El Blog de Enrique Dans

Las leyes son como las salchichas: mejor no ver cómo las hacen

Escrito a las 2:11 pm
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IMAGE: Picsfive - 123RF

La frase, original de  John Godfrey Saxe, suele ser con frecuencia atribuida a Otto von Bismarck“las leyes, como las salchichas, dejan de inspirar respeto a medida que sabes cómo están hechas”. Es la segunda vez que uso esta frase para referirme a la política española, la anterior fue al hilo de la ley Sinde… sin duda, las salchichas – o sus parientes, los chorizos – han pasado a ser una evocación perfecta de la política española actual.

La vergonzosa aprobación de la reforma de la ley de propiedad intelectual ayer en una comisión parlamentaria es un episodio más de esos que hacen que los ciudadanos de un país se den perfecta cuenta del desastre de sistema que pretende gobernarlos. No hay más que leer la crónica de periodistas que estuvieron allí para hacerse una idea del desastre que supone el proceso de aprobación exprés en comisión parlamentaria y temporada estival de una ley que “había que pasar sí o sí”, con una comisión cuyos miembros no tenían ni la menor idea de lo que estaban votando y carecían de la más elemental formación o interés en ella.

¿De qué estamos hablando? De una vicepresidenta del gobierno, Soraya Sáenz de Santamaría, que como ya es costumbre en la política española decide introducir a última hora un artículo en una ley, en virtud de un “acuerdo no escrito” al que ha llegado con los editores de los medios impresos más importantes del país, los integrantes de una asociación, AEDE, cuya web no es casual que recuerde aquellas apolilladas páginas de Geocities de finales de los años ’90 plagadas de GIFs animados, en perfecto reflejo de su mentalidad con respecto a internet.

A partir de la introducción de dicho artículo, el mundo se vuelve de color de rosa: aquellos medios que mantenían una actitud de denuncia ante los escándalos de evidente corrupción del gobierno actual cesan en sus esfuerzos periodísticos y, hasta en tres casos, cambian abruptamente de director. En poco más de un mes, Marius Carol sustituye a José Antich en La Vanguardia, Pedro J. Ramírez es defenestrado de forma sumaria y se nombra a Casimiro García-Abadillo en El Mundo, y Antonio Caño sustituye a Javier Moreno en El País.

¿La moneda de cambio? Las pretensiones de AEDE de cobrar una tasa a Google, que por virtud de la ingeniería legal se convierten en un absurdo capaz de condenar a todo aquel que enlace a las noticias de un medio a pagar un canon. Los expertos del gobierno toman el modelo de la ley alemana que fracasó al intentar hacer pagar a Google, y la ajustan para evitar que existan escapatorias: hacen aparecer un “derecho irrenunciable” donde antes no lo había, matando de facto el derecho de cita y obviando que muchos, de forma completamente voluntaria y expresa, renunciamos específicamente a ese derecho con nuestras licencias Creative Commons, y generando un auténtico Frankenstein legal que, lejos de perjudicar a Google, que presumiblemente se limitará a cerrar Google News, se convierte en una condena para todo aquel que desarrolle una actividad de cualquier tipo en la web en España. Empresas que tienen que emigrar para poder mantenerse viables, incertidumbres de todo tipo generadas en torno al canon, y por supuesto, sensación evidente de chalaneo, de negociación turbia, de procedimientos prácticamente mafiosos para pagar favores al lobby de turno.

Al final, esperar al verano para justificar una escasa atención al tema, paso rápido por una comisión parlamentaria que no tiene ni la más remota idea de lo que está votando, y ya está, ley lista para pasar por el Senado, una cámara completamente inútil que cada día tiene más complicado justificar su existencia. Para España, más de lo mismo: una democracia que no lo es, una caricatura llamada partitocracia que hace y deshace a su antojo, que otorga prebendas a quien quiere, y que compra sin el más mínimo sonrojo los favores de la prensa para tapar sus escándalos. Lo que en cualquier país sería un escándalo, en España, tristemente, es “lo normal”.

Pronto en sus pantallas, un hermoso canon para compensar a los medios de AEDE por sus pérdidas en internet, aunque los agregadores y los medios sociales que los enlazaban no fuese responsables de dichas pérdidas sino de justamente lo contrario, de llevarles tráfico, y en realidad, los únicos culpables de sus pérdidas sean ellos mismos y su torcido sentido de la lógica. Ir contra el enlace, contra la misma esencia de internet: un nuevo absurdo de un gobierno cuya gestión ha conllevado sin duda la mayor pérdida de calidad democrática de la reciente historia de España. Recuérdalo cuando te vuelvas a acercar a una urna.

El tráfico social en la web (y el sinsentido del gobierno español)

Escrito a las 3:12 pm
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IMAGE: Arcady31 - 123RFUna noticia en Fast Company que cita un informe de tendencias de Shareaholic demuestra que Facebook sigue siendo, por mucho, la red social que más tráfico origina a los creadores de contenido en la web. Todo indica que los muertos que algunos mataron siguen gozando de muy buena salud.

La fiabilidad del informe es relativa porque se basa en el tráfico de los sitios que utilizan las herramientas de content marketing y publicación de la compañía, lo que en el mundo académico denominaríamos una “muestra de conveniencia” que además se centra en tráfico estadounidense, pero permite capturar tendencias de una manera bastante clara.

