Durante años, el debate sobre la energía solar en España ha estado planteado en términos de conflicto: o dedicamos el terreno a producir alimentos o lo dedicamos a producir electricidad, como si esas dos actividades fueran incompatibles, o como si cada hectárea tuviese que elegir entre aceitunas o electrones.
Sin embargo, el avance de las tecnologías agrivoltaicas está demostrando que esa dicotomía puede estar completamente equivocada.
La idea no es nueva. Hace ya algunos años escribí sobre la tecnología agrivoltaica y el rediseño del campo y posteriormente sobre por qué las tecnologías agrivoltaicas tenían todo el sentido del mundo. Desde entonces, la investigación ha seguido acumulando evidencias de que, en muchos cultivos, una sombra parcial cuidadosamente diseñada no solo no perjudica la producción, sino que puede mejorarla.
La explicación tiene mucho que ver con el cambio climático. Durante décadas asumimos que más horas de sol equivalían automáticamente a mejores cosechas. Hoy sabemos que no siempre es así. En gran parte de España, especialmente en Andalucía, Extremadura o la Comunidad Valenciana, el problema para la agricultura ya no es la falta de radiación solar, sino el exceso. Las olas de calor son más frecuentes, las temperaturas extremas duran más tiempo y el estrés hídrico se ha convertido en una amenaza permanente para muchos cultivos.
En ese contexto, los paneles solares dejan de ser únicamente una herramienta de generación energética para convertirse también en una herramienta agronómica. Instalados a suficiente altura para permitir el paso de maquinaria y la actividad agrícola normal, generan una sombra parcial que reduce la temperatura del suelo, disminuye la evaporación y protege a las plantas durante los episodios más extremos.
Los resultados empiezan a ser difíciles de ignorar. Un estudio publicado en Nature Sustainability demuestra cómo los sistemas agrivoltaicos pueden mejorar simultáneamente la producción agrícola, la eficiencia energética y la gestión del agua en entornos áridos. La investigación concluye que la combinación de agricultura y energía solar genera beneficios mutuos para los dos sistemas, en lugar de la competencia por el uso del suelo que tradicionalmente se asumía.
En España, el potencial parece especialmente interesante para cultivos permanentes como el olivar o el viñedo. Investigadores de la Universidad de Jaén han desarrollado diseños específicos para olivares que permiten compatibilizar la generación eléctrica con la mecanización completa de la explotación agrícola. El objetivo no es sustituir el cultivo por placas solares, sino mantener ambas actividades sobre la misma superficie.
Algo parecido está ocurriendo en el sector vitivinícola. El proyecto WineSolar impulsado por Iberdrola en Toledo explora cómo adaptar el sombreado de los paneles a las necesidades concretas de la vid, utilizando sistemas inteligentes capaces de modificar la orientación de los módulos en función de las condiciones meteorológicas y del estado del cultivo. En la Ribera del Duero también hay instalaciones que están desarrollando este tipo de tecnologías.
Lo interesante es que la agrivoltaica obliga a replantear una idea profundamente arraigada: la de que el suelo solo puede tener un uso. Durante siglos hemos pensado en las explotaciones agrícolas como espacios dedicados exclusivamente a producir alimentos. Pero la transición energética está introduciendo una nueva variable: la misma hectárea puede generar cosechas, producir electricidad, reducir el consumo de agua y, además, proporcionar una fuente adicional de ingresos para el agricultor. Y eso último puede ser tan importante como cualquier consideración ambiental.
El campo español lleva décadas atrapado entre márgenes decrecientes, dependencia de subvenciones, volatilidad de precios y fenómenos climáticos cada vez más difíciles de gestionar. En ese contexto, la posibilidad de complementar los ingresos agrícolas con la generación de energía renovable puede convertirse en una herramienta fundamental para mejorar la viabilidad económica de muchas explotaciones.
Además, la agrivoltaica ofrece una respuesta interesante a una de las críticas más frecuentes contra la expansión fotovoltaica: la ocupación de suelo agrícola. Si la misma parcela puede seguir produciendo alimentos mientras genera electricidad, el debate deja de ser una confrontación entre agricultura y energía para convertirse en una discusión sobre cómo diseñar mejor el territorio.
Por supuesto, no todas las instalaciones solares son agrivoltaicas. Existe el riesgo de utilizar el término como una simple operación de marketing para justificar proyectos que, en la práctica, terminan expulsando a la actividad agrícola. La clave está precisamente en lo contrario: que la producción agraria siga siendo real, económicamente viable y compatible con la generación energética.
Pero cuando eso ocurre, la propuesta resulta difícil de cuestionar. España, por razones obvias, debería estar en primera línea de la tecnología agrivoltaica. Tenemos sol, tenemos superficie agrícola, tenemos cultivos de alto valor, tenemos estrés hídrico creciente y tenemos una industria fotovoltaica que ha madurado muy rápido. Red Eléctrica señala que la fotovoltaica alcanzó en 2024 su máximo histórico de generación, con 44,520 GWh y un 17% de la producción eléctrica del país, y que a comienzos de 2025 ya era la tecnología con mayor potencia instalada en España, con más de 32 GW, por delante de la eólica.
La cuestión ya no es si la solar va a crecer: va a crecer. La cuestión es si queremos que ese crecimiento se haga compitiendo absurdamente con el campo, o integrándose inteligentemente en él. Quizá el error haya sido pensar durante tanto tiempo que el campo y la energía competían por el mismo espacio. Cada vez existen más razones para creer que, en realidad, estaban destinados a compartirlo.


Lo que no entiendo es la manía de poner paneles o aerogeneradores en campos que a veces expropian.
Entre Toledo, Badajoz y Córdoba hay un «desierto» humano sin pueblos ni explotaciones, pura piedra, que sería más útil como campo solar.
Dejemos a quien quiera que ponga paneles, a quien quiera que cultive alcachofas, y usemos nuestros desiertos (zaragoza, el triangulo que mencioné, almería…) para generar esa energía
Enrique, ¿has considerado añadir una opción de escucha al blog? Con artículos como este agradecería poder escucharlos mientras conduzco o paseo. Hay plugins para WordPress que lo hacen con poco esfuerzo. Sería un valor añadido para quienes seguimos el blog habitualmente.