Apartheid, poder y tecnología: una genealogía incómoda de Silicon Valley

IMAGE: A UN photo depicting a sign on a beach that designates an area for whites only

Plantear si existe una relación entre determinadas trayectorias biográficas y los problemas estructurales de la tecnología contemporánea no es un ejercicio de culpabilización retrospectiva, sino un intento de comprensión. La tecnología no surge en el vacío: la diseñan personas concretas, con nombres, apellidos e historias concretas, socializadas en contextos políticos, culturales y morales que dejan huella. Ignorar ese hecho es una forma cómoda y profundamente interesada de despolitizar sistemas que hoy ejercen un poder extraordinario sobre nuestras vidas.

El apartheid sudafricano no fue simplemente un régimen político injusto, sino una cosmovisión totalizadora, que normalizaba situaciones que desde cualquier punto de vista humano razonable serían directamente demenciales. Resulta relevante señalar aquí a algunas figuras concretas cuya biografía conecta directamente con ese contexto, y cuya influencia posterior en el ecosistema tecnológico global es difícil de subestimar. Elon Musk pasó su infancia y adolescencia en la Sudáfrica del apartheid, en un entorno de privilegio blanco que normalizaba la desigualdad extrema: su desprecio recurrente por la regulación, su concepción instrumental del trabajo y su deriva política cada vez más cercana a posiciones autoritarias no surgen en el vacío. Roelof Botha, nieto de Pik Botha, ministro clave del régimen, creció en el núcleo mismo del poder sudafricano y hoy es una de las figuras más influyentes del capital riesgo, impulsando modelos empresariales obsesionados con el crecimiento, la extracción y la minimización de cualquier responsabilidad social. David Sacks, criado también en Sudáfrica antes de emigrar, se ha convertido en uno de los defensores más visibles del autoritarismo «eficiente», del trumpismo y de una visión abiertamente reaccionaria de la política y la cultura. Peter Thiel, aunque nacido en Alemania, pasó varios de sus años formativos en Sudáfrica y ha sido quizá el ideólogo más coherente de esta constelación: enemigo declarado de la democracia, defensor del elitismo intelectual y fundador de empresas como Palantir que encarnan una visión del ser humano como objeto de constante vigilancia y control.

Crecer en ese entorno, incluso sin apoyarlo explícitamente, implicaba normalizar e interiorizar una serie de supuestos: que la asimetría de derechos puede ser racional, que la exclusión es funcional, que la concentración de poder es necesaria para que el sistema «funcione». La socialización opera precisamente ahí, en lo implícito, en lo que no se cuestiona. Un sistema que naturalizaba la jerarquía, convertía la desigualdad en norma y revestía la violencia estructural de legalidad y eficiencia. La socialización opera precisamente ahí, en lo implícito, en lo que no se cuestiona.

Décadas después, resulta difícil no reconocer ecos de ese marco mental en buena parte de ese discurso tecno-libertario cada vez más dominante. La desconfianza hacia la democracia, presentada como un sistema lento e ineficiente, la fascinación por «figuras providenciales» capaces de «arreglar» problemas complejos desde arriba, la aversión casi patológica a cualquier forma de regulación colectiva. Todo ello configura una visión del mundo donde el poder no necesita legitimarse, solo demostrarse supuestamente eficaz, generalmente acompañado de un simplismo atroz. No es casual que este imaginario conecte con corrientes reaccionarias y abiertamente fascistas que hoy encuentran en ciertos líderes tecnológicos no solo aliados, sino verdaderos amplificadores.

La sustitución de la jerarquía racial por una jerarquía tecnológica o meritocrática no supone una ruptura real, sólo un cambio de narrativa. Allí donde antes se hablaba de raza, hoy se habla de talento, coeficiente intelectual, disrupción o superioridad técnica. El resultado, sin embargo, es similar: unos pocos deciden, muchos obedecen. Unos pocos se benefician, muchos absorben los costes. La desigualdad deja de ser un problema político para convertirse en un efecto secundario aceptable del progreso.

Las grandes plataformas digitales operan como laboratorios perfectos de esta lógica. Un reducido grupo de ejecutivos y accionistas define arquitecturas de poder que condicionan el acceso a la información, la visibilidad pública, las relaciones sociales y, cada vez más, los procesos democráticos. Miles de millones de personas quedan sometidas a sistemas opacos, no negociables y diseñados explícitamente para maximizar la extracción de datos y la rentabilidad. La transformación de X, antes Twitter, bajo el control de Elon Musk es un ejemplo especialmente revelador: una plataforma convertida deliberadamente en laboratorio de radicalización política, donde la amplificación algorítmica del conflicto, el acoso y la desinformación no es un fallo del sistema, sino una estrategia consciente presentada como una supuesta «defensa de la libertad de expresión». La rendición de cuentas se diluye, el daño se denomina «externalidad» y la deshumanización se normaliza como una forma de eficiencia operativa.

