El Blog de Enrique Dans

La industria del cine, quince años después…

Escrito a las 1:02 pm
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IMAGE: Brad Collett - 123RFWe don’t want to sue 16-year-olds or mums and dads. It takes 18 months to go through the courts and all that does is make lawyers rich and clog the court system. It’s not effective.”

Graham Burke

(No queremos demandar a niños de 16 años de edad, o a las mamás y los papás. Se tarda 18 meses en pasar por los tribunales, y todo lo que se consigue es hacer ricos a los abogados ricos y obstruir el sistema judicial. No es eficiente)

Esta es todavía la actitud de la industria del cine, quince años después de Napster: darse cuenta de que perseguir a sus espectadores no sale rentable, y anunciar que van a dejar de hacerlo. Impresionante.

¿Qué tal pensar que lo más rentable a largo plazo podría ser no solo no perseguir ni acosar judicialmente a tus espectadores, sino simplemente intentar darles tus productos como ellos los quieren, en lugar de sometidos a restricciones que les hacen perder una parte sustancial de su atractivo? ¿Qué tal hacer caso de los estudios que afirman que la única manera de reducir las descargas irregulares es proporcionando esquemas que permitan acceder a tus productos de todas las maneras posibles, desde gratis financiados con publicidad hasta pagos razonables por descarga, pasando por tarifas planas, streaming y todo aquello que la tecnología actual o futura pueda ofrecer? ¿Qué tal eliminar las absurdas ventanas geográficas que crean incentivos a la descarga, o adoptar una actitud comprensiva y amigable hacia quienes simplemente quieren acceder a tus productos? ¿Qué tal dejar de hacer trampas en tus cuentas considerando cada descarga como una venta perdida, o dejar de comprar políticos corruptos para que dicten leyes que permitan perseguir mejor a tus clientes?

Es simplemente por decir algo, vamos. Que después de quince años, algo podían haber aprendido. Ya no digo mucho, ni todo… algo. Por eso de aplicar la experiencia propia, ya que todo indica que no te vale la ajena.

Oh, qué gran detalle: no nos van a denunciar. Hagamos fiesta…

 

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Pues yo creo que Amazon tiene razón

Escrito a las 2:55 pm
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Amazon - HachetteLa ya prolongada disputa entre la editorial francesa Hachette y Amazon ha vivido dos episodios más cuando un grupo de más de novecientos autores autodenominados “Authors United” firmaron y publicaron a toda página en el New York Times una carta urgiendo a Amazon a “dejar de hacer daño a los autores”, denunciando sus recientes acciones e invitando a sus lectores a enviar sus quejas directamente a la dirección de correo electrónico de Jeff Bezos.

Amazon, por su parte, contestó al grupo de autores con otra carta abierta, esta firmada por “Readers United”, en la que igualmente hacían publica la dirección de correo del CEO de Hachette, Michael Pietsch, invitando a los lectores a contactarlo directamente poniendo en copia a Amazon, y pidiéndole que acepte los precios más bajos que Amazon reclama para los libros electrónicos. 

No es la primera vez que Amazon entra en conflicto con las editoriales sobre los precios de los libros electrónicos: en enero de 2010, Amazon retiró de su tienda todos los libros de la editorial Macmillan, editorial que finalmente logró forzar un precio superior a los $9.99 que Amazon pretendía – para terminar viéndose, dos años y medio más tarde, sancionada por las autoridades anti-monopolio norteamericanas junto con otras grandes editoriales y con Apple por fijación de precios.

Ya en aquel momento me mostré inequívocamente de parte de Amazon en su disputa, y ahora vuelvo a hacer lo mismo. Independientemente de que la referencia a Orwell en la carta de Amazon sea correcta o no, como usuario y cliente me siento claramente mejor defendido y representado por una Amazon que, desde mi punto de vista, pretende redefinir la cadena de valor del negocio editorial a mi favor, que por unas editoriales que claramente pretenden sostener una desproporcionada asignación de la tarta para sí mismas. Que las editoriales, como en su momento hicieron las discográficas, pidan a determinados escritores que se alisten en sus filas en función de contratos que tienen con ellos y publiquen cartas en apoyo a su postura tampoco cambia la cosa: por más que la miro, la estructura de precios y márgenes propuesta por Amazon tiene más lógica, más sentido, resulta más sostenible, y redunda no solo en una mayor accesibilidad a la cultura, sino también en un desincentivo mayor del consumo irregular.

Amazon es muy libre de considerar el precio de los libros electrónicos un tema importante en el desarrollo de su estrategia y sus planes de futuro. La compañía ha fiado muchísimas de sus expectativas de futuro a un modelo en el que los libros resultan enormemente accesibles a precios cada vez más disuasorios, con la idea de ofrecer una accesibilidad elevadísima, una estantería virtual en la que solo tenemos que alargar la mano cada vez que pretendemos acceder a un libro. Cuando las editoriales se empeñan en seguir calculando los precios de sus productos en función de la antigua cadena de valor de la industria, no hacen más que pretender justificar su existencia y su estructura en función de unos costes que claramente ya han cambiado. ¿Son libres de hacerlo así? Tal vez lo sean desde el punto de vista empresarial y del libre mercado, pero en ese caso, también lo es Amazon de excluirlas de su canal si así lo desea.

La decisión de Amazon no está exenta de riesgos: obviamente, el atractivo de su propuesta disminuye cuantos más lectores son incapaces de encontrar en la plataforma los libros que buscan. Excluir los libros de un gran sello editorial puede representar un problema importante para Amazon de cara a la opinión pública: en modo alguno hablamos de “las pobrecitas editoriales presionadas por el gigante del comercio electrónico”, sino de una serie de empresas que habitualmente entregan a los autores una parque pequeñísima del margen y que pretenden seguir llevando a cabo el reparto en sus propios términos, aunque muchísimos de los costes implicados en esa estructura de mercado hayan desaparecido. No las llaman big five por casualidad. Y cuanto más se consolidan, peor veo las cosas.

Lo siento, pero la imagen que mi cerebro recibe cuando veo a los autores ponerse del lado de sus editoriales en esta guerra no es otra que la del síndrome de Estocolmo. Si Amazon quiere imponer sus condiciones, las que considera inherentes a la viabilidad futura de su modelo de negocio, a costa de correr el riesgo de que las editoriales renuncien a distribuir en su plataforma y la hagan menos atractiva, me parece una táctica válida, que las editoriales podrán contestar como estimen oportuno. Como autor, una disputa así me llevaría a descartar a Hachette como editorial y a irme con otra que tenga mejor criterio a la hora de distribuir mis obras, o incluso a pensar en la posibilidad de convertirme en mi propio editor de la mano de Amazon, con todo lo potencialmente bueno y lo malo que ello pueda conllevar. Después de todo, Amazon vive de intentar a toda costa reducir la fricción entre producto y lectores, mientras que las editoriales luchan claramente por incrementar esa fricción y por cobrarla lo más cara posible.

