El Blog de Enrique Dans

Las otras búsquedas

Escrito a las 5:27 pm
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IMAGE: Corina Rosu - 123RFUna larga y fantástica entrevista en The Atlantic con Evan Sharp, arquitecto y uno de los cofundadores de Pinterest, me lleva a pensar en la forma en que llevamos a cabo la función de búsqueda más allá de los buscadores, en herramientas que se han convertido en imprescindibles en muchas de las tareas que llevamos a cabo en nuestra vida cotidiana en la web.

En el caso de Pinterest, la búsqueda se ha convertido en una de las características fundamentales que valoro en mi uso habitual de la herramienta: el hecho de mantener un en Pinterest un repositorio ordenado de las noticias que voy leyendo de manera cotidiana ha llevado a que se convirtiese en una plataforma importantísima para mí: todos los días tras seleccionar un tema sobre el que escribir en esta página, me sumerjo de manera ya prácticamente automática en Pinterest para ver cuáles han sido las noticias sobre temas relacionados que he almacenado ahí recientemente. Buscar por el nombre de una persona o empresa me trae automáticamente a la pantalla el título y la evocación visual de todos los artículos que he guardado en la plataforma, lo que me permite obtener enlaces y referencias que sustenten o enriquezcan mi análisis con suma facilidad. La posibilidad de restringir la búsqueda a mis pines o a los de todos los usuarios añade la posibilidad de encontrar cosas que se me hubiesen pasado, y dota de agilidad a las búsquedas de mi propio material.

En realidad, la potencia de la búsqueda de Pinterest es común a lo que ocurre en cualquier plataforma en la que los usuarios llevan a cabo una tarea de selección, almacenamiento o repositorio de algún tipo. Antes de Pinterest, esa función en mi caso era desarrollada por Delicious: una plataforma en la que muchos usuarios almacenaban aquellas referencias que se encontraban en la web a modo de carpeta de favoritos en modo multiplataforma, y que aseguraba que una búsqueda allí llevaba a obtener únicamente resultados que alguien había considerado suficientemente útiles o relevantes como para pasar el trabajo de almacenarlos y catalogarlos allí. En la práctica, era como buscar en una versión depurada de la web, pasada por el filtro de un montón de usuarios, y con una capacidad social de descubrimiento de materiales adicionales. En muchos casos, para documentar artículos, Delicious ha sido un recurso que me ha generado bastante valor.

La idea de valor aportado por la función de búsqueda ha sido, en algunas ocasiones, central y muy clara: cuando Twitter comenzó su andadura como compañía, su primera adquisición fue Summize, una compañía especializada en búsqueda que jugó a partir de ahí un papel fundamental en la valoración y el negocio de la compañía (durante bastante tiempo, la gran mayoría de los ingresos de la compañía se originaron en los resultados de búsqueda que la compañía servía a Bing y a Google como parte de lo que se dio en llamar “real-time search”).

¿Cuántos sitios cuya función principal no es la búsqueda se han convertido en sitios en los que habitualmente hacemos búsquedas? Además de Pinterest o Delicious, en mi caso destaca Twitter, cada vez más convertido en un gestor de identidad: si a la hora de añadir información sobre una persona no encuentro una página en Wikipedia, que suele ser mi primera opción, tiendo a utilizar Twitter como una forma de proporcionar información sobre ella, un papel que podría también jugar en algunos casos About.me, una especie de inventario de recursos sobre una persona recopilados y editados por ella misma.

Pero este tipo de búsquedas “atípicas” son un fenómeno mucho más pujante, y en absoluto limitado a usuarios con mi perfil. Es bien sabida la pujanza de YouTube, con más de tres mil millones de búsquedas mensuales, en este sentido: si bien resulta incorrecto hablar de YouTube como segundo motor de búsqueda, porque sencillamente no lo es por definición, sería completamente absurdo obviar su importancia en este sentido a la hora de pensar en cómo solventa las necesidades de los usuarios para encontrar información relacionada con material en audio o vídeo.

Facebook es otro caso similar: la red social ha ido pasando de ser una página en la que los usuarios entraban fundamentalmente a buscar información sobre personas, a convertirse en una plataforma en la que un número cada vez más elevado de gente se dirige para obtener información sobre productos y marcas, con la esperanza de acceder no tanto a información comercial y a lo que la marca dice de sí misma, como a un sitio en el que encontrar respuestas caracterizadas por lo social: cómo otros usuarios hablan de la marca y sus productos, hasta qué punto esa marca gestiona bien la interacción con ellos, o incluso dudas y preguntas previas o posteriores a la adquisición. Las consecuencias del desplazamiento hacia usos de este tipo son potencialmente enormes: pasar de usuarios que entran en “modo social”, pensando únicamente en la interacción con personas que forman parte de su red, a un número creciente que llega en algo que podríamos identificar más con el “modo búsqueda”, activo y sensible a propuestas publicitarias o relacionadas con el consumo, puede ser una de las claves que rodea al futuro de monetización de las redes sociales.

En un entorno caracterizado por la hiperabundancia de información, resulta normal que la búsqueda se convierta en una de las funciones con más importancia, y tanto la valoración como el ubicuo dominio de Google es una buena prueba de ello. Pero a la hora de pensar en la búsqueda, no podemos quedarnos únicamente con la idea de “motor de búsqueda”: debemos ir más allá. La búsqueda, a efectos de la web, tiene muchísimo que decir en muchos de los servicios que utilizamos, mucho más allá de lo que relacionaríamos de manera general con la idea de “motor de búsqueda”.

¿Y tú? ¿Utilizas búsquedas en sitios que te aporten un valor interesante y que quieras compartir?

