El Blog de Enrique Dans

Algunas reflexiones sobre los fitness wearables

Escrito a las 6:09 pm
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Fitbit new modelsRecientemente he tenido la oportunidad de volver a probar algunos dispositivos desarrollados por Fitbit, marca con la que comenzó mi relación con el mundo de los llamados “fitness wearables” en mayo de 2012, y hoy me he encontrado con un artículo interesante en The Next Web titulado How fitness apps and wearables can impact your performance at work que me ha resultado muy inspirador para hablar sobre algunas de mis conclusiones de algo más de dos años y medio de uso casi ininterrumpido. Si añadimos los muy completos informes desarrollados por Endeavour Partners en enero y julio de 2014 que utilizo habitualmente en mis clases, y mi propia experiencia como usuario, creo que vamos teniendo elementos suficientemente interesantes como para arrojar algo de luz en un tema relativamente nuevo en su adopción.

La categoría de los fitness wearables es de todo menos tranquila. Un mercado en permanente evolución, con actores de todo tipo que entran y salen del panorama, con novedades que impactan sobre las preferencias del usuario y que redefinen las prestaciones cada muy poco tiempo. Los primeros dispositivos de este tipo fueron creados por Fitbit en el año 2008, seguidos más tarde por compañías como Jawbone o Nike. Esta última, sin embargo, ha anunciado el abandono de la categoría coincidiendo con el lanzamiento del Apple Watch, lo que parece indicar una convergencia de dispositivos entre trackers y smartwatches que puede dar lugar a grandes cambios en el segmento de los wearables. De hecho, el último dispositivo de Fitbit ya es prácticamente un smartwatch como tal que te da la hora y mide tu frecuencia cardíaca, mientras el de Apple tiene todo tipo de prestaciones de medición del ejercicio y la actividad física como parte fundamental de su propuesta de valor.

El uso de dispositivos para cuantificar nuestra actividad física me parece un tema apasionante. El efecto que tiene sobre las personas el disponer de métricas eficientes y fiables en temas como el ejercicio, el peso o el porcentaje de grasa corporal, unido al incentivo de la gamificación social, es capaz de dar lugar a cambios comportamentales notables – siempre que la persona, lógicamente, quiera cambiar. Es imposible disciplinarse cuando en realidad uno no se quiere disciplinar y se ha limitado a ponerse en la muñeca una pulserita que le han regalado (un tercio de estos dispositivos provienen de regalos de terceros) o que le ha entregado su compañía (en un 6% de los casos en el mercado norteamericano), pero cuando existe una voluntad de hacerlo, disponer del dispositivo es algo que puede ayudar muchísimo.

Sin embargo, mantener esa motivación en el tiempo parece ser algo bastante más complejo: alrededor de un tercio de los usuarios de dispositivos cuantificadores abandona su uso al cabo de seis meses. Que esa pérdida de interés se deba a una falta de compromiso con el objetivo, a una pérdida de fe en su eficiencia o a simple desinterés es algo sin duda complejo, pero indudablemente interesante. En mi caso, dejé de utilizar mi tracker durante unos meses entre agosto y noviembre de 2014, y experimenté una dificultad mucho mayor a la hora de mantener mis objetivos, que se refleja en una inestabilidad mayor de mi peso.

Weight evolution May 2012 to Dec 2014

En realidad, todo estriba en el compromiso entre facilidad de uso y objetivos: si bien al principio utilizaba la app de Fitbit en su totalidad, incluyendo la introducción rigurosa de mi dieta utilizando la base de datos de alimentos, abandoné esta práctica a finales de 2012 en cuanto consideré mi peso razonablemente estabilizado. Simplemente, la inversión de recursos necesaria para mantener ese tracking ya no parecía justificada. La decisión de abandonar el dispositivo en agosto de este año, provocada por algo tan tonto como estropearlo al bañarme con él, dio lugar en cambio a una dificultad mucho mayor a la hora de mantener mis hábitos de ejercicio. Mi peso se mantuvo razonablemente estable debido al uso continuo de otro dispositivo de la marca, la báscula, que me permitió mantener una cierta disciplina en ese sentido. Al final, la clave está claramente en el desarrollo de hábitos: cambiar tu aspecto y condición física obliga a introducir cambios en el estilo de vida. Lo contrario es limitarse a adelgazar de vez en cuando haciendo un cambio puntual, que revierte rápidamente a la situación inicial en cuanto se abandona.

