El Blog de Enrique Dans

Google, la salud y los conejillos de Indias

Escrito a las 5:16 pm
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IMAGE: Vasily Kovalev - 123RFUn interesante intercambio de artículos en Re/Code entre James Temple y Dan Munro, el primero a favor y el segundo en contra de prestarse a participar como voluntarios en un ambicioso estudio sobre salud desarrollado por Google, revela muchas de las esperanzas y preocupaciones que la intersección entre tecnología y salud nos va a poner encima de la mesa en un futuro muy próximo… o que nos está poniendo ya.

El estudio, que forma parte de los proyectos lanzados desde la iniciativa Google X (junto con proyectos como el coche que conduce solo, las lentillas que controlan la glucemia, una red neuronal para visión computerizada y reconocimiento del habla, el acceso a internet desde globos, Google Glass o la web de las cosas, junto con la adquisición de Makani Power para el desarrollo de la energía eólica) pretende establecer una linea base para determinar y definir las variables que caracterizan a una persona sana. Para ello, solicitan 175 voluntarios en los Estados Unidos que se ampliarán hacia el final del año a unos cuatrocientos, conforme a una muestra proporcional de edades, grupos raciales, hábitos y áreas geográficas, con el fin de someterlos a pruebas diagnósticas que incluyen análisis de sangre, orina, y genético (secuenciación completa, no únicamente detección de marcadores al estilo 23andMe). El análisis se prolongará durante diez años, o posiblemente más.

La idea es determinar la línea basal de parámetros que definen a una persona sana, para así poder trabajar en la detección temprana de múltiples enfermedades. En principio, un fin loable, uno de esos grandes proyectos motivadores, con capacidad para cambiar el futuro de muchas personas, y algo en lo que, de entrada, pocos podrían tener reticencias a colaborar. Los argumentos del primero de los artículos siguen precisamente esa línea: un gran proyecto, enormemente inspirador, susceptible de convertirse una gran contribución a la historia y al bienestar humano, con razonables garantías de anonimato y privacidad, y desarrollado de manera transparente.

Los argumentos de la otra parte son obviamente, muy diferentes: en primer lugar, la Genetic Information Non-discrimination Act (GINA) es un paquete legislativo aprobado en 2008 que intenta proteger a los individuos de la discriminación a la que podrían ser sometidos en función de su información genética, pero tiene numerosos agujeros, entre otros el no cubrir casos relacionados con seguros de vida, salud o automóvil, o a compañías con menos de quince empleados. La transparencia del proyecto, una vez digitalizados los datos, podría convertirse en un riesgo para los implicados si su información llega a circular públicamente. ¿Y en manos de quién está? Google puede ser razonablemente responsable, pero no deja de ser la compañía veleidosa cuyos intereses fluctúan y varían de manera constante, la que cancela proyectos cuando nadie lo espera o se lo explica, la que en el mundo de la salud tomó la decisión de eliminar Google Health, o la que perdió un litigio con la administración norteamericana por beneficiarse de la venta de productos farmacéuticos con escasas o nulas garantías utilizando su plataforma. Según Munro, la administración de salud en los Estados Unidos tiene muchos problemas, pero la solución a los mismos es difícil que se encuentre en una compañía que define como poco confiable, lanzada a emprender proyectos con cierto aspecto de promoción del ego corporativo, y que los formula además de manera muy ambigua y a largo plazo.

A pesar de los problemas expuestos por Munro, tengo muy claro que Google no va a tener ningún tipo de problema a la hora de obtener los 175 ó 400 voluntarios sanos que solicita. Pero eso no es prueba de nada: se enfrentan el deseo de contribuir a la mejora de la salud, el altruismo, el ego o la curiosidad, con factores como el análisis racional del riesgo o la posibilidad de verse discriminado a la hora de pretender acceder a determinados servicios. Un tema indudablemente complejo. En España, país líder en cuestiones como la donación de sangre o de órganos, estoy seguro de que ocurriría algo similar: no faltarían los voluntarios. Pero ¿cuál es tu visión al respecto? ¿Participarías como “cobaya” voluntario en un estudio de salud como el promovido por Google?

 

This article is also available in English in my Medium page, “Who wants to be a Google guinea pig?

Airbnb y Uber: hablando de negocios

Escrito a las 4:48 pm
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Uber and AirbnbLas dos empresas que muchos consideran los exponentes más claros de la llamada “economía colaborativa” han elegido la misma semana para presentar el desarrollo de líneas de producto pensadas específicamente para los viajeros de negocios: tanto en el caso de Airbnb como en el de Uber, el nuevo enfoque puede suponer un salto muy importante en su volumen de actividad, y también una manera clara de corroborar lo que muchos veníamos comentando: que en ningún caso hablamos de competidores que entren por el segmento bajo, con precios, calidad o prestaciones menores que las opciones tradicionales, sino de servicios que tratan de posicionarse por arriba, por el segmento alto, en donde suele situarse la demanda tradicional de servicios de transporte o alojamiento que responden a las necesidades del viajero de negocios.

Con el fin de posicionarse como una opción interesante para este segmento, ambas aplicaciones han desarrollado alianzas con Concur, una plataforma de control y reporte de gastos de viaje utilizada por más de veinticinco millones de usuarios en todo el mundo pertenecientes, entre otras, a más de setenta compañías del Fortune 100. En el caso de Uber, la compañía ha desarrollado una opción para que las compañías usuarias inviten a los trabajadores que deseen, y estos puedan, en cada viaje, decidir si desean cargarlo a su cuenta personal o a la de su empresa, con una consola que permite a la compañía llevar un control de esos gastos. Por su parte, Airbnb ha creado una página especializada para viajes de negocios, en la que se agrupan propiedades completas (no compartidas), con una serie de requisitos que la compañía especifica, con disponibilidad para su alquiler inmediato, y provistas de WiFi. Además, la compañía ha anunciado acuerdos con los ayuntamientos de Portland y San Francisco para ofrecer programas organizados de respuesta a posibles catástrofes que requieran acomodar a damnificados.