 

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El crecimiento de Flipboard: el poder de la metáfora visual

Escrito a las 12:59 pm
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Technology Readings - Enrique DansReadWriteWeb publica un artículo sobre el crecimiento de Flipboard, la aplicación que permite acceder a titulares de otras publicaciones en un cómodo y visual formato revista, desde que, en marzo del pasado 2013, decidieron abrir su plataforma para que los usuarios pudiesen crear sus propias revistas. Hasta entonces, Flipboard era únicamente una herramienta de consumo de contenidos: una metáfora visual bien trabajada, que ofrecía acceso a una serie de canales o publicaciones con las que el usuario podía conformar su revista.

Tras la apertura, Flipboard se convirtió en algo muy distinto: en la posibilidad de que cualquiera, mediante un simple botón en el navegador, pudiese crear su propia revista dedicada a los temas que le interesan. ¿Para qué iba alguien a querer crear una revista? Para cuestiones que van desde el mero repositorio personal o corporativo de contenido, hasta el desarrollo de materiales para terceros. Sea por la razón que sea, el caso es que Flipboard cuenta hoy ya con más de diez millones de revistas creadas por unos siete millones de usuarios, lo que, comparado con sus más de cien millones de usuarios activos, da lugar a un balance muy sano entre creación y consumo de contenidos.

Entre las revistas de Flipboard, de todo, suficiente para seguir prácticamente cualquier tema que te interese, buena prueba del resultado de abrir una herramienta a la creatividad de sus usuarios. En mi caso, Flipboard es una buena herramienta de repositorio y dinamización de atención, que encaja fantásticamente bien con mi dinámica de trabajo: dado que, como académico, tiendo a mantener una monitorización constante de lo que ocurre en el entorno tecnológico, pasar a Flipboard una selección de las noticias que voy encontrando y me parecen interesantes tiene un coste ridículamente bajo en términos de tiempo, y me permite generar una revista que muchos usuarios encuentran interesante, algo así como “la selección de noticias de tecnología hecha por el autor de un blog que habitualmente leo”. Actualmente, la revista cuenta ya con más de cinco mil lectores, entre los que se cuentan muchos de mis estudiantes actuales en IE Business School, antiguos alumnos, lectores habituales, y todo aquel que puede, por la razón que sea, considerarme un content curator con cierto criterio. En Pinterest hago exactamente lo mismo, en un tablón titulado igual, “Technology readings“, aunque este cuenta con aproximadamente la mitad de lectores que la revista.

Lógicamente, la revista tiene las limitaciones que tiene toda herramienta personal: no puedo asegurar un suministro diario, porque a veces viene “uno de esos días” en los que de milagro llegas a tener tiempo de reseñar algo en el blog, y no puedo garantizar que mi criterio de selección coincida con el de los usuarios, porque hay tantos gustos e intereses como personas. Lógicamente, no reseño mis propios artículos en mi revista de Flipboard, porque tiendo a pensar que quien escoge esa herramienta para seguir la actualidad tecnológica ya lee esta página mediante la herramienta de su elección. Por mi parte, la uso para revisar temas, típicamente cuando después de la lectura diaria de noticias no he encontrado ninguna que me inspire.

¿Qué propone Flipboard? Simplemente, una metáfora visual agradable y cómoda, con la que cualquiera encuentra una inmediata familiaridad. Y por lo que se ve, funciona.

El social media manager como rock star

Escrito a las 1:35 pm
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IMAGE: _fla - 123RFEl fichaje por parte de Apple de Musa Tariq, social media director de Nike y previamente de Burberry, está haciendo a muchos caer en la cuenta de la importancia que han adquirido este tipo de perfiles en la gestión empresarial de nuestros días.

Hablamos de Apple, sin duda la empresa que ejemplifica el marketing basado en la opacidad, en el secretismo y en el más amplio desprecio de las redes sociales como se entienden actualmente – con sus matices, por supuesto. Durante muchos años, el único uso que Apple ha hecho de las redes sociales ha sido el utilizarlas para seleccionar invitados a sus eventos de presentación, que aspiraban a convertir en “objetos sociales” con amplísima repercusión limitando la distribución de lo que se decía en los mismos a los tweets y fotografías que pudiesen enviar los asistentes. Estar en uno de esos eventos, en los que tradicionalmente no había ni siquiera streaming para no privar de cierta exclusividad a los asistentes, era todo un ejercicio de marketing, pero no dejaba de ser algo que surgía, en cierto sentido, de manera “espontánea”: la empresa y sus productos se convertían en un fenómeno social de amplia repercusión aunque no hiciesen absolutamente nada, una posición sin duda envidiable para cualquiera que fabrique cualquier producto de consumo.

El pasado octubre, Apple anunció el fichaje de Angela Ahrendts, CEO de Burberry, para liderar su negocio de retail. Los méritos de Angela para el puesto venían, entre otras cuestiones, de haber jugado un papel fundamental en la orientación de la empresa británica del mundo del lujo hacia el social media, de la mano de socios como Salesforce.com. Bajo la responsabilidad de Musa Tariq, que dependía de Angela Ahrendts, Burberry puso en marcha su conocido Tweetwalk, en el que debutaba sus colecciones antes del tradicional pase de modelos físico. Tras la marcha de Ahrendts, Tariq recaló en Nike, en donde destacó por arrebatar el control de los medios sociales a sus agencias y centralizarlas internamente bajo su propia responsabilidad.

Precisamente esa cuestión, el control interno de la presencia en social media frente a su gestión a través de agencias de comunicación, es una de las tendencias más destacadas del momento: no todas las marcas son capaces de construir una infraestructura interna que otorgue a estas cuestiones la importancia que realmente tienen y que las gestione con el nivel de conocimiento adecuado, pero cada vez más se plantean hacerlo, en la mayor parte de los casos ganando un mayor nivel de control y, sobre todo, de conocimiento.

