El regreso inesperado del dinero en efectivo

IMAGE: A close-up of stacked euro banknotes and scattered euro and US dollar coins resting on US dollar bills, symbolizing the persistence of physical cash in modern economies

Los titulares de principios de este año en los que se informó de que la Unión Europea estaba dando marcha atrás en su impulso por una sociedad sin efectivo tienen, sin duda, algo de ironía.

Tras años de políticas que favorecían los pagos digitales para combatir la evasión fiscal y el blanqueo de capitales, Bruselas ha decidido prohibir que los comercios rechacen el efectivo ante un crecimiento de establecimientos que, en 2024, se negaban a aceptarlo en más de una de cada ocho tiendas. La narrativa dominante de una desaparición inminente de los billetes y monedas parece haberse chocado de bruces con una realidad bastante más compleja.

Europa no parece estar sola en esta especie de reencuentro con el cash. Las últimas encuestas y estudios muestran que el efectivo sigue teniendo una presencia notable en las economías avanzadas, aunque con perfiles muy distintos. En la eurozona, más de la mitad (52%) de las transacciones físicas en puntos de venta aún se hacen en efectivo, pese al avance imparable de tarjetas y pagos móviles. Y no es un simple oasis aislado: un análisis del Banco Central Europeo revela que la circulación de billetes y monedas alcanzó cerca de 1.6 billones de euros a finales de 2024, equivalentes a alrededor del 10% del PIB de la zona euro, y sigue siendo la forma de pago con mayor aceptación entre comerciantes.

Estas cifras parecen desmentir la idea de que estamos a las puertas de una sociedad completamente cashless. No solamente persiste el uso del efectivo, sino que también se mantiene su función como reserva tangible de valor y como opción de pago en contextos cotidianos. El paso hacia lo digital es claro y evidente sobre todo en países nórdicos como Suecia, ya donde desde hace años cerca del 90% de las compras se realizan de forma digital y el dinero físico representa menos del 1% del PIB, pero la realidad europea es muchísimo más heterogénea. Las tasas de uso de efectivo varían ampliamente: países del sur y del centro de Europa todavía muestran una preferencia más marcada por billetes y monedas que en el norte o el oeste del continente.

¿Por qué esta resistencia? La respuesta no es puramente sentimental: más allá de preferencias generacionales o culturales, que también existen (los jóvenes no han dejado de usar efectivo tan rápido como se predijo), el efectivo cumple funciones que la digitalización no replica sin incurrir en costes o riesgos. Es un instrumento de inclusión financiera para ancianos y personas con menor acceso a tecnología, un respaldo en situaciones de fallo de infraestructura (como cortes de energía o redes) y una forma de preservar privacidad en pagos cotidianos. Esto explica por qué las autoridades europeas han llegado a recomendar que los ciudadanos dispongan de efectivo suficiente para sobrevivir sin electricidad o internet durante al menos una semana.

España, en este contexto, no es una excepción a la tendencia europea general. La retirada de billetes de alta denominación, las iniciativas regulatorias y el avance de los pagos con tarjeta han empujado el uso del efectivo a la baja. Al mismo tiempo, medidas nacionales y europeas que limitan transacciones en efectivo buscan equilibrar la lucha contra el fraude con el derecho de los ciudadanos a pagar en efectivo. El pulso entre digitalización y preservación del efectivo tiene, por tanto, manifestaciones particulares y a veces tensas en España, donde la preocupación por la inclusión social y la privacidad se mezcla con la urgencia por modernizar sistemas de pago.

En Estados Unidos, el mapa es distinto, pero no incompatible con esta narrativa. Los estudios de la Reserva Federal y las encuestas de comportamiento del consumidor muestran que los estadounidenses siguen manteniendo efectivo en sus carteras, incluso mientras adoptan métodos digitales. Más del 90% de los consumidores manifiestan la intención de seguir usando efectivo como medio de pago o como reserva de valor, aunque la proporción de pagos en efectivo ha descendido con el tiempo. Son muchos los hogares que mantienen efectivo «a mano» para compras diarias y como colchón ante imprevistos, y la preferencia por el pago con tarjeta no ha suprimido completamente la relevancia del billete y la moneda.

Para la Generación Z, según me cuentan en mis clases, la relación con el dinero físico es particularmente curiosa: al haber nacido en un mundo digitalizado, gran parte de sus ingresos, ya sean asignaciones familiares, pagos informales o ingresos tempranos, llega directamente por medios electrónicos, y sus hábitos de pago suelen estar dominados por el teléfono o billeteras móviles. Esta familiaridad hace que el efectivo, cuando les llega, se perciba con frecuencia como algo «externo» a su saldo habitual, un dinero casi destinado al gasto inmediato y que no forma parte de la contabilidad digital que manejan cotidianamente. Esto encaja con datos recientes que muestran que más de la mitad de los jóvenes de la Generación Z solo recurren al efectivo como último recurso, y muchos lo consideran anticuado.

Esto crea una paradoja que pocos analistas financieros reconocen abiertamente: la digitalización y el descenso del efectivo conviven con una resiliencia que no parecía previsible hace apenas una década. No estamos presenciando un adiós lineal al efectivo, sino una recomposición de sus funciones. En Europa y en Estados Unidos, el efectivo persiste como herramienta de resiliencia, como red de seguridad para segmentos vulnerables de la población y como contrapeso cultural a una dependencia completa de redes tecnológicas y proveedores externos de servicios financieros.

