El Blog de Enrique Dans

The internet of everything

Escrito a las 5:29 pm
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Un pequeño vídeo de tres minutos que me hicieron en IE Business School hablando sobre la superposición de tendencias como la internet de las cosas, los wearables o la sensorización, evidenciada en la amplísima variedad de dispositivos presentados en el Consumer Electronic Show de principios de este año o en la compra de Nest Labs por parte de Google, y que vienen a conformar eso que se ha dado en llamar “the internet of everything”, o la “internet del todo”, lo que ocurre cuando lo conectamos todo a la red. Un mercado mundial, según Gartner, que puede alcanzar los 1,41 billones de euros.

Por el momento ha sido publicado en Gestión (Perú), en Líderes (Ecuador) y en Mundo Ejecutivo (México).

Columna de Expansión: Motorola, ¿mal negocio?

Escrito a las 10:55 am
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Motorola, ¿mal negocio? - Expansión (pdf, haz clic para no dejarte los ojos)Mi columna de esta semana en el diario Expansión se titula “Motorola, ¿mal negocio?“, y trata de explicar los entresijos de una operación de ida y vuelta en la que, obviamente, se ha producido una importante pérdida económica para Google, pero que responde a razones que no dejan de tener su cierta lógica.

Google adquirió Motorola en el medio del verano de 2011 por 12.500 millones de dólares, fundamentalmente con el fin de hacerse con su cartera de patentes. En medio de una guerra importante en la que las patentes eran las armas con las que luchar intentando obligar a otros a pagar por ellas, Google se encontraba sin armas, en parte debido a su entrada tardía en este área, y en parte derivado de una posición casi ideológica en contra del uso de las patentes como forma de disuadir la innovación. Para armarse, Google se dirigió a una de las empresas más importante y con más solera de ese entorno, una Motorola mítica en los inicios de la telefonía móvil, pero que no se encontraba ya en su mejor momento. En su momento, y a pesar de no estar compitiendo con ninguna otra empresa por la adquisición de Motorola, Google elevó su oferta para incluir en el trato la totalidad de la cartera de patentes de la compañía, que era a todas luces el objetivo principal de la adquisición.

Google adquirió una empresa en bajas horas en cuanto a la popularidad de sus modelos, con un posicionamiento no demasiado bueno en smartphones, pero con patentes relacionadas acumuladas desde el inicio de los tiempos. Tras adquirirla, vendió la parte de Motorola Home por 2.350 millones de dólares a Arris en diciembre de 2012, y vende ahora la división de fabricación y comercialización de terminales a Lenovo por otros 3.100. En el medio, todo indica que el uso de las patentes de Motorola no ha sido en absoluto lo que se esperaba: las patentes en este entorno tienen una caducidad de facto relativamente rápida, y una serie de fallos desfavorables a la compañía han llevado a estimar que, en efecto, la compañía sobreestimó el valor de esa cartera.

El caso es que, con la cartera de patentes, Google se hizo cargo de un fabricante de terminales. Y eso, en la estrategia de hardware de Google, suponía un problema importante. El negocio de Google está en convencer a otros fabricantes para que incorporen su tecnología, algo que claramente entra en conflicto con el hecho de ser su competidor. Las pérdidas potenciales de posibles movimientos de abandono de los grandes fabricantes de terminales por la posible desconfianza que pudiese surgir del hecho de poseer Motorola eran demasiado elevadas. Así que, a pesar de haber invertido recursos importantes en poner Motorola al día, en reestructurarla y en lanzar líneas de productos competitivas, Google tiene que aplicar una regla de oro: los costes históricos no deben influir en la toma de decisiones. EL precio pagado por Google en su momento da lo mismo, lo estratégicamente importante ahora es preservar las relaciones con los fabricantes de terminales, con el fin de mantener el crecimiento del parque de Android. ¿Mal negocio? Evidentemente, la cantidad que falta en esta operación es importante, y la cartera de patentes no parece ser digna de ese valor. Pero las cosas hay que hacerlas cuando hay que hacerlas, y el negocio de Google es así: dominar el hardware, sin fabricar hardware. Lo demás, es atribuirle objetivos que, salvo de forma puntual, nunca tuvo, y que sería muy complicado que llegase a tener.

A continuación, el texto completo de la columna:

 

Motorola: ¿mal negocio?

Google vende el negocio de móviles de Motorola a Lenovo por 2.910 millones de dólares, demostrando que el hardware, aunque crucial para el despliegue de su estrategia, es para la compañía un elemento entre lo marginal y lo accidental.

La adquisición de Motorola fue una de las grandes sorpresas del verano de 2011: una operación de 12.500 millones de dólares que otorgaba a Google la propiedad de un fabricante mítico que no pasaba por su mejor momento, pero que poseía una enorme cartera de patentes que podían resultar fundamentales de cara al complejo escenario de litigios que se planteaba.

Por otro lado, la adquisición suponía un problema: si la estrategia de Google con Android era hacerse atractivo a todos los fabricantes de smartphones, ¿cómo podían estos digerir la complejidad de que aquel que les vendía una parte tan crítica como su sistema operativo compitiese a la vez con ellos con su propio fabricante de terminales? Hacerse fabricante era una incoherencia peligrosa para Google.

Finalmente, Google compró Motorola por 12.500 millones de dólares, invirtió para hacer competitiva la compañía – los modelos que surgieron de la colaboración, Moto X y Moto G, son sumamente prometedores – y la vende por 2.910, reteniendo su cartera de patentes. ¿Mal negocio?

La estrategia de hardware de Google es de una eficiencia apabullante: con un sistema de licencia abierta y gratuita, ha conseguido que su sistema domine de manera aplastante el mercado smartphone, escale progresivamente posiciones en el de tablets, y se posiciones agresivamente en el de ordenadores mediante Chromebook.

El hardware, como medio para conseguir un fin. Ser el alma de las máquinas que fabrican otros. Microsoft dominó durante muchos años el escenario tecnológico gracias a su sistema operativo. Google pretende seguir el mismo camino.

 

(This post is also available in English in my Medium page, “Google and Motorola: bad business?“)

En “Para todos la 2″, hablando sobre móviles en la escuela

Escrito a las 3:20 pm
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Para todos la 2Estoy ahora mismo en el AVE saliendo de Barcelona, a donde acudí invitado por RTVE para tratar el tema de los móviles en la escuela en el programa “Para todos la 2“, en una tertulia en la que estuvieron también Pere Torrents, manager de educación de GSMA, y Marc Segarra, consultor en creatividad y cocreación en Incubio, agradablemente moderados por Juanjo Pardo.

