Hay ideas que en Estados Unidos suenan automáticamente a herejía, casi como si soltases una blasfemia salvaje en medio de una convención libertaria. Proponer una inteligencia artificial pública, nacional o incluso multinacional, es una de ellas. Allí, donde una parte significativa del debate tecnológico sigue atrapada en la fe casi religiosa en el mercado, la simple posibilidad de que una capacidad estratégica como la inteligencia artificial pueda concebirse como infraestructura pública provoca escalofríos.
Fuera de ese marco ideológico, sin embargo, la cuestión empieza a parecer bastante menos extravagante. Si aceptamos sin demasiados problemas que haya sanidad pública, educación pública, transporte público o bibliotecas públicas, ¿por qué habría de ser impensable una inteligencia artificial pública? ¿Por qué tendríamos que resignarnos a que una tecnología con un impacto potencialmente estructural sobre la economía, la administración, la educación, la ciencia o la defensa quede exclusivamente en manos de un puñado de compañías privadas estadounidenses?
La discusión no surge de la nada. Bruce Schneier y Nathan Sanders han defendido recientemente que Canadá debería apostar por una inteligencia artificial pública propia, construida como infraestructura nacional y orientada al interés general, no a la extracción de rentas ni a la lógica del crecimiento infinito. Su argumento no es meramente identitario ni una variante tecnológica del patriotismo económico. Es algo más interesante: la constatación de que, si la inteligencia artificial va a convertirse en una capa esencial de coordinación social, dejarla en manos de plataformas privadas extranjeras equivale a privatizar una parte creciente de la capacidad de decisión colectiva. En su planteamiento, esa inteligencia artificial pública podría servir para salud, educación, empleo, transporte o administración, y hacerlo bajo criterios de transparencia y supervisión democrática, no bajo los incentivos opacos de una empresa con accionistas, rondas de financiación y acuerdos geopolíticos propios.
Lo verdaderamente incómodo de esta discusión es que llega justo cuando las grandes compañías pretenden vendernos la idea contraria: que la soberanía tecnológica de un país puede externalizarse cómodamente a través de acuerdos con ellas. El programa OpenAI for Countries se presenta, por ejemplo, como una forma de ayudar a los países a desplegar inteligencia artificial supuestamente «democrática», pero el propio planteamiento deja claro que se articula en coordinación con el gobierno estadounidense. Es decir, no estamos hablando de soberanía en el sentido fuerte del término, sino de soberanía delegada, supervisada y, en última instancia, subordinada a la arquitectura política, regulatoria y estratégica de Estados Unidos. Llamar a eso soberanía es como llamar dieta mediterránea a una hamburguesa con una aceituna encima.
Canadá, de hecho, ya tiene una base material para explorar otra vía. Su Canadian Sovereign AI Compute Strategy prevé inversiones públicas y comerciales para aumentar la capacidad doméstica de computación, proteger datos e impulsar soluciones desarrolladas en el país. El problema, como apuntan Schneier y Sanders, es que una estrategia de computación soberana puede quedarse en una mera subvención indirecta a proveedores privados si no se acompaña de una decisión política más ambiciosa sobre propiedad, gobernanza y acceso. Invertir dinero público para terminar dependiendo de modelos cerrados, APIs ajenas y condiciones de uso fijadas en otro país no es soberanía: es simplemente alquilar dependencia a gran escala.
Lo interesante es que ya existen precedentes que desmontan la objeción de que todo esto sería inviable, caro, inferior o técnicamente fantasioso. Suiza ha impulsado Apertus, un modelo abierto, multilingüe y financiado desde instituciones públicas y académicas, desarrollado por EPFL, ETH Zurich y el Swiss National Supercomputing Centre. No compite en la carrera testosterónica por la «superinteligencia», pero sí demuestra algo mucho más importante: que puede construirse una inteligencia artificial útil, abierta, auditable y alineada con prioridades públicas sin aceptar como dogma la opacidad corporativa ni la escalada presupuestaria de Silicon Valley. La propia descripción del proyecto subraya su vocación de transparencia, diversidad lingüística y apertura. Schneier y Sanders añaden que precisamente ahí está el cambio de paradigma: tratar la inteligencia artificial como infraestructura pública, no como mercancía privada.