En el caso de Apple, hablamos de una marca en la que la gestión de los medios sociales se ha llevado de manera prácticamente reactiva, simplemente como necesidad de proporcionar respuestas a algunos temas. Por el momento, la marca únicamente contaba con la presencia de algunos de sus directivos y marcas como iTunes o AppStore, pero carecía de una estrategia de social media como tal. El fichaje de Musa Tariq, que va a ver en las próximas horas como su número de seguidores en Twitter se dispara, solo puede significar un cambio en este sentido.

El mundo social media está pasando por su gran redefinición: para las empresas del mundo del consumo, supone ya la evidencia de que todos esos likes y esos follows se convierten en sesgos positivos a la hora de tomar decisiones de compra, en mayor presencia en el top-of-mind,  y en mayores tasas de recomendación a terceros. Para las empresas que no están en esa categoría de productos de compra masiva, para quienes se mueven en el mundo de las compras planificadas o incluso para quienes lo hacen en el terreno del B2B, el social media está evidenciando que no se trata de una cuestión de números, de tener más seguidores que nadie, sino de tener los seguidores adecuados, comunicarse con ellos y ser capaz de convertirse en referencia para ellos.

El social media director es, en ese sentido, un puesto con cada vez más sentido. Debe marcar las normas de interacción, huir de “estrategias a medias” que hacen lo mismo que antes hacían en los medios masivos pero cambiando de público objetivo – olvida el envío de plantillas, las listas de influencers que te facilita tu agencia, los reviews pagados, la compra de followers  y, en general, todo lo que no suponga un cambio hacia relaciones genuinas, reales y transparentes – y convertirse en auténtico referente de la marca, en el que gestiona el tono de la comunicación más inmediata. Mucho más que “un chico listo que entienda bien el Facebook”, mucho más que un gestor de crisis, mucho más que un community manager, y mucho más, por supuesto, que un puesto relegado al cuarto o quinto nivel de responsabilidad. La diferencia entre “tener un social media director” y “tener un social media director que lo haga bien y tenga vocación por lo que hace” es, a día de hoy, de órdenes de magnitud en rentabilidad e imagen.

Para las marcas, toda una evidencia: no se puede mantener ni entender ya el marketing alejado del que se confirma como su canal natural, el social media. Para Apple, una evolución que se encuadra en la lógica más absoluta: trabajar de manera proactiva algo que ya de manera espontánea se convertía con frecuencia en objeto social, en una parte central de la conversación. Y para Musa Tariq, convertido de repente en figura visible y auténtico rock star del mundo social media… el momento de marcarse el concierto de su vida.

 

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La tecnología no mata… mata el no adaptarse a ella

Escrito a las 12:14 pm
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IMAGE: James Steidl - 123RFUna certera sucesión de tweets del gran Arturo Pérez-Reverte en tarde de domingo, como es habitual en él, habla de los problemas de la prensa y de los periódicos clásicos, y responsabiliza de los mismos “a la crisis y a las nuevas tecnologías, pero sobre todo a su complicidad clamorosa y su silencio ante el poder“.

Estando profundamente de acuerdo con la segunda parte de su afirmación, disiento en la primera: la tecnología no mata a ninguna compañía ni a ninguna industria. Lo que las mata es la decisión consciente y tristemente meditada de no adaptarse a los escenarios que la tecnología genera. No es la tecnología en sí, sino la falta de adaptación, una falta de adaptación de la que, en el caso de la prensa española, he sido testigo además de primera fila. En varias ocasiones me han llamado para intentar detallarles la evolución de esos escenarios, para encontrarme después con que lo que pretendían no era realmente que se los contase, sino que les dijese lo que aparentemente querían oír.

Como todas las industrias que sufren el impacto de la disrupción tecnológica, los periódicos tienen un problema fundamental: la megalomanía de creer que pueden influir en los escenarios, adaptarlos a sus intereses. El reciente canon AEDE, que pretende subsidiar a los periódicos con pérdidas parasitando a quienes han logrado un modelo de negocio válido en torno a la economía de la atención, es una clara muestra de ello: “como no sé hacer dinero con las visitas que me envías, intentaré cobrarte por enviármelas”. Un absurdo que solo puede terminar de una manera: con un “pues vale, dejaré de enviártelas”. Básicamente, un “como soy un negado a la hora de adaptar mi negocio y hacerlo viable, intentaré que el tuyo tampoco lo sea”.

La regla de oro en toda disrupción tecnológica es la capacidad y la voluntad de adaptación. Es lo primero que los accionistas de una empresa tienen que asegurarse. Ante la perspectiva de esa disrupción – y créanme, eso se detecta rápido – esos accionistas tienen que examinar de arriba a abajo a toda la cúpula directiva, y purgar de manera inmisericorde a todos aquellos que no muestren una voluntad clara de evolución, de adaptación, que no se hayan dedicado con antelación a examinar muy de cerca, en primera persona como usuarios todas las características del modelo alternativo. Una breve ojeada a los cuadros directivos de los medios clásicos españoles demuestra de manera fehaciente que están aún dominados por personas cuyos logros y carrera profesionales se fraguaron durante el siglo pasado, no durante este. Personas que únicamente ansían que la velocidad del cambio se ralentice lo suficiente como para poder jubilarse a gusto. Decididamente, no el tipo de personas que quieres en tu empresa si lo que se plantea es un reto de adaptación a un nuevo escenario.

Lo he comentado hasta la saciedad: no es imposible hacer buen periodismo y ganar dinero en la era de la red. La red ofrece más proximidad con los usuarios, y eso es una bendición se mire como se mire. Donde antes había que imprimir y distribuir, ahora solo hay que apretar un botón. Si ese simple hecho te impide ganar dinero, es que tienes un problema. La proximidad te puede permitir mejorar enormemente tu propuesta de valor para el usuario. Algunos medios lo convierten en una forma de asegurarse un pago por parte de ese usuario, en concepto de acceso, de contribución voluntaria, de funciones adicionales o incluso de orgullo de pertenencia. Otros, los más, lo usan para convertirse en insustituibles, para garantizarse un sitio en la dieta informativa de sus usuarios en una época en la que conformar esa dieta informativa puede resultar un auténtico reto, e intentar ganar dinero gracias a la publicidad.