No, ni soy el único en ponerse del lado de Amazon en esta disputa, ni estoy siempre del lado de Amazon: ya son varias las ocasiones en las que he contribuido a denunciar algunas de sus prácticas. Como lector y como autor, estoy con Amazon en esto, y me veo infinitamente más identificado con sus explicaciones y su interés por poner los libros electrónicos más baratos y hacerlos más atractivos que con las reclamaciones y las quejas de Hachette tomando a sus autores como rehenes. Creo que Amazon tiene razón en intentar obligar a Hachette a cumplir con su estrategia de precios… no solo razón, sino también razones para hacerlo. No, Amazon no es una hermanita de la caridad. Pero en esta guerra, pienso que tengo mucho más a ganar estando de su lado.

Y no solo eso: además, estoy deseando ver el resultado de la siguiente batalla.

 

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Sobre mi uso de Twitter

Escrito a las 9:11 pm
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TwitterCuando tienes una cuenta en Twitter desde mucho antes de que Twitter fuese Twitter, una cuenta de esas que datan de cuando Twitter era una rareza propia de frikies cuyos fundamentos comentabas a los no iniciados y te miraban como si estuvieses completamente loco, es normal que te encuentres de cuando en vez con reproches sobre lo que haces o dejas de hacer con ella. En mi caso, es bastante normal encontrarme con comentarios acerca de lo “subidito” que soy porque solo sigo a un puñado de personas cuando a mí me siguen casi doscientas mil, o sobre mi supuesta insensibilidad por no hacer retweet de causas de todo tipo cuando me lo piden, por no contestar a según qué cosas, o por bloquear a quien me resulta molesto.

Mi uso de Twitter ha ido evolucionando con el tiempo. Al principio, hablaba básicamente de mí y de lo que hacía: sitios a los que iba, comidas, bebidas, pensamientos… un poco en modo “mi querido diario”. Daba los buenos días por la mañana y las buenas noches al acostarme, avisaba antes de meterme en una clase o al salir de ella, o al llegar a un aeropuerto, como si fuera un cuaderno de bitácora, como si quisiese en algún momento utilizarlo a modo de registro, para saber qué había hecho o dónde había estado en un momento determinado. Desde aquella época tengo mi dirección de Twitter en mi tarjeta de visita profesional, con la idea original de “si te he dado una tarjeta para que me localices, te dejo mi dirección de Twitter en ella, porque harías bien en consultarlo antes de llamarme por teléfono, no vayas a pillarme en una clase o en una reunión”.

Esa etapa duró hasta aproximadamente 2008, momento en el que empezó el crecimiento desmesurado. En muy poco tiempo, Twitter explotó, lanzó su versión en español, y surfeando esa ola, mi cuenta pasó de los ocho o nueve mil seguidores a casi cien mil. Dejé de tener una cuenta de Twitter “para saber qué hacían mis amigos y contarles lo que hacía yo” a tener una especie de medio de comunicación: completamente asimétrico, y con más seguidores que la inmensa mayoría de los diarios regionales españoles. Me entró la timidez, dejé de contar mi vida porque tenía la impresión de que si decía “he estado en este sitio bebiéndome este vino”, la respuesta mayoritaria iba a ser “¿y a mí, qué?”. De la misma forma, dejé de compartir en Twitter mis actualizaciones en aplicaciones como Foursquare o Instagram, salvo en ocasiones excepcionales.

En esa época me di cuenta de la utilidad de Twitter en sentido contrario, no tanto como difusor como de captador de información: siguiendo a los usuarios adecuados y con ayuda de alguna lista, Twitter se convirtió en un pulso constante de la actualidad, en el canal a través del cual me enteraba de la actualidad, hasta el punto de que los telediarios o la radio ya se limitaban únicamente a ampliar aquello que yo ya sabía hacía horas que había ocurrido. Mi frecuencia de emisión descendió mucho, mi velocidad de incorporación de seguidores también lo hizo. Al tiempo, empecé a usar Twitter para avisar de mis entradas en esta página: hacerlo me proporcionaba un tráfico entrante interesante, de entre un 1% y un 3% de clickthrough sobre una cifra ya bastante importante, con una dinámica característica que hacía que Twitter fuese mi principal referral de tráfico durante la hora o dos horas después de haber actualizado mi página. Al cabo de algunos meses haciéndolo, pude comprobar como Twitter se había convertido para muchos en el sustituto del RSS: el canal a través del cual accedían habitualmente a mi página.

Nunca, salvo errores, he repetido tweets. Tal vez podría servir para incrementar mi tráfico, pero no me parece respetuoso con quienes me siguen habitualmente, ni me gusta cuando veo que otros lo hacen, me resulta cansino y aburrido, como esas personas que te cuentan varias veces lo mismo porque se les olvida que te lo contaron, pero en este caso no por olvido, sino por vocación de ser pesado, sin importarles saturar a quienes les siguen. Tampoco he hecho nunca ningún caso a quienes me piden retweets, salvo que la causa para la que me lo pidan sea alguna con la que yo sintonice especialmente o se cuente entre las que comento de forma habitual. En ocasiones tengo la tentación de hacerlo, pero trato de evitarlo: aunque muchas causas sean justas y razonables, no puedo evitar pensar que empiezas retwitteando algo para conseguirle un riñón a un enfermo, sigues intentando ayudar a un perro abandonado, y acabas no haciendo otra cosa que sirviendo de altavoz a todo tipo de causas, y esa no es la razón por la cual mis seguidores me siguen. Cuando se tienen casi doscientos mil seguidores, las peticiones de retweet a cuenta de todo tipo de temas son constantes, a nivel de varias cada día. Lo siento, pero salvo que el tema me pille realmente cerca, y en ese caso le aporto precisamente eso, mi cercanía con el tema, incluirme en ese tipo de peticiones de retweet es una pérdida de tiempo – y bajo ningún concepto se puede deducir de ello que simpatice o no simpatice con la causa que me lo pide o con la contraria, si es que la hay.

