Mi columna en Invertia de esta semana se titula «El programador que sobrevive no es el que programa más: es el que entiende mejor» (pdf), y trata sobre una de las paradojas más interesantes y más inquietantes del mercado laboral actual: mientras algunas empresas despiden a miles de desarrolladores, otras (o las mismas) están pagando salarios completamente desorbitados a otros perfiles técnicos. No se trata de una contradicción, sino de una transformación acelerada de lo que significa «saber programar» en la era de la inteligencia artificial.
La lógica industrial clásica del desarrollo de software se está rompiendo. Durante décadas, escribir código era una habilidad escasa y relativamente homogénea: quien sabía programar tenía prácticamente asegurada una ...