La publicidad… ¿por qué, en vez de lamentarse porque no ganan dinero con ella, intentan aprender a hacerla? En lugar de patéticos mensajes que molestan e interrumpen, buscar oportunidades para de verdad adaptar el mensaje a los intereses del usuario, para buscar una afinidad entre anunciantes y contenido que no enturbie ni condicione al segundo en virtud de la voluntad del primero, en base a unas reglas y criterios tan claras, rígidas y transparentes que no dejen espacio para las dudas? No, en lugar de eso, los medios clásicos prefieren vender su imagen a los intereses de quien sea, sea gobierno o pagador de publirreportaje de turno, escondiendo su condición de publicidad y mezclándola indecentemente con el contenido. O castigar a sus usuarios con una sucesión de formatos molestos e incómodos, para después extrañarse cuando la tasa de adopción de bloqueadores de esa publicidad supera el 20%.

Lo primero que tendrían que hacer los accionistas de esos medios en crisis no es vender su imparcialidad ante el gobierno de turno a cambio de un canon, sino enviar a sus directivos al punto más frío conocido de toda Siberia. Alejarlos de la gestión y de la compañía, y ejemplificar con ello al resto de la empresa lo que va a ocurrirles a todos aquellos que hagan gala de la más mínima voluntad de no adaptarse. ¿Se puede hacer buen periodismo en la era de la red? Que se lo pregunten a medios nativos digitales que cada día se cuelan de manera más evidente en nuestro consumo de noticias, que descubren noticias importantes, que se convierten en el sitio que incluso antiguos directivos de la prensa convencional escogen para desvelar o filtrar sus exclusivas. Que llevan a cabo análisis infinitamente mejores que el medio clásico y generalista de turno, en el que una serie de personas desmotivadas intentan desesperadamente y con cada vez menos medios mantenerse a la altura y seguir mostrando un poco de pundonor profesional. No, el problema de la prensa no está en los profesionales que elaboran la información día a día, ni en los usuarios, ni en los agregadores, ni en la tecnología: está en una generación de directivos incompetentes e incapaces de adaptarse al cambio.

No, no digo que sea sencillo. Es un reto, indudablemente. Exige muchos cambios, muchos de los cuales suponen adentrarse en modelos poco conocidos, en avenidas aparentemente complicadas, en las que el rendimiento económico no aparece a la vuelta de la esquina. Supone trabajar para intentar crear el mejor producto posible para el escenario actual, pensando que ese mejor producto terminará por generar dinero, porque cuando se crea valor, se termina indefectiblemente por recibir una parte de ese valor. Así, perdiendo dinero, trabajaron empresas que cuando se iniciaron en lo suyo, no tenían modelo de negocio, pero ese modelo de negocio terminó por aparecer y por convertirlas en gigantes. Así trabajan algunos medios, en una loca carrera por convertirse en grandes medios en internet, en referencias válidas de nuestro tiempo, a pesar de que pierden dinero todos los meses. Pero no, nuestra caverna directiva española prefiere reírse de esos ejemplos, ridiculizarlos, y dedicarse a mendigar un canon al gobierno de turno a cambio de dejar de informar de ciertas cosas que no convienen.

Tiene razón Don Arturo: “la gente pagaría con gusto si encontrase honradez, capacidad de generar noticias, amenazar al poder corrupto independientemente de quien sea“. Hay medios de nuevo cuño en España que han sido capaces de convencer a un porcentaje significativo de su creciente audiencia para que contribuyan con dinero contante y sonante a su existencia. Que paguen no porque se les intenta obligar, no porque se quieren reducir sus opciones de informarse, sino porque quieren sentirse parte de una iniciativa como esa. Porque quieren tener el orgullo de participar en un medio que sirve para lo que debe servir un medio. Hay otros que intentan convencer a anunciantes de que lo mejor que pueden hacer es asociar sus mensajes publicitarios con contenidos que los usuarios quieren consumir, que pueden obtener un valor elevado del hecho de no molestar ni perseguir, sino de formar parte de algo que sus usuarios valoran.

Eso es lo que los directivos de los medios clásicos españoles, agrupados en una asociación de incompetentes llamada AEDE, no quieren ver. Eso es lo que les va a convertir cada vez más en una industria prescindible, en una cueva de intereses empresariales que no duda en vender, en subastar ante el poder hasta la más pura esencia del periodismo, con el fin de seguir pagando sus sueldos. Tienen una pieza cuadrada, un agujero redondo y un martillo. Y piensan seguir golpeando hasta que entre.

 

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¿Qué hacemos con las cabinas de teléfonos?

Escrito a las 3:10 pm
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IMAGE: Christian Delbert - 123RFInteresante artículo en Quartz al hilo de la petición de propuestas del ayuntamiento de la ciudad de Nueva York para remodelar la red de cabinas telefónicas de la ciudad, a la que están concurriendo empresas como Google, Verizon, IBM, Cisco, Samsung y hasta cincuenta más, incluida la malograda Gowex

¿Para qué sirve hoy una cabina de teléfonos? En plena era de la telefonía celular, la necesidad de proporcionar una red de telefonía pública en las calles empieza a resultar anacrónica, y no puede ya justificarse ni siquiera por criterios de exclusión sociodemográfica: un teléfono móvil es ya lo primero que obtienen incluso los inmigrantes ilegales cuando acceden a la frontera de un país.

