Hubo un tiempo en que las redes sociales servían para algo tan sencillo como saber qué hacían nuestros amigos. En ellas nos reencontrábamos con antiguos compañeros de colegio, veíamos las fotografías de unas vacaciones familiares, felicitábamos un cumpleaños o manteníamos una conversación con personas que nos interesaban. La propuesta de valor estaba en el llamado social graph: tú elegías a quién seguir y la plataforma te mostraba lo que esas personas publicaban.
Aquella promesa ha desaparecido. No por accidente, ni porque los usuarios se hayan vuelto aburridos, sino porque conectar personas resultó ser un negocio mucho menos rentable que manipular su atención. Las plataformas sustituyeron progresivamente el grafo social por el algoritmo de recomendación: dejaron de enseñarnos lo que habíamos pedido ver y comenzaron a imponernos aquello que, según sus cálculos, podía mantenernos más tiempo mirando una pantalla.
El resultado es que cada vez sabemos menos de nuestros amigos y cada vez vemos más vídeos de desconocidos haciendo estupideces, de polémicas fabricadas y teorías conspiranoicas para débiles mentales, de contenidos vacíos generados automáticamente y de personajes absolutamente banales que confunden notoriedad con relevancia. Las redes sociales han dejado de ser espacios de relación para convertirse en canales de televisión infinitos, personalizados mediante vigilancia y sin un botón de apagado.
Una encuesta de Incogni muestra hasta qué punto el modelo se ha agotado: el 55% de los estadounidenses afirma publicar menos que hace cinco años, el 53% limita más quién puede ver sus contenidos y casi la mitad ha eliminado alguna aplicación social o de mensajería por el estrés o la ansiedad que le provocaba. Para el 51%, mantener una presencia en línea ya se parece mucho a un trabajo, porcentaje que alcanza el 60% entre los miembros de la generación Z.
La frase me parece extraordinariamente reveladora: «se parece a un trabajo». Publicar exige escoger una imagen, editarla, redactar un texto, anticipar reacciones, responder comentarios y comprobar después cuántos «me gusta» ha conseguido. Cada persona se convierte en responsable de comunicación de su propia existencia, obligada a construir una marca personal y a mantenerla activa para que el algoritmo no la condene a la irrelevancia.
Así se genera una competición permanente, estresante… y completamente inútil. Ya no basta con vivir: hay que exhibir que se vive. No basta con viajar, comer, leer o hacer ejercicio: hay que demostrarlo públicamente y hacerlo de forma suficientemente fotogénica. Cada publicación es comparada con la vida cuidadosamente editada de los demás, en una gigantesca hoguera de vanidades donde todos parecen más felices, más guapos, más productivos y más interesantes de lo que realmente son.
En la parte superior de esa pirámide de basura aparecen los llamados influencers, convertidos en modelos aspiracionales de una economía basada en fingir autenticidad. Su supuesto valor consiste en mostrarse espontáneos mientras venden sus menciones al mejor postor. Recomiendan hoteles, cosméticos, restaurantes, suplementos, ropa o destinos turísticos sin la más mínima objetividad y convirtiendo en completamente imposible diferenciar una opinión real, general sin criterio alguno, de una mera transacción comercial. La amistad simulada se convierte en publicidad, y la intimidad, en escaparate.
Pero el problema no es únicamente la banalidad del contenido. Debajo de ese absurdo circo existe una infraestructura de vigilancia extraordinariamente sofisticada. La Federal Trade Commission estadounidense concluyó que las grandes plataformas recopilan enormes cantidades de información sobre usuarios y no usuarios, pueden conservarla indefinidamente, adquirir datos a intermediarios y compartirlos ampliamente. La finalidad fundamental es monetizar ese conocimiento mediante publicidad dirigida.
Cada pausa, cada desplazamiento del dedo, cada vídeo repetido y cada reacción sirve para completar un perfil. Las plataformas no necesitan que publiquemos: les basta con que miremos. De hecho, la retirada de los usuarios de la participación activa no implica necesariamente que abandonen las aplicaciones. Muchos dejan de hablar, pero continúan desplazándose pasivamente como zombies por el contenido, haciendo doomscrolling como si su vida y su felicidad dependiese de ello. Es el triunfo perfecto del modelo: menos conversación, menos comunidad y más consumo silencioso.
Por eso, que millones de personas publiquen menos no significa que las redes sociales estén recuperando la sensatez. Significa que el contrato social sobre el que fueron construidas se ha roto. Seguimos entrando en unas plataformas pensadas originalmente para relacionarnos, pero ya no encontramos allí a las personas que buscábamos. Encontramos anuncios, propaganda, estafas de todo tipo, polarización, contenido industrial y recomendaciones destinadas a provocar cualquier emoción susceptible de prolongar la sesión.
Como escribí al describir las redes sociales como un experimento fallido, el problema no es que funcionen mal, sino que funcionan exactamente como exige su modelo de negocio. Y como ocurre con Meta, pensar que basta con algunos ajustes cosméticos, mejores controles parentales o nuevas opciones de privacidad es ignorar completamente la raíz del problema.
