El Blog de Enrique Dans

Censura: una batalla que no se puede ganar

Escrito a las 4:34 pm
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immunicity

Un servicio gratuito, Immunicity, ofrece a los ciudadanos británicos – y a los de cualquier otro país del mundo en el que se practique la censura – la posibilidad de acceder a cualquier página web bloqueada sin necesidad de instalarse nada, únicamente haciendo un sencillo cambio en la configuración del navegador. El cambio afecta al fichero de autoconfiguración del proxy (PAC), de manera que el tráfico no sujeto a bloqueo sigue llevándose a cabo de la manera habitual, pero las solicitudes hacia páginas incluidas en la lista de sitios bloqueados son dirigidas a través de una red de proxies, y no almacenadas de ninguna manera. El usuario no tiene que crearse una cuenta, ni contratar un servicio, ni aceptar publicidad: es un servicio gratuito destinado a demostrar la inutilidad de la censura gubernamental. Los fondos provienen de Torrenticity, una red de proxies destinada a desbloquear el acceso a sitios de torrent, que sí sirve publicidad a sus usuarios y que ha visto crecer su popularidad a partir del intento de bloqueo británico a sitios como The Pirate Bay.

Immunicity es solo un capítulo más de una batalla cuyo resultado es evidente: nadie la puede ganar. Como bien dice la frase de John Gilmore utilizada para presentar el servicio, “la red interpreta la censura como un daño y busca rutas alternativas”. Plantear la excusa de “piensa en los niños” para convertirse en estado paternalista que se erige en guardián de lo que sus ciudadanos pueden visitar o no, al estilo de la Gran Muralla china o el halal-internet iraní resulta en primer lugar ofensivo para quienes creen vivir en una democracia, y en segundo lugar, imposible. Una batalla que solo resulta en un incremento generalizado del tráfico cifrado, y en una concienciación progresiva de la necesidad de protegerse del espionaje y la intrusión. La progresiva popularización del uso de redes privadas virtuales como HideMyAssiPredator o IVPN y la profusión de artículos con recomendaciones y comparativas sobre su seguridad real ha llevado a que algunas empresas de medios de pago pretendan convertirse en guardianes morales de nuestras transacciones económicas y empiecen a bloquear los pagos a las mismas.

Cada vez más usuarios se plantean recurrir a herramientas que protejan su privacidad, hasta el punto de que se habla de que la privacidad se está convirtiendo en “el nuevo verde”: un movimiento cada vez más generalizado, extendido, y progresivamente mejor comprendido. Por primera vez desde los atentados del 11 de septiembre, la opinión pública norteamericana se muestra más preocupada por las libertades civiles que por el terrorismo. Actualmente, pensar que alguien que desea acceder a datos “prohibidos” o utilizar la red para coordinar o cometer delitos vaya a utilizar herramientas estándar es directamente una tontería. El futuro, si las ansias de control de algunos gobiernos no son refrenadas por el sentido común, será una red en la que todo el tráfico esté completamente cifrado: un absurdo conceptual y un derroche increíble de recursos de investigación y computación que debería ser completamente innecesario, pero al que vamos a llegar por no haber sabido plantear correctamente el problema y no haber detenido su demencial evolución.

 

ACTUALIZACIÓN: Ya ha surgido una petición en Change.org y otra en HM Government para detener lo que se ha dado ya en llamar The Great Firewall of Cameron.

ACTUALIZACIÓN: Entrada citada y vinculada en ABC, “Comienza el gran veto a la pornografía online en Reino Unido“.

 

(This post is available in English in my Medium page, “The road to censorship: turn back now“)

Canary: redefiniendo los sistemas de seguridad

Escrito a las 12:35 pm
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CanaryRecibo la primera actualización del proyecto Canary desde la página de crowdfunding Indiegogo, tras haberse convertido en uno de sus proyectos de más éxito: a falta de treinta días para el cierre de la campaña, llevan recaudados ya casi ochocientos mil dólares sobre los cien mil que solicitaban originalmente, han agotado la totalidad de existencias disponibles en los dos primeros escalones de precio ($149 y $169, hacerte ahora con el dispositivo como early adopter te costará ya $199), y han aparecido en sitios como TheNextWeb, GigaOM, Mashable, TheVerge y muchos más.

Canary es un dispositivo multisensor, muy al hilo de la llamada “internet de las cosas” o las tendencias relacionadas con la smart home: un cilindro de unos quince centímetros de altura y siete de diámetro en colores blanco, negro o plateado, que pones donde quieras, conectas a la WiFi, y puedes gestionar mediante una app con tu smartphone, lo que te permite ver a través de su cámara de alta definición y visión nocturna, escuchar su micrófono, o recibir alarmas en función de sus detectores de movimiento, acelerómetro tridimensional, temperatura, calidad del aire o humedad. Está diseñado como sistema de seguridad para el hogar: muchísimo más completo que los sensores que las empresas de seguridad suelen desplegar en los hogares, y monitorizado únicamente por el propio usuario con absoluta sencillez y transparencia. Tan sencillo como decidir dónde ponerlo. En el momento en que lo deseas, bien por tu propia iniciativa o tras recibir alguna de las alarmas que puedes configurar, tienes un ojo y una serie de “extensiones sensoriales” que te permiten casi “estar allí”,  comprobar qué ocurre, y tomar la decisión de si avisar a la policía, lanzar la alarma incluida en el dispositivo, o cualquier otra posibilidad.

