El Blog de Enrique Dans

Reconstruidos y aumentados

Escrito a las 4:52 pm
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3D printed titanium hipEl objeto de la fotografía, una cabeza de fémur impresa en titanio con una superficie porosa para promover el crecimiento óseo, lo llevó uno de mis alumnos a una clase en la que discutíamos el potencial de la impresión tridimensional.

La fabricación de prótesis de este tipo es tan solo uno de los aspectos de un entorno cada vez más activo en el que se combinan múltiples tecnologías diseñadas para fabricar piezas de nosotros mismos, bien para reconstruir y sustituir partes de nuestros cuerpos o para aumentar sus capacidades.

Implantes cerebrales que generan estímulos diseñados para preservar la memoria en pacientes con Alzheimer, tatuajes electrónicos capaces de recopilar datos de nuestras funciones vitalescapturar nuestros susurrosservir como identificación, chips NFC situados bajo la piel que nos permiten interactuar con máquinas, implantes auditivos que sirven para sustituir a los cascos o para dotar de audición a quien no la tenía, o anillos que leen textos a los ciegos.

Indudablemente, el futuro nos trae conceptos que a día de hoy, resultan profundamente provocativos. Los wearables, herramientas que llevamos encima para incorporar una cuantificación de múltiples aspectos de nuestra vida cotidiana, ya resultaban un concepto relativamente intrusivo para algunos, a pesar de que quien los llevaba aceptaba perfectamente las reglas inherentes a los mismos – o al menos, las que conocía. Cuando pasamos al concepto embeddable, herramientas que llevamos dentro de nosotros mismos, la percepción de intrusión se convierte en algo completamente inaceptable para muchos. Pero ¿qué ocurre cuando esos embeddables se convierten en herramientas que permiten incrementar nuestra calidad de vida, hacen posible la reconstrucción de determinadas funciones dañadas, o nos aumenta en nuestras posibilidades?

La filosofía que surge detrás de los embedabbles es la que subyace tras el concepto de cyborg, de organismo con partes orgánicas y artificiales, pero se centra en un plano en el que la capacidad de decisión, en muchos casos, se encuentra notoriamente mermada: quien acepta un implante artificial que restaura determinadas funciones corporales lo hace porque realmente percibe una necesidad, necesita suplir una carencia, y por tanto, tiene alterada su capacidad de decisión en virtud de una necesidad que percibe como perentoria. Pocos elementos son más convincentes en un proceso de adopción que ese. A medida que la tecnología lo permita, vamos a ver un desarrollo de este tipo de tecnologías, llevadas por la lógica de quienes realmente lo necesiten, que los convertirá en elementos cotidianos de una manera relativamente rápida: en breve, habrá artefactos que potencian las funciones físicas de un porcentaje importante de la población, y evocaremos con dificultad la época en la que este tipo de suplementos no eran posibles.

Realmente, nos queda mucho por ver

 

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Microsoft y las dudas

Escrito a las 4:44 pm
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Microsoft question
Microsoft anuncia dieciocho mil despidos, el mayor recorte de personal de toda su historia, correspondiente a un 15% de su plantilla, en su mayoría para solucionar las redundancias generadas por la adquisición de Nokia. Hasta 12.500 de los puestos recortados corresponden a antiguos empleados de Nokia, lo que lleva a plantearse de nuevo el resultado de la gestión de Stephen Elop al frente de la compañía finlandesa: desde septiembre de 2010, cuando se hizo cargo de la compañía en sustitución de Olli-Pekka Kallasvuo, Elop ha enviado a su casa a mas de 50.000 empleados, ademas de cerrar plataformas como Symbian, Meego, s40, s30 o, recientemente, Asha y Nokia X. Todo un récord. Para Microsoft, que el pasado mes de junio tenía una plantilla de 127.104 personas (Apple: 80,000Amazon: 124,600IBM: 431,212Red Hat: 5,000+Facebook: 6,800Google: 52,000Intel: 104,900), la cuestión plantea dudas sobre la dimensión que realmente requiere la compañía, sometida a una fuerte reorientación estratégica: ¿supone el fuerte recorte una indicación del fin de la apuesta de Microsoft por el hardware?

 

La decisión de cerrar definitivamente Nokia X, la línea de productos basados en Android que fue anunciada a bombo y platillo el pasado febrero en el Mobile World Congress de Barcelona, es otra fuerte indicación de las dudas que genera la compañía: se cierra una línea de producto anunciada hace tan solo cuatro meses y supuestamente destinada a competir en el segmento de precio bajo, al tiempo que se intenta competir con modelos propios de la línea Lumia, que hace no demasiado tiempo se suponían de gama alta. Según algunos analistas, los modelos de la gama Nokia X carecían de identidad: es natural… la identidad no se construye en tan solo cuatro meses.

