Cuba no es, ni mucho menos, un modelo político exportable. Pero su crisis energética ofrece una lección que sí debería ser universal: cuando un país depende del petróleo que otro le vende, del gas que otro le deja pasar o del estrecho marítimo que otro puede cerrar, su soberanía es poco más que una ficción.
Lo que estamos viendo en la isla, con apagones masivos, hospitales tensionados y una economía al borde del colapso, no es sólo el drama de un régimen ineficiente y exhausto. Es también la demostración práctica de algo que llevamos demasiado tiempo sin querer entender: la dependencia de los combustibles fósiles convierte a cualquier país en rehén. Y los rehenes no diseñan su futuro: lo negocian a la fuerza, con quien les aprieta el cuello.
En el caso cubano, la presión sobre el suministro de crudo ha coincidido con un deterioro estructural de la red eléctrica y con una secuencia de apagones cada vez más graves. La respuesta no ha sido una gran teoría ni una cumbre solemne: ha sido instalar solar a toda velocidad. Según The Washington Post, las exportaciones chinas de equipos solares a Cuba pasaron de unos cinco millones de dólares en 2023 a ciento diecisiete millones en 2025, y más de la mitad de los 92 parques solares previstos ya estaban en marcha en marzo. Esa aceleración habría llevado a la solar a aportar en torno al 10% de la electricidad del país, partiendo prácticamente de cero un año antes. No resuelve todos los problemas, por supuesto: la propia información disponible deja claro que Cuba sigue necesitando combustible, almacenamiento y red. Pero introduce una verdad incómoda para muchos gobiernos: incluso en condiciones pésimas, las renovables se despliegan más deprisa que la diplomacia del petróleo.
Y conviene entender bien lo que eso significa: no se trata solo de descarbonizar, que ya sería suficiente razón en un planeta claramente sobrecalentado. Se trata de quitarles poder a quienes utilizan la energía como instrumento de chantaje. Durante décadas hemos tolerado una anomalía monumental: que la prosperidad de sociedades enteras dependiera de autocracias, petroestados o caudillos regionales capaces de cerrar el grifo, elevar el precio o convertir una ruta marítima en un arma geopolítica. Cambian los nombres, pero el patrón es siempre el mismo. Ayer era Rusia con el gas, hoy puede ser una escalada en torno al estrecho de Ormuz, mañana será cualquier combinación de conflicto, embargo o cálculo electoral. La lógica fósil no genera seguridad: genera vulnerabilidad sistémica.
La guerra en torno a Irán y su impacto sobre los mercados energéticos vuelve a recordarlo con brutal claridad. La disrupción del tráfico por Ormuz, por donde pasa una parte crucial del comercio mundial de petróleo y gas natural licuado, ha disparado los precios y ha puesto bajo presión a economías enteras, especialmente las más dependientes de importaciones. La lectura interesante no es que el mercado «reaccione», porque eso lo hace siempre. La lectura interesante es que cada crisis fósil se parece demasiado a la anterior: una sacudida geopolítica localizada se convierte, casi automáticamente, en inflación, incertidumbre y transferencia masiva de renta hacia quienes controlan la oferta. Ese modelo no es solo contaminante: es estratégicamente absurdo.
Por eso tiene tanto sentido la frase pronunciada esta semana en Bruselas por Simon Stiell, secretario ejecutivo de la Convención de la ONU sobre cambio climático: la dependencia fósil está arrancando soberanía y seguridad nacional, mientras que las renovables le dan la vuelta a esa relación. El matiz importante es ese: las renovables no son únicamente «más limpias»: son también una redistribución del poder. El sol no responde a un embargo. El viento no se ve afectado por una sanción secundaria. Un panel no necesita escolta naval. Un aerogenerador no tiene que atravesar un estrecho vulnerable. La producción distribuida, local y electrificada reduce la capacidad de extorsión de terceros. Y eso, en el mundo que estamos construyendo, vale casi tanto como la propia electricidad.