Si el hecho de obtener una situación de uso eficiente con este tipo de dispositivos parece depender, por tanto, de la motivación personal, cabría pensar que el mejor punto de partida para conseguirlo podría ser el de una persona que toma la decisión de manera autónoma e independiente, no condicionado por algún tipo de regalo. Sin embargo, un número creciente de empresas parece estar inclinándose por facilitarlos a sus trabajadores, en un intento de obtener una plantilla más sana o más productiva. En algunos casos, se vincula incluso a la tarifa del seguro médico corporativo, intentando obtener rebajas en su coste derivados de esa mejora generalizada. El efecto de la gamificación en entornos laborales, por otro lado, parece ser muy intenso: introducir factores competitivos en ese sentido parece altamente recomendable, partiendo, claro está, de una actitud adecuada en los trabajadores que deje claro el alineamiento entre los intereses de usuario y compañía. Hazlo mal, explícalo deficientemente, y tus trabajadores verán en la compañía un monstruo obsesionado por el control y una amenaza a su privacidad en lugar de una empresa genuinamente interesada en su productividad y bienestar.

La convergencia de dispositivos, por otro lado, parece inevitable. El segmento de wearables parece claramente afectado por cuestiones relacionadas con el mundo de la moda: los dispositivos tienen que tener un aspecto y un diseño atractivo, que apetezca lucir como quien luce un objeto de moda. El anuncio original del Apple Watch es auténtica pornografía visual. Los desarrollos más “discretos”, que se llevan en forma de clip en el bolsillo, en el cinturón, en la ropa, o simplemente en el smartphone en forma de app como Moves y similares parecen estar perdiendo interés con respecto a los que se lucen en la muñeca, y más aún a medida que la convergencia nos acerca a la idea de smartwatch. En esa categoría me parece interesantísimo como Apple ha podido redefinirla sin siquiera poner en el mercado su dispositivo: a partir del énfasis puesto por la marca en el anuncio del lanzamiento, parece que ahora todo smartwatch y wearable que se precie tiene que incluir monitorización del ritmo cardíaco.

Uniendo todas las tendencias, parece claro que la cuantificación de nuestra actividad es una tendencia en alza: en septiembre de 2013, uno de cada diez norteamericanos por encima de los 18 años utilizaba activamente un dispositivo cuantificador, y el número va sin duda a incrementarse con la llegada del smartwatch. La popularidad parece ser superior en la franja entre los 25 y los 34, lo que deja un amplio margen de mejora: en el futuro, veremos a hijos preocupados por la condición física de sus padres mayores regalarles este tipo de dispositivos, pero también lo veremos seguramente en el caso de empresas con las que nos une una relación laboral, o de otras, como compañías de seguro médico. Los datos derivados de la actividad física y la salud están pasando de ser considerados de especial protección, a convertirse en algo que utilizamos para sentirnos mejor, para presumir y competir con los amigos, para negociar una mejor tarifa en el seguro médico, etc. Obviamente, habrá que vigilar qué uso se hace de esos datos: hasta qué punto sabemos con quiénes se comparten esos datos, si son utilizados para localizarnos u obtener información sobre nuestra vida, o incluso para condicionar acciones de marketing a momentos en los que tengamos las endorfinas a tope tras un ejercicio intenso. Pero sin duda, hablamos de un uso de la tecnología que parece estar aquí para quedarse.

 

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Repensando la sharing economy

Escrito a las 3:24 pm
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Repensando la 'sharing economy' - Voces EconómicasDesde Voces Económicas, el blog de Mora Banc, me pidieron un artículo sobre la sharing economy, que publicaron ayer. Se titula “Repensando la sharing economy“, y lo puedes leer en español o en catalán.

El artículo trata de recoger varias ideas centrales a partir de la elevada valoración de muchas de las iniciativas que se encuadran en este epígrafe, como los trece mil millones de dólares en los que se valora Airbnb o los impresionantes cuarenta mil millones de la última ronda de inversión de Uber. ¿Qué ven los inversores de esas empresas que otros no ven, o qué reflejan realmente? ¿Cómo interpretar la actividad de algunas compañías cuando sus servicios son únicamente un anticipo de los que prestarán en el futuro? ¿Qué pasa cuando el impacto de Uber, por ejemplo, en lugar de afectar únicamente a los taxis, actúa sobre la mensajería, el comercio de conveniencia o las mudanzas?