El momento en el mercado smartphone es completamente estratégico. Con Android en este momento situado en un 80% de cuota de mercado sobre el segmento smartphone y un 44% 44% sobre el de la telefonía móvil en su conjunto, toda alternativa razonablemente viable para los usuarios es bienvenida: el monocultivo no es bueno para nadie. Generar dudas en torno a tus terminales, cancelar líneas recientemente abiertas o condenar a quienes los compraron a ser poseedores de un producto obsoleto tras solo unos meses de uso no parece la mejor manera de generar confianza, y menos aún en mercados en los que la compra de un smartphone supone una decisión que puede representar un porcentaje muy elevado de los ingresos anuales de una persona, en torno a la cual se lleva a cabo en muchos casos un proceso sumamente razonado y cuidadoso. Que un cambio en la cúpula directiva de una compañía dé lugar a cambios en la estrategia parece razonable e incluso aconsejable. Pero de los movimientos a las convulsiones, hay un trecho.

 

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Sesgos positivos

Escrito a las 8:35 am
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Sesgo positivo - Expansión (pdf)Mi columna en el diario Expansión de esta semana se titula “Sesgos positivos” (pdf), y es un intento de caracterizar los diferentes esquemas de atención que se ponen en funcionamiento en la publicidad tradicional de interrupción frente al llamado social media marketing – obviamente, simplificado y reducido al espacio que me da una columna en un medio impreso.

Básicamente, la idea es contraponer la interrupción, que por mucho que podamos entender que financie el contenido, es algo que, en principio, el usuario no quiere ver, con un modelo conversacional, que está ahí cuando el usuario lo necesita, y que aunque lógicamente necesita momentos de evocación y de recordatorio – brand awareness – tiende a preferir esquemas no intrusivos o, sobre todo, originados en el propio usuario que comparte información sobre la compañía de manera voluntaria. Al final, el sesgo positivo a efectos de introducción en el conjunto de consideración, de adquisición o de recomendación se produce gracias al valor referencial que la marca alcanza mediante una interacción que el usuario sí aprecia, a la que sí otorga un valor que va más allá de la mera molestia, y que además en muchas ocasiones le llega respaldada por la opinión o percepción positiva de alguien que le genera confianza.

Esquemas diferentes, para un medio al que le queda todavía mucho por desarrollar. A continuación, el texto completo de la columna:

 

Sesgo positivo

Cada vez que hacemos publicidad o acciones promocionales de un producto, estamos tratando de obtener un sesgo positivo en las preferencias del cliente hacia él: pretendemos que ese cliente nos considere, nos adquiera o nos recomiende.

No hay claves seguras para generar sesgos positivos. Varían según el cliente y sus características, según el tipo de producto… pero lo que sí parece claro es que muchos de los modelos con los que pretendíamos obtenerlo hace años, están fallando. Los modelos basados en la interrupción, por ejemplo, están en crisis: la primera vez que exponemos un  anuncio a un cliente, tal vez le resulte interesante. Pero pocos anuncios superan la exposición sucesiva: la segunda vez y posteriores generan indiferencia, o incluso resultan molestos.

El social media marketing surge como una manera de generar sesgos positivos basada en una mecánica diferente: me vas a preferir porque cuando quieres hablar conmigo, estoy ahí y te inspiro confianza. Estábamos tan poco acostumbrados a que las empresas nos tratasen como a personas, que el que empiecen a hacerlo nos sorprende y nos resulta agradable, hasta el punto de generarnos un sesgo positivo.

Varios estudios prueban que un “Me gusta” en Facebook se correlaciona con una mayor inclinación a la consideración, a la compra y a la recomendación de un producto. Las empresas con las que establecemos relaciones, las que responden cuando les preguntas sin hacerte pasar por cuatro pasos en una centralita automatizada, aquellas en las que percibimos rasgos de humanidad, son cada vez más las que nos generan sesgos positivos.

Al final, todo consiste en tratar a las personas como a personas, mediante tecnologías que posibiliten conversaciones. ¿Social media marketing? Simplemente, un modelo de relación natural entre personas, capaz de inspirar sesgos positivos.

(This article is also available in English in my Medium page, “Positive bias“)

Prólogo de “Las nuevas tecnologías audiovisuales frente a los procesos tradicionales de comunicación”

Escrito a las 8:38 am
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Las nuevas tecnologías  audiovisuales frente a los  procesos tradicionales de  comunicación - Cuadernos Artesanos de Comunicación (CAC) nº 64 (pdf)Jorge Gallardo, profesor de la Universidad Camilo José Cela y subdirector del programa “Espejo Público” de Antena 3, me pidió que prologase el número 64 de la revista académica CAC, “Cuadernos Artesanos de Comunicación“, titulado “Las nuevas tecnologías audiovisuales frente a los  procesos tradicionales de  comunicación“, coordinado por él y por Nerea Vadillo. Lo han titulado “Preparados para el cambio”.

A continuación, el texto completo del prólogo:

 

Preparados para el cambio

La relación entre el desarrollo de la web social y los procesos de comunicación tradicionalmente unidireccionales es una de las transiciones más interesantes que hemos vivido como sociedad a lo largo de la última década.

