El Blog de Enrique Dans

WhatsApp y el respeto

Escrito a las 9:52 am
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WhatsApp y el respeto - Expansión (pdf)La introducción del ya famoso doble check azul de WhatsApp sin ningún tipo de opción para el usuario me da pie a escribir una columna sobre lo que considero ámbito privado en la comunicación, y sobre el concepto de respeto hacia los usuarios, columna que he titulado “WhatsApp y el respeto” (pdf).

La idea de proporcionar una evidencia al emisor de que su mensaje ha sido visualizado por el receptor no es, en principio, mala, y como desarrollo tecnológico, tampoco resulta excepcionalmente compleja o puntera. De haber estado ahí desde el momento en que adoptamos WhatsApp, nadie le habría puesto objeción alguna: sería, simplemente, la manera en que ese canal de comunicación funciona. De hecho, seguramente recibirá pronto esa misma consideración: algo que funciona así, y punto. Sin embargo, eso no quita que introducir esa funcionalidad cuando los usuarios no la han solicitado expresamente y en forma de despliegue radical, sin aviso de ningún tipo, y sin posibilidad de desactivación sea algo que suponga un importante factor de falta de respeto y de ausencia de empatía hacia el usuario. Tocar partes del producto que cambian la noción de cómo el usuario es percibido por su interlocutor, que proporcionan más información y violan suponen posibles violaciones de un nivel de privacidad esperado, o que son susceptibles de dar lugar a malos entendidos, susceptibilidades o problemas es algo característico de quien antepone claramente sus prioridades a las de sus usuarios.

Cambiar las reglas de una herramienta de comunicación cuando ya posee un número importante de usuarios en todo tipo de segmentos socioeconómicos y hacerlo así, mediante la simple introducción del cambio sin ningún tipo de explicación lleva a pensar en cómo gestiona sus prioridades de desarrollo la compañía, la misma que durante mucho tiempo mantuvo las comunicaciones de sus usuarios sin cifrar escudándose en que “los SMS tampoco iban cifrados y no pasaba nada”, o la que cuando finalmente decidió proporcionar ese cifrado, lo hizo de manera torpe y poco robusta, como quien simplemente “cumple el expediente”, en modo “a ver, pesados, ahí tenéis ese cifrado que tanto pedíais”.

La actitud de WhatsApp viene a demostrar por enésima vez que es una compañía que no está a la altura, que simplemente trata de gestionar una situación sobrevenida. No, la masiva adopción de WhatsApp en algunos países no es un triunfo del management ni del emprendimiento, sino lo que ocurre cuando un irresponsable ofrece a un mercado un producto sin ningún tipo de preocupación con respecto a sus posibles efectos. ¿Responde la pretendida sencillez de WhatsApp a una brillantez en su planteamiento? No, responde al descuido de factores que deberían darse por descontados, pero que la compañía, en lo que supone una clara falta de respeto hacia sus usuarios, decide no priorizar. Ahora, WhatsApp trabaja a toda velocidad en el desarrollo necesario para hacer opcional el doble check azul, al tiempo que su fundador, Jan Koum, se dedica a decir en las entrevistas que no tiene ningún plan para ganar dinero con su aplicación. A ver si, con el tiempo, los usuarios empiezan a desarrollar algo más de criterio en sus decisiones de adopción…

A continuación, el texto completo de la columna:

 

WhatsApp y el respeto

Esta semana se ha hablado mucho de la introducción de una nueva prestación por parte de WhatsApp, la aplicación de mensajería más implantada en nuestro país: una doble marca azul que avisa cuando un mensaje ha sido leído por su destinatario.

En una aplicación de mensajería, cambiar las reglas del juego puede resultar problemático: para quienes están acostumbrados a utilizar una herramienta de una manera determinada, que ésta cambie la forma de presentar ciertos parámetros de una conversación puede generar malos entendidos o susceptibilidades. Si además esa función facilita más datos sobre la comunicación y se introduce obligatoriamente sin dar opción a su desconexión, pasa a ser, en realidad, una falta de respeto al usuario. Aunque parezcan detalles de poca importancia. Lo importante está en la actitud.

La escasa sensibilidad hacia el usuario ha sido una constante en WhatsApp desde sus inicios. Una empresa pequeña, centrada en la eficiencia de sus sistemas a costa de las prestaciones que ofrece. No cifrar las comunicaciones o hacerlo de manera poco segura con la débil excusa de que “los SMS tampoco se cifraban” supone poner en peligro a unos usuarios que han confiado sus comunicaciones a la compañía.

Ahora, WhatsApp se dispone a ofrecer una opción para desactivar la doble marca azul, tras tener evidencias de una mala acogida del mismo. En realidad, la funcionalidad no está mal diseñada ni resulta especialmente intrusiva: si hubiese estado ahí desde el principio, nadie habría protestado. El problema no está en la función, sino en la forma en que ha sido introducida.

El respeto al usuario es una norma fundamental de los negocios. Pero cuando el usuario tiene voz y canales de comunicación sociales a su disposición… más aún.

 

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Media choice behavior

Escrito a las 5:10 pm
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IMAGE: Deimosz - 123RFMedia choice behavior es un término académico que, dentro de la  disciplina de los Sistemas de Información, estudia los procesos de comunicación y las herramientas utilizadas en función de diversas variables en entornos de todo tipo, apoyándose en bases conceptuales de la comunicación como la media richness theory o de la psicología, como la information processing theory.

En la actualidad, los estudiosos del media choice behavior deben estar volviéndose completamente locos. El número de canales disponibles para la comunicación entre las personas, las tendencias y evoluciones de todo tipo en función de variables como la edad, las modas o la disponibilidad de tecnología, y el desarrollo constante de nuevas herramientas está determinando un panorama extraordinariamente complejo y confuso, con infinidad de opciones para la comunicación en entornos personales o corporativos, con muy distintos condicionantes. Mientras en el primer caso juegan factores como las preferencias personales o el efecto red, en el segundo entran otras cuestiones como las políticas de compañía, la seguridad o la integración de sistemas.