En la esencia del tema, la idea de disrupción de industrias sometidas a regulación mediante la flexibilización más o menos forzada de la misma. En el aire, la idea de si esa regulación beneficiaba realmente a los usuarios o únicamente a quienes la utilizaban para mantener una situación de escasez de oferta. ¿Hasta qué punto demandan los usuarios esa regulación, esa supuesta protección? ¿Es sostenible una situación en la que el regulador legisla para impedir el desarrollo de unos servicios que gozan de una popularidad y aceptación creciente entre los ciudadanos?

Finalmente, la necesaria reflexión sobre los efectos de esa flexibilización de la economía sobre la precarización de las relaciones laborales que conocemos, sobre la universalidad de la prestación del servicio o sobre las tasas de desempleo: ¿es necesario flexibilizar y desregular determinadas industrias para que más personas puedan generar ingresos? ¿Qué pasa cuando el nivel de calidad percibido por los usuarios en muchos de esos servicios supera al de sus alternativas tradicionales, debido al desarrollo de sistemas de evaluación colaborativos que aseguran los incentivos adecuados para quienes desarrollan la labor. Muchas preguntas en torno a un fenómeno de popularidad creciente, y de cuya importancia vamos a tener muchas más pruebas próximamente.

Los “triunfos” de la industria de los contenidos

Escrito a las 6:54 pm
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Luchar contra molinos - Expansión (pdf)

En plena ofensiva de la industria audiovisual contra las páginas de enlaces coordinada a nivel internacional, me pareció adecuado dedicar mi columna de Expansión, que he titulado “Luchar contra molinos” (pdf)) a la que considero más que probable consecuencia de dichos cierres: un retorno al modelo P2P original, completamente descentralizado. Mi argumentación está provocada por esta interesantísima entrevista con el genial Peter Sunde en la que afirma que le parecería perfecto que la página de The Pirate Bay no volviese a estar operativa.

En efecto, la situación en torno a las páginas de enlaces sigue siendo la perpetuación de un modelo en el que hemos pasado de un aprovechamiento de los recursos que una torpe industria de los contenidos dejaba sin cosechar, a una situación en la que una serie de propietarios de páginas obtiene ingresos (obviamente, no tan “fastuosos” como pretende la industria con sus infladas estimaciones) a cambio de una actividad que no reparte ningún tipo de beneficios con los creadores. No, la industria no ha ganado ninguna batalla, y se pongan como se pongan, no van a poder impedir que surjan más páginas de enlaces. Pero para seguir progresando, hay que salir de esa situación y plantear nuevas alternativas tecnológicas que terminen por llevar a la industria – o a nuevos actores que puedan surgir, como ya han surgido muchos – a ofrecer sus productos en alternativas lo más variadas y diversas posibles.

A continuación, el texto completo de la columna:

 

Luchar contra molinos

La ofensiva de la industria de los contenidos sobre las páginas de enlaces está provocando el miedo entre usuarios que se habían acostumbrado no tanto a no pagar por contenidos, sino fundamentalmente, a obtenerlos sin restricciones ni ventanas de explotación geográfica.

Desde hace años, podemos ver contenidos estrenados en otro país inmediatamente. Ya no era necesario esperar a que una cadena española decidiese emitirlo: te ibas a The Pirate Bay y similares, y lo encontrabas. No, no somos “piratas”: respondemos a un mercado desabastecido. Las descargas de series bajan en España no cuando se intensifica su persecución, sino cuando algunas cadenas españolas emiten episodios al día siguiente de su estreno en otros países.

Hace ya tiempo que las páginas de enlaces ya no merecen defensa. Hace mucho que entendimos que esas páginas aprovechaban un mercado desabastecido por la industria más torpe del mundo para generar ingresos a costa del trabajo de otros.

En realidad, no hacen falta. Facilitan la tarea, son cómodas, pero no necesarias. Se volverá al P2P puro, a índices descentralizados, a cifrados robustos. Las páginas de enlaces facilitaban las cosas y aprovechaban una coyuntura, pero generaban un margen que tenía una imposible justificación moral. Es lo que Peter Sunde, uno de los fundadores de The Pirate Bay, dijo al conocer la noticia: la página debería seguir caída. Ya cumplió su función – y la sobrepasó. Toca centrarse en el siguiente reto.

