Artículos sobre artists

 

Domingo, Noviembre 9, 2008

Vivan las cadenas

Escrito a las 1:08 am

Conocía el tema desde que el pasado Septiembre tuve la oportunidad de dar una charla para SonyBMG, pero Edgar Bronfman, CEO de Warner Music, lo ha dejado ya completamente claro con sus declaraciones de hoy: las discográficas ya no admiten a ningún nuevo artista si no firma obligatoriamente un contrato 360º. Los contratos 360º establecen porcentajes de comisión sobre todas las posibles actividades del artista, en lugar de hacerlo únicamente sobre la venta de discos: conciertos, ventas de merchandising, contratos de publicidad, uso de canciones en bandas sonoras, y cualquier otra posibilidad existente o futura de ingresos, protegiendo así la inversión de la empresa en el lanzamiento y popularización del artista.

Según me comentaron en SonyBMG, los contratos 360º se han intentado generalizar a la totalidad del catálogo, pero los artistas ya consagrados, se han negado (logicamente) en su práctica totalidad. Ahora, la disyuntiva es clara: si eres un artista novel y quieres optar a lanzar tu carrera a través de una discográfica, tendrás que vender un porcentaje de todos tus futuros ingresos vengan a través del canal o actividad que vengan, o bien irte por tu cuenta y prescindir de la industria discográfica.

El dilema de la industria es claro: en una hipotética cadena de valor simplificada, ésta podría dividirse en selección de talento, producción, distribución y comercialización. Y precisamente, todas y cada una de esas actividades son hoy en día objeto de cuestionamiento:

  • Selección: Muchos preferimos escoger la música por nuestra cuenta entre el inmenso catálogo que ofrece Internet, o confiarnos a sistemas de recomendación social que nos ofrecen artistas y obras basándose en criterios científicos.
  • Producción: Los costes han bajado tanto, que un ordenador y un estudio casero puede ofrecer una calidad más que suficiente.
  • Distribución: Eliminado el vínculo con el objeto físico - el CD, - la distribución se efectúa a través de Internet con un coste mínimo.
  • Promoción y comercialización: ¿Es una discográfica mejor que, por ejemplo, una agencia de publicidad a la hora de lanzar a un artista? ¿Saben las discográficas recurrir a los nuevos sistemas de comercialización basados en factores como Internet, redes P2P, viralidad o redes sociales que han visto tradicionalmente como sus enemigos acérrimos?

En un escenario así, las discográficas se ven abocadas a un redimensionamiento radical, a una severísima cura de adelgazamiento, y a un intento de ampliar sus fuentes de ingresos. Por un lado, estructuras muchísimo más frugales y eficientes. Por otro, contratos 360º, siempre que los artistas acepten pasar por el aro. Por el momento, para los artistas que han vivido la era de las discográficas y que mitifican sus posibilidades, la elección imagino que será clara. Si éstas discográficas son capaces de proporcionar a los artistas oportunidades buenas de promoción y sistemas de comercialización adecuados, posiblemente sean capaces de hacerse con un nicho de actividad en el panorama de la música en el futuro, un panorama en el que las ventas de música serán cada vez menores y, eventualmente, desaparecerán para convertirse en un medio de promoción: la música será no solo de facto gratuita, como ya lo es ahora, sino gratuita por planteamiento inicial, una forma de promocionar otras actividades del artista que aporten más valor que la mera duplicación de plástico y venta de copias. Para los artistas, será un “vivan las cadenas”: se atarán, pero podrán, en algunos casos, obtener interesantes beneficios. Si no, los artistas se irán por su cuenta u optarán por otro tipo de actores, recurriendo al mercado en cada uno de los eslabones de la cadena de valor para desagregar lo que un día estuvo agregado bajo un mismo techo.

¿Luz al final de túnel para las discográficas? ¿O es una locomotora que viene de frente y a toda velocidad?

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Domingo, Diciembre 9, 2007

Música: el estado de la cuestión

Escrito a las 1:12 pm

coke-tapLargo pero muy recomendable artículo en Music 2.0, Time for Luddite & Wanton Label Chiefs to go (vía GigaOm) en el que se refleja cómo la industria de la música, gracias a la ignorancia supina y la incapacidad para ver las cosas de sus directivos, acabó metida en el lío en que acabó: un compendio de estupidez, de inmovilismo, de pretensiones de mantener un nivel económico y una forma de hacer las cosas determinda aunque todo en el mundo cambie a su alrededor… De cómo las visiones de algunos ejecutivos en el 2000 fueron descartadas y se optó por el camino absurdo, el de denunciar a los clientes, el de la negación colectiva, en lugar del de la lógica aplastante.