Indudablemente, los rendimientos de la función intrínseca de una cabina de teléfonos, hacer llamadas telefónicas, han ido decreciendo hasta el punto de convertirse en meramente testimoniales, salvo en momentos de emergencias y colapso de la red celular. La red de algo menos de nueve mil teléfonos que quedan en Nueva York fueron utilizados para alrededor de veintisiete millones de llamadas durante el año 2011, una media de poco más de ocho llamadas por cabina y día. En términos de rendimiento económico de las comunicaciones, parece claro que ni las compañías telefónicas ni los ayuntamientos – el de NYC recibe un tercio del importe de las llamadas – pueden estar demasiado satisfechos. Como soporte publicitario, la factura es algo más interesante: el ayuntamiento de la ciudad norteamericana obtuvo casi diecisiete millones y medio de dólares.

Sin embargo, una infraestructura de puestos conectados en lugares estratégicos en una ciudad no puede ser minusvalorada. Sea como forma de proporcionar conectividad mediante WiFi, como red de aviso de emergencias o de otras maneras, parece claro que la tecnología tiene que haber generado formas razonables de poner esa infraestructura en valor.

Algunas personas piensan que los ayuntamientos podrían encontrarse con la oposición de las operadoras si tratasen de poner en valor esas cabinas de teléfonos como puntos de acceso WiFi, creando redes de cobertura municipal. De hecho, ese era precisamente el principal punto de fricción hace algunos años, como yo mismo pude experimentar en las conversaciones sobre el futuro de la ciudad de Madrid, en un foro en 2005 llamado FOROmaR, pero decididamente, ya no parece serlo. En el mundo actual, las operadoras están locas por poder quitarse de sus infraestructuras cuanto más tráfico de datos mejor, y el WiFi se apunta como una de las grandes esperanzas en ese sentido. Pocos o ningún usuario cancelaría su contrato de datos por el hecho de contar con una red WiFi ciudadana tendida utilizando las cabinas de teléfonos, sencillamente porque la considerarían poco operativa o fiable y no querrían prescindir del uso de datos en otras situaciones en las que la cobertura de esos puntos no fuese adecuada o estuviese saturada, lo que convierte la alternativa de las cabinas en una buena manera de hacer offloading de sus antenas – particularmente en zonas urbanas con elevado tráfico de datos – y mantener a sus clientes satisfechos.

Pero además del obvio uso de la provisión de conectividad, todo indica que las propuestas incluirán kioscos electrónicos de información local o municipal, servicios de emergencias o soporte publicitario, aunque hay ciudades en las que han sido utilizadas incluso como punto para albergar desfibriladores.

¿Qué otros usos podrían proponerse para una infraestructura como la red de cabinas telefónicas?

 

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Tenle miedo, mucho miedo

Escrito a las 4:39 pm
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IMAGE: Cubrazol - 123RF (modified)

En el desenlace de un caso histórico desde el punto de vista jurídico, una jueza estadounidense, Loretta Preska, ha sentenciado que Microsoft está obligada a entregar a la justicia de los Estados Unidos los datos de un usuario de su correo electrónico implicado en un caso de tráfico de drogas, pero que estaban almacenados en un servidor en Irlanda.

En circunstancias normales, el tribunal estadounidense que investiga el delito tendría que solicitar a Irlanda los datos mediante el tratado legal de asistencia mutua (MLAT) correspondiente, un mecanismo previsto para ese fin, pero que fue calificado por la parte demandante como de “generalmente lento y laborioso”. Así que, ante la lentitud del procedimiento, la jueza opina que es mejor saltarse todos los principios básicos del derecho internacional y legislar que para los Estados Unidos,

“It is a question of control, not a question of the location of that information” 

(“es una cuestión de control, no una cuestión de dónde está la información”)

Una sentencia que Microsoft se ha apresurado a apelar, pero que de un solo golpe destruye la confianza en toda empresa tecnológica norteamericana: si eres usuario de los productos de cualquiera de estas empresas, cualquier petición llevada a cabo por un tribunal norteamericano llevará a que la empresa ponga todos tus datos a disposición del juez, aunque no seas ciudadano norteamericano ni tengas nada que ver con los Estados Unidos. Obviamente, tu información, o la de tus clientes: el hecho de usar los productos de una empresa norteamericana hará que cualquier juez pueda solicitar a dicha empresa los datos de tus clientes, por el simple hecho de tener control sobre ellos, independientemente de la parte del mundo en la que estén esos datos. La legislación de privacidad y de protección de datos europea o del país que sea no tiene la menor importancia, y se convierte, de facto, en auténtico papel mojado si es un juez norteamericano el que solicita esos datos.

El veredicto es equivalente al que los Estados Unidos utilizan para atacar a personas con drones en cualquier parte del mundo, independientemente de la jurisdicción en la que se encuentren: para los Estados Unidos, el mundo es su jurisdicción, está cubierto por la Pax Americana, y hacen en ella lo que quieren sin encomendarse a dios ni al diablo. En un mundo que dominan desde el punto de vista tecnológico, acaban de un plumazo de decretar que toda herramienta perteneciente a una empresa norteamericana está obligada a entregar los datos de cualquier persona, independientemente de su ciudadanía o de la localización en la que se encuentre ese dato. Sencillamente impresionante: acabamos de redefinir el concepto de “jurisdicción universal”, y además lo hemos hecho en una sola dirección. 

Para algunas industrias, decididamente, esta sentencia va a ser una importante llamada de atención. La confianza en los productos tecnológicos de las empresas norteamericanas no termina donde lo hace el acuerdo de nivel de servicios (SLA) y las cláusulas de confidencialidad que hayas formado con ellas, sino donde al juez norteamericano correspondiente le dé la gana. Condiciones como esa, unidas al puro y duro espionaje que gracias a Edward Snowden sabemos tiene lugar por parte de la administración norteamericana, hicieron hace poco que el gobierno alemán cancelase un contrato con el proveedor norteamericano Verizon, y sin duda van a llevar a que empresas de otros países sean privilegiadas sobre las norteamericanas a la hora de pensar en determinados contratos en los que la privacidad o el acceso a los datos sean una cuestión importante.