Nos habían enviado un pequeño guión de preguntas para una tertulia en la que teníamos disponibles veintidós minutos, que por mi experiencia suelen quedarse cortísimos. Tras avisar a todos mis compañeros de mesa acerca de mi tendencia a la incontinencia verbal y decirles que no dudasen en lanzarme algo contundente si hacía además de monopolizar el diálogo en un tema que me resulta interesantísimo, empezamos… y la verdad, el resultado me gustó mucho.

Sensación de haber cubierto los objetivos buscados: salieron temas como la experiencia con el uso de metodologías abiertas, blogs de alumno, flipped classroom o edupunk, se habló de la iniciativa de cada vez más profesionales de la enseñanza frente a este tipo de iniciativas y las resistencias que en demasiadas ocasiones se encontraban por culpa de las rigideces del sistema en muchas instituciones o incluso por parte de muchos padres, y se mencionaron numerosos temas extraídos de la experiencia que me parecieron que dejaban claro la actitud positiva y constructiva de todos los presentes con respecto a este tipo de temas. Hay que tener en cuenta que la tertulia no buscaba la confrontación de posturas, sino la exposición y familiarización de los espectadores con el tema.

Empecé fuerte definiendo al enemigo: el libro de texto. Sea en el formato que sea, en papel o electrónico, el libro de texto es un artefacto del pasado que define un formato autocontenido, un “paquete” en el que está, supuestamente, “todo” lo que el alumno debe aprender a lo largo de un curso en una asignatura. Un formato completamente del pasado, completamente contraproducente con respecto a lo que deberían ser los objetivos de la educación hoy: en pleno siglo XXI, la información es ubicua, está por todas partes, y lo que debe enseñarse a los niños es cómo manejarse en un océano de información. Dársela “empaquetada” y pretender objetivos memorísticos evaluados en función de la retención y la redacción en un examen es absurdo, y favorece el uso de la herramienta con propósitos de adoctrinamiento, algo que ya muchos consideran “parte del escenario” y que supone una auténtica aberración que jamás se puede legitimar o tratar con ligereza.

En efecto, el libro de texto es decididamente el enemigo a batir, uno que se esconde bajo el manto de una supuesta legitimidad del objeto contra el que pocos quieren plantear batalla, pero que condiciona claramente el futuro de nuestros hijos, poniéndolos en un escenario que no responde en absoluto a los objetivos y las demandas del aprendizaje de nuestros días. El libro de texto no vale, en ninguna de sus variaciones: todo lo que suponga reinventar el formato en otro soporte más digital o más vistoso es inútil: el conocimiento ya no viene encapsulado, cerrado y encuadernado. Debemos exigir que el proceso educativo enseñe a nuestros hijos a buscar información, cualificarla y utilizarla, un objetivo que les resultará infinitamente más motivador que enfrentarse a un libro de texto, y que los preparará infinitamente mejor de cara a las habilidades que necesitarán en su futuro como miembros de la sociedad. En la consecución de ese objetivo, las tecnologías móviles suponen un descenso de las barreras de entrada, una defensa contra la división digital: no todo el mundo puede permitirse un smartphone, pero indudablemente es un dispositivo que ofrece una amplia gama de posibilidades y que está sujeto a una permanente dinámica de descenso de precios (cité Firefox OS) por sus muchas posibilidades en ese sentido y su arquitectura abierta, y supongo que en parte influenciado por el proyecto ThinkBit, sobre el que escribí hace un par de días, y que también cité durante la tertulia.

Además, salieron temas como el papel, la motivación y la formación del profesor, y la progresiva caída en desgracia – no en la enseñanza, sino en el conjunto de la sociedad – de un sistema basado en la autoridad, algo que la generación millenial no acepta si no ve completa y adecuadamente justificada. Y, en una intervención que hará las delicias de mi hija, empeñada en que eso de los “nativos digitales” es una falacia de primer nivel, hablé de la disonancia que surge cuando las empresas hablan de los jóvenes (“son la bomba, usan la tecnología de maravilla como si hubieran nacido con ella, etc.”) y lo que los jóvenes piensan de sí mismos (“no tenemos ni idea, lo único que hacemos es usar dos o tres herramientas mal contadas, nos falta muchísima base y necesitamos muchísimo aprendizaje en el uso de la tecnología”). No podemos educar a nuestros hijos diciéndoles que “son la bomba”, fundamentalmente porque no lo son. Sí, tal vez tengan una cierta facilidad mayor por el hecho de haber crecido en un entorno con una fuerte presencia de tecnología, pero dejados a su libre albedrío se limitan, en efecto, al uso intensivo de unas pocas herramientas, sin ningún tipo de reflexión sobre su uso, y sin tratar de entender “por qué o cómo funcionan las cosas” o “qué hay detrás de todo esto”.

Una tertulia muy agradable, en la que sin duda habrá cuestiones no exentas de polémica, pero que creo que puede caracterizar muy bien el signo de los tiempos que se avecinan. La cuestión es… a qué velocidad. El futuro ya está aquí, simplemente es que no está uniformemente distribuido.

 

(This post is also available in English in my Medium page, “On the use of smartphones in education“)

Cambiando nuestras percepciones sobre la impresión tridimensional

Escrito a las 7:08 pm
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IMAGE: Kadriya Gatina - 123RFLa impresión tridimensional es una de esas tecnologías que nos está permitiendo presenciar en tiempo real un desarrollo de potencial y aplicaciones similar a una explosión.

Aunque las primeras impresoras tridimensionales datan de los años ’80, no ha sido hasta alrededor de 2010 cuando ha empezado a popularizarse su uso con el desarrollo de modelos de cada vez mayor simplicidad y menor coste, al tiempo que surgen nuevas variaciones y tecnologías que incrementan su utilidad y posibilidades.

Por un lado, ya hemos visto cómo algunos modelos de impresoras 3D llegaban hasta las ofertas de las grandes superficies, de la mano de compañías orientadas al mercado de consumo que ahora forman parte de conglomerados cada vez mayores. Si unes este fenómeno con las tiendas en la calle, con la posibilidad de hacerte tú mismo tu propia impresora tridimensional de la mano de proyectos DIY como RepRap y con el fenómeno de los hackerspaces, esa multidimensionalidad y variedad de jugadores le da un aspecto de “sopa primordial” interesantísimo. Si añadimos la expiración, precisamente ayer, de la importante patente que protegía el proceso fundamental de una de las modalidades de impresión 3D, el panorama no puede ser más halagüeño.