Las preferencias personales son, lógicamente, un factor en evolución. A lo largo del tiempo, estamos viendo cómo las generaciones más jóvenes parecen evolucionar hacia un menor uso de medios como las llamadas de voz en favor de medios como la mensajería instantánea: hemos visto como herramientas como BlackBerry Messenger eran capaces de dar un giro de 180º al posicionamiento de toda una marca y hacerla pasar del uso directivo y corporativo a parecer que regalaban sus dispositivos en las puertas de los colegios, para rápidamente ver cómo una herramienta multiplataforma como WhatsApp tomaba todo el protagonismo y pasaba a cuotas de adopción elevadísimas. Ahora, mientras las llamadas de voz siguen reservadas para la comunicación con los abuelos o para una emergencia, vemos como nuevas herramientas, como Snapchat, reemplazan completamente a redes sociales como Facebook o a la propia WhatsApp, ya adoptadas en masa por la generación de sus padres.

Por encima de esas modas, determinadas por factores de entorno y de red – necesito estar presente en aquellos medios donde se comunican mis amigos y mi red de contactos – están los gustos y preferencias más directamente personales. Mi mujer, por ejemplo, odia hablar por teléfono salvo que sea una comunicación con amigos para temas puramente personales: para todo lo profesional, exige constancia escrita. A mí las llamadas me resultan molestas, pero más por la interrupción que suponen que por el hecho de hablar por teléfono, que no me resulta especialmente incómodo… aunque para cuestiones profesionales, siempre es mucho mejor enviarme un correo electrónico o algo que deje una evidencia escrita de lo comentado, o me olvidaré de ello con casi total seguridad. Para una cuestión de fechas o de horas, el teléfono es directamente una pérdida de tiempo. Por otro lado, existe una estructuración clara entre distintos canales: en WhatsApp ni estoy, porque no me gusta ni la herramienta, ni la compañía que la desarrolla, y no soy capaz de gestionarla… aunque no deja de tener su coste en términos de sociabilidad. En GTalk – ahora Hangouts – soy fácil de localizar, pero suelo estar disponible para un número muy escaso de personas, generalmente pertenecientes a mi entorno familiar o profesional más directo. ¿Skype? Únicamente previo aviso, si no es así, aparezco como desconectado. Por correo electrónico, en cambio, suelo contestar con una regularidad más que aceptable.

En el entorno corporativo, todo indica que empezamos a acercarnos al fin de “la era del con copia”: una locura completamente insostenible que nos llevaba a poner en copia a media organización cada vez que enviábamos cualquier cosa, generando un auténtico spam corporativo imposible de gestionar de manera eficiente. Herramientas como el Yammer que Microsoft adquirió en 2012 y que ahora incluye en Office 365, alcanzan ratios de adopción más que interesantes en el entorno corporativo, mientras otras creadas por cofundadores de la propia Yammer, como Cotap – el otro cofundador abandonó Microsoft el pasado julio, tras terminar su período de permanencia – u otros competidores como Slack, Zula o la española IMbox.me se disputan un espacio que aparece cada día más prometedor de cara al fomento de la comunicación y la innovación, y en el que siguen existiendo prácticas tan imprudentes y desaconsejables como el que herramientas de comunicación puramente personal como WhatsApp tengan un nivel de uso bastante habitual en la comunicación corporativa.

En el entorno actual, la comunicación empieza a tener características de ciencia oculta: recordar qué preferencias de herramientas de comunicación tienen las personas de nuestro entorno, o plantear si un determinado tipo de comunicación es más adecuada para un soporte de voz, escrito, con reflejo posterior o sin él es algo cada día más complejo. Un simple cambio en el funcionamiento de un proceso comunicativo, como el doble check azul de WhatsApp, se convierte un en tema polémico, posiblemente no tanto por lo que realmente hace como por la forma en la que fue introducido. Que una herramienta nos proponga un esquema determinado de comunicación y de repente lo altere sin dar opciones genera incomodidad, incertidumbre y malentendidos.

En un par de décadas, hemos enterrado las cartas, hemos redefinido completamente el teléfono, hemos creado y asesinado todo tipo de herramientas, y hemos dado lugar a usos y costumbres de todo tipo sin que diese tiempo a asentar o consolidar ninguno de ellos. El resultado es una amalgama de canales, herramientas y costumbres dificilísimo de gestionar. En la práctica, los errores en el protocolo de comunicación o en la elección del medio tiendan a verse como cuestiones de escasa importancia, pero en realidad, determinan muchas veces el tipo de respuesta que obtenemos, si es que llegamos a obtener alguna. Indicaciones como el “advice for contacting” o “consejos para contactar” de los perfiles de LinkedIn, que podrían ser utilizados para definir estas preferencias de comunicación, tienen un nivel de uso muy limitado en ambos sentidos, y prácticas como proporcionar un canal de comunicación preferente en herramientas tradicionales como la tarjeta de visita, la firma del correo electrónico o la página de contacto – sea en una página propia o en herramientas de agregación de recursos como About.me – tienen también un uso, como mínimo, calificable como irregular.

¿Cómo han evolucionado vuestras preferencias de comunicación en los últimos tiempos? ¿Qué patrones de comunicación consideráis aceptables o inaceptables? ¿Vislumbráis alguna tendencia significativa en este sentido?

 

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¿La nueva, nueva, nueva Microsoft?

Escrito a las 11:33 am
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MicrosoftUn interesante artículo en TechCrunch, Should Microsoft build hardware?” resalta lo que podría ser la última jugada estratégica de Microsoft: centrar su negocio en únicamente tres líneas de actividad, representadas por Windows, Office 365 y Azure. Una compañía puramente de servicios, que trataría de ofrecer un sistema operativo competitivo, una serie de herramientas de productividad centradas en la nube, y un conjunto de servicios sobre esa misma nube.