Una noticia reciente afirma que los terroristas están empezando a utilizar sus propios desarrollos de criptografía, en forma de apps sobre Android, para proteger así sus comunicaciones. Tal vez no sea muy tarde para que tu empresa, si valora en algo la seguridad de sus datos o la de los datos de sus clientes, empiece a tomar ejemplo de los terroristas y a hacer exactamente lo mismo.

This article is also available in English in my Medium page, “How a US court has just redefined universal justice

Poniendo la web bajo control

Escrito a las 6:24 pm
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IMAGE: Robodread - 123RFHoy, 1 de agosto, entra en vigor en Rusia un conjunto de enmiendas a su Código Administrativo, a la Ley de Información y a la Ley de Comunicaciones, apodado por los periodistas como el “proyecto de ley de bloggers“.

El proyecto de ley fue presentado por el presidente Putin a principios de mayo de este año, y está destinado a poner bajo control a todas las páginas con más de tres mil visitantes únicos al día, que se verán obligadas a registrarse ante el organismo estatal de control, Roskomnadzor, desvelar la identidad real del autor o autores, y someterse a las mismas reglas que los periodistas en medios de comunicación tradicionales. 

La reacción inmediata de empresas como Yandex o LiveJournal ha sido dejar de publicar las estadísticas y rankings de blogs, o poner como límite superior la cifra de +2500. Por supuesto, el gobierno ha contestado que cuenta con sus propios medios para estimar el tráfico de las páginas: yo hago las normas, yo mido como quiero, y yo multo a quien se me antoja. Faltaría más.

¿Qué ocurre cuando se impide a los ciudadanos expresarse en libertad y con una razonable presunción de anonimato? No hablamos de difamación, de insultos, de injurias o de ningún otro delito tipificado, que por pura lógica deben regularse con las leyes que ya existían antes de la existencia de la red, sino de reglas específicamente pensadas para la censura, para evitar la expresión de opiniones en el medio que está claramente sustituyendo al papel en la dieta informativa de la población. A todos los efectos, se trata de censura, de intimidación, de “si escribes determinadas cosas, vas a tener problemas”. Algo muy similar a lo que el gobierno español pretendía hace algunos meses cuando se dedicó a barajar la idea de “poner bajo control las redes sociales” para que determinadas expresiones de mal gusto o de escasa sensibilidad fuesen supuestamente tipificadas como delito.

Confundir los límites es un error muy peligroso en democracia. La libre expresión y la opinión, cuando se expresan con el debido respeto, no pueden ser puestas bajo control: forman parte de los derechos fundamentales de los ciudadanos. Internet ha conseguido hacer descender las barreras de entrada para que cualquier ciudadano pueda convertirse en un medio de comunicación, y que algunos de ellos puedan, si lo hacen razonablemente bien, alcanzar un cierto nivel de popularidad. Establecer un nuevo conjunto de reglas para ponerlos bajo control es un atentado contra la calidad democrática. Los bloqueos y los controles sobre la información no son más que una muestra de totalitarismo.

La medida rusa no debe verse como algo aislado en absoluto. En realidad, estamos siendo testigos de una tendencia peligrosísima que tiende a intentar poner la red bajo el control gubernamental, una corriente que se intensifica a medida que esa misma red se va convirtiendo en el medio fundamental de diseminación de la información. Las medidas draconianas en regímenes dictatoriales y la primavera árabe solo fueron llamadas de atención en países inesperados en los que la penetración de la red ni siquiera alcanzaba a una mayoría de la población. Actualmente, muchas supuestas democracias consolidadas envidian de manera evidente a países como China, Irán, o ahora Rusia, porque sienten que la red les dificulta un control de la información que añoran tener. Gobiernos como el español se ponen internacionalmente en ridículo diseñando leyes que les permitan poner bajo control a la red, establecer tasas a los enlaces, y tratar desesperadamente de devolver a los medios en papel, que sí pueden controlar, la relevancia que los medios en red, de control más complicado, les están arrebatando progresivamente. Igual de antidemocrático y de absurdo de lo de Rusia. Lo que más me apena de la medida rusa no es la medida rusa como tal, sino la evidencia de que hoy mismo, en mi propio país, hay unos cuantos políticos que están mirando las noticias procedentes de Rusia con auténtica envidia.

La adaptación de los mecanismos de la democracia a la era de la red está resultando muy traumática. Las reacciones de los gobiernos ante la red son, cada día más, un síntoma de la calidad democrática de los países, y una auténtica llamada de atención sobre lo que los ciudadanos jamás deberían plantearse votar. Si votas a partidos con tendencias liberticidas en la red, a políticos que ven la red como el peor de los males y que la temen porque les arrebata el control de la información, ya sabes lo que te espera.

Las actitudes de los políticos ante la red son la prueba del nueve de la democracia. Si sus actitudes no te cuadran, NO LES VOTES

 

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Snapchat: callando bocas

Escrito a las 5:02 pm
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Snapchat logoEn diciembre de 2012, Facebook comenzó a trabajar en un clon de Snapchat, un servicio de mensajería instantánea basada en mensajes que se autodestruían en diez segundos y que crecía con ritmo arrollador. No lo hizo de cualquier manera: aunque la complejidad del desarrollo no era especialmente elevada, el propio Mark Zuckerberg se implicó en ella, y de hecho terminó grabando él mismo los mensajes de voz de la aplicación.

Sin embargo, el desarrollo de Facebook, llamado Poke, no resistió ni siquiera un asalto: mientras Snapchat le daba la bienvenida con estilo y seguía creciendo de forma desmesurada, Poke recibió una atención escasísima, probando que para ese tipo de comunicación, Facebook no era considerada por los jóvenes como una buena opción.

