien que, aunque quisiese transmitir algo erróneo, no podría hacerlo sin quedar cuestionado. No, el conocimiento no debe provenir de un libro que todos, desde instituciones de todo tipo hasta un gobierno, tienen interés por manipular. Pero tampoco puede ser dejado al solo criterio de un profesor que puede tener sus propios sesgos, su propia agenda o incluso sus propios monstruos. Ni al de los padres. La enseñanza debe asegurar que los niños entienden que un libro, un profesor, un periódico, un gobierno o unos padres no pueden nunca constituirse en fuente única del conocimiento, porque el conocimiento está ahí fuera, evoluciona, y hay que ir a buscarlo en cada momento. La enseñanza, cada día más, tiene que dejar de consistir en dar peces, y convertirse en enseñar a pescar.

Ahora, la última tendencia, “el último grito” es ir dejando los libros de texto al margen y tratar de pasarse al libro digital, a modo de “garantía de modernidad”. Como si el acarrear una tableta y saber utilizarla fuese algún tipo de “bendición”, de “carnet de acceso a la sociedad de la información”. Nos ponen excusas como que el papel ya no es moderno, que los libros pesan mucho y perjudican las delicadas espaldas de nuestros tiernos infantes… y nos llevan a un entorno en el que, en lugar de pagar por un libro, ¡pagaremos por una licencia o suscripción! Más, claro, que para eso es un sistema “más moderno”.

No, la digitalización del libro no soluciona absolutamente nada. Es aplicar la tecnología a repetir los mismos errores que se cometían antes de que existiese. Como el libro es malo, lo disfrazamos en un soporte tecnológico, pero sin solucionar ninguno de los problemas que hacían que fuese malo. El libro en la tableta sigue representando “lo que hay que aprenderse”, aunque esté en un soporte “más mono” y “más moderno”. Sigue permitiendo el adoctrinamiento. Y sigue forzando a alguien a pagar por algo que está ahí fuera, libre. Es exactamente el mismo error.

Enseñar en los tiempos que vivimos supone que un profesor gestione los tiempos y el paso por un temario determinado, y acompañe a los alumnos en su camino de búsqueda de información. Que los rete a encontrar información adecuada. Que la contraste, que la cuestione, que haga que desarrollen su sentido común y su capacidad de crítica, no su capacidad memorística. Que les desafíe a plasmar el conocimiento con sus propias herramientas, a compartirlo, y a aceptar las críticas o elogios que reciban. Que les enseñe a cuestionarse lo que encuentran, del mismo modo que deben cuestionarse lo que dice la prensa, lo que dice el gobierno, lo que dicen sus padres… y lo que dice el mismo profesor. Y eso, desde pequeñitos. E independientemente de que hablemos de historia, ciencias o matemáticas.

“No, los profesores que tenemos no sirven para eso”. Es la excusa más patética que he visto. Los profesores pueden aprender, pueden convertirse en algo mucho más parecido a lo que un profesor representa en países como Finlandia, un auténtico referente en educación. Se puede educar a los profesores como se puede educar a los padres… aunque mucho se hayan acostumbrado a “delegar” hasta extremos increíbles – y completamente irresponsables. Es fundamental recuperar el papel de los padres en el control de la educación de sus hijos, pero de nuevo: no como “criterio único”, sino como un criterio más.

Entiendo, por supuesto, que el salto al vacío de dejar de tener libros de texto genere un cierto vértigo. Es fácil de entender. Es el mismo miedo que tiene un directivo cuando va a una reunión sin papeles y sin bolígrafo, simplemente con las manos en el bolsillo y su smartphone para tomar notas. El mismo miedo que da a cualquiera dejar de tener apoyos conocidos, y pasar a apoyarse en la red. Pero no, no es un salto sin red. Es, precisamente, un salto a la red. Un salto muy necesario.

