La historia de las bicicletas eléctricas, o e-bikes, es, en muchos sentidos, la historia de cómo una tecnología va madurando y se vuelve ubicua antes de que nuestras normas sociales y legales sepan cómo gestionarla. No se trata únicamente de un invento pasajero: los avances en baterías, motores eléctricos compactos y sistemas de control han convertido lo que antes era prácticamente una curiosidad tecnológica en un fenómeno global de transporte urbano y profesional. Y, como siempre ocurre, ese crecimiento exponencial está chocando con la realidad de nuestras calles y con la legislación.
Desde hace años, la industria de la bicicleta eléctrica ha experimentado un auge imparable. Hoy el mercado global se valora en decenas de miles de millones de dólares y sigue expandiéndose a dobles dígitos en muchos países, impulsado por la demanda de soluciones de movilidad sostenibles y eficientes para la última milla en las ciudades, así como por el deseo de evitar el tráfico y los costes asociados al automóvil tradicional. Las mejoras en las baterías de ion-litio, con mayor densidad energética, ciclos de carga más rápidos y menor peso, han sido un factor clave en esta transformación, haciendo que las bicicletas eléctricas sean más capaces y atractivas para viajes más largos y usos más exigentes.
Ese potencial técnico ha coincidido con políticas públicas que, al menos en Europa, han promovido su adopción como alternativa de movilidad urbana. Ciudades como Denver o gobiernos como el francés han ofrecido incentivos significativos para quienes cambian un coche por una bicicleta eléctrica en aras de reducir emisiones, y las ciudades han invertido en infraestructura para facilitar su uso. Esta adopción también ha abierto espacios profesionales, especialmente para servicios de reparto en zonas urbanas densas. Amazon y otras plataformas han promovido bicicletas eléctricas de carga (e-cargo bikes) como sustitutos de furgonetas para reducir congestión y emisiones en áreas metropolitanas.
Sin embargo, ahí donde la tecnología se vuelve accesible y masiva, surgen problemas. La mejora de baterías y motores no solo ha impulsado el uso legítimo: también ha facilitado que modelos capaces de ir a velocidades peligrosas o con baterías de baja calidad circulen sin control. En ciudades del Reino Unido, la policía ha incautado e-bikes ilegales capaces de alcanzar 110kmh, muy por encima de los límites legales, lo que plantea riesgos tanto para quienes las conducen como para peatones y otros usuarios de la vía.
Los datos apoyan esta percepción: investigaciones en Estados Unidos muestran que las lesiones por e-bikes se han duplicado anualmente en los últimos años, reflejando un aumento sustancial de accidentes con consecuencias graves. En Nueva Gales del Sur (Australia), por ejemplo, las lesiones serias relacionadas con e-bikes se han multiplicado por casi cuatro en los últimos cinco años, con niños y adolescentes especialmente vulnerables.
La cuestión no es menor. El simple hecho de que una e-bike se parezca físicamente a una bicicleta tradicional no garantiza que tenga un comportamiento similar en la vida real: con su ligereza, motores potentes y grandes capacidades de batería, muchos modelos se aproximan o mejoran el rendimiento de un ciclomotor o de una motocicleta ligera. A ello se suman otros peligros: fallos de batería que provocan incendios, como evidencian cientos de incidentes en el Reino Unido ligados a baterías de litio defectuosas, o la presencia de unidades sin certificación de seguridad en el mercado estadounidense.
Esta acumulación de problemas ha llevado a respuestas legislativas. En Nueva Jersey, por ejemplo, se ha aprobado una ley que exige licencia, registro e incluso seguro para los usuarios de e-bikes tras varios accidentes mortales especialmente entre jóvenes. Este tipo de iniciativas señalan un punto de inflexión: cuando la adopción de una tecnología supera la comprensión y la regulación existentes, los daños colaterales empiezan a imponerse a los beneficios sin un marco normativo claro.
Toda innovación que democratiza el acceso tiende a poner a prueba nuestras estructuras sociales y jurídicas. La mejora tecnológica no solo multiplica el valor de uso, sino también los riesgos asociados. La historia de las bicicletas eléctricas se parece a la de muchos otros avances: primero la mejora de la tecnología da lugar a un perfeccionamiento del producto, luego se expande su acceso, y finalmente nos enfrentamos a sus externalidades hasta que la regulación se adapta o fracasa. El desafío actual no es negar la revolución de la bicicleta eléctrica, sino gestionarla con la misma profundidad de análisis con la que celebramos sus beneficios.
