Redes sociales: un experimento fallido que deberíamos haber clausurado hace años

IMAGE: A menacing, shadowed man with glowing red eyes looms over a weary young woman hunched over her phone; floating logos (Facebook, Instagram, TikTok, YouTube), red notification icons, surveillance cameras and falling dollar bills surround them, evoking addiction, surveillance and monetization

A estas alturas deberíamos tenerlo ya muy claro: las redes sociales no son una promesa incumplida, sino un error histórico prolongado artificialmente por intereses económicos colosales. Ya no conectan personas, no informan mejor, no fortalecen la democracia ni aportan valor social alguno que no esté contaminado por vigilancia masiva, manipulación sistemática y un modelo de negocio basado en exprimir hasta el último resquicio de la condición humana.

El juicio que se inició esta semana en Estados Unidos cuestionando el diseño adictivo de estas plataformas y su impacto en la salud mental de los jóvenes llega tarde. Muy tarde. El debate ya no debería ser cómo arreglar las redes sociales, sino cómo dejamos atrás algo que nunca debió crecer e hipertrofiarse hasta este punto.

Las plataformas sociales se han convertido en sistemas permanentes de espionaje comercial. No es una metáfora ni una exageración retórica: es un hecho documentado. Estudios recientes muestran que Facebook e Instagram encabezan de forma sistemática los rankings de aplicaciones que más datos personales recopilan y comparten, muy por encima de lo razonable para un supuesto «servicio social». El análisis publicado en Digital Journal deja poco margen a la duda: las aplicaciones de Meta en particular con Instagram y Facebook a la cabeza en el número 1 y Threads, Meta Business Suite y Messenger en el 3, son literalmente máquinas de extracción de datos que operan con un desprecio casi total por la privacidad de sus usuarios, convirtiendo cada gesto, cada interacción y cada silencio en materia prima publicitaria.

Top Ten most invasive apps, IT Asset Management Group (IT-AMG)

Ese saqueo constante de información no es un efecto secundario: es el producto. Y alrededor de él se ha construido un ecosistema profundamente tóxico, donde el contenido no se valora por su veracidad, su calidad o su utilidad social, sino por su capacidad de generar adicción, polarización y reacción emocional inmediata. En ese caldo de cultivo florecen las estafas que arruinan a personas mayores, la desinformación que manipula elecciones, los discursos extremos que mantienen a la gente enganchada porque enfadan, asustan o indignan, y los supuestos «influencers» que, en realidad, se dedican a la venta desregulada de todo tipo de cosas. Cada segmento de edad tiene su forma específica de ser explotado, y todas son rentables.

El llamado «modelo influencer» es quizá una de las expresiones más grotescas y asquerosas de esta degradación. Lo que se presentó como una democratización de la creatividad ha acabado siendo una fábrica de comerciales sin disimulo, la auténtica prostitución de lo que debería ser la verdadera influencia, donde la autenticidad es una simple pose y la recomendación es, invariablemente, publicidad de todo tipo. Influencers que no influyen en nada salvo en la capacidad de las marcas para colocar productos, algoritmos que premian la superficialidad y castigan cualquier intento de pensamiento complejo, y audiencias entrenadas para confundir relevancia con visibilidad y futilidad. Todo ello sostenido por plataformas que cobran por facilitar esa prostitución generalizada del discurso público.

Frente a este panorama, resulta obsceno seguir escuchando a los mismos directivos hablar de «conectar al mundo» o de «dar voz a la gente». Figuras como Mark Zuckerberg no son visionarios incomprendidos, sino arquitectos de sistemas que han causado daños sociales, psicológicos y políticos perfectamente medibles. La acumulación de pruebas sobre los efectos nocivos de sus productos es abrumadora, y aun así han optado sistemáticamente por mirar hacia otro lado, minimizar los problemas o financiar estudios diseñados para sembrar dudas. Si los tribunales funcionan como deberían, no bastará con multas simbólicas o promesas de autorregulación: hablamos de responsabilidades personales, de indemnizaciones masivas y, llegado el caso, de consecuencias penales.

El argumento de que regular o desmantelar estas plataformas sería «existencial» para Internet es falaz. Internet existía antes de las redes sociales y puede existir perfectamente después. Lo que está en riesgo no es la red, sino el modelo de negocio de unas cuantas corporaciones que han capturado la conversación pública y la han convertido en un mercado de atención vigilado al milímetro. Incluso desde el punto de vista de la competencia, el daño es evidente: Meta sigue defendiéndose en los tribunales para preservar un poder de mercado construido a base de adquisiciones que eliminaron alternativas reales, y los reguladores estadounidenses han decidido recurrir sentencias favorables a la compañía porque entienden, correctamente, que ese dominio es incompatible con un mercado sano. Es momento de desmantelar este complejo industrial y permitir que surjan nuevas alternativas que respondan a otros principios y esquemas de actuación.