El movimiento hacia el segmento del viaje de negocios tiene toda la lógica del mundo si lo analizamos en función de las necesidades específicas de este colectivo: desplazamientos más previsibles y pre-concertados, que permiten la solicitud y el seguimiento mediante una app en un smartphone, que incorporan el medio de pago y facilitan el reporting, y con una capilaridad a la hora de ofrecer diferentes localizaciones que ninguna cadena de hoteles sería capaz de ofrecer. Para una compañía, hablamos del tipo de acuerdos que muchas veces plantean con una cadena de hoteles o con una empresa de taxis, pero dotada de una oferta y una flexibilidad mucho mayores, y con un alcance prácticamente mundial.

En ambos casos, hablamos de servicios que ya estaban, en muchos casos, siendo utilizados para viajes de negocios, de manera que la idea es, simplemente, facilitar las cosas, retirar fricción del proceso, incorporar una trazabilidad intrínseca al negocio electrónico, y promover la demanda cruzada: si pruebas Uber o Airbnb en un viaje corporativo, es muy posible que a partir de ahí lo sigas utilizando también en tus viajes particulares. Por otro lado, plantearse este tipo de mercado, habitualmente selectivo, permite posicionar y consolidar una imagen de calidad de servicio que puede actuar como incentivo para usuarios en otro tipo de viajes. Para muchos, una disrupción deja de ser una disrupción y pasa a ser considerada “business as usual” precisamente cuando se produce la adopción por parte del mercado corporativo.

En realidad, la imagen de economía sumergida, prestadores de servicio poco aseados o sin garantías, propiedades de bajo nivel o enfocadas al “turismo mochilero”, etc. solo existen en la mentalidad calenturienta de quienes desean proteger los privilegios y el control de la oferta que poseían los competidores tradicionales en esas industrias. El problema, claro, es que legislar en favor de los taxistas o en favor de los hoteles para tratar de evitar la competencia de Uber o de Airbnb supone tratar de retirar opciones del mercado y, por tanto, establecer barreras de entrada artificiales, o lo que es lo mismo, tomar una actitud contraria a los intereses de los usuarios. Ese es el balance sobre el que las administraciones públicas y los legisladores van a tener que decidir: a partir del momento en que la tecnología ofrece soluciones para un mejor ajuste entre oferta y demanda, y las barreras de entrada que existían anteriormente se convierten en anacrónicas, todo lo que no sea exigir unos controles razonables se convierte en una lucha contra natura, y en una actitud que los usuarios terminarán por reprochar.

Mientras algunos competidores tradicionales adoptan técnicas puramente mafiosas y se convierten en cada vez menos amigables para la comunidad empresarial, el salto al mercado corporativo de estas dos compañías va a otorgar una muy importante carta de naturaleza a la economía colaborativa, acelerando seguramente la adopción, y poniendo a prueba una de las principales hipótesis detrás de la misma: que una mayor abundancia de oferta más diversa puede cubrir mucho mejor el área que se forma debajo de la curva de la oferta y la demanda, dando lugar a una flexibilidad capaz de adaptarse a todos lo segmentos. Decididamente, ni “economía sumergida”, ni el tipo de público “poco exigente” o “barato” en el que muchos creían que estas compañías se iban a enfocar.

 

This article is also available in English in my Medium page, “Airbnb and Uber: let’s talk business (travelers)

Redefiniendo la privacidad en la era post-Snowden: el difícil caso de Facebook

Escrito a las 4:09 pm
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IMAGE: Aliaksandr Vlasik - 123RFUna reciente sesión con inversores de Mark Zuckerberg permite apreciar hasta qué punto las ideas del fundador de Facebook acerca de la privacidad están evolucionando. Obviamente, la red social sigue sin ser un sitio donde la privacidad realmente exista como tal: hablamos de una red originalmente diseñada en un campus universitario, que no suele ser ningún paradigma de la privacidad, que tiende a ganar más dinero cuantas más cosas compartimos en ella con más personas, lo que la convierte en parte interesada.

Pero en los últimos meses, a medida que la empresa planteaba intentos de adquisición de herramientas como Snapchat o presenciábamos el ascenso de Secret, hemos podido ver algunos detalles. El pasado febrero, la compañía llevó a cabo su adquisición más importante, WhatsApp, una herramienta de mensajería privada. Una herramienta desgraciadamente muy mala en cuanto a privacidad, pero con cuya adquisición trata de asegurar que aquellos usuarios que prefieran la mensajería privada para determinados tipos de comunicación se queden dentro de la compañía, y no opten por irse a otro sitio.

La posibilidad de login anónimo, el desarrollo de un pequeño dinosaurio que intenta evitar que compartas más de la cuenta o el reciente cambio del parámetro de compartición por defecto para nuevas cuentas de “Público” a “Amigos” son claros síntomas de que el enfoque de la privacidad en Facebook está empezando a cambiar: desde sus inicios, cuando la compañía directamente no mencionaba el término “privacidad” o consideraba que, siguiendo lo expuesto por Vint Cerf, el concepto correspondía a una “anomalía histórica” que estaba dejando de ser una demanda social, hasta el momento actual, todo indica una cierta reconsideración y replanteamiento.