Contesto a quien me pregunta cosas, en público cuando puede tener interés público o en privado cuando no me parece que lo tenga, aunque suelo evitar los intercambios largos de mensajes que generalmente terminan por aburrir a todos menos a los dos que participan. Si contesto en privado, suelo seguir a la persona para que me pueda contestar igualmente por privado, y salvo que a los pocos días tras el fin de la conversación compruebe que vale la pena mantener ese follow porque lo que cuenta esa persona me interesa mucho, lo elimino. Lo cual no debe ser visto en modo alguno como un desprecio, y solo quiere decir nada más que intento mantener el número de personas que sigo dentro de los límites que soy capaz de ver en la pantalla de mi smartphone. Por supuesto, solo contesto a aquello que estimo que debe ser contestado y que tiene una actitud razonable. Quienes se dirigen a mí con actitudes que considero maleducadas, faltonas, molestas o simplemente desagradables se encuentran o con el silencio, o con el bloqueo.

Actualizo poco: cuatro o cinco veces al día la mayoría de los días, de las que dos son la entrada diaria en mi página en español y en inglés en Medium. También suelo actualizar si voy a intervenir en algún sitio, televisión o radio, o si participo en algún evento abierto al público. Otro uso habitual es la difusión de artículos que encuentro especialmente interesantes por la razón que sea, aunque en ese caso lo hago con un filtro bastante exclusivo: para compartir cosas interesantes tengo Flipboard o Pinterest, si lo pongo en Twitter es porque me parece especialmente bueno (en modo “si solo vas a leer una noticia hoy, lee esta”) o viene especialmente al caso por algún tema en el que me he implicado especial o habitualmente. Es bastante habitual que utilice mi cuenta de Twitter para temas relacionados con el ciberactivismo, y en ese caso, puedo exceder claramente mis límites habituales. O si estoy en algún evento, que comparta cosas que se están diciendo en él y me parecen interesantes, otro caso en el que mi frecuencia de tweets suele incrementarse sensiblemente.

Actualizo en español o en inglés de forma completamente indistinta. Si son noticias, lo habitual es que actualice en inglés, porque la inmensa mayoría de noticias que consumo están en ese idioma, salvo que tengan que ver con la actualidad española. Si son temas relevantes para mis alumnos, también lo hago en inglés, porque a pesar de trabajar en una escuela de negocios que está en pleno centro de Madrid, imparto en ella muchas más sesiones en inglés que en español. Si contesto a alguien, intento hacerlo en el idioma en el que se dirige a mí si lo conozco y me resulta razonablemente cómodo, y si no es así, en el que me parezca más lógico que podamos compartir.

Nunca, y repito en mayúsculas, NUNCA, JAMÁS, BAJO NINGÚN CONCEPTO, verás en mi timeline un tweet por el que nadie me haya pagado nada. No lo he hecho nunca, y no quiere decir que no lo vaya a hacer, pero si alguna vez lo hago será porque el producto y la empresa me gustan, y siempre avisando de ello. Lo contrario no me parecería respetuoso con mis seguidores: aspiro a que estos puedan saber con seguridad que lo que comparto, lo hago en función de un interés genuino, no mediatizado por ningún pago, salvo que así lo avise. Si comparto un lugar de copas o un restaurante en el que estoy, un vino que me estoy bebiendo o un producto del tipo que sea, por tanto, lo haré porque me gusta, porque me resulta interesante o porque tengo algo que decir sobre ello, pero no por ningún otro tipo de razón salvo que lo diga expresamente. Es exactamente la misma política que llevo más de once años manteniendo en mi página, así que supongo que a estas alturas podemos considerarla ya como un “defecto del animal”.

¿Más? Poco más. Si me sigues en Twitter, ya sabes a qué atenerte: una mezcla de avisos de lo que escribo, noticias que me parecen especialmente recomendables, y un poco de mis intereses de todo tipo: ciberactivismo, innovación, y efectos de la tecnología en general. Las cosas sobre las que doy clase, las cosas que me gustan (que afortunadamente para mí, suelen coincidir), las cosas que me preocupan… y algunas cosillas más. Con ese tipo de uso, estoy cerca de llegar a los doscientos mil seguidores, cosa que me parece de locos y que supone un nivel de atención completamente inmerecido. Que por supuesto, no me lleva a creerme nada especial, pero en fin, que si está ahí, será por algo (digo yo :-)

 

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La verificación en redes sociales como supuesto privilegio

Escrito a las 5:15 pm
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Twitter, Google+ and Facebook verified accountsUn artículo reciente en Engadget, The perks of being ‘somebody’ online habla acerca de los supuestos privilegios asociados con los procesos de verificación de identidad en las redes sociales, y juega, absurdamente a mi entender, con la idea de una internet “con clases” en la que la marca de verificación determina algún tipo de “categoría”, de “lo tienes o no lo tienes”.

La idea me parece directamente ridícula. La verificación en las redes sociales es un proceso revestido de una cierta oscuridad: de manera general, no puede ser solicitado, sino que es “concedido”, tanto en Twitter, como en Google+ o en Facebook. Cuando una marca o persona quiere obtener la verificación, se ve obligada a contactar a la red social de maneras no específicamente definidas, y solicitarlo en base a criterios como la popularidad, el interés o los posibles problemas derivados de actuales o posibles suplantaciones.

Twitter fue la que inició el proceso: en una red en la que cualquiera puede abrir un perfil con el nombre que desee, sin más requisitos que una dirección de correo electrónico, la gestión de la identidad representó un problema desde sus inicios. Cuando Twitter comenzó a orientarse a los personajes famosos, muchos se encontraron con que las cuentas con su nombre estaban ya en uso, y debían ser recuperadas. Salvado ese primer problema, con el que la red tuvo escasos miramientos y consideraciones, surgió el de cómo asegurar a los seguidores de un perfil determinado que ese perfil pertenecía a quien ellos creían, y no a alguien que se hacían pasar por él con propósitos que podían ir desde la admiración o el homenaje, hasta la crítica o lo satírico. La marca de verificación comenzó a asignarse a ese tipo de perfiles marcadamente asimétricos, algo que en aquel momento tenía un enorme interés para la popularización de la red social. Tras un pequeño ensayo con un formulario en el año 2008, se optó por un mecanismo de concesión unilateral, mediante un proceso que podemos ver descrito, por ejemplo, por Anil Dash. El proceso de verificación se acompaña del hecho de ser seguido por la cuenta @verified, lo que nos permite asumir que en este momento deben existir algo más de ciento dos mil cuentas verificadas en la red. El proceso no es perfecto: hay “famosos famosísimos” que no tienen su cuenta verificada, e incluso se conocen errores notables derivados del proceso.

El siguiente en ofrecer este tipo de servicio de verificación de identidad fue Google+. En una red en la que las normas exigían el uso de nombres reales, este tipo de marca tenía mucho menos sentido, pero comenzó a ofrecerse poco tiempo después de su debut, a aquellas cuentas que mostraban una dinámica muy fuerte de ser añadidas a muchos círculos. De nuevo la asimetría, y de nuevo un proceso poco transparente y difícil de trazar, una manera de asegurar a quienes buscaban esas cuentas para seguirlas que realmente estaban siguiendo a quienes ellos pretendían seguir.