En el caso de esta página, con tráfico mayoritariamente español y latinoamericano, el tráfico procedente de redes sociales supone, tomando como muestra los últimos treinta días, un 34% del total. Sobre ese subtotal, Twitter ocupa la primera posición con un 28%, seguido de Facebook con un 21%, Google+ con 15%, Feedly con un 6%, Menéame con un 3%, y otros entre los que se incluyen Pinterest, Flipboard o LinkedIn. Las estadísticas difieren bastante de las recogidas por Shareaholic, pero dejan igualmente clara la importancia del tráfico social, de los sitios en los que yo mismo u otros reseñamos el contenido de esta página para incrementar su visibilidad, su circulación, y las posibilidades de que no sea simplemente visto, sino que se acompañe además de ese valor referencial que todos generamos cuando compartimos, hacemos “me gusta”, retwitteamos, comentamos, etc.

El contenido, en la web, se mueve así. Cuando los usuarios lo distribuyen en otras plataformas, cuando lo convierten en un objeto social. Por eso, el empeño del gobierno español, siguiendo las peticiones de un lobby conformado por un grupo de medios mayoritariamente impresos, de penalizar a los soportes en los que los contenidos se convierten en objetos sociales supone un absurdo conceptual tan grave. A medida que las conversaciones sobre el tema han ido avanzando, he dejado de enlazar a medios pertenecientes a AEDE desde esta página, dejando de generar un tráfico que, aunque obviamente modesto por provenir de una simple página personal, se unirá a muchas otras páginas que sin duda harán lo mismo. Cualquier pretensión de que los medios tradicionales se beneficien en su estrategia en la red con esta medida tiene forzosamente que haber sido diseñada por un idiota o por alguien que desconoce completamente cómo funciona la red.

Pero más allá de lo que supone de contradicción intrínseca, el mayor problema de una legislación como esa no es lo que hace, sino las razones ocultas por las que pretende hacerlo. Un gobierno obsesionado por lo que los medios clásicos dicen de él, pretende ponerlos bajo control entregándoles unos pagos a cambio de su independencia editorial, y pretende también poner coto a lo que se dice en la red, obligando a una especie de auditoría por parte de una sociedad de gestión que se dedicará supuestamente a cobrar un canon en función de los ingresos presuntamente perdidos por los medios. El colmo del sinsentido: compensar a los medios por no ser capaces de hacerlo bien y de generar ingresos en la red. Circulan en contra del tráfico, ven venir a todos en dirección contraria, y se preguntan por qué todos los que vienen de frente están equivocados.

El canon por enlazar va camino de convertirse en uno de los ridículos internacionales más importantes de un gobierno repleto de políticos del siglo pasado completamente incapaces de entender la red. España, como pionera en una norma que va contra la mismísima esencia de internet, contra el enlace. Mientras todos los medios del mundo se afanan porque su contenido se comparta, en España se dedican a pretender imponerle un canon. La estupidez, elevada a su grado más superlativo.

 

(This article is also available in English in my Medium page, “The Spanish government: a red light for social traffic on the internet“)

Amazon y el atractivo de la tarifa plana: Kindle Unlimited

Escrito a las 5:43 pm
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Kindle Unlimited

Amazon anuncia el lanzamiento de Kindle Unlimited, una tarifa plana de $10 al mes a cambio de acceso ilimitado a una biblioteca de más de seiscientos mil libros electrónicos y miles de audiolibros. La idea de la eliminación de restricciones y el acceso ilimitado, puesta en práctica por la empresa que más cambios ha provocado en el panorama editorial y del consumo de libros en los últimos veinte años.

Algunos entusiastas directamente han propuesto que se desmantelen todas las bibliotecas de los Estados Unidos y se entregue a cada norteamericano un Kindle y una suscripción a Kindle Unlimited. Otros, sin embargo, se muestran bastante más cautos, y tratan de plantearse el valor real del servicio planteado como se ha hecho, dependiendo de los hábitos y el consumo de cada usuario. ¿Cuántos libros tienes que leer al mes para que te compense pagar diez dólares en concepto de tarifa plana? ¿Debería contratarlo en función de mi consumo esperado? ¿Podría llegar incluso a provocar un cambio de hábitos de lectura que nos llevase a unas pautas de consumo diferente, como ocurrió con Netflix y el consumo de series, el denominado binge-watching, o visualización de múltiples capítulos seguidos de una misma serie?

¿O más bien debería plantearme que, en realidad, Amazon Kindle Unlimited es poco más que una “tarjeta de biblioteca glorificada“, y que podría ocurrir que muchas de las cosas que intentase leer no estuviesen en ese conjunto aparentemente ilimitado de más de seiscientos mil libros? De entrada, el planteamiento de Amazon tiene un problema: las grandes editoriales como Penguin Random House, HarperCollins, Simon & Schuster, y por supuesto una Hachette en medio de una guerra abierta con el gigante de la red han decidido quedarse fuera del acuerdo en lo referente a sus best-sellers y lanzamientos más recientes, lo que deja fuera una parte importante del catálogo posible, y sobre todo, muchos de los libros que puedes encontrarte sujetos a lo que puedan ser lanzamientos masivos, con impacto en medios. Visto así, y si Amazon no se apresura a llegar a un acuerdo de precios con estas editoriales, la tarifa plana podría ser, para sus usuarios, una fuente constante de frustraciones: “veo tal o cual libro en los medios, oigo comentarios, leo críticas, lo veo en los escaparates de las librerías físicas… pero Amazon no me lo ofrece a pesar de estar pagándole diez dólares al mes por una tarifa plana”. No parece la mejor manera de lanzar nada.