Si la industria cree que la caída de algunas páginas de enlaces soluciona sus problemas, si creen que “han ganado”, entonces verdaderamente tienen un problema. Un problema de verdad. Luchan contra molinos. El problema no son las páginas de enlaces, que además no desaparecerán: son ellos. No, sus problemas no van a desaparecer.

 

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Entrevista en Oikonomics

Escrito a las 9:02 am
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Enrique Dans: 'Debemos plantear las relaciones empresariales como relaciones humanas' - OikonomicsOriol Miralbell y Joan Miquel Gomis, de la UOC, me hicieron una entrevista larga a través de Skype para su revista, Oikonomics, con el fin de incluirla en un dossier sobre redes sociales, economía y empresa. La han titulado “Enrique Dans: ‘Debemos plantear las relaciones empresariales como relaciones humanas’” (ver en pdf), y puedes leerse también en catalán.

Hablamos sobre cambios y disrupción tecnológica, sobre los procesos de adopción tecnológica tanto a nivel de sociedad como corporativo, sobre los aspectos estratégicos clave en la gestión tecnológica de la organización, sobre la transparencia como aspecto estratégico fundamental de cara al futuro, y finalmente, sobre la adaptación de la universidad a los cambios en el modelo educativo.

Crónica de un disparate: el cierre de Google News en España

Escrito a las 9:15 am
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Cierre Google News España

Google comunica el cierre de su servicio Google News en España, en lo que supone el más absoluto de los ridículos internacionales: no hay más que leer las noticias en medios internacionales como TechCrunch, The Guardian o SearchEngineLand para ver a qué nivel queda un país que obliga a un servicio tan relacionado con la salud democrática y la libertad de información como Google News a cerrar sus puertas.

Habíamos avisado en varias ocasiones de que esto iba a ocurrir: el pasado 17 de septiembre, varias personas mantuvimos una reunión con Richard Gingras, Senior Director of News and Social Products de Google, en un restaurante madrileño, en la que se mencionó de manera insistente que la única posibilidad que la compañía tenía en un entorno que pretendía hacer pagar a aquellos que enlazaban a una noticia era cerrar su servicio de noticias, con todo lo que ello conllevaba de evidencia de la brutal caída de la calidad democrática española. Google no podía, en ningún caso, plantearse pagar por enlazar, porque ello supone la desnaturalización absoluta de la red: el enlace es un componente fundamental de la arquitectura de internet, y supeditarlo a un pago es una idea ta profundamente estúpida e irresponsable que únicamente podía ocurrírsele a genios como la Asociación de Editores de España (AEDE), que agrupa a todos los grandes dinosaurios de la prensa papel, o a una vicepresidenta de gobierno, Soraya Sáenz de Santamaría, que intentó convertir las demenciales peticiones de los periódicos en una oportunidad para poner sus líneas editoriales bajo un rígido control gubernamental. 

Google News está presente en más de setenta países del mundo y en treinta y cinco idiomas. Pero a partir del día 15 de diciembre, quince días antes de que entre en vigor la nueva ley de propiedad intelectual aprobada por el gobierno del Partido Popular, la edición española de Google News desaparecerá, dejando en su lugar una vergonzante página de información que explica la decisión de la compañía, y los medios españoles dejarán de estar presentes en ninguna edición de Google News de otros países, lo que obligará a buscar información en medios extranjeros y supondrá una fuerte caída de la actividad en las ediciones electrónicas no solo de los periódicos de AEDE, sino también del resto de los medios del país, convertidos en víctimas colaterales de una ley patentemente absurda. Si las leyes se evalúan en función de sus efectos, esta es un ejemplo claro de antología del disparate: no solo produce un clarísimo perjuicio a aquellos a los que supuestamente pretendía proteger, sino que además, perjudica claramente la imagen de España a nivel internacional. Un país que, tras protagonizar episodios como el que terminó dando lugar al terriblemente erróneo “derecho al olvido”, persigue internet hasta el punto de pretender algo tan demencial como que se pague por enlazar.

