Hay una sensación difícil de describir cuando quien ocupa la Casa Blanca no solo tolera los conflictos de interés, sino que los abraza con la serenidad de quien sabe que, pase lo que pase, el coste será mínimo. No es únicamente indignación: es desgaste, una especie de náusea cívica permanente. Cada día te despiertas con la expectativa de una nueva transacción disfrazada de política pública, de un nuevo «acuerdo» vendido como supuesto patriotismo, de un nuevo gesto de impunidad convertido en espectáculo. Y lo más corrosivo no es el acto en sí, sino la normalización: la democracia convertida en decorado, y la Presidencia en un instrumento de monetización.
El caso TikTok es especialmente revelador porque mezcla discrecionalidad presidencial, seguridad ...