Además, esta idea no es una ocurrencia marginal, sino una línea de reflexión que empieza a aparecer en espacios muy serios. La OCDE habla ya de «infraestructuras públicas de inteligencia artificial» y plantea vías de intervención pública en computación, en datos y en modelos. Su enfoque es sensato porque no propone imitar ciegamente el gasto descomunal de los laboratorios privados, sino identificar capas del ecosistema donde la provisión pública puede reducir dependencias y corregir la concentración de poder. Es decir, no se trata de montar un clon estatal de OpenAI para jugar a ser Sam Altman con dinero del contribuyente, sino de construir capacidades estratégicas allí donde el mercado está produciendo un oligopolio con unos efectos políticos evidentes.
Pero quizá la idea más interesante no sea la de una inteligencia artificial nacional, sino la de una inteligencia artificial verdaderamente multinacional. Porque si algo caracteriza el momento actual es la deriva hacia una carrera armamentística tecnológica en la que Estados Unidos, China y, en menor medida, Europa compiten por dominar la próxima generación de modelos. La lógica es la de siempre: quien controla la tecnología controla el poder económico, militar y cultural asociado a ella. Sin embargo, también podríamos imaginar otro escenario menos cínico, sin caer necesariamente en ingenuidades lennonianas: que varios países decidieran colaborar para crear una infraestructura de inteligencia artificial abierta, compartida y gobernada colectivamente.
No sería, en realidad, una idea completamente nueva. Internet nació en buena medida de colaboraciones académicas internacionales. El CERN es un ejemplo de ciencia multinacional financiada colectivamente. El propio sistema de navegación Galileo de la Unión Europea es una infraestructura tecnológica pública construida entre múltiples estados. Si esos modelos han funcionado para la física de partículas, para la navegación por satélite o para la investigación científica, ¿por qué no podrían funcionar para la inteligencia artificial?
Imaginemos por un momento lo que podría surgir de un consorcio global de inteligencia artificial en el que participaran países con tradiciones distintas pero valores compatibles: Europa aportando regulación y diversidad lingüística, Canadá experiencia en investigación en inteligencia artificial, Japón y Corea su potencia industrial, los países nórdicos su tradición de transparencia institucional, India su escala demográfica y talento tecnológico, o incluso países del sur global aportando perspectivas culturales y lingüísticas que hoy están prácticamente ausentes en los grandes modelos. El resultado no sería necesariamente el modelo más grande ni el más espectacular desde el punto de vista del marketing, pero podría ser el más plural, el más auditable y el más alineado con el interés público global.
Además, un proyecto de ese tipo podría romper uno de los problemas más graves de la inteligencia artificial actual: su profunda asimetría cultural. Hoy, la mayoría de los modelos reflejan inevitablemente los sesgos lingüísticos, políticos y culturales de los países y empresas que los entrenan. Una inteligencia artificial construida mediante cooperación internacional podría incorporar deliberadamente una diversidad mucho mayor de datos, perspectivas y contextos, convirtiéndose en algo más parecido a una infraestructura cognitiva global que a un producto exportado desde Silicon Valley.
Por supuesto, todo esto suena peligrosamente idealista. La geopolítica contemporánea no parece especialmente inclinada hacia la cooperación desinteresada, y la tentación de utilizar la inteligencia artificial como instrumento de poder estratégico es enorme. Pero precisamente por eso la idea merece discutirse. Porque si la única narrativa posible es la de una carrera tecnológica en la que cada bloque intenta aplastar al otro, el resultado previsible será una fragmentación tecnológica del mundo en ecosistemas incompatibles, cada uno dominado por sus propias corporaciones y agendas políticas.
Y quizá la pregunta más interesante sea otra: ¿de verdad es más realista confiar el futuro cognitivo del planeta a media docena de empresas privadas que a una arquitectura de cooperación pública entre países? La primera opción es la que tenemos ahora mismo, y ya estamos viendo sus límites. La segunda exigiría voluntad política, instituciones sólidas y una visión a largo plazo que escasea en la política contemporánea, pero que no es técnicamente imposible. De hecho, probablemente sería más fácil que muchas de las megainfraestructuras que ya hemos construido colectivamente.
