¿Subcontratar la comunicación humana a una máquina? La bandeja de entrada como campo de entrenamiento del olvido

IMAGE: An illustration showing a human overwhelmed by emails on one side and a calm robot managing messages on the other, symbolizing the delegation of human communication to artificial intelligence

Google acaba de dar un paso más en la integración profunda de la inteligencia artificial generativa en una de las herramientas de comunicación más universales del mundo: el correo electrónico. Con su nuevo «AI Inbox» en Gmail, una vista que no solo resume correos sino que propone acciones (recordatorios, respuestas, pagos, citas), la compañía busca transformar el modo en que gestionamos nuestros mensajes de correo. En lugar de una lista ordenada por fecha, lo que veremos (si nos fiamos) es una interfaz donde la inteligencia artificial filtra, sintetiza y sugiere lo que considera relevante de nuestras vidas digitales.

La promesa es tentadora: menos tiempo perdido navegando entre hilos interminables, menos estrés por no saber qué leer primero, menos esfuerzo al redactar respuestas claras y eficaces. Estas funciones, los resúmenes automáticos de hilos, el asistente que escribe borradores y sugerencias, la priorización de tareas, ya forman parte de la nueva experiencia Gmail, y llegarán pronto a sus más de 2,500 millones de usuarios. Pero más allá de la utilidad inmediata, esta oleada tecnológica plantea preguntas más profundas sobre lo que significa externalizar una actividad tan íntima y habitual como es la comunicación por escrito.

La comunicación humana no es un simple intercambio de datos. Es un ejercicio cognitivo que estructura pensamiento, clarifica ideas y construye significado. Escribir un correo electrónico exige elegir palabras, organizar argumentos, anticipar reacciones, y modular tono y estilo. Cada uno de estos pasos forma parte del ejercicio continuo de nuestra capacidad lingüística y social. Lo que propone la inteligencia artificial de Gmail es atajar esos pasos, saltárnoslos o delegarlos en un modelo que sintetiza y genera por nosotros. Este cambio puede parecer inocuo en correos rutinarios, pero cuando se normaliza, ¿qué queda de nuestras habilidades de redacción, de pensamiento claro o de juicio crítico?

Desde una perspectiva psicológica y comunicativa, la presencia de un mediador automatizado altera la naturaleza misma del acto comunicativo. La investigación en comunicación mediada por inteligencia artificial no solo analiza eficiencia, sino también cómo estas herramientas reconfiguran las relaciones humanas, las estrategias de atención y las dinámicas de expresión personal. La inteligencia artificial no es un simple filtro neutral: también modifica qué percibimos como importante, qué priorizamos y cómo representamos nuestras intenciones a otros.

Esta mediación automática puede llevar a un fenómeno sutil pero profundo: la atrofia de competencias comunicativas fundamentales. Al dejar que un modelo sintetice el contenido de un correo o redacte respuestas coherentes, delegamos una función cognitiva compleja. No hablamos de tareas mecánicas, sino de habilidades lingüísticas como pensar, elegir o articular, que conforman el núcleo de nuestro pensamiento reflexivo. Cuando dejamos de practicar estas habilidades, dejan de desarrollarse. Perdemos la capacidad de condensar ideas largas en síntesis claras, de detectar matices importantes o de mediar conflictos a través de palabras bien elegidas. ¿Puede hacerlo satisfactoriamente bien? Tal vez, pero no somos nosotros, ni tiene los matices que, en muchas ocasiones, queremos o necesitamos aportar. Es otra cosa. Es como si yo dejase de escribir mis artículos: mis lectores habituales lo detectarían y, simplemente, no sería lo mismo, aunque estuviesen perfectamente bien escritos.

