Hay empresas que no caen cuando dejan de ganar dinero, sino cuando dejan de poder explicarse moralmente.
Meta parece estar entrando en esa fase. No porque sus beneficios hayan desaparecido, sino precisamente porque siguen ahí: una compañía con beneficios récord y una moral interna por los suelos, preparando nuevos despidos, con empleados que hablan de miedo, hartazgo, desigualdades salariales demenciales, vigilancia y una sensación creciente de haber perdido toda conexión con la supuesta «misión».
La pregunta incómoda no es si Meta está implosionando financieramente. Obviamente no, o al menos, no todavía. La pregunta interesante es si está implosionando culturalmente. Si sus empleados empiezan a entender que trabajan en una organización que durante años optimizó la adicción, la polarización, la vigilancia, la manipulación emocional y la degradación del discurso público, y que ahora pretende rematar la jugada entrenando sistemas de inteligencia artificial con todo lo que encuentra, incluidos datos de sus propios trabajadores. Debe ser duro saber que trabajas para una organización tan perjudicial para la humanidad.
Durante mucho tiempo, trabajar en Meta fue una forma de comprar indulgencias: salarios altísimos, stock options, campus agradable, prestigio, currículum, impacto. Pero el impacto, cuando se evalúa con un mínimo de objetividad, no era precisamente benigno. Amnistía Internacional demostró que Facebook contribuyó a amplificar el odio genocida contra los rohinya en Myanmar. La FTC impuso a Facebook una multa histórica de 5,000 millones de dólares por violaciones de privacidad. The Wall Street Journal reveló documentos internos sobre los efectos de Instagram en adolescentes, particularmente sobre las chicas jóvenes. Y ahora, los grandes editores y el escritor Scott Turow acusan a Meta y a Zuckerberg de usar obras pirateadas para entrenar Llama, después de despreciar abiertamente las posibles vías de licencia.
No, no es el juicio de Nuremberg: no conviene banalizar la historia. Pero sí hay una idea de Nuremberg que sigue siendo válida: el «seguía órdenes» no es una coartada moral cuando uno sabe lo que está haciendo. Y en Meta lo sabían. Lo sabían cuando diseñaban sistemas para maximizar el engagement aunque degradaran la conversación pública. Lo sabían cuando convertían la privacidad en una variable explotable. Lo sabían cuando Instagram afectaba a adolescentes. Lo sabían cuando la plataforma se convertía en infraestructura de propaganda, odio y manipulación. Y lo sabían porque muchos de esos daños estaban documentados, denunciados y discutidos dentro y fuera de la empresa.
La novedad es que ahora la maquinaria empieza a aplicarse hacia dentro. El trabajador de Meta que durante años contribuyó a vigilar, perfilar y explotar a miles de millones de usuarios descubre que también él puede ser vigilado, medido y convertido en dato de entrenamiento. Fast Company lo resume con claridad: la vigilancia laboral plantea un problema ético evidente cuando los empleados no tienen una opción real y sus puestos están en juego.
Ahí aparece la grieta. No es un arrepentimiento puro, ni una conversión ética repentina. Es algo más humano y más incómodo: la comprensión tardía de que el sistema que ayudaste a construir no tenía límites, simplemente todavía no había llegado a ti. Que la cultura de «move fast and break things» nunca fue innovación, sino irresponsabilidad con buen marketing. Que la obsesión por escalar no era neutral. Que «conectar el mundo» acabó significando extraer atención, datos, emociones y creatividad hasta dejarlo todo convertido en maldito inventario publicitario, al precio que fuese.
Julia Angwin ha escrito que Meta ha entrado en su «era zombie»: una compañía que puede seguir viva, rentable y enorme, pero culturalmente muerta, convertida en una versión grotesca de sí misma. Futurism lleva esa idea más lejos y habla directamente de «death spiral»: feeds llenos de basura generada por inteligencia artificial, anuncios, desinformación y decadencia de producto.