La objeción habitual, por supuesto, es la de siempre: que la solar y la eólica son intermitentes, que hace falta respaldo, que la red no está preparada, que el almacenamiento cuesta dinero. Todo eso es cierto, pero cada vez menos concluyente. El problema ya no es tecnológico, sino político y regulatorio. La IEA
prevé que la capacidad solar se más que duplique en los próximos cinco años, impulsada por costes bajos, permisos más rápidos y aceptación social, mientras la capacidad eólica global se encamina a duplicarse hasta superar los 2,000 GW en 2030. Y la propia agencia subraya que el margen de aceleración sería aún mayor si los países redujesen incertidumbre regulatoria, reforzasen redes e invirtiesen en flexibilidad y almacenamiento. No estamos esperando un milagro técnico. Estamos esperando que los gobiernos dejen de actuar como si siguieran en 1998.
Además, el argumento económico de los fósiles ya ni siquiera puede sostenerse seriamente. IRENA concluye que las renovables siguieron siendo en 2024 la fuente más competitiva para nueva generación eléctrica, y que el 91% de la nueva capacidad renovable a gran escala produjo electricidad más barata que la alternativa fósil más barata. El dato más elocuente es otro: en 2024, las renovables evitaron 467,000 millones de dólares en costes de combustibles fósiles. Es decir, no estamos hablando de sacrificio, sino de ahorro. No de romanticismo verde, sino de racionalidad económica básica. Cada megavatio renovable instalado no solo reduce emisiones: reduce exposición a mercados manipulables y a crisis importadas.
También Ember, en su Global Electricity Review 2025, muestra hasta qué punto el cambio ya está en marcha: la electricidad limpia superó el 40% de la generación mundial en 2024, impulsada sobre todo por el crecimiento récord de la solar. Y, aun así, seguimos reaccionando a cada sobresalto geopolítico como si la única respuesta posible fuese mendigar más hidrocarburos, abrir más terminales de gas o resignarnos a otra ronda de precios disparados. Es una especie de síndrome de dependencia mal curado: sabemos que el problema está en la adicción, pero corremos a asegurar la siguiente dosis.
La discusión, por tanto, ya no debería centrarse en si las renovables «ayudan» a combatir la emergencia climática. Eso está más que demostrado. La cuestión central, hoy, es si queremos seguir viviendo en un sistema energético diseñado para enriquecer a una panda de matones. Porque eso es exactamente lo que ocurre cuando la electricidad de una economía depende de barcos, oleoductos, estrechos y gobernantes que entienden la energía como un arma. Frente a eso, llenar tejados de paneles, desplegar eólica donde tenga sentido, electrificar demanda, almacenar, digitalizar redes y acelerar interconexiones no es una extravagancia ecologista. Es una política de defensa. Es resiliencia económica. Es autonomía estratégica. Es, en el sentido más literal, independencia.
Cuba lo está aprendiendo por las malas, en medio de un colapso que nadie debería romantizar. Pero sería un error monumental pensar que la lección solo vale para La Habana. Vale para Europa, para Asia, para América Latina y para cualquier país que todavía crea que puede seguir comprando estabilidad en barriles. No puede. La estabilidad fósil era una ilusión contable sostenida por subsidios, por externalidades y por una tolerancia incomprensible hacia regímenes que jamás habríamos aceptado como socios en cualquier otro ámbito. Esa época debería terminar no sólo porque el planeta no aguanta más, sino porque nuestra dignidad política tampoco.
La transición energética ya no es únicamente una obligación climática. Es una forma de mandar un mensaje muy claro a quienes han convertido el petróleo y el gas en instrumentos de presión: hasta aquí. Nos habéis cobrado demasiado, nos habéis condicionado demasiado y os hemos permitido demasiado. Ahora toca instalar todo el sol y todo el viento que podamos, y hacerlo con urgencia. No solo para salvar el clima. También para dejar de financiar a quienes creen que pueden intimidar al resto del mundo cada vez que les conviene.


