Elon Musk y la alquimia corporativa

IMAGE: A silhouetted tech executive manipulates glowing corporate structures floating in space above Earth, surrounded by satellites, symbolizing financial power and control

La noticia de que SpaceX «absorbe» xAI para crear, sobre el papel, la empresa no cotizada más valiosa del planeta no es interesante sólo por el delirio tecnológico que la acompaña, sino por lo que revela sobre el verdadero superpoder de Musk: la capacidad de rediseñar constantemente el perímetro de sus compañías para que, cuando una empieza a oler a problemas de financiación, otra le preste oxígeno… y, de paso, le transfiera prestigio, narrativa y múltiplos. Fast Company lo cuenta desde el ángulo más «sci-fi»: la idea de orbitalizar centros de datos para alimentarlos con energía solar y refrigerarlos «gratis» en el vacío, reduciendo costes y esquivando las limitaciones físicas (electricidad, agua, suelo, permisos) de la Tierra. Y además, añadía dos efectos colaterales muy terrenales: poder reclutar mejor bajo la marca SpaceX y financiar la inteligencia artificial con contratos gubernamentales.

Pero si lo miramos con frialdad, lo importante no es si los centros de datos orbitales llegan antes o después, sino lo que el movimiento hace hoy: reordena riesgos y expectativas. xAI está quemando alrededor de mil millones de dólares al mes, una cifra que convierte cualquier «ronda» en un cubo de agua en un incendio industrial. En ese contexto, la fusión no es sólo una apuesta tecnológica: es, sobre todo, una operación de supervivencia financiera con una capa de maquillaje épico. Para los accionistas de xAI, que probablemente tenían información al respecto ya cuando hicieron su aparentemente arriesgada inversión, la operación es «un salvavidas». Eso tiene un nombre, pero en la América corporativa actual del capitalismo de amiguetes, no supone ni siquiera «un pecadillo».

Aquí surge la «ingeniería financiera» en estado puro: cuando el coste de capital sube o la historia empieza a chirriar, se cambia el envase. En vez de pedir dinero para una empresa que consume caja a velocidad supersónica (xAI), la integras dentro de otra cuyo relato está blindado por activos tangibles, contratos, capacidad de ejecución y una posición dominante en lanzamientos e internet por satélite. SpaceX ha convertido Starlink y su músculo de lanzamientos en una máquina de ingresos, y ese músculo puede terminar financiando inteligencia artificial. O lo que Musk necesite financiar en cada momento.

El resultado es una transferencia implícita de confianza: el mercado privado deja de valorar a xAI como una startup de inteligencia artificial que quema caja a una velocidad insostenible, y pasa a percibirla diluida dentro de SpaceX, una compañía con activos tangibles, contratos estables, capacidad probada de ejecución y una narrativa de liderazgo tecnológico prácticamente incontestable. En ese desplazamiento, xAI deja de ser «la empresa de IA que necesita financiación» y se convierte en «SpaceX, que ahora también hace inteligencia artificial», un cambio semántico que, en mercados dominados por expectativas y relatos, suele traducirse en miles de millones de dólares de valoración adicional.

Además, esta clase de fusiones entre compañías controladas por la misma persona tienen una característica fascinante: permiten fijar precios internos con una libertad que en un mercado verdaderamente abierto sería más difícil. Si decides que xAI vale X y SpaceX vale Y, y lo empaquetas en una narrativa de sinergias inevitables, has creado un nuevo punto de referencia para futuras rondas, ventas secundarias o, crucialmente, para una eventual salida a bolsa. No es casual que buena parte de la cobertura haya ligado el movimiento a la preparación de una salida a bolsa: no estás sólo construyendo un producto, estás construyendo un vehículo de inversión más seductor, con más palancas para justificar valoración.

Lo más interesante es que Musk no hace esto por primera vez. Consolidar piezas de su imperio cuando conviene, desde movimientos anteriores hasta la integración de X dentro de xAI, de forma que la plataforma social se convierte en distribución, datos, atención… y también en argumento para vender «inteligencia artificial en tiempo real». En cualquier país mínimamente civilizado, alquimia corporativa con tintes de información privilegiada y especulación rampante, pero bajo la administración Trump, en la que el propio presidente es un especulador financiero que juega con información privilegiada y privilegia a sus amiguetes, a su familia y a sí mismo, cualquier parecido con un país mínimamente civilizado es mera coincidencia.

Y si miramos el tablero completo, lo que emerge es un conglomerado informal donde cada compañía cumple una función estratégica: una aporta marca y épica (SpaceX), otra aporta base de usuarios y narrativa cultural (X), otra aporta la promesa de autonomía y robótica (Tesla), y xAI intenta aportar el comodín universal del momento: que «todo, absolutamente todo, será mejor con inteligencia artificial». No es necesariamente falso. Es, simplemente, el tipo de frase que abre chequeras.