Por un lado, la evidencia mostrada por las encuestas y estudios que viene a demostrar que aquellas ideas acerca de una generación que no valoraba la privacidad eran falsas: los jóvenes sí se preocupan por lo que comparten, y sí reflexionan sobre ello, aunque puedan plantearse usarla como moneda de cambio en determinadas situaciones. El fuerte ascenso de aplicaciones como Snapchat, considerada por Mark Zuckerberg como un “súper-interesante fenómeno en torno a la privacidad” y que sin duda tuvo que ver en su interés por adquirirla en su momento, ha servido también a modo de evidencia de una cuestión clara: si Facebook no podía ser considerado un lugar con una expectativa razonable de privacidad a la hora de compartir determinadas cosas, corría el riesgo de ser abandonado. Si añadimos fenómenos como las quejas de la hermana de Mark, Randy Zuckerberg, al demostrarse que ni ella misma era capaz de entender las políticas de privacidad de la red social, o el desarrollo de una base de datos completa con toda la información pública del propio Mark en un formato indexado que permite su búsqueda, la consecuencia es clara: el fundador de Facebook está empezando a darse cuenta de que la privacidad es un fenómeno bastante más complejo de lo que inicialmente pensaba, y su gestión puede llegar a ser un verdadero problema para la compañía. Guste o no a Mark Zuckerberg, el concepto de privacidad está cambiando en la era Facebook.

Una de las razones evidentes para ese cambio proviene, sin duda, de las revelaciones de Edward Snowden acerca del nivel de espionaje y control que los gobiernos llevan a cabo sobre sus ciudadanos. Ante la evidencia de que en una situación así, toda expectativa de privacidad había desaparecido, los usuarios no se han limitado a resignarse ni han aceptado – salvo los más dóciles o los más incultos - que “el mundo era mejor así porque así se eliminaría la amenaza terrorista“… lo que una cantidad cada vez mayor de usuarios hemos hecho es recurrir a herramientas cada vez más sofisticadas para recuperar nuestra privacidad. El uso de bloqueadores de publicidad o de control del tracking en la web está creciendo de manera cada vez más visibleAbine, AdBlockAdBlockPlus, CollusionDisconnectGhosteryPrivowny o PrivacyScore son herramientas cuyo uso está pasando de ser una “rareza” o algo solo típico de usuarios con cierto “nivel cultural” en temas de privacidad, a generalizarse cada vez más.

Las medidas de Facebook, en cualquier caso, aluden por el momento tan solo a una sola vertiente de la privacidad: la expectativa de la misma que sus usuarios esperan obtener con respecto a otros usuarios de la plataforma. Otra vertiente igualmente importante, a la que por ahora no se hace mención, es la expectativa de privacidad con respecto a la propia Facebook: herramientas que permitan guardar o comunicar cosas de manera cifrada, sin que la propia red sea capaz de descifrarlas, en modo realmente privado. Sucesivos episodios de cambios de las opciones de privacidad por defecto, escándalos de publicidad mal entendida y políticas aparentemente erráticas y siempre en un mismo sentido han llevado a los usuarios a asociar de forma muy directa a Facebook con la ausencia total de privacidad. Cambiar la imagen de la red social para que pueda llegar a ser percibida en algún momento como una plataforma que da más control al usuario, que le avisa de posibles errores o, de alguna manera, como una herramienta respetuosa con la privacidad puede ser, después de tanto tiempo caminando en sentido contrario, una tarea imposible.

 

(This article is also available in English in my Medium page, “The Facebook experience: what does privacy mean in the post-Snowden era?“)

Reflexionando sobre la seguridad

Escrito a las 1:07 pm
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IMAGE: Sergey Ilin - 123RFLa seguridad es un tema sumamente espinoso: a medida que la tecnología abre nuevos escenarios, es habitual que su uso genere nuevas posibilidades no solo a aquellos que pretenden utilizarlos de manera lícita, sino también a aquellos que buscan explotarlos de forma ilícita.

Esto, sin duda, da origen a situaciones de índole muy contradictoria: por un lado, los usos ilícitos se comportan, en muchos sentidos, como los emprendedores: buscan nuevas áreas que colonizar y gracias a las cuales ser capaces de generar recursos. Por otro, a medida que esas áreas son explotadas, se buscan formas de evitar esos usos ilícitos, y en ese proceso continuo se genera un indudable progreso tecnológico. La ética hacker, aquellos que buscan y evidencian fallos de seguridad para notificarlos o hacerlos públicos tras haber dado un periodo prudencial para su resolución, contribuye notablemente al desarrollo de la ciencia: castigar a quien consigue vulnerar un sistema de seguridad o un cifrado supone un absurdo conceptual en sí mismo, porque gracias a su hazaña, se obtiene una mejora objetiva del sistema.

En este sentido, me gusta plantear el contrasentido que supone la mentalidad retrógrada de quienes achacan sus problemas de seguridad al desarrollo tecnológico. Cada tecnología tiene sus problemas de seguridad, y estos, en muchos casos, son obviados de manera patente. Acabo de cambiar la cerradura de mi casa, y lo primero que me ha comentado el cerrajero es que dentro de lo razonable, podía invertir lo que me diese la gana en un sistema sofisticado, que me garantizaba que se podía abrir sin necesidad de llamar demasiado la atención.

La mentalidad, en la mayoría de los casos, sugiere aquello de ponerse las zapatillas de correr cuando tú y tu amigo sois perseguidos por un león: no, no vas a conseguir correr más que un león… pero sí es posible que gracias a las zapatillas, consigas correr más que tu amigo. Si mi casa tiene sistemas de seguridad razonablemente superiores a los de mi vecino, es posible que el ladrón se incline por robar en su casa y no en la mía (principio insolidario donde los haya, y que llevaría además a una muy insana competencia) salvo que el ladrón sospeche que mi inversión en seguridad adicional está motivada por la posesión de bienes especialmente valiosos.