Por otro, vamos viendo cómo las primeras limitaciones que estaban en boca de todos los críticos empiezan a desaparecer: desde los primeros modelos que imprimían únicamente en dos tipos de plástico termofusible, vamos avanzando hacia aparatos capaces de imprimir en fibra de carbono o en metal, tanto a nivel de pequeño taller como a escala industrial, o aparatos capaces de imprimir objetos de múltiples colores y múltiples materiales en un solo paso.

Si empiezas a recopilar aplicaciones actuales para la impresión tridimensional, te puedes encontrar bien a gusto con una lista de treinta tipos de usos, desde fabricación de piezas de aviones de combate con un enorme ahorro de tiempos y presupuesto, hasta cuestiones que van desde prótesis a selfies y figuritas decorativas de todo tipo (incluyendo fetos, a modo de “imprime a tu bebé“), maquetas, o incluso tejidos vivos. O una casa. El famoso temor ante la idea de hordas de pandilleros imprimiendo pistolas ha resultado ser mucho más sensacionalismo que otra cosa: si quieres hacer una pistola, hay mil maneras mucho más prácticas de hacerla.

El acceso y la familiaridad con este tipo de tecnologías va a determinar muchísimas cosas en el futuro, y va a afectar a la forma de hacer las cosas en una muy amplia gama de industrias de todo tipo, a través de efectos que van desde el prototipado rápido hasta la fabricación directa de elementos en series cortas o incluso únicas. Recuérdalo: si no lo ves venir, es que te está fallando la vista.

 

(This post is also available in English in my Medium page, “3D printing: the shape of things to come“)

Algunos consejos para no quemarte en Twitter

Escrito a las 6:53 pm
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IMAGE: Jirkaejc - 123RF

Aunque Twitter es ya de todo menos un recién llegado al mundo de la comunicación (no, no está con nosotros desde los años 50, pero casi lo parece), lo cierto es que las experiencias que cada usuario tienen con esta red social dependen de una muy amplia variedad de factores.

Si hay algo cierto, es que no existe una experiencia de Twitter, sino tantas como usuarios. Es algo que me harto de decir en clases y conferencias: si Twitter te parece una tontería o una banalidad, es porque has escogido seguir a usuarios tontos o banales, y no es por tanto culpa de la herramienta, sino tuya.

De Twitter puedes obtener lo que quieras: desde información muy fresca desde completamente generalista a específica sobre cualquier tema imaginable si sigues a quienes suelen estar bien informados sobre el mismo, a sucesiones interminables de chascarrillos y frases inspiracionales de autoayuda, o a simplemente saber qué pasa por la mente de tus amigos si decides seguir únicamente a estos. El patrón de participación – producción y diseminación activa de contenidos frente a puro lurking – es otra cuestión que depende de las preferencias personales, y sobre la que nunca puede decirse si está bien o mal: cada uno es cada uno y tiene sus circunstancias. Y por supuesto, muy pocos escogen un enfoque maximalista consagrado a una de estas posibilidades: la mayoría de los usuarios tienden a armarse de coctelera y mezclar esos ingredientes en las proporciones que estiman adecuadas.

En mi caso, pasé por la época de “fatiga de Twitter” relativamente pronto, y ahora, como a muchos otros, la idea de sentirme “quemado” en mi uso de esa herramienta me parece lejana. Por dar una idea de antecedentes: comencé a utilizar Twitter a principios de 2007, siguiendo un patrón que respondía a su pregunta original: ¿qué estás haciendo? Ponía ahí todo salvo lo más puramente personal: donde iba, qué comía, qué bebía, qué leía… Cuando se presentó Twitter en español y me incluyeron en las cuentas recomendadas a primeros de noviembre de 2009, cuestión que me llevó a pasar desde los nueve mil followers que tenía entonces a más allá de cuarenta mil, sufrí una cierta “crisis de identidad” que me llevó a replantearme qué cosas de las que compartía tenía sentido de verdad compartir. Mi uso global de Twitter disminuyó bastante, preferí ser relativamente prudente, pasar a un perfil más reservado, y dedicar Twitter o bien a difundir los contenidos que yo mismo creaba, o las cosas que leía que me resultaban más interesantes o mentalmente provocativas. Más de tres años después, sigo igual: es raro que publique más de tres o cuatro actualizaciones en un día, si algo se convierte en conversación suelo llevármelo al mensaje directo (DM) o a otro medio, y trato de evitar saturar a mis seguidores con cosas que consideren irrelevantes, aunque no renuncie a darle toques puramente personales de vez en cuando.

Sin duda, Twitter es un universo en permanente evolución. Algunos de los que lo siguen afirman que el afán de protagonismo y la “necesidad” de tener repercusión están matando a Twitter. Sí, algo puede haber, pero yo, francamente, prefiero huir de las visiones apocalípticas, y pensar que toda herramienta pasa por períodos diferentes en su evolución y por derivas que, habitualmente, tienden a terminar por corregirse a sí mismas. Lo que sí es cierto es que el uso de Twitter puede llevar a algunos, en función de su experiencia, a una cierta sensación de agotamiento, casi a “quemarse”, y creo que tratar de recopilar algunos consejos al respecto, sin pretender por supuesto ser exhaustivo o hacer afirmaciones absolutas (y por supuesto, sin ánimo de decir a nadie “cómo debe usar Twitter” o de incidir en cosas completamente obvias) puede llegar a tener cierta utilidad.

Mis líneas generales serían las siguientes:

 

