Cuba no es, ni mucho menos, un modelo político exportable. Pero su crisis energética ofrece una lección que sí debería ser universal: cuando un país depende del petróleo que otro le vende, del gas que otro le deja pasar o del estrecho marítimo que otro puede cerrar, su soberanía es poco más que una ficción.
Lo que estamos viendo en la isla, con apagones masivos, hospitales tensionados y una economía al borde del colapso, no es sólo el drama de un régimen ineficiente y exhausto. Es también la demostración práctica de algo que llevamos demasiado tiempo sin querer entender: la dependencia de los combustibles fósiles convierte a cualquier país en rehén. Y los rehenes no diseñan su futuro: lo negocian a la fuerza, con quien ...