El artículo revisa las recientes declaraciones de Edgar “We were wrong” Bronffman, la progresiva caída del DRM a pesar de los últimos intentos de Nokia, las opiniones de Ian Rogers, de Yahoo! Music, negándose a admitir el DRM, el intento de trasladar la patética ineficiencia de la industria a otras actividades mediante los contratos 360º, el papel de Apple, las reacciones de los artistas ante tanta estupidez y absurdo derroche en la industria, y cómo la mal llamada “piratería” fue utilizada como excusa para defender lo indefendible: un modelo de negocio inviable que caía por su propio peso.

Para mí, que ya llevo una buena temporada estudiando este tema y escribiendo sobre ello, lo más patético no es el papel de la industria, sino el de los variados defensores que aparecían - y aún siguen apareciendo - negando la mayor: cuando ya la propia industria admite sus errores, cuando los $132 millones al año inyectados en obsesiones persecutorias como la RIAA o IFPI empiezan a ser considerados como objetivos preferentes para el recorte de costes por su extrema ineficiencia, cuando todos vemos que las mentiras sobre el que se acabaría la música y la cultura no eran ciertas sino todo lo contrario, que hoy tenemos más y mejor música que nunca, aún sigan apareciendo centenares de “abogados de pleitos pobres” que, presos de algún tipo de modalidad del “síndrome de Estocolmo“, todavía defiendan a esa industria y a sus prácticas, y pretendan demonizar a unos usuarios que únicamente actuaron como debían actuar dadas las circunstancias del entorno que les rodeaba. Defender lo indefendible cunado tu industria y tu estilo de vida plagado de excesos va en ello, todavía puede tener hasta su cierta y cortoplacista justificación. Pero hacerlo cuando estás fuera de ello es simple y directamente absurdo.

El artículo me ha parecido imprescindible para todos aquellos interesados en le evolución de un modelo de negocio sometido a la transformación de la tecnología, una auténtica lección de cómo no hacer las cosas cuando ves el cambio en el horizonte.

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Sábado, Julio 7, 2007

La lógica de quien está acostumbrado a manejar el gusto de los demás

Escrito a las 7:36 pm

marionetaUn interesante artículo en The Economist, titulado A change of tune, da algunos detalles acerca de cómo la industria de la música está afrontando el cambio de fuentes de ingresos que está viviendo el sector. Como Edgar Bronfman, CEO de Warner Music, comentó el mes pasado,

“The music industry is growing. The record industry is not growing”.

Los rendimientos derivados de vender pedazos de plástico son continuamente descendentes: hace siete años, dos tercios de los rendimientos derivados de un músico venían a través de la venta de música pregrabada, mientras que el tercio restante venía de giras, conciertos y merchandising. Hoy en día, estas proporciones se han invertido: toda la música grabada de The Police, por ejemplo, te la puedes comprar por menos de cien dólares o bajártela de la red, mientras que las mejores entradas para su concierto cuestan en torno a los novecientos dólares. Esto lleva a que si bien los músicos pueden seguir ganando dinero trabajando, los intermediarios dedicados fundamentalmente a meter música en un plástico y, sobre todo, a manipular los gustos del público, hayan visto drásticamente reducida su parte. Así, las discográficas están empezando a plantear nuevas estrategias en su relación con los artistas a quienes representan: hartos de tener que perseguir a los artistas para que dediquen más tiempo a promocionar unos discos que no les dan de comer en lugar de dedicarse a cantar sobre un escenario y a vender merchandising, las compañías han acuñado los llamados “contratos 360º”, una forma de atar bien atado todas las fuentes de ingresos de las que un artista pueda disfrutar. En un contrato 360º, a diferencia de los contratos tradicionales, se incluye todo: venta de música grabada, conciertos, merchandising, y hasta esponsorizaciones y patrocinios, y de todo ello la discográfica se lleva su buena parte. La contrapartida, claro está, es la promoción del artista, lo que siempre fue realmente el negocio de las discográficas: no vender música, sino ser capaz de manipular los gustos de los clientes mediante todo tipo de técnicas de marketing.