Tras el intento de copia, Facebook planteó la adquisición, y puso encima de la mesa nada menos que tres mil millones de dólares – por una empresa sin modelo de negocio o con muy leves indicaciones de tenerlo. Evan Spiegel, cofundador de la compañía, rechazó la oferta, y muchísimos analistas dijeron que estaba completamente loco. Se rumorea que muy poco tiempo después, Spiegel volvió a rechazar otra oferta, esta vez proveniente de Google, y de cuatro mil millones de dólares. De nuevo, para muchos fue la prueba de que a este joven emprendedor se le había ido la olla.

Hoy, Snapchat protagoniza las portadas de las páginas de referencia en economía y tecnología tras haber recibido una propuesta de inversión del gigante chino del comercio electrónico Alibaba, que valora la compañía en diez mil millones de dólares. No tres ni cuatro, sino diez, y hay quien dice que aún así podría ser una ganga. Las razones del interés de Alibaba parecen lógicas: competir con su rival, Tencent, propietarios de WeChat.

De repente, Snapchat, que en los meses que van entre una y otra oferta ha ido mejorando progresivamente su producto y ha ido recibiendo una atención cada vez mayor por parte de anunciantes, parece ir ganando en apreciación de los analistas, y Evan Spiegel ya no es un loco temerario, sino un visionario. Ni los competidores, ni los escándalos, ni los problemas de seguridad parecen amenazar la impresionante progresión de Snapchat, que en su momento fue definido por el propio Zuckerberg como “un fenómeno de la privacidad” y que podría estar convirtiéndose en la forma preferida de comunicarse de toda una generación.

Snapchat fascina a los inversores. Uno de los primeros que invirtieron en fase de capital semilla dijo haber conocido la aplicación a través de su hija pequeña, que le comentó que las tres aplicaciones más populares en su colegio eran Angry Birds, Instagram… y Snapchat – que era la única que no le sonaba. Los fundadores no son nuevos en esto: Snapchat es, según ellos, uno de los más de treinta y cuatro proyectos que intentaron poner en marcha. Los que pretenden que el uso de Snapchat es fundamentalmente para sexting y usos similares, se equivocan: no es posible explicar su nivel de uso únicamente con ese tipo de actividad.

Por ahora, Snapchat ya parece haber callado muchas de las bocas que la veían como algo frívolo, absurdo o relegado a ser una curiosidad, así como a los que vieron como una locura que rechazase aquella oferta. En su momento, se dijo que las tres posibles razones para rechazar una oferta de tres mil millones de dólares eran que Snapchat esperase ser como Facebook, como Twitter, o que estuvieran completamente locos.  Lo que sabemos hoy es que el importante crecimiento de la aplicación y la valoración de la compañía parecen indicar que podemos estar ante alguna de las dos primeras opciones… que no es decir poco.

 

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Google, la salud y los conejillos de Indias

Escrito a las 5:16 pm
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IMAGE: Vasily Kovalev - 123RFUn interesante intercambio de artículos en Re/Code entre James Temple y Dan Munro, el primero a favor y el segundo en contra de prestarse a participar como voluntarios en un ambicioso estudio sobre salud desarrollado por Google, revela muchas de las esperanzas y preocupaciones que la intersección entre tecnología y salud nos va a poner encima de la mesa en un futuro muy próximo… o que nos está poniendo ya.

El estudio, que forma parte de los proyectos lanzados desde la iniciativa Google X (junto con proyectos como el coche que conduce solo, las lentillas que controlan la glucemia, una red neuronal para visión computerizada y reconocimiento del habla, el acceso a internet desde globos, Google Glass o la web de las cosas, junto con la adquisición de Makani Power para el desarrollo de la energía eólica) pretende establecer una linea base para determinar y definir las variables que caracterizan a una persona sana. Para ello, solicitan 175 voluntarios en los Estados Unidos que se ampliarán hacia el final del año a unos cuatrocientos, conforme a una muestra proporcional de edades, grupos raciales, hábitos y áreas geográficas, con el fin de someterlos a pruebas diagnósticas que incluyen análisis de sangre, orina, y genético (secuenciación completa, no únicamente detección de marcadores al estilo 23andMe). El análisis se prolongará durante diez años, o posiblemente más.

La idea es determinar la línea basal de parámetros que definen a una persona sana, para así poder trabajar en la detección temprana de múltiples enfermedades. En principio, un fin loable, uno de esos grandes proyectos motivadores, con capacidad para cambiar el futuro de muchas personas, y algo en lo que, de entrada, pocos podrían tener reticencias a colaborar. Los argumentos del primero de los artículos siguen precisamente esa línea: un gran proyecto, enormemente inspirador, susceptible de convertirse una gran contribución a la historia y al bienestar humano, con razonables garantías de anonimato y privacidad, y desarrollado de manera transparente.

Los argumentos de la otra parte son obviamente, muy diferentes: en primer lugar, la Genetic Information Non-discrimination Act (GINA) es un paquete legislativo aprobado en 2008 que intenta proteger a los individuos de la discriminación a la que podrían ser sometidos en función de su información genética, pero tiene numerosos agujeros, entre otros el no cubrir casos relacionados con seguros de vida, salud o automóvil, o a compañías con menos de quince empleados. La transparencia del proyecto, una vez digitalizados los datos, podría convertirse en un riesgo para los implicados si su información llega a circular públicamente. ¿Y en manos de quién está? Google puede ser razonablemente responsable, pero no deja de ser la compañía veleidosa cuyos intereses fluctúan y varían de manera constante, la que cancela proyectos cuando nadie lo espera o se lo explica, la que en el mundo de la salud tomó la decisión de eliminar Google Health, o la que perdió un litigio con la administración norteamericana por beneficiarse de la venta de productos farmacéuticos con escasas o nulas garantías utilizando su plataforma. Según Munro, la administración de salud en los Estados Unidos tiene muchos problemas, pero la solución a los mismos es difícil que se encuentre en una compañía que define como poco confiable, lanzada a emprender proyectos con cierto aspecto de promoción del ego corporativo, y que los formula además de manera muy ambigua y a largo plazo.