Los sistemas de alarma convencionales contratados a empresas de seguridad conllevan una instalación con sensores por toda la casa realizada por personal con cierto nivel de especialización, el pago de una suscripción mensual y, en el caso de los sistemas con cámara, la intranquilidad de pensar que esas cámaras pueden ser activadas en cualquier momento sin su conocimiento desde una consola remota en manos de desconocidos. Existen ya sistemas de alarma que permiten una monitorización desde una página web o una aplicación móvil, pero la mayoría no son así. En casi todos los casos, ante un salto de alarma, la empresa proveedora del sistema lo recibe, tiene que contactar con el usuario, y este debe tomar una decisión basada en la información indirecta e incompleta que recibe. Aunque la empresa puede aplicar su experiencia en avisos similares e intentar aconsejar al usuario en función de los indicios, la decisión de si llamar o no a la policía o a la Guardia Civil depende en último caso del mismo, y debe tomarse, en muchos casos, en función de lo que el operador del call center le dice que escucha o ve. Frente a esta dependencia de un proveedor externo, Canary ofrece una autonomía total: el usuario decide con total libertad cuándo monitorizar o qué hacer en función de las lecturas del aparato ante un aviso. Además, está previsto que el sistema aprenda de su uso, y que sea equipado con un sistema de reconocimiento facial y algoritmos que le permitan diferenciar a personas de, por ejemplo, animales domésticos.

 

 

Por supuesto, existen numerosas alternativas: desde sistemas montados artesanalmente, hasta instalar cámaras web más o menos especializadas, o sistemas que incluyen la posibilidad de utilizar un iPhone o un iPad viejo como sistema accionable en remoto. Canary no es especialmente novedoso en su planteamiento, pero la cantidad de sensores y las posibilidades de uso que han diseñado lo convierten en decididamente muy interesante, y en un todo un elemento de disrupción para otro sector más de la actividad económica.

 

(This post is also available in English in my Medium page, “Canary: redefining home security systems

La metáfora de la revista y la web gráfica como tendencia

Escrito a las 5:12 pm
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ColoresQue las cosas resultan más agradables con una buena imagen que las represente es algo que resulta escasamente sorprendente. La imagen gráfica forma una parte intrínseca de mi trabajo como profesor en muchos sentidos: cualquiera que haya asistido a una de mis clases o conferencias sabe hasta qué punto me baso en la imagen, hasta el punto que mis presentaciones suelen ser simples sucesiones de imágenes que tienen como función recordarme el guión del tema a cubrir y evocar temas de discusión, pero que en la mayoría de ocasiones no van acompañadas de texto alguno (lo empecé a hacer por comodidad para no tener que traducir los contenidos, pero continué así al comprobar que desde el punto de vista de comunicación, funcionaban incluso mejor). En mi trabajo en la web, en cambio, me limitaba a tener cierta intuición que me llevaba a tratar de ilustrar mis entradas de una manera lo más agradable posible, pero sin plantearme mucho más.

La evolución del blog a lo largo de diez años, sin embargo, no deja lugar a ninguna duda: al principio, las imágenes eran escasas, resultaba perfectamente normal escribir una entrada sin ningún tipo de imagen de cabecera. Después pasé a imágenes en un tamaño de unos tres centímetros, excesivamente rodeadas de texto, mientras las reseñas de artículos seguían sin tener ilustración. Ahora las imágenes, a las que cada vez presto más atención, suelen tener entre siete y diez centímetros, estar rodeadas de un generoso acolchado, con fondo habitualmente blanco o cuidadosamente enmarcadas, y con una maquetación que en general tiende a evocar, de manera completamente involuntaria, la de una revista.

El tamaño de las imágenes, tanto en mi página como en la mayoría de las que leo habitualmente, no hace más que aumentar de manera progresiva. Una imagen atractiva, relevante o evocadora con respecto a la temática resulta fundamental a la hora de obtener un clickthrough razonable en redes sociales como Facebook, Twitter o Google+, casi tanto como lo pueda ser un buen titular, y un número cada vez más importante de visitas provienen de este tipo de origen. De hecho, en el rediseño de página que estoy ahora mismo planteando con mis amigos de Blogestudio, tanto las imágenes como el espacio destinado a herramientas como Flipboard o Pinterest ganan bastantes enteros en presencia.

No todas las redes sociales dan a lo gráfico el mismo nivel de importancia. Un enlace de una página con imágenes en Google+ suele conllevar una captura y una representación satisfactoria de la misma. Facebook, en cambio, yerra en numerosas ocasiones a la hora de capturarla, además de otorgarle una representación más bien discreta en tamaño: en mi caso, no son pocas las ocasiones en las que me veo obligado a subir mis propias entradas como imágenes suplementadas con un enlace en lugar de hacerlo como enlace convencional. No me extrañaría que el tratamiento de la imagen en Facebook fuese una de las líneas de algún rediseño futuro de dicha red. En Flipboard, aunque la visualización suele ser muy vistosa, no existe la posibilidad de determinar cuál de las imágenes, en caso de haber varias, es escogida para representar la noticia, algo que seguramente cambiará con el tiempo. En Pinterest, lógicamente, la jerarquía se altera debido a su planteamiento: la imagen se convierte en protagonista absoluto, mientras que el enlace y el contenido de texto pasa a un segundo plano – aunque sea un segundo plano dotado de una notable eficiencia a efectos de tráfico.

La evolución de mi página no deja de ser representativa de la magnitud del desarrollo de la web gráfica como tendencia: como exponentes fundamentales. En mi caso, está Flipboard, de la que he hablado recientemente a raíz de su decisión de ofrecer sus revistas en la web, Google Currents, que también muestra mi contenido con apariencia de revista, y Pinterest, una red que, sinceramente, no deja de sorprenderme. Mi experiencia con ellas no puede ser más positiva: desde el día que Flipboard anunció su acceso desde cualquier navegador y dispositivo, el número de seguidores de mi publicación, Technology Readings, se ha multiplicado por cuatro. En Google Currents, orientada a dispositivos móviles, he superado ya los 2.500 suscriptores. En Pinterest, el tablero que dedico a la recopilación de mis lecturas tecnológicas, tiene casi 2.300 seguidores, el que dedico a mostrar las entradas de esta página algo más de 1.700, y el que dedico a recolectar los libros que voy leyendo, unos 1.600. Según las analíticas de la propia Pinterest, los tableros generan algo más de dos mil impresiones, con un alcance medio de mil personas diarias. Pero estos números, razonablemente discretos en el caso de una página dedicada a la tecnología, no ocultan las posibilidades de la red social con el crecimiento más rápido y la mayor conversión y relevancia de todo el panorama actual.