Al intentar controlar todas las fuentes del negocio, las discográficas llegan incluso a reservarse los derechos sobre los dominios de Internet asociados con el nombre de un artista determinado, para controlar así cualquier ingreso derivado de este canal y el uso del mismo como herramienta de promoción. Lógicamente, muchos artistas consolidados han rechazado este tipo de acuerdos, y algunos, como Prince, que fue el músico con mayores ingresos en 2004 y lo consiguió mayoritariamente gracias a los conciertos, han llegado a regalar su música para utilizarla como herramienta de promoción de sus otras fuentes de ingresos, lo que enfurece a las discográficas. Otros artistas, sin embargo, se ven abocados a este tipo de contratos en los que se invade el papel tradicional de las agencias de management de artistas: en algunos casos, las compañías discográficas llegan a montar o a comprar sus propias agencias de management, como han hecho Universal Music con Sanctuary o Warner Music con Front Line Management. En el fondo, se trata de intentar mantener el control sobre las fuentes de ingresos y sobre los gustos del mercado, aunque no seas más que un intermediario en prácticamente todo lo que haces. Las discográficas, cada día más, empiezan a verse prácticamente como venture capitalists, con todo lo que ello conlleva, una lógica que sólo se sostiene si te crees capaz de seguir dominando los gustos del público como en los tiempos de la payola. El contrato 360º es el argumento con el que los que tradicionalmente dieron forma a los gustos del mercado intentan retener el control de sus herramientas. Entendiendo por herramienta incluso al mismo artista y a quienes quieren disfrutar de su música.

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Miércoles, Diciembre 20, 2006

El problema de la SGAE

Escrito a las 8:13 am

ImagenSiguiendo a Eduardo Arcos leo una noticia en Terra, la enésima, acerca de unas declaraciones de Manuel de Benito, responsable de la Oficina Antipiratería de la SGAE, y la verdad es que me impresiona sinceramente el nivel de mentiras absurdas, de pobreza intelectual y de demagogia constante de esta asociación. Realmente, el discurso es un insulto constante a la inteligencia de quien le escucha, de tan plagado que aparece de mentiras y tópicos que pueden ser desmontadas con un solo vínculo. Y eso me lleva a pensar en lo patético de esta gente: presas de un irracional miedo a lo desconocido, han renunciado a todo tipo de análisis constructivo de la realidad, de los hechos probados, y se limitan a analizar “su realidad”, “sus hechos probados”, en la vana esperanza de que el convemcerse de ellos les llevará a recrear un pasado que, para ellos, siempre fue mejor.

Por supuesto, estas afirmaciones mías tienen pruebas, precisas y contundentes. Podríamos empezar por la cita al cierre de Madrid Rock “por culpa de la piratería”, cuando está perfectamente probado y comprobado que la empresa decidió, simplemente, aprovechar una coyuntura de mercado y llevar a cabo un pelotazo inmobiliario. Podríamos continuar con la calificación de las descargas de Internet como “delito ‘especialmente dañino’ que puede conllevar penas de hasta cuatro años”, cuando todos sabemos que eso no es cierto (aunque claro, la respuesta que dan - hace falta valor - es que la juez era “una imbécil”), o proseguir señalando, y esta es la más grave de todas, que

la piratería en internet es uno de los principales motivos para cerrar tiendas y perder puestos de trabajo y resulta un desincentivo para la creación, puesto que quién va a invertir en el trabajo de un artista si al día siguiente va a estar difundido de manera gratuita en internet”.