Por el momento, un mes de prueba gratuita para que los usuarios puedan hacerse una idea de si compensa o no pagar por el servicio. A partir de ahi, habrá que ver las tasas de conversión, y hasta qué punto el fenómeno de la lectura puede convertirse en un hábito con una dinámica diferente, sujeto a una reducción de la fricción tan grande, que realmente sea equivalente en todos los sentidos a pagar una suscripción, y cada vez que quieras un libro, simplemente dar un toque con el dedo en la pantalla. En muchos sentidos, ese escenario de reducción drástica de la fricción fue lo que llevó a Jeff Bezos a iniciar su actividad con un producto como el libro: el convencimiento de que el papel era simplemente la manera más eficiente de transmitir información… del siglo pasado, y que pronto se vería sustituido por la pantalla de un dispositivo electrónico. La tarifa plana es el golpe definitivo, el equivalente a lo que en el mundo físico supuso Amazon Prime (con más de veinte millones de clientes), el espaldarazo que el modelo del libro electrónico podría necesitar para su validación completa. Pero como siempre, hay que hacer algo más que anunciar los productos: hay que demostrar a un número elevado de clientes que son lo que realmente necesitan, y que la percepción del valor de su inversión es razonablemente positiva.

Si Amazon consigue un volumen significativo de usuarios dispuestos a pagar diez dólares al mes por una tarifa plana, podrían cambiar muchas cosas en el mundo editorial. Si lo consigue además dejando fuera a las grandes editoriales, podrían cambiar más aún. Pero si esas grandes editoriales demuestran tener aún la sartén por el mango y ser capaces de privar a la oferta de atractivo al mantener lejos de ella sus principales lanzamientos, el efecto podría darse la vuelta, y obligar a Amazon a negociar con ellas en sus términos para evitar así defraudar a los clientes que confiaron en su oferta. Todo un pulso.

 

 

(This article is also available in English in my Medium page, “Kindle Unlimited and the big publishers: who will blink first?)

Reconstruidos y aumentados

Escrito a las 4:52 pm
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3D printed titanium hipEl objeto de la fotografía, una cabeza de fémur impresa en titanio con una superficie porosa para promover el crecimiento óseo, lo llevó uno de mis alumnos a una clase en la que discutíamos el potencial de la impresión tridimensional.

La fabricación de prótesis de este tipo es tan solo uno de los aspectos de un entorno cada vez más activo en el que se combinan múltiples tecnologías diseñadas para fabricar piezas de nosotros mismos, bien para reconstruir y sustituir partes de nuestros cuerpos o para aumentar sus capacidades.

Implantes cerebrales que generan estímulos diseñados para preservar la memoria en pacientes con Alzheimer, tatuajes electrónicos capaces de recopilar datos de nuestras funciones vitalescapturar nuestros susurrosservir como identificación, chips NFC situados bajo la piel que nos permiten interactuar con máquinas, implantes auditivos que sirven para sustituir a los cascos o para dotar de audición a quien no la tenía, o anillos que leen textos a los ciegos.

Indudablemente, el futuro nos trae conceptos que a día de hoy, resultan profundamente provocativos. Los wearables, herramientas que llevamos encima para incorporar una cuantificación de múltiples aspectos de nuestra vida cotidiana, ya resultaban un concepto relativamente intrusivo para algunos, a pesar de que quien los llevaba aceptaba perfectamente las reglas inherentes a los mismos – o al menos, las que conocía. Cuando pasamos al concepto embeddable, herramientas que llevamos dentro de nosotros mismos, la percepción de intrusión se convierte en algo completamente inaceptable para muchos. Pero ¿qué ocurre cuando esos embeddables se convierten en herramientas que permiten incrementar nuestra calidad de vida, hacen posible la reconstrucción de determinadas funciones dañadas, o nos aumenta en nuestras posibilidades?

La filosofía que surge detrás de los embedabbles es la que subyace tras el concepto de cyborg, de organismo con partes orgánicas y artificiales, pero se centra en un plano en el que la capacidad de decisión, en muchos casos, se encuentra notoriamente mermada: quien acepta un implante artificial que restaura determinadas funciones corporales lo hace porque realmente percibe una necesidad, necesita suplir una carencia, y por tanto, tiene alterada su capacidad de decisión en virtud de una necesidad que percibe como perentoria. Pocos elementos son más convincentes en un proceso de adopción que ese. A medida que la tecnología lo permita, vamos a ver un desarrollo de este tipo de tecnologías, llevadas por la lógica de quienes realmente lo necesiten, que los convertirá en elementos cotidianos de una manera relativamente rápida: en breve, habrá artefactos que potencian las funciones físicas de un porcentaje importante de la población, y evocaremos con dificultad la época en la que este tipo de suplementos no eran posibles.