This article is also available in English on Medium, «When technology outpaces regulation: the challenge of managing e-bikes«


Contra los usuarios de bicicletas eléctricas de momento no tengo nada. ¿Pero los de patinetes eléctricos? Los odio a muerte. Para ellos las reglas de tráfico simplemente no existen y no tienen reparo en jugarse constantemente su propia vida, no digamos ya la de los demás. Me sorprende que no haya más desgracias.
La ley marca como obligatorio tener una póliza de seguro y que el patinete esté homologado (patinete de >25 kg o >14 km/h). Pero, cómo no, el Registro de la DGT no está operativo.
En España es obligatorio desde enero 2026 tener un seguro específico para las bicicletas eléctricas speed pedelec (>25 km/h o con acelerador) al considerárselas vehículos a motor.
El resto de eléctricas y las sin motor no están obligados. En caso de causar uso no profesional, los Seguros del Hogar y los Coche suelen incluir cobertura de daños a terceros.
En cualquier caso caso, creo que no haría falta no discutir que las bicicletas de cualquier tipo deberían circular por los carriles bici o por la calzada y respetando las normas de tráfico y nunca por las aceras; quien circule por la acera a más velocidad que un humano andando debería ser multado.
Como siempre hay normativa para todo pero luego no se aplica, o bien porque es difícil de aplicar o porque está llena de excepciones o porque no hay agentes para aplicarlas.
La teoría es muy bonita pero llevarla a la práctica es muy complicado.
Por ejemplo, la velocidad de las bici no solo depende del motor sino también del diámetro de las ruedas, etc etc.
Como siempre, educación y respeto hacia los demás y lo ajeno debería imperar.
También hay que tener en cuenta los excesos y la licencias, que te tomas por la juventud.
Todos hemos hecho locuras de juventud.
Ahora como dice el chiste, bajamos la música para aparcar…
Todos los vehículos a motor tienen ya una legislación que les aplica por igual. Las bicicletas con motor deben someterse a ella de la misma manera. No veo la complejidad de este tema. Y los patinetes también. Lo que pasa es que hacerlo implicaría desincentivar su uso porque desaparecerían algunas de sus ventajas en términos económicos.
El problema es sobre todo de infraestructuras. Por motivos familiares, voy con mucha frecuencia a Valencia, y por ello, puedo comparar el uso de las bicicletas en ambas ciudades, (eléctricas o no, en Valencia como eno hay cuestas, suelen ser normales).
En Madrid desplazarse en bicicleta es un grave riesgo, mientras que en Valencia es algo seguro, porque el urbanismo de Valencia ha permitido crear un a red de carril bici que cubre gran parte de la ciudad. y los ciclistas circulan en un 90% separados de los vehículos de motor-
Yo creo que para conducir estos cacharros eléctricos que alcancen cierta velocidad, da lo mismo bicicleta o patinete, habría que sacarse un carnet, también creo que hace falta una legislación clara que rija la circulación de estos vehículos, y que haya sanciones proporcionales para los infractores
En el 90% de los casos de mi entorno, quien usa patinete eléctrico es un migrante sin papeles venido a buscar una vida mejor y que no tiene acceso a un vehículo de motor, sea por precio o por la situación alegal.
Pues ya estas tardando en informar a VOX para que incluyan tu exclusiva información super-verificada para con los menas, seguro que no lo saben…
«Un mena, 4.700 euros al mes y un patinete. Tu abuela, 426 euros de pensión y sin patinete…» XDDD!!!!
Antiguamente en ciudad no era obligatorio el casco en ciclomotores ni en motocicletas. Pero al final se hizo obligatorio, primero en motos y unos meses después en ciclomotores. Y al principio (al menos en Zaragoza) la gente de los ciclomotores pasaba bastante del tema. Hasta que un día los gandules de la local decidieron que hasta aquí, que no se iba a pasar ni una, vas sin casco, multazo. Ahora no verás a nadie en moto sin casco ni por casualidad. Con las bicis y los patinetes ha pasado un poco lo mismo: durante años la policía les ha dejado campar a sus anchas (¿semáforo en rojo? ¿qué es eso?), y ahora meterlos en vereda va a ser complicado.