Las redes sociales prometieron conectarnos y terminaron aislándonos en escaparates individuales, observados constantemente por máquinas que subastan nuestra atención. Ya no queda nada de lo social. Solo una televisión absurda, una competición agotadora y un sistema de vigilancia que conoce nuestras debilidades para vendernos algo en el momento más oportuno. Quizá por eso estamos dejando de publicar: porque, finalmente, hemos comprendido que allí ya no hay nadie escuchando. Solo algoritmos mirando.
This article is also available in English on my Medium page, «Why we’ve stopped posting on social media (and what it means for our mental health)»


Es condición humana aparentar, no?
Pregunta o afirmación???
Para mí dejaron de tener utilidad por culpa de los propios usuarios: en vez de mantener un círculo real de 10 personas, empezaron a aceptar invitación de amistad de sus parientes y sus conocidos (de 10 a mil contactos). Ello llevó a que tú, al interaccionar con tu colega, interaccionaras indirectamente con una legión de cuñados que no creían en el cambio climático y que pensaban que el origen de la inflación lo tiene el presidente de tu país.
Este hecho diferencial ocurrió cuando el covid, y destruyó la utilidad que tenía para mí todo el asunto. El lodazal en caída libre posterior, me lo he perdido.
Por otro lado, todo lo que describes es simplemente el espejo más fidedigno jamás construido en toda la historia de la humanidad. Pones al humano delante, y lo retrata con una precisión que da miedo.
A mí me pasó algo parecido.
Hace muchísimo tiempo estuve en Facebook principalmente para mantenerme en contacto con amigos, pero terminé borrando todos los datos de mi cuenta cuando me harté de que me llegasen avisos constantes de algunos de ellos que no paraban de publicar chorradas y etiquetar fotos con mi nombre sin pedirme permiso antes. Y también cuendo me harté de que me llegasen las chorradas de sus amigos.
Ahora sólo mantengo la cuenta por si para alguna promoción insisten que me identifique con Facebook.
Prefiero poder mantener el contacto por otros medios sin que sea el equivalente a vocear nuestras cosas por la calle.
Ojalá esa banalidad las haga desaparecer. La generación Z ya está criando a sus hijos sin «móviles» y sin «pantallas»
Mi hermano de los 90 con mis dos sobrinas es un gran exponente. Es influencer con varios miles de seguidores y no le desea esa esclavitud a sus hijas. Él mismo está harto pero tampoco tiene otras opciones para dar a conocer su música.
Desde este blog hemos visto el auge y apogeo de las redes sociales. Tal vez entre tanto comentario acabemos viendo su ocaso y devenir.
Justo ayer observaba a una persona haciendo uso de tik tok. Durante todo el trayecto de metro, el proceso se podía resumir en ver los primeros 5 segundos de video, como máximo. Alguno logró mantener su atención por hasta 10 segundos, y en ese tiempo, observaba a la velocidad del rayo los primeros comentarios, y a partir de ahí tomaba una decisión de si darle un like o no. A veces volvía a un video anterior, posiblemente porque cambió de opinión.
Es un proceso que he notado con cierta frecuencia, lo que me hace pensar que se tiende a dar un sentido y utilidad a datos como el número de visionados y likes, cuando no hay que ser muy espabilado para darse cuenta que esa manera de consumir videos aporta como único valor el inflar estos datos, que a su vez da como resultado una interpretación falsa de lo que significa. Dudo mucho que esta persona recordará nada de lo que vio un par de minutos después.
Que hayamos pasado de curiosear e interactuar con gente que hemos conocido a esto… es muy muy loco.
Llevo unos años lamentándome, y quejándome, de que las redes sociales ya no son horizontales, son verticales.
La paradoja es que ejerciendo una actividad que podríamos resumir en ‘Cotos digitales de atención’
todavía las seguimos llamando redes ‘sociales’.
Precisamente explotan actitudes antisociales.
Lo de social: ‘me lo expliquen’.
Dos cosas me han llamado la atención, para mostrar mi total disconformidad con el texto… algún día tenía que llegar. Aunque lleva pingas sueltas, desde que empezó el asunto a tocarse.
Empecemos por abajo : «escaparates individuales» (ED), que nos lleva a la ciudad de Amsterdam y su calle de prostitutas (as) en oferta limitada. Cuando la visité, pude notar la enorme decadencia del imperio europeo, por lo que , dado que ya estaba muy clara (esa decadencia), la visita no me valió de mucho. Pero, considerar que una maravillosa ciudad como ella queda definida por esa calle, es de un reduccionismo absurdo y de mucha tela. Porque.. los escaparates se miran, si uno tiene ganas de mirarlos.
«han dejado de ser espacios de relación» (EDans). llegamos a la madre del cordero, si nos sabemos generar espaciotiempos de relación, con los fiftros correspondientes, para sobrevivir en un ecosistema social en perpetuo cambio, mejor nos tomamos un tinto de verano y nos vamos a una playa, mediterránea, que allí nos relacionaremos mucho. Cada uno escoge el bar que mejor le va, pero dejemos a la cultura del bar en paz… pocos lugares más democráticos quedan par relacionarse.. aunque los Ayusos y los Florentinos intenten controlarlos.