A pesar de los problemas expuestos por Munro, tengo muy claro que Google no va a tener ningún tipo de problema a la hora de obtener los 175 ó 400 voluntarios sanos que solicita. Pero eso no es prueba de nada: se enfrentan el deseo de contribuir a la mejora de la salud, el altruismo, el ego o la curiosidad, con factores como el análisis racional del riesgo o la posibilidad de verse discriminado a la hora de pretender acceder a determinados servicios. Un tema indudablemente complejo. En España, país líder en cuestiones como la donación de sangre o de órganos, estoy seguro de que ocurriría algo similar: no faltarían los voluntarios. Pero ¿cuál es tu visión al respecto? ¿Participarías como “cobaya” voluntario en un estudio de salud como el promovido por Google?

 

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Airbnb y Uber: hablando de negocios

Escrito a las 4:48 pm
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Uber and AirbnbLas dos empresas que muchos consideran los exponentes más claros de la llamada “economía colaborativa” han elegido la misma semana para presentar el desarrollo de líneas de producto pensadas específicamente para los viajeros de negocios: tanto en el caso de Airbnb como en el de Uber, el nuevo enfoque puede suponer un salto muy importante en su volumen de actividad, y también una manera clara de corroborar lo que muchos veníamos comentando: que en ningún caso hablamos de competidores que entren por el segmento bajo, con precios, calidad o prestaciones menores que las opciones tradicionales, sino de servicios que tratan de posicionarse por arriba, por el segmento alto, en donde suele situarse la demanda tradicional de servicios de transporte o alojamiento que responden a las necesidades del viajero de negocios.

Con el fin de posicionarse como una opción interesante para este segmento, ambas aplicaciones han desarrollado alianzas con Concur, una plataforma de control y reporte de gastos de viaje utilizada por más de veinticinco millones de usuarios en todo el mundo pertenecientes, entre otras, a más de setenta compañías del Fortune 100. En el caso de Uber, la compañía ha desarrollado una opción para que las compañías usuarias inviten a los trabajadores que deseen, y estos puedan, en cada viaje, decidir si desean cargarlo a su cuenta personal o a la de su empresa, con una consola que permite a la compañía llevar un control de esos gastos. Por su parte, Airbnb ha creado una página especializada para viajes de negocios, en la que se agrupan propiedades completas (no compartidas), con una serie de requisitos que la compañía especifica, con disponibilidad para su alquiler inmediato, y provistas de WiFi. Además, la compañía ha anunciado acuerdos con los ayuntamientos de Portland y San Francisco para ofrecer programas organizados de respuesta a posibles catástrofes que requieran acomodar a damnificados.

El movimiento hacia el segmento del viaje de negocios tiene toda la lógica del mundo si lo analizamos en función de las necesidades específicas de este colectivo: desplazamientos más previsibles y pre-concertados, que permiten la solicitud y el seguimiento mediante una app en un smartphone, que incorporan el medio de pago y facilitan el reporting, y con una capilaridad a la hora de ofrecer diferentes localizaciones que ninguna cadena de hoteles sería capaz de ofrecer. Para una compañía, hablamos del tipo de acuerdos que muchas veces plantean con una cadena de hoteles o con una empresa de taxis, pero dotada de una oferta y una flexibilidad mucho mayores, y con un alcance prácticamente mundial.

En ambos casos, hablamos de servicios que ya estaban, en muchos casos, siendo utilizados para viajes de negocios, de manera que la idea es, simplemente, facilitar las cosas, retirar fricción del proceso, incorporar una trazabilidad intrínseca al negocio electrónico, y promover la demanda cruzada: si pruebas Uber o Airbnb en un viaje corporativo, es muy posible que a partir de ahí lo sigas utilizando también en tus viajes particulares. Por otro lado, plantearse este tipo de mercado, habitualmente selectivo, permite posicionar y consolidar una imagen de calidad de servicio que puede actuar como incentivo para usuarios en otro tipo de viajes. Para muchos, una disrupción deja de ser una disrupción y pasa a ser considerada “business as usual” precisamente cuando se produce la adopción por parte del mercado corporativo.

En realidad, la imagen de economía sumergida, prestadores de servicio poco aseados o sin garantías, propiedades de bajo nivel o enfocadas al “turismo mochilero”, etc. solo existen en la mentalidad calenturienta de quienes desean proteger los privilegios y el control de la oferta que poseían los competidores tradicionales en esas industrias. El problema, claro, es que legislar en favor de los taxistas o en favor de los hoteles para tratar de evitar la competencia de Uber o de Airbnb supone tratar de retirar opciones del mercado y, por tanto, establecer barreras de entrada artificiales, o lo que es lo mismo, tomar una actitud contraria a los intereses de los usuarios. Ese es el balance sobre el que las administraciones públicas y los legisladores van a tener que decidir: a partir del momento en que la tecnología ofrece soluciones para un mejor ajuste entre oferta y demanda, y las barreras de entrada que existían anteriormente se convierten en anacrónicas, todo lo que no sea exigir unos controles razonables se convierte en una lucha contra natura, y en una actitud que los usuarios terminarán por reprochar.

Mientras algunos competidores tradicionales adoptan técnicas puramente mafiosas y se convierten en cada vez menos amigables para la comunidad empresarial, el salto al mercado corporativo de estas dos compañías va a otorgar una muy importante carta de naturaleza a la economía colaborativa, acelerando seguramente la adopción, y poniendo a prueba una de las principales hipótesis detrás de la misma: que una mayor abundancia de oferta más diversa puede cubrir mucho mejor el área que se forma debajo de la curva de la oferta y la demanda, dando lugar a una flexibilidad capaz de adaptarse a todos lo segmentos. Decididamente, ni “economía sumergida”, ni el tipo de público “poco exigente” o “barato” en el que muchos creían que estas compañías se iban a enfocar.

 

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