Durante muchas décadas, la posibilidad de transmitir información de manera asimétrica estaba sujeta a una serie de barreras de entrada importantes, derivadas del desarrollo tecnológico o de las necesidades de control. Quien quería distribuir un periódico o una revista, debía hacer frente a sus costes de producción y a la logística de su distribución.  Necesitaba una imprenta, una rotativa, una redacción llena de periodistas, y una forma de hacer llegar sus productos a los quioscos. Quien pretendía emitir información por radio o por televisión, debía hacerse con un equipo de transmisión costoso, y además obtener una licencia administrativa para ello.

La aparición de internet no fue, de entrada, ningún “bálsamo mágico”: durante la segunda mitad de la última década del siglo pasado y la primera mitad de la década que comenzó este, internet fue un entorno en el que el comportamiento mayoritario de los usuarios fue igualmente unidireccional. Acceder a información era sencillo, y suponía heredar las pautas que habíamos aprendido colectivamente a lo largo de muchos años de consumo de medios en pantallas. La información aparecía en sitios web, y los usuarios acudíamos a consumirla, con mecánicas muy parecidas a las de la oferta televisiva, sustituyendo únicamente el mando a distancia por un ratón. El usuario medio únicamente consumía, pero no generaba información: hacerlo suponía tener conocimiento de lenguajes de programación, gestión de servidores, dimensionamiento de ancho de banda requerido, etc., cuestiones que, por lo general estaban muy lejos de su alcance.

Con la llegada de la web social, las cosas empezaron a cambiar. Procesos de difusión rapidísimos empezaron a golpear como auténticas bolas de demolición sobre las estructuras en las que se basaban los esquemas unidireccionales. Primero fue Geocities, una herramienta para construir y hospedar páginas personales que hoy nos genera un sentimiento entre la vergüenza y la ternura a los que tuvimos presencia allí, pero después, y con mucho más fundamento, llegaron herramientas como Blogger (fundada en 1999 y adquirida por Google en 2003), Facebook (2004), YouTube (2005), Twitter (2006)… y muchas otras. Una caída de las barreras de entrada a la producción de información progresiva y sostenida, que cambió los elementos de la comunicación tal y como los conocíamos.

En muy pocos años a partir de la recuperación tras la crisis de confianza que afectó a todas las iniciativas en internet entre los años 2000 y 2002, la web cambió completamente su fisonomía: pasó de ser un conjunto de iniciativas corporativas y mediáticas, para ser conquistada por hordas de usuarios de a pie que creaban sus propios contenidos, que de manera impertinente colaban sus páginas entre las más visitadas o las más populares en muchos ámbitos, o que protagonizaban fenómenos de difusión viral que llevaban a los medios a reflejarlos, a menudo tarde, siguiendo una dinámica que, cada día más, llevaba a sus espectadores de toda la vida a sentirse como en un permanente déjà vu, con sensación de “esto ya lo he visto antes en otro sitio”. O peor, de “el sitio donde antes me informaba es el que ahora siempre llega tarde a todo”.

La relación entre esos nuevos medios y los tradicionales ha estado, está y estará llena de disonancias cognitivas. A la pérdida de la exclusividad y de control del canal comunicativo se une la voracidad por aprovecharlo en un entorno claramente competitivo, por ser los primeros en publicar todo aquello que se convierte en un fenómeno de viralidad, o por atribuirse el trending topic más vistoso. En un tiempo récord, presentadores que no sabían siquiera pronunciar la palabra “blog” se encontraban citando uno, mientras otros que únicamente se habían abierto cuenta en Twitter debido a la insistencia de sus superiores se veían con cientos de miles de seguidores que no tenían claro cómo gestionar.

La discusión en torno a esa relación entre lo clásico y lo moderno, entre lo tradicional y lo emergente, es compleja, y tiene infinidad de facetas a considerar. Hablamos de nuevas maneras de consumir los medios tradicionales, sujetos ahora a dinámicas sociales que los dotan de toda una nueva esencia. Cuando has vivido la experiencia de ver un programa de televisión mientras lo comentabas en tiempo real con toda una comunidad de usuarios, la vuelta a un consumo reposado y solitario en una sola pantalla te parece aburrida, del mismo modo que las tramas únicas de una serie de televisión de hace una década resultan insoportablemente lentas para un joven acostumbrado a los hilos argumentales múltiples y entrelazados de una serie de nuestros días.

Lo social se convierte en una capa más que se solapa a nuestro consumo televisivo, que lo influye, que determina citas y momentos de clímax, que traspasa fronteras y mata dinámicas tan vinculadas a la industria como las ventanas de explotación. Al tiempo, los periodistas se hacen cruces sobre cómo entender el supuesto fenómeno del “periodismo ciudadano”, que tras un período de adaptación, terminan por considerar simplemente una fuente más sujeta a los mismos procesos de verificación a los que los está cualquier otra fuente de información a su alcance. O a las nuevas dinámicas de influencia, que llevan a que personas aparentemente desconocidas y que nunca han pisado un plató de televisión se conviertan en dinamizadores o prescriptores de toda una categoría de consumo, con todo lo que ello conlleva.