  • Asimetría: la asimetría comunicativa es un fenómeno natural, y Twitter es una red intensamente asimétrica. Entender que lo que tú escribes solo es leído por aquellos que te siguen, y que únicamente supone un minúsculo espacio de su timeline que fácilmente puede pasarles desapercibido es fundamental. Pero lo contrario también lo es: hay personas que, de manera natural, tienen muchos seguidores. Puede ser por su profesión, por ser famosos, por salir en televisión, o por otros factores. Que alguien tenga muchos seguidores en Twitter no implica que lo paren por la calle. Pero sí implica que bajo ningún concepto debe tratar de contestar a todo lo que le digan a través de la red. No contestes a todo el mundo, o dejarás de tener vida. No eres “un estirado” por no contestar a todo el mundo: ni lo intentes. Ni se debe hacer, ni es bueno hacerlo. No eres un servicio 24×7. Quien te sigue terminará por entender el concepto de asimetría comunicativa, y si no, peor para él.
  • Líneas rojas: la conversación es ni más ni menos que eso, una conversación. Determinadas actitudes o lenguajes no deben ser contestadas, ni en la red ni fuera de ella, más que con un block user. Si algo te hace sentir que tienes que volverte un maleducado para contestar, lo más probable es que no debas contestarlo, y sí bloquear a quien te ha hecho sentir así. Las actitudes a bloquear no son solo las directamente insultantes: la ironía mal entendida, el acoso o en general, aquello que te lleve a sentirte incómodo de manera injustificada son cuestiones que harías mejor en eliminar de tu timeline. Seas hombre, mujer, famoso, anónimo o marca, no estás en Twitter para ser flagelado públicamente.
  • Número de tweets: no seas cansino. No insistas mucho en un tema, aunque sea un evento en el que estás, trata de no provocar saturación. Y por el amor de dios, no repitas tus tweets a distintas horas para que se vean más, aunque te parezca que funciona. ¿Te parecería normal que alguien en una conversación repitiese las mismas frases cada poco tiempo?
  • Unfollows: es más habitual que alguien te haga unfollow por algo que dices que por algo que no dices, ¿no te parece? A lo mejor, es bueno que actualices menos y que te plantees más qué cosas escribes. No estás obligado a actualizar constantemente, no te ponen nota por ello, y si no actualizas, no pasa nada. Una cuenta a la que sigues, si actualiza poco pero cuando dice algo te interesa, no es normal que la dejes de seguir. Una que te sature habitualmente estará mucho más cerca de conseguir tu unfollow, ¿no? Pues contigo es igual. Por cierto, las dinámicas de unfollow, si no responden a algo que acabas de decir, son impredecibles, y parte de la dinámica normal de Twitter. No te agobies.
  • ¿Tienes seguidores por hacer lo mismo que todos los demás? ¿O por hacer cosas diferentes? Piénsalo. Y además de pensarlo, ya que estás, adapta tu creación de contenido a ello. Si te limitas a retwittear noticias, dado que no vas a poder meter mucho más en los ciento cuarenta caracteres de una actualización, deberás tratar de darle un componente personal, que suponga una propuesta de valor para quien te siga: “voy a seguir a esta persona porque con ello me mantengo actualizado en este área”, o similar.
  • El uso de Twitter puede llegar a quemarte, sí. Pero eso no quiere decir que debas ser tú quien se queme a lo bonzo. No digas tonterías, ni barbaridades, ni frases que puedan estar sujetas a una interpretación peligrosa o que haga parecer que te tomas un asunto serio muy a la ligera. Y de puro sentido común: si bebes, no twittees. O en general, si te lo estás pasando increíblemente bien, no pares el ritmo de la fiesta o de la conversación para ponerte a contarlo en Twitter. Es anti-climático y desagradable para quienes están compartiendo ese momento contigo, y encima te lleva a escribir en un estado mental que no siempre es el más aconsejable.
  • Y al revés: no seas completamente prudente, oficialista y aburrido. En el equilibrio entre lo estrictamente diplomático y la más absoluta boutade está la esencia del éxito de una cuenta, que se asocia mucho con el éxito de tu comunicación personal. Vete mucho hacia un lado, y seguramente te seguirá poca gente porque serás aburrido. Vete hacia el otro, y es posible que tu conflictividad o tu visibilidad asociada con temas asociados con lo “peligroso” te lleve a tener problemas. O no, tú sabrás. Pero si decides ir por ese camino, que sea fruto de un análisis razonado.
  • Obvio, sí, pero nunca suficientemente repetido: ten cuidado con la ortografía. Y con la puntuación, los acentos, la gramática… no, no tienes que ser un académico de la lengua, pero es increíble lo mucho que pueden llegar a decir de ti ciento cuarenta míseros caracteres.
  • No vivas para twittear. Sí, Twitter puede ser un elemento muy potente en la construcción de tu marca. Pero pocas cosas saturan más que alguien que no sabe separar su vida offline de su vida online, o que alguien con tan poco sentido común que hay que estar avisándole y pidiéndole que ni se le ocurra twittear cosas que pasan ante sí. Si te lo dicen demasiadas veces, es que hay algo que no estás haciendo bien.
  • No te metas en líos de los que no vas a saber salir. Polemizar está bien y es sano. Pero mide. Mide mucho. Mide bien. Y si no estás seguro de cómo se va a entender lo que digas y tienen alguna intuición de que podría ser mal entendido, vuélvelo a formular.
  • Tormentas twitteras: las hay a todas horas. Por alguna misteriosa razón, cosas que de palabra no pasarían de chascarrillo, en Twitter se convierten en demandas clamorosas de ejecución en la plaza pública. No, no borres el tweet, o al menos no lo borres sin dar una explicación antes. Si en efecto fue una estupidez, se entendió mal, querías decir otra cosa o sencillamente te equivocaste… lo mejor es decir que fue una estupidez, que se entendió mal, que querías decir otra cosa o que sencillamente te equivocaste, que para eso somos todos humanos. Si crees que mantener el tweet puede llevar a malos entendidos por descontextualización y que es mejor borrarlo, bórralo, pero después de la explicación y de hacer una captura del mismo. Ah, y de los errores se aprende. Que se vea. Las tormentas pasan pronto – salvo, claro está, que generes una a la semana. En ese caso, aléjate de Twitter.
  • Y si a pesar de todo te quemas… piensa que el problema no está en la herramienta, está en ti. Ponerte a despotricar contra Twitter, contra los twitteros y contra el gobierno en pleno no va a arreglar las cosas, no te va a hacer sentir mejor, y sí puede llevar a que enfades a mucha gente o piensen que tienes el raciocinio de un niño de tres años. No cierres tu cuenta, Twitter es una gran herramienta y está aquí para quedarse. Pon un mensaje de “lo siento, me he quemado y voy a darme un tiempo para que se me pase”, y plantéate que ya volverás – cuando hayas leído estos consejos :-)

 

(This post is also available in English in my Medium page, “A few pointers to avoid getting burnt on Twitter“)

Estrategias de contenidos absurdas, Vol. n+1

Escrito a las 6:42 pm
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No Flipboard on BloombergHay estrategias que resultan difíciles de entender. Cuando vienen de la industria de los contenidos, la verdad, esa dificultad tiende a disminuir bastante: uno es capaz de imaginarse las irracionalidades más grandes viniendo de una industria en la que habitan dinosaurios que probablemente nieguen todavía que La Tierra gire alrededor del sol.

Pero aún así, todavía conservan la capacidad de sorprendernos: ¿qué lleva a una publicación como Bloomberg a negar a Flipboard – o mejor, a negar a los usuarios de Flipboard – la posibilidad de incluir en las revistas que autopublican cualquier noticia procedente de medios de la compañía?

