La inteligencia artificial se ha convertido en el relato dominante de nuestro tiempo. Todo parece explicarse a través de ella: los despidos, las inversiones multimillonarias, las alianzas estratégicas y hasta el rediseño completo de las grandes compañías tecnológicas. Pero basta con mirar un poco más allá del titular fácil para entender que estamos interpretando mal lo que está ocurriendo. Esto no va de inteligencia: va de poder.
Durante años, la narrativa de la tecnología se apoyaba en una promesa más o menos creíble de democratización. Internet reducía barreras de entrada, el software permitía a pequeñas empresas competir con grandes incumbentes y la innovación parecía surgir de cualquier garaje bien conectado. La inteligencia artificial, al menos en su versión actual, está haciendo exactamente lo contrario. Está elevando de manera dramática los costes de entrada y concentrando el control en un número cada vez más reducido de actores.
El cambio es estructural. Ya no basta con desarrollar un buen algoritmo o un modelo competitivo. Ahora hay que tener acceso a enormes cantidades de datos, capacidad de cómputo prácticamente ilimitada, chips especializados, infraestructuras energéticas capaces de sostener centros de datos gigantescos y, por supuesto, el músculo financiero necesario para sostener todo eso durante años sin retorno inmediato. No es casualidad que las grandes tecnológicas estén invirtiendo cifras descomunales en este terreno: Meta, por ejemplo, prevé un gasto de capital de entre 115,000 y 135,000 millones de dólares en 2026, impulsado en gran medida por infraestructuras de inteligencia artificial.
En ese contexto, muchas de las noticias que estamos viendo dejan de ser sorprendentes. Los despidos masivos en grandes tecnológicas no son una consecuencia inevitable del progreso, sino una decisión estratégica que utiliza la inteligencia artificial como narrativa legitimadora. Mientras compañías como Meta o Microsoft reducen plantilla, redoblan al mismo tiempo su apuesta por la inteligencia artificial y la infraestructura asociada, en una combinación que difícilmente puede entenderse como casual
Pero lo más interesante no está solo en los despidos, sino en lo que los acompaña. La inteligencia artificial ha dejado de ser un problema puramente de software para convertirse en una cuestión industrial. Las grandes compañías están asegurando acceso directo a energía, construyendo centros de datos a una escala sin precedentes e incluso impulsando proyectos energéticos específicos para alimentar esa demanda. Algunas de estas iniciativas, basadas en plantas de gas natural, podrían tener un impacto climático comparable al de países enteros, lo que da una idea de la dimensión material del fenómeno. Al mismo tiempo, empresas como Meta, Microsoft o Google están explorando la construcción de infraestructuras energéticas propias para garantizar el suministro necesario para sus modelos.
Más interesante aún es observar cómo incluso las compañías que históricamente habían apostado por la integración vertical y el control total de su ecosistema están empezando a moverse en este nuevo terreno. Los acuerdos entre grandes actores, como el que permitirá a Apple apoyarse en modelos de Google para potenciar funcionalidades de inteligencia artificial en sus dispositivos, sugieren que la escala necesaria para competir en este ámbito está redefiniendo las relaciones entre empresas.
Mientras tanto, la regulación intenta seguir el ritmo. En Europa, el AI Act ya ha entrado en vigor y establece un marco normativo ambicioso para el desarrollo y uso de la inteligencia artificial. Sin embargo, su despliegue será progresivo y se extenderá durante varios años, lo que plantea una cuestión incómoda: regular un mercado una vez que ya se ha concentrado es mucho más complicado que hacerlo cuando todavía está abierto.
El resultado de todo esto es difícil de ignorar. La inteligencia artificial no está generando un nuevo ecosistema más abierto y competitivo, sino reforzando el anterior, llevándolo a un nivel de concentración aún mayor. Lo que se presenta como una revolución tecnológica tiene, en realidad, muchos rasgos de una recentralización industrial.
Y eso obliga a replantear la pregunta importante. No es qué puede hacer la inteligencia artificial, ni siquiera hasta dónde puede llegar. La cuestión clave es quién decide qué puede hacer, bajo qué condiciones y en beneficio de quién.
Porque si algo está quedando claro es que la inteligencia, en este caso, es lo de menos. El poder, como casi siempre, es lo que realmente importa.


No estoy muy de acuerdo con esta perspectiva, al menos en el sentido de que este fenómeno se da siempre que una nueva tecnología avanzada muestra gran demanda pero no todo el mundo está en condiciones de ofrecerla. ¿Acaso la telefonía o la creación de chips no estuvo centralizada en sus inicios? Y lo siguen estando en gran medida.
Ahora, por la naturaleza de la innovación, las grandes tecnológicas están mejor posicionadas para tomar ventaja pero hay claramente nuevos actores. Y lo que es más importante, su uso sí se ha ‘democratizado’ más rápido y en mayor medida que cualquier otra nueva tecnología. Por no hablar de que ya hay modelos abiertos bastante potentes disponibles para cualquiera.
