La inteligencia artificial se ha convertido en el relato dominante de nuestro tiempo. Todo parece explicarse a través de ella: los despidos, las inversiones multimillonarias, las alianzas estratégicas y hasta el rediseño completo de las grandes compañías tecnológicas. Pero basta con mirar un poco más allá del titular fácil para entender que estamos interpretando mal lo que está ocurriendo. Esto no va de inteligencia: va de poder.
Durante años, la narrativa de la tecnología se apoyaba en una promesa más o menos creíble de democratización. Internet reducía barreras de entrada, el software permitía a pequeñas empresas competir con grandes incumbentes y la innovación parecía surgir de cualquier garaje bien conectado. La inteligencia artificial, al menos en su versión ...