La crónica de cómo hemos podido llegar hasta aquí se escribe relativamente rápido:

  • La AEDE reclama al gobierno el establecimiento de un canon en función de los enlaces a sus noticias que les permita paliar las crecientes pérdidas que sufren como resultado de su patente inadaptación a internet.
  • Un gobierno obsesionado con su imagen en los periódicos negocia directamente con los medios de AEDE, que ya de por sí eran los que se repartían el jugoso pastel de la publicidad institucional, hacer pagar a Google a cambio de que sus periódicos dulcifiquen su línea editorial.
  • Los medios de AEDE acceden, y en muy poco tiempo, los tres directores más conflictivos de tres de los medios más representativos de AEDE, La Vanguardia, El Mundo y El País, son relevados y sustituidos por perfiles más “dóciles”. Una cascada de cambios que, en cualquier país civilizado, haría sonrojarse a cualquier gobierno y se consideraría una absoluta evidencia de corrupción y de censura gubernamental de los medios de comunicación.
  • AEDE y el gobierno se ponen a trabajar tomando como modelo la ley alemana, pero intentando tapar el “agujero” que permitió que en ese país, Google terminase no pagando a los medios. En Alemania, Google simplemente convirtió Google News en un servicio voluntario en el que, para estar incluidos, los medios debían renunciar a toda compensación, lo que le permitió eludir ese pago. Como forma burda de intentar evitar esa jugada (y como prueba clara de que cuando se entrega a un mono una ametralladora, hay peligro de que muchos terminen heridos), en España se decidió que la ley convertiría el pago por enlazar en “obligatorio e irrenunciable”.
  • A pesar de la oposición de todos los medios no adscritos a AEDE y de las evidentes advertencias de todos los analistas y de la comunidad internet, la medida es introducida en el borrador de la ley de propiedad intelectual. La versión del borrador enviado a Europa, sin embargo no incluye ese polémico artículo.
  • La ley es aprobada por la vía rápida, en un procedimiento en el que se trata de evitar toda discusión parlamentaria sobre la misma. La entrada en vigor está prevista para principios del año 2015, a pesar de que aún no se tienen ningún tipo de detalles sobre cómo se llevará a cabo el pago, quién pagará o cobrará y en función de qué criterios, etc.

Ahora, Google demuestra su consecuencia y su compromiso con la defensa de una internet libre anunciando el cierre de Google News en España y la exclusión del servicio de todas las publicaciones españolas. Mantener el servicio era sencillamente imposible: aunque Google pudiese hipotéticamente llegar a pagar por enlazar a los periódicos españoles, no tiene ningún sentido que pague por algo que no le reporta beneficios directos – el servicio Google News carece de publicidad – y consagraría un pago por enlace que es completamente contrario a la filosofía de internet, medio en el que Google desarrolla toda su actividad. Que Google pagase “porque puede” habría supuesto dejar abandonados a todos aquellos medios que no solo no pueden plantearse pagar, sino que han anunciado su intención de no hacerlo bajo ningún caso.

Enhorabuena, gobierno de España. Siguiendo las directrices de AEDE, una de las asociaciones más caducas y cavernícolas del mundo, habéis conseguido evidenciar que España es una corruptocracia en la que cualquier grupo de presión puede escribir leyes a su antojo (aunque sean abierta y claramente tan demenciales como ésta), en la que los periódicos condicionan su línea editorial a la financiación gubernamental, y en la que el gobierno no tiene la más maldita idea de cómo funciona internet. Lo anunciado hoy era algo completamente previsible, advertido hasta la saciedad, y de una gravedad muchísimo mayor de lo que inicialmente podría parecer. Es, sencillamente, la evidencia de un desastre.

 

This article is also available in English in my Medium page, “A sorry tale: Google News closes its Spain service“, republished in the international edition of The Huffington Post, and also quoted in Global Voices

Uber, la información y la desinformación

Escrito a las 2:50 pm
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Uber - The Spain ReportMatthew Bennett, de The Spain Report, me llamó ayer para hablar de las noticias sobre Uber, y me citó en su pieza titulada Judge in Madrid upholds unfair competition plea and orders Uber to cease operations across Spain: no es mi papel defender a una compañía que puede pagarse muchos y muy buenos abogados, pero sí me resultó interesante ver el tono erróneo de la información en muchos otros medios que venían a hablar erróneamente de “prohibición” y pretendían pintar la decisión casi como “el fin de Uber en España”…