Hay otro componente menos glamouroso y más incómodo: cuando juntas exploración espacial, comunicaciones y una plataforma de información en tiempo real bajo un mismo control, no solo estás maximizando sinergias, también estás concentrando poder de una manera que a los reguladores debería ponerles nerviosos. La operación podría chocar por motivos de seguridad nacional precisamente por esa combinación: control de información y acceso al espacio bajo la misma sombrilla, pero eso va a dar exactamente igual. No es solo una fusión empresarial: es un aumento del control de Musk sobre infraestructuras que afectan a seguridad, comunicación y tecnología crítica. Y aquí la ingeniería financiera se convierte en política.

¿Multiplicar valor? Sí, pero no solo por «crear más», sino por reconfigurar el riesgo de forma que parezca menor y el futuro parezca más inevitable. Y eso, en los mercados, se paga. La jugada también sirve para resolver un problema narrativo: si el planeta empieza a mirar con recelo el impacto energético y social de los centros de datos y las tensiones locales que generan, trasladar el debate al «espacio» convierte una discusión de licencias, agua y transformadores eléctricos en una aventura de civilización. De hecho, la propia xAI presume de su enorme escalado de infraestructura y del cierre de una ronda de 20,000 millones de dólares, que alimenta esa narrativa de «esto ya va en serio».

Mi impresión es que estamos ante una mezcla muy calibrada de necesidad y oportunismo. Necesidad, porque entrenar modelos a escala cuesta fortunas y la paciencia del capital privado no es infinita. Oportunismo, porque SpaceX es probablemente el mejor «colateral» narrativo imaginable: si la metes en la coctelera, todo parece más sólido, más inevitable, más histórico. La pregunta, como casi siempre con Musk, no es si la visión es técnicamente posible ni mucho menos en qué plazo, sino quién paga el camino hasta llegar. Y la respuesta, cada vez más, parece ser: «pagará el vehículo corporativo que mejor pueda soportarlo en cada momento y el que más dinero público de su amiguete de la Casa Blanca pueda conseguir». Y luego decimos que si los chinos…

Al final, lo que Musk está perfeccionando no son solo cohetes o modelos, sino una forma de capitalismo de conglomerado flexible, donde las fronteras entre empresas se mueven para mantener viva la historia y, sobre todo, para que el acceso a financiación nunca dependa de una sola entidad con una sola debilidad. Hoy es xAI dentro de SpaceX. Mañana podría ser otra combinación. Y mientras, el mercado siga premiando la épica con múltiplos y la confusión con prima, la alquimia corporativa seguirá funcionando.

5 comentarios

  • #001
    Xaquín - 8 febrero 2026 - 18:10

    «La jugada también sirve para resolver un problema narrativo» (EDans).

    Desde la Biblia Abrahámica hasta la del Silicon Valley, pasando por la típica jugada del abogado típico usamericano salvador de buitres… el asunto es contar un relato, que los demás se crean, lo más a pies juntillas que puedan.

    Y los políticos actuales lo saben muy bien, ya que, mucho peor que los antiguos (por el exceso de información), han llegado a relatar una épica que carece por completo de base… de hecho que los fachas defiendan la libertad es paradigmático.

    Como pasa con la reverterada actual, todos perdimos la guerra y la postguerra, pero que unos lo hicieron robando a mansalva y otros perdiendo todo, incluso la vida… pero sí, «todos» perdimos la guerra… hay que tener mucha jeta, para blanquear el franquismo de tal modo!!

    Y por eso Musk es un excelente y siliconado Hamelin…

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  • #002
    Benji - 8 febrero 2026 - 18:27

    Pero por mucho que quieran, en algún momento se les va a secar el grifo. Tesla ya no vende coches, SpaceX tendrá competencia (me imagino que desde China) y los europeos estamos intentando poco a poco independizarnos de todo aquel ruido y escándalo que representan los mal llamados tecnócratas.

    Son buenos tiempos para no ser americano.

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  • #003
    Victor - 8 febrero 2026 - 18:37

    Leí no recuerdo dónde un artículo de alguien que parecía saber de lo que hablaba respecto a lo de los centros de datos espaciales. ¿Electricidad? Vale, si. Mira la ISS. Sabemos qué superficie de paneles solares tiene y cuánta electricidad producen. Spoiler: para un centro de datos, poquísima. Haría falta una superficie tremenda.Y la refrigeración, lo mismo. La ISS tiene un sistema de refrigeración y sabemos qué superficie tiene y cuánto calor puede disipar, y para un centro de datos, poquísimo. No es fácil refrigerar en el espacio. En la tierra metes aire o agua y se lleva el calor a otra parte, pero en el vacío… no hay nada.

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  • #004
    Dedo-en-la-llaga - 8 febrero 2026 - 18:38

    *ENRON*

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  • #005
    BUZZWORD - 8 febrero 2026 - 18:44

    Space X lo que aporta son contratos con el Estado, que se pagan a cojón de pato… y le pegas la AI para poder financiarla, y que acuda a concursos de soldaditos robots cuando maduren un poco las muñecas de famosa,… Como bien dices Ingeniería Financiera, en lo único que ha brillado Musk desde hace años, en exprimir la ubre del tío Sam. Pero igual no era la ubre…. Elon sucks!!

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