Es una de las consecuencias más claras de las prisas y la mala planificación de las inversiones en inteligencia artificial: las compañías que antes se llenaban la boca con las energías renovables y que instalaban y adquirían solar y eólica como si no hubiese un mañana únicamente para proyectar una hipócrita imagen amigable, ahora, con el ignorante más aberrante que hemos presenciado en política y energía en la Casa Blanca, Donald Trump, se lían la manta a la cabeza instalando turbinas de gas para proporcionar energía a sus centros de datos. En un caso, el del centro de datos de Amazon en Texas, estamos hablando nada menos que de la instalación industrial más contaminante de todos los Estados Unidos, y el resto de compañías no le van a la zaga.
En efecto, todas las ínfulas de Amazon, Google, Meta y compañía con respecto al medio ambiente eran una pura y absoluta farsa. Pero no, no vengo hoy a hablar de la emergencia climática: lo que vengo a comentar es cómo esas compañías van a arrepentirse una y mil veces de haber invertido en centrales de gas, precisamente en un momento en el que la producción de gas de los Estados Unidos se ha estancado, cuando el país está exportando mucho más gas licuado a otros mercados imponiendo una deriva claramente alcista a sus precios, y cuando la coyuntura geopolítica anticipa cualquier cosa menos un descenso de su precio. Según Noreva, el precio del gas puede proyectarse con cierta confianza por encima de los $10/MMBtu en múltiples hubs frente a los entre $2 y los $4.50 actuales. Y el gas representa en torno a la mitad del coste de la electricidad producida en una central que lo utilice, lo que sin duda va a dar lugar a un importante impacto sobre el coste de la computación.
Las prisas siempre han sido muy malas consejeras. De hecho, esas compañías que buscan ahora soluciones rápidas en lugar de invertir en sistemas basados en renovables con baterías perfectamente capaces de proporcionar flujos estables de energía, se están encontrando con que esas instalaciones, debido al fuerte pico de demanda, se han puesto literalmente por las nubes. Pese a que, como todo en los combustibles fósiles, hablamos de tecnologías obsoletas y más que probadas, se ha generado un cuello de botella en la entrega de este tipo de centrales que ha encarecido su precio en más de un 195%, y que prolonga sus plazos de entrega en hasta seis años: lo que parecía una solución fácil y barata (además de sucia), ahora no es ni fácil, ni rápida, ni barata en absoluto. Justo castigo a su perversidad. De pocas cosas me he alegrado más en lo personal que de haber desenganchado completamente mi casa de la traída de gas hace cinco años. Y más cuando tres años antes ya me había desenganchado de las gasolineras. Un acierto total.
Pero los problemas del gas no terminan en su instalación: es que además, al vincular la cadena productiva de la inteligencia artificial con el suministro de gas, esas compañías están apostando a uno de los mercados más inestables y vulnerables del planeta. Pronto, empezaremos a ver los reportes de resultados de Google, Meta o Amazon en función del precio del gas que marca el Henry Hub, y compararemos con el resto de compañías, entre otras las chinas, que apostaron por un futuro a más largo plazo, en el que una vez instaladas las infraestructuras, el coste tiende a ser decreciente y, durante varias décadas, el menor que puede obtenerse a cambio de energía. Las big tech americanas se están convirtiendo, intencionadamente, en compañías expuestas a las fluctuaciones del precio de una commodity fósil, una materia prima cuyo precio está completamente fuera de su control. En cambio, una vez que has construido una instalación de generación basada en renovables, el precio de la energía generada tiende a cero. Decir que Trump es estúpido no resulta en absoluto sorprendente para nadie a día de hoy… pero evidenciar que los directivos de las big tech también lo son y que creen las mismas estupideces genera un poco más de sorpresa.
Es un error estratégico de manual: apostar a «lo que puedo instalar más rápidamente hoy» (para que al final ni siquiera sea eso) frente al «qué me puede proporcionar la mejor estructura de costes durante las próximas décadas». Por otro lado, hay una evidencia interesante: muchas de las cargas vinculadas a la inteligencia artificial pueden desplazarse temporal o geográficamente, porque no toda inferencia ni todo entrenamiento tiene que ejecutarse exactamente en el mismo momento. Eso lleva a que, en realidad, una compañía con varios data centers pueda balancear sus cargas en función de la energía renovable más barata disponible en cada momento en cada localización, lo que ofrece una flexibilidad que permite rebajar más aún los costes y la necesidad de instalación de baterías (que en cualquier caso, como los paneles solares, tiene costes claramente descendentes). Esa posibilidad, integrar la infraestructura renovable con el propio scheduling de los data centers, hace que tengan un encaje especialmente bueno para las renovables. Pero claro, quién le dice al idiota del presidente que vamos a instalar renovables…
¿Quieres apostar por el gas? Vale, apuesta por el gas, y ya verás. Ni siquiera voy a decirte que no lo hagas por el clima: voy a decirte que, sin ningún género de dudas, te arrepentirás por tu cuenta de resultados.