En muy poco tiempo, muchas de las marcas que financian a los medios convencionales pasan de dedicar las filas más privilegiados de sus presentaciones a periodistas de diversos medios, a reservarlas a bloggers que únicamente se representan a sí mismos. Las marcas pasan a ser lo que reflejan sus comunidades, influenciadas por páginas en la web en las que se habla de ellas sin ningún control, y a menudo sin que la propia marca sepa como reaccionar, mientras los medios emiten informaciones que los consumidores consideran acartonadas, falsas y prácticamente carentes de valor. Surge toda una generación que gestiona su consumo en virtud de quién les dice qué, no tanto de cuántas veces me han bombardeado con un anuncio, una dinámica que amenaza todo el modelo de financiación de los medios convencionales. Para los anunciantes, la red configura un escenario en el que obtener mucha más información en un contexto que posibilita relaciones infinitamente más ricas: a pesar de estar aún en un período de adaptación en el que muchos anunciantes aún malgastan impactos en internet manteniendo los mismos esquemas que utilizaban en los medios unidireccionales, pocos dudan que el futuro de la publicidad está en la red, mientras que los medios unidireccionales retendrán únicamente el branding, el recordatorio de “ven a hablar conmigo a un canal más rico”.

La evolución de la coexistencia entre medios unidireccionales y la web social no está ni mucho menos escrita. Está sujeta a dinámicas que evolucionan a media que escribimos y leemos, que se revolucionan con cada nueva herramienta que alcanza una cierta popularidad, que se dinamitan con cada escándalo o con cada uso. La evaluación de la audiencia a través de su reflejo en las redes sociales ya empieza a dar mejores resultados que los tradicionales audímetros, no solo en cuanto a representatividad estadística, sino también en cuanto a riqueza y “sentiment analysis”. ¿A dónde nos lleva todo esto? A la necesidad de vivir en un contexto de permanente experimentación, de desafío constante, de interés proactivo por probar todo lo que aparece. El medio que cuente con más personas que entiendan este tipo de medios, ese tipo de nuevos modos de consumo, de disfrute compartido de sus contenidos, ganará. Los demás, se resignarán a aprender de las experiencias ajenas.

Si algo nos queda claro es la necesidad de investigación: de recoger experiencias, de intentar entender pasajes y fenómenos que, en muchos casos, transcurren a toda velocidad. Describir casos, narrar experimentos e iniciativas, destilar píldoras y conclusiones que se conviertan en aprendizaje. Es precisamente en ese ámbito donde los capítulos de esta publicación pueden alcanzar su verdadero valor. Si al leerlos se encuentra fuera de lugar, preocúpese: indica un problema que solo puede ser corregido con un mayor grado de participación, con el convencimiento de que este tipo de fenómenos solo pueden entenderse cuando se viven desde dentro, con las manos en el teclado del ordenador, de la tableta o del smartphone. Si lo que se dispone a leer “le suena raro”… prepárese para lo que se le viene encima.

Más sobre decisiones judiciales estúpidas: la blogger francesa multada por criticar un restaurante

Escrito a las 10:26 am
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IMAGE: Rainer Junker - 123RFLa noticia es de hace algunos días, pero no quería dejar de reseñarla: un tribunal francés castiga con una multa y condena en costas a la autora de una página web por escribir una crítica mala sobre un restaurante, que según su propietario, dio lugar a un perjuicio económico. El artículo, “L’endroit à éviter au Cap-Ferret: Il Giardino” (“El sitio a evitar en Cap-Ferret: Il Giardino”), ahora disponible en Internet Archive, es un artículo de opinión completamente normal escrito en clave de humor por una persona que había acudido al restaurante, sin que conste ni haya podido ser demostrada ninguna intención oculta o intento de difamación de ningún tipo. Simplemente, una persona va a un restaurante, no le gusta, lo cuenta en su página… y un juez le impone una multa de 1500 euros y 1360 euros en costas por ello.

El restaurante alegó que la crítica posicionaba muy bien en Google al buscar información sobre el establecimiento, y que eso provocaba un descenso de su cifra de negocio y que algunos clientes afirmasen al llegar al local que habían estado a punto de no ir tras encontrarse con la crítica.

¿Quiere esto decir que tienes que tener cuidado con lo que escribes y que las críticas pueden llevarte a afrontar un juicio? No, quiere decir que algunos, empezando por ciertos jueces, todavía no tienen nada claro lo que supone el hecho de que cualquiera pueda publicar su opinión. Resulta obvio y patente que una decisión así es errónea y debe ser revertida en una instancia superior: es imposible plantear una sociedad en la que se castigue el que alguien tenga una mala opinión de algo y lo publique, como es igualmente absurdo que se pueda criticar algo, pero que te castiguen si indexa bien. Sencillamente, no tiene sentido. La difamación es una cosa, el no poder exponer una opinión y el pretender atemorizar o castigar a quien la expone es otra muy diferente. La justicia no está para eso. Como bien dice la autora de la página, criticar no tiene ningún sentido si la crítica tiene que ser forzosamente positiva.

Los efectos secundarios son igualmente absurdos: ahora, el restaurante tiene infinidad de malas críticas en redes sociales, presumiblemente muchas de ellas escritas por personas que jamás han llegado a poner un pie en él, pero que pretenden provocarle un perjuicio a modo de protesta contra su posición. Como en todos estos casos, el supuesto “remedio” termina por hacer bastante más daño que el hecho en sí, de nuevo una prueba de que la decisión tomada fue absurda.