Totalmente de acuerdo.
Llevo insistiendo en este blog durante mucho tiempo, cuando la gente se quejaba de que mezclaba política con tecnologia, que esta última estaba condicionada por la primera, y en el caso de Trump hasta extremos grotescos.
En España el lobby nuclear ya esta aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid para promover lo suyo.
Pero el futuro , y en el caso de España es palmario, es renovable.
En el caso de Cuba el problema es su vecindad con el matón, pero si formara parte de la UE por ejemplo, Europa invertiría masivamente y con justicia de retorno para Cuba,(cosa que no sucedera si se convierte en una colonia de Trump) en un pais que tiene una eficiencia en fotovoltaica de hasta un 80% superior a Alemania, y mira que Alemania ha invertido masivamente en renovables.
Asi que en el caso de España la ocasión la pintan calva, no solo como algo rentable, si no como un activo geoestratégico que no nos podemos permitir perder, por que no sabemos que va a ser de la UE con la agresion trumpista por un lado, la comercial de China por otra, y los ascensos de partidos ultraderechistas en Alemania y Francia, por no hablar de otros paises menos relevantes.
Tener la llave energética de Europa nos daria una carta para defendernos en Europa y tener una autonomia estratégica en la energía que, como se ha demostrado con la guerra de Irán, y el ejemplo de Cuba, es quiza el aspecto mas relevante de la independencia y soberanía de un pais.
Plan Solchaga para CUBA en los 90s (fuente google AI)
«El plan económico propuesto por Carlos Solchaga a Cuba a principios de los años 90 (informe de 1993-1994) buscaba reformar la economía isleña tras la caída del bloque soviético. Recomendaba privatizaciones, apertura al capital extranjero, reducción del sector público y liberalización para superar la crisis, inspirado en modelos de transición económica.
Puntos clave del informe de Solchaga:
Asesoramiento español: Carlos Solchaga, exministro de Economía español, dirigió un equipo de expertos que asesoró al Gobierno cubano para reestructurar la economía.
Privatizaciones: Se sugirió un plan de privatizaciones para atraer fondos y reactivar la economía, permitiendo la participación privada.
Apertura exterior: Se enfocaba en integrar a Cuba en la economía internacional y mejorar el clima para la inversión extranjera.
Sostenibilidad social: Aunque el plan abogaba por el mercado, se presentaba con el objetivo de preservar ciertos logros sociales de la Revolución, como la sanidad y la educación.
Aunque el informe tuvo impacto en la discusión interna de Cuba, el régimen cubano, liderado entonces por Fidel Castro, no implementó las medidas más radicales de privatización que sugería el plan de estilo liberal de Solchaga, optando por reformas más controlada»
A ver que le ofrece ahora los culpables de estar aislados y embargados, que vuelvan a ser el burdel del Caribe…
El camino de las renovables es necesario, su despliegue es ágil y aporta soberanía, si, pero no es la solución. Hoy por hoy, la esperanza esta puesta en la fusion nuclear: limpia, abundante y segura. Con el desarrollo de la ia, si se destinan los fondos necesarios para financiar su investigación a gran escala podríamos estar mas cerca de lo que hemos creído.
Por eso, quiero introducir otra perspectiva clave si hablamos de la soberaría: la tecnológica. ¿compramos el fruto de la investigación tecnológica de otros actores o nos dedicamos a hacer las cosas tambien por nuestra cuenta?
Y si damos un paso más largo, llegamos a la última frontera para la soberanía: los recursos materiales. Para aplicar la tecnología, la necesidad del comercio internacional ha demostrado que la única vía final es la colaboración, puesto que esos y otros recursos son finitos y estan localizados dentro de unas u otras fronteras políticas.