El uso de imágenes y la importancia del diseño gráfico es cada vez mayor, y no se limita a ser una consecuencia del incremento de ancho de banda disponible: los dispositivos móviles, a pesar de su teórica limitación de consumo de ancho de banda, tienden a privilegiar incluso más las imágenes en términos de clickthrough. Las infografías adquieren cada vez más protagonismo. Las plataformas centradas en la representación gráfica no dejan de crecer. Por la razón que sea, mientras las revistas en papel se hunden de una manera cada vez más evidente, la web está dando un protagonismo cada vez mayor a estéticas cada vez más próximas a las de las revistas de papel: desde una Flipboard que directamente hereda su metáfora, hasta blogs y páginas corporativas que parecen inspirarse claramente en ellas. En la web, cada día más, una buena imagen vale más que mil palabras.

 

(This post is available in English in my Medium page, “Words and pictures: the magazine metaphor and the rise of the graphic web“)

Información y control, mi columna en Expansión

Escrito a las 1:54 pm
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Información y control - ExpansiónMi columna en el diario económico Expansión de esta semana, con la que cierro el curso antes del parón veraniego, se titula “Información y control” (pdf), y pretende poner en contexto algunas de las reacciones que estamos viviendo en estos últimos meses a partir de las revelaciones de Edward Snowden, intentando que se entiendan las verdaderas consecuencias y el nivel de las mismas.

¿De qué estamos hablando en realidad? Con toda probabilidad, de la lucha más fuerte por el control de la información de los ciudadanos que hemos vivido en toda la historia. Estamos viviendo el momento en que un sistema de gestión basado en la soberanía de los países se demuestra incompatible con las ambiciones de una serie de países que se creen con derecho a controlar la información de todos los habitantes del mundo, con todo lo que ello conlleva: que las empresas norteamericanas, por el hecho de serlo, compartan incondicionalmente con la administración de ese país los datos de ciudadanos de otros países es algo que ya ha llevado a Alemania a urgir a la Unión Europea que defienda el derecho a la privacidad de sus habitantes, hasta el punto de invocar la suspensión de una piedra angular de las relaciones comerciales bilaterales tan importante como es el Safe Harbor agreement. ¿Podemos imaginar un posible escenario en el que las empresas norteamericanas tuviesen prohibido ofrecer sus productos y servicios en Europa, debido a que su gobierno les obliga a incumplir las legislación europea de privacidad y a vulnerar, de facto, el derecho a la privacidad de sus ciudadanos? Pues eso es lo que ahora mismo está teniendo lugar, y lo que Alemania, legítimamente, ha llevado a la mesa de discusión.

La realidad, por muchas capas de diplomacia que se le quieran poner, es que ese tratado, en este momento, es completamente incompatible con la Patriot Act con la que los norteamericanos pretenden querer defenderse de sus enemigos (reales y potenciales) en el mundo, una ley que contiene en su misma naturaleza un elevado componente supranacional decidido unilateralmente. Todas las actuaciones recientes con respecto a la red deben ser interpretadas de la misma manera: cuando Cameron en el Reino Unido pretende supuestamente “defender” a sus ciudadanos de la pornografía infantil o violenta, no está en realidad persiguiendo ese supuesto objetivo, sino utilizándolo como excusa para desarrollar un sistema de monitorización y control de internet. Cuando PayPal, Visa o Mastercard anuncian que van a negarse a procesar los pagos a redes privadas virtuales (VPN) como iPredator, no hacen otra cosa más que defender los objetivos de monitorización de su gobierno. Todos son, en realidad, movimientos en un complejo tablero en el que están en juego la información de los ciudadanos y el control de la misma. Nuestra información. Tu información.

A continuación, el texto completo de la columna:

 

Información y control

El control de la información ha sido, desde hace ya muchísimos años, uno de los factores fundamentales en la gestión de las sociedades humanas. La clase dirigente veía el acceso a la información como una forma de regir los destinos del resto de la sociedad, gracias a una suerte de “expansión sensorial”: aspirar a ser el Horus de los antiguos egipcios, ese faraón que poseía “el ojo que todo lo ve”. Quien controla la información, controla el mundo.

El desarrollo tecnológico ha alterado drásticamente el panorama: donde antes había que orientarse con retazos y fragmentos con los que se intentaba construir una imagen lo más completa posible, ahora existe la posibilidad de acceder a todo lo que una persona hace. No hablamos solo de la red: cada vez más sistemas permiten saber dónde estamos y qué estamos haciendo. Las conversaciones telefónicas, una matrícula o una cara captadas por una cámara, la geolocalización de un móvil, el paso de una banda magnética…

El acceso a la información es la última frontera. Las recientes revelaciones de Edward Snowden son lo más relevante que hemos visto en muchos años: la evidencia de que las empresas norteamericanas ceden a su gobierno datos de ciudadanos europeos para su análisis sistemático podría llevar a plantear la suspensión del Safe Harbor agreement, un acuerdo fundamental en las relaciones bilaterales, por su clarísima incompatibilidad con la Patriot Act norteamericana.