Básicamente, una vuelta a la esencia de una compañía que tuvo un enorme éxito construyendo plataformas de interacción con el usuario en la era en que estas plataformas se situaban en el ordenador personal, y que ahora pretendería reconstruir esa situación sobre la nube. Alguna línea más, como la de juegos, que podría mantener una cierta importancia – no estratégica, pero sí en cuanto a coherencia y enfoque dada su más que esperada transición a la nube mediante adquisiciones recientes como Minecraft – y un posible abandono de otras líneas que ahora mismo suponen una distracción clara de la que pasa a definirse como la actividad principal.

El agresivo movimiento de reenfoque que podría derivarse de los comentarios de Satya Nadella podría tener sentido: Windows es una plataforma de relación e interacción con el usuario que, aunque en evolución marcadamente descendente, aún representa cuotas de mercado muy importantes en ciertos segmentos, y que ha sido el buque insignia histórico de la compañía durante sus casi cuarenta años de historia. Aunque la dura verdad es que muy pocos usuarios vuelven a Windows tras haber probado otras plataformas, el sistema operativo mantiene una gran presencia de mercado, y sigue siendo la pantalla que muchos usuarios asocian con la interacción con un ordenador – aunque el ordenador ya no sea la plataforma más importante o mayoritaria.

El caso de Office 365 supone el énfasis en el salto de la que ha sido la plataforma de productividad más importante del mundo hacia la nube, una transición absolutamente necesaria, pero que en la actualidad, en mi opinión, aún sigue representando un punto medio que trata de mantener su anclaje con el ordenador personal y que sufre en la comparación con suites centradas exclusivamente en la nube como Google Apps. No pretendo ser polémico aquí, simplemente reflejar lo que veo en mi propio uso y en el de muchos usuarios sobre los que tengo visibilidad, que consideran las herramientas de Google como un planteamiento novedoso y con muchas ventajas a la hora de plantear la productividad en la nube y, sobre todo, el trabajo en grupo, y que sin embargo tienden a ver Office 365 como un primer movimiento de transición de una suite de aplicaciones que tienden a identificar como el “más de lo mismo”. En cualquier caso, no se puede negar, teniendo en cuenta sobre todo el fuerte anclaje en el mercado corporativo del producto, las importantes posibilidades que Microsoft tendría aquí de consolidar su posición sobre el entorno del futuro.

Azure es, sin duda, la base de todo el resto de la oferta. Un producto completamente de futuro, a cuya consolidación está la compañía dedicando muchísimos recursos, y al que le tocaría competir frontalmente contra la oferta de muchas otras compañías como Amazon, Google, etc. Un posicionamiento de oferta que abarcaría un uso puramente empresarial y la combinaría con uno particular vinculado a otras herramientas, y en el que se encuadraría la transición del sistema operativo para hacerse fuerte en un mundo orientado de manera inequívoca y progresiva a la multiplataforma.

¿El problema del planteamiento? Que podría estar relegando líneas de producto a la consideración de “costes históricos” o “hundidos”, particularmente aquellas que tienen relación con el hardware. En los últimos años, y llevado fundamentalmente por la megalomanía del que posiblemente sea el peor directivo de la historia en la industria tecnológica, Steve Ballmer, la compañía se aventuró no solo en la fabricación de líneas de tablets como Surface o smartphones como Lumia que han supuesto descomunales drenajes de recursos a cambio de ingresos escasísimos y participaciones de mercado meramente testimoniales, sino que llegó incluso a poner en marcha toda una operación de “caballo de Troya” sobre Nokia para hacerse con una compañía que ahora desprecia y desmantela a marchas forzadas. ¿Pueden todas esas descomunales inversiones en hardware ser consideradas como costes hundidos de los que la compañía debe progresivamente deshacerse para no perder foco estratégico?

Sin duda, una de las razones fundamentales para tratar de llevar a Microsoft al mundo del hardware era tratar de emular la posición de empresas como Apple, firmemente anclada en la fabricación y venta de los que son sin duda los dispositivos más rentables del mundo, y que mantienen a la compañía como la más valiosa de todo el mercado. Pero, como bien resalta hoy un muy recomendable artículo en Harvard Business Review, tanto Apple como Amazon son empresas que han hecho de su cash conversion cycle (CCC) su auténtica razón de ser: sus operaciones les permiten una rotación rápida de productos y un cobro muy rápido a sus clientes frente a un pago en períodos más dilatados a sus proveedores, lo que lleva esencialmente a que ambas compañías sean auténticas máquinas de generar cash, con ciclos negativos (-30.6 días en el caso de Amazon y -44.5 días en el de Apple) frente a las cifras de un solo dígito, pero todavía positivas que consiguen monstruos de la distribución como Walmart o Costco. Tradicionalmente, ese tipo de valores de CCC se asentaban fundamentalmente en industrias con clientes enormemente leales o directamente adictos como el juego o el tabaco. Microsoft, o al menos la Microsoft que conocemos hoy, está claramente muy lejos de ese tipo de valoraciones y de tener siquiera la posibilidad de alcanzar dimensiones financieras similares para sus productos de hardware, que en ningún caso consiguen el tirón con los consumidores que posibilita una rotación tan baja. Visto así, la vocación de la compañía por el hardware, que hasta el momento ha supuesto un desastre financiero sin paliativos, seguiría siéndolo en el futuro.

El enfoque estratégico es una de las maneras más clásicas en las que un nuevo líder trata de hacerse con el control de una compañía. En el caso de Microsoft y de Satya Nadella, el movimiento tendría una dimensión enorme, descomunal, de auténtica reinvención corporativa. Posible, sí, pero con un significado y un coste gigantescos, que tendrían un importante impacto en cuestiones como el número de empleados o la consideración que los analistas y los mercados tienen de la compañía. Como movimiento, su análisis podría ser incluso razonable: abandonar líneas en las que muy posiblemente nunca debieron haber entrado y en las que no solo han perdido mucho dinero, sino que además parecen muy lejos de llegar a ganarlo. Considerar decisiones pasadas como costes hundidos que no deben tener efecto alguno sobre las tomas de decisiones actuales es algo completamente de libro en management. Pero eso no quita que sea una decisión enormemente difícil de tomar.