El libro de texto debe morir, cuanto antes mejor, sea en papel o en electrónico. Debemos matar el concepto, no su forma. Como sociedad, deberíamos considerar urgente que, en la era de la red, nuestros hijos supiesen aprender a extraer conocimiento de manera eficiente del lugar en el que se encuentra todo el conocimiento. No de un maldito sistema cerrado. No tienen que aprender lo que está en un libro por decisión de una editorial, de un gobierno o de un profesor. No tienen que tragarse los prejuicios de nadie, ni siquiera los de sus profesores o los de sus padres. Tienen que aprender otras cosas. Habilidades fundamentales para vivir en el tiempo en que les ha tocado vivir. Algo que un libro de texto NUNCA les va a enseñar.

 

NOTA: yo hoy no pensaba escribir sobre este tema. Fue el buen artículo de Antonio Ortiz en El Confidencial, “Suenan las campanas por el libro de texto” y su posterior discusión con Borja Adsuara en Twitter al respecto los que hicieron “saltar el resorte” de un tema que, conmigo, tiene ya una larga historia

 

This article is also available in English in my Medium page, “Digital textbooks? Don’t follow that path!

Las corporate news no son news… pero no quiere decir que no debamos hacerlas

Escrito a las 2:54 pm
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News

Un largo artículo en Financial Times, titulado The invasion of corporate news, advierte sobre la pujanza de fenómeno de empresas y corporaciones que generan sus propias noticias corporativas y las publican de manera autónoma, saltándose a los periódicos y medios tradicionales para hacer llegar su mensaje al público. Sin duda, un signo de nuestros tiempos: el descenso progresivo de las barreras de entrada a la publicación ha llevado a que un periodista pueda pensar finalmente en el mundo de la empresa ya no necesariamente como un “pasarse al lado oscuro” desde el que bombardear a sus ex-compañeros con notas de prensa, sino como un lugar en donde desarrollar una carrera profesional completa produciendo información.

El llamado brand journalism o corporate news genera un problema: que de verdad alguien sean tan ingenuo como para de alguna manera considerarlo journalism o news. Ni lo es, ni pretende serlo. Hablamos de un género destinado a comunicar cosas que interesan a una empresa mediante una narrativa que por un lado las convierta en atractivas y dignas de interés, y por otro las rodee de un contexto razonablemente afín. Eso es todo. Si alguien espera utilizar las corporate news para informarse objetivamente acerca de algo, obtendrá obviamente la visión editorializada que le interesa a la corporation que está detrás de esas news, y si no lo entiende así, es que tiene un problema serio.

¿Quiere decir eso que las corporate news sean, esencialmente, una especie de “género menor” del periodismo? No, en absoluto. Crear narrativa que genere valor a una serie de lectores y contribuya a la imagen de una compañía es un trabajo perfectamente digno, que se puede hacer extraordinariamente bien, y que puede llegar a aportar mucho. Es cada vez más una tarea a la que las empresas deben prestar atención, que se aleja del estilo de la apolillada y caduca “nota de prensa”, y que decididamente se ha convertido en la tendencia más clara dentro del mundo de la comunicación corporativa. Hoy, las empresas no pueden limitarse a producir información y tratar desesperadamente de “colocarla” en forma de citas más o menos diluidas en rincones de los medios tradicionales, sino que deben aspirar a convertirse en destino, en punto al que los usuarios quieran ir directamente para exponerse a esa información. La cuestión es tan clara como esto: una empresa tiene que aspirar a ser el mejor interlocutor, el más autorizado, a la hora de informar sobre sus productos. La empresa más creíble no es la que se dedica al panegírico mentiroso e injustificable para todo aquel que ponga en su lectura un mínimo nivel de atención (y una capacidad de proceso superior a media neurona), sino la que de verdad intenta que sus productos sean percibidos en virtud de los atributos que los hacen atractivos. Si además son capaces de aportar valor de otras maneras que resulten coherentes con sus valores, mejor aún.