En realidad, la discusión sobre la inteligencia artificial pública, nacional o multinacional, no trata realmente sobre algoritmos ni sobre GPUs. Trata sobre quién controla la infraestructura cognitiva del siglo XXI. Si será una capa pública, plural y supervisada democráticamente, o si quedará en manos de un pequeño número de plataformas privadas con incentivos comerciales y ambiciones geopolíticas propias. La cooperación internacional en torno a una inteligencia artificial pública no resolvería automáticamente todos los problemas, pero al menos abriría la puerta a algo que hoy parece casi revolucionario: que una tecnología fundamental para el futuro de la humanidad se diseñe deliberadamente para beneficiar a esa humanidad, y no únicamente a quienes logren dominar primero el mercado. Y sí, quizá suene un poco utópico. Pero comparado con la alternativa actual, tampoco parece la idea más descabellada del mundo.


¿Y si el éxito de Silicon Valley fuera nuestra mayor derrota política?
Este artículo me parece una excelente reflexión sobre la IA pública porque resuena con las tesis de la soberanía estructural multinivel: ante asimetrías de recursos tan brutales, los Estados no pueden competir solos. Necesitan coaliciones (modelo Galileo o CERN) para evitar el oligopolio interpretativo que hoy ejercen unas pocas empresas.
Dejar la IA exclusivamente en manos privadas es permitir que la arquitectura técnica cierre el campo de lo posible antes de que la política pueda siquiera deliberar. Una IA pública no debería intentar ser un clon de ChatGPT, sino una infraestructura que priorice la fricción productiva (auditorías, pausas y transparencia) frente a la «fluidez» ciega del mercado.
La pregunta no es solo quién domina el mercado, sino quién controla la infraestructura cognitiva del siglo XXI (la democracia es un régimen cognitivo… o eso debería ser): ¿Será un bien público auditable o otra caja negra irreversible?
El reto es enorme: si se logra esa IA multinacional, hay que garantizar que su diseño sea inteligible para el ciudadano común. De lo contrario, solo estaríamos cambiando la opacidad corporativa por la «oscuridad del auditor estatal». La verdadera soberanía no es solo tener la propiedad del algoritmo, sino conservar la capacidad real de rediseñarlo y revertirlo sin que el sistema colapse.
Es un debate difícil (porque nos obliga a cuestionar el dogma sagrado de nuestra época: la eficiencia), pero absolutamente necesario…
¿La democracia es un régimen cognitivo? Desarrólleme esta audaz aseveración en una página de Word a dos espacios, y preséntemela en menos que canta un gallo para que ser evaluada por nuestros expertos en régimen democráticos.
Pero ya le adelanto que va a tener que sudar la gota gorda y la tinta china para argumentar semejante y colosal despropósito.
Hale, espabile que ya va tarde.
Hace unos días, (14 marzo 2026), propuse en este blog la misma idea, pero por distinto motivo. La inversión en AI es tan estratosférica, que posiblemente nunca será rentable para empresas que busquen el beneficio empresarial, pero por otra parte, será una infraestructura y servicio, tan imprescindible a la economía de los países, que los estados tengan que mantener el coste de la infras estructura, (Centros de datos),
Como ocurre con otras infrestructuras de comunicación, (ferrocarriles; red de carreteras, sanidad, educación, controladores aéreos …), que son generalmente empresas estatales, sin que por ello se rompan las vestiduras los amantes del liberalismo (como es mi caso).
Sería una buena idea, evitaríamos el adoctrinamiento, el cambio de estrategia cada 4 años, nuestros datos estarían a salvo, etc etc etc.
Como idea, en serio me parece buena, pero no confío para nada en su ejecución
Si una iniciativa así prospera me gustaría ver cuando tarda Trump en amenazar a Europa con liberarla del «comunismo» alentado por sus tecnoBros de OpenAI y demás.
De todas formas ya sabemos que cualquier iniciativa que suponga que los tecno-oligarcas de EEUU pueden dejar de ganar unos pocos miles de millones más es «dictadura» y «comunismo».
La historia se repite: con el ferrocarril, la electricidad e internet vimos cómo la especulación inflaba burbujas tecnológicas que acababan estallando y dejando a medio mundo colgado.
Ahora mismo, con la inversión masiva en centros de datos de IA privada, estamos comprando todas las papeletas para el siguiente pinchazo financiero.
Frente a este panorama, crear una infraestructura pública de IA suena a jugada maestra.
