Mi columna de esta semana en Invertia se titula «Europa descubre el botón de apagado» (pdf), y trata sobre cómo Europa ha empezado, por fin, a comprender que su dependencia tecnológica de las grandes compañías estadounidenses no era simplemente una cuestión de comodidad o eficiencia, sino un problema estratégico de primer orden.
El detonante de esa toma de conciencia lo analiza muy bien un reciente artículo en Wired, «The EU Is going through a Trump-fueled breakup with Big Tech«, que explica cómo el retorno de Donald Trump y el uso crecientemente agresivo del poder político estadounidense han acelerado en Europa un debate que llevaba años latente: el de la soberanía digital.
La idea de que un gobierno europeo pueda depender de herramientas, infraestructuras o servicios sometidos a jurisdicciones extranjeras empieza a resultar cada vez más inquietante cuando la política exterior de ese país se vuelve imprevisible, injustificable o abiertamente hostil. La decisión francesa de sustituir progresivamente herramientas como Microsoft Teams, Zoom o Webex por soluciones propias para sus millones de funcionarios no responde únicamente a un impulso proteccionista o nacionalista, sino a la constatación de que la dependencia tecnológica tiene implicaciones geopolíticas muy reales.
El episodio que actuó como catalizador fue especialmente significativo: las sanciones de la administración Trump al fiscal de la Corte Penal Internacional Karim Khan, que provocaron restricciones de acceso a servicios tecnológicos esenciales. De repente, algo que muchos consideraban una discusión académica pasó a verse como una amenaza tangible: si un proveedor extranjero te puede cortar el acceso a herramientas críticas por motivos políticos, entonces la autonomía institucional queda claramente comprometida.
La administración francesa ya habla explícitamente de «reducir dependencias extraeuropeas», y ha pedido a todos sus ministerios planes concretos para abandonar tecnologías estratégicas controladas desde fuera de la Unión Europea, según explica el propio gobierno francés. Y Francia no está sola: el debate se extiende cada vez más por toda Europa, mientras medios como TechCrunch o The Next Web empiezan a tratar estas iniciativas como algo estructural, y no simplemente anecdótico.
El problema, desde mi punto de vista, es que Europa llega muy tarde. Durante décadas ha permitido que prácticamente todas las capas críticas de su ecosistema digital quedasen dominadas por empresas estadounidenses: sistemas operativos, servicios de cloud computing, plataformas de productividad, inteligencia artificial, redes sociales o herramientas de colaboración. Un informe reciente del Parlamento Europeo reconoce precisamente esa vulnerabilidad y plantea la necesidad de desarrollar capacidades propias, interoperables y abiertas.
La Comisión Europea también ha comenzado a mover ficha con iniciativas como el Digital Commons EDIC, orientado a promover infraestructuras digitales abiertas y reutilizables. Pero el desafío es enorme: construir soberanía digital no significa simplemente cambiar una aplicación por otra con bandera europea, sino desarrollar un ecosistema basado en estándares abiertos, interoperabilidad y capacidad real de elección. Porque si la alternativa europea termina siendo simplemente software peor financiado y menos competitivo protegido artificialmente por razones políticas, el remedio podría acabar siendo peor que la enfermedad.
Como advierte un interesante análisis del Atlantic Council, el verdadero riesgo es confundir soberanía con aislamiento. Europa necesita autonomía tecnológica, pero no una especie de «internet nacional» burocrática y cerrada. Necesita capacidad de decisión, no autarquía digital.
En realidad, lo más llamativo es que Donald Trump haya terminado haciendo más por la soberanía digital europea que años enteros de debates regulatorios, informes y declaraciones institucionales. La amenaza política ha convertido una cuestión aparentemente técnica en algo inmediato y perfectamente comprensible: quien controla tu infraestructura digital tiene, potencialmente, capacidad para condicionar tus decisiones. Y eso, para cualquier proyecto político que aspire a tener autonomía real, es sencillamente inaceptable.


Aquí la mejor manera de combatir el monopolio USA en herramientas críticas es el Open Source. Si además buscamos la ayuda-colaboración de China, mejor.
China ya ha hecho el camino, y no hay problemas de espionaje, troyanos y «puertas traseras» si esa colaboración se hace exclusivamente en open source. Por ej: Ali Babá ya tiene soluciones equivalentes a AWS, por lo que una base open source de sus soluciones nos ahorrarían un montón de tiempo y dinero. Y claro los chinos encantados de colaborar, ya que así mejoran sus soluciones y fastidian a USA.
Espero éxito a esa iniciativa, que es urgente y necesaria.