Así, una empresa de supermercados puede editar una revista en la que informe de un montón de cosas que interesan a sus clientes, y que además, sirva como forma de dotar a su marca de cercanía, de percepción de valor, de afinidad. Una imagen que la convierta en una primera opción evocada en un mercado caracterizado habitualmente por un nivel de diferenciación escaso. El camino hacia ser la primera marca evocada cuando se piensa en una categoría genérica de producto está cada día más alfombrado con páginas de corporate news. Si pretendes que las corporate news que produce tu compañía sean de verdad las únicas news en las que alguien aspire a informarse, tienes un problema: te crees el ombligo del mundo. Pero sí puedes – y debes – intentar convertirte en la mejor fuente – y la más atractiva – para que se informe sobre ti mismo y tus productos.

 

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Reflexionando sobre la movilidad

Escrito a las 8:06 am
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¿Versión para móviles? - Expansión (pdf)Mi columna de Expansión de esta semana plantea una reflexión sobre el fenómeno de la movilidad, al hilo de las cifras que demuestran su fortísima expansión como fenómeno, su indudable carácter sustitutivo sobre el uso del ordenador, y el hecho de que lo que en países desarrollados vemos como un desplazamiento del consumo, se vea en los países en vías de desarrollo como una gran oportunidad de integrar a los ciudadanos en una sociedad de la información que antes precisaba la superación de barreras de entrada mucho más elevadas.

A medida que vemos elevarse el porcentaje de accesos desde plataformas móviles en nuestras páginas web, tendemos a pensar en el desarrollo de una versión móvil para las mismas, sin darnos cuenta de que, en realidad, ese razonamiento esconde un fallo conceptual: hacer “una versión” supone precisamente eso, “versionar”, “adaptar”, “hacer encajar” en un dispositivo con las características de un smartphone algo que, originalmente, diseñamos para ser visto en la pantalla de un ordenador. Lo que vengo a argumentar en mi columna es que, en realidad, la pujanza del fenómeno ya no permite esa mentalidad de “adaptación”, sino que pide a gritos una reconceptualización desde su base.

Un replanteamiento que no solo tiene que tener en cuenta aspectos como el puramente cuantitativo de “ahora entran muchas visitas desde plataformas móviles”, sino que tengan en cuenta también las tendencias más recientes: ahora ya sabemos que un buen número de los accesos a nuestras páginas se van a producir ya no desde smartphones, sino desde auténticos “monstruos de bolsillo” con pantallas de 5.5″ o más, algo que sin duda tendrá que afectar a las posibilidades que podemos plantear en ellas. Si piensas que la adaptación es simplemente hacer una columna más ancha o más estrecha, cambiar el tamaño de letra y, tal vez, prescindir o reubicar algún faldón lateral, creo que te equivocas. Los cambios van a ser bastante más profundos.

En lugar de adaptar para un soporte lo que se hizo originalmente pensando en otro, tenemos que pensar desde el origen en ese segundo soporte que ya se ha hecho más importante que el primero. Repensar todos los aspectos de nuestras páginas web, desde su función hasta su operativa, para un uso mayoritario a través de smartphones. No como “versión”, sino en origen. Rediseñar el concepto, la usabilidad, la interfaz, los procesos… todo. Y posiblemente, a partir de ese primer desarrollo, “adaptarlo” a unos ordenadores de uso más minoritario. Esa mentalidad mobile-first o incluso mobile-only, por el momento, la he visto en muy pocas compañías (con la salvedad, lógicamente, de aquellas dedicadas a ese soporte de manera especifica). Y en algunos casos, como las compañías de contenidos o las que basan o apoyan su modelo en la publicidad, hay muchísimo que decir en el modo en que están planteando ese paso: sería conveniente intentar no repetir en las plataformas móviles muchos de los errores que se cometieron (y ahora, con perspectiva, sabemos perfectamente que lo fueron) en la pantalla del ordenador.