A ver, pensemos: en ningún caso hablamos de eso que la industria pretende absurdamente llamar “robo de contenidos”, dado que Flipboard únicamente incluye en sus revistas una imagen, cuando la hay, y un titular. Para llegar al contenido, que únicamente se insinúa a través de esos dos elementos comunicativos, es preciso un clic que lleva, por lo general, directamente a la publicación de origen. En mi página, Flipboard es un habitual referrer de tráfico: no por supuesto al nivel de sitios como Google, Facebook, Twitter o Feedly, pero sí dignamente representado. ¿Qué absurdo proceso mental lleva a Bloomberg a negar el acceso a algo tan fundamental para la comunicación viral y la difusión como un titular y una ilustración? ¿Qué cree perder la compañía de medios a cambio de proporcionar a los usuarios de una aplicación como Flipboard, que no dejan de ser lectores de las publicaciones de Bloomberg, la posibilidad de situar las noticias que leen en las micro-revistas que autopublican?

Son estrategias que solo se explican si provienen de una mente analógica. En mi actividad como generador de contenido, escoger una ilustración y tratar de buscar un titular atractivo se han convertido en elementos fundamentales que pueden decidir el éxito o el fracaso en el recorrido de una entrada. Y eso ocurre en mi caso, en el que el riesgo es mínimo y el problema que puedo tener en caso de que una entrada no se mueva bien es entre escaso y nulo, porque no me juego mi cuenta de resultados en ello. Por supuesto, todo aquello que pueda contribuir a incrementar la circulación de mi contenido es cuidado con esmero: quiero estar en cuantos más sitios, mejor. Me encanta que el titular y la ilustración que he escogido aparezcan en cientos de tweets y retweets, que sean compartidos y reciban muchos Likes en Facebook, que reciban muchos +1 en Google+, que muchos usuarios los incorporen a sus tablones en Pinterest, los compartan en LinkedIn o los coloquen en sus revistas en Flipboard. Por supuesto, tampoco me importa que consuman su contenido en su integridad en otro sitio sin entrar en mi página: tengo claro que quien me lea en su Feedly, en su correo electrónico o en un medio o página que copie entero lo que yo escribo tiene mi nombre o bien al pie, o bien a un clic de distancia, y eso mejora muchos de los elementos de mi negocio. No puedo ni imaginarme diciéndole a uno de mis usuarios algo así como “no, no me da la gana de permitirte que compartas mi contenido en ese sitio donde tú lo querías compartir”. Me parece pura y simplemente absurdo.

Sinceramente, cada día entiendo menos los problemas que aquejan a quienes pretenden vivir de crear contenidos. No soy capaz de imaginarme qué lleva a un escritor cuyas capacidades e inteligencia admiro sincera y cabalmente a dedicar un artículo a insultar a aquellos que se descargan sus obras porque, según él, “le roban”…  cuando resulta que el presunto perjuicio económico que le ocasionan es cifrado por él mismo en un porcentaje inferior al 10% y, por tanto, está asumiendo como natural que su editor retenga nada menos que un 90% del precio final de sus obras. ¿Es que de verdad piensa que su trabajo vale únicamente un 10% y que su editor aporta un 90% del valor percibido por el cliente final? Porque si realmente es así, lo que debería hacer es,claramente, dedicarse a otra cosa. Si piensa que su negocio no sería nada sin ese editor que se queda con el 90% del importe de lo que un cliente paga por acceder a su obra, si de verdad cree que su éxito depende en un 90% de factores como la distribución, la calidad y el diseño de la sobrecubierta o el gramaje del papel, es que tiene una muy pobre imagen de sí mismo. Pero no, lo que hace es, en un artículo, arremeter contra aquellos que se descargan sus obras, en lugar de arremeter contra aquellos que provocan que estas tengan una disponibilidad y un precio completamente absurdo. ¿Qué es esto? ¿Alguna tipo de manifestación del síndrome de Estocolmo?

¿Quién te roba? ¿Los que se descargan tus obras, o los que se quedan con nueve de cada diez euros sobre el precio de las mismas a cambio de ponerlas en las librerías? Si trabajases para incrementar la disponibilidad y el acceso a tu obra modificando la estructura de márgenes de la cadena de valor asociada a su publicación, te puedo asegurar que hablaríamos en otros términos. Pero no hace falta que lo diga yo: ya te lo dicen otros con mucho más fundamento.

Si vives de crear contenidos, toda tecnología que disminuya la distancia entre tu público y tú debería ser buena para ti. Si no lo ves así, simplemente estás equivocado. Y si además de estar equivocado pugnas por convertirte en un personaje antipático que exterioriza su error a voz en grito en titulares de prensa y actuaciones judiciales, insultando no solo a tus posibles clientes sino también a su inteligencia, peor aún.

No, las cosas no son tan sencillas. Pero lo que sí es sencillo es entender qué cosas dependen de ti y cuáles no. Por mucho que haga Bloomberg, no solo no va a evitar que los usuarios compartan sus contenidos, sino que además debería entender que es posible apalancarse en que lo hagan y hacer que eso ayude a su negocio. Por mucho que haga un escritor (por mucho que escriba columnas insultantes o que sus editores presionen al político de turno para cambiar leyes), no podrá evitar que sus obras se compartan, y deberá entender que, para aspirar a seguir viviendo de su creación, debería ir precisamente en sentido contrario: tratar de facilitar la disponibilidad de sus obras para disminuir el incentivo a obtenerlas irregularmente. Ver cada descarga como una situación de demanda insatisfecha que hay que aproximarse lo mejor posible a cubrir. Jamás cubrirás toda la demanda, pero podrás acercarte a un número mucho mayor de lectores, con un margen infinitamente más sano y sostenible, y unas posibilidades de relación infinitamente mejores.

 

(This post is also available in English in my Medium page, “Absurd content strategies, Volume 1“)

ThinkBit: un proyecto que ilusiona

Escrito a las 5:10 pm
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ThinkBit logo

La semana pasada tuve una reunión en mi despacho con Andrés Quezada y José Luis López Villén, de ThinkBit. Andrés es un estudiante de proyecto fin de carrera de Ingeniería Aeronáutica en la Universidad Politécnica de Madrid, uno de los promotores de una idea que consiguió llamar la atención de la Fundación Telefonica y pasar el filtro de su iniciativa Think Big para el desarrollo del emprendimiento social, y José Luis es el mentor asignado al proyecto. La idea me gustó tanto y me encontré tan a gusto y tan identificado con las ideas del proyecto hablando con ellos, que se ha convertido en una de esas cosas que terminas por querer contarle a todo el mundo.