En Facebook, la señal de verificación comenzó a utilizarse hace muy poco tiempo, y también como algo que parte de la propia red, que se inicia con la recepción de un correo electrónico que el usuario no solicita. De nuevo, un proceso que supuestamente incluye a “celebridades, periodistas, políticos y marcas o negocios populares” y que no puede ser solicitado, sino que debe ser concedido por la propia Facebook.

Personalmente, tengo mi identidad verificada en las tres redes sociales, pero nunca me ha parecido ningún tipo de privilegio especial – ni mucho menos algún tipo de “marca de estatus” – sino algo que las redes, en virtud de su propio interés por captar más usuarios, deciden ofrecer como servicio a aquellos que puedan estar interesados en seguirme. Obviamente, no soy ningún famoso, soy una persona que puede caminar por cualquier sitio de manera completamente anónima – y cuando alguien me saluda, suele ser porque me ha visto en clase o en alguna conferencia, no porque reconozca mi cara por haberla visto en ningún sitio. La idea de que una cuenta verificada supone algún tipo de privilegio es algo que se me escapa: como mucho, el privilegio será que quien esté interesado en seguirme por la razón que sea, tenga la seguridad de estar siguiéndome a mí, y no a alguien que se hace pasar por mí… es decir, que el servicio es a esa persona o a la herramienta, no a mí. La posibilidad de discutir si alguien “se merece o no” la verificación, como comenta el artículo de Engadget, me resulta directamente estúpida y sin sentido. La verificación aparece cuando a quien gestiona la red le interesa que aparezca, no hay más.

La contrapartida, en el caso de Twitter, es el acceso a algunas analíticas interesantes para situaciones de asimetría, en el de Facebook o el de Google+ no he visto nada especial. Por otro lado, no son muchos los que saben lo que significa ese pequeño símbolo que aparece asociado a mi perfil, y sí me ha pasado en ocasiones que personas que acabo de conocer en un evento se equivoquen de cuenta y empiecen a seguir sin quererlo a alguien que utiliza mi nombre. Tener o no tener la marca de verificación nunca ha afectado a mi trabajo lo más mínimo, y no me hace tener más seguidores o menos, como puedo comprobar por las analíticas: en ninguno de los tres casos, el ritmo de llegada de seguidores se vio afectado por la aparición de la verificación.

Sinceramente, creo que la marca de verificación tiene muy poco que ver con élites, con privilegios o con estatus. Si alguien realmente se cree algo por tener ese simbolito, me preocuparía seriamente por su nivel de inteligencia. Si lo tienes, es porque la red en la que compartes cosas que haces, dices, piensas o escribes tiene interés en hacer que sea más fácil localizarte, porque han detectado que, por la razón que sea, generas interés en algún tema concreto, y quieren hacer que aquellos que en virtud de ese interés, te quieran localizar, puedan hacerlo más fácilmente y con menos errores. Ellos sabrán, ellos tienen las analíticas, y ellos toman las decisiones al respecto. Por lo demás, el interés que supone ver cómo cuestiones como la asimetría son gestionadas en un contexto electrónico cuya popularización se ha convertido ya en un signo de nuestro tiempo.

 

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Las otras búsquedas

Escrito a las 5:27 pm
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IMAGE: Corina Rosu - 123RFUna larga y fantástica entrevista en The Atlantic con Evan Sharp, arquitecto y uno de los cofundadores de Pinterest, me lleva a pensar en la forma en que llevamos a cabo la función de búsqueda más allá de los buscadores, en herramientas que se han convertido en imprescindibles en muchas de las tareas que llevamos a cabo en nuestra vida cotidiana en la web.

En el caso de Pinterest, la búsqueda se ha convertido en una de las características fundamentales que valoro en mi uso habitual de la herramienta: el hecho de mantener un en Pinterest un repositorio ordenado de las noticias que voy leyendo de manera cotidiana ha llevado a que se convirtiese en una plataforma importantísima para mí: todos los días tras seleccionar un tema sobre el que escribir en esta página, me sumerjo de manera ya prácticamente automática en Pinterest para ver cuáles han sido las noticias sobre temas relacionados que he almacenado ahí recientemente. Buscar por el nombre de una persona o empresa me trae automáticamente a la pantalla el título y la evocación visual de todos los artículos que he guardado en la plataforma, lo que me permite obtener enlaces y referencias que sustenten o enriquezcan mi análisis con suma facilidad. La posibilidad de restringir la búsqueda a mis pines o a los de todos los usuarios añade la posibilidad de encontrar cosas que se me hubiesen pasado, y dota de agilidad a las búsquedas de mi propio material.

En realidad, la potencia de la búsqueda de Pinterest es común a lo que ocurre en cualquier plataforma en la que los usuarios llevan a cabo una tarea de selección, almacenamiento o repositorio de algún tipo. Antes de Pinterest, esa función en mi caso era desarrollada por Delicious: una plataforma en la que muchos usuarios almacenaban aquellas referencias que se encontraban en la web a modo de carpeta de favoritos en modo multiplataforma, y que aseguraba que una búsqueda allí llevaba a obtener únicamente resultados que alguien había considerado suficientemente útiles o relevantes como para pasar el trabajo de almacenarlos y catalogarlos allí. En la práctica, era como buscar en una versión depurada de la web, pasada por el filtro de un montón de usuarios, y con una capacidad social de descubrimiento de materiales adicionales. En muchos casos, para documentar artículos, Delicious ha sido un recurso que me ha generado bastante valor.

La idea de valor aportado por la función de búsqueda ha sido, en algunas ocasiones, central y muy clara: cuando Twitter comenzó su andadura como compañía, su primera adquisición fue Summize, una compañía especializada en búsqueda que jugó a partir de ahí un papel fundamental en la valoración y el negocio de la compañía (durante bastante tiempo, la gran mayoría de los ingresos de la compañía se originaron en los resultados de búsqueda que la compañía servía a Bing y a Google como parte de lo que se dio en llamar “real-time search”).

¿Cuántos sitios cuya función principal no es la búsqueda se han convertido en sitios en los que habitualmente hacemos búsquedas? Además de Pinterest o Delicious, en mi caso destaca Twitter, cada vez más convertido en un gestor de identidad: si a la hora de añadir información sobre una persona no encuentro una página en Wikipedia, que suele ser mi primera opción, tiendo a utilizar Twitter como una forma de proporcionar información sobre ella, un papel que podría también jugar en algunos casos About.me, una especie de inventario de recursos sobre una persona recopilados y editados por ella misma.

