Hay iniciativas que, por su aparente ingenuidad, merecen ser leídas como lo que realmente son: mensajes. Que la administración Trump impulse freedom.gov, un portal concebido para que europeos (y, por extensión, cualquiera) puedan «eludir las prohibiciones de contenido», no es un gesto filantrópico ni una cruzada súbita por la libertad de expresión. Es, sobre todo, una declaración política: si el mundo pretede regular «nuestras verdades», nosotros construimos atajos.
Al hacerlo, convierten esa discusión, que en Europa se formula como protección de derechos, seguridad, responsabilidad, protección de la democracia y del Estado de derecho, en una guerra cultural en la que Estados Unidos pretende ser árbitro, víctima y supuesto salvador a la vez.