¿Qué es ThinkBit? Un equipo de jóvenes que han creado una ONG que utiliza proyectos de hardware abierto como Arduino – y pronto, seguramente, otros como RaspBerry Pi – para mejorar las perspectivas de futuro de jóvenes adolescentes por medio del aprendizaje de disciplinas como la robótica, la electrónica y la programación. Trabajan con adolescentes en zonas periféricas de Madrid como Vallecas, Villaverde, Orcasitas, San Fermín o Pan Bendito, con una metodología completamente basada el el modelo edupunk, que trata de motivar sin necesidad de clases estructuradas, fomentando decididamente el Do It Yourself (DIY) y el espíritu colaborativo.

La idea se estructura por el momento en un kit de muy bajo coste que regalan a los alumnos, que contiene una placa Arduino Uno y un conjunto de componentes y sensores suficientes para llevar a cabo varios montajes y procesos, y en facilitar el acceso a un ordenador a aquellos alumnos que no lo tienen, mediante la instalación de ordenadores donados por compañías en aulas que les ceden en los institutos a los que acuden los alumnos. Tras una breve sesión introductoria, cada semana se publica una práctica en la página de ThinkBit con explicaciones detalladas, e ilustrada con fotografías y vídeo, práctica que los alumnos deben intentar llevar a cabo de manera independiente, y que contiene además un desafío adicional. Los alumnos envían preguntas y vídeos hechos con sus móviles, y entran en sorteos de smartphones y de componentes adicionales que les permiten llevar a cabo otros montajes y proyectos.

Los resultados, por el momento, están siendo sorprendentes: alumnos en marcado riesgo de fracaso escolar, que aparecen de repente completamente motivados, siguiendo las prácticas, y pidiendo más, mientras se desarrollan en un conjunto de habilidades que bien podrían terminar resultando clave en su futuro. EFE habló recientemente del proyecto, en una noticia titulada “Robótica contra el fracaso escolar“.

Si te gustan estos temas, vale la pena intentar seguir las prácticas por tu cuenta en la página de ThinkBit, o poner a tus hijos, sobrinos o primos pequeños a hacerlas. El kit completo te costará en torno a los cuarenta euros si lo compras en DealExtreme o sitios similares, y las prácticas están deliciosamente detalladas, siguiendo esa genial teoría marxista que dice “hasta un niño de diez años podría hacerlo… ¡tráiganme rápidamente un niño de diez años!” :-)

 

(This post is also available in English in my Medium page, “Start small, think big“)

En la cárcel

Escrito a las 3:07 pm
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Enrique Dans en prisión - SolidariosSe me ocurren algunos a los que les gustaría que el titular “Enrique Dans en prisión” correspondiese a una noticia diferente :-) La semana pasada estuve en el Centro Penitenciario de Valdemoro, invitado por Solidarios, para dar una sesión sobre el desarrollo tecnológico a un grupo de unos treinta internos.

Una sesión en la que intenté dar una panorámica del escenario tecnológico actual, a un grupo que más allá de estar sometidos a penas de privación de libertad, están también sometidos a un régimen de aislamiento tecnológico prácticamente completo. El régimen penitenciario implica una incomunicación casi completa a través de la tecnología: ni teléfonos móviles, ni ordenadores, ni ningún elemento de comunicación están permitidos dentro de una prisión. La información se obtiene a través de medios tradicionales como periódicos, radio o televisión, lo que lleva a que la población reclusa no esté únicamente privada de libertad, sino además, condenada a un total ostracismo analógico.

Entender las razones para esta privación del uso de tecnologías puede ser razonablemente sencillo, pero también lo es darse cuenta de que, si entendemos que la función de las penas de privación de libertad debería ser fundamentalmente la rehabilitación del delincuente, la tecnología podría tener mucho que aportar en ello. Las oportunidades de cualificación que se ofrecen a los internos, por ejemplo, tienden a incidir en oficios tradicionales y alejados de la tecnología, cuando resultaría perfectamente posible ofrecer entornos no comunicados con el exterior en los que, utilizando elementos muy accesibles y de coste muy bajo, se ofreciesen posibilidades de cualificación en temas como la programación o la alfabetización tecnológica en general. Simplemente un servidor interno aislado del exterior con una copia periódicamente actualizada de Wikipedia y una serie de cursos a su disposición podrían marcar una gran diferencia.

Un entorno complicado, una sesión que puso a prueba muchas de mis (supuestas) capacidades didácticas, y una experiencia que agradezco un montón a Solidarios, y que espero repetir.

Columna de Expansión: “Discográficas y pruebas piloto”

Escrito a las 12:55 pm
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Discográficas y pruebas piloto - Expansión (pdf, haz clic para leer a un tamaño decente)En mi columna de Expansión de esta semana, titulada “Discográficas y pruebas piloto” (pdf), hablo sobre la reciente sentencia de la Audiencia Provincial de Barcelona que reclamaba a la operadora gallega R que suspendiese el servicio de conexión a internet a un usuario al que identificaba únicamente por su nick y su dirección IP. Una sentencia que no será cumplida, al contestar la operadora, con impecable criterio, que no puede identificar a un cliente en función de esa información. 

Mi reflexión en la columna intenta seguir los supuestos fundamentos jurídicos de la sentencia: condenar a nada menos que el “destierro analógico” (¿se ha parado a pensar el juez o alguno de los fósiles vivientes que habitan las discográficas en lo que supone hoy en día excluir a alguien de la red?) a una persona que no ha podido defenderse porque no ha sido citada en el juicio, y pudiendo cometer con ellos todo tipo de errores. ¿Y si se conectaba desde casa de un amigo? ¿O desde su trabajo? ¿O si es una residencia de estudiantes? ¿Y los que viven con él? ¿Y si es un “listillo” que ha obtenido la contraseña del router de su vecino? Todo eso, por supuesto, les da igual, porque en realidad la conexión de un usuario no es importante para ellos… como no lo es el que el usuario podría seguir conectándose simplemente solicitando el servicio a otro operador, o bajando a un locutorio. Nada tiene sentido. Cuando se hacen leyes absurdas en función de la presión de un lobby, todo deja de tener sentido. Si una ley permite estas barbaridades, significa que debe ser derogada.

Por otro lado, ¿qué diablos pretendían las discográficas con esto? ¿Realmente les preocupaba ese usuario y sus acciones? No, en realidad, todo lo que buscan es la posibilidad de que, tras la “prueba piloto”, puedan recopilar listas enormes de nicks y direcciones IP de usuarios que enviar a las operadoras para que los den de baja. En el fondo de su enfermo raciocinio, la forma de “solucionar” sus problemas es crear un clima de miedo, de psicosis, aunque todas las investigaciones disponibles indiquen que esto no sirve para nada y que lo que de verdad contribuye a solucionar la cuestión de las descargas es poner a disposición de los usuarios todas las opciones posibles para obtener su producto.

