En pocos días comienzo un par de cursos en la universidad. En los últimos dos años, he ido alternando cada vez más mis cursos en IE Business School, con alumnos con una media de treinta años y una experiencia profesional que les permite aportar en clase con una perspectiva, además, de diversidad brutal en su origen geográfico, con alumnos de IE University, mucho más jóvenes y sin experiencia, pero con un nivel que me encanta (no en vano tenemos más de 30,000 solicitantes de plaza y admitimos en torno a 2,000).
Esa alternancia me gusta, además, porque me permite entender las actitudes hacia la tecnología y la innovación de los más jóvenes, enormemente diferentes de las de las siguientes generaciones, y ayer me encontré con este comentario de Lincoln Michel que veis en la imagen en Substack que me llamó bastante la atención, que creo que lo explica meridianamente bien, y que de hecho pienso introducir en un electivo nuevo que he ofrecido este año, titulado «Why thinking about technology matters«, en el que planteo precisamente una visión muy crítica de la tecnología y, sobre todo, de las Big Tech.
Los que nacimos en los años ’60 ó ’70 hemos vivido unas décadas alucinantes. Recordamos perfectamente el mundo antes del ordenador personal, y de hecho, muchos nos incorporamos al mundo laboral cuando empezaba a ser definitorio de cada vez más actividades, pero también vivimos la explosión de internet, del correo electrónico, de los buscadores, de Wikipedia, de los mapas digitales o del smartphone. Cada una de esas tecnologías significó auténticas revoluciones que afectaron a conceptos «de toda la vida», crearon un valor descomunal para la sociedad aunque no figure necesariamente como tal en ninguna cifra de PIB, cambiaron nuestra forma de pensar y de trabajar, y nosotros estuvimos allí y pudimos ver su definición, su proceso de adopción y sus implicaciones.
Los que nacieron en 2008, en cambio, ya recibieron todo eso como algo que ya estaba ahí, como nada sorprendente, como «parte del paisaje», y crecieron en un mundo ya totalmente bajo el control de una serie de plataformas y de unas big tech cada vez más dominantes y que copaban ya la lista de las compañías más valoradas del mundo. Si para nosotros esas herramientas e innovaciones suponían ampliaciones en nuestra autonomía y nuestras capacidades, su experiencia tiene mucho más que ver con la administración de su dependencia: lo que se les plantea son formas de engancharse a servicios en los que no controlan ni la interfaz, que cambia cuando le da la gana, ni los datos, ni las reglas, ni nada. Lo que experimentan, básicamente, es la enshittificación que define Cory Doctorow: se les seduce con una supuesta propuesta de valor, se les encierra y pastorea con efectos de red, y después se degrada el producto para exprimir valor de su información personal y vendérsela al mejor postor.
En realidad, la intensa desconfianza de los jóvenes no es fruto del desconocimiento, sino de una exposición intensiva: utilizan la inteligencia artificial intensivamente, pero ni siquiera esa familiaridad consigue sostener su entusiasmo. El 51% de la Generación Z norteamericana usa inteligencia artificial generativa todas las semanas, pero únicamente un 22% siente entusiasmo como nosotros pudimos sentirlo con internet o con los buscadores, el 31% siente enfado y el 80% considera que estas herramientas van a perjudicar su aprendizaje y su futuro. No es que sean luditas como tales: es que el 48% cree que los riesgos superan claramente a los beneficios, y ya no confunden la utilidad con la confianza. El porcentaje de menores de treinta años con actitudes de preocupación pasó del 31% en 2021 al 55% en 2026, únicamente un 11% está más entusiasmado que preocupado, y el 73% cree que supondrá una reducción del empleo.
Poca sorpresa, realmente. Las redes sociales que les prometieron «conexión», ahora son recopilación de datos, vigilancia masiva, algoritmos para maximizar permanencia, riesgos para su salud mental y protecciones inexistentes. Las plataformas que les prometieron autonomía les ofrecen ser falsos autónomos, cobrar menos que el salario mínimo y trabajo sin remunerar. Y el 76% de las páginas y los servicios que manejan están plagados de patrones oscuros destinados a manipularlos. Para tirar cohetes, realmente, no parece su experiencia. Sienten, básicamente, que no tienen control sobre sus vidas.