 

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La verdadera dimensión del mensaje de Obama sobre la neutralidad de la red

Escrito a las 2:25 pm
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Obama - Speech on Net Neutrality

Barack Obama decidió finalmente ayer desempolvar la promesa de su primera campaña electoral acerca de la importancia de garantizar la neutralidad de la red, justo a tiempo para intervenir en el momento en que la Federal Communications Commission – no lo olvidemos, un organismo independiente – amenazaba, de la mano de un director que proviene del lobby de la industria de las telecomunicaciones y el cable, con hacer que el concepto pasase a mejor vida.

Lo hace con un mensaje publicado en Medium – impresionante el ascenso en la popularidad de la plataforma, creada por dos de los fundadores de Twitter, Evan Williams y Biz Stone – y posteriormente en la web de la Casa Blanca y en YouTube, mensaje al que vale la pena dedicar una lectura por su dimensión histórica: hablamos de una toma de posición clara y contundente, que solicita expresamente de la FCC medidas concretas y específicas – la reclasificación del acceso a internet dentro de los servicios de telecomunicaciones conocidos como “common carriers”, acabando con su estatus “menor” y sujetándolos a las mismas limitaciones y restricciones que actúan sobre otros servicios de comunicaciones considerados como básicos.

El análisis más completo y certero desde mi punto de vista que he leído al respecto está en Vox, Obama says FCC should reclassify the internet’s regulatory status, y el mejor resumen de reacciones, en The Verge, Obama’s plan to save the internet draws bold reactions. Son análisis que podrían perfectamente pasar desapercibidos por su teórica implicación exclusiva para los norteamericanos, pero que no es ni mucho menos así: hablamos, en realidad, de un mensaje de trascendencia histórica, del ser o no ser de internet en el futuro. Pero vamos con el mensaje… básicamente, ¿qué ha dicho Barack Obama?

  • La red es hoy esencial para la economía y el modo de vida norteamericanos, y su carácter abierto y neutral es fundacional, está construido en su propia naturaleza.
  • Sin embargo, eso no quiere decir que podamos tomar esa neutralidad como algo asegurado. No podemos permitir que los proveedores de acceso a internet tomen una posición que les permita decidir qué servicios ganan o pierden en función del acceso que dan a los mismos.
  • De ahí que el Presidente solicite a la FCC que se alinee con las peticiones de más de cuatro millones de comentarios públicos al respecto, y apruebe las reglas más fuertes posibles para proteger la neutralidad de la red. Un compromiso por una red abierta y libre que ya hizo cuando era todavía candidato a la presidencia, y que hoy se mantiene tan fuerte como siempre.
  • Las medidas tomadas hasta ahora por la FCC para intentar proteger la neutralidad de la red no funcionaron: los tribunales han dejado claro que la única manera de proteger esa neutralidad es reclasificando el servicio de conectividad al mismo nivel que otros servicios de telecomunicaciones sujetos a restricciones: los proveedores de tales servicios no pueden actuar como guardianes de aquello a lo que los usuarios pueden o no acceder. Concretamente, las restricciones son las siguientes:
    1. No a los bloqueos: si un cliente solicita acceso a  un servicio o contenido, y este es legal, el ISP no estará autorizado a bloquearlo, de manera que todos los servicios, afiliados o no con el ISP, tengan igualdad de oportunidades a la hora de acceder a los clientes potenciales.
    2. No al throttling o “estrangulamiento”: bajo ningún concepto podrá un ISP reducir la calidad del acceso a un servicio en función de sus preferencias o del tipo de servicio que sea.
    3. Más transparencia: la llamada “última milla” no es el único lugar en el que las páginas y servicios web podrían recibir tratamiento preferencial por parte de un ISP. Por tanto, habrá que aplicar total transparencia para que se asegure la neutralidad de la red en todos los puntos de la red de interconexión entre el ISP y el resto de internet.
    4. No a la priorización pagada: ningún servicio podrá ser “atrapado” en un carril lento por no pagar una cuota determinada, porque eso socavaría la igualdad de condiciones esencial para el crecimiento y desarrollo de internet. Debe prohibirse, por tanto, la priorización de pago y cualquier otra restricción que tenga un efecto similar.

     

  • Si se toman en conjunto y se diseñan con el debido cuidado, estas medidas no deberían suponer una carga excesiva para los proveedores de acceso ni deberían restringir los incentivos a la competencia en la prestación del servicio. De hecho, estas mismas medidas deberían trasladarse también a la banda ancha móvil,
  • En el fondo, se trata de aplicar las mismas reglas que durante más de un siglo han regulado las telecomunicaciones, reconociendo que aquellas compañías que te conectan al resto del mundo tienen que tener algunas obligaciones que impidan que exploten de forma monopolística el acceso que tienen a nuestros hogares o a nuestras compañías. Es la razón por la cual una llamada de teléfono llega a otro abonado aunque utilice los servicios de otra compañía, o por las que no se penaliza a alguien solo por llamar a quien no usa los servicios de su compañía.  Es de sentido común que esta misma filosofía se aplique a la transmisión de datos del mismo modo que se aplica a las llamadas de voz.
  • Es momento de que la FCC reconozca que los servicios de comunicaciones de banda ancha tienen la misma importancia y deben estar sujetos a las mismas obligaciones que otros servicios igualmente esenciales. De ahí que la FCC deba reclasificar los servicios de transmisión de banda ancha a los consumidores dentro del Título II de la Ley de Telecomunicaciones, reconociendo así el carácter básico de los servicios que los ISP proporcionan a los hogares y empresas estadounidenses, y las obligaciones directas necesarias para asegurar que la red funciona para todo el mundo, no únicamente para una o dos compañías.