A continuación, el texto completo de mi columna:

 

Discográficas y pruebas piloto

La Audiencia Provincial de Barcelona, respondiendo a una demanda de las principales discográficas, ha intentado obligar a la operadora de telecomunicaciones gallega R a que desconectase de la red a un usuario del que solo conocía su nick. La operadora se ha negado, afirmando que no puede identificar a un usuario que se encuentra tras un nick.

Jurídicamente, la sentencia no tiene desperdicio. No solo incurre en indefensión, al no citar en ningún momento al usuario afectado, sino que además, es completamente desproporcionada, al pretender condenar a un usuario (y a todo el que viva con él) a una pena que lo excluiría de derechos individuales como la libertad de expresión, libertad de información, acceso a la cultura, a aplicaciones de la administración pública, comercio electrónico, correo electrónico, o incluso a actividades laborales.

Pero lo interesante es pensar qué pretendían realmente las discográficas con esta “prueba piloto”. Lo que buscaban, claramente, era un procedimiento que les permitiese entregar a las operadoras un listado enorme de usuarios identificados por sus nicks, y hacer que fuesen expulsados de la red. Un clima de psicosis colectiva, un Apocalipsis digital que actuase como disuasorio.

Esa es la mentalidad de las discográficas. Convertir a las operadoras en policías privados a su servicio, y expulsar a usuarios de la red. En lugar de afanarse por poner sus productos a disposición de los usuarios en la red en condiciones ventajosas que disuadan a quienes los descargan irregularmente (que es el factor que se ha probado más eficiente para reducir esas descargas), lo que intentan es deportar al ostracismo analógico a quienes lo hagan. Aunque se haya demostrado fehacientemente que eso no sirve para nada.

Qué inteligentes. Tengo que acordarme de comprarles algún disco…

Pero… ¿qué significa exactamente “estar en LinkedIn”?

Escrito a las 5:30 pm
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LinkedIn everywhere

Vamos a hablar de una empresa indudablemente excepcional: más de diez años de trayectoria coherente, sin sobresaltos ni altibajos, sin adquisiciones grandilocuentes ni salidas de tono, la han situado ya no solo como líder en la categoría de las redes sociales centradas en lo profesional, sino casi como el único contendiente. Competidores regionales, nuevos desarrollos, ideas afines y vampiros varios han ido cayendo y viéndose minimizados ante el empuje de una empresa con las ideas claras y la capacidad de convencer a inversores de que los apoyen con su dinero.

Cada vez que inicio un curso en temas relacionados con social media, me pasa lo mismo: muchos participantes, particularmente a partir de determinada edad, me comentan que “ellos en las redes sociales no, pero que en LinkedIn sí que están, porque es un sitio serio“. Pero ¿qué supone exactamente estar en LinkedIn? ¿Qué nivel de presencia y qué uso de LinkedIn debemos plantearnos en función de nuestra agenda personal?

 

A medida que LinkedIn ha ido creciendo hasta alcanzar los más de 260 millones de usuarios, el significado de “estar en LinkedIn” ha ido cambiando muchísimo. Al principio, bastaba con tener una cuenta. Con poder ser encontrado en una búsqueda. Después, el requisito empezó a ser tener un perfil mínimamente digno, con una foto y algunos datos de tu evolución laboral. Hoy, “estar en LinkedIn” supone que tu página sea una versión ultradetallada de tu curriculum, con un párrafo escrito de cada uno de los cargos que has ocupado, qué hacías realmente en ellos, a cuántas personas gestionabas, qué presupuesto tenías, que objetivos, y preferentemente, uno o dos comentarios de personas que compartieron contigo la experiencia, fuese como compañeros, superiores, clientes, etc. Hoy, lo que espera alguien que te busca en LinkedIn no es encontrar una forma de contacto – que puede que también – sino ver con detalle qué es lo que has hecho, contado en un sitio en el que todos entendemos que se trata de poner tu trayectoria en valor.

LinkedIn es el sitio donde no solo estás al alcance de millones de profesionales, sino que además indexa fantásticamente bien. A poco que hagas, tu ficha pública de LinkedIn aparecerá en la primera página de tu ego-search. El mix de público-privado que manejes ahí tiene que ser consciente: nada de opciones por defecto. Si estás en búsqueda activa de empleo o en fase de prospección de clientes, debes abrir lo más posible, porque estarás alimentando con tu información procesos que dependen fundamentalmente de la reducción de la incertidumbre. Si prefieres, por la razón que sea, ser discreto, recorta la presencia pública en consecuencia, y afina tu definición de contactos hasta dejarla en lo que realmente deba ser.

No seas pesado. Lo que hace tiempo era aceptable, enviar mensajes a todos tus contactos en LinkedIn, hoy resulta a todas luces inaceptable salvo que tengas algo muy importante que decir (y si es un cambio de trabajo, no lo digas, ya lo hará LinkedIn por ti). Hacer spam es completamente inaceptable, y muchas veces conlleva que un porcentaje significativo de aquellos a los que sigues vayan a Red > Contactos, busquen el mensaje en el que los has spammeado, y hagan clic en Más > Elimina conexión. Si eres comercial, parte de la base de que los pecados cometidos por muchos de tu profesión llevarán a que muchos de los contactos que intentes hacer en LinkedIn sean rechazados… tendrás que buscar contactos de calidad, personas que no piensen que vas a usar ese contacto para mandarles basura variada.

Context-awareness: usa bien los tiempos. El momento de mandarle a alguien una petición de contacto en LinkedIn es cuando lo acabas de conocer o te acaba de dar su tarjeta, no cuando lo necesitas. La red se construye cuando toca, no cuando te interesa a ti porque estás buscando trabajo. Las peticiones de contacto deben sonar naturales: nos hemos conocido, y en lugar – o además – de intercambiar unos trozos de papel de alto gramaje que acabarán despistados en alguna esquina del despacho, nos ponemos en contacto en LinkedIn. Así, sí. En plan “nos vimos hace mil años, ya solo tienes una idea lejana de quien era, si es que  la tienes”, no. Si te doy clase, pídeme contacto cuando te estoy dando clase, no dos años después. Y por el amor de dios, si te he puesto una mísera B o una B-, demuestra un mínimo de sentido común y no me pidas una recomendación.