Que «han dejado de ser espacios de relación» es una afirmación poco pensada… y que sigue una creencia sobre las redes muy extendida, entre gente «enteradilla».
Y por cierto la X actual tiene escaparates mucho más vistosos y conseguidos. Su algoritmo no ha llegado al despelote del de Instagram, por ejemplo.
Por solo decir un ejemplo, en X se puede seguir a un traductor de la Odisea (poeta él mismo) que resulta delicioso leer, por cómo habla de lo que habla (largo y tendido, por cierto)… pero para gustos…
Y, desde luego, sustituir el grafo familiar/amigotes por uno más social, aunque sea dirigido ( qué eno hay dirigidod hoy ene día!!!) no me parece un retroceso. A ver porque no puedo leer las barbaridades que dice un Feijoo, a través de sus propias publicaciones, o las de sus adláteres.
Ya noto por donde pueden ir los tiros, cuando algunos hablan tan mal de las IAs… como de Youtube o de los blogs (redes sociales para mí, solo que mejor que las «tradicionales»).
Solo utilizo WhatsApp. y Twitter.
En WatsApp pertenezco a 37 grupos de personas con algún interés común (amistad, parentesco, relación comercial….), no hay ni un solo «influencer»
En Twitter por el contrario sigo solo a 40 personas (entre las que estás tu) que a mi juicio por la posición social que ocupan y por su profesión, están en situación de observar mas lejos de lo que yo por mis medios puedo alcanzar.
Considero que en conjunto. las redes sociales han permitido que tenga una vida mejor informada y mas en contacto con otras personas. Yo no veo los riesgos que relatas y si bien es cierto que nos vigilan, poco añaden a lo que inevitablemente dejamos que se entere nuestro smartphone.
Todas tienen sus algoritmos y debemos de ser cuidadosos en lo que escribes da lo mismo el idioma el algoritmo si no la acepta te llaman la atención, he vuelto a publicar el mismo contenido y no ha ocurrido nada, la razón los algoritmos están programados para recoger datos y enviarlos al NSA de Ohio.
Todas las redes sociales se han vuelto espías de todos los usuarios aunque no estés no te escapas.
Es curioso, como el autor explica en su artículo, una opinión sobre un tema que está desde mi punto de vista bastante claro y bien explicado, y cada uno interpreta una cosa diferente.
Y tu, hijo mio… que es lo que interpretas…???? XDDD
Hace poco, cuando dije, entre un grupo de amigos artistas, que yo no estaba en la redes sociales, me dijeron: «Eres un subversivo, un revolucionario». No supe si tomármelo como piropo o como insulto, pero pensé, para mis adentros, que ojalá otros se unieran a esta revolución.
Buenos días,
Una pregunta que me ronda: ¿tendría sentido que la administración pública construyera algo así como una «plaza digital», igual que financia plazas o mercados físicos sin que sean rentables?
El precedente de EU Voice (Mastodon institucional de la UE, cerrado por falta de uso) sugiere que copiar el formato no basta si no hay incentivo real para ir. Pero quizá lo local sí lo tenga, algo que Instagram nunca podrá ofrecer por diseño.
¿Habéis planteado en el blog algo en esta línea? Me interesa mucho leer qué piensa la gente sobre posibles soluciones al problema.
Twitter, a parte de tener el TL «Para ti» el algoritmo, tiene el TL «Siguiendo» que además puede ser por ordenen de popularidad y estrictamente siguiendo.
La elección está ahí, y la gente sigue yendo principalmente al algoritmo.
Ciertamente es así: si quieres ver solamente lo que seguis, pues le das a «Siguiendo». Si prefieres ver de todo y, además, bien mezclado, pues le das a «Para tí».
Saludos.
Estoy muy de acuerdo con Enrique Dans y hace tiempo que me di cuenta de esto. Por eso me di de baja en Facebook e Instagram después de muchos años. En Twitter solo estuve un tiempo hace años pero me fui cuando vi el infierno que era. TikTok, no he llegado a tenerlo ni creo que lo tenga jamás. Y YouTube, lo tengo premium pero no lo utilizo en su faceta «social». Simplemente me resulta muy útil para ver cosas que me interesan. Whatsapp sí lo tengo porque hoy por hoy lo considero la única red social que queda y me resulta muy útil para muchas cosas y creo que la app está bastante bien, aunque no hago caso a funciones como los canales o la IA.
En la plataforma Meta (FB, instagram) debo tener 10 cuentas bloqueadas.
El sistema de (in)seguridad funciona asi:
unas por usar Linux, otras porque en mi empresa usan Cloudflare Warp, otra en mi Universidad usan otra ubicacion.
Cada cuenta son años de personalizacion y algoritmo que se fueron. Mejor así, cuenta generica pierde mi interes.