Verdaderamente patético. Ese es el verdadero problema, el que hace que incluso esos artistas a los que dicen proteger (cuando en realidad quieren hacer que pasen a ganar menos), incluso los más populares, se desmarquen completamente de sus posiciones, renuncien a su manipulación constante, y lleguen a decir que ellos sí apoyan las descargas a través de Internet y que los verdaderos ladrones están en sus despachos. Y es que la SGAE, en realidad, está tan anclada en el pasado, que se ha negado deliberadamente y de manera irresponsable a explorar cualquier posibilidad de defender a sus asociados en el nuevo mundo digital al que nos dirigimos. El estúpido mensaje de la SGAE es consistentemente “Internet es malo”, temer aquello que se desconoce, como si realmente estuviesen convencidos de que se puede vivir sin Internet, regular Internet o imponer su voluntad a la de los millones de usuarios que lo utilizamos todos los días. Poco importa que se demuestre que Internet propicia modelos de negocio interesantísimos basados en la economía de la atención, en una mayor difusión o en cualquier otra cosa, ellos siguen con su cantinela de “Internet es malo y hay que perseguir a los internautas”. ¿Quiere que le diga, Sr. de Benito, quién va a invertir en el trabajo de un artista si al día siguiente va a estar difundido de manera gratuita en Internet? Pues todos los que piensan que esa difusión gratuita es, precisamente, una bendición que permitirá al artista darse a conocer mucho antes, mucho mejor, llegar a un público mucho más amplio, y hacerle protagonista de modelos de negocio diferentes al clásico de “te vendo un pedazo de plástico con diez canciones”, ese del que no saben ni quieren salir. Dígale esa estupidez de “Internet es malo” a todos los artistas que van viendo como Internet les ayuda, les favorece, les permite llegar más lejos, como ganan más dinero cuanto más se difunde un disco en Internet… sí, me refiero a esa legión cada vez mayor de artistas a los que consideráis “desagradecidos” que se desmarcan de vuestras ridículas tesis… Está claro: engañar a muchas personas durante mucho tiempo siempre ha resultado una tarea muy complicada.

Son ignorantes, son irresponsables, son profundamente demagogos y son peligrosos. Los artistas no se merecen una asociación así.

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Analizando la relación entre artistas y P2P

Escrito a las 1:51 am

Juan, de Blogoff, me envía un interesante y bien documentado análisis acerca de la relación entre el mercado de la música y las descargas a través de plataformas P2P, con base en esta entrada de TorrentFreak, Why most artists profit from piracy.

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Viernes, Mayo 19, 2006

El ladrón y su condición

Escrito a las 11:21 am

Mucho me ha llamado la atención la reacción de las entidades de gestión de derechos de autor ante el dictamen de la comisión de expertos que asesoran al Ministerio de Industria, de la que hablamos aquí a partir de su publicación en las páginas de El País. Dicha reacción, que he leído en Caspa.tv, consiste en la siguiente nota:

“Sería absurdo pensar que los equipos electrónicos, por sí solos, no hacen películas y producciones fonográficas: sin autores, sin artistas, sin actores, sin editores y productores no hay contenidos que copiar.

Los titulares de derechos de propiedad intelectual españoles, agrupados en las entidades de gestión de derechos, queremos recordar al Ministerio de Industria que la producción de contenidos audiovisuales, fonográficos, editoriales y visuales es también industria y que contribuye al incremento, año a año, del Producto Interior Bruto (PIB) en un porcentaje muy significativo, generando puestos de trabajo y exportando al exterior el resultado de sus creaciones artísticas.

Esta industria se merece que el Ministerio de Industria defienda el desarrollo de este sector, y no únicamente los intereses económicos de la empresas electrónicas, cuya titularidad pertenece, en su mayoría, a empresas multinacionales cuyas fábricas y sedes se encuentran en otros países que es donde realmente crean empleo.”

¿Se dan cuenta de qué es lo que realmente llama mi atención? Se trata, directamente, del lobby de talibanes del copyright acusando directamente al Ministerio de Industria de actuar a su vez como un lobby que defiende los intereses de eso que llaman en su nota “las empresas electrónicas”. Tal comportamiento, aparte de un insulto al citado Ministerio y a su comisión de expertos, sólo revela una cosa: la idea que de un ministerio tienen las citadas entidades de gestión.

Muy señores míos: UN MINISTERIO NO ES UN LOBBY. Ni de nada ni de nadie. Un ministerio debe servir a los intereses del país y de sus ciudadanos, no a los de ningún grupo de poder establecido, sean empresas de un sector o de otro. Afirmar que detrás del dictamen de la comisión de expertos se esconden oscuros intereses de defensa de unas empresas determinadas es algo perfectamente revelador del concepto utilitarista que tienen ustedes de un gobierno como representante de un país y sus ciudadanos. El hecho de que ustedes pretendan tratar como parte de su lobby o grupo de intereses a todo un Ministerio de Cultura y a su Ministra, constituiría en sí, si les dejan hacerlo, una excepción, nunca una norma. Los ministerios civilizados en los países civilizados no actúan así, en contra de los intereses de la mayoría de los ciudadanos, y cuando lo hacen, se trata de un delito de prevaricación, de conspiración para defender los intereses de una minoría, de un grupo de presión que capitanea un negocio centrado en torno a modelos completamente inviables en la actual sociedad de la información. Su actitud, señores, es perfectamente representativa del tipo de sociedad “medieval, no digital”, citando al Dr. Castells, en la que a ustedes les gustaría vivir. Espero que el tiempo nos demuestre que, afortunadamente, el medioevo terminó a principios del siglo XVI.