En el mundo físico, las observación pragmática de las paradojas de la seguridad no dejan de sorprenderme: hace unos días, tuve que recorrer varias decenas de kilómetros y perder un par de horas de trabajo para ir a firmar un documento a un sitio. ¿Firmar un documento? ¿Que seguridad real puede proporcionar el uso de una firma, perfectamente copiable por cualquiera con un mínimo de dedicación y destreza, como sistema de autenticación de un documento?

Un artículo en Wired, The app I used to break into my neighbor’s home, habla de toda una nueva generación de aplicaciones, como KeyMe, KeysDuplicated o Keysave, que permiten tomar fotografías de una llave, supuestamente en determinadas condiciones, archivarlas en la base de datos de la aplicación, y solicitar copias cuando sea necesario, en algunos casos con la conveniencia añadida de puntos de venta automatizados en determinados sitios en los que hacer la copia. Usando una de esas apps, el redactor del artículo consiguió, después de tener acceso durante unos instantes a las llaves de su vecino, entrar en su casa un tiempo después – en este caso, avisándole previamente de sus intenciones.

Las llaves, como tal, son un sistema de seguridad profundamente trasnochado. Cada vez que usamos un servicio de aparcacoches en cualquier restaurante, renunciamos completamente a la seguridad, sin más recurso que la confianza en la persona a la que confiamos tanto la llave de nuestro automóvil, como el acceso a la documentación que todos guardamos en el interior del vehículo y en la que se puede ver fácilmente la dirección de nuestra casa o incluso acceder a la tarjeta con la que se pueden solicitar duplicados de la llave.

En la red, por ser un entorno más reciente en el que los protocolos de seguridad no se encuentran siquiera completamente definidos, la sensación de inseguridad es mayor. ¿Pero es realmente así, o se trata simplemente de una percepción? En el fondo, una de las características de la red es que todo lo que hacemos queda recogido en algún fichero log, lo que posibilita que, en muchos casos, la trazabilidad sea mayor que en el mundo físico. Por supuesto, hay otros factores: el acceso prácticamente universal desde cualquier sitio añade dificultades de cara a la eventual persecución del delito, como lo hace también el hecho de que exista todo un mercado descentralizado y fácilmente accesible para la información robada. Por otro lado, la rápida evolución de la tecnología permite la aparición de nuevos recursos y, con ellos, también de nuevas vulnerabilidades.

Uniendo todos los factores, mi impresión es que mientras en el mundo físico hemos pasado a asumir ciertos riesgos con casi total naturalidad, en la red no lo hemos hecho aún. Lo que en el mundo físico está protocolizado por los agentes de la ley y las compañías de seguros, en la red se encuentra aún bastante menos consolidado. Por supuesto, se trata de un problema sin solución: del mismo modo que en el mundo físico no existe ni existirá nunca un sistema completamente inviolable, en la red tampoco, y se trata simplemente de intentar minimizar los riesgos razonables. Una llave o una firma en un papel no otorgan seguridad, como tampoco lo hace una contraseña, o incluso un sistema biométrico si conseguimos acceder a la información que transmite (con el problema extra de que no podemos cambiarlo tras su intercepción). La semana pasada pregunté en clase el nivel de seguridad que mis alumnos aplicaban a sus contraseñas, y a pesar de tener frente a mí una muestra sesgada de alumnos claramente más evolucionados desde el punto de vista tecnológico que la media de la población, únicamente cuatro de ellos utilizaban algún tipo de password manager, como LastPass y similares, y varios de ellos confesaron emplear “la misma contraseña para todo”, aunque esta pudiese haber sido afectada por problemas de seguridad en sitios en los que la habían usado previamente.

La seguridad, por tanto, no es un problema tecnológico, sino de la condición humana, y cada escenario tecnológico tiene sus amenazas derivadas de ello. Que leamos más frecuentemente sobre problemas de seguridad en la red más que sobre esos mismos problemas en el mundo físico deriva, simplemente, de lo que es todavía noticia frente a lo que no lo es ya por mera reiteración.

 

(This article is also available in English in my Medium page, “Some thoughts on security“)

La extraña evolución de Foursquare

Escrito a las 2:14 pm
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Foursquare evolutionEn uno de los análisis de mi clase de ayer en el International MBA de IE Business School hablamos sobre la extraña evolución de Foursquare, y de lo complicado que puede resultar en ocasiones, dotar de viabilidad económica a ideas aparentemente interesantes en la web.

La historia de Foursquare es de las que merecen ser contadas: un fundador, Dennis Crowley, que en el año 2000 lanza con su cofundador, Alex Rainert, una idea adelantada a su tiempo, Dodgeball, consistente en una aplicación para teléfonos móviles en la que el usuario puede, enviando un mensaje de texto, hacer checkin en los sitios en los que se encuentra, para que la aplicación les notificase acerca de la situación de sus amigos y de otros locales cercanos. Hablamos del 2000, en un mundo sin smartphones, redes sociales ni tiendas de apps, con terminales carentes de GPS que obligaban a introducir la dirección completa en la aplicación, y de información intercambiada a golpe de SMS. Pero a pesar de todas sus limitaciones y de aparecer en el escenario post-apocalíptico de la crisis puntocom, Dodgeball se las arregló para ganar un cierto nivel de seguimiento en veintidós ciudades norteamericanas y para atraer la atención de Google, que terminó por adquirirla en el año 2005.