Realmente, nos queda mucho por ver

 

(This article is also available in English in my Medium page, “Rebuilt and improved“)

Microsoft y las dudas

Escrito a las 4:44 pm
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Microsoft question
Microsoft anuncia dieciocho mil despidos, el mayor recorte de personal de toda su historia, correspondiente a un 15% de su plantilla, en su mayoría para solucionar las redundancias generadas por la adquisición de Nokia. Hasta 12.500 de los puestos recortados corresponden a antiguos empleados de Nokia, lo que lleva a plantearse de nuevo el resultado de la gestión de Stephen Elop al frente de la compañía finlandesa: desde septiembre de 2010, cuando se hizo cargo de la compañía en sustitución de Olli-Pekka Kallasvuo, Elop ha enviado a su casa a mas de 50.000 empleados, ademas de cerrar plataformas como Symbian, Meego, s40, s30 o, recientemente, Asha y Nokia X. Todo un récord. Para Microsoft, que el pasado mes de junio tenía una plantilla de 127.104 personas (Apple: 80,000Amazon: 124,600IBM: 431,212Red Hat: 5,000+Facebook: 6,800Google: 52,000Intel: 104,900), la cuestión plantea dudas sobre la dimensión que realmente requiere la compañía, sometida a una fuerte reorientación estratégica: ¿supone el fuerte recorte una indicación del fin de la apuesta de Microsoft por el hardware?

 

La decisión de cerrar definitivamente Nokia X, la línea de productos basados en Android que fue anunciada a bombo y platillo el pasado febrero en el Mobile World Congress de Barcelona, es otra fuerte indicación de las dudas que genera la compañía: se cierra una línea de producto anunciada hace tan solo cuatro meses y supuestamente destinada a competir en el segmento de precio bajo, al tiempo que se intenta competir con modelos propios de la línea Lumia, que hace no demasiado tiempo se suponían de gama alta. Según algunos analistas, los modelos de la gama Nokia X carecían de identidad: es natural… la identidad no se construye en tan solo cuatro meses.

El momento en el mercado smartphone es completamente estratégico. Con Android en este momento situado en un 80% de cuota de mercado sobre el segmento smartphone y un 44% 44% sobre el de la telefonía móvil en su conjunto, toda alternativa razonablemente viable para los usuarios es bienvenida: el monocultivo no es bueno para nadie. Generar dudas en torno a tus terminales, cancelar líneas recientemente abiertas o condenar a quienes los compraron a ser poseedores de un producto obsoleto tras solo unos meses de uso no parece la mejor manera de generar confianza, y menos aún en mercados en los que la compra de un smartphone supone una decisión que puede representar un porcentaje muy elevado de los ingresos anuales de una persona, en torno a la cual se lleva a cabo en muchos casos un proceso sumamente razonado y cuidadoso. Que un cambio en la cúpula directiva de una compañía dé lugar a cambios en la estrategia parece razonable e incluso aconsejable. Pero de los movimientos a las convulsiones, hay un trecho.

 

(This article is also available in English in my Medium page, “Does anybody know what Microsoft is up to?)

Sesgos positivos

Escrito a las 8:35 am
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Sesgo positivo - Expansión (pdf)Mi columna en el diario Expansión de esta semana se titula “Sesgos positivos” (pdf), y es un intento de caracterizar los diferentes esquemas de atención que se ponen en funcionamiento en la publicidad tradicional de interrupción frente al llamado social media marketing – obviamente, simplificado y reducido al espacio que me da una columna en un medio impreso.

Básicamente, la idea es contraponer la interrupción, que por mucho que podamos entender que financie el contenido, es algo que, en principio, el usuario no quiere ver, con un modelo conversacional, que está ahí cuando el usuario lo necesita, y que aunque lógicamente necesita momentos de evocación y de recordatorio – brand awareness – tiende a preferir esquemas no intrusivos o, sobre todo, originados en el propio usuario que comparte información sobre la compañía de manera voluntaria. Al final, el sesgo positivo a efectos de introducción en el conjunto de consideración, de adquisición o de recomendación se produce gracias al valor referencial que la marca alcanza mediante una interacción que el usuario sí aprecia, a la que sí otorga un valor que va más allá de la mera molestia, y que además en muchas ocasiones le llega respaldada por la opinión o percepción positiva de alguien que le genera confianza.

Esquemas diferentes, para un medio al que le queda todavía mucho por desarrollar. A continuación, el texto completo de la columna:

 

Sesgo positivo

Cada vez que hacemos publicidad o acciones promocionales de un producto, estamos tratando de obtener un sesgo positivo en las preferencias del cliente hacia él: pretendemos que ese cliente nos considere, nos adquiera o nos recomiende.

No hay claves seguras para generar sesgos positivos. Varían según el cliente y sus características, según el tipo de producto… pero lo que sí parece claro es que muchos de los modelos con los que pretendíamos obtenerlo hace años, están fallando. Los modelos basados en la interrupción, por ejemplo, están en crisis: la primera vez que exponemos un  anuncio a un cliente, tal vez le resulte interesante. Pero pocos anuncios superan la exposición sucesiva: la segunda vez y posteriores generan indiferencia, o incluso resultan molestos.

El social media marketing surge como una manera de generar sesgos positivos basada en una mecánica diferente: me vas a preferir porque cuando quieres hablar conmigo, estoy ahí y te inspiro confianza. Estábamos tan poco acostumbrados a que las empresas nos tratasen como a personas, que el que empiecen a hacerlo nos sorprende y nos resulta agradable, hasta el punto de generarnos un sesgo positivo.