No tan rápido. Hablamos de un único juez que ha aprobado unas medidas cautelares a petición de una asociación de taxistas, asociación que tiene ahora que depositar diez mil euros para que esas medidas cautelares sean efectivas, y en ningún caso ha habido todavía ningún juicio ni se ha tomado ninguna decisión sobre el futuro de la compañía. El propio juez lo dice claramente: “no se trata de una cuestión de debate filosófico sobre la libertad de mercado en general y la economía cooperativa en particular”. La aprobación de unas medidas cautelares no supone en absoluto ningún tipo de veredicto judicial. Decisiones similares a esa ya las hemos visto en varios países, en Alemania, por ejemplo, hasta tres veces: medidas cautelares que son levantadas en un plazo de pocos días, y que se especula que forman incluso parte de la nonmarket strategy de la compañía. Ya veremos cómo evoluciona la situación en España en el tiempo, pero en este tema, contrariamente a lo que algunos pretenden hacer ver, está aún todo por decidir. En este momento, Uber funciona perfectamente en Madrid, ha anunciado su intención de apelar las medidas cautelares y de seguir funcionando, y las supuestas peticiones de retirada de la app son sencillamente ridículas. Si prestamos atención, además, al reciente informe encomendado por el gobierno británico sobre las actividades de la llamada sharing economy, impedir la actividad de empresas como Uber en un país como España, con la tasa de desempleo más elevada de todo su entorno, podrían llegar a ser calificadas como de irresponsables.

En general, la compañía se enfrenta a una situación de presión permanente ejercida a través de múltiples factores: en India, siendo un caso sobre el que es muy difícil opinar dadas las delicadas circunstancias que lo rodean, todo apunta a que no hablamos de un problema de Uber, sino de un problema estructural de la India: un país en el que la violencia sexual sobre las mujeres forma tristemente parte habitual del panorama, en el que las comprobaciones de seguridad son prácticamente imposibles de hacer debido a la nula fiabilidad de los registros públicos, y en general, de un caso que puede tener lugar tanto en Uber como en cualquier otra compañía, pero que ha sido utilizado de manera eminentemente populista por el gobierno local. No seré yo quien, en un caso tan desagradable y con una víctima de violencia sexual, exculpe completamente a la compañía sin tener información directa, pero sí hay fuentes fiables que lo hacen, y con buenos argumentos.

No estamos ante una compañía de taxis ni ante una cuestión que se vaya a solventar con una simple prohibición: reducir la discusión a argumentos banales e inciertos como “son ilegales”, “es economía sumergida” o  “no tienen seguro” únicamente refleja un planteamiento inmaduro. Estamos ante un intento de replanteamiento de cuestiones mucho más profundas, desde el transporte como servicio (cualquier tipo de transporte, desde pasajeros hasta mensajería, mudanzas, compras, etc.) hasta la economía de la posesión de un vehículo, el funcionamiento de las ciudades o incluso la naturaleza de las relaciones profesionales. Cuando Travis Kalanick se mete en semejante desafío, sabe perfectamente que el camino no va a ser fácil, y que se va a encontrar con obstáculos importantes a cada paso. Obstáculos que, por el momento, no han afectado en absoluto a su valoración. Por algo será.

 

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La publicidad es un enfermo terminal

Escrito a las 10:17 am
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Autohop - DishA finales del año 2014, la metáfora que mejor define la publicidad actual es la de un auténtico enfermo terminal. Técnicas trasnochadas, absurdas, odiosas, que el mercado rechaza de todas las maneras posibles, y directivos empecinados en seguir funcionando como siempre, en continuar forzando a ese mercado a ingerir un brebaje en el que no tienen el más mínimo interés, que en el mejor de los casos provoca hastío y aburrimiento, cuando no un abierto rechazo, todo ello santificado con el cansino mantra de “sí, pero genera brand awareness“. Métricas diseñadas para satisfacer a ejecutivos aunque en la realidad no tengan sentido ninguno.