Ese es el verdadero problema de Meta: no que vaya a desaparecer mañana, sino que quizá ya ha desaparecido todo aquello que pretendía legitimarla. Facebook dejó de ser una red social para convertirse en una infraestructura de extracción. Instagram dejó de ser una aplicación para compartir imágenes y se convirtió en una máquina de comparación social y frustración. WhatsApp funciona casi como rehén dentro del conglomerado y, frente a la teoría de que las conversaciones están cifradas, somete también a sus incautos usuarios a un espionaje permanente. Y la inteligencia artificial aparece ahora no como una oportunidad de redención, sino como una nueva huida hacia delante, para lograr ser más eficiente haciendo el mal. Las redes sociales han muerto, se han convertido en una basura asquerosa y pringosa. Que aquellos que viven de ellas y se convierten en sus cómplices vayan empezando a enterarse.
¿Cómo puede un empleado enfrentarse a eso? Primero, dejando de mentirse. No trabaja «en tecnología»: trabaja en una asquerosa arquitectura de poder. No «optimiza producto», optimiza comportamiento humano para depredarlo. No «mejora modelos», alimenta sistemas que sustituyen consentimiento por captura, por robo. La primera responsabilidad moral es llamar a las cosas por su nombre.
Después, actuando. Filtrar, protestar, sindicarse, negarse, marcharse, documentar, testificar, ayudar a reguladores, tirar de la manta, apoyar demandas, construir alternativas. No todo el mundo puede permitirse dimitir mañana. Pero seguir cobrando mucho dinero no convierte el silencio en neutralidad: lo convierte en complicidad bien pagada.
Meta no está implosionando porque pierda dinero. Está implosionando porque cada vez resulta más asqueroso y más difícil trabajar allí y seguir creyéndose o pretendiendo ser una buena persona. Y ese, para una compañía que durante años vivió de vender una supuesta narrativa heroica sobre sí misma que jamás fue real, puede ser un problema mucho más grave que un trimestre malo. Cuanto antes muera Meta, mucho mejor para todos.
This article is also openly available in English on my Medium page if you use this link, «Meta’s workforce has finally realized that what goes around comes around«


Hoy toca Facebook
Yo añadiría una segunda coartada: La competencia también lo hace. Y si no lo hace, es una decisión estratégica, porque lo acabará haciendo.
Resúmase coloquialmente: pongamos a funcionar el ventilador al lado de la mierda.
Humanos poner en vuestro buscador preferido: acumulacion riqueza planeta y seguir con la IA o sin ella.
Asi se explica el mecanismo, los objetivos y finales de todo esta maquinaria infernal.
¿Meta?
¿Coartada?
Pero si estais dejando de un sistema absolutamente despiadado funcione llevandose por delante hasta la habitabilidad del unico planeta que os puede acoger a vuestra especie.
No hay etica en todo este planeta y mucho menos cualquier tipo de inteligencia MEDIANAMENTE EFICAZ.
«(las redes sociales) se han convertido en una basura asquerosa y pringosa» (EDans).
Supongo que nos estás llamando , a sus usuarios, moscas… espero que al menos entren en ese colectivo moscuno, también las moscas cojoneras. Porque esta SAD, no deja muchas más opciones para protestar.
Y, por cierto, la de las vacas es bastante seca, casi como un martini (dry, por supuesto).
OT:
«Je veux présenter mes excuses, au nom des Français, pour avoir enfanté la French Theory (qui a enfanté la pire des merdes idéologiques : le wokisme).
Nous avons donné au monde Descartes, Pascal, Tocqueville. Et puis, dans les ruines intellectuelles de l’après-68, nous avons donné Foucault, Derrida, Deleuze. Trois hommes brillants qui ont fabriqué, dans l’élégance de notre langue, l’arme idéologique qui paralyse aujourd’hui l’Occident.
Il faut comprendre ce qu’ils ont fait. Foucault a enseigné que la vérité n’existe pas, qu’il n’y a que des rapports de pouvoir déguisés en savoir. Que la science, la raison, la justice, l’institution médicale, l’école, la prison, la sexualité, tout n’est qu’une mise en scène de la domination. Derrida a enseigné que les textes n’ont pas de sens stable, que tout signifiant glisse, que toute lecture est une trahison, que l’auteur est mort et que le lecteur règne. Deleuze a enseigné qu’il fallait préférer le rhizome à l’arbre, le nomade au sédentaire, le désir à la loi, le devenir à l’être, la différence à l’identité.