Varios estudios prueban que un “Me gusta” en Facebook se correlaciona con una mayor inclinación a la consideración, a la compra y a la recomendación de un producto. Las empresas con las que establecemos relaciones, las que responden cuando les preguntas sin hacerte pasar por cuatro pasos en una centralita automatizada, aquellas en las que percibimos rasgos de humanidad, son cada vez más las que nos generan sesgos positivos.

Al final, todo consiste en tratar a las personas como a personas, mediante tecnologías que posibiliten conversaciones. ¿Social media marketing? Simplemente, un modelo de relación natural entre personas, capaz de inspirar sesgos positivos.

(This article is also available in English in my Medium page, “Positive bias“)

Prólogo de “Las nuevas tecnologías audiovisuales frente a los procesos tradicionales de comunicación”

Escrito a las 8:38 am
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Las nuevas tecnologías  audiovisuales frente a los  procesos tradicionales de  comunicación - Cuadernos Artesanos de Comunicación (CAC) nº 64 (pdf)Jorge Gallardo, profesor de la Universidad Camilo José Cela y subdirector del programa “Espejo Público” de Antena 3, me pidió que prologase el número 64 de la revista académica CAC, “Cuadernos Artesanos de Comunicación“, titulado “Las nuevas tecnologías audiovisuales frente a los  procesos tradicionales de  comunicación“, coordinado por él y por Nerea Vadillo. Lo han titulado “Preparados para el cambio”.

A continuación, el texto completo del prólogo:

 

Preparados para el cambio

La relación entre el desarrollo de la web social y los procesos de comunicación tradicionalmente unidireccionales es una de las transiciones más interesantes que hemos vivido como sociedad a lo largo de la última década.

Durante muchas décadas, la posibilidad de transmitir información de manera asimétrica estaba sujeta a una serie de barreras de entrada importantes, derivadas del desarrollo tecnológico o de las necesidades de control. Quien quería distribuir un periódico o una revista, debía hacer frente a sus costes de producción y a la logística de su distribución.  Necesitaba una imprenta, una rotativa, una redacción llena de periodistas, y una forma de hacer llegar sus productos a los quioscos. Quien pretendía emitir información por radio o por televisión, debía hacerse con un equipo de transmisión costoso, y además obtener una licencia administrativa para ello.

La aparición de internet no fue, de entrada, ningún “bálsamo mágico”: durante la segunda mitad de la última década del siglo pasado y la primera mitad de la década que comenzó este, internet fue un entorno en el que el comportamiento mayoritario de los usuarios fue igualmente unidireccional. Acceder a información era sencillo, y suponía heredar las pautas que habíamos aprendido colectivamente a lo largo de muchos años de consumo de medios en pantallas. La información aparecía en sitios web, y los usuarios acudíamos a consumirla, con mecánicas muy parecidas a las de la oferta televisiva, sustituyendo únicamente el mando a distancia por un ratón. El usuario medio únicamente consumía, pero no generaba información: hacerlo suponía tener conocimiento de lenguajes de programación, gestión de servidores, dimensionamiento de ancho de banda requerido, etc., cuestiones que, por lo general estaban muy lejos de su alcance.

Con la llegada de la web social, las cosas empezaron a cambiar. Procesos de difusión rapidísimos empezaron a golpear como auténticas bolas de demolición sobre las estructuras en las que se basaban los esquemas unidireccionales. Primero fue Geocities, una herramienta para construir y hospedar páginas personales que hoy nos genera un sentimiento entre la vergüenza y la ternura a los que tuvimos presencia allí, pero después, y con mucho más fundamento, llegaron herramientas como Blogger (fundada en 1999 y adquirida por Google en 2003), Facebook (2004), YouTube (2005), Twitter (2006)… y muchas otras. Una caída de las barreras de entrada a la producción de información progresiva y sostenida, que cambió los elementos de la comunicación tal y como los conocíamos.

En muy pocos años a partir de la recuperación tras la crisis de confianza que afectó a todas las iniciativas en internet entre los años 2000 y 2002, la web cambió completamente su fisonomía: pasó de ser un conjunto de iniciativas corporativas y mediáticas, para ser conquistada por hordas de usuarios de a pie que creaban sus propios contenidos, que de manera impertinente colaban sus páginas entre las más visitadas o las más populares en muchos ámbitos, o que protagonizaban fenómenos de difusión viral que llevaban a los medios a reflejarlos, a menudo tarde, siguiendo una dinámica que, cada día más, llevaba a sus espectadores de toda la vida a sentirse como en un permanente déjà vu, con sensación de “esto ya lo he visto antes en otro sitio”. O peor, de “el sitio donde antes me informaba es el que ahora siempre llega tarde a todo”.

La relación entre esos nuevos medios y los tradicionales ha estado, está y estará llena de disonancias cognitivas. A la pérdida de la exclusividad y de control del canal comunicativo se une la voracidad por aprovecharlo en un entorno claramente competitivo, por ser los primeros en publicar todo aquello que se convierte en un fenómeno de viralidad, o por atribuirse el trending topic más vistoso. En un tiempo récord, presentadores que no sabían siquiera pronunciar la palabra “blog” se encontraban citando uno, mientras otros que únicamente se habían abierto cuenta en Twitter debido a la insistencia de sus superiores se veían con cientos de miles de seguidores que no tenían claro cómo gestionar.