El terrorismo, la pornografía infantil o las violaciones del copyright son solo excusas. No hablamos de proteger a los ciudadanos, sino de ser quien controle su información. Tras la diplomacia, vivimos una guerra feroz por el control de la información. Información  globalizada – productos y servicios ofrecidos por empresas de todo el mundo – sometida supuestamente a reglas y normas locales. Un equilibrio que se ha probado imposible.

 

(This post and the Expansión article are available in English in my Medium page, “Who controls the internet?“)

Chromecast: minimalismo con posibilidades

Escrito a las 3:03 pm
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693041-chromecast__130724174018Chromecast es un dispositivo pequeño, de unos cinco centímetros, un tamaño muy similar al de muchos discos USB. La diferencia es que se enchufa al puerto HDMI de cualquier televisión mínimamente moderna, y que tiene una entrada microUSB estándar para recibir alimentación eléctrica. Google lo presentó ayer: cuesta tan solo $35, y está disponible, por el momento, tan solo en los Estados Unidos – aunque lo de “disponible” es un decir, porque está agotado en prácticamente todas partes.

¿Dónde está el interés de un dispositivo que permite, al conectarlo a una televisión, reproducir en la misma contenido procedente de la web? Para esa función existen un sinnúmero de dispositivos, desde ordenadores completos pensados para vivir al lado de la televisión o el mítico Raspberry Pi convertido en media center, hasta toda una pléyade de “computers-on-a-stick” corriendo Android u otros sistemas que permiten funciones similares, por no citar la evidente similitud con el AirPlay de Apple, en el mercado desde ya hace más de tres años y con un parque instalado de más de doce millones de dispositivos.

¿Son doce millones de dispositivos muchos o pocos? Indudablemente, lo convierten en el más vendido de la categoría, que no es poco. Pero precisamente ese es el problema: que la categoría, como tal, aún está completamente por definir. Eso, y que doce millones, en un mercado global, es muy poco. El dispositivo de Apple solo funciona con productos Apple: contando iPods, iPhones, iPads y Macs suponen una elevada cantidad, pero también un factor limitante, como lo demuestra el hecho de que el producto, aunque generalmente con buenas críticas de sus usuarios, no haya alcanzado, en los años que lleva en el mercado, las cifras habituales en los productos exitosos de la marca de la manzana.

Aún así, lo estaba haciendo infinitamente mejor que Google TV, la propuesta que Google tenía en el mercado en ese segmento, sometida a una especie de caos creativo y de dispositivos que vienen y van que tenían a los usuarios prácticamente perplejos. Pero el lanzamiento de Chromecast ayer, llevado a cabo por el mismo equipo de Google TV, es susceptible de romper bastante la tendencia. La simplicidad y el bajo precio del dispositivo, unidos a unas características de apertura extrema que lo convierten en muy fácilmente hackeable, indican un cambio de dirección en la estrategia de la compañía: hasta el momento, todas las incursiones en el mundo de la televisión chocaban con los propietarios de los derechos correspondientes. Así lo ha hecho Apple, que paralelizando su estrategia habitual, estaba llegando a acuerdos con empresas como HBO o ESPN de cara a ofrecer apps con sus contenidos en su dispositivo. ¿El problema? Son muchos proveedores, no siempre bien avenidos, y si no los tienes a todos, los usuarios protestan al ver disminuir la utilidad de su dispositivo. Google, en cambio, ha optado con Chromecast por una estrategia diferente: bajar al máximo el precio del dispositivo hasta convertirlo en una compra prácticamente no reflexiva o por impulso, hacerlo extremadamente abierto, y hacer que todo aquello que pueda verse en un dispositivo – cualquier dispositivo, totalmente agnóstico con respecto a la plataforma, que tenga capacidad de soportar Chrome – pueda alcanzar la pantalla de televisión con una simplicidad pasmosa, sin necesidad de aprendizaje alguno. De entrada, acceso a todo aquello que ya esté en la web. Pero además, presión añadida para que aquello que no lo esté, tenga que ser ofrecido a medida que crece la popularidad y el parque instalado en los hogares de los usuarios.

El dispositivo funciona completamente en la nube, lo que quiere decir que todos aquellos contenidos que tengas en un disco duro tendrán que ser subidos a algún sitio compatible en la nube para que los puedas ver, suponiendo que te haga falta. Cualquier cosa que puedas ver en tu navegador, podrá ser lanzada directamente a la televisión, y para lo que tengas en otros formatos, cabe esperar que aparezcan todo tipo de aplicaciones de infinidad de desarrolladores que integren rápidamente el Chromecast SDK en sus propuestas. Con ese precio, esa simplicidad, la etiqueta Google, y un socio como Netflix regalando tres meses de suscripción tanto a usuarios nuevos como ya existentes, sería extraño que el dispositivo no alcanzase un cierto nivel de tracción. Sin duda, un movimiento de cierto calado para Google, y nada que Apple pueda tomarse a la ligera. Algunos lo considerarán un movimiento poco novedoso o incluso con un cierto componente de me-too, pero muchas de las jugadas de Google lo son, y no le va del todo mal: Google Play, la tienda de apps de Android, siendo un me-too de libro, ya ha superado en más de cien mil aplicaciones disponibles a la pionera App Store de Apple.

Hasta el momento, y a pesar de la fortísima renovación de las televisiones en los hogares, pocos son los que tenían una conexión sencilla y permanente entre esa pantalla, aún “la reina de la casa”, y la web. El Chromecast pretende irrumpir en ese mercado, convertir esa conexión en algo al alcance de todo el mundo, y poner a la compañía en una posición en el mercado del contenido televisivo que, hasta el momento, se había considerado un territorio difícil o imposible de conquistar.