Mirando hacia adelante, todo indica que la evolución del efectivo no será una simple línea descendente hacia la desaparición, sino más bien una especie de reconfiguración. Políticas públicas como la que recientemente aprobó el Estado de Nueva York para exigir a los comercios que acepten efectivo y no penalicen a quienes paguen de esa forma reflejan la creciente preocupación por la equidad en el acceso a los medios de pago. En la medida en que las sociedades debatan sobre soberanía tecnológica, privacidad de datos y inclusión financiera, el efectivo seguirá seguramente siendo parte de la conversación.

Pensar en un futuro sin dinero físico es cómodo para tecnólogos y planificadores financieros, pero ignora la complejidad de las decisiones humanas y económicas. El efectivo, lejos de estar agonizando, está siendo revalorizado desde múltiples frentes. Su supervivencia no es un anacronismo: es una afirmación de que, en un mundo sometido a la lógica de la eficiencia digital, todavía hay espacio para medios de intercambio que encarnen atributos que ninguna app o terminal de pago puede replicar completamente. Y ese espacio, tanto en Europa como en Estados Unidos, parece más amplio de lo que muchos pronosticadores querrían admitir.

7 comentarios

  • #001
    MenudaInventada - 17 enero 2026 - 11:01

    El PSOE siempre visionario, lo vio venir hace unos años y por eso ha luchado por impulsar esta vuelta al efectivo desde sus sedes

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    • Enrique Dans - 17 enero 2026 - 11:02

      Ah, claro… era eso!! :-D

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    • Dedo-en-la-llaga - 17 enero 2026 - 13:25

      Sí, sobre todo desde la sede en NEGRO de Génova 13; vamos, donde la siniestra frutería, para que todo el mundo me entienda.

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  • #004
    Benji - 17 enero 2026 - 11:38

    Sin entrar en valorar el comentario #001…

    Creo que el efectivo está abocado a desaparecer. Tal vez no con la GeneraZión Z, pero sí con la Alpha.

    Suelo tener efectivo a mano porque la tecnología tiende a fallarte en los lugares y momentos más insospechados. Tener que andar hasta un cajero (especie en extinción también) y volver para pagar algo pequeño se me hace fastidioso.

    La pregunta más recurrente cuando no funciona el datáfono es «¿tienes bizum?» y se resuelve por ahi.

    Pero todo depende aun de la conectividad. El día que alguien consiga realizar una tarjeta virtual (tipo prepago o pospago) que funcione incluso cuando no haya conectividad, será la bomba y la puntilla al efectivo.

    Por otro lado, demasiados sectores dependen aun del efectivo para poder pagar/recibir en B. En casi cada taller o autónomo te preguntan «con o sin factura?». La segunda se sobreentiende que se paga en efectivo. En muchos bares se puede leer «efectivo preferido».

    Por otro lado los métodos de pago actuales (Visa, MasterCard, Amex, PayPal, Stripe…) pueden ser bloqueados sin miramentos desde USA, algo que debería hacernos pensar a los europeos en tener una alternativa preparada. Un EuroPay o algo así.

    PD: Voy a buscar 50€ para ponerlos dentro del móvil, hahaha.

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    • f3r - 17 enero 2026 - 13:24

      «que funcione incluso cuando no haya conectividad» NI ELECTRICIDAD!!

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  • #006
    Gorki - 17 enero 2026 - 13:09

    Hablo de mis costumbre3s, que no pretendo que sean indicado de las costumbres sociales. Si voy a realizar un pago de cierta importancia ,digamos 800 €, prefiero hacerlo por vía digital, pues las probabilidades de que sea un pago en negro es en mis circunstancias muy remotas y prefiero que quede constancia escrita de que he realizado el pago como elementoa tener en cuenta a a hora de reclamaciones, garantías, etc.

    Por contra si el pago es recorrido de un taxi, un café, el pago en mister Minix,… prefiero pagar en metálico pues de esa forma soy mas consciente del consumo que he hecho, y si salí de casa con 50€ y vuelvo con 7€, tengo claro que he gastado mas de la cuenta.

    Puede que sea un problema generacional y que cundo me muera, desaparezcan los que deseamos hacer pequeños pagos con metálico, sinceramente no lo sé.

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  • #007
    f3r - 17 enero 2026 - 13:32

    Nueva patente sobre un método de pago que sea 1) inhackeable, 2) anónimo, 3) sin baterías, 4) sin dependencias geopolíticas, 5) no desactivable (fácilmente) por tu gobierno de turno.
    Ah no, mierda, que ya existe!
    Si le añades 6) que su valor depende solo del propio objeto en sí, se le llama oro.

    Muchas veces se nos olvida lo poco fiable que es la «última capa» tecnológica. En un plis de repente estás en los 90 (no hay internet), o antes del siglo 19 (no hay electricidad), o peor aun (cuando estalla una guerra) en siglos anteriores, donde no había sistema bancario para las mayorías. Para las dos primeras «caídas hacia el pasado» necesitas cash. Para la última necesitas poner cash o, si se ha devaluado demasiado por el conflicto bélico, necesitas oro, joyas o vender a tu hija como esclava sexual.

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