Hay empresas que no caen cuando dejan de ganar dinero, sino cuando dejan de poder explicarse moralmente.
Meta parece estar entrando en esa fase. No porque sus beneficios hayan desaparecido, sino precisamente porque siguen ahí: una compañía con beneficios récord y una moral interna por los suelos, preparando nuevos despidos, con empleados que hablan de miedo, hartazgo, desigualdades salariales demenciales, vigilancia y una sensación creciente de haber perdido toda conexión con la supuesta «misión».
La pregunta incómoda no es si Meta está implosionando financieramente. Obviamente no, o al menos, no todavía. La pregunta interesante es si está implosionando culturalmente. Si sus empleados empiezan a entender que ...