El interés de Google para la adquisición se centraba en el mapeo de las entonces nacientes redes sociales con el mundo físico y en el desarrollo de las plataformas móviles, pero no con el interés de invertir en la popularización de Dodgeball, sino para aprovechar sus características en otros productos. Consecuentemente, Google arrinconó la naciente compañía en un pasillo remoto en lo que sus fundadores definieron como una experiencia completamente frustrante, y utilizó parte de sus características para construir Google Latitude, que terminó eliminando en el año 2013 para añadirlo como una función en Google+. En 2007, dos años después de la adquisición, Crowley y Rainert abandonaron Google, y el primero, que se benefició de la invalidez de las cláusulas de non-compete en el estado de California, se embarcó con otro cofundador, Naveen Selvadurai, en la clonación de la idea. El resultado, en un mundo post-iPhone en el que los smartphones dotados con GPS y las tiendas de apps eran cada vez más ubicuos, se llamó Foursquare, y fue un éxito en términos de adopción.

Foursquare no logró el éxito económico, pero sí dio mucho que hablar en términos de adopción. En muchos sentidos, la idea era pionera en el concepto de gamificación: los usuarios competían con sus amigos para lograr convertirse en mayors de los sitios, para tratar de obtener más puntos que ellos en el leaderboard, o para obtener badges, insignias que eran concedidas tras superar un reto determinado. La popularidad de Foursquare llevó a la compañía a obtener el mejor mapa colaborativo del mundo en el que se incluían todo tipo de locales, tiendas, bares, restaurantes, etc., en muchos casos con recomendaciones y consejos, con abundantes duplicidades y fallos, pero que iban siendo progresivamente corregidos por los propios dueños o administradores de los sitios. En Nueva York, además, ciudad donde fue fundada Foursquare, abundaban las promociones y descuentos vinculados al uso de la app, lo que se intuía un modelo de negocio interesante, pero que la empresa nunca fue capaz de extender a otros lugares más que de manera limitada.

La popularidad y el planteamiento de Foursquare fue incluso capaz de derrotar al intento que Facebook hizo de desplazarla mediante el lanzamiento de Facebook Places en 2010, cuyo icono era, precisamente, un número 4 metido dentro de un cuadrado (a four, squared), pero que a pesar de contar con una empresa ya global detrás, nunca logró igualarla en términos de atractivo, y terminó por ser cancelado un año después de su lanzamiento.

Foursquare, mientras tanto, seguía su camino: con muchas dificultades para obtener financiación, con un modelo de negocio que no terminaba de funcionar, pero con una API que era utilizada por cada vez más compañías por contar con uno de los mapas más completos y actualizados del mundo. La filosofía de gamificación de la compañía, sin embargo, parecía estar llegando a un límite claro en su validez, con muchos usuarios que empezaban a confesarse aburridos e iban progresivamente relegando su actividad en la aplicación únicamente a ocasiones especiales. Hasta que, tras la enésima consecución de fondos, la empresa sintió la tentación de cambiar: decidió escindir Foursquare en una aplicación de recomendación y otra para la actividad de checkin, que denominó Swarm. El resultado, según los usuarios que conozco y según la mayoría de los analistas, ha sido un horror. La remodelada Foursquare, sin Naveen Selvadurai y con nuevo aspecto y logotipo, se mete de cabeza en un entorno competitivo feroz en el que existen infinidad de aplicaciones consolidadas de todo tipo y en muchos casos con grandes actores detrás, mientras sus usuarios anteriores se frustran por no encontrar el sitio donde hacer sus checkins y, en muchos casos, reaccionan negándose a instalar Swarm o no queriendo traspasar sus hábitos a una app nueva. Las puntuaciones de Swarm en las tiendas de apps son bajísimas, las opiniones son demoledoras, su popularidad es muy escasa, y el resultado final de la escisión parece, a la espera de posibles repuntes, un auténtico desastre. En muy poco tiempo, Foursquare ha conseguido alienar a una porción muy significativa de sus usuarios, ha sido desinstalada de multitud de terminales, ha visto caer sus porcentajes de actividad, y recibe constantes opiniones negativas por parte de los analistas.

¿La moraleja de la historia? Conseguir la popularización de una aplicación es un reto difícil. Si lo has conseguido, ten en cuenta los factores que pueden haber contribuido a ello, y cuídalos especialmente. Por lo que se ve, la combinación de juego y comentarios sobre los sitios era lo que verdaderamente componía la propuesta de valor de Foursquare, y no parece suficiente, una vez escindida, para soportar dos aplicaciones: ni la de recomendación destaca en un entorno en el que hay muchas otras, ni la de juegos se justifica cuando muchos de sus usuarios ya se habían aburrido de ella. Al final, un balance delicadísimo entre el “si no está roto, no lo arregles” y la necesidad de hacer “algo”, “lo que sea” para que tus niveles de uso y tu modelo de negocio cobren algo de sentido. Un balance en el que, por lo que se ve, Foursquare ha fracasado.

 

(This article is also available in English in my Medium page, “Foursquare: a cautionary tale“)

Sin filtro

Escrito a las 8:38 am
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Sin filtro - Expansion (pdf)Mi columna en el diario Expansión de esta semana, última antes del parón vacacional, se titula “Sin filtro” (pdf), y es una reflexión al hilo de las noticias que demuestran que en el Reino Unido, donde el gobierno se empeñó en poner en marcha un filtro de contenidos a nivel nacional obligando a todos los proveedores de acceso del país a implantarlo a sus clientes y a eliminarlo únicamente si dichos clientes lo solicitaban expresamente (opt-out), la inmensa mayoría de los usuarios han decidido no utilizarlo.