La transición del ordenador al smartphone tiene muchas connotaciones importantes. Y sin duda, no todas ellas necesariamente positivas, un tema que ya no pude cubrir en la columna por falta de espacio, pero al que volveré en breve. En cualquier caso, positivas o no, el fenómeno está ahí, y toca adaptarse a él…

A continuación, el texto completo de la columna:

 

¿Versión para móviles?

Los datos son claros: los dispositivos móviles están tomando el mundo por asalto. Con tasas de adopción sin precedentes, los smartphones son ya la primera plataforma de consumo de contenidos, la ventana principal por la que muchos usuarios se asoman al mundo. En países desarrollados, sí, pero más aún en economías en vías de desarrollo, que aprovechan las menores barreras de entrada de estos dispositivos frente al ordenador convencional.

Hoy, pensar en los terminales móviles como “aparatos para hablar por teléfono” es característico del “hombre desactualizado”. Para los medios, una situación desesperada: aún no han resuelto bien cómo financiarse cuando sus usuarios los leen desde la pantalla de un ordenador, y ahora llega una pantalla diferente y más pequeña donde ese tema está, si cabe, menos resuelto aún, y donde los grados de libertad son todavía menores.

¿Nos está diciendo el avance imparable del smartphone que debemos afanarnos por ofrecer una versión móvil de nuestra web? No, esa aproximación ya es obsoleta. Lo que nos dice, a la vista de los porcentajes de crecimiento, es que tenemos que pasar a diseñar primero para el móvil, repensar y rediseñar la forma y las metáforas en que los usuarios quieren nuestro contenido en esos dispositivos, y ya, en segunda instancia, adaptar esos contenidos a la pantalla del ordenador. No es “tener una versión móvil del contenido que diseñaste para la pantalla del ordenador”, sino lo contrario.

Con la publicidad pasa exactamente lo mismo: repetir los errores cometidos en la web, con formatos molestos e intrusivos que los usuarios terminan por bloquear, no será sostenible. Hay que hacerlo mejor. La usabilidad y el diseño de interfaz son la nueva frontera. ¿Estás preparado?

 

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La creciente batalla de la privacidad

Escrito a las 10:19 am
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IMAGE: Tatiana Popova - 123RFSi algo dejó claro el lanzamiento de Apple Pay el pasado día 9 fue que la compañía estaba dispuesta a atacar la línea de flotación del que claramente considera su más directo competidor, Google, con declaraciones de Tim Cook tan claras y categóricas como “nuestro negocio no se basa en tener información sobre ti. Tú no eres nuestro producto”.

Hoy, el propio Tim Cook ha publicado una carta reforzando aún más si cabe ese mensaje, y marcando las diferencias con otros. Apple se define en ese sentido como una empresa cuyo modelo de negocio es vender productos, no obtener perfiles de usuarios para vender a ningún anunciante, ni monetizar la información que el usuario deposita en sus sistemas. Sí, tienen un pequeño negocio de publicidad, iAd, pero mantiene la misma política de privacidad: no se apoya en la información que el cliente deposita en los servicios de Apple, y permite el opt-out.

La compañía pretende, con esto, marcar de manera clara las diferencias: en un lado, ellos. Una empresa que cree y defiende la privacidad, que opina sin rodeos que el gobierno norteamericano lo ha hecho muy mal en ese sentido, y que afirma no solo que jamás permitiría un acceso a sus datos por parte de ese gobierno, sino que hay incluso productos como iMessage que hacen imposible suministrar información a nadie, sean cuales sean las condiciones en las que la pidan: están cifrados, y la compañía no tiene la clave.

En el otro lado, según Apple, está Google. Una empresa cuyo negocio consiste en ofrecerte productos gratuitos, con el fin de poder construir perfiles detallados del uso que haces de ellos, y ofrecer a los anunciantes – ojo con este matiz – NO el acceso a los datos de esos perfiles, sino la posibilidad de exponer sus mensajes ante ellos. Los datos no salen del control de Google, no son vendidos ni cedidos al anunciante, y son parte de un acuerdo claramente establecido entre la compañía y el usuario: dame productos gratis, y a cambio, vende publicidad segmentada para mí de la mejor manera posible. Es más, cuanto más certero sea tu francotirador, mejor será mi experiencia de cliente.