De nuevo, se juntan varios elementos complejos: por un lado, todos tenemos miedo a la crítica y deseamos contar con elementos que permitan evitarla o desincentivarla. Muchos vivían más cómodos en un mundo en el que las críticas venían únicamente de los sospechosos habituales, y sabían en cierto sentido gestionarlas. Por otro, todos, al ser criticados, pretenden que la crítica contiene elementos falsos, malintencionados, o incluso se inventan auténticas teorías de la conspiración que pueden llegar incluso a pretender exponer delante de un juez. Y por último, aún hay jueces incapaces de eliminar de su juicio las decisiones que tratan internet como un lugar distinto, una especie de “realidad paralela” sometida a normas necesariamente diferentes. La misma crítica escrita en un periódico de tirada nacional no habría generado ningún tipo de confusión. La misma crítica hecha en la barra de un bar ante unos cuantos amigos, tampoco. Pero escrita en una página personal e indexada por Google… eso, por alguna razón, cambia las cosas.

No, decisiones como esta no implican que debamos tener cuidado con lo que decimos en internet, más allá del sentido común que supone evitar calumnias, injurias, libelos o difamación – delitos todos ellos que llevan muchos años definidos. No tienes que contratar a un abogado para poder hablar de un bar, de un restaurante o de otra persona. Si eres un negocio, no debes ir corriendo a contárselo a un juez si te critican. Lo que decisiones como esta quieren decir, precisamente, es que tenemos que seguir ejerciendo nuestras libertades en la red, hasta que el sentido común y la práctica jurídica se asienten en torno a los elementos lógicos de la realidad y del momento en que vivimos. Aunque en el camino, algunos tengan – o tengamos – que pagar por ello.

 

(This article is also available in English in my Medium page, “More dumb court rulings: the French blogger fined for a negative restaurant review“)

Tenía que pasar: el “derecho al olvido” y la lógica de internet

Escrito a las 4:35 pm
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Hidden from GoogleNo han pasado ni dos meses de la equivocada decisión del Tribunal de Justicia de la Unión Europea que pretende asentar el absurdo concepto del “derecho al olvido” mediante el procedimiento de eliminar resultados de los buscadores, cuando ya han surgido reacciones para evitar sus efectos: un programador, Afaq Tariq, crea una página titulada Hidden from Google, que recoge los resultados censurados del buscador, enviados por todo aquel que se moleste en comprobarlos.

Auténtica lógica internet: como muy bien decía Howard Rheingold“the Internet reacts to censorship as damage, and routes around it”: “la red reacciona a la censura como ante un daño, y reencamina el tráfico alrededor del mismo”. Por el momento, el fallo del TJUE ya ha generado dos efectos secundarios directos: si por la razón que sea solicitas la eliminación de un enlace determinado de una página de búsqueda asociada a tu nombre, Google insertará un pie de página avisando a otros usuarios de esa circunstancia, lo que en la práctica es una forma de decir “ojo con esta persona, que algo tiene que ocultar” y una invitación abierta a entrar a través de un proxy o usando una VPN en la edición del buscador de un país no europeo – no sometida, por tanto, a censura – y ver qué es exactamente lo que esa persona tiene tanto interés por hacer invisible. No olvidemos, además, que los resultados eliminados no estarán disponibles si se hace una búsqueda por el nombre de la persona, pero sí aparecerán si se buscan otras palabras que formen parte de la página. 

Por otro lado, páginas como “Hidden from Google”, de recogida de los datos eliminados, que permitirán simplemente entrar y hacer una búsqueda de texto. O posiblemente, soluciones automatizadas que se encarguen de llevar a cabo una comparación contraponiendo los resultados de Google de países europeos con los de otros países no sometidos a censura. Para cualquier programador, un trabajo divertido que garantiza un cierto nivel de exposición.  

Si hay algo que quieras borrar, piénsatelo. Es posible que hacer uso del formulario de Google solicitando su eliminación no sea la mejor de las ideas. Es muy posible que tu intento de eliminación, por justificado que te parezca desde un punto de vista personal y de supuesta protección de tu intimidad termine por desencadenar una especie de efecto Streisand y que termine llamando más la atención sobre ello de todo aquel que tenga la ocurrencia de buscar tu nombre por la razón que sea. Al final, tener la notita de Google a pie de página puede llegar a tener un efecto peor que el propio resultado que se trataba de eliminar.

Es lo que tiene tratar de ser más papista que el Papa y fiar la justicia al desmesurado tamaño del ego de determinados usuarios y bufetes de abogados. Y sobre todo, es lo que tiene hacer las cosas mal.