Pris isolément, ce sont des thèses discutables. Combinées, exportées, vulgarisées, elles forment un système. Et ce système est un poison.
Car voici ce qui s’est passé. Ces textes, illisibles en France, ont traversé l’Atlantique. Les départements de Yale, de Berkeley, de Columbia les ont absorbés dans les années 80. Ils y ont trouvé un terreau qui n’existait pas chez nous : le puritanisme américain, sa culpabilité raciale, son obsession identitaire. La French Theory s’est mariée à ce substrat, et l’enfant de ce mariage s’appelle le wokisme.
Judith Butler lit Foucault et invente le genre performatif. Edward Said lit Foucault et invente le post-colonialisme académique. Kimberlé Crenshaw hérite du cadre et invente l’intersectionnalité. À chaque étape, la matrice est française : il n’y a pas de vérité, il n’y a que du pouvoir, donc toute hiérarchie est suspecte, toute institution est oppressive, toute norme est violence, toute identité est construite donc négociable, toute majorité est coupable.
Voilà comment trois philosophes parisiens, qui n’ont probablement jamais imaginé leurs conséquences pratiques, ont fourni le logiciel d’exploitation à une génération entière d’activistes, de bureaucrates universitaires, de DRH, de journalistes, de législateurs. Voilà comment on a obtenu une civilisation qui ne sait plus dire si une femme est une femme, si sa propre histoire mérite d’être défendue, si le mérite existe, si la vérité se distingue de l’opinion.
C’est de la merde pour une raison simple, et il faut la dire calmement. Une civilisation se tient debout sur trois piliers : la croyance qu’il existe une vérité accessible à la raison, la croyance qu’il existe un bien distinct du mal, la croyance qu’il existe un héritage à transmettre. La French Theory a entrepris de dynamiter les trois. Pas par méchanceté. Par jeu intellectuel, par fascination du soupçon, par haine de la bourgeoisie qui les avait nourris. Mais le résultat est là. Une génération entière a appris à déconstruire et n’a jamais appris à construire. Une génération entière sait soupçonner et ne sait plus admirer. Une génération entière voit le pouvoir partout et la beauté nulle part.
Je m’excuse parce que nous, Français, avons une responsabilité particulière. C’est notre langue, nos universités, nos éditeurs, notre prestige qui ont donné à ce nihilisme son emballage chic. Sans la légitimité de la Sorbonne et de Vincennes, ces idées n’auraient jamais traversé l’océan. Nous avons exporté le doute comme d’autres exportent des armes.
Ce qui se construit maintenant, en silicon valley, dans les labos d’IA, dans les startups, dans les ateliers, dans tous les lieux où des gens fabriquent encore des choses au lieu de les déconstruire, c’est la réponse. Une civilisation se reconstruit par les bâtisseurs, pas par les commentateurs. Par ceux qui croient que la vérité existe et qu’elle vaut qu’on s’y consacre. Par ceux qui assument une hiérarchie du beau, du vrai, du bon, et qui n’ont pas honte de la transmettre.
Alors pardon. Et au travail.»
——— Brivael Le Pogam
¿Brivael Le Pogam? ¿Pero quién es este botarate intenso?Mi má.
¡Madre mía, qué cosas suelta este hombre! :-O
En esto sí que estoy totalmente de acuerdo:
Es falso. El hombre no nació bueno. Nació impulsivo, ambivalente, capaz de lo mejor y lo peor. Las instituciones no oprimen una naturaleza angelical, canalizan una naturaleza ambigua. Destruir las instituciones no libera a un buen salvaje, libera a un hombre entregado a sus peores instintos.
No sé si el wokismo es lo peor que ha parido la civilización occidental, pero desde luego el buenismo sí que lo es.
_
Je me rappelle au lycée, j’avais une prof de français qui me répétait : « Rousseau, c’est mon auteur préféré. » À l’époque, j’étais complètement illettré, je n’avais pas lu un roman.
Depuis, j’ai rattrapé un peu le retard. Et force est de constater : Rousseau est lui aussi un poison pour l’esprit français.