Más allá de la competencia comunicativa individual, existe un rasgo social: la forma en que percibimos a quienes nos escriben. Si un mensaje no es producto de la mente del interlocutor sino de un modelo generativo, ¿cómo interpretamos su sinceridad, su intención o su estilo personal? La ética de la comunicación humana se basa en la autoría y la intención: al introducir a la inteligencia artificial como mediadora, cambiamos los fundamentos de ese contrato social. Algunos estudios sugieren que los mensajes generados o asistidos por inteligencia artificial alteran cómo percibimos el carácter del emisor, debilitando los indicadores que usamos para inferir rasgos humanos a partir de sus palabras. Leyendo los mensajes que recibimos habitualmente de personas que conocemos y comparándolos con los que recibimos automatizados, parece difícil dudarlo.

Por supuesto, existe un argumento válido a favor del uso de inteligencia artificial en tareas administrativas o repetitivas, y lo entendemos todos: liberar tiempo para actividades de mayor valor cognitivo, creativo o interpersonal. Pero esa ganancia de eficiencia no debe cegarnos ante el hecho de que externalizar actividades cognitivas complejas tiene un coste invisible. La pregunta no es simplemente si la inteligencia artificial puede hacerlo, que podrá seguro más pronto o más tarde, sino si debemos aceptarlo como sustituto habitual de una tarea que define, en buena medida, nuestra vida profesional y social. Si una habilidad no se usa, se atrofia. Leer atentamente, sintetizar un argumento o responder con un mínimo de empatía son capacidades humanas que no deberíamos regalar sin más a un algoritmo.

La introducción del «AI Inbox» en Gmail no es solo un avance tecnológico: es una bifurcación cultural. Podemos optar por integrar la inteligencia artificial como herramienta de apoyo, como una especie de copiloto que nos asiste sin reemplazar nuestro juicio, o por permitir que se convierta en el mediador por defecto de nuestras interacciones. El primer camino reconoce que la tecnología amplía nuestras capacidades sin suprimirlas. El segundo corre el riesgo de convertir a toda una generación en usuarios pasivos de síntesis ajenas, incapaces de lidiar con la complejidad de sus propios pensamientos. Y esa, más allá de la comodidad de un resumen instantáneo, es la verdadera cuestión que debería preocuparnos.

7 comentarios

  • #001
    Anónimo - 12 enero 2026 - 11:51

    Me ha recordado esta viñeta de marketoonist:
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    • Enrique Dans - 12 enero 2026 - 13:36

      Totalmente, llevo un montón de tiempo usándola en clase!

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  • #003
    Xaquín - 12 enero 2026 - 11:52

    «si debemos aceptarlo como sustituto habitual de una tarea que define, en buena medida, nuestra vida» (EDans).

    Mi cita diaria… y me da igual que sea por otra IH o por una IA. Sustituciones las mínimas…

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  • #004
    Arcadi - 12 enero 2026 - 12:19

    Yo creo que todo esto dependerá del contexto y del tipo de mensaje. No es lo mismo un correo de trabajo que un mensaje personal. En lo laboral, es lógico que cada vez se use más la IA por temas de tiempo, productividad y comodidad. Ahí tiene bastante sentido delegar parte de la redacción o la gestión del correo.

    Pero cuando hablamos de mensajes personales, la cosa cambia. Depende mucho de a quién escribas. No es lo mismo mandar algo rápido que escribirle a alguien importante para ti. En esos casos, la gente (seguramente) tendrá más cuidado y preferirá revisar bien lo que dice la IA o escribirlo directamente sin ayuda de la IA.

    También creo que las generaciones que vienen, los niños que ahora tienen menos de 10 o 15 años, ya no escribirán como lo hemos hecho nosotros. Para ellos será normal dictar lo que quieren decir y que una IA lo convierta en texto, y luego tocarlo más o menos según cada uno.