 

(This post is also available in English in my Medium page, “Chromecast: the web-to-television breakthrough we’ve been waiting for?” and was selected for the “Editor’s Picks” collection)

Flipboard llega a la web: una evolución interesante

Escrito a las 11:56 am
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Flipboard logoMe está resultando muy interesante la evolución de Flipboard: una app con un éxito bastante razonable (75 millones de usuarios) en plataformas como el smartphone y, sobre todo aquella para la que fue originalmente diseñada, el tablet, basada en una elegante metáfora de visualización que evoca la lectura de una revista, pero que se está convirtiendo en un auténtico sistema de lectura multiplataforma. Desde ayer, las revistas de Flipboard pueden ser leídas desde cualquier navegador en la web, un movimiento que le otorga una dimensión completamente diferente.

Originalmente, los papeles en Flipboard estaban claramente repartidos: los usuarios eran lectores, y los gestores de la aplicación ofrecían, a modo de editores, una serie de canales para que cada usuario compusiera su revista. El pasado marzo, la empresa puso en marcha un sistema que permitía a cualquier usuario instalar un botón en su navegador y convertirse en editor de su propia revista, un movimiento que ha dado lugar a más de dos millones de revistas creadas por usuarios y que acomoda desde casos como el mío (ofrecer a mis lectores la posibilidad de hojear en modo revista las noticias de tecnología que me han llamado la atención en mi lectura diaria) hasta otros como revistas corporativas, clippings de prensa desarrollados por departamentos de comunicación, revistas con la cobertura de un evento determinado, o repositorios temáticos generados por grupos de trabajo. Todo aquel que maneja contenido puede, con absoluta sencillez, convertirse en editor o curator de dicho contenido, y presentarlo en un formato atractivo.

El nivel de uso, de acuerdo con mi experiencia, está siendo relativamente errático: mi revista, Technology readings, llegó a tener alrededor de 1.600 lectores, pero está actualmente en torno a los trescientos, frente a los más de 2.300 que siguen mi repaso de las noticias tecnológicas del día en Pinterest. Por otro lado, el indicador parece más fiable, porque mientras Flipboard actualiza sus cifras cada poco tiempo para reflejar usuarios activos, Pinterest puede perfectamente mantener un elevado número de usuarios inactivos que simplemente no se dan de baja. Veremos la evolución de ese número ahora que Flipboard deja de ser una herramienta limitada a smartphones y tablets, y se extiende a la web.

El reto fundamental para Flipboard es el alcanzar buenas relaciones con las fuentes originales de contenido. La relación de Flipboard con dichos creadores de contenido es compleja: por un lado, les sirve como plataforma para alcanzar una audiencia mayor y reparte con aquellos con los que alcanza acuerdos un porcentaje de los ingresos reportados por la publicidad en las revistas que edita (la empresa no ha ocultado su interés en el desarrollo de otras posibles fuentes de ingresos, tales como micropagos, repartos de beneficios o suscripciones). Por otro, lo que está haciendo es retener una parte sustancial de dichos ingresos y reproducir bajo otra cabecera y con otra maquetación el material generado por los creadores originales acompañándolo con su propia publicidad, lo que ha llevado a algunos de ellos a bloquear la incorporación de sus imágenes a las revistas producidas por la compañía. Si pruebas a agregar a una revista de Flipboard noticias de fuentes como The Wall Street Journal, The New Yorker o Wired, te encontrarás con que puedes hacerlo, pero no verás como se incorpora la ilustración correspondiente, de manera que la noticia se incorpora en la maquetación sin ella y el resultado es, lógicamente, menos atractivo. Si un número suficientemente elevado de los grandes editores deniegan a Flipboard el acceso a sus materiales, el atractivo de las revistas podría resentirse notablemente.

Algunos han definido a Flipboard como un enorme iceberg en el futuro de los medios. En la evolución de esas fuentes que pretenden mantener un mayor control sobre sus contenidos está una de las claves de la viabilidad futura de Flipboard: si el número de las que “ofuscan” el sistema crece, el atractivo de la plataforma desciende notablemente. En el fondo, lo que hace Flipboard es, a escala mucho más modesta, mucho peor que lo que hace Google News, y que ha llevado a los medios de muchos países a iniciar una guerra abierta que no ha terminado aún. Lo que está en juego, básicamente, es dónde se consumen los contenidos y qué experiencia de usuario se proporciona a quien quiere consumirlo. Poner las cosas difíciles al usuario y pretender obligarlo a hacer las cosas de una manera determinada – o lees mis noticias en mi página, o no lees – no parece, decididamente, la aproximación más recomendable.

 

(This post is also available in English in my Medium page, “Flipboard on the web: an interesting development“)

Crowdsourcing y ciudadanos organizados

Escrito a las 11:28 am
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power of the crowdLa tecnología puede ser un enorme reductor de fricción en los procesos organizativos. La creencia general es que reunir los recursos necesarios para desarrollar una tarea compleja exige una infraestructura de coordinación determinada, infraestructura que suele encuadrarse en algún tipo de empresa o institución.

Habitualmente, la posibilidad de reunir y hacer confluir la voluntad de muchas personas en torno a un proceso de decisiones eficiente era algo imposible, con tendencia hacia lo asambleario y hacia sistemas de tipo “reunión de comunidad de vecinos” muy difíciles de gestionar. Los procesos en red, sin embargo, parecen estar cambiando la naturaleza de esos movimientos, y dotándolos de unas posibilidades mucho más ambiciosas.