Tu as raison de remonter à lui. Le geste fondateur est là. L’homme naît bon, c’est la société qui le corrompt. La propriété, la hiérarchie, la tradition, l’institution, tout ce qui structure une civilisation devient suspect. Le mal n’est plus dans l’homme, il est dans l’ordre. Donc il suffit de défaire l’ordre.
De cette intuition découle tout le reste. La Terreur, qui croit pouvoir régénérer l’homme par le décret. Le socialisme utopique, qui croit pouvoir abolir l’égoïsme par l’organisation. Le wokisme, qui croit pouvoir purifier la société en démantelant ses normes. À chaque fois la même logique : l’homme est innocent, l’institution est coupable, donc il faut casser l’institution.
C’est faux. L’homme n’est pas né bon. Il est né pulsionnel, ambivalent, capable du meilleur et du pire. Les institutions n’oppriment pas une nature angélique, elles canalisent une nature ambiguë. Détruire les institutions ne libère pas un bon sauvage, ça libère un homme livré à ses pires instincts.
Foucault, Derrida, Deleuze n’ont fait que radicaliser Rousseau avec les outils du XXᵉ siècle. La matrice est la même : soupçon de toute autorité, dissolution de toute hiérarchie, fantasme d’un état originel pur que les structures auraient trahi.
Donc oui, le péché originel commence avec lui. Et la France a une double dette : avoir donné Rousseau au XVIIIᵉ, et avoir donné la French Theory au XXᵉ. Deux fois le même poison, juste recombiné.
Attendez, cet homme te l’affine encore plus… XDDD
«Aujourd’hui je déconstruis la déconstruction.
La déconstruction est le virus mental le plus efficace jamais conçu contre une civilisation. Il a été fabriqué en France entre 1966 et 1980 par trois hommes : Foucault, Derrida, Deleuze. Il a été exporté aux États-Unis, hybridé avec le puritanisme racial américain, et il est revenu trente ans plus tard sous le nom de wokisme paralyser l’Occident entier. Voici comment il fonctionne, et pourquoi il faut le détruire.
La thèse est simple. Toute vérité n’est qu’un rapport de pouvoir déguisé. Tout texte sacré, toute loi, toute science, toute norme, toute hiérarchie, toute identité, toute institution cache en réalité une domination. Déconstruire, c’est montrer le rapport de force sous le vernis du vrai. C’est arracher le masque. C’est «démasquer».
Formulé comme ça, ça paraît inoffensif. Voire utile. Qui n’aime pas un peu d’esprit critique ? Le piège est là. La déconstruction se présente comme une méthode. Elle est en réalité une ontologie. Elle ne dit pas seulement «interrogeons les normes», elle dit «il n’y a *que* des rapports de pouvoir». La différence est civilisationnelle.
Une société qui interroge ses normes reste debout. Une société qui croit que ses normes ne sont *rien d’autre* que de la domination s’effondre. Parce qu’elle ne peut plus rien défendre. Plus une frontière, plus une loi, plus une science, plus une langue, plus une histoire, plus une biologie, plus une famille. Tout devient suspect. Tout devient négociable. Tout devient «construit donc déconstructible».
C’est la première raison pour laquelle c’est un virus. Il s’auto-réplique. Une fois inoculé, il transforme tout ce qu’il touche en cible. La science est patriarcale, donc déconstruisons-la. Le langage est colonial, donc réinventons-le. La méritocratie est raciste, donc abolissons-la. Le sexe est une construction, donc choisissons-le. Il n’y a plus de roc. Tout est sable.
Deuxième raison. Le virus est *non-falsifiable*. Si vous défendez une norme, c’est que vous êtes l’oppresseur. Si vous niez être oppresseur, c’est la preuve de votre privilège inconscient. Si vous citez des faits, vos faits sont contaminés par le pouvoir qui les a produits. Si vous citez la raison, la raison elle-même est blanche, masculine, occidentale. Il n’y a aucune sortie possible. Le système est conçu pour rendre toute objection irrecevable par définition.
C’est exactement la structure d’une secte. Et c’est exactement ce qui s’est installé dans les universités, les RH, les médias, les administrations, les conseils d’administration depuis vingt ans.