Hardware is hard

Escrito a las 2:53 pm
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IMAGE: Picsfive - 123RFLa frase, original de Marc Andreessen, pretende dejar claro que, en términos tanto de dedicación como de riesgo intrínseco, el hardware no es lo mismo que el software. Los retos inherentes al diseño físico, el prototipado, la elección y abastecimiento de los materiales, los procesos de fabricación, la distribución y logística, las iteraciones sucesivas derivadas del feedback de los usuarios, etc. dotan al hardware de una dimensión de complejidad sensiblemente mayor que lo que supone crear productos basados únicamente en líneas de código – aunque ello, obviamente, tampoco implique que los productos de software sean sencillos.

Algunos artículos recientes, como este de ayer en TechCrunch o este de hace algunos días en El Mundo en el que me citan brevemente, inciden en la caída de las barreras de entrada que parecen estar alimentando un florecimiento del emprendimiento y de las transacciones relacionadas con proyectos empresariales nacidos en torno al mundo del hardware. Como profesor de IE Business School, sin duda una de las escuelas de negocios del mundo que más énfasis pone en el emprendimiento, debo confesar que el sesgo de los alumnos hacia proyectos basados en software me lleva preocupando desde hace bastante tiempo, hasta el punto de ser una de mis conversaciones habituales con responsables académicos de la institución. La economía “real” se compone fundamentalmente de átomos, no solo de bits, y cualquier desfase entre esa economía real y el agregado de los proyectos que proponen los alumnos me resulta preocupante.

Efectivamente, Marc Andreessen no anda nada desencaminado: hardware is hard. Pero una serie de cuestiones recientes permiten que esa dureza intrínseca se haga relativamente más accesible. La primera de ellas es, claramente, la caída de barreras de entrada que supone poder diseñar y prototipar con componentes sencillos y baratos. La nueva microelectrónica desarrollada en torno a iniciativas como Arduino o Raspberry Pi (que hoy precisamente presentaba su nuevo modelo, el Raspberry Pi B+) permite poner un ordenador o una placa programable en cualquier sitio y con presupuestos dignos de la electrónica casera, al tiempo que las impresoras tridimensionales posibilitan, por un presupuesto igualmente modesto o mediante el acceso a equipos compartidos, hacen posible crear piezas diseñadas específicamente para un proyecto, cuyos ficheros, además, sirven como base para la fabricación industrial posterior.

La disponibilidad de capacidad ociosa en fabricación, dinamizada a través de plataformas como Alibaba.com, ofrecen un futuro en el que fabricar será algo tan simple como enviar un fichero y pedir varios presupuestos, como quien hace una reforma doméstica. Ojo con Alibaba.com, porque no solo va a ser el salvavidas de Yahoo!, sino posiblemente una de las propiedades más valiosas de toda la web y uno de los seguros protagonistas de las futuras portadas de The Economist que señalan los actores importantes de la web.

El elemento que faltaba, claramente, era la financiación. Y en ese sentido, plataformas como Kickstarter o Indiegogo proporcionan precisamente ese nivel de capitalización que muchas empresas de hardware necesitan: no accionistas, sino pre-compradores, que no comprometen la propiedad de la empresa, pero contribuyen a hacer los proyectos realidad al participar en una parte del riesgo inherente a ponerla en práctica.

Elementos que contribuyen a hacer que el hardware, aunque siga siendo hard, sea posiblemente un poco menos hard. Que las empresas de toda la vida aprendan a gestionar estos recursos a su disposición y a conectar con sus usuarios gracias a este tipo de herramientas es cuestión de tiempo. Que Martín Varsavsky, que no necesitaba especialmente recursos para lanzar un producto nuevo, recurra a Kickstarter para validar con el mercado su lanzamiento y para obtener el ruido mediático que lo convierte en un éxito antes incluso de que sea lanzado, demuestra que este tipo de estrategias tienen mucho sentido. El mundo de la red, en muchos sentidos, empieza a parecerse más y más al mundo de fuera de la red. Con todo lo que ello conlleva.

 

(This article is also available in English in my Medium page, “Hardware is hard“)

El problema de legislar a la carta

Escrito a las 2:44 pm
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IMAGE: Limbi007 - 123RFComo las más de 3500 tiendas de libros francesas a pie de calle se quejaban por los perjuicios que les estaba ocasionando la competencia con una Amazon infinitamente más eficiente y potente, al gobierno francés le dio por sacarse de la manga una nueva legislación que prohibía a Amazon y a otras compañías de venta a través de la red hacer ofertas de envío gratuito. ¿El resultado de semejante “apaño” legislativo? Ahora Amazon, sin necesidad de hacer ningún derroche de ingenio, ofrece sus envíos de libros al precio de… un céntimo.

Dado que el potente lobby de las cadenas hoteleras españolas se quejaba amargamente a las comunidades autónomas a cuenta de los beneficios que supuestamente perdían por los turistas que decidían alojarse a través de Airbnb en lugar de en sus establecimientos, la Comunidad de Madrid ha decidido “ser creativa” e “inventarse” que, a partir de ahora, las viviendas turísticas deberán alquilarse un mínimo de cinco noches.