La tecnología en sí misma es neutra, no es buena ni mala. Hasta aquí llegamos todos. Es más, diría que la intención inicial que da a luz nuevas ideas siempre es positiva. Y esto es porque a menudo surge fuera de las esferas de poder. Y como enuncia Enrique esto va de Poder. En mayúsculas.
Que la inteligencia artificial es disruptiva en cuanto a sus potencialidades no se nos escapa a casi nadie. Pero que esto sea lo deseable, no es compatible con que esta tecnología en si misma lo justifique todo.
En relación a las externalidades negativas con las que Enrique inicia el artículo, recordaría la inclusión de las siguientes:
los problemas relacionados con el corpus del conocimiento (monopolizacion, manipulación, sesgo o deterioro de la calidad de la información) y por otro lado, la dilapidación de las habilidades cognitivas de los usuarios. Este asunto inicia un ciclo preocupante con la degeneración de internet (modelos de redes sociales, explotación de la privacidad, manipulación del comportamiento de usuarios, por ejemplo). Y este círculo parece redondearse con el poder de los modelos grandes de lenguaje.
Reflexionemos sobre lo siguiente: como usuarios hemos contribuido inconscientemente a la construcción de este poder. Con el uso de herramientas «gratuitas» como correo electrónico o mensajería hemos entregado una ingente cantidad de datos. Con las búsquedas de internet y el autocompletado las hemos perfilado. Y ahora, con cada prompt y documento entregado, lo refinamos en forma de patrones estadísticos.
Para alimentar el hype inversor, los grandes actores del sector de momento nos siguen necesitando. Y este hype inversor ya no parece exclusivamente producto de unas expectativas de retorno de la inversión en forma de ingresos. El retorno ofrecido por modelos cada vez más mastodónticos se ingresa en forma de Poder. Como muestra, tenemos a Mythos. ¿Ante el uso tan intensivo del vibe coding no parece lógico que aparezca un modelo con pesos tan especializados en la ciberseguridad? No es una afirmación, pero sí genera la duda.
No digo que hagamos de lado el uso desde infraestructuras en la nube. Deberíamos de hacer en la medida de lo posible un uso racional y selectivo. Y, complementariamente, muy importante invertir en el uso de modelos locales.
En este sentido, se estan pronunciando, bien públicamente o en sus círculos intelectuales cada vez más profesionales STEM.
Usar modelos locales no sólo es ejercer soberanía. Es aprender realmente sobre inteligencia artificial. Enfrentar las restricciones que nos imponen, racionalizar casos de uso o intentar continuamente optimizar nuestros recursos es tambien darle la debida relevancia a nuestro pensamiento crítico. Y digo esto, no teniendo un perfil STEM
Lo mejor que puede pasar, sinceramente, es que reviente esta burbuja. Y ante el escenario de escasez energética y de insumos como el hélio, amén de efectos económicos indirectos, es lo más probable. Deseemos que ese reset sea para bien y para todos, y no para esos pocos.
Disculpa Enrique. Esto era un hilo aparte. No era respuesta.
«La tecnología en sí misma es neutra, no es buena ni mala. Hasta aquí llegamos todos.» Llegarás tú, porque eso es el mayor mentirusco, la mayor trola que os han instalado en el cerebelo desde hace años. No, la tecnología ni por asomo es neutra, ni nunca, nunca, lo fue; ni, of course, lo será jamás de los jamases.
Si estudiamos la etimología de la palabra tecnología, vendríamos a concluir algo similar a ciencia o estudio de la técnica. Y si nos acercamos al significado de esta última nos llevaría al concepto de «habilidad o destreza».
Así, que tecnología no dista mucho de la «ciencia que trata sobre las habilidades». Y esto es neutro. Lo que no lo es, es el fín con el que es empleada esta habilidad.
Si tienes una definición distinta, se agradece que la compartas junto a su argumentación.
Si partes de errores graves de como funciona el mundo todo es una sorpresa desagradable.
Si tu explicacion es buena puede ser desagradable tambien pero no sera una sorpresa en ninguna caso.
Los que creyeron en las explicaciones de que el capitalismo liberal iba de mejorar la vida de las gentes y EEUU era el pais que era la punta de lanza de estan viendo como todo se vuelve MUCHO MAS DESAGRADABLE y ademas estan en un estado de disonancia cognitiva nada agradable.
Todo eso era una gigantesca patraña y el sistema ecologico y su destruccion sistemica junto a los bombardeos contra poblacion indefensa por los cada vez mas escasos recursos planetarios asi lo demuestran de forma palmaria.
Amos y semovientes y nunca hubo nada mas.
Lo demas son trampantojos que una cada vez mas pequeña recua de amos hacen tragar a los que se dejan.
SALUDOS
PD: ¿Inteligencia Artificial? je, je, je… Elon Musk y sus colegas lamiendo el culo a un imbecil baboso como su amo es todo lo que queda del sueño.