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Jueves, Abril 20, 2006

Me encanta dar clase

Escrito a las 1:38 am

ImagenMe encanta dar clase” es el título de mi columna de esta semana en Libertad Digital, en la que contesto a esa página tan inspirada y divertida que dice que “Todos a favor del canon” (¿Todos? ¿Qué todos?) En la columna, comparo la actividad docente con la actividad artística, y planteo qué ocurriría si alguien inventase un artefacto con conexión occipital como en esa escena de Matrix que tanto utilizo en clases y conferencias, y automáticamente dejase obsoleto el sistema de transmisión de conocimientos que se utiliza en escuelas, colegios, institutos y universidades. Los profesores representan un colectivo posiblemente mayor que los artistas, y su aportación al desarrollo y difusión de la cultura es evidente… ¿plantearía alguien ilegalizar la tecnología (partiendo de la base de que no resultase dañina para la salud) y/o compensar a los profesores con un canon en función de… yo que sé… las ventas de bufandas (con la excusa de que sirven para cubrir la región occipital :-)

La cultura no ha muerto, el arte sigue ahí y eres muy dueño de disfrutar creándolo. Simplemente, el mercado para la distribución de arte ya no existe. El método que se empleaba para distribuir obras ha sido superado por una tecnología más eficiente. Dado que no existe mercado, no es lógico que cobres por distribuir arte, tendrás que buscarte otro modelo de negocio que te permita crear un nuevo mercado en el que alguien esté dispuesto a pagar por tu producto. Lo demás, es intentar exigir tu derecho a la sopa boba.

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Martes, Abril 11, 2006

Sin NOSOTROS no sois NADA

Escrito a las 1:43 am


Sois patéticos. Ridículos. Absurdos. Estúpidos. Sin nosotros no tenéis ninguna razón de ser. Sin un público que os escuche, que os aplauda, que os mire, que os coree, no servís para nada, no sois nada. ¿Arte? ¿Cultura? ¿Qué es el arte si nadie lo disfruta? ¿Qué es la cultura si nadie accede a ella? ¿Qué son arte y cultura cuando únicamente sirven para perseguir, martirizar, insultar y encarcelar; cuando el acceso a ellas es algo que persigue la policía? ¿Qué clase de artistas dejan que la defensa de sus intereses perjudique a aquellos para los que presuntamente querían crear?

Dais asco. Repugnancia. Vuestros modos, vuestras protestas, vuestros lloriqueos en el regazo del poder, vuestros constantes insultos… nunca unos presuntos artistas estuvieron tan desconectados de su público. Artistas que posan en las escaleras del gobierno. Artistas que viven del subsidio. Artistas rodeados de abogados, políticos y policía. Artistas que piden la fiscalización de las comunicaciones, el control, la vigilancia. Artistas cobradores de cánones, multas e impuestos… QUÉ FALTA DE DIGNIDAD, QUÉ ASCO.

Mirad en qué os habéis convertido: “Policía, policía… aquel se está bajando mis canciones… ” Nos bajamos vuestras canciones. Sí, ¿y qué? Podemos hacerlo, no podéis detectarlo, y lo seguiremos haciendo siempre que queramos. Es el último detalle que nos queda de apreciación por lo que hacéis. La cultura se defiende copiándola mil veces, no restringiendo su circulación. Si ya no os interesa seguir creando, no sigáis creando. Dejad de insultar y perseguir. Ya crearán otros. De vosotros, ni arte ni cultura. Sólo odio, rencor, inquina.

Sin NOSOTROS no sois NADA. NADA. NADA. NADANADA.