Insistir en «arreglar» las redes sociales a estas alturas es como proponer filtros nuevos para una fábrica de veneno. El problema no es técnico, es estructural y moral. Mientras el incentivo principal siga siendo capturar atención para vender perfiles de comportamiento, cualquier promesa de uso responsable será pura propaganda sin sentido. La sociedad debería asumir, de una vez, que las redes sociales tal y como las conocemos son un callejón sin salida, un experimento fallido que ha durado demasiado, y que la única opción es prohibir todo modelo de negocio basado en el espionaje y la publicidad hipersegmentada.

Quizá el verdadero signo de madurez digital no sea inventar la próxima plataforma (pocas cosas me resultan más patéticas que ver a ciertos usuarios creando contenido en la herramienta más reciente, Threads, como si fuera «el último grito», cuando es más de lo mismo), sino tener el coraje colectivo de dejar morir lo antes posible a las actuales. Entender que vivir permanentemente vigilados, manipulados y convertidos en mercancía no es, no debería jamás ser, el precio inevitable de la modernidad. Y aceptar que quienes diseñaron y explotaron este sistema deben rendir cuentas por el daño causado. No es radicalismo: es simple sentido común, aunque llegue con varios años de retraso.

18 comentarios

  • #001
    LEON - 29 enero 2026 - 11:15

    Esa argumentación es perfectamente aplicable a cualquier otro medio de comunicación, la prensa escrita, radio y televisión también difunde bulos, manipula e intoxica, pero no por eso se van a eliminar.

    En los medios tradicionales se aplican normas y leyes que aún no siendo perfectas los regulan, se puede llevar a los tribunales a los que difunden bulos, atentan contra el honor etc,

    Aplicar los mismos métodos de corrección a las redes sociales posiblemente no funcione pero si podemos establecer formas de control que bloqueen a cyber-delincuentes, se les impida acceder a las redes e incluso se les multe o encarcele si así se considera razonable.

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    • Luis - 29 enero 2026 - 12:09

      Lo más carácteristica de las RRSS es la recopilación y perfilado constante
      de los usuarios. lo de bulos y promocionar narrativas te lo encuentras en todos los medios de comunicación.

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      • LEON - 29 enero 2026 - 16:22

        Eso ya lo hacían los bancos hace décadas.

        A partir de los movimiento en tu cuenta corriente, ya sabían tu nivel económico, si vivias de alquiler o casa propia a través de la hipoteca, etc, etc.

        Con las tarjetas de crédito accedieron a un nivel de mas detalle, ya sabían donde y que comprabas, tus gustos, los viajes que hacias, etc.

        A este nivel las RRSS no saben mucho mas en el aspecto económico que tu propio banco-amigo.

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    • JM - 29 enero 2026 - 16:10

      El problema no son las redes sociales en sí mismas, sino la versión implementada por Meta y demás empresas sin escrúpulos que explotan los datos de sus usuarios e intentan mantenerlos dentro a cualquier coste, incluso de su salud mental.

      Yo participo en determinadas redes sociales, por supuesto no algorítmicas, que me han enriquecido enormemente.

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  • #005
    Manuel - 29 enero 2026 - 11:18

    Totalmente de acuerdo con lo expuesto.
    Añadir que desde que se fundo la primera ciudad-estado con policia solo hay dos fuerzas operativas en el planeta.
    1.- Avaricia de los amos (cada vez menos numerosos y peores).
    2.- La obediencia ciega cada vez mas, lacaya y servil necesaria para apuntalar el 1 punto.
    Las redes actuales solo son una de las concreciones inevitables de ese juego de fuerzas.

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  • #006
    Luis - 29 enero 2026 - 12:01

    Habrá que pensar que se les puede obligar a cambiar, pero prohibirlas no las van a prohibir. Ni de broma

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  • #007
    Alqvimista - 29 enero 2026 - 12:08

    Muy bien, de acuerdo con todo lo expuesto, un perfecto análisis de la realidad de la RRSS.

    Ahora lo difícil: ¿cómo se arregla eso? ¿Alternativas? ¿Sólo las cerramos y ya?

    Y no me refiero a las gilipolleces de los influencers, me refiero a la pura y simple información neutral y veraz.
    Ya hace décadas que los periódicos, al menos en España, dejaron de ser neutrales y veraces -si es que algún día lo fueron más allá del lema de la empresa, tan válido como el Don’t be evil de Google-.