 

Un mensaje indudablemente claro y específico, que va a diferenciar a los países en función de que decidan hacerlo suyo y aplicarlo a su entorno o, por el contrario, permitir que los operadores puedan dedicarse a destruir la naturaleza abierta de la red. Para los norteamericanos, es el momento de exigir a la FCC que cumpla con las directrices presidenciales sin demora, sin tratar de dilatar el proceso a la espera de que lleguen otros vientos a la Casa Blanca (las reacciones de la mayoría de los republicanos son esencialmente las contrarias, alineándose descaradamente con los intereses corporativos y en contra de los ciudadanos). Para los ciudadanos de otros países, es el momento de leer detenidamente el mensaje, y de entender lo que la red es… y sobre todo, lo que debe seguir siendo en el futuro. Si tu gobierno no está de acuerdo con estos principios… preocúpate. Si la red es importante para ti, te va a tocar hacer un trabajo de pedagogía y activismo similar al que los norteamericanos llevan ya mucho tiempo haciendo.

 

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Apple Watch: cuando una empresa es capaz de detener todo un mercado

Escrito a las 5:07 pm
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Apple Watch

El anuncio del Apple Watch el pasado 9 de septiembre, cuya salida al mercado no llegará hasta la primavera de 2015, parece estar provocando una ralentización de las ventas de smartwatches para todos sus competidores. Al modo del mejor Hiro Nakamura de “Heroes“, capaz de detener el tiempo, Apple parece haber alcanzando el superpoder de detener los mercados a la espera de la salida de sus productos: en el anuncio del producto se citaron dos tamaños, tres colecciones, seis acabados, dieciocho brazaletes y once diseños de esfera diferentes, pero no se desvelaron características tan importantes del mismo como la duración de la batería, aunque todo parece indicar que habrá que cargarla todas las noches, o el precio, que parece ser que oscilará entre los $500 por el modelo básico en acero inoxidable y $4.000 por los modelos de oro.

El hecho merece una reflexión: los smartwatches no son, obviamente, ningún producto de primera necesidad ni imprescindible, son más bien un objeto que oscila entre el capricho tecnológico, el interés por proyectar una imagen de afinidad tecnológica o la búsqueda de una cierta conveniencia si se considera su asociación con el sistema de pago de la compañía, Apple Pay, si se reside en un mercado en el que este sistema sea una realidad. Pero indudablemente, hablamos de una categoría que todo indica que va a tener cierta importancia (se calculan más de cien millones de dispositivos en 201922.9 mil millones de dólares en el año 2020), en el que Apple ha seguido una estrategia en este segmento que reafirma su capacidad de redefinirlo y de marcar los tiempos de la industria: salvando pruebas anteriores poco significativas, el primer smartwatch capaz de alcanzar un cierto nivel de popularidad fue el Pebble a raíz de su exitosísima campaña en Kickstarter, que encabezó el ranking de recaudación en esa plataforma de crowdfunding hasta que el pasado mes de agosto fue superado por algo aparentemente tan poco excitante como una nevera de camping. Anteriormente habían surgido modelos de empresas tan conocidas como Motorola o Sony, que sin embargo, nunca llegaron a alcanzar unas ventas o una visibilidad mínimamente significativa.

El éxito de Pebble en Kickstarter y sus ventas de casi doscientas mil unidades entre el primer modelo y el segundo, el Pebble Steel, fueron interpretados por muchas compañías como una señal positiva a un estudio de mercado no oficial, lo que dio lugar a una proliferación de nuevos modelos: además de las nuevas ediciones de las ya citadas Sony o Motorola, hemos visto modelos de compañías como Qualcomm, Samsung, Archos, LG o Swatch, además de bandas cuantificadoras de actividad física para llevar en la muñeca y con algunas funciones similares a las de un smartwatch como las presentadas por Razer, Microsoft, Fitbit o algunos otros.

Ahora, a pesar de la gran actividad en la categoría, muchos analistas afirman que las ventas se han ralentizado, a la espera de la saluda al mercado del Apple Watch. Una cita que deja de lado la época más activa de ventas en electrónica de consumo, las navidades, y que provoca un verdadero problema a las empresas que habían confiado sus lanzamientos al calendario habitual: si las ventas no despegan, se verán obligados a almacenar mucho más allá de lo recomendable en una industria caracterizada por una obsolescencia feroz, y a confiar que la salida del producto de Apple provoque un cierto repunte en las ventas de sus modelos. Si nos atenemos a experiencias anteriores, esa espera y ese posicionamiento de producto prácticamente “sustituto” terminará provocando bajadas de precio y caídas en la rentabilidad esperada de esas líneas de fabricación.

¿Cuánto pagaría una marca cualquiera por la capacidad de “detener el tiempo” y poner a todo un mercado a esperar por su producto, a pesar de que ni siquiera se hayan publicado oficialmente algunas de sus características más significativas? La experiencia sucesiva de productos como el iPod, el iPhone o el iPad, que dominaron respectivamente las categorías del reproductor MP3, el smartphone o el tablet a pesar de no haber sido en modo alguno el primero en salir al mercado, parece haber dotado a la marca de la manzana de un aura que lleva a muchos a estar dispuestos a esperar varios meses por sus productos, aunque algunas de sus características ni siquiera estén completamente definidas.

Podemos llamarlo “efecto fanboy” o como queramos, pero todo indica que los calendarios de Apple marcan, en muchos sentidos, el pulso de la electrónica de consumo. Todavía es pronto para aventurar cuál será la recepción que el mercado ofrezca al Apple Watch. Pero sin duda, el anuncio de su salida ha tenido un efecto… en las cuentas de resultados de sus competidores.

 

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Censura, red y periódicos del siglo pasado

Escrito a las 1:18 pm
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El estafermo - MediumEl periodista español Pedro J. Ramírez, fundador y director de El Mundo hasta que la empresa editorial de ese medio decidió cesarlo por presiones del gobierno, ha publicado uno de sus artículos de más alcance: una columna que formaba parte de la colaboración semanal que mantenía con el que hasta hace algunos meses era el medio que dirigía, pero que éste, en medio de una agria polémica, decidió censurar.