El problema de legislar a la carta en función de las presiones e intereses de determinados grupos empresariales es que… nunca funciona. Introducir obstáculos artificiales en el desarrollo de un mercado es un trabajo absurdo: por un lado, desgasta al legislativo y evidencia hasta qué punto la defensa de determinados intereses económicos termina desembocando en abierta corrupción. Por otro, hace que los nuevos entrantes se vuelvan más imaginativos y traten de superar esas barreras artificiales mediante otros métodos, al tiempo que los participantes en ese tipo de modelos son presionados para entrar en esquemas de economía informal cada vez más difíciles de detectar. Cuando el desarrollo o la adopción de una tecnología posibilita que una industria vea su modelo de negocio comprometido, solo la adaptación profunda de esa misma industria y la revisión crítica de su propuesta de valor puede evitarlo. Las leyes a la carta nunca lo consiguen: son como un subsidio que únicamente aplica una tirita a una herida profunda.

Modelos como Airbnb y otros similares simplemente aprovechan que la tecnología permite unos costes de coordinación mucho menores que permiten que la oferta y la demanda se encuentren en condiciones más ventajosas. Antes de Airbnb, alquilar una propiedad era una tarea compleja e incómoda, con pocas garantías y, en muchos casos, mala reputación. Después de Airbnb, muchos propietarios de pisos que pueden ser puestos en alquiler los ponen en el mercado de manera cómoda y sencilla, los posicionan en el nivel que desean, e incluso se permiten el lujo de llevar a cabo procesos de interacción con sus clientes que tienen como objetivo “humanizar” la oferta y poner una cara detrás del contrato, lo que suele incidir en un mejor trato a la propiedad. No es extraño que el propietario de la vivienda alquilada reciba a los inquilinos, les ofrezca recomendaciones locales, les deje bebidas en la nevera, etc. como forma de crear un vínculo que favorece tanto un mejor cuidado como una posibilidad mayor de repetición. Un modelo de interacción que muchos aprecian, y que muchos incluso prefieren a la frialdad, la industrialización y la estandarización del esquema habitual en los hoteles. Si quieres parar el desarrollo de un modelo como ese, vas a tener que hacer algo más que legislar en torno a “ideas felices”.

Gracias a un coste de coordinación más bajo, se produce la entrada de oferta y de capacidad ociosa en el mercado que antes se mantenía fuera de él. Mientras el resultado neto sea un mejor aprovechamiento del área que define la curva de oferta y demanda, y por tanto se produzca, en último término, un beneficio para los usuarios, invertir en detener ese proceso es sencillamente absurdo. Y si para ello nos dedicamos a legislar en modo “idea feliz” tratando de diseñar restricciones que dificulten artificialmente la entrada en el mercado de esa capacidad ociosa, las consecuencias pueden llegar a ser incluso peores.

 

(This article is also available in English in my Medium page, “The road to Hell is paved with good intentions“)

La marca como referencia social

Escrito a las 2:27 pm
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IMAGE: Hoack - 123RFLa evolución de la web desde sus inicios ha marcado una permanente redefinición del papel de las empresas y las marcas en ella. Al principio, en una web en la que el contenido era creado por pocos, las marcas se plantearon estar ahí para poder ser encontrados, como quien pone un anuncio o hace un folleto. Las páginas web corporativas se hacían o bien como demostración de modernidad, de estar en tendencia, o como manera de impresionar, de parecer grande, en la equivocada concepción que provenía del paralelismo con la televisión.

En su segunda época, muchas marcas se vieron tentadas por la transaccionalidad: la idea de que la web era un entorno bidireccional en el que los usuarios podían hacer transacciones y pagar hizo que muchas marcas se planteasen el comercio electrónico, montar tiendas de diversos tipos en los que ofrecer acceso a sus productos y servicios. La idea, lógicamente, tiene sentido, pero obligó a afrontar, además de un lento despegue derivado de un proceso de adopción complejo, multitud de problemas derivados de logística, conflictos de canal, seguridad, e infinidad de aspectos relacionados.

Hoy, la presencia en la web de las marcas responde a un esquema muy distinto. Sí, lógicamente hay que estar, pero estar supone no solo una presencia testimonial, sino la necesidad de plantearse el valor como referencia de la marca. Hay que vender, posiblemente, pero la manera de vender también ha cambiado de manera notable. La progresiva importancia del buscador ha llevado a que las marcas no puedan limitarse simplemente a estar, sino a que deban competir duramente por la visibilidad, por aparecer en búsquedas de las palabras genéricas que definen su actividad. La indexación se convierte en la principal pesadilla de muchos, mientras la evidencia demuestra que, superados unos cuantos elementos de “higiene” que rayan cada vez más en el más puro sentido común y que se van ajustando más y más con el tiempo (salvando determinadas “tentaciones” monopolísticas), la optimización de la presencia en buscadores es una cuestión que refleja cada vez más la relevancia social, el nivel de importancia que la marca tiene entre los usuarios.