La idea de que un gobierno debe “proteger” a sus ciudadanos de los “temibles peligros de la red” es, por un lado, anacrónica, y por otro, profundamente peligrosa. En el caso del Reino Unido, donde el filtro afectaba fundamentalmente a contenidos considerados obscenos o peligrosos, han surgido numerosos casos de errores que censuraban páginas que no tenía ningún sentido censurar – como ya ocurrió anteriormente con un sistema similar en Australia – y de problemas derivados de la arbitrariedad con la que se llevaba a cabo esa función de censura. Al final, para más de un 95% de los ciudadanos, el consenso es claro: prefiero protegerme yo a mí mismo y proteger a mi familia que aceptar un bloqueo impuesto por un gobierno del que no necesariamente me fío, y menos aún en una época en la que ese mismo gobierno me ha demostrado que pretende utilizar la red para espiarme y coartar mis libertades individuales.

La experiencia británica debería servir como indicación para todos aquellos gobiernos que tengan similares aspiraciones paternalistas, una tendencia o inclinación que me consta que abunda entre políticos españoles en el gobierno actual. No, no tienes que “salvar” a tus ciudadanos de los temibles “peligros de la red”. Los ciudadanos son personas adultas, y les gusta tomar decisiones por sí mismos, incluidas aquellas que afectan a la educación de sus hijos. El papel del Estado en ese sentido debe ser otro.

A continuación, el texto completo de la columna:

 

Sin filtro

Desde finales del año 2013, el gobierno británico, con el fin de “proteger” a sus ciudadanos, lleva a cabo un bloqueo de contenidos en los proveedores de acceso del país, que pretende eliminar la obscenidad y la pornografía infantil. Si un usuario no desea que su conexión sea filtrada, debe solicitarlo expresamente mediante un proceso de opt-out.

¿El resultado, tras más de medio año de experiencia? Una abrumadora mayoría de usuarios, más del 90%, optan por eliminar el filtrado de su conexión, por consumir una internet sin filtro. De manera claramente mayoritaria, los ciudadanos prefieren ser ellos los que tomen decisiones de acceso a contenidos, en lugar de que su gobierno decida por ellos.

Los problemas de este tipo de filtros son evidentes: por un lado, se dejan decisiones al arbitrio del gobierno que pertenecen a la libertad individual, y que pocos parecen sentirse cómodos delegando. Por otro, se duda de la eficiencia de esa supuesta “protección”: no solo surgen numerosos casos de errores de bulto que bloquean páginas que no debían haber sido bloqueadas (con todo lo que ello puede conllevar en términos de censura malintencionada), sino que se prefiere optar por procesos de educación progresiva que sometan a los niños no a una supuesta privación total de contenidos ofensivos – que podrían surgir en otro momento en otro ordenador y resultar más novedosos y posiblemente más atractivos – sino por el desarrollo gradual de un sentido común supervisado por los padres.

Internet interpreta todo bloqueo como un error: lo aísla y desarrolla rutas alternativas. En la práctica totalidad de los países del mundo que han bloqueado o filtrado páginas, estas han incrementado su popularidad.

No nos protejan tanto, por favor. Los ciudadanos preferimos una internet sin filtro.

(This article is also available in English in my Medium page, “No filter“) 

Entrevista en Vice sobre el canon de AEDE

Escrito a las 5:07 pm
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Los periódicos podrán cobrarte si cuelgas un link a una de sus webs - VICEJuanjo Villalba me envió algunas preguntas sobre el canon de AEDE para VICE España, y las ha publicado hoy bajo el título “Los periódicos podrán cobrarte si cuelgas un link a una de sus webs“.

En una nota publicada hoy por el ministerio de cultura se viene a decir, reforzando la impresión de que la ley es un soberano desastre en su diseño y concepción, que en ningún caso el canon de AEDE afectará ni a usuarios ni a redes sociales, aunque la redacción de la ley permite que así sea. De nuevo, otro ejemplo de ley mal planteada, peor diseñada, y con efectos colaterales imprevisibles. Es lo que tiene legislar coyunturalmente para pagar favores en lugar de intentar hacer las cosas bien y con sentido común. Es lo que tiene entender la política como la entienden algunos.

¿Lo más importante del desarrollo de todo este triste episodio de la política española? De nuevo, la constatación de que los políticos no sirven a los ciudadanos sino a otros intereses, a los suyos propios y a los del lobby de turno. La enésima evidencia de un modelo político acabado, que pide a gritos un recambio.

Las leyes son como las salchichas: mejor no ver cómo las hacen

Escrito a las 2:11 pm
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IMAGE: Picsfive - 123RF

La frase, original de  John Godfrey Saxe, suele ser con frecuencia atribuida a Otto von Bismarck“las leyes, como las salchichas, dejan de inspirar respeto a medida que sabes cómo están hechas”. Es la segunda vez que uso esta frase para referirme a la política española, la anterior fue al hilo de la ley Sinde… sin duda, las salchichas – o sus parientes, los chorizos – han pasado a ser una evocación perfecta de la política española actual.

La vergonzosa aprobación de la reforma de la ley de propiedad intelectual ayer en una comisión parlamentaria es un episodio más de esos que hacen que los ciudadanos de un país se den perfecta cuenta del desastre de sistema que pretende gobernarlos. No hay más que leer la crónica de periodistas que estuvieron allí para hacerse una idea del desastre que supone el proceso de aprobación exprés en comisión parlamentaria y temporada estival de una ley que “había que pasar sí o sí”, con una comisión cuyos miembros no tenían ni la menor idea de lo que estaban votando y carecían de la más elemental formación o interés en ella.

¿De qué estamos hablando? De una vicepresidenta del gobierno, Soraya Sáenz de Santamaría, que como ya es costumbre en la política española decide introducir a última hora un artículo en una ley, en virtud de un “acuerdo no escrito” al que ha llegado con los editores de los medios impresos más importantes del país, los integrantes de una asociación, AEDE, cuya web no es casual que recuerde aquellas apolilladas páginas de Geocities de finales de los años ’90 plagadas de GIFs animados, en perfecto reflejo de su mentalidad con respecto a internet.

