Mi columna de esta semana en Invertia se titula «Prohibir a los menores o prohibir el negocio que vive de engancharlos» (pdf), y trata sobre esa tentación política, cada vez más extendida, de abordar la relación entre adolescentes y redes sociales como si el problema pudiera resolverse simplemente levantando una barrera de edad, fijando una cifra redonda y anunciando una prohibición con tono solemne. Es una idea atractiva porque suena contundente, porque permite a los gobiernos presentarse como protectores de la infancia y porque convierte un problema complejo en una consigna fácilmente comunicable. Pero precisamente por eso conviene mirarla con cautela: cuando una cuestión profundamente estructural se traduce demasiado deprisa en un ...
