Durante tres décadas, la web funcionó sobre un pacto relativamente simple: tú publicabas algo, otros podían enlazarte, indexarte o recomendarte, y a cambio recibías tráfico. Google rastreaba tus páginas porque después enviaba visitantes. Facebook distribuía tus contenidos porque, al menos en teoría, podía traer audiencia. El editor, el autor, el blogger o la empresa aceptaban formar parte de ese ecosistema porque había una contraprestación clara: visibilidad, lectores, conversación, ingresos publicitarios, suscriptores o clientes.
Ese pacto se está rompiendo. La inteligencia artificial ya no organiza la web para que la visitemos: la consume para responder por nosotros. Ya no muestra necesariamente una ...