Si el Estado invierte en capacidad de cómputo y modelos propios como un servicio básico, al nivel de la sanidad o la red eléctrica, sacamos la tecnología del casino bursátil, ya que no se ttrata de ganar dinero si no de dar un servicio al ciudadano ofreciendole un servicio de calidad suficiente, tal como sería una Sanidad Publica comparandolocon la privada.
Así, la prioridad deja de ser que la acción de una tecnológica suba un 20% trimestral y pasa a ser la utilidad real para el ciudadano o la pequeña empresa.
Si la burbuja de la IA privada acaba pinchando, tener una alternativa estatal nos daría un colchón de seguridad brutal para no perder el tren de la productividad.
Básicamente, se trata de que una herramienta tan crítica no dependa de los bandazos de Silicon Valley, sino de un plan estratégico que se quede aquí , sirva para todos.
«Si la burbuja de la IA privada acaba pinchando», ¿que acabe pinchando?, Ni lo sueñes, antes van a venir a por nosotros para que nos pinchen hasta extraernos la poca sangre que nos quede…
Nosotros sí que vamos a pinchar, pero a pinchar de lo lindo. Tú espera y verás.
Espero que esta excelente reflexión se haga sin olvidar que la ONU ha quedado a nivel de papel higiénico, como institución comedora de cuartos y con unos soldados a los que no impide ser violadores, allí donde van a implantar la paz.
Y que la maquinaria del estado, de cualquier estado, ha demostrado ser una tragona «de todo», empezando por la libertad de sus habitantes.
El estado ha demostrado que la codicia de una empresa privada es una minucia, comparada con la de políticos ávidos de poder y del dinero que sostiene ese poder.
Israel es el típico ejemplo de como montar una empresa privada en territorio palestino y decir que a partir de ahí es el estado de todos los hebreos. En nombre de la Biblia Abrahámica demuestra la cuadratura del círculo fariseo y que, en nombre de la libertad de unos pocos, se aniquila la libertad de muchos.
Ya sabemos que el estado y el gobierno no es lo mismo (si seguimos a Montesquieu), pero la historia de EE.UU nos enseñó fehacientemente que existe el «estado» (antidemocrático) del sheriff, el del condado, el del estado pequeño y el del estado grande (federal dixit)… aparte otros menores como Pentágono, CIA, FBI… todos ellos enfrentados como si no hubiera un mañana y todos ellos unidos por un fino/grueso hilo llamado corrupción… donde hace majas ese pegamento social llamado mafia (del tipo que sea).
Porque el problema no está en la forma de organizarse socialmente, sino en el tipo de ser humano que «se usa» como pieza elemental… básicamente su afición al poder, a la hora de hacer política.
O cambiamos de paradigma o seguiremos yendo de culo.
En esto de seleccionar personal adecuado para avanzar positivamente, puede ser interesante leer los tres libros que hablan del Problema de los tres Cuerpos… notaremos ciertos indicios, de por donde no deben ir los tiros realmente evolutivos.
Es muy gratificante ver como estas ideas son compartidas y expuestas con brillantez y entusiasmo por parte de la Comunidad.
Aparte de esa «dimensión vertical» de este esfuerzo tecnológico, no debemos olvidar una dimensión horizontal que suponen otras iniciativas a pequeña escala que pueden llegar tejer una gran red colaborativa si los agentes implicados se lo proponen. -Toda oferta necesita una demanda- En este sentido, sería clave un impulso planificador y presupuestario.
Por mencionar sólo algunas iniciativas en marcha: la Red Nacional de Laboratorios de Innovación Pública, GobTechLab (laboratorio de innovacion ciudadano de la Administración General del Estado) que generan proyectos asociados como el ejemplo de GobLab Gran Canaria.
Con el objetivo de equilibrar y amortiguar el aterrizaje de la IA a la economía, sería interesante hallar una fórmula de generar estos laboratorios –no consultoras– tambien en el sector privado, especialmente orientado a las pymes.
Sí, todo es bonito sobre el papel, pero si somos sensatos, no nos queda otra.
No solo es necesario empezar, hay que generar inercias.
Para ser fiel a mi costumbre, se me han colado erratas. @EDans, si es posible esta vez, donde escribí «generar inercias» quería decir «generar sinergias».
Gracias.