Dos episodios interesantes que ilustran el estado terminal de la publicidad: por un lado, Dish Network, un proveedor de televisión por satélite en los Estados Unidos que había desarrollado una tecnología , AutoHop, para saltar automáticamente las pausas comerciales en las grabaciones de programas, y que había salido victoriosa en todos los juicios relacionados con esa tecnología que las televisiones lanzaron en su contra, es obligado a dejar de utilizarla – o a “desactivarla” permitiendo su uso únicamente en programas de más de una semana de antigüedad – debido a las presiones de las televisiones comerciales, que amenazaban no solo con una interminable batalla en los tribunales, sino también con no permitir el uso de sus contenidos en el canal online que Dish ofrece a sus suscriptores. El razonamiento de las cadenas de televisión es tan peregrino como que “eliminar las pausas publicitarias infringe su copyright”, pretendiendo absurdamente que la emisión como tal es, supuestamente, una obra con derechos de autor, un argumento que les ha llevado a perder juicio tras juicio. La realidad es que los mismos usuarios que cambian de canal o aprovechan para irse al baño durante las pausas comerciales en la emisión en vivo, pasan la publicidad rápidamente cuando consumen programas grabados, privando a los mensajes de los anunciantes de efectividad alguna. De cara a la comodidad de los usuarios, hacer que los anuncios simplemente no se graben tiene todo el sentido y la lógica del mundo.

Por otro lado, todo indica que los editores franceses preparan una demanda contra AdBlock Plus, uno de los servicios de bloqueo de publicidad utilizados por más usuarios en la web – y curiosamente, el más business-friendly de todos ellos, pues permite a los anunciantes aceptar unas normas de autocontrol, adherirse a un Acceptable Ads Manifesto, y evitar los filtros salvo que los usuarios decidan proactivamente excluirlos. La cuestión está clara: mientras los bloqueadores de publicidad se mantuvieron en cifras de penetración de un dígito, no hubo problema ninguno, y los editores se limitaban a calificarlos como “cosas de frikies“. Ahora, ya en cifras globales entre el 14% y el 29%, con mucho más impacto en sitios de contenido tecnológico, y con los adolescentes norteamericanos en tasas de adopción del 41%, todo son intentos por matar al mensajero.

Los editores, como siempre, muestran su ignorancia al no entender que llevar los bloqueadores de publicidad a juicio solo empeorará sus problemas, dará más publicidad y popularidad a estos, y generará procesos de adopción todavía más rápidos a partir de aplicaciones que, no lo olvidemos, son de código abierto, y por tanto, imparables. Basta que un usuario tenga un mínimo interés por bloquear la publicidad molesta, para que pueda hacerlo sin problemas, hayan dicho los tribunales lo que hayan dicho. Judicializar esta cuestión no es más que reeditar otro caso similar al de la persecución de los programas P2P, que aún mantienen su elevado nivel de uso salvo en aquellos países en los que la industria ha mejorado su oferta.

La manera de curar los males de la publicidad no es matando al mensajero. Es aprendiendo a adaptar la publicidad al medio, utilizar formatos que no generen rechazo, y fundamentalmente, respetar al usuario. Algo que la publicidad actual está todavía muy lejos de hacer.

 

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El dilema del cifrado

Escrito a las 2:18 pm
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IMAGE: a2bb5s - 123RFLa disyuntiva lleva ya cierto tiempo servida: crear aplicaciones completamente cifradas y con privacidad garantizada a prueba de bomba es, desde un punto de vista puramente técnico, enteramente posible y relativamente sencillo. Apple, de hecho, lo ha convertido en un argumento comercial, en una parte de la propuesta de valor de sus productos: “nuestro compromiso con tu privacidad no termina con una petición de información de un gobierno“. La opinión de la compañía es, sencillamente, que las acciones del gobierno de su país demuestran que ha entendido mal el balance entre seguridad y privacidad, y que es su papel contribuir a rebalancear ese equilibrio mediante productos cifrados que la compañía no tiene posibilidad razonable de descifrar.

La propuesta de Apple se convierte así en el mejor apóstol de las teorías expuestas por ese Cypherpunks de Julian Assange cuya versión española tuve el honor de prologar: el cifrado nos hará libres. Pero la propuesta no solo es transgresora desde un punto de vista testimonial: en los Estados Unidos, no menos de nueve investigaciones policiales a lo largo del pasado año se han visto obstaculizadas por la infranqueable política de privacidad de Apple, razón que parece estar llevando a las autoridades a plantearse la prohibición directa de toda herramienta que no permita el acceso a la policía, supuestamente controlado mediante orden judicial.