A partir de la introducción de dicho artículo, el mundo se vuelve de color de rosa: aquellos medios que mantenían una actitud de denuncia ante los escándalos de evidente corrupción del gobierno actual cesan en sus esfuerzos periodísticos y, hasta en tres casos, cambian abruptamente de director. En poco más de un mes, Marius Carol sustituye a José Antich en La Vanguardia, Pedro J. Ramírez es defenestrado de forma sumaria y se nombra a Casimiro García-Abadillo en El Mundo, y Antonio Caño sustituye a Javier Moreno en El País.

¿La moneda de cambio? Las pretensiones de AEDE de cobrar una tasa a Google, que por virtud de la ingeniería legal se convierten en un absurdo capaz de condenar a todo aquel que enlace a las noticias de un medio a pagar un canon. Los expertos del gobierno toman el modelo de la ley alemana que fracasó al intentar hacer pagar a Google, y la ajustan para evitar que existan escapatorias: hacen aparecer un “derecho irrenunciable” donde antes no lo había, matando de facto el derecho de cita y obviando que muchos, de forma completamente voluntaria y expresa, renunciamos específicamente a ese derecho con nuestras licencias Creative Commons, y generando un auténtico Frankenstein legal que, lejos de perjudicar a Google, que presumiblemente se limitará a cerrar Google News, se convierte en una condena para todo aquel que desarrolle una actividad de cualquier tipo en la web en España. Empresas que tienen que emigrar para poder mantenerse viables, incertidumbres de todo tipo generadas en torno al canon, y por supuesto, sensación evidente de chalaneo, de negociación turbia, de procedimientos prácticamente mafiosos para pagar favores al lobby de turno.

Al final, esperar al verano para justificar una escasa atención al tema, paso rápido por una comisión parlamentaria que no tiene ni la más remota idea de lo que está votando, y ya está, ley lista para pasar por el Senado, una cámara completamente inútil que cada día tiene más complicado justificar su existencia. Para España, más de lo mismo: una democracia que no lo es, una caricatura llamada partitocracia que hace y deshace a su antojo, que otorga prebendas a quien quiere, y que compra sin el más mínimo sonrojo los favores de la prensa para tapar sus escándalos. Lo que en cualquier país sería un escándalo, en España, tristemente, es “lo normal”.

Pronto en sus pantallas, un hermoso canon para compensar a los medios de AEDE por sus pérdidas en internet, aunque los agregadores y los medios sociales que los enlazaban no fuese responsables de dichas pérdidas sino de justamente lo contrario, de llevarles tráfico, y en realidad, los únicos culpables de sus pérdidas sean ellos mismos y su torcido sentido de la lógica. Ir contra el enlace, contra la misma esencia de internet: un nuevo absurdo de un gobierno cuya gestión ha conllevado sin duda la mayor pérdida de calidad democrática de la reciente historia de España. Recuérdalo cuando te vuelvas a acercar a una urna.

El tráfico social en la web (y el sinsentido del gobierno español)

Escrito a las 3:12 pm
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IMAGE: Arcady31 - 123RFUna noticia en Fast Company que cita un informe de tendencias de Shareaholic demuestra que Facebook sigue siendo, por mucho, la red social que más tráfico origina a los creadores de contenido en la web. Todo indica que los muertos que algunos mataron siguen gozando de muy buena salud.

La fiabilidad del informe es relativa porque se basa en el tráfico de los sitios que utilizan las herramientas de content marketing y publicación de la compañía, lo que en el mundo académico denominaríamos una “muestra de conveniencia” que además se centra en tráfico estadounidense, pero permite capturar tendencias de una manera bastante clara.

En el caso de esta página, con tráfico mayoritariamente español y latinoamericano, el tráfico procedente de redes sociales supone, tomando como muestra los últimos treinta días, un 34% del total. Sobre ese subtotal, Twitter ocupa la primera posición con un 28%, seguido de Facebook con un 21%, Google+ con 15%, Feedly con un 6%, Menéame con un 3%, y otros entre los que se incluyen Pinterest, Flipboard o LinkedIn. Las estadísticas difieren bastante de las recogidas por Shareaholic, pero dejan igualmente clara la importancia del tráfico social, de los sitios en los que yo mismo u otros reseñamos el contenido de esta página para incrementar su visibilidad, su circulación, y las posibilidades de que no sea simplemente visto, sino que se acompañe además de ese valor referencial que todos generamos cuando compartimos, hacemos “me gusta”, retwitteamos, comentamos, etc.

El contenido, en la web, se mueve así. Cuando los usuarios lo distribuyen en otras plataformas, cuando lo convierten en un objeto social. Por eso, el empeño del gobierno español, siguiendo las peticiones de un lobby conformado por un grupo de medios mayoritariamente impresos, de penalizar a los soportes en los que los contenidos se convierten en objetos sociales supone un absurdo conceptual tan grave. A medida que las conversaciones sobre el tema han ido avanzando, he dejado de enlazar a medios pertenecientes a AEDE desde esta página, dejando de generar un tráfico que, aunque obviamente modesto por provenir de una simple página personal, se unirá a muchas otras páginas que sin duda harán lo mismo. Cualquier pretensión de que los medios tradicionales se beneficien en su estrategia en la red con esta medida tiene forzosamente que haber sido diseñada por un idiota o por alguien que desconoce completamente cómo funciona la red.