La discusión en torno a esa relación entre lo clásico y lo moderno, entre lo tradicional y lo emergente, es compleja, y tiene infinidad de facetas a considerar. Hablamos de nuevas maneras de consumir los medios tradicionales, sujetos ahora a dinámicas sociales que los dotan de toda una nueva esencia. Cuando has vivido la experiencia de ver un programa de televisión mientras lo comentabas en tiempo real con toda una comunidad de usuarios, la vuelta a un consumo reposado y solitario en una sola pantalla te parece aburrida, del mismo modo que las tramas únicas de una serie de televisión de hace una década resultan insoportablemente lentas para un joven acostumbrado a los hilos argumentales múltiples y entrelazados de una serie de nuestros días.

Lo social se convierte en una capa más que se solapa a nuestro consumo televisivo, que lo influye, que determina citas y momentos de clímax, que traspasa fronteras y mata dinámicas tan vinculadas a la industria como las ventanas de explotación. Al tiempo, los periodistas se hacen cruces sobre cómo entender el supuesto fenómeno del “periodismo ciudadano”, que tras un período de adaptación, terminan por considerar simplemente una fuente más sujeta a los mismos procesos de verificación a los que los está cualquier otra fuente de información a su alcance. O a las nuevas dinámicas de influencia, que llevan a que personas aparentemente desconocidas y que nunca han pisado un plató de televisión se conviertan en dinamizadores o prescriptores de toda una categoría de consumo, con todo lo que ello conlleva.

En muy poco tiempo, muchas de las marcas que financian a los medios convencionales pasan de dedicar las filas más privilegiados de sus presentaciones a periodistas de diversos medios, a reservarlas a bloggers que únicamente se representan a sí mismos. Las marcas pasan a ser lo que reflejan sus comunidades, influenciadas por páginas en la web en las que se habla de ellas sin ningún control, y a menudo sin que la propia marca sepa como reaccionar, mientras los medios emiten informaciones que los consumidores consideran acartonadas, falsas y prácticamente carentes de valor. Surge toda una generación que gestiona su consumo en virtud de quién les dice qué, no tanto de cuántas veces me han bombardeado con un anuncio, una dinámica que amenaza todo el modelo de financiación de los medios convencionales. Para los anunciantes, la red configura un escenario en el que obtener mucha más información en un contexto que posibilita relaciones infinitamente más ricas: a pesar de estar aún en un período de adaptación en el que muchos anunciantes aún malgastan impactos en internet manteniendo los mismos esquemas que utilizaban en los medios unidireccionales, pocos dudan que el futuro de la publicidad está en la red, mientras que los medios unidireccionales retendrán únicamente el branding, el recordatorio de “ven a hablar conmigo a un canal más rico”.

La evolución de la coexistencia entre medios unidireccionales y la web social no está ni mucho menos escrita. Está sujeta a dinámicas que evolucionan a media que escribimos y leemos, que se revolucionan con cada nueva herramienta que alcanza una cierta popularidad, que se dinamitan con cada escándalo o con cada uso. La evaluación de la audiencia a través de su reflejo en las redes sociales ya empieza a dar mejores resultados que los tradicionales audímetros, no solo en cuanto a representatividad estadística, sino también en cuanto a riqueza y “sentiment analysis”. ¿A dónde nos lleva todo esto? A la necesidad de vivir en un contexto de permanente experimentación, de desafío constante, de interés proactivo por probar todo lo que aparece. El medio que cuente con más personas que entiendan este tipo de medios, ese tipo de nuevos modos de consumo, de disfrute compartido de sus contenidos, ganará. Los demás, se resignarán a aprender de las experiencias ajenas.

Si algo nos queda claro es la necesidad de investigación: de recoger experiencias, de intentar entender pasajes y fenómenos que, en muchos casos, transcurren a toda velocidad. Describir casos, narrar experimentos e iniciativas, destilar píldoras y conclusiones que se conviertan en aprendizaje. Es precisamente en ese ámbito donde los capítulos de esta publicación pueden alcanzar su verdadero valor. Si al leerlos se encuentra fuera de lugar, preocúpese: indica un problema que solo puede ser corregido con un mayor grado de participación, con el convencimiento de que este tipo de fenómenos solo pueden entenderse cuando se viven desde dentro, con las manos en el teclado del ordenador, de la tableta o del smartphone. Si lo que se dispone a leer “le suena raro”… prepárese para lo que se le viene encima.

Más sobre decisiones judiciales estúpidas: la blogger francesa multada por criticar un restaurante

Escrito a las 10:26 am
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IMAGE: Rainer Junker - 123RFLa noticia es de hace algunos días, pero no quería dejar de reseñarla: un tribunal francés castiga con una multa y condena en costas a la autora de una página web por escribir una crítica mala sobre un restaurante, que según su propietario, dio lugar a un perjuicio económico. El artículo, “L’endroit à éviter au Cap-Ferret: Il Giardino” (“El sitio a evitar en Cap-Ferret: Il Giardino”), ahora disponible en Internet Archive, es un artículo de opinión completamente normal escrito en clave de humor por una persona que había acudido al restaurante, sin que conste ni haya podido ser demostrada ninguna intención oculta o intento de difamación de ningún tipo. Simplemente, una persona va a un restaurante, no le gusta, lo cuenta en su página… y un juez le impone una multa de 1500 euros y 1360 euros en costas por ello.