Pero este tipo de búsquedas “atípicas” son un fenómeno mucho más pujante, y en absoluto limitado a usuarios con mi perfil. Es bien sabida la pujanza de YouTube, con más de tres mil millones de búsquedas mensuales, en este sentido: si bien resulta incorrecto hablar de YouTube como segundo motor de búsqueda, porque sencillamente no lo es por definición, sería completamente absurdo obviar su importancia en este sentido a la hora de pensar en cómo solventa las necesidades de los usuarios para encontrar información relacionada con material en audio o vídeo.

Facebook es otro caso similar: la red social ha ido pasando de ser una página en la que los usuarios entraban fundamentalmente a buscar información sobre personas, a convertirse en una plataforma en la que un número cada vez más elevado de gente se dirige para obtener información sobre productos y marcas, con la esperanza de acceder no tanto a información comercial y a lo que la marca dice de sí misma, como a un sitio en el que encontrar respuestas caracterizadas por lo social: cómo otros usuarios hablan de la marca y sus productos, hasta qué punto esa marca gestiona bien la interacción con ellos, o incluso dudas y preguntas previas o posteriores a la adquisición. Las consecuencias del desplazamiento hacia usos de este tipo son potencialmente enormes: pasar de usuarios que entran en “modo social”, pensando únicamente en la interacción con personas que forman parte de su red, a un número creciente que llega en algo que podríamos identificar más con el “modo búsqueda”, activo y sensible a propuestas publicitarias o relacionadas con el consumo, puede ser una de las claves que rodea al futuro de monetización de las redes sociales.

En un entorno caracterizado por la hiperabundancia de información, resulta normal que la búsqueda se convierta en una de las funciones con más importancia, y tanto la valoración como el ubicuo dominio de Google es una buena prueba de ello. Pero a la hora de pensar en la búsqueda, no podemos quedarnos únicamente con la idea de “motor de búsqueda”: debemos ir más allá. La búsqueda, a efectos de la web, tiene muchísimo que decir en muchos de los servicios que utilizamos, mucho más allá de lo que relacionaríamos de manera general con la idea de “motor de búsqueda”.

¿Y tú? ¿Utilizas búsquedas en sitios que te aporten un valor interesante y que quieras compartir?

 

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El crecimiento de Flipboard: el poder de la metáfora visual

Escrito a las 12:59 pm
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Technology Readings - Enrique DansReadWriteWeb publica un artículo sobre el crecimiento de Flipboard, la aplicación que permite acceder a titulares de otras publicaciones en un cómodo y visual formato revista, desde que, en marzo del pasado 2013, decidieron abrir su plataforma para que los usuarios pudiesen crear sus propias revistas. Hasta entonces, Flipboard era únicamente una herramienta de consumo de contenidos: una metáfora visual bien trabajada, que ofrecía acceso a una serie de canales o publicaciones con las que el usuario podía conformar su revista.

Tras la apertura, Flipboard se convirtió en algo muy distinto: en la posibilidad de que cualquiera, mediante un simple botón en el navegador, pudiese crear su propia revista dedicada a los temas que le interesan. ¿Para qué iba alguien a querer crear una revista? Para cuestiones que van desde el mero repositorio personal o corporativo de contenido, hasta el desarrollo de materiales para terceros. Sea por la razón que sea, el caso es que Flipboard cuenta hoy ya con más de diez millones de revistas creadas por unos siete millones de usuarios, lo que, comparado con sus más de cien millones de usuarios activos, da lugar a un balance muy sano entre creación y consumo de contenidos.

Entre las revistas de Flipboard, de todo, suficiente para seguir prácticamente cualquier tema que te interese, buena prueba del resultado de abrir una herramienta a la creatividad de sus usuarios. En mi caso, Flipboard es una buena herramienta de repositorio y dinamización de atención, que encaja fantásticamente bien con mi dinámica de trabajo: dado que, como académico, tiendo a mantener una monitorización constante de lo que ocurre en el entorno tecnológico, pasar a Flipboard una selección de las noticias que voy encontrando y me parecen interesantes tiene un coste ridículamente bajo en términos de tiempo, y me permite generar una revista que muchos usuarios encuentran interesante, algo así como “la selección de noticias de tecnología hecha por el autor de un blog que habitualmente leo”. Actualmente, la revista cuenta ya con más de cinco mil lectores, entre los que se cuentan muchos de mis estudiantes actuales en IE Business School, antiguos alumnos, lectores habituales, y todo aquel que puede, por la razón que sea, considerarme un content curator con cierto criterio. En Pinterest hago exactamente lo mismo, en un tablón titulado igual, “Technology readings“, aunque este cuenta con aproximadamente la mitad de lectores que la revista.

Lógicamente, la revista tiene las limitaciones que tiene toda herramienta personal: no puedo asegurar un suministro diario, porque a veces viene “uno de esos días” en los que de milagro llegas a tener tiempo de reseñar algo en el blog, y no puedo garantizar que mi criterio de selección coincida con el de los usuarios, porque hay tantos gustos e intereses como personas. Lógicamente, no reseño mis propios artículos en mi revista de Flipboard, porque tiendo a pensar que quien escoge esa herramienta para seguir la actualidad tecnológica ya lee esta página mediante la herramienta de su elección. Por mi parte, la uso para revisar temas, típicamente cuando después de la lectura diaria de noticias no he encontrado ninguna que me inspire.

¿Qué propone Flipboard? Simplemente, una metáfora visual agradable y cómoda, con la que cualquiera encuentra una inmediata familiaridad. Y por lo que se ve, funciona.

El social media manager como rock star

Escrito a las 1:35 pm
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IMAGE: _fla - 123RFEl fichaje por parte de Apple de Musa Tariq, social media director de Nike y previamente de Burberry, está haciendo a muchos caer en la cuenta de la importancia que han adquirido este tipo de perfiles en la gestión empresarial de nuestros días.

Hablamos de Apple, sin duda la empresa que ejemplifica el marketing basado en la opacidad, en el secretismo y en el más amplio desprecio de las redes sociales como se entienden actualmente – con sus matices, por supuesto. Durante muchos años, el único uso que Apple ha hecho de las redes sociales ha sido el utilizarlas para seleccionar invitados a sus eventos de presentación, que aspiraban a convertir en “objetos sociales” con amplísima repercusión limitando la distribución de lo que se decía en los mismos a los tweets y fotografías que pudiesen enviar los asistentes. Estar en uno de esos eventos, en los que tradicionalmente no había ni siquiera streaming para no privar de cierta exclusividad a los asistentes, era todo un ejercicio de marketing, pero no dejaba de ser algo que surgía, en cierto sentido, de manera “espontánea”: la empresa y sus productos se convertían en un fenómeno social de amplia repercusión aunque no hiciesen absolutamente nada, una posición sin duda envidiable para cualquiera que fabrique cualquier producto de consumo.