Tras ser informado sobre tal circunstancia, el periodista tomó la decisión de publicarla en su página recién abierta en Medium, una de las plataformas de blogging más pujantes creada por dos de los fundadores de Twitter, Evan Williams y Biz Stone, y hacerse eco de dicha publicación a través de su cuenta de Twitter (con casi trescientos mil seguidores) y su recientemente estrenada página de Facebook.

Hoy, la columna de Pedro J., titulada “El estafermo“, es la página más recomendada en Medium (y la única en castellano que ha aparecido en esa lista desde que comenzó la andadura de Medium hace ya más de dos años), aparece además retuiteada, enlazada y compartida por todo lo largo y ancho de la red española, y está además publicada en medios de comunicación como El Diario.es, VozPópuli, InfoLibre y varios más.

Todo un caso de libro del llamado “efecto Streisand“, y una dura demostración de la triste parodia de medio de comunicación que es El Mundo hoy: la columna de su ex-director no arremetía contra el medio o contra su director actual, sino… contra el presidente del gobierno. Es decir: la columna fue censurada no por la incomodidad que podría suponer al medio publicar una información sobre sí mismo o sobre su política interna, sino por los supuestos problemas que podría acarrearle publicar una información molesta para su “verdadero jefe”, el gobierno español, el mismo que provocó la salida de su ex-director. No ha podido tener Pedro J. mejor venganza: demostrar de manera sólida e inequívoca que el medio que le echó está ahora en tan abierta connivencia con el gobierno, que no puede permitirse siquiera publicar una carta crítica con su gestión. Si alguien aspira a encontrar en El Mundo una información mínimamente crítica o inconveniente para el gobierno, que abandone cualquier esperanza. Hoy, El Mundo, como el resto de los medios pertenecientes a la caduca asociación AEDE, es un periódico intervenido por el gobierno. Lo peor que se puede decir de un medio, y algo trágico para una cabecera que, en su momento, llegó a ser considerada, precisamente debido a los escándalos e informaciones que fue capaz de exponer con su periodismo de investigación, responsable de muchos cambios importantes en la política española. El Mundo de hoy nunca podría asumir ese papel: es, simplemente, una caricatura de sí mismo, vendida a un gobierno manipulador.

En el centro del asunto, el canon AEDE, la absurda tasa diseñada por el gobierno español para hacerse con el control de unos medios de comunicación consumidos por las deudas en una prueba patente de su inadaptación al siglo XXI. Tras numerosas protestas de los editores de los medios en papel, el gobierno del Partido Popular, obsesionado por su mala imagen en los únicos periódicos que lee un presidente que no llega siquiera a encender el inútil ordenador que tiene en su despacho, diseñó una “ley de laboratorio” para conseguir remunerar a esos medios a costa de otras empresas de internet. Una ley diseñada a partir del fallido ejemplo alemán, que ha hecho que los medios de ese país tengan que volver a Google mendigando que por favor les vuelva a enlazar, pero que introduce además un engendro jurídico alucinante: un supuesto “derecho irrenunciable” de los medios a ser compensados, que impide que estos puedan renegociar las condiciones del uso de su información… una información que, no lo olvidemos, se limitaba a titulares y pequeños fragmentos, que resultaba completamente lícito enlazar, y que además, se convertía en una importantísima fuente de visitas para esos medios. Un disparate jurídico que no solo pretende crear derechos sobre lo que no es suyo (resulta que yo ahora, como medio, tengo un supuesto “derecho irrenunciable”… ¡al que había renunciado expresamente en la licencia Creative Commons de mi página!!), sino que además, va en contra de las normativas y directrices de la Unión Europea, a la que hurtó el polémico artículo del paquete legislativo enviando para su supervisión una versión que no lo contenía.

El Mundo, como el resto de medios de AEDE, vale hoy muchísimo menos que el papel en el que está impreso. Leerlo es asegurar que el lector no llegará a enterarse de nada que resulte mínimamente incómodo para el gobierno: si algo aparece, será porque ha pasado la censura gubernamental, con la que de facto se pactan los contenidos, ejercida por esa vicepresidenta que ha comprado la amistad de sus nuevos directores. Si quieres ser algo en esos medios, tienes que ser amigo de la vicepresidenta, y no publicar nada que no le guste. Tremendo y triste panorama para unos medios que no solo son unos inadaptados a la red, sino que además pretenden que la red debe cambiar a su antojo y compensarles en función de las pérdidas que sufren, como si compensar a los más torpes fuese a traer algo bueno.

El episodio de censura a Pedro J. Ramírez es, hoy, la prueba de que lo mejor que puede ocurrir con la prensa española es que se vea obligada a refundarse, porque nada bueno puede salir de unas cúpulas directivas plagadas de dinosaurios incapaces de entender la red y dispuestos a vender su independencia al gobierno de turno por un plato de lentejas. Es una auténtica lección de cómo funciona la red, que ninguno de esos directivos del siglo pasado será capaz de entender o aprovechar: la información funciona mejor cuanto más se enlaza, cuanto más se referencia, cuanto más se comparte, cuantas menos barreras se ponen a su circulación. Penalizar el enlace con un pago es la mayor tontería que algún iluminado pudo parir como supuesta solución a un problema. Todo negocio en la red tiene que tener en cuenta esa máxima inmutable, que no es una ley de los negocios, sino de la red misma. Una característica del entorno. Creer que se puede cambiar el entorno en lugar de adaptarse al mismo es pura y simple megalomanía, típica de muchos gobernantes o de algunos directores de medios españoles. O sencillamente, estupidez.

 

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Hablando sobre el canon AEDE, en La Noche en 24 Horas

Escrito a las 10:49 am
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Esta semana, en la sección de tecnología de La Noche en 24 Horas, estuve hablando con Sergio Martín sobre el canon AEDE, tratando de dejar claro que esto no es para nada un asunto relacionado únicamente con Google, y que se trata de una amenaza clarísima a la competitividad de nuestro país y a la libertad de información.

Personas o productos: ¿hacia una web con servicios de pago?