El restaurante alegó que la crítica posicionaba muy bien en Google al buscar información sobre el establecimiento, y que eso provocaba un descenso de su cifra de negocio y que algunos clientes afirmasen al llegar al local que habían estado a punto de no ir tras encontrarse con la crítica.

¿Quiere esto decir que tienes que tener cuidado con lo que escribes y que las críticas pueden llevarte a afrontar un juicio? No, quiere decir que algunos, empezando por ciertos jueces, todavía no tienen nada claro lo que supone el hecho de que cualquiera pueda publicar su opinión. Resulta obvio y patente que una decisión así es errónea y debe ser revertida en una instancia superior: es imposible plantear una sociedad en la que se castigue el que alguien tenga una mala opinión de algo y lo publique, como es igualmente absurdo que se pueda criticar algo, pero que te castiguen si indexa bien. Sencillamente, no tiene sentido. La difamación es una cosa, el no poder exponer una opinión y el pretender atemorizar o castigar a quien la expone es otra muy diferente. La justicia no está para eso. Como bien dice la autora de la página, criticar no tiene ningún sentido si la crítica tiene que ser forzosamente positiva.

Los efectos secundarios son igualmente absurdos: ahora, el restaurante tiene infinidad de malas críticas en redes sociales, presumiblemente muchas de ellas escritas por personas que jamás han llegado a poner un pie en él, pero que pretenden provocarle un perjuicio a modo de protesta contra su posición. Como en todos estos casos, el supuesto “remedio” termina por hacer bastante más daño que el hecho en sí, de nuevo una prueba de que la decisión tomada fue absurda.

De nuevo, se juntan varios elementos complejos: por un lado, todos tenemos miedo a la crítica y deseamos contar con elementos que permitan evitarla o desincentivarla. Muchos vivían más cómodos en un mundo en el que las críticas venían únicamente de los sospechosos habituales, y sabían en cierto sentido gestionarlas. Por otro, todos, al ser criticados, pretenden que la crítica contiene elementos falsos, malintencionados, o incluso se inventan auténticas teorías de la conspiración que pueden llegar incluso a pretender exponer delante de un juez. Y por último, aún hay jueces incapaces de eliminar de su juicio las decisiones que tratan internet como un lugar distinto, una especie de “realidad paralela” sometida a normas necesariamente diferentes. La misma crítica escrita en un periódico de tirada nacional no habría generado ningún tipo de confusión. La misma crítica hecha en la barra de un bar ante unos cuantos amigos, tampoco. Pero escrita en una página personal e indexada por Google… eso, por alguna razón, cambia las cosas.

No, decisiones como esta no implican que debamos tener cuidado con lo que decimos en internet, más allá del sentido común que supone evitar calumnias, injurias, libelos o difamación – delitos todos ellos que llevan muchos años definidos. No tienes que contratar a un abogado para poder hablar de un bar, de un restaurante o de otra persona. Si eres un negocio, no debes ir corriendo a contárselo a un juez si te critican. Lo que decisiones como esta quieren decir, precisamente, es que tenemos que seguir ejerciendo nuestras libertades en la red, hasta que el sentido común y la práctica jurídica se asienten en torno a los elementos lógicos de la realidad y del momento en que vivimos. Aunque en el camino, algunos tengan – o tengamos – que pagar por ello.

 

(This article is also available in English in my Medium page, “More dumb court rulings: the French blogger fined for a negative restaurant review“)

Tenía que pasar: el “derecho al olvido” y la lógica de internet

Escrito a las 4:35 pm
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Hidden from GoogleNo han pasado ni dos meses de la equivocada decisión del Tribunal de Justicia de la Unión Europea que pretende asentar el absurdo concepto del “derecho al olvido” mediante el procedimiento de eliminar resultados de los buscadores, cuando ya han surgido reacciones para evitar sus efectos: un programador, Afaq Tariq, crea una página titulada Hidden from Google, que recoge los resultados censurados del buscador, enviados por todo aquel que se moleste en comprobarlos.

Auténtica lógica internet: como muy bien decía Howard Rheingold“the Internet reacts to censorship as damage, and routes around it”: “la red reacciona a la censura como ante un daño, y reencamina el tráfico alrededor del mismo”. Por el momento, el fallo del TJUE ya ha generado dos efectos secundarios directos: si por la razón que sea solicitas la eliminación de un enlace determinado de una página de búsqueda asociada a tu nombre, Google insertará un pie de página avisando a otros usuarios de esa circunstancia, lo que en la práctica es una forma de decir “ojo con esta persona, que algo tiene que ocultar” y una invitación abierta a entrar a través de un proxy o usando una VPN en la edición del buscador de un país no europeo – no sometida, por tanto, a censura – y ver qué es exactamente lo que esa persona tiene tanto interés por hacer invisible. No olvidemos, además, que los resultados eliminados no estarán disponibles si se hace una búsqueda por el nombre de la persona, pero sí aparecerán si se buscan otras palabras que formen parte de la página. 