Así que mientras predomine el egoismo depredador del capitalismo, la soberanía, es sólo un espejismo parcial o temporal. Al menos por ahora…
Hace mucho que dejamos de creer en la autarquía, Franco lo intentó, pero fue el trigo argentino el que nos libró de la hambruna. La autosuficiencia alimentaria es una utopía como lo es la autosuficiencia energética.
¿Por qué no tenemos cada uno un pozo para asegurarnos el agua, un olivo que nos asegure el aceite, y una vaca que nos asegure la leche y el queso?. Porque es absolutamente ineficiente, mejor es que centremos nuestro esfuerzo en aquello que sabemos hacer bien, (en el caso de Edans dar clases), y dejemos a los otros especialistas que nos surtan de todo aquello que necesitemos sean zapatos, medicinas, automóviles, o por que no energía.
Debemos luchar mas bien porque el comercio internacional sea pacífico y conveniente para todas las partes. Colocar unos paneles en un tejado que no se diseñó para aguantar placas solares es un absurdo, lo lóico es que esos paneles estén en terrenos de escaso valor y adecuadamente situados para trasformar la luz en energía eléctrica y trasladarla ahí donde se consuma.
Energía renovable, si, pero sensata.
El trigo de Evita, y los acuerdos con IKE del 53, para que el enemigo nazi se hiciera lamebotas del imperio, y le cedieran las bases a cambio de cuatro tanques oxidados (1) que colocaron en el cuartel de Móstoles, y la leche en polvo para sacar de la desnutrición infantil a unos niños «boomer» famélicos. Luego habría que preguntar a algún industrial de Miraflores, como consiguió hacerse de oro, reonstituyendo esa leche y vendiéndola hasta los 70s… que todo no está en internet ¿verdad?
(1): Tanques que no pudieron ser usados en la guerra de IFNI del 57 con Marruecos, por el acuerdo firmado, para que luego diga Trump que ahora no le dejamos usar las bases… el HDP tiene memoria selectiva
Estoy de acuerdo en el fondo de la cuestión: hay que tener independencia eléctrica. Pero ahora dependemos de los paneles fabricados en china. Y de los chips de Taiwán. Y del GLP de estados unidos. Y de los coches de media europa y media china. Y de los aguacates de Perú. Y, y, y….. y la mano de obra latina.
Siempre hay algo que necesitaremos de otra parte y que un tercero más fuerte o mejor posicionado nos puede quitar. Deberíamos encomendarnos a Dios que en Egipto no salga alguien que cierre el mar rojo como medida de presión. O que a Israel le de por cerrarlo si les cabreamos con algo y abra otro frente. O que marruecos y argelia no se líen a tortazos con nuestra frontera como la más cercana y «segura» para millones de refugiados que escaparán por vía marítima.
Pero bueno, lo del sol es un comienzo. Lo que sí es autárquico y yo me tengo esto como plan es poner en mi casa solar + respaldo de batería y desconectarme de REE.
Cuando fue el apagón, mi SAI/UPS aguantó 4 horas y murió. La red DIGI murió mucho antes y quedé sin internet. Para mí fue un sopapo en la cara de cuanto dependo de algo que no controlo. La próxima vez me pillará con internet por satélite y sol (o eso espero).
Porque visto lo visto, energéticamente, somos un cero a la izquierda. Aun no sabemos que demonios pasó y si se puede volver a repetir. Al no saber nada, no me puedo atar a esa incertidumbre.
Y entiendo que los cubanos tampoco.
A ver Gorki, que colocar placas en un tejado no es trivial pero tampoco hace falta ser ingeniero. ¿Qué terreno propones que sea de menor valor que un tejado que sólo sirve para proteger de la lluvia y el sol?
Si cada hogar pudiera autoabastecerse en buena parte de energía solar las empresas energéticas no tendrían ni tanto poder ni tanta influencia en los gobiernos.
Relacionado con este tema: ¿Alguien ha leído la novela de ciencia ficción «Mendigos en España» de Nancy Kress?