Los ejemplos empiezan a sucederse: tras la ya conocida wiki-Constitución de Islandia que hoy muchos dan por muerta, estamos empezando a ver otras iniciativas similares aplicadas a diferentes ámbitos. En Finlandia, más de cincuenta mil ciudadanos se han puesto de acuerdo para presentar una reforma de la ley de propiedad intelectual que consideran más justa: frente a propuestas cada vez más duras que siempre han venido dictadas directamente por lobbies internacionales con fuertes intereses corporativos, la propuesta ciudadana busca la reducción de penas por infracción de copyright, el incremento del llamado fair use, la prohibición de las cláusulas injustas en los contratos de grabación, y la posibilidad de que los ciudadanos puedan hacer copias de los artículos que posean. La reacción está provocada en parte por la indignación que genera un sistema prácticamente policial en el que abundan los registros domiciliarios y la monitorización de las actividades de los usuarios en la red, un sistema que el año pasado levantó ampollas con la noticia de la incautación de un portátil de Winnie the Pooh a una niña de nueve años. La propuesta será sometida al voto del parlamento a principios del próximo año, y parece estar siendo bastante bien recibida.

En la ciudad de Berlín, dos plataformas ciudadanas se ha organizado y han decidido participar en la adjudicación del contrato de suministro energético de la ciudad. En los años ’90, muchas ciudades alemanas tomaron la decisión de privatizar sus redes de energía, y no todas salieron bien: aunque el país es un líder mundial en el uso de energías renovables con una media nacional del 25% y cifras que llegan al 100% en algunas zonas, el caso de Berlín es el de una corporación inmovilista, Vattenfall, que no está planteando esfuerzo alguno para incrementar el escaso 1.5% de la energía que no proviene del carbón que la misma empresa produce en minas alemanas. Una de las propuestas ciudadanas pretende llevar a cabo una gestión público-privada que reinvierta los beneficios en el desarrollo de un tendido más eficiente y flexible, e incrementar drásticamente el porcentaje de energía que provenga de fuentes renovables, en línea con los progresos de otras regiones del país. La segunda propuesta, con fines similares, se inscribe dentro de un fuerte movimiento cooperativo y de remunicipalización energética que está teniendo lugar en Alemania, ha conseguido ya más de un cuarto de millón de firmas, y ha forzado un referéndum sobre el tema que tendrá lugar en noviembre de 2013.

Básicamente, ciudadanos que se organizan en la red, promueven iniciativas y desarrollan procesos de toma de decisiones sobre la explotación energética con un fuerte componente de transparencia y fines muy claramente orientados al bien común. El crowdsourcing, aplicado a la gestión de los recursos públicos. No lo dudemos: en la progresiva adaptación de la democracia representativa al entorno tecnológico actual vamos a ver necesariamente bastantes procesos e iniciativas de este tipo.

 

(This post is also available in English in my Medium page, “Crowdsourcing and citizens’ initiatives

Pornografía: barriendo bajo la alfombra

Escrito a las 3:50 pm
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Sweep under the rug - BanksyA David Cameron le ha dado por pensar que es su deber proteger a los niños y a los ciudadanos biempensantes, y ha emprendido una santa cruzada que incluye un filtro que elimine la pornografía de las pantallas de los británicos a no ser que opten específicamente por no tenerloobligar a los motores de búsqueda a bloquear los resultados relacionados con pornografía infantil (o legislar en ese sentido si no se “autorregulan”), y declarar ilegal la posesión de la llamada “pornografía violenta”.

Una vez más, un gobernante incapaz de entender la naturaleza de la red que intenta esconder las cosas que no le gustan mediante el absurdo método de barrer debajo de la alfombra. En lugar de eliminar aquello que es ilegal y de combatir la raíz del problema con las armas legales que ya existen, vamos a dictar nuevas normas y estados de excepción… porque “internet es otra cosa”.

¿Por qué es una mala idea plantear este tipo de “soluciones“? En primer lugar, porque no funciona. Hasta el momento, los proveedores de servicios británicos ofrecían a sus clientes la posibilidad de que sus contenidos estuviesen sujetos a una serie de filtros si esos clientes decidían que así fuera. Ante la escasa popularidad de esa opción, la intención de Cameron es que ahora, esos filtros pasen a estar en estado default-on, activos por defecto, y que sea el cliente el que tenga que solicitar que sean levantados, dando lugar a una especie de “lista de pervertidos” que busca el efecto inverso. En segundo lugar, por un problema aún más grave: la imposibilidad desde un punto de vista práctico de mantener una lista negra de sitios actualizada. Internet tiene una naturaleza líquida, las cosas fluyen de un sitio a otro con total facilidad, y cuando existe una motivación económica para servir unos contenidos determinados, estos contenidos se desplazan, cambian de nombre o se transmutan de manera que toda supervisión se convierte en una tarea imposible. No solo imposible, sino aún peor: ante la profusión de contenidos, los vigilantes optan por “tirar por elevación”: si, por ejemplo, un blog en Tumblr (que ha adoptado por una aproximación mucho menos agresiva al mismo tema) o un vídeo en YouTube exhiben contenidos inadecuados, se bloquea todo Tumblr o todo YouTube, en modo “muerto el perro, se acabó la rabia”. En muchos casos, sin duda, los usuarios que soliciten el levantamiento de los filtros no será porque deseen acceder a contenidos considerados “peligrosos”, sino sencillamente porque se encuentran bloqueados contenidos perfectamente lícitos y normales a los que necesitan acceder. Las experiencias que ya hemos vivido en ese sentido lo dejan meridianamente claro: ni una sola vez ha habido un caso de lista negra de páginas que funcionase adecuadamente y no bloquease contenidos legítimos por error.

Como en todos los casos fallidos anteriores, existe un problema adicional: ¿quién vigila al vigilante? ¿Quién asegura que esos contenidos bloqueados lo son por algún tipo de “protección de la moralidad y las buenas costumbres”, o por algún otro tipo de motivación? ¿Quién impide que un gobierno, ante la posibilidad de manejar una herramienta así, no la utilice para silenciar críticas o influir en la opinión pública? ¿Nos fiamos de un gobierno para desarrollar este papel de “guardián de la moral”? Mi respuesta es clara: no, gracias. Ya soy suficientemente mayorcito para saber protegerme yo o para proteger a mi familia.