Por otro lado, páginas como “Hidden from Google”, de recogida de los datos eliminados, que permitirán simplemente entrar y hacer una búsqueda de texto. O posiblemente, soluciones automatizadas que se encarguen de llevar a cabo una comparación contraponiendo los resultados de Google de países europeos con los de otros países no sometidos a censura. Para cualquier programador, un trabajo divertido que garantiza un cierto nivel de exposición.  

Si hay algo que quieras borrar, piénsatelo. Es posible que hacer uso del formulario de Google solicitando su eliminación no sea la mejor de las ideas. Es muy posible que tu intento de eliminación, por justificado que te parezca desde un punto de vista personal y de supuesta protección de tu intimidad termine por desencadenar una especie de efecto Streisand y que termine llamando más la atención sobre ello de todo aquel que tenga la ocurrencia de buscar tu nombre por la razón que sea. Al final, tener la notita de Google a pie de página puede llegar a tener un efecto peor que el propio resultado que se trataba de eliminar.

Es lo que tiene tratar de ser más papista que el Papa y fiar la justicia al desmesurado tamaño del ego de determinados usuarios y bufetes de abogados. Y sobre todo, es lo que tiene hacer las cosas mal.

Hardware is hard

Escrito a las 2:53 pm
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IMAGE: Picsfive - 123RFLa frase, original de Marc Andreessen, pretende dejar claro que, en términos tanto de dedicación como de riesgo intrínseco, el hardware no es lo mismo que el software. Los retos inherentes al diseño físico, el prototipado, la elección y abastecimiento de los materiales, los procesos de fabricación, la distribución y logística, las iteraciones sucesivas derivadas del feedback de los usuarios, etc. dotan al hardware de una dimensión de complejidad sensiblemente mayor que lo que supone crear productos basados únicamente en líneas de código – aunque ello, obviamente, tampoco implique que los productos de software sean sencillos.

Algunos artículos recientes, como este de ayer en TechCrunch o este de hace algunos días en El Mundo en el que me citan brevemente, inciden en la caída de las barreras de entrada que parecen estar alimentando un florecimiento del emprendimiento y de las transacciones relacionadas con proyectos empresariales nacidos en torno al mundo del hardware. Como profesor de IE Business School, sin duda una de las escuelas de negocios del mundo que más énfasis pone en el emprendimiento, debo confesar que el sesgo de los alumnos hacia proyectos basados en software me lleva preocupando desde hace bastante tiempo, hasta el punto de ser una de mis conversaciones habituales con responsables académicos de la institución. La economía “real” se compone fundamentalmente de átomos, no solo de bits, y cualquier desfase entre esa economía real y el agregado de los proyectos que proponen los alumnos me resulta preocupante.

Efectivamente, Marc Andreessen no anda nada desencaminado: hardware is hard. Pero una serie de cuestiones recientes permiten que esa dureza intrínseca se haga relativamente más accesible. La primera de ellas es, claramente, la caída de barreras de entrada que supone poder diseñar y prototipar con componentes sencillos y baratos. La nueva microelectrónica desarrollada en torno a iniciativas como Arduino o Raspberry Pi (que hoy precisamente presentaba su nuevo modelo, el Raspberry Pi B+) permite poner un ordenador o una placa programable en cualquier sitio y con presupuestos dignos de la electrónica casera, al tiempo que las impresoras tridimensionales posibilitan, por un presupuesto igualmente modesto o mediante el acceso a equipos compartidos, hacen posible crear piezas diseñadas específicamente para un proyecto, cuyos ficheros, además, sirven como base para la fabricación industrial posterior.

La disponibilidad de capacidad ociosa en fabricación, dinamizada a través de plataformas como Alibaba.com, ofrecen un futuro en el que fabricar será algo tan simple como enviar un fichero y pedir varios presupuestos, como quien hace una reforma doméstica. Ojo con Alibaba.com, porque no solo va a ser el salvavidas de Yahoo!, sino posiblemente una de las propiedades más valiosas de toda la web y uno de los seguros protagonistas de las futuras portadas de The Economist que señalan los actores importantes de la web.

El elemento que faltaba, claramente, era la financiación. Y en ese sentido, plataformas como Kickstarter o Indiegogo proporcionan precisamente ese nivel de capitalización que muchas empresas de hardware necesitan: no accionistas, sino pre-compradores, que no comprometen la propiedad de la empresa, pero contribuyen a hacer los proyectos realidad al participar en una parte del riesgo inherente a ponerla en práctica.

Elementos que contribuyen a hacer que el hardware, aunque siga siendo hard, sea posiblemente un poco menos hard. Que las empresas de toda la vida aprendan a gestionar estos recursos a su disposición y a conectar con sus usuarios gracias a este tipo de herramientas es cuestión de tiempo. Que Martín Varsavsky, que no necesitaba especialmente recursos para lanzar un producto nuevo, recurra a Kickstarter para validar con el mercado su lanzamiento y para obtener el ruido mediático que lo convierte en un éxito antes incluso de que sea lanzado, demuestra que este tipo de estrategias tienen mucho sentido. El mundo de la red, en muchos sentidos, empieza a parecerse más y más al mundo de fuera de la red. Con todo lo que ello conlleva.

 

(This article is also available in English in my Medium page, “Hardware is hard“)

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