Mi columna de esta semana en Invertia se titula «SpaceX ya no es una empresa espacial: es una apuesta sobre el poder de Musk» (pdf), y trata sobre el verdadero significado de la histórica salida a bolsa de SpaceX, una operación que ha llevado a la compañía a superar los dos billones de dólares de valoración y ha convertido a Elon Musk en el primer billonario de la historia moderna.
La operación, la mayor salida a bolsa jamás realizada, ha sido interpretada por muchos como una simple celebración del éxito empresarial de SpaceX y de la capacidad de Musk para convertir ideas aparentemente imposibles en negocios transformadores. Sin embargo, al analizar con algo más de detalle los argumentos utilizados para justificar una valoración tan extraordinaria, resulta evidente que los mercados no están comprando únicamente una empresa espacial. Están apostando por una visión del futuro en la que el espacio, las telecomunicaciones, la inteligencia artificial y las infraestructuras tecnológicas críticas convergen bajo una misma estructura corporativa y, en última instancia, bajo el control de una misma persona.
La integración de xAI dentro de SpaceX y la creciente importancia de proyectos relacionados con infraestructuras de inteligencia artificial han convertido a la compañía en algo muy distinto de lo que era hace apenas unos años. Buena parte de la narrativa utilizada para sostener su valoración se basa en expectativas sobre centros de datos orbitales, redes globales de conectividad apoyadas en Starlink y nuevas formas de proporcionar capacidad computacional a gran escala. Claramente, la inteligencia artificial se ha convertido en uno de los principales motores de la valoración de la compañía.
El fenómeno tampoco puede entenderse sin situarlo en el contexto de una nueva fiebre bursátil ligada a la inteligencia artificial. La salida a bolsa de SpaceX abre el camino a futuras operaciones similares protagonizadas por OpenAI o Anthropic, y ha conseguido generar una enorme expectación alrededor de la compañía.
La trayectoria de la compañía es interesantísima y llevo años cubriéndola en discusiones en mis clases: una empresa a la que su propio fundador atribuía menos de un 10% de probabilidades de éxito ha terminado protagonizando la mayor salida a bolsa de la historia. La construcción financiera y narrativa de la operación y las consecuencias patrimoniales inmediatas para su fundador dan lugar a trascendentales reflexiones sobre la extraordinaria capacidad de Musk para convertir visiones futuristas en valoraciones bursátiles aparentemente ilimitadas.
Más allá de los números, sin embargo, la cuestión que me parece verdaderamente relevante es otra: el grado de concentración de poder que esta operación consolida. Musk controla ya activos estratégicos en sectores tan diversos como la movilidad eléctrica, las redes sociales, las telecomunicaciones globales, la inteligencia artificial y el acceso al espacio. La salida a bolsa de SpaceX no hace sino reforzar esa posición en un momento en el que el empresario se ha convertido además en una figura crecientemente alineada con posiciones extremistas, ultraconservadoras y profundamente preocupantes desde el punto de vista democrático.
La historia de la tecnología muestra una y otra vez que la innovación prospera cuando existe competencia, diversidad de actores y mecanismos efectivos de supervisión. Cuando infraestructuras fundamentales para el funcionamiento de nuestras sociedades se concentran en muy pocas manos, los riesgos aumentan de manera proporcional. La pregunta que plantea la salida a bolsa de SpaceX no es, por tanto, si la compañía vale dos billones de dólares o si llegará algún día a justificar esa valoración. La pregunta es cuánto poder estamos dispuestos a permitir que acumule una sola persona.


Cuando muera o «lo mueran» tendremos mucha lucha entre sus (al menos) 14 hij@s y unas caídas en bolsa espectaculares.
Es como Iron Man, pero en malo. Al menos Robert Downey se sacrificó por la humanidad mientras este se aprovecha de ella.