La sinrazón de los caprichos de Trump y la inercia de la lógica histórica

IMAGE: A dramatic illustration showing a political figure seen from behind, facing a sharp contrast between offshore wind turbines over a calm sea on one side and a dark, polluting fossil-fuel power plant on the other, symbolizing the choice between clean energy and industrial pollution

La inteligencia artificial, esa promesa tecnológica que hoy domina la agenda económica, empresarial y geopolítica, está disparando la demanda energética global a un ritmo que muy pocos supieron anticipar. Los centros de datos que alimentan modelos de lenguaje, sistemas de visión artificial y servicios basados en inteligencia artificial están empujando el consumo eléctrico a niveles sin precedentes, hasta el punto de convertirse ya en un factor relevante dentro del cómputo total de emisiones. Y el problema, obviamente, no es la inteligencia artificial en sí, sino la energía con la que decidimos alimentarla.

Un análisis reciente en Wired explica con bastante claridad que el boom de la inteligencia artificial puede incrementar sustancialmente las emisiones del sector eléctrico estadounidense si se responde recurriendo a combustibles fósiles, pero también deja claro que no hay ninguna inevitabilidad técnica en ese resultado. El aumento de la demanda puede cubrirse con renovables si existe voluntad política, planificación y un mínimo de coherencia estratégica. El problema aparece cuando esa coherencia se sacrifica absurdamente en el altar del capricho ideológico.

Y aquí es donde la política estadounidense reciente ofrece un ejemplo casi caricaturesco de cómo no gestionar una transición energética. Donald Trump, fiel a su historial de animadversión personal hacia la eólica offshore, una manía personal absurda que arrastra desde hace años, decidió frenar varios proyectos eólicos clave en la costa este alegando supuestos riesgos para la seguridad nacional. Entre ellos se encontraba el gigantesco proyecto Coastal Virginia Offshore Wind, una infraestructura crítica para la descarbonización del sistema eléctrico regional y una inversión de miles de millones de dólares.

Lo interesante es que, cuando estas decisiones se someten al escrutinio judicial, el castillo de naipes ideológico se desmorona con rapidez. Varios jueces federales ha valorado las solicitudes de los promotores y constructores para reactivar esos proyecto, han determinado que las paralizaciones ordenadas por la administración Trump carecen de una base técnica o legal sólida, y han autorizado rápidamente la continuación de las obras, desoyendo la tontería presidencial y las supuestas «razones de seguridad nacional».

No se trata de casos aislados. Todos los proyectos eólicos offshore que fueron bloqueados o retrasados por la misma lógica han terminado retomando su curso. La justicia, los reguladores estatales y la presión económica de empresas y comunidades locales han acabado imponiéndose a una política energética dictada más por irracionales resentimientos personales que por datos. Como suele ocurrir, la realidad acaba pasando factura a la estupidez.

Este patrón no debería sorprender a nadie. Ya analicé anteriormente hasta qué punto prohibir o frenar la eólica offshore constituye una de las formas más caras y autodestructivas de estupidez estratégica imaginable, tanto desde el punto de vista económico como desde el climático. No es solo una cuestión ambiental: es una cuestión de competitividad, de resiliencia y de sentido común: incluso Satya Nadella acaba de comentar en Davos que los costes de energía serán los que decidan qué países son competitivos en inteligencia artificial y cuáles no. Si eso es cierto, y según van las cosas, los Estados Unidos se disponen a estar muy por detrás de muchos otros…

La paradoja es especialmente grotesca cuando se observa el contexto tecnológico. Mientras Silicon Valley, las grandes tecnológicas y los gobiernos hablan sin parar del potencial transformador de la inteligencia artificial, se sabotean deliberadamente las infraestructuras energéticas que permitirían sostener ese crecimiento sin disparar las emisiones. La inteligencia artificial no funciona con discursos ni con patriotismo mal entendido: funciona con electrones, y esos electrones tienen que venir de algún sitio.