Según la compañía, las condiciones están muy claras: si el gobierno solicita información, la entregan cuando lo consideran justificado o cuando es exigida judicialmente. Y si detectan un uso claramente relacionado con algunos delitos como la pornografía infantil cuando recolectan información de uso, son ellos los que llaman a la policía.

Plantear un enfoque maniqueo de estos dos modelos es puramente simplista. El primero, el que Apple defiende, es el negocio tradicional: fabrico productos, te los vendo, e intento convencerte para que me compres más en virtud de sus características, calidad, marketing, etc. El segundo no existió realmente hasta que la tecnología lo convirtió en posible, pero resulta perfectamente defendible siempre y cuando sus términos estén claros y sea ejecutado con total transparencia hacia el usuario. Si el usuario sabe, entiende y acepta esas condiciones, y éstas no infringen otras leyes vigentes, no tiene por qué haber ningún problema. El problema surgirá si las condiciones no están claramente establecidas, si la compañía infringe los términos de servicio, o si gestiona esa información de una manera poco responsable o poco profesional.

En el continuo que Apple pretende marcar y que tiene como extremos a ella misma y a Google, existen una amplísima variedad de compañías, muchas de ellas analizando datos con procedimientos similares, y no todas igual de claras y transparentes en sus condiciones. Eso sí, según Apple, “no son su competencia, porque ellos no tienen planes de entrar en el área de las redes sociales“.

El frente de batalla, además, está desplazándose con el tiempo. Las revelaciones de Edward Snowden, que incluían actividades de espionaje a la propia Google y a otras empresas, y el clima generalizado de sospecha que generó la actividad de una hipertrofiada NSA, hicieron creer en su momento que se desarrollaría una hipersensibilidad ante la privacidad, que el ciudadano reclamaría con un celo muy superior el control sobre sus datos. Sin embargo, las tornas parecen estar cambiando: la coyuntura internacional en Oriente Medio, y la creciente amenaza del islamismo radical han vuelto a traer el miedo a la población, y parecemos estar ya inmersos en una auténtica “era post-Snowden”, en la que ya más norteamericanos reclaman medidas de protección más eficientes que los que opinan que han ido demasiado lejos en la restricción de las libertades civiles. El concepto, por supuesto, sigue siendo un error: el miedo enturbia el razonamiento, y lleva a olvidar que, en realidad, la vigilancia de la población no lleva a una reducción de las amenazas, y sí posibilita efectos mucho más perversos. Y desgraciadamente, la simpleza en la interpretación de estos planteamientos es uno de los factores que más puede contribuir al modelo de sociedad en el que vivamos en el futuro.

La batalla de la privacidad entre Apple y Google oculta, en realidad, una realidad social evidente: la mayoría de los ciudadanos siguen manifestando, muchos años después de la fundación de empresas como Google, un absoluto desconocimiento de los modelos de negocio de este tipo de compañías, del negocio de los datos en general, y de la manera en que se desarrolla. La contraposición de Apple al modelo de Google es tan simplista como interesada: que Apple no quiera presuntamente desarrollar ese negocio no implica que quien lo haga sea necesariamente perverso, o que se dedique al “espionaje”. No son pocos los que opinan que un trato de “productos por información” no tiene por qué ser necesariamente malo, si se ejecuta con los términos claros y las garantías adecuadas. En el seno de esta batalla, lo mejor que puede ocurrir es que, como sociedad, se lleva a cabo un proceso de reflexión colectiva de lo que supone la privacidad, de lo que realmente vendemos cuando aceptamos determinadas condiciones, y de hasta qué punto lo que resulta importante de verdad es la transparencia y la claridad.

 

This article is also available in English in my Medium page, “What exactly does privacy mean nowadays?

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