El pasado octubre, Apple anunció el fichaje de Angela Ahrendts, CEO de Burberry, para liderar su negocio de retail. Los méritos de Angela para el puesto venían, entre otras cuestiones, de haber jugado un papel fundamental en la orientación de la empresa británica del mundo del lujo hacia el social media, de la mano de socios como Salesforce.com. Bajo la responsabilidad de Musa Tariq, que dependía de Angela Ahrendts, Burberry puso en marcha su conocido Tweetwalk, en el que debutaba sus colecciones antes del tradicional pase de modelos físico. Tras la marcha de Ahrendts, Tariq recaló en Nike, en donde destacó por arrebatar el control de los medios sociales a sus agencias y centralizarlas internamente bajo su propia responsabilidad.

Precisamente esa cuestión, el control interno de la presencia en social media frente a su gestión a través de agencias de comunicación, es una de las tendencias más destacadas del momento: no todas las marcas son capaces de construir una infraestructura interna que otorgue a estas cuestiones la importancia que realmente tienen y que las gestione con el nivel de conocimiento adecuado, pero cada vez más se plantean hacerlo, en la mayor parte de los casos ganando un mayor nivel de control y, sobre todo, de conocimiento.

En el caso de Apple, hablamos de una marca en la que la gestión de los medios sociales se ha llevado de manera prácticamente reactiva, simplemente como necesidad de proporcionar respuestas a algunos temas. Por el momento, la marca únicamente contaba con la presencia de algunos de sus directivos y marcas como iTunes o AppStore, pero carecía de una estrategia de social media como tal. El fichaje de Musa Tariq, que va a ver en las próximas horas como su número de seguidores en Twitter se dispara, solo puede significar un cambio en este sentido.

El mundo social media está pasando por su gran redefinición: para las empresas del mundo del consumo, supone ya la evidencia de que todos esos likes y esos follows se convierten en sesgos positivos a la hora de tomar decisiones de compra, en mayor presencia en el top-of-mind,  y en mayores tasas de recomendación a terceros. Para las empresas que no están en esa categoría de productos de compra masiva, para quienes se mueven en el mundo de las compras planificadas o incluso para quienes lo hacen en el terreno del B2B, el social media está evidenciando que no se trata de una cuestión de números, de tener más seguidores que nadie, sino de tener los seguidores adecuados, comunicarse con ellos y ser capaz de convertirse en referencia para ellos.

El social media director es, en ese sentido, un puesto con cada vez más sentido. Debe marcar las normas de interacción, huir de “estrategias a medias” que hacen lo mismo que antes hacían en los medios masivos pero cambiando de público objetivo – olvida el envío de plantillas, las listas de influencers que te facilita tu agencia, los reviews pagados, la compra de followers  y, en general, todo lo que no suponga un cambio hacia relaciones genuinas, reales y transparentes – y convertirse en auténtico referente de la marca, en el que gestiona el tono de la comunicación más inmediata. Mucho más que “un chico listo que entienda bien el Facebook”, mucho más que un gestor de crisis, mucho más que un community manager, y mucho más, por supuesto, que un puesto relegado al cuarto o quinto nivel de responsabilidad. La diferencia entre “tener un social media director” y “tener un social media director que lo haga bien y tenga vocación por lo que hace” es, a día de hoy, de órdenes de magnitud en rentabilidad e imagen.

Para las marcas, toda una evidencia: no se puede mantener ni entender ya el marketing alejado del que se confirma como su canal natural, el social media. Para Apple, una evolución que se encuadra en la lógica más absoluta: trabajar de manera proactiva algo que ya de manera espontánea se convertía con frecuencia en objeto social, en una parte central de la conversación. Y para Musa Tariq, convertido de repente en figura visible y auténtico rock star del mundo social media… el momento de marcarse el concierto de su vida.

 

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La tecnología no mata… mata el no adaptarse a ella

Escrito a las 12:14 pm
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IMAGE: James Steidl - 123RFUna certera sucesión de tweets del gran Arturo Pérez-Reverte en tarde de domingo, como es habitual en él, habla de los problemas de la prensa y de los periódicos clásicos, y responsabiliza de los mismos “a la crisis y a las nuevas tecnologías, pero sobre todo a su complicidad clamorosa y su silencio ante el poder“.

Estando profundamente de acuerdo con la segunda parte de su afirmación, disiento en la primera: la tecnología no mata a ninguna compañía ni a ninguna industria. Lo que las mata es la decisión consciente y tristemente meditada de no adaptarse a los escenarios que la tecnología genera. No es la tecnología en sí, sino la falta de adaptación, una falta de adaptación de la que, en el caso de la prensa española, he sido testigo además de primera fila. En varias ocasiones me han llamado para intentar detallarles la evolución de esos escenarios, para encontrarme después con que lo que pretendían no era realmente que se los contase, sino que les dijese lo que aparentemente querían oír.

Como todas las industrias que sufren el impacto de la disrupción tecnológica, los periódicos tienen un problema fundamental: la megalomanía de creer que pueden influir en los escenarios, adaptarlos a sus intereses. El reciente canon AEDE, que pretende subsidiar a los periódicos con pérdidas parasitando a quienes han logrado un modelo de negocio válido en torno a la economía de la atención, es una clara muestra de ello: “como no sé hacer dinero con las visitas que me envías, intentaré cobrarte por enviármelas”. Un absurdo que solo puede terminar de una manera: con un “pues vale, dejaré de enviártelas”. Básicamente, un “como soy un negado a la hora de adaptar mi negocio y hacerlo viable, intentaré que el tuyo tampoco lo sea”.

La regla de oro en toda disrupción tecnológica es la capacidad y la voluntad de adaptación. Es lo primero que los accionistas de una empresa tienen que asegurarse. Ante la perspectiva de esa disrupción – y créanme, eso se detecta rápido – esos accionistas tienen que examinar de arriba a abajo a toda la cúpula directiva, y purgar de manera inmisericorde a todos aquellos que no muestren una voluntad clara de evolución, de adaptación, que no se hayan dedicado con antelación a examinar muy de cerca, en primera persona como usuarios todas las características del modelo alternativo. Una breve ojeada a los cuadros directivos de los medios clásicos españoles demuestra de manera fehaciente que están aún dominados por personas cuyos logros y carrera profesionales se fraguaron durante el siglo pasado, no durante este. Personas que únicamente ansían que la velocidad del cambio se ralentice lo suficiente como para poder jubilarse a gusto. Decididamente, no el tipo de personas que quieres en tu empresa si lo que se plantea es un reto de adaptación a un nuevo escenario.