(Recibido por correo electrónico)

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Sábado, Abril 1, 2006

Mi postura frente a la música

Escrito a las 10:49 am

Imagen“Estoy en contra de los artistas. Los odio. Deseo intensamente que mueran de hambre. Que tengan que mendigar, desharrapados, por las esquinas viviendo de la caridad de sus clientes, o que se callen de una maldita vez y dejen de producir la basura asquerosa que producen. Y las agencias de derechos, ni te cuento… esas mafias organizadas deberían, simplemente, ser aniquiladas sin piedad, y sus directivos ser enviados directamente y sin escalas a la parte destinada a los delincuentes más peligrosos de la más sórdida de las prisiones siberianas”.

Esto es, simplemente, lo que ocurre cuando las mentes de escasa inteligencia escuchan únicamente lo que quieren escuchar. Por supuesto, el texto con el que comienzo esta entrada es una reductio ad absurdum, una forma de manifestar lo ridículo, lo estúpido que puede ser que alguien de una mediana inteligencia pueda llegar a pensar que las ideas de un profesor de una escuela de negocios vayan por esa vía. Y mucho más estúpido es que, tras leer la carta de alguien que cree que defiendo algo así, que te lances al teclado con tu inequívoca cara de bestia parda, y te pongas a vomitar bilis mientras babeas sobre las teclas y envíes un mensaje lleno de amenazas de todo tipo, que no hacen más que reflejar el tipo de persona que realmente eres.

¿Cuál es, realmente, mi postura con respecto a la música? La proveniente de un análisis de la evolución de sectores de la actividad económica que han sido sometidos a la acción de tecnologías disruptivas, intentando derivar enseñanzas comunes a todos ellos. Mi análisis afirma que hay verdades ineludibles contra las que no se puede luchar, y una de ellas es el que los contenidos, estructurados en forma de bits, son imposibles de parar. Si alguien quiere acceder a ellos, podrá hacerlo sin demasiado esfuerzo. Eso es una verdad, un hecho, no algo que yo desee, ni un escenario futuro, ni una maldición que musito cual si fuera una vieja desdentada. El que a mí, además, ese me parezca un escenario delicioso, es algo que no entra en el análisis. Mi opinión aquí es irrelevante, yo soy un académico y me limito a exponer hechos y análisis, no a vomitar bilis verbal como hacen otros que subsisten en sus cargos porque son expertos en como eran los negocios ayer.

¿Qué ocurre cuando esos bits se pueden mover libremente? Pues que los negocios cambian. Que las industrias que vivían de acercar esos bits a un público determinado pierden el valor generado por ese eslabón de su cadena de valor. Como esas empresas, además de distribuir, estaban implicadas en unos mecanismos de producción ya de por sí extremadamente viciados, surgen problemas en la retribución de los artistas, que ven como sus productos, en vez de ser obtenidos a través del canal convencional, totalmente desprovisto de propuesta de valor, son obtenidos mediante canales alternativos notablemente más ventajosos. Se llega a un punto en el que la propuesta de valor del canal alternativo es tan ventajosa en términos de comodidad, versatilidad y hasta imagen, que la idea de seguir vendiendo el producto tradicional resulta, simplemente, una ofensa a las leyes del sentido común: lisa y llanamente, una estupidez. ¿Para qué voy a bajar a la calle a comprar un estúpido pedazo de plástico que contiene más canciones de las que quiero, cuesta un elevado precio y además no funciona en todos los soportes, cuando puedo obtenerlo rápido, gratis y sin restricciones a través de Internet? ¿Por hacerle algún tipo de favor a una industria que dedica todos sus esfuerzos a insultarme incesantemente? La cuestión es, simplemente, una ofensa al sentido común.

Partiendo de esa base, la industria se pone en pie de guerra, pero en lugar de hacerlo en la dirección correcta, para innovar y tratar de obtener modelos de negocio alternativos, lo hace para parar lo imparable, para intentar poner puertas al campo. Y para ello, en un despliegue de contrasentido común, intenta perseguir a sus propios usuarios, criminalizarlos, e imponerles barreras y restricciones cada vez más poderosas (pese a lo cual, por supuesto, el tráfico en redes P2P no deja de subir). Y, en paralelo, opta por una vía abominable que ofende a todas las leyes de mercado: un cambio legislativo que hace que se instaure un verdadero impuesto asociado a los bienes más arbitrarios, y que grava a los consumidores con unas cargas que ellos mismos se reparten. Es decir, crea un sistema de subvención, muy parecido al que otros sectores de la actividad cultural, como el cine, ya tenían previamente creado. Un sistema que independiza la obtención de ingresos de la venta real de los productos, en lo que burdamente llaman una “compensación”, como si otros sectores que puedan o pudiesen verse abocados a crisis de este tipo hubiesen obtenido o fuesen a obtener compensaciones de algún tipo. Y lo dicen convencidos, y convencen a los políticos de turno, y cambian la ley para ello… y todo ello, porque ellos son “artistas”. Efectivamente, no cabe duda: lo son.