    Aquí van algunas sugerencias:
    – Prohibición total de recopilar información del usuario más allá de la técnicamente necesaria y de transmitir/comerciar con los datos recopilados ni siquiera con otras empresas del grupo.
    – Obligación de control de que la información ofrecida en la plataforma es veraz y no delictiva y responsabilidad personal de los directivos.
    – Eliminación de la inyección de información no solicitada en forma de algoritmos tipo «Esto de interesa». Se ve TODO de las personas que sigas y sólo de esas personas salvo que activamente busques algo.

    Por empezar.

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    • Luis - 29 enero 2026 - 12:14

      Pero que pasa si yo quiero que el algoritmo me sugiera contenido y gente a la que seguir en base a mis post, likes y demás? He descubierto más de un perfil interesante gracias al malvado algoritmo.

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      • Alqvimista - 29 enero 2026 - 14:01

        Pues que entonces caes en lo que son ya las RRSS y no has solucionado nada.
        ¿Cómo te va a sugerir algo si no es con un perfilado total de lo que haces?

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  • #010
    D. FALKEN - 29 enero 2026 - 12:10

    Sin hacer ejercicio de peloterismo, no puedo estar más de acuerdo. Las dimensiones de los costes sociales son enormes. ¿Como abordar este escenario? Las propias víctimas padecen una especie de síndrome de Estocolmo. Para que esta estructura se derrumbe hay que construir una nueva. ¿Pero, cual es el modelo? Las redes descentralizadas y abiertas podrían ser buenos cimientos, pero, digamos que heredan un funcionamiento similar que provoca resultados indeseables (clickbait, captura de atención, generación ruido, etc…)

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  • #011
    Miguel Alexander - 29 enero 2026 - 12:23

    Cómo dijo una persona que odio: «Este es el mercado amigo», y mientras haya inversores detrás que ven cómo su dinero aumenta invirtiendo en esta empresa, ese fin de las redes sociales nunca va a llegar. El capitalismo es el que permite que esto ocurra, y es el que nos está destruyendo cómo personas y nos está convirtiendo en simples números, datos e impersonalidades explotables.

    Y la única solución es educar correctamente hoy a los que serán los hombres del mañana.

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    • D. FALKEN - 29 enero 2026 - 13:39

      Cierto. Las soluciones sencillas son las más efectivas. La Educación es la base de casi todo y clave a largo plazo. Pero, partiendo de la hipótesis que el escenario no es de una ignoracia del 100% y que hay muchos tonos de grises, ¿podemos ir estableciendo cimientos en el horizonte más inmediato?

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  • #013
    Jaime Bravo - 29 enero 2026 - 14:28

    Estimado Enrique lo que planteas es una tesis clara y difícil de esquivar.
    Las redes sociales no son una promesa mal ejecutada, sino un diseño exitoso al servicio de un modelo de negocio incompatible con la agencia humana. El problema no es el contenido que se genera, ni los usuarios, ni siquiera la tecnología.
    Es la arquitectura económica y técnica que convierte la conducta en materia prima.
    Desde esta perspectiva, regular “mejor” no alcanza.
    Mientras el incentivo central siga siendo vigilancia y publicidad hipersegmentada, el entorno tenderá a degradar deliberación, autonomía y bienestar.
    La discusión ya no es cómo arreglar estas plataformas, sino si es legítimo seguir sosteniendo entornos que funcionan exactamente como fueron diseñados, pero a un costo social inaceptable.
    No es radicalismo: es asumir que algunos modelos, aunque rentables, no son habitables.

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  • #014
    Gorki - 29 enero 2026 - 14:46

    Hoy toca Facebook

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  • #015
    aleix - 29 enero 2026 - 15:19

    Te recomiendo que investigues el protocolo Nostr como experimento de identidad y red social descentralizada. Es pequeño y caótico, pero con posibilidades de crecer.

    https://es.wikipedia.org/wiki/Nostr

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    • Luis - 29 enero 2026 - 16:26

      Pero no tenemos Mastodon ya?

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  • #017
    JC - 29 enero 2026 - 17:54

    Pues no se como será con la recopilación de datos pero en lo que respecta al enganche veo yo en el metro a la gente, de todas edades, completamente zombificada con TikTok, (supongo que también Threads). La verdad que es una sensación muy rara ver a la peña completamente absorta.

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  • #018
    Juan T. - 29 enero 2026 - 18:38

    Pena que te llegara tarde la noticia de que en Francia acaban de prohibir el uso de redes sociales a menores de 15 años.

    Habría redondeado el artículo.

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