La alternativa a las renovables no es un mundo mágico sin impacto visual ni conflictos políticos: es más gas, más carbón y más dependencia de tecnologías obsoletas. Precisamente lo contrario de lo que se supone que debería defender cualquier estrategia industrial mínimamente seria en pleno siglo XXI. Pero como vemos en el caso de los Estados Unidos, el tiempo y la lógica acaban corrigiendo los excesos ideológicos.

La lección es incómoda pero evidente: cuando las decisiones energéticas se toman desde la inconsciencia, los rencores absurdos o las obsesiones personales inexplicables, el resultado no es solo un retraso en la transición ecológica, sino un sabotaje directo a la propia competitividad tecnológica. Intentar liderar la revolución de la inteligencia artificial mientras se boicotean las renovables es como querer ganar una carrera quemando el combustible antes de salir.

Al final, la historia es implacable. Los proyectos continúan, los aerogeneradores se levantan, la demanda eléctrica sigue creciendo y las manías personales quedan expuestas como lo que son: una forma particularmente cara de estupidez política. La única pregunta relevante es cuántos recursos, cuánto tiempo y cuánta credibilidad estamos dispuestos a perder antes de admitirlo.

5 comentarios

  • #001
    Benji - 26 enero 2026 - 10:29

    Puesto que es quien es, no me importaría que se pegue un tiro en el pie.

    Por otro lado, hemos visto que cuando no hay datacenters brutales o hardware especializado, los ingenieros (chinos) buscan la eficiencia del software (como Deepseek) y hacen que la electricidad no sea el único factor que haya que tener en cuenta.

    Yo espero que España, con tanto sol, mar, viento, monte y valle en un clima templado, sea capaz de ser un productor neto de energía y que nos dejemos de tener la red tan saturada.

    Hay que sembrar hoy para cosechar mañana. Y como sigamos así lo harán los franceses con energía nuclear.

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  • #002
    Yomismo - 26 enero 2026 - 11:09

    «No se trata de casos aislados. Todos los proyectos eólicos offshore que fueron bloqueados o retrasados por la misma lógica han terminado retomando su curso. La justicia, los reguladores estatales y la presión económica de empresas y comunidades locales han acabado imponiéndose a una política energética dictada más por irracionales resentimientos personales que por datos. Como suele ocurrir, la realidad acaba pasando factura a la estupidez.»

    Ventajas del estado de derecho frente a las dictaduras que tanta gente se niega a ver. En una dictadura ni siquiera podríamos enterarnos por la prensa de que hay alternativas a la decisión del gobierno, y a quien en redes sociales lo intentara decir, le caería la más grande

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  • #003
    Luis - 26 enero 2026 - 11:09

    La energía nuclear ni la mencionamos como aliado necesario a las renovables, pero luego que si no hay que tener orejeras ideológicas como Trump.

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  • #004
    Manuel - 26 enero 2026 - 11:51

    La civilizacion occidental tiene solo dos fuerzas que la explica y que sin ellas no se puede explicar nada de lo que sucede ni siquiera en tiempos «normales»:
    1 .- Todo el sistema gira en alimentar la avaricia de unos pocos individuos (cada vez ma reducido).
    2 .- La estupidez colectiva necesaria para alimentar el punto 1.

    Lo que esta ocurriendo actualmente es que esos dos puntos que son las fuerzas que lo explican todo se han quitado todo disfraz y trampantojo.

    Lo que queda es sencillamente un suicidio mundial completo.
    Trump solo es un sintoma. No es la causa.

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  • #005
    Manuel - 26 enero 2026 - 13:35

    2 fuerzas en Occidente:
    1 .- Todo el poder para alimentar la avaricia de unos pocos (cada vez menos numerosos).
    2 .- Estulticia completa para tapar el 1 punto.
    Trump no es el causante solo es el sintoma.
    Las repercusiones a nivel planetario son claras: antihumanidad y colapso ecologico.

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