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Robots e impuestos: no tan sencillo

Las recientes declaraciones de Bill Gates en una entrevista en favor de un impuesto para los robots que sustituyan el trabajo humano contrasta con la resolución del Parlamento Europeo del pasado jueves 16 de febrero en la que se pidió el desarrollo de un marco legislativo para el desarrollo y despliegue de robots, pero se rechazó la propuesta de un impuesto específico para ellos.

La idea de un impuesto específico al trabajo robótico pagado por las compañías que los utilicen reviste en su análisis una complejidad muy superior a lo que aparenta. En primer lugar, porque carece de precedentes históricos: tanto en la revolución industrial, en la que el desarrollo de todo tipo de máquinas y procesos de automatización de la producción dejaron sin trabajo a grandes cantidades de obreros, como a lo largo de las décadas transcurridas desde entonces, en las que esa transición no solo ha continuado, sino que ha experimentado una fuerte aceleración, la adopción de tecnologías productivas nunca ha sido objeto de una tasación específica, más allá del hecho lógico de que una mayor productividad y mayores beneficios puedan incidir en un pago de impuestos más elevado.

La idea esgrimida por Bill Gates suena muy intuitiva: “si un trabajador humano lleva a cabo $50,000 de trabajo en una fábrica, ese sueldo paga impuestos sobre la renta, seguridad social, etc.; si un robot viene a llevar a cabo la misma tarea, debería ser gravado a un nivel similar”, choca con una serie de cuestiones que no lo son tanto, y que pueden argumentarse en contra de tal decisión.

La primera de ellas es que el supuesto “patrón de horas hombre” de sustitución a partir del cual calcular esa presión impositiva funciona únicamente en el momento en que tiene lugar esa sustitución, pero empieza a sufrir desviaciones y deja de funcionar a partir del momento en que las sucesivas generaciones tecnológicas van generando mayores incrementos de productividad. La idea de que “este robot que ensambla componentes en una cadena de montaje sustituye a un trabajador que hacía lo mismo” puede parecer sencilla, pero ¿qué ocurre cuando ese ratio va cambiando, o cuando se demuestra que esa sustitución, además, genera una productividad superior, una calidad mayor o menos defectos? ¿Deberíamos incrementar el impuesto progresivamente en función de lo bueno que es el robot? La implementación de tal impuesto parece compleja, y además, muy posiblemente, contraintuitiva e injusta: ¿debemos castigar con mayores impuestos a quienes invierten para llevar a cabo un trabajo mejor, más productivo o de más calidad?

El impuesto a los robots es planteado por Bill Gates, de una manera práctica, como una forma de reducir la velocidad de la transición, con el fin de permitir que la sociedad pueda adaptarse a ella. Un desincentivo a la adopción que permitiría, por ejemplo, invertir en la formación de los trabajadores que pierden su empleo para que puedan ser empleados en tareas que aún requieren habilidades intrínsecamente humanas, entre las que enumera “el cuidado de los mayores, la creación de clases con menos alumnos o la ayuda a niños con necesidades especiales”. Y es precisamente ese planteamiento el que puede resultar en su mayor crítica: ¿debe la humanidad plantearse frenos que retrasen el desarrollo tecnológico? ¿Es razonable algo así? ¿No deberíamos tratar de hacer precisamente lo contrario, acelerar el desarrollo de la tecnología para ser capaces así de recoger sus frutos de una manera más ventajosa?

El desarrollo tecnológico está llevando a una concentración cada vez mayor de la riqueza en menos manos, a una polarización de la sociedad y a una progresiva erosión de las clases medias. Esta situación genera dos argumentos inmediatos de insostenibilidad: por un lado, una sociedad intensamente polarizada y dividida entre muy ricos y muy pobres llevaría a que la demanda para una gran cantidad de productos cayese, y se pusiese en peligro la viabilidad de las compañías que fabrican productos destinados a un mercado masivo. Por otro, esa situación daría lugar – y de eso sí existen abundantes precedentes históricos – a un malestar social que terminaría con total seguridad generando conflictos. Pero ¿es realmente el impuesto a los robots la forma de contrarrestar estas preocupaciones?

La alternativa a la tasación de los robots puede plantearse como el incremento de la progresividad de los impuestos: el que una fábrica que emplea robots pase a tener, como parece lógico, un beneficio mayor derivado de la necesidad de pagar menos nóminas, de una mayor productividad o de una calidad más elevada llevaría simplemente a pasar a un tramo impositivo más elevado, con el fin de que esa recaudación adicional de impuestos pudiese financiar elementos que evitasen el desequilibrio social y la exclusión, planteables posiblemente como una renta básica universal o incondicional. Renta que, por otro lado, podría sustituir a una gran parte de sistema actual de subsidios condicionales evitando la mayor parte de sus efectos negativos, como el desincentivo a la búsqueda de rentas adicionales.

El replanteamiento del sistema impositivo, en cualquier caso, choca con un problema fundamental: el hecho de que, frente a la ausencia de fronteras que plantea el desarrollo y la adopción de tecnología, seguimos viviendo en un mundo en el que cada país tiene libertad para fijar sus impuestos en función de sus estrategias, lo que conlleva la generación de desigualdades y asimetrías que posibilitan la evasión de esos impuestos. Para un país, plantearse un incremento de la presión fiscal a los que más beneficios generan puede suponer un problema de desincentivo a la radicación de compañías exitosas o de huída de sus fronteras de aquellos que se ven sometidos a impuestos más elevados. Pero si además se plantea la adopción de una renta básica universal o incondicional, podría tener además un problema de inmigración y de control de sus fronteras, derivado del efecto llamada planteado por esa redistribución de la riqueza.

No, decididamente, el problema no es tan sencillo como poner un impuesto a los robots: el problema va bastante más allá, y tiene consecuencias mucho más importantes de lo que parece, consecuencias que muchos tenderían a considerar problemas imposibles de resolver, como la posibilidad de plantear un mundo sin fronteras o sometido a leyes comunes. La discusión sobre esta cuestión merece un nivel de atención mucho mayor y más profundo, más allá de ideas simples y soluciones puntuales. Si alguien pensó que el mundo no había cambiado, que vaya volviendo a pensarlo.

 

ACTUALIZACIÓN (21/02/2017): Marimar Jiménez cita este artículo en el suyo en Cinco Días titulado “¿Y habrá impuesto a robots que no sustituyan a humanos? (pdf)

ACTUALIZACIÓN (12/03/2017): crecen las críticas a la solución de poner impuestos a los robots propuesta por Bill Gates.

 

 

This post is also available in English in my Medium page, “Robots and taxes: not as straightforward as it sounds

日本語で利用可能, “ゲイツ氏の「ロボットに課税する」は正しいか” 

 

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Enrique Dans :