Podemos añadir a esto el historial de burbujas que se les vendieron como revoluciones: estafas con criptomonedas, los NFTs, el estúpido metaverso de Zuckerberg… como para creerse algo. Y los mismos que les vendieron esas «maravillas» son, por cierto, los que ahora les venden la inteligencia artificial. La situación de los que saltan al mercado de trabajo, además, no es muy halagüeña: para personas de entre 22 y 25 años en ocupaciones expuestas a la inteligencia artificial, el empleo está un 19% por debajo de donde estaría si hubiese evolucionado al ritmo de las ocupaciones menos expuestas. Si fuesen optimistas, no sería un milagro, sería una demostración de ingenuidad rayana en la estupidez.
La contradicción con la narrativa triunfalista empresarial es brutal: se les promete una herramienta que elimina tareas pesadas, mientras las empresas están encantadas porque pueden contratar menos. El 41% de las compañías planean reducir plantilla a medida que la inteligencia artificial automatiza tareas, y empiezan por las tareas que habitualmente llevan a cabo los más jóvenes, rompiendo ese primer escalón profesional de una generación.
Las actitudes en España son similares: los jóvenes valoran la inteligencia artificial, pero tienen miedo de no desarrollar o de perder habilidades, o de perder fiabilidad, privacidad o independencia. Quieren utilizarla, pero son lo suficientemente sofisticados como para enfocarse en pedir cuestiones como seguridad por defecto, transparencia, formación y regulación.
No es que perciban la inteligencia artificial como una burbuja, sino que desconfían enormemente de quién y de cómo se la ofrece, de los incentivos que tienen y de cómo se distribuyen los beneficios. Su desconfianza, además, no mejorará si no ven políticas laborales, ambientales, educativas y de protección de derechos suficientemente ambiciosas y aplicadas con verdadero rigor a la panda de impresentables multimillonarios que se dedican a competir por ser los más ricos del mundo y por aprovecharse lo más posible de los demás. Han aprendido y entendido cómo funciona el capitalismo actual, y simplemente, manifiestan un pesimismo y una desconfianza radical hacia Silicon Valley y las Big Tech. Que es, ni más ni menos, que lo que Silicon Valley y esas Big Tech se han ganado a pulso. Para su generación, innovar dejó de significar mejorar. Con ellos, Silicon Valley agotó su crédito.
¿Pesimismo? ¿Tecnofobia? No, simplemente tener ojos en la cara y neuronas en el cerebro.


Tecnopesimismo lo voy a llamar yo, hehehe.
Bromas aparte, trabajo con unos 20 jóvenes de entre 20 y 30. La mayoría usa la IA como muletilla para no llamar a su madre o padre para para cocinar, para saber como cambiar una bombilla o para filosofar sobre el sentido de la vida cuando ningún amigo quiere meterse en esos temas (espiritualidad, muerte, esperanza, dirección, misión… y sobre todo propósito)
Pero para trabajar lo usan 0 de los 20. Ninguno quiere que sus datos aparezcan el día de mañana filtrados, no meten datos que puedan comprometerlos el día de mañana, etc.
Por ejemplo, también han crecido viendo que sus datos son filtrados en megadumps una y otra vez y que si se googlean a sí mismos encuentran su email, su teléfono, su dirección, su familia y mil datos más que no pueden «borrar».
Por tanto, para ellos sus datos, si los teclean una sola vez en un solo lugar, puede significar que en el futuro estará disponible. No es cuestión de «si», sino de «cuando».
Y además, como no quieren que la IA les quite el trabajo, no quieren que aprenda a su costa. Le piden que les haga algún resumen tipo elrincondelvago e incluso con un 2% de errores ortográficos o de frases malamente yuxtapuestas y a correr.
Y el 100% cree que aunque trabaje, no tendrán pensión. ¿De dónde habrán sacado esa idea?