Más aún: ¿quién asegura que esas “listas de usuarios depravados” no son divulgadas, y se convierten en una especie de “lista de la vergüenza”? Ya no solo es el potencial problema de que la lista no funcione o bloquee lo que no deba bloquear, sino que exista la posibilidad de que un gobierno pueda utilizarla, en un momento dado, para levantar sospechas, avergonzar a opositores o arruinar potencialmente la vida de muchos. Que, como ya hemos comentado, podían estar sencillamente intentando acceder a un contenido perfectamente legítimo que había sido bloqueado por error – o por “otras razones”.

Por último, está el simple problema técnico: hasta el momento, todo intento de bloqueo ha originado un incremento en la popularidad de lo bloqueado. Cada vez que se ha intentado bloquear el acceso a The Pirate Bay, por ejemplo, hemos visto un aumento del uso de redes privadas virtuales, proxies y otros sistemas similares. ¿Queremos criar una generación sometida al “atractivo de lo prohibido”, y que en lugar de esconder las revistas debajo del colchón, se dedican a intercambiarse direcciones de servidores proxy? Buena suerte con ello.

Los contenidos ilegales deben ser perseguidos por ser contenidos ilegales. Debemos perseguir al que los genera, al que los hospeda si lo sabe y lo puede gestionar, al que los circula y al que los consume. Con toda la fuerza de la ley. Si alguien se relaciona con contenidos de pornografía infantil, violenta, etc. debe ser localizado y puesto a disposición judicial. Para eso, la ley que existe ya nos sirve. Pero no nos engañemos: los depravados que consumen ese tipo de contenidos no los buscan en Google. Los obtienen de fuentes muy diferentes, fuentes muy difíciles o imposibles de bloquear. Lo único que se obtiene con las medidas propuestas es “sacar los temas de la vista”, no eliminarlos. No se elimina el problema, solo se oculta. Y además, se marginaliza, se encierra en un gueto en el que determinadas conductas adquieren una peligrosidad todavía mayor. Adoptar la estrategia del avestruz no soluciona ningún problema – como bien saben hasta los avestruces. Dejemos de ocultar los problemas, de provocar potencialmente otros peores o de barrer bajo la alfombra, y enfoquemos el problema con la seriedad que requiere.

 

(This post is also available in English in my Medium page, “Pornography: sweeping it under the carpet“)

Espionaje, gorros de papel de aluminio y TRANSPARENCIA

Escrito a las 1:53 pm
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papel aluminioCada vez se acumulan más evidencias: los gobiernos de algunos países llevan años construyendo un sistema destinado a espiar a sus ciudadanos, amparándose en excusas que van desde la amenaza terrorista hasta la protección de los derechos de autor o la pornografía infantil.

El progresivo desarrollo de la tecnología ha jugado aquí un doble papel: por un lado, ha multiplicado la capacidad de control de las comunicaciones por parte de los gobiernos, haciéndolas más fáciles de trazar y auditar, en un sistema en el que una gran parte de nuestra vida cotidiana queda recogida en algún fichero log. Por otro, ha dado alas al desarrollo de un sistema paralelo en el que el control de la comunicación es imposible, y que ha posibilitado tanto la aparición de sistemas de alerta como el desarrollo de herramientas de cifrado y criptografía.

Las estrategias de los ciudadanos ante este evidente abuso pasan por dos posibilidades genéricas: la defensa y el ataque. La defensa tiene muchas facetas, pero ninguna de ellas ofrece una protección plena. El espionaje, recordémoslo, no abarca solo a la red, en donde el uso de las adecuadas técnicas de cifrado podría protegernos: se extiende a muchos más aspectos, desde nuestras conversaciones telefónicas a nuestros paseos en coche o por la calle. Educar en el uso del cifrado y la criptografía es necesario en esta primera fase en la que resulta tan evidente el nivel de abuso al que hemos llegado, pero llegar a plantear una estrategia defensiva en este sentido es jugar en contra del progreso tecnológico, y es lo que yo llamo “la estrategia del gorro de papel de aluminio“: ineficiente y, además, ridículo. No se puede vivir en una sociedad en la que sus ciudadanos se sienten obligados a protegerse todo el tiempo de las conspiraciones de sus gobernantes.

El ataque es una estrategia diferente. Consiste en recuperar un término que debería representar un bastión inexpugnable en todo sistema de gobierno: la transparencia. Como sociedad, resulta cada vez más indispensable que todos los ciudadanos entiendan que la transparencia es un valor fundamental, que debe gobernar absolutamente todas las transacciones de la vida y la gestión pública, y que las cosas que queden al margen de la misma deben ser exclusivamente aquellas que caigan dentro de lo que se consideran “secretos oficiales”, con un control exhaustivo sobre el uso de la categoría y del término. Como sociedad, no podemos aceptar que la labor del gobernante consista en rodearse de hipertrofiados servicios secretos y de círculos concéntricos de diplomáticos discretos.  Nada, ni la seguridad nacional ni la labor de gobierno justifica algo así. Hemos llegado a una situación completamente absurda en la que los gobiernos han multiplicado por un factor demencial los presupuestos dedicados a seguridad y espionaje que tenían en plena época de la guerra fría, cuando eso ya no es en absoluto necesario y se está dedicando, en realidad, a espiar a los propios ciudadanos, que además son quienes lo pagan con sus impuestos.