¿Odio a los artistas? Ofende pensar tamaña estupidez. Simplemente, creo que tendrán que buscar otras formas de obtener remuneración por su creación, formas que tendrán que estar sujetas a lo que un mercado decida pagar por ellas. ¿Odio a las agencias de derechos? En absoluto, nada más lejos de mi intención, y creo que en un presente en el que los bits circulan libres, tendrán un papel de auditoría para controlar qué entidades asocian un lucro al uso del bien cultural, y solicitar de tal lucro la parte correspondiente al autor. ¿Odio a las compañías discográficas? Otra falacia absurda. Creo, sencillamente que son intermediarios que verán como gran parte de su papel se verá desintermediado, y como la relación entre artistas y público se llevará a cabo sin su participación en los procesos de selección, producción y comercialización. ¿Creo que es malo ganar dinero con la música? Por favor… repita conmigo: “pro-fe-sor-de-u-na-es-cue-la-de-ne-go-cios”. ¿Le dice algo esa frase? A mí no me ofende que nadie gane dinero con nada, siempre que esté sujeto a unas normas determinadas de responsabilidad. Ahora, si ganar dinero incluye hacer lo que sea (incluyendo enviarme a mí , que sólo soy el mensajero, amenazas de muerte y patéticas cartas a mi jefe para que me eche) para así seguir haciendo más lo mismo, independientemente de los cambios del ambiente, en ese caso lo siento. No cuente conmigo ni con mi opinión positiva como analista, divulgador, docente o cliente. Tienen ustedes merecidas todas las crisis que su profesión pueda sufrir. Y me tendrá a mí, además, para contarlas todas, una detrás de otra, en mis artículos y estudios.

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Lunes, Marzo 27, 2006

Técnicas mafiosas

Escrito a las 12:39 am

ImagenDiariamente suelo recibir algunos correos de gente del mundo de la música que me pregunta sobre algunos de mis artículos y opiniones acerca de la industria musical, la evolución del modelo de propiedad intelectual, etc. Lo considero normal en una persona que estudia el tema y mantiene una postura abierta de expresar su opinión en medios y, de hecho, los mensajes recibidos suelen ser relativamente equilibrados: personas que, desde dentro del mundo de la música, opinan que tengo razón en todo o en parte, personas que expresan sus diferencias y plantean debates interesantes, y a veces, en contadas ocasiones, algún exabrupto al que no suelo contestar. Así ha sido, hasta este fin de semana. Este fin de semana, sin embargo, la cosa se ha disparado. Al volver a mi bandeja de entrada tras un breve período de desconexión, me he encontrado un cierto número de mensajes en tono amenazante, o que usan la burda técnica de poner en copia nada menos que a mi Decano, como si él o el Instituto de Empresa, en donde trabajo, tuviesen que responder de mis opiniones expresadas dentro del marco de la libertad de cátedra. En otros casos, los mensajes recibidos son directamente amenazantes, en el más genuino estilo mafioso. Tras investigar un poco, me he encontrado qué había de diferente que pudiese haber desencadenado este conjunto de reacciones, y me he encontrado con esta carta de Juan José Castillo en la página de la ACAM, en la que responde - o mejor, lo intenta con la habitual carencia de argumentos - a mi artículo “La sopa boba“, publicado en Libertad Digital. A partir de esa mención en la página de la ACAM, he recibido mensajes injuriosos de todo tipo, y otros, como comentaba, utilizando la técnica “presuntamente intimidatoria” de copiar en él a otras personas no implicadas en esa discusión.

Qué burdo, qué primario, qué poco estiloso… qué desagradable. Señores, cuando quieran, en una mesa de debate. El debate me parece una opción mucho más productiva que ese tipo de absurdas técnicas mafiosas.

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