El caso de Palantir lleva esta concepción a su expresión más cruda. Su modelo parte de una visión instrumental del ser humano como conjunto de datos procesables, correlacionables y explotables con fines estratégicos. Personas convertidas en variables, poblaciones en mapas de riesgo, comportamientos en patrones predictivos. La empresa no oculta su cercanía con aparatos militares y policiales, ni su desprecio por cualquier debate ético que interfiera con la expansión de sus sistemas. Es la lógica del control total envuelta en el lenguaje aséptico de la ingeniería.

Este ecosistema no se limita al ámbito empresarial: se entrelaza cada vez más con un complejo militar-digital donde vigilancia, armamento, inteligencia artificial y plataformas privadas convergen, en el que podemos encuadrar, por ejemplo, el fenómeno del hiper-desarrollo del ICE norteamericano durante el segundo mandato de Donald Trump. La promesa de seguridad sirve para justificar una expansión paramilitar sin precedentes de tecnologías intrusivas, mientras la frontera entre lo público y lo privado se desdibuja deliberadamente. El resultado es una infraestructura de poder difícilmente compatible con sociedades abiertas.

El libertarismo tecnológico cumple aquí una función clave como mecanismo de blanqueo moral. Al presentar decisiones profundamente políticas como simples resultados de mercado o inevitabilidades técnicas, permite ejercer poder sin asumir responsabilidad democrática. «El algoritmo decide», «el mercado lo corrige», «la tecnología es neutral»: fórmulas que recuerdan inquietantemente a viejas justificaciones de la desigualdad, cuando esta se presentaba como un supuesto «orden natural». La diferencia es que ahora la jerarquía no se basa en la raza, sino en los datos, el capital y el control de infraestructuras. Del mismo modo que el apartheid justificaba su violencia estructural en nombre de la eficiencia económica y la estabilidad del sistema, la eficiencia algorítmica contemporánea se utiliza para legitimar la exclusión, la vigilancia y la amplificación del daño social: lo que optimiza métricas no necesita justificar sus consecuencias humanas.

Conviene añadir, además, un elemento que refuerza la relevancia del análisis: la influencia extraordinaria y desproporcionada que este reducido grupo de personas con origen o formación en la Sudáfrica del apartheid y que caracterizaron en gran medida la diáspora sudafricana y la llamada PayPal Mafia ha llegado a concentrar en Silicon Valley. No se trata solo de trayectorias individuales de éxito, sino de una red densa de capital, ideología y capacidad de prescripción que ha marcado de manera decisiva la cultura tecnológica dominante. Desde la definición de qué empresas reciben financiación y cuáles no, hasta la normalización de discursos abiertamente antidemocráticos en los círculos de poder tecnológico, esta constelación ha contribuido a moldear un ecosistema donde la concentración de poder, la tolerancia al daño social y el desprecio por los contrapesos institucionales no solo se aceptan, sino que se celebran como señales de audacia y visión.

Obviamente, no hablamos de «el único factor». Centrarnos en una constelación concreta, la órbita sudafricana de la PayPal Mafia, para iluminar un aspecto poco discutido del ecosistema tecnológico actual, no niega en absoluto que por supuesto existen otras varias genealogías igualmente válidas (desde la financiarización al capitalismo de vigilancia, pasando por el solucionismo, etc.) que podrían y deberían analizarse para completar adecuadamente el panorama. No pretendo explicar ni atribuir todos los males de Silicon Valley al hecho de que algunas de sus figuras prominentes provengan de la Sudáfrica del apartheid, eso sería tremendamente simplista, pero sí situar, claramente, uno de sus orígenes.

Conviene subrayar algo esencial: el contexto no determina de forma automática. Millones de personas crecieron bajo el apartheid y no desarrollaron visiones autoritarias del mundo. El entorno influye, pero no condena. Sin embargo, cuando varios actores con un poder desproporcionado comparten contextos formativos marcados por la normalización de la desigualdad y acaban promoviendo sistemas tecnológicos que concentran poder, erosionan la democracia y deshumanizan a la sociedad, la pregunta deja de ser incómoda para volverse imprescindible. Obviamente, el riesgo es convertir la biografía sudafricana de Musk, Thiel, Sacks o Botha en una especie de «explicación total» casi determinista, pero más que probar una causalidad lineal, pretendo mostrar una resonancia entre una cultura política aprendida en un entorno de jerarquía extrema y ciertas formas actuales de ejercer el poder tecnológico, señalando un patrón sugestivo que merece investigación más profunda.