Escrito a las 11:21 am
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Personas o productos - Expansión (pdf)Mi columna en el diario Expansión de esta semana se titula “Personas o productos” (pdf), y es una especulación sobre si tendría sentido pensar que un desplazamiento en las preferencias de los usuarios, generacional o de otro tipo, nos llevase a un escenario en el que los servicios financiados mediante el análisis de los datos del cliente de cara a la administración de publicidad contextualizada y segmentada perdiesen progresivamente su atractivo.

¿Qué ocurriría si, por ejemplo, el mercado demostrase preferir servicios como Ello, carentes de publicidad, financiados mediante modelos freemium y que no recopilan información de los hábitos de sus usuarios, en lugar de la red social contra la que se define por oposición, Facebook? Lo sé, a Ello le falta mucho por desarrollar y demostrar, puede perfectamente quedarse en nada, y no existe a día de hoy ninguna evidencia de un cambio en las preferencias que sería casi un desplazamiento tectónico, pero pensémoslo simplemente como hipótesis: desde hace tiempo estamos viendo cómo algunos servicios que tratan de no amenazar la privacidad del usuario, van creciendo en las preferencias de adopción, mientras toda una generación de jóvenes parece ver la publicidad segmentada como algo siniestro, como una especie de vigilancia permanente sobre todas sus acciones. ¿Que pasaría si la tendencia se estableciese? ¿Cómo podrían reaccionar los servicios consolidados basados en la publicidad segmentada?

La respuesta parece clara: si tienes un servicio que los usuarios quieren, pero rechazan el modelo de negocio que tiene asociado, lo ideal sería ofrecer a esos mismos usuarios la opción de obtener esos servicios mediante otro modelo de negocio diferente. En este caso, sustituyendo la publicidad y la recopilación de datos por un pago, por ejemplo, una cuota anual. Ajustando el importe de esa cuota adecuadamente, podría ocurrir que un cierto segmento de usuarios, cuyo tamaño es pronto para aventurar, manifestase su preferencia por ese tipo de modelo frente al conocido. Eso permitiría a la compañía ofrecer un modelo diferenciado, en el que puede contestar a las protestas de ese segmento de usuarios que no quieren ver su privacidad amenazada con un simple “si no quieres publicidad, ahí tienes el precio”.

Google anuncia a través de Susan Wojcicki que está considerando un modelo de suscripción de pago para YouTube, que tendría como contraprestación la eliminación de la publicidad. En el caso de YouTube, con un modelo de interrupción directa sensiblemente más molesto para el usuario que el que Google emplea en el resto de su cartera de productos, el modelo resulta curioso: “voy a crear un servicio que interrumpe de manera molestísima al usuario cada poco tiempo con cosas que éste no quiere ver, para intentar que, a base de molestarlos mucho, terminen por pagar para quitárselo de encima”. Pero los resultados del experimento, sin duda, parecen prometedores.

En un entorno en el que algunas publicaciones, particularmente las características de segmentos de usuarios con más nivel de experiencia, ven ascender el uso de bloqueadores de publicidad por encima de un tercio, este tipo de consideraciones no van a tardar en producirse. ¿Pagarías por una YouTube sin publicidad? ¿O simplemente no pagarías, pero te instalarías un bloqueador para evitarla? ¿Y por Google? ¿Te plantearías pagar por un buscador que no pone anuncios y no almacena tu información? Lo sé, es mucho especular, pero me parece una posibilidad cada vez más realista.

A continuación, el texto completo de mi columna:

 

Personas o productos

Uno de los aforismos más habituales de la “vieja escuela” de los descreídos de internet, es que en la red nadie quiere pagar. Que la red está poblada por parásitos capaces de caminar hasta el fin del mundo si con ello se ahorran un euro.

La realidad, sin embargo, es bien conocida por los usuarios avanzados: cuanto más se usa la red, más se tiende a pagar por servicios que aportan valor. Compañías como Evernote, que no conminan a un pago sino que simplemente ofrecen una prestación valiosa con la opción de pagar por ella, obtienen porcentajes de conversión muy interesantes.

La evolución de la privacidad, en plena era post-Assange y post-Snowden, está llevando a una evidencia clara: cada vez más usuarios reclaman control sobre sus datos. El modelo de servicios gratuitos a cambio de explotación de datos personales y publicidad segmentada tiene cada vez menos aceptación, especialmente entre los jóvenes. El éxito de Snapchat o la curiosidad en torno a propuestas como Ello parecen demostrarlo.

YouTube, un sitio indudablemente valorado por muchos usuarios pero en el que la publicidad resulta más molesta por su formato de interrupción, está considerando un modelo de suscripción a cambio de eliminar la publicidad.

¿Un experimento de Google? ¿Podría el rey de los servicios gratuitos a cambio de la explotación de los datos del usuario estar considerando ofrecer servicios bajo suscripción, para adaptarse a ese aparente cambio en la consideración de la privacidad y al creciente uso de herramientas para bloquear la publicidad?

¿En cuánto valoramos nuestra privacidad? ¿Pagaríamos una suscripción, por ejemplo, por usar Google sin publicidad y sin que recopilase nuestra información? ¿Queremos ser personas en lugar de productos?

 

This article is also available in English in my Medium page, “People or products: are we moving toward an internet where we pay for services?”

Nest: el confort y los datos

Escrito a las 11:30 am
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Nest (new)

Interesante cambio en la estrategia de Nest, la empresa de termostatos y detectores de gases adquirida por Google a principios del año por 3.200 millones de dólares: acuerdos con empresas de distribución de electricidad que conllevarían que la instalación de su termostato fuese gratuita para los clientes. Un cambio estratégico que pretende extender de manera mucho más rápida la penetración de Nest en los hogares (a principios de año, estaba presente en aproximadamente un 1% de los hogares norteamericanos), a cambio de asociarse con los principales interesados en llevar a cabo una racionalización de la medición y el consumo de energía.