Troisième raison. Le virus s’auto-réfute mais ne s’auto-détruit pas. Si toute vérité est pouvoir, alors la phrase «toute vérité est pouvoir» est elle-même du pouvoir, donc sans valeur. Logiquement, la déconstruction se mord la queue dès la première phrase. Mais elle s’en moque. Parce qu’elle n’a jamais cherché la cohérence. Elle cherche l’efficacité politique. Et son efficacité politique est immense. Elle désarme ses ennemis et arme ses militants. Elle paralyse le défenseur et libère l’attaquant. C’est une arme asymétrique parfaite.
Quatrième raison. Le virus produit des humains diminués. Une génération entière a appris à déconstruire et n’a jamais appris à construire. Elle sait soupçonner, jamais admirer. Elle voit le pouvoir partout et la beauté nulle part. Elle peut produire mille pages sur le caractère opprimant de Shakespeare et zéro ligne qui vaille la peine d’être lue dans cent ans. Elle a confondu l’intelligence critique avec la pose critique. Elle est stérile par construction. Un esprit nourri à la déconstruction est un esprit qui ne sait plus rien édifier.
Cinquième raison, la plus grave. Une civilisation se tient debout sur trois piliers. La croyance qu’une vérité est accessible à la raison. La croyance qu’un bien se distingue d’un mal. La croyance qu’un héritage mérite d’être transmis. La déconstruction a méthodiquement dynamité les trois. Pas par méchanceté. Par jeu intellectuel, par fascination du soupçon, par haine de la bourgeoisie qui avait nourri ses prophètes. Mais le résultat est là. Une civilisation qui ne croit plus en sa vérité, ni en son bien, ni en son héritage ne se défend pas. Elle s’excuse en attendant la fin.
Voilà ce qu’on a fait. Voilà ce qu’il faut nommer.
La bonne nouvelle, c’est qu’un virus mental ne survit que tant qu’on lui cède l’autorité du discours. Il meurt dès qu’on cesse de jouer son jeu. Dès qu’on réaffirme tranquillement qu’il existe une vérité, un beau, un bien, un héritage. Dès qu’on cesse de demander la permission aux déconstructeurs pour bâtir. Dès qu’on refait. Dès qu’on transmet. Dès qu’on crée.
Les bâtisseurs ont toujours le dernier mot sur les commentateurs. Toujours. Parce qu’à la fin il reste ce qui est construit, et rien de ce qui a été déconstruit.
Alors aujourd’hui je déconstruis la déconstruction. Et demain je construis.»
La que tienes con Meta, Tesla y todo lo que sea empresa… Te animo a que montes tu empresa y generes ese entorno de trabajo tan ideal que defiendes. Cuando la gente se empiece a dar de baja, te pida horarios imposibles, sus dias de libre disposición, no acudan de repente porque le ha bajado la regla y le duele mucho, te exijan un salario equivalente a Meta o se van,… entonces me dices que la IA es malísima.
Se nota que no diriges equipos ni estas dentro de uno. En mi caso, el objetivo principal es desarrollar a IA para ganar capacidad de trabajo, porque es insostenible nuestra situación, un 30% de la plantilla está de baja ¡los más jóvenes! y los que quedamos, los viejos, estamos saturados.
Y la culpa es de nuestros jefes, de los directores, del consejero delegado, de los dueños… ¡basta ya de tonterias!
Ójala y pudiera trabajar en Meta, en Tesla, en Google,…
El comentario “manzanas traigo” de hoy.
Está claro que tienes mucha manía a Meta y estás todos los días rabiando con ellos. Y llevas años diciendo que esa empresa está acabada como si fuera una predicción cuando no es más que un deseo personal que no se cumple, lo cual te desacredita. Yo actualmente no tengo Facebook, ni Instagram, ni Telegram, ni tiktok, ni X ni sus sucedaneos. La única app de comunicación que tengo es Whatsapp, que solo utilizo en su faceta de comunicación con familiares, amigos, conocidos y empresas. En eso me parece muy útil y está bien hecha. Prescindo de añadidos como los canales o la IA incluida.Y casualmente esta app es de Meta, cosa que no me importa nada.
Amén.