No se trata de emitir juicios morales individuales ni de construir relatos conspiranoicos, sino de identificar patrones estructurales. De entender por qué la tecnología que se nos presenta como emancipadora termina, con una frecuencia alarmante, reforzando dinámicas de dominación, vigilancia y exclusión. Si seguimos tratando estos resultados como desviaciones accidentales, seguiremos sorprendiéndonos (y apareciendo desarmados) ante ellos.

Tal vez haya llegado el momento de aceptar que muchos de los problemas del ecosistema tecnológico no son fallos de implementación, sino consecuencias lógicas de una visión del mundo que desconfía de la igualdad, que desprecia la deliberación democrática y que concibe a las personas como medios y no como fines. Sólo cuestionando esas raíces ideológicas podremos aspirar a una tecnología verdaderamente compatible con sociedades libres, pluralistas y humanas. Y si este modelo nos incomoda cuando miramos al pasado sudafricano del apartheid o a sus descendientes directos, debería incomodarnos aún más cuando comprobamos que, desgraciadamente, es el que gobierna nuestras infraestructuras digitales actuales.

4 comentarios

  • #001
    BUZZWORD - 31 enero 2026 - 12:24

    El ICE está usando la tecnología de Palantir para sus actividades.

    Puro fascismo

    Cómo el ICE te rastrea: la vigilancia digital masiva en Estados Unidos

    Como Prime, pero con seres humanos”: ICE usará A.I. de Palantir para redadas masivas / El Diario

    Por algo no les gusta a estos fascistas… la wikipedia,…

    https://en.wikipedia.org/wiki/Donald_Trump_and_fascism

    https://en.wikipedia.org/wiki/Frederick_Trump

    El «abuelo» de Trump regentó un burdel, cuyo nombre original era Friedrich Trumpf, ahí empezó a tener pasta la famila.

    Nadie levanta un imperio trabajando decentemente 8h a la semana. Los Musks con su mina explotando a los negros, Los Trumps con sus conexiones al KKK y a la mafia…

    Estos son los prohombres de USA, que ahora persiguen con la tecnología de Palantir a hispanos, y matan a los ciudadanos que exigen un estado de derecho…

    Vaya asco de dictadura

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  • #002
    Juan T. - 31 enero 2026 - 12:27

    Uno de tus mejores articulos, y una vision completamente lúcida de la dirección que esta tomando todo.

    Lo de menos es Trump; el problema es el ecosistema de personajes no solo muy poderosos si no extremadamente inteligentes como Thiel (a su lado Trump es un primate), para los que la raza humana solo es uno de los factores a considerar e instrumentaliar al servicio de su visión del mundo.

    En 1981 Reagan firmo la Orden ejecutiva 12333 que prohibia taxativamente espiar a ciudadanos estadounidenses.

    Hoy Palantir, de Peter Thiel , sabe absolutamente todo, en todos los ambitos, sobre todos los estadounidenses, solo que encima esa información está al servicio del intento de transformar a USA en un estado autocrático al servicio de las grandes tecnológicas.

    Mustafá Soleiman , uno de los mayores expertos en IA decia el otro dia que solo con que Altman cambiara un 1% el algoritmo, para dar un sesgo ideológico en cierta dirección partidista a ChatGPT en sus respuestas ,provocaría un cambio masivo en la intencion de voto.

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  • #003
    Gorki - 31 enero 2026 - 15:02

    Musk ya era sudafricano cuando comenzó a vender Teslas. ¿No lo sabíais?

    ¿No se va a hablar de que deja de interesarle vender coches para vender robotaxis y robots humanoides?
    ¿Son los robots humanoides, los nuevos «seres inferiores» a esclavizar por los «superiores»?

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    • Enrique Dans - 31 enero 2026 - 15:22

      Como digo en el artículo, «el contexto no determina de forma automática, millones de personas crecieron bajo el apartheid y no desarrollaron visiones autoritarias del mundo». Es decir, sabíamos que era sudafricano, pero no esperábamos que además el apartheid le hubiese envenenado de tal manera. Eso no lo pudimos comprobar hasta más tarde…

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