Lo he comentado hasta la saciedad: no es imposible hacer buen periodismo y ganar dinero en la era de la red. La red ofrece más proximidad con los usuarios, y eso es una bendición se mire como se mire. Donde antes había que imprimir y distribuir, ahora solo hay que apretar un botón. Si ese simple hecho te impide ganar dinero, es que tienes un problema. La proximidad te puede permitir mejorar enormemente tu propuesta de valor para el usuario. Algunos medios lo convierten en una forma de asegurarse un pago por parte de ese usuario, en concepto de acceso, de contribución voluntaria, de funciones adicionales o incluso de orgullo de pertenencia. Otros, los más, lo usan para convertirse en insustituibles, para garantizarse un sitio en la dieta informativa de sus usuarios en una época en la que conformar esa dieta informativa puede resultar un auténtico reto, e intentar ganar dinero gracias a la publicidad.

La publicidad… ¿por qué, en vez de lamentarse porque no ganan dinero con ella, intentan aprender a hacerla? En lugar de patéticos mensajes que molestan e interrumpen, buscar oportunidades para de verdad adaptar el mensaje a los intereses del usuario, para buscar una afinidad entre anunciantes y contenido que no enturbie ni condicione al segundo en virtud de la voluntad del primero, en base a unas reglas y criterios tan claras, rígidas y transparentes que no dejen espacio para las dudas? No, en lugar de eso, los medios clásicos prefieren vender su imagen a los intereses de quien sea, sea gobierno o pagador de publirreportaje de turno, escondiendo su condición de publicidad y mezclándola indecentemente con el contenido. O castigar a sus usuarios con una sucesión de formatos molestos e incómodos, para después extrañarse cuando la tasa de adopción de bloqueadores de esa publicidad supera el 20%.

Lo primero que tendrían que hacer los accionistas de esos medios en crisis no es vender su imparcialidad ante el gobierno de turno a cambio de un canon, sino enviar a sus directivos al punto más frío conocido de toda Siberia. Alejarlos de la gestión y de la compañía, y ejemplificar con ello al resto de la empresa lo que va a ocurrirles a todos aquellos que hagan gala de la más mínima voluntad de no adaptarse. ¿Se puede hacer buen periodismo en la era de la red? Que se lo pregunten a medios nativos digitales que cada día se cuelan de manera más evidente en nuestro consumo de noticias, que descubren noticias importantes, que se convierten en el sitio que incluso antiguos directivos de la prensa convencional escogen para desvelar o filtrar sus exclusivas. Que llevan a cabo análisis infinitamente mejores que el medio clásico y generalista de turno, en el que una serie de personas desmotivadas intentan desesperadamente y con cada vez menos medios mantenerse a la altura y seguir mostrando un poco de pundonor profesional. No, el problema de la prensa no está en los profesionales que elaboran la información día a día, ni en los usuarios, ni en los agregadores, ni en la tecnología: está en una generación de directivos incompetentes e incapaces de adaptarse al cambio.

No, no digo que sea sencillo. Es un reto, indudablemente. Exige muchos cambios, muchos de los cuales suponen adentrarse en modelos poco conocidos, en avenidas aparentemente complicadas, en las que el rendimiento económico no aparece a la vuelta de la esquina. Supone trabajar para intentar crear el mejor producto posible para el escenario actual, pensando que ese mejor producto terminará por generar dinero, porque cuando se crea valor, se termina indefectiblemente por recibir una parte de ese valor. Así, perdiendo dinero, trabajaron empresas que cuando se iniciaron en lo suyo, no tenían modelo de negocio, pero ese modelo de negocio terminó por aparecer y por convertirlas en gigantes. Así trabajan algunos medios, en una loca carrera por convertirse en grandes medios en internet, en referencias válidas de nuestro tiempo, a pesar de que pierden dinero todos los meses. Pero no, nuestra caverna directiva española prefiere reírse de esos ejemplos, ridiculizarlos, y dedicarse a mendigar un canon al gobierno de turno a cambio de dejar de informar de ciertas cosas que no convienen.

Tiene razón Don Arturo: “la gente pagaría con gusto si encontrase honradez, capacidad de generar noticias, amenazar al poder corrupto independientemente de quien sea“. Hay medios de nuevo cuño en España que han sido capaces de convencer a un porcentaje significativo de su creciente audiencia para que contribuyan con dinero contante y sonante a su existencia. Que paguen no porque se les intenta obligar, no porque se quieren reducir sus opciones de informarse, sino porque quieren sentirse parte de una iniciativa como esa. Porque quieren tener el orgullo de participar en un medio que sirve para lo que debe servir un medio. Hay otros que intentan convencer a anunciantes de que lo mejor que pueden hacer es asociar sus mensajes publicitarios con contenidos que los usuarios quieren consumir, que pueden obtener un valor elevado del hecho de no molestar ni perseguir, sino de formar parte de algo que sus usuarios valoran.

Eso es lo que los directivos de los medios clásicos españoles, agrupados en una asociación de incompetentes llamada AEDE, no quieren ver. Eso es lo que les va a convertir cada vez más en una industria prescindible, en una cueva de intereses empresariales que no duda en vender, en subastar ante el poder hasta la más pura esencia del periodismo, con el fin de seguir pagando sus sueldos. Tienen una pieza cuadrada, un agujero redondo y un martillo. Y piensan seguir golpeando hasta que entre.

 

This article is also available in English in my Medium page, “Adapt or die: the simple truth about technology and the newspaper industry

¿Qué hacemos con las cabinas de teléfonos?

Escrito a las 3:10 pm
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IMAGE: Christian Delbert - 123RFInteresante artículo en Quartz al hilo de la petición de propuestas del ayuntamiento de la ciudad de Nueva York para remodelar la red de cabinas telefónicas de la ciudad, a la que están concurriendo empresas como Google, Verizon, IBM, Cisco, Samsung y hasta cincuenta más, incluida la malograda Gowex

¿Para qué sirve hoy una cabina de teléfonos? En plena era de la telefonía celular, la necesidad de proporcionar una red de telefonía pública en las calles empieza a resultar anacrónica, y no puede ya justificarse ni siquiera por criterios de exclusión sociodemográfica: un teléfono móvil es ya lo primero que obtienen incluso los inmigrantes ilegales cuando acceden a la frontera de un país.