El resultado son las conocidas como Crypto wars, que cuentan ya con su propio artículo en Wikipedia: los intentos del gobierno norteamericano de limitar el uso de cifrados fuertes por parte de los ciudadanos. ¿Deben los ciudadanos tener la libertad de proteger sus comunicaciones y archivos privados utilizando cifrados fuertes realmente seguros, o debe el gobierno forzar a los programadores y comercializadores de esas herramientas a construir puertas traseras que permitan el acceso judicialmente controlado de las autoridades? En el fondo, una discusión muy antigua, pero que Apple ha conseguido volver a poner de actualidad.

Toda puerta trasera implica la introducción deliberada de una vulnerabilidad, que como resultado, debilita la seguridad del conjunto. Los ciudadanos demandan la privacidad de las herramientas de comunicación que figura establecida como uno de los derechos fundamentales, pero esa misma garantía de inviolabilidad que exigen a sus herramientas se convierte en relativa cuando piensan en su posible uso por parte de terroristas o delincuentes de diversa índole. Privacidad para mi sí, pero no para los malos, como si eso fuera de alguna manera posible. El compromiso de permitir el acceso únicamente cuando exista una sospecha razonable y un juez lo autorice bajo las debidas garantías de independencia es un sistema que también ha fallado, y las revelaciones de la era post-Snowden son una buena prueba de ello. Por otro lado, el actual ecosistema de desarrollo, con infinitos actores capaces de poner en marcha y popularizar herramientas de comunicación con barreras de entrada cada vez más bajas – en general representadas más por la presencia del efecto red que por la dificultad de acceso al mercado como tal – hace difícil pensar que una hipotética demanda de control por parte del gobierno norteamericano fuese a tener el más mínimo efecto: en este momento tengo instaladas herramientas de mensajería creadas en España, en Rusia y una tercera con base en Islandia que afirman garantizar la seguridad de mis comunicaciones. El cifrado fuerte se ha convertido en una demanda de muchos clientes, en algo que toda herramienta de mensajería pretende ofrecer. El sueño del control de las comunicaciones se desvanece a medida que más empresas deciden construir sistemas basados en protocolos de cifrado realmente robustos.

El debate, por tanto, ya no es tecnológico, sino de otro tipo. El derecho a la inviolabilidad de las comunicaciones implica la posibilidad que toda persona tiene de no ver su correspondencia y comunicaciones sujetas a vigilancia, independientemente de cuál sea el contenido de esa comunicación, sea un mensaje a un amigo o los planes para destruir todo atisbo de la civilización occidental. Los países más civilizados son los que consagran ese derecho y protegen a sus ciudadanos respetando la privacidad de sus datos. No se trata del derecho a mantener las narices de la policía alejadas de nuestros mensajes, sino del derecho de los emisores de esa comunicación a tener únicamente ellos las llaves de la misma. Obviamente, eso no implica que la policía no pueda hacer nada: en algunos casos, puede tratar de obtener los datos en tránsito a través de las empresas de comunicaciones. En otros, puede castigar al acusado por impedir la investigación policial. Lo que parece claro es que, dada la opción de cifrar de manera segura sus comunicaciones y sus datos, la mayoría de los usuarios optarán por hacerlo, lo que supone un nuevo escenario de cara a la actuación policial. Para bien y para mal.

 

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En La Noche en 24 Horas, hablando sobre tecnología y educación

Escrito a las 3:02 pm
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El pasado jueves estuve en La Noche en 24 Horas, con Sergio Martín, hablando sobre tecnología y educación, al hilo de cuestiones como la reciente decisión de Finlandia de quitar importancia a la práctica de la caligrafía para otorgársela al manejo del teclado, la legislación que varias comunidades autónomas españolas han puesto en marcha para impedir el smartphone en las aulas, los libros de texto, etc.

Como siempre, muy corto y muy difícil tratar los temas con la profundidad que requieren, pero espero haber provocado una cierta reflexión :-)

Compartir mola: la revolución colaborativa

Escrito a las 12:57 pm
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Compartir mola: la revolución colaborativa (haz clic para acceder a la película)

Ya está en abierto el documental “Compartir mola: la revolución colaborativa“, en el que participé con una grabación de nueve minutos. Disponible íntegramente para su visionado en Tutellus. Los vídeos con las entrevistas completas, tanto el mío como cincuenta más con diversos casos, comentarios y ejemplos de economía colaborativa  pueden verse previo registro gratuito en la plataforma.

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