Como ciudadanos, debemos desterrar toda idea que apunte a pensar que “esto es normal”, que “así ha sido siempre”, o que son “asuntos reservados habituales en la gestión de los gobiernos”. No es así ni debe serlo. Tratar de ingenuo a quien se escandaliza por ser espiado es ser no solo a su vez un ingenuo mucho mayor, sino además, un absurdo colaboracionista. Necesitamos reclamar la transparencia absoluta sobre toda la labor política: queremos saberlo todo, tener todos los presupuestos a la vista, saber qué hacen los políticos a todas horas, con quién se reúnen, de qué hablan, qué pactan, por qué proponen lo que proponen, qué intereses defienden. Si es preciso tomar decisiones impopulares, que tengan que vendérnoslas muy bien, con toda la información encima de la mesa, y explicarnos por qué razones exactamente son necesarias esas decisiones impopulares. No hay decisiones impopulares, hay decisiones mal explicadas. Que sea la propia transparencia la que elimine la asquerosa corrupción que se han institucionalizado en tantos países como si fuera ya una parte consustancial y natural de la gestión pública. Y esto exige reclamar con total y absoluta autoridad como electores la presencia de la transparencia en los programas electorales hasta niveles que ninguna generación de políticos hasta ahora ha conocido nunca, y castigar de manera inmediata a quienes no cumplan lo relacionado con ella. Los sistemas de espionaje de los ciudadanos desaparecerán cuando sean los propios ciudadanos los que, de manera transparente, puedan ver qué es lo que persiguen y cómo se administran.

Necesitamos transparencia en todas partes: leyes de transparencia que ningún político hoy en activo haya visto ni imaginado jamás. Que las vean como algo exagerado, excesivo, imposible, implanteable. Cuantos más políticos actuales piensen y digan que son imposibles, mejor. Necesitamos toda una nueva generación de políticos que tengan la transparencia como parte fundamental de su ADN, que no admitan que nada se haga sin pasar por su filtro, que conviertan el desarrollo de la función pública en algo completamente público. La política se ha convertido en una parodia de sí misma, y la transparencia es el valor fundamental que puede llevarnos a intentar reinventarla. Menos gorros de papel de aluminio y más TRANSPARENCIA con mayúsculas, por favor.

 

(This post is also available in English in my Medium page, “Let’s make this clear: we need less tin foil hats and more transparency“.

No, no es solo internet… la vigilancia va mucho más allá

Escrito a las 1:45 pm
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cameraEs uno de los argumentos favoritos de los tecnoescépticos: os vigilan porque lo compartís todo en internet. Sin embargo, si algo demuestran las revelaciones recientes en torno al espionaje al que algunos países del mundo – con regímenes dictatoriales o directamente paranoicos – someten a sus ciudadanos, es la extensión de dicha vigilancia: lo que algunos erróneamente creen vinculado a la actividad en la red va, en realidad, mucho más allá, y se origina en la capacidad de solapar el desarrollo tecnológico a muchas de las actividades que llevamos a cabo en nuestra vida cotidiana, fuera de la red.

La NSA norteamericana acaba de obtener autorización para continuar con su programa de espionaje telefónico. Sí, lo has oído bien: telefónico. Recolectar todos los metadatos asociados a tus conversaciones telefónicas, y en muchos casos, directamente grabarlas y procesarlas. Un espionaje del que el ciudadano no puede defenderse, porque no puede ser llevado a juicio: está, sencillamente, por encima de la ley, como alguna mala película. Una ley progresivamente redefinida en secreto para proporcionar cada vez más posibilidades a un sistema de vigilancia permanente.

¿Crees que no te afecta, porque no eres en modo alguno sospechoso de nada? Te equivocas: la extensión del espionaje no se limita a los sospechosos de actividades que puedan ser estimadas como delictivas o amenazadoras, sino que alcanza a todos sus contactos, y a los contactos de sus contactos. Tres niveles de contacto, en los que puedes perfectamente encontrarte tú aunque “no seas de los malos” ni “tengas contacto con uno de los malos”. Podrías, en un momento de confianza, llegar a plantearte responder de las actividades de todos tus amigos. Pero ¿y de los amigos de tus amigos? Pero tranquilo, si me respondes que “es que en realidad me da igual que me espíen, porque no tengo nada que ocultar”, puedo enseñarte casos como los de un pacífico vendedor de una empresa de tecnología en Canadá, o el de unos turistas británicos un poco juerguistas que se fueron de turismo a Los Ángeles.

No uses la red. Ni el teléfono. Ni envíes SMS. Y por supuesto, no uses tu coche, porque la matrícula está siendo anotada cada vez que pasas por delante de una de esas cámaras que teóricamente sirven para controlar el tráfico, pero que en la práctica son utilizadas para mantener una base de datos en tiempo real sobre los desplazamientos de los ciudadanos. Es la nueva frontera: el control masivo de las matrículas mediante lectores capaces de capturar hasta sesenta placas por segundo, y compararlas contra una base de datos de coches robados y otra de plazos de cobertura de las aseguradoras. Muy posiblemente no hayas robado un coche ni pensado en robarlo en toda tu vida, y seas enormemente estricto con el pago de los recibos de tu seguro… pero tu nombre y tu matrícula está igualmente en esas bases de datos. Con la progresiva mejora de las tecnologías de reconocimiento facial y la cobertura de cámaras en la mayoría de las ciudades, esta vigilancia constante dejará de necesitar un número de matrícula, y pasará a recoger directamente tus paseos por la ciudad, generando una base de datos masiva que sepa mucho más de ti de lo que tu mismo serías capaz de recordar.

No, no es internet. Es algo mucho más grave, que va mucho más allá. Es una actitud lo que tiene que cambiar: una forma de entender la vida, de entender la sociedad. Esto hay que pararlo. Como sea.

 

(This post is also available in English in my Medium page, “The surveillance we are subjected to extends beyond the confines of the internet“)

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