    Y una cuestión clave: la IA que uses. No será lo mismo una IA de pago que una gratuita, y eso puede crear una especie de “clases” de comunicación. Quien se gaste 200 euros al mes —o dentro de unos años 500 o 1.000— tendrá mensajes mucho más afinados, personalizados y alineados con su forma de pensar, mientras que quienes usen versiones gratis recibirán textos más genéricos o incluso con publicidad sutilmente insertada. Y no solo estamos delegando cómo escribimos, sino también qué respondemos: si una IA te propone una respuesta y tú no la cambias, acabas aceptando su criterio, con todo lo que eso implica (sesgos, alucinaciones, estandarización…). Poco a poco y de forma sutil, esos pequeños cambios en los correos y en los mensajes generados por IA van influyendo en decisiones, percepciones y formas de relacionarnos. Y, al final, eso es lo que acaba construyendo la sociedad. no?

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  • #005
    Dedo-en-la-llaga - 12 enero 2026 - 12:29

    Por eso yo sigo con mi gestor de correo, (Thunderbird, que no es que me maraville, pero menos da una piedra), en el que la IA soy yo mismo, y nadie me viene a decir qué sí, ni qué no, de los dallonses…

    «(…) liberar tiempo para actividades de mayor valor cognitivo, creativo o interpersonal…», es decir, ponerse a ver reels dale que te pego, tumba que te dale, como hace el 99,99% de los borregos que están cada día a nuestro alrededor. Es una masturbación colectiva a la vista de todos, está socialmente aceptada y encima da un pastón que no veas, ¿dónde está el problema, se pregunta riéndose el capitalista? Esa risa que Marx acentuó como el punto fundamental en el que se sostiene todo el sistema… de borregos, a los cuales se le sustrae lo que forma parte de las ganancias de ese gordo capitalista: la plusvalía.

    PD: El capitalista, aunque no lo parezca, siempre está gordo. De hecho es un gordo.

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  • #006
    Alqvimista - 12 enero 2026 - 13:11

    ¿No es precisamente esto lo que algunos predicamos desde hace unos años?
    Primero aprender a andar antes que a conducir, a escribir a mano antes que a máquina, a leer un papel antes que una pantalla, a socializar en persona antes de anonimizarnos en las RRSS, a calcular de memoria antes usar la calculadora, a pensar antes de confiar en la IA.

    ¿Con qué criterios van a analizar lo que les dice una IA si han aprendido que lo que pone en la pantalla es la verdad? ¿Volvemos al tiempo en que nuestras abuelas decían aquello de lo ha dicho la radio, lo ha dicho la tele?

    ¿Y ahora nos caemos del guindo y predicamos que ¡cuidado, que con la IA nos ahorramos pensar!?

    ¡Que no costaba tanto imaginar cómo iba a acabar todo esto…!

    https://images.squarespace-cdn.com/content/v1/60241cb68df65b530cd84d95/1720809139540-QY5NQQLRKMK5Q3R531DW/Humans10.jpg
    https://preview.redd.it/69ik7z6kckp91.jpg?auto=webp&s=1ba85dfad39117ee692bbb87f418284e219046ca

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  • #007
    BUZZWORD - 12 enero 2026 - 14:24

    Tenía un director que llegaba a trabajar no antes de las 9. A esa hora ya le había colocado la secretaria, en su mesa, los correos más importantes impresos, ordenados por lo que ella pensaba que era orden de urgencia. Esa persona hacía el trabajo de forma más eficaz de una IA. En media hora había limpiado ese inbox. Es decir el equivalente a 11h/mes había hecho la primera parte del trabajo. Lo siguiente: responder a esos correos lo hacía después de despachar con él y respondía como si fuera el director. Ponle otras 11h/mes. Es decir por el equivalente de 1h al día de trabajo, pero no a precio de director sino de secretaria…El resto del día tenía la secretaria sus tareas entre departamento (p.ej. controlaba las vacaciones), reservar salas, preveer reuniones, materiales,viajes, presentaciones de dirección etc… cuando estas personas fueron elimadas fuerondesapareciendo esa tareas burocráucas centralizadas, y se pusieron en intranet… conclusión todo el mundo vivía peor.

    Ahora lo que prometen los amantes de la IA es que ese tipo de soporte adminstrativo lo haga un SW, a un coste que no es bajo. Cuando en realidad en los 80/90s eso era más eficaz que con tanta vaina…

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