Cada día más, el valor que la web ofrece a una marca es la capacidad de posicionarla como referencia social. Una página web no sirve para nada si no es socialmente relevante, si no genera contenido de manera constante, y si ese contenido no es referenciado por los usuarios a medida que es producido, construyendo conversaciones en torno a la marca y a la categoría. Una marca no puede sobrevivir con una presencia estática, porque la propia web demanda dinamismo, capacidad de contestar a preguntas, de proporcionar servicio e interacción, de generar comunidades. No, no se trata de que las comunidades sean lo más grandes posibles: resulta completamente absurdo o incluso grotesco imaginar una comunidad enorme vertebrada en torno a la gran mayoría de los productos o servicios industriales, por ejemplo. Se trata de que en la comunidad estén los que tienen que estar, y que organicen su participación en torno a la marca de manera que se pueda percibir una propuesta de valor por el hecho de formar parte de ella. Quien en una categoría de producto participa, de manera ocasional o habitual, en la comunidad de una marca, termina por asociar a esta un valor como referencia social que, en último término, genera un sesgo positivo de cara a su eventual adquisición.

En la construcción de la marca como referencia social participan muchos elementos, y el desarrollo web es únicamente uno de ellos. No se trata de tener buenos responsables de desarrollo web, sino de que toda la empresa se oriente a la web. Que un número cada vez más elevado de actividades de la compañía se vuelquen a la web. Que la información sobre el producto o el servicio esté en la web y se actualice permanentemente, que los directivos sean referencias en el ámbito de la actividad y demuestren una actitud positiva hacia la web, que todo en la empresa sugiera una vocación por comunicar lo que se hace con transparencia, y que la relación entre la marca y sus usuarios se lleve a cabo de manera sostenible.

La web está pasando de ser un simple aspecto de la actividad empresarial a ser, cada vez más, el reflejo de todas ellas. ¿Cuántas marcas conoces cuya presencia en la web refleje este tipo de aspectos?

 

(This article is also available in English in my Medium page, “The brand as a social benchmark“)

Ya están aquí: la idea de una China robotizada

Escrito a las 1:22 pm
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Ya están aquí - Expansión (pdf)Mi columna de Expansión de esta semana, titulada “Ya están aquí” (pdf), utiliza la noticia de la implantación de robótica en la cadena de ensamblaje de Foxconn de cara a la fabricación del próximo iPhone 6 para especular sobre la importancia de un cambio radical en la forma de hacer las cosas en China. Elegí el titular porque no tenía claro si pensar en los robots, en los chinos, en la niña de Poltergeist o en todo a la vez :-)

Que el gigante asiático pase finalmente de ser “el paraíso de la manufactura” entendida como “hacer las cosas a mano” a convertirse en una potencia en ensamblaje mediante robótica es algo que va a tener muchas más consecuencias de lo que inicialmente parece: hablamos de una redefinición de la ventaja competitiva de la industria de todo un país, que conlleva consecuencias de todo tipo, incluidas las sociológicas. La idea de una China en la que los ingenieros del país tengan sueldos medios más elevados que los de países como España no es muy fácil de asimilar, e indica claramente un problema que es preciso diagnosticar.

Ensamblar no es una tarea sencilla de cara a su robotización. Muchos de los procesos específicos se han llevado a cabo tradicionalmente  a mano no solo porque fuese más barato, sino también porque las propias características de los procesos, relacionadas con elementos como la flexibilidad de los materiales, el encaje fino o la gestión de tolerancias hacen verdaderamente difícil su automatización. La experiencia que Foxconn va a desarrollar con sus Foxbots en una línea de montaje como la del iPhone es susceptible de alterar de manera drástica el panorama competitivo a nivel internacional.

A continuación, el texto completo de la columna:

 

Ya están aquí

Foxconn, el mayor fabricante de China, un monstruo con más de 1.2 millones de trabajadores en plantilla, ha anunciado que para la producción del próximo terminal de Apple empleará unos diez mil “Foxbots”, robots con un coste de entre veinte y veinticinco mil dólares y capaces de construir unos treinta mil terminales al año cada uno, que  están ya en sus últimas fases de pruebas.

Se desconoce aún si los robots serán capaces de llevar a cabo el proceso completo de fabricación del terminal, o si se centrarán en tareas específicas que serán completadas por mano de obra humana. Hay labores de ensamblaje y manipulación cuya robotización supone un reto complejo. Pero la robotización a esa escala de una cadena de producción como la de Foxconn marca un momento histórico que podría desequilibrar duramente la balanza económica del futuro.

Durante años, China fue la gran potencia industrial de la manufactura, entendida como producción desarrollada manualmente tomando como base unos costes laborales muy bajos. En China, todo lo que podía hacerse a mano, se hacía a mano – con todo lo que ello conllevaba en términos de costes bajos, pero también de irregularidades en la calidad y de posible explotación de los trabajadores.

El gigante asiático ha consolidado así una ventaja que le ha llevado a liderar el crecimiento económico a nivel mundial, pero en el curso del cual ha ido evolucionando, lógicamente, hacia sueldos cada vez mayores. Empresas españolas que fabrican en China comentan ya que en muchos casos, ingenieros chinos cobran ya sueldos superiores a los de muchos ingenieros españoles.

Que China se convierta en una potencia mundial en robótica puede tener potentes implicaciones competitivas de cara al futuro. Habrá que planteárselo: ya están aquí.

 

(This article is also available in English in my Medium page, “They’re here: getting used to the idea of a robotized China“)

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