Indudablemente, los rendimientos de la función intrínseca de una cabina de teléfonos, hacer llamadas telefónicas, han ido decreciendo hasta el punto de convertirse en meramente testimoniales, salvo en momentos de emergencias y colapso de la red celular. La red de algo menos de nueve mil teléfonos que quedan en Nueva York fueron utilizados para alrededor de veintisiete millones de llamadas durante el año 2011, una media de poco más de ocho llamadas por cabina y día. En términos de rendimiento económico de las comunicaciones, parece claro que ni las compañías telefónicas ni los ayuntamientos – el de NYC recibe un tercio del importe de las llamadas – pueden estar demasiado satisfechos. Como soporte publicitario, la factura es algo más interesante: el ayuntamiento de la ciudad norteamericana obtuvo casi diecisiete millones y medio de dólares.

Sin embargo, una infraestructura de puestos conectados en lugares estratégicos en una ciudad no puede ser minusvalorada. Sea como forma de proporcionar conectividad mediante WiFi, como red de aviso de emergencias o de otras maneras, parece claro que la tecnología tiene que haber generado formas razonables de poner esa infraestructura en valor.

Algunas personas piensan que los ayuntamientos podrían encontrarse con la oposición de las operadoras si tratasen de poner en valor esas cabinas de teléfonos como puntos de acceso WiFi, creando redes de cobertura municipal. De hecho, ese era precisamente el principal punto de fricción hace algunos años, como yo mismo pude experimentar en las conversaciones sobre el futuro de la ciudad de Madrid, en un foro en 2005 llamado FOROmaR, pero decididamente, ya no parece serlo. En el mundo actual, las operadoras están locas por poder quitarse de sus infraestructuras cuanto más tráfico de datos mejor, y el WiFi se apunta como una de las grandes esperanzas en ese sentido. Pocos o ningún usuario cancelaría su contrato de datos por el hecho de contar con una red WiFi ciudadana tendida utilizando las cabinas de teléfonos, sencillamente porque la considerarían poco operativa o fiable y no querrían prescindir del uso de datos en otras situaciones en las que la cobertura de esos puntos no fuese adecuada o estuviese saturada, lo que convierte la alternativa de las cabinas en una buena manera de hacer offloading de sus antenas – particularmente en zonas urbanas con elevado tráfico de datos – y mantener a sus clientes satisfechos.

Pero además del obvio uso de la provisión de conectividad, todo indica que las propuestas incluirán kioscos electrónicos de información local o municipal, servicios de emergencias o soporte publicitario, aunque hay ciudades en las que han sido utilizadas incluso como punto para albergar desfibriladores.

¿Qué otros usos podrían proponerse para una infraestructura como la red de cabinas telefónicas?

 

This article is also available in English in my Medium page, “What are we going to do with all those public phone booths?” and also republished at The Daily Dot

Tenle miedo, mucho miedo

Escrito a las 4:39 pm
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IMAGE: Cubrazol - 123RF (modified)

En el desenlace de un caso histórico desde el punto de vista jurídico, una jueza estadounidense, Loretta Preska, ha sentenciado que Microsoft está obligada a entregar a la justicia de los Estados Unidos los datos de un usuario de su correo electrónico implicado en un caso de tráfico de drogas, pero que estaban almacenados en un servidor en Irlanda.

En circunstancias normales, el tribunal estadounidense que investiga el delito tendría que solicitar a Irlanda los datos mediante el tratado legal de asistencia mutua (MLAT) correspondiente, un mecanismo previsto para ese fin, pero que fue calificado por la parte demandante como de “generalmente lento y laborioso”. Así que, ante la lentitud del procedimiento, la jueza opina que es mejor saltarse todos los principios básicos del derecho internacional y legislar que para los Estados Unidos,

“It is a question of control, not a question of the location of that information” 

(“es una cuestión de control, no una cuestión de dónde está la información”)

Una sentencia que Microsoft se ha apresurado a apelar, pero que de un solo golpe destruye la confianza en toda empresa tecnológica norteamericana: si eres usuario de los productos de cualquiera de estas empresas, cualquier petición llevada a cabo por un tribunal norteamericano llevará a que la empresa ponga todos tus datos a disposición del juez, aunque no seas ciudadano norteamericano ni tengas nada que ver con los Estados Unidos. Obviamente, tu información, o la de tus clientes: el hecho de usar los productos de una empresa norteamericana hará que cualquier juez pueda solicitar a dicha empresa los datos de tus clientes, por el simple hecho de tener control sobre ellos, independientemente de la parte del mundo en la que estén esos datos. La legislación de privacidad y de protección de datos europea o del país que sea no tiene la menor importancia, y se convierte, de facto, en auténtico papel mojado si es un juez norteamericano el que solicita esos datos.

El veredicto es equivalente al que los Estados Unidos utilizan para atacar a personas con drones en cualquier parte del mundo, independientemente de la jurisdicción en la que se encuentren: para los Estados Unidos, el mundo es su jurisdicción, está cubierto por la Pax Americana, y hacen en ella lo que quieren sin encomendarse a dios ni al diablo. En un mundo que dominan desde el punto de vista tecnológico, acaban de un plumazo de decretar que toda herramienta perteneciente a una empresa norteamericana está obligada a entregar los datos de cualquier persona, independientemente de su ciudadanía o de la localización en la que se encuentre ese dato. Sencillamente impresionante: acabamos de redefinir el concepto de “jurisdicción universal”, y además lo hemos hecho en una sola dirección. 

Para algunas industrias, decididamente, esta sentencia va a ser una importante llamada de atención. La confianza en los productos tecnológicos de las empresas norteamericanas no termina donde lo hace el acuerdo de nivel de servicios (SLA) y las cláusulas de confidencialidad que hayas formado con ellas, sino donde al juez norteamericano correspondiente le dé la gana. Condiciones como esa, unidas al puro y duro espionaje que gracias a Edward Snowden sabemos tiene lugar por parte de la administración norteamericana, hicieron hace poco que el gobierno alemán cancelase un contrato con el proveedor norteamericano Verizon, y sin duda van a llevar a que empresas de otros países sean privilegiadas sobre las norteamericanas a la hora de pensar en determinados contratos en los que la privacidad o el acceso a los datos sean una cuestión importante.

Una noticia reciente afirma que los terroristas están empezando a utilizar sus propios desarrollos de criptografía, en forma de apps sobre Android, para proteger así sus comunicaciones. Tal vez no sea muy tarde para que tu empresa, si valora en algo la seguridad de sus datos o la de los datos de sus clientes, empiece a tomar ejemplo de los terroristas y a hacer exactamente lo mismo.

This article is also available in English in my Medium page, “How a US court has just redefined universal justice

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