Pero más allá de lo que supone de contradicción intrínseca, el mayor problema de una legislación como esa no es lo que hace, sino las razones ocultas por las que pretende hacerlo. Un gobierno obsesionado por lo que los medios clásicos dicen de él, pretende ponerlos bajo control entregándoles unos pagos a cambio de su independencia editorial, y pretende también poner coto a lo que se dice en la red, obligando a una especie de auditoría por parte de una sociedad de gestión que se dedicará supuestamente a cobrar un canon en función de los ingresos presuntamente perdidos por los medios. El colmo del sinsentido: compensar a los medios por no ser capaces de hacerlo bien y de generar ingresos en la red. Circulan en contra del tráfico, ven venir a todos en dirección contraria, y se preguntan por qué todos los que vienen de frente están equivocados.

El canon por enlazar va camino de convertirse en uno de los ridículos internacionales más importantes de un gobierno repleto de políticos del siglo pasado completamente incapaces de entender la red. España, como pionera en una norma que va contra la mismísima esencia de internet, contra el enlace. Mientras todos los medios del mundo se afanan porque su contenido se comparta, en España se dedican a pretender imponerle un canon. La estupidez, elevada a su grado más superlativo.

 

(This article is also available in English in my Medium page, “The Spanish government: a red light for social traffic on the internet“)

Amazon y el atractivo de la tarifa plana: Kindle Unlimited

Escrito a las 5:43 pm
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Kindle Unlimited

Amazon anuncia el lanzamiento de Kindle Unlimited, una tarifa plana de $10 al mes a cambio de acceso ilimitado a una biblioteca de más de seiscientos mil libros electrónicos y miles de audiolibros. La idea de la eliminación de restricciones y el acceso ilimitado, puesta en práctica por la empresa que más cambios ha provocado en el panorama editorial y del consumo de libros en los últimos veinte años.

Algunos entusiastas directamente han propuesto que se desmantelen todas las bibliotecas de los Estados Unidos y se entregue a cada norteamericano un Kindle y una suscripción a Kindle Unlimited. Otros, sin embargo, se muestran bastante más cautos, y tratan de plantearse el valor real del servicio planteado como se ha hecho, dependiendo de los hábitos y el consumo de cada usuario. ¿Cuántos libros tienes que leer al mes para que te compense pagar diez dólares en concepto de tarifa plana? ¿Debería contratarlo en función de mi consumo esperado? ¿Podría llegar incluso a provocar un cambio de hábitos de lectura que nos llevase a unas pautas de consumo diferente, como ocurrió con Netflix y el consumo de series, el denominado binge-watching, o visualización de múltiples capítulos seguidos de una misma serie?

¿O más bien debería plantearme que, en realidad, Amazon Kindle Unlimited es poco más que una “tarjeta de biblioteca glorificada“, y que podría ocurrir que muchas de las cosas que intentase leer no estuviesen en ese conjunto aparentemente ilimitado de más de seiscientos mil libros? De entrada, el planteamiento de Amazon tiene un problema: las grandes editoriales como Penguin Random House, HarperCollins, Simon & Schuster, y por supuesto una Hachette en medio de una guerra abierta con el gigante de la red han decidido quedarse fuera del acuerdo en lo referente a sus best-sellers y lanzamientos más recientes, lo que deja fuera una parte importante del catálogo posible, y sobre todo, muchos de los libros que puedes encontrarte sujetos a lo que puedan ser lanzamientos masivos, con impacto en medios. Visto así, y si Amazon no se apresura a llegar a un acuerdo de precios con estas editoriales, la tarifa plana podría ser, para sus usuarios, una fuente constante de frustraciones: “veo tal o cual libro en los medios, oigo comentarios, leo críticas, lo veo en los escaparates de las librerías físicas… pero Amazon no me lo ofrece a pesar de estar pagándole diez dólares al mes por una tarifa plana”. No parece la mejor manera de lanzar nada.

Por el momento, un mes de prueba gratuita para que los usuarios puedan hacerse una idea de si compensa o no pagar por el servicio. A partir de ahi, habrá que ver las tasas de conversión, y hasta qué punto el fenómeno de la lectura puede convertirse en un hábito con una dinámica diferente, sujeto a una reducción de la fricción tan grande, que realmente sea equivalente en todos los sentidos a pagar una suscripción, y cada vez que quieras un libro, simplemente dar un toque con el dedo en la pantalla. En muchos sentidos, ese escenario de reducción drástica de la fricción fue lo que llevó a Jeff Bezos a iniciar su actividad con un producto como el libro: el convencimiento de que el papel era simplemente la manera más eficiente de transmitir información… del siglo pasado, y que pronto se vería sustituido por la pantalla de un dispositivo electrónico. La tarifa plana es el golpe definitivo, el equivalente a lo que en el mundo físico supuso Amazon Prime (con más de veinte millones de clientes), el espaldarazo que el modelo del libro electrónico podría necesitar para su validación completa. Pero como siempre, hay que hacer algo más que anunciar los productos: hay que demostrar a un número elevado de clientes que son lo que realmente necesitan, y que la percepción del valor de su inversión es razonablemente positiva.

Si Amazon consigue un volumen significativo de usuarios dispuestos a pagar diez dólares al mes por una tarifa plana, podrían cambiar muchas cosas en el mundo editorial. Si lo consigue además dejando fuera a las grandes editoriales, podrían cambiar más aún. Pero si esas grandes editoriales demuestran tener aún la sartén por el mango y ser capaces de privar a la oferta de atractivo al mantener lejos de ella sus principales lanzamientos, el efecto podría darse la vuelta, y obligar a Amazon a negociar con ellas en sus términos para evitar así defraudar a los clientes que confiaron en su oferta. Todo un pulso.

 

 

(This article is also available in English in my Medium page, “Kindle Unlimited and the big publishers: who will blink first?)

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