Actualizar, actualizar, actualizar. Por pura lógica. Si en tu perfil está tu foto de Primera Comunión, da mala imagen. Si aún tienes el pelo negro cuando hoy peinas canas, también. Lo de que “no pongo foto”, seas hombre o mujer, guapo o feo, olvídalo: un perfil sin foto es como un jardín sin flores o una rosa sin olores. Pero además de una foto actualizada, debemos plantearnos que la presencia en LinkedIn debe ser un continuo: cada proyecto, cada cuestión que hagamos con un mínimo de trascendencia o visibilidad pública, debe acabar ahí. Recuérdalo: como un curriculum, pero con esteroides, con todo el nivel de detalle que quieras. Aquello de “el curriculum de una hoja o dos como máximo” no aplica en LinkedIn.

No seas obvio: no, tener una presencia detallada y profusa en LinkedIn no implica que estés buscando trabajo. Implica que entiendes cómo se usa esa red. Los tiempos en que los departamentos de Recursos Humanos se dedicaban a mirar lo que ponías para ver si estabas en el mercado ya pasaron. Hoy, se trata de estar ahí, quieras moverte o no. Si esperas a actualizarlo a que llegue ese momento en que te pones en el mercado, malo. Los cambios bruscos mosquean. Mejor una evolución progresiva y natural.

Pide lo que hay que pedir: cuando necesites información, un contacto, lo que sea, pídelo. Sin convertirte en un pelma, pero sabiendo que una petición a través de LinkedIn suele recibir más atención que un correo convencional. Salvo, claro está, que te dediques a enviar estupideces de esas de “por favor, evalúa mi perfil profesional” a gente que no puede evaluar nada porque casi no te conoce. En ese caso, abstente. La sensibilidad sobre qué pedir y a quién pedirlo es una cualidad muy valorada en un profesional.

Sé detallista. Si una persona de tu red se cambia de trabajo o comenta algo que te lleve a dedicarle un ratito en tu pensamiento, díselo. A nadie le molesta recibir un comentario en LinkedIn sobre algo que ha puesto. No decir nada nunca a nadie te convierte en el vecino ese que nunca saluda, en un maleducado.

Comparte. Compartir noticias en tu perfil – de nuevo, con lógica y moderación – puede llegar a ponerte en la situación de ser considerado un buen content curator, alguien que te ayuda a mantenerte informado de lo que pasa en tu industria. No satures a los que te siguen con varias entradas al día. Si compartes, mejor que expliques, al menos en un par de líneas, por qué compartiste, qué ves importante ahí. O que compartas cosas que has hecho tú… no voy a explicar aquí lo importante que es, si tienes un blog o una página personal relacionada con tu ámbito profesional, darle salida en LinkedIn… todos sabéis que LinkedIn es uno de los principales referrals de tráfico de esta página. Eso sí, si cuando compartes no te contesta nunca ni el Tato, piensa si lo estás haciendo bien, si estás compartiendo lo que debes o con quien debes, o si estás siendo un cansino. Si te va bien, plantéate unirte a algún grupo especializado que te interese.

Grupos. Los grupos son una de las prestaciones con más empuje en LinkedIn, y es por algo. Si buscas consideración en una industria, únete a los grupos en los que esa industria comparte cosas. Fíjate quién los montó: te señalarán personas con llegada, cuyo nombre suele conocer casi todo el mundo. Comparte e interactúa, pero de nuevo, sin ser “el invitado pesado” ni “el perejil de todas las salsas”. Si estás en búsqueda activa, necesitas estar en los grupos en los que se mueven cosas relacionadas con la industria que te interesa.

Contactos: no se compite por número de contactos. Se compite por redes bien tejidas, por racionalidad, por ser capaz de responder de quienes están en tu red. Por tener contactos con sentido, de los que eres capaz de decir algo o con quienes sabes que te une algo. Tus clientes, tus proveedores, aquellas personas para las que tienes cara y ojos, es lógico que estén en tu red. Las relaciones internas en tu empresa también. Pero responder sí a todo contacto, ser promiscuo, solo sirve si eres un head-hunter, un profesor o algún otro tipo de perfil intensamente asimétrico. Si no, no tiene sentido ni dirá de ti nada bueno.

Marca personal. LinkedIn es el sitio perfecto para poner aquellas cosas que puedan contribuir a tu marca personal. Un artículo que te publicaron en algún sitio, un vídeo de una charla, un trabajo en el que te pusieron buena nota, un curso con una notaza (y en ese caso, aprovecha y pide un endorsement al profesor)… no seas modesto, no es el sitio de serlo. Pero tampoco seas atorrante.

Pulse. La estrategia de LinkedIn es claramente pasar de ser un sitio al que vas a ver cosas relacionadas con tu perfil profesional o el de otros, a ser un “destination site”, un sitio al que vas a leer noticias filtradas en función de tus intereses. Si lo haces bien, las noticias de LinkedIn deberían darte una idea de “lo que no debes perderte”, “lo que se comenta en mi industria” o “lo que dicen los que influyen en mi campo”. La adquisición de Pulse (noventa millones de dólares) ha sido de las más importantes que ha hecho la compañía, no es por casualidad. Ponlo en valor. Y sí, eso seguramente significa que LinkedIn se está convirtiendo en un sitio donde debas empezar a pensar en entrar todos los días.

Premium. Pagar por una presencia premium tiene sentido… cuando tiene sentido. Si estás en búsqueda activa, la posibilidad de enviar correos a personas que no estén en tu red puede ser algo que te lleve a amortizar lo que pagas muy rápidamente – pero de nuevo, no seas pesado ni pedigüeño. Si estás construyendo algo que requiere visibilidad y alcance, sea un objetivo de tu compañía o uno personal, pagar premium puede tener mucho sentido.

 

La presencia en LinkedIn, hoy, supone mucho más que haber rellenado hace tiempo una ficha de “hola, este soy yo” hace años, y muchísimo más que “esa red a la que voy para buscar trabajo”. ¿Cómo estás en esa red? ¿Que aparece de ti en ella, o en tu ego-search en los buscadores? ¿Estás seguro de estar poniendo en valor una red con tantas posibilidades? Y no, no me ha pagado LinkedIn ni me ha regalad nada (por no regalar, no me han regalado ni una maldita cuenta premium! :-)  Simplemente me he cansado de explicar todo esto a alumnos, ex-alumnos y personas con las que me cruzo en cursos y conferencias, y he querido aprovechar para poner mis argumentos por escrito…

 

(This post is also available in English in my Medium page, “Yes, but what exactly does ‘being on LinkedIn’ mean?“)

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