La gestión del tema, sin embargo, tiene detalles algo más complejos: por un lado, los termostatos de Nest, que acaban de ser renovados para incluir la información del tiempo y mejores algoritmos de aprendizaje inteligente de los hábitos y preferencias de los usuarios, son una auténtica gloria en cuanto a usabilidad: la huella de Tony Fadell, ex-diseñador de Apple, se ve clara a la hora de la interacción. El usuario no quiere enfrentarse a complejos paneles de información dignos de la casa de los Jetsons, sino simplemente girar el termostato en un sentido cuando tiene frío y en el otro cuando tiene calor. El termostato, convertido en un aparato casi “sexy” por primera vez en su historia, se convierte en un aparato inteligente capaz de aprender de los hábitos de los ocupantes de la casa gracias a sus sensores, que se despliegan también en sus equipos de detección de humos y gases.

La pregunta clara es qué puede hacer la compañía con una enorme red de sensores desplegados en aparatos domésticos en miles de hogares, sensores capaces de detectar calor, luz, movimiento o ultrasonidos. Y la respuesta podría ser plantear a las eléctricas que puedan gestionar de manera limitada y dentro de ciertos márgenes la temperatura de los hogares de sus clientes, para así tener más grados de libertad a la hora de manejar su consumo agregado en momentos de alta demanda. Una generación de ahorro que podría compartirse con el cliente, en función de los contratos firmados con este, pero que conlleva un intercambio de datos con una compañía que, tradicionalmente, se había limitado a proporcionar un servicio en modo completamente commodity, prácticamente ciego con respecto al cliente que lo demandaba.

Los acuerdos de Nest con las empresas eléctricas varían en función de la negociación, pero pueden incluir desde un porcentaje de los ahorros generados hasta los citados acuerdos con los consumidores. Nest afirma que no permite un control directo del termostato por parte de las operadoras y que los datos generados nunca dejan sus servidores ni son compartidos con terceros – ni siquiera son compartidos con su matriz, Google – pero es más que posible que la cuestión puede llegar a generar ciertas suspicacias en determinados segmentos de usuarios.

¿Está dispuesto el cliente a compartir información sobre sus hábitos y preferencias en el uso de su hogar, sobre si está en casa o no, sus horas de descanso, etc. con unas empresas de suministro de electricidad cuya reputación en lo referente a la relación con el cliente nunca ha sido especialmente brillante? ¿Puede construirse en base a esos datos y a ese nuevo tipo de dispositivos una relación razonable, transparente, aceptada y con una posible generación de beneficios para ambas partes? Para el cliente, se trata de poner en la balanza un hipotético incremento del confort y unos posibles ahorros en el consumo, frente a un intercambio de datos que, para muchos, se plantea casi como siniestro o amenazador. A medida que dotamos de sensores e inteligencia a más aparatos, la privacidad, cada día más en discusión y sujeta a dinámicas generacionales en permanente evolución, pasa a tener relevancia en contextos en los que, hasta ahora, no la tenía. Parece claro que con el desarrollo de la internet de las cosas y el hogar inteligente, tendremos que acostumbrarnos a este tipo de disyuntivas.

 

This article is also available in English in my Medium page, “Nest: convenience vs. data

Hungría, internet y el triunfo del activismo

Escrito a las 9:31 am
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Hungary protests

Las recientes protestas de finales del octubre pasado en Hungría a raíz del intento de establecimiento de un impuesto a la conectividad a través de internet son un ejemplo claro de cómo el activismo bien organizado y ejercido de manera pacífica puede llegar a obtener sus fines.

Un gobierno en sus más altas cotas de popularidad, con un Viktor Orbán recién reelegido el pasado abril para su tercer mandato consecutivo con una mayoría absoluta de más de dos tercios del censo, que de repente decide sacarse de la manga un impuesto a internet expresado en una cantidad aproximada de cincuenta céntimos de euro (150 forints) por gigabyte. Ante el anuncio, una página de Facebook creada para la ocasión, “Cientos de miles contra en impuesto de internet” consigue rápidamente más de doscientos mil seguidores (en un país de unos diez millones de habitantes), y es utilizada para coordinar marchas de protesta nocturnas en las calles en las que los ciudadanos levantan la pantalla encendida de sus teléfonos móviles, obteniendo un efecto sumamente llamativo.

Tras las primeras protestas, que congregaron en la calle a entre treinta y cinco mil y cuarenta mil personas, el gobierno da marcha atrás, y anuncia un recorte del impuesto que impondría un tope máximo de unos 2.26€ por persona y unos 16€ por compañía al mes. Los ciudadanos, sin embargo, vuelven a salir a las calles reclamando la suspensión total de la medida, suspensión que finalmente obtienen cuando el primer ministro anuncia que retira el impuesto porque “no son comunistas y no gobiernan en contra de los ciudadanos“.

El episodio de Hungría, en el que los ciudadanos salen a la calle para defender la red como un canal abierto y libre que no debe bajo ningún concepto ser sometido a restricciones y que debe estar a disposición de la mayor cantidad de gente posible, debe ser interpretada como una señal muy clara: es perfectamente correcto y democrático organizarse y salir a la calle para protestar pacíficamente contra los planes de un gobierno, por popular que este sea, cuando se está en desacuerdo con ellos, y es igualmente correcto y razonable que ese gobierno entienda las protestas y anule sus planes. Las mayorías no son una carta blanca para que un gobierno haga lo que le dé la gana independientemente de los deseos e intereses de los ciudadanos: las medidas gubernamentales y las leyes deben someterse al escrutinio público, y el gobierno debe escuchar la voluntad de las personas, expresada en la calle, en la red o de la manera que sea. Pensar que “tengo mayoría y por tanto puedo dictar las leyes que me dé la gana” supone un carácter esencialmente antidemocrático, una auténtica perversión de la esencia de la democracia: los votos pueden otorgar escaños, pero nunca la verdad absoluta ni la legitimidad para gobernar en contra de los ciudadanos.

 

This article is also available in English in my Medium page, “Hungary, the internet, and a victory for activism

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