El Blog de Enrique Dans

La verdadera dimensión del mensaje de Obama sobre la neutralidad de la red

Escrito a las 2:25 pm
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Obama - Speech on Net Neutrality

Barack Obama decidió finalmente ayer desempolvar la promesa de su primera campaña electoral acerca de la importancia de garantizar la neutralidad de la red, justo a tiempo para intervenir en el momento en que la Federal Communications Commission – no lo olvidemos, un organismo independiente – amenazaba, de la mano de un director que proviene del lobby de la industria de las telecomunicaciones y el cable, con hacer que el concepto pasase a mejor vida.

Lo hace con un mensaje publicado en Medium – impresionante el ascenso en la popularidad de la plataforma, creada por dos de los fundadores de Twitter, Evan Williams y Biz Stone – y posteriormente en la web de la Casa Blanca y en YouTube, mensaje al que vale la pena dedicar una lectura por su dimensión histórica: hablamos de una toma de posición clara y contundente, que solicita expresamente de la FCC medidas concretas y específicas – la reclasificación del acceso a internet dentro de los servicios de telecomunicaciones conocidos como “common carriers”, acabando con su estatus “menor” y sujetándolos a las mismas limitaciones y restricciones que actúan sobre otros servicios de comunicaciones considerados como básicos.

El análisis más completo y certero desde mi punto de vista que he leído al respecto está en Vox, Obama says FCC should reclassify the internet’s regulatory status, y el mejor resumen de reacciones, en The Verge, Obama’s plan to save the internet draws bold reactions. Son análisis que podrían perfectamente pasar desapercibidos por su teórica implicación exclusiva para los norteamericanos, pero que no es ni mucho menos así: hablamos, en realidad, de un mensaje de trascendencia histórica, del ser o no ser de internet en el futuro. Pero vamos con el mensaje… básicamente, ¿qué ha dicho Barack Obama?

  • La red es hoy esencial para la economía y el modo de vida norteamericanos, y su carácter abierto y neutral es fundacional, está construido en su propia naturaleza.
  • Sin embargo, eso no quiere decir que podamos tomar esa neutralidad como algo asegurado. No podemos permitir que los proveedores de acceso a internet tomen una posición que les permita decidir qué servicios ganan o pierden en función del acceso que dan a los mismos.
  • De ahí que el Presidente solicite a la FCC que se alinee con las peticiones de más de cuatro millones de comentarios públicos al respecto, y apruebe las reglas más fuertes posibles para proteger la neutralidad de la red. Un compromiso por una red abierta y libre que ya hizo cuando era todavía candidato a la presidencia, y que hoy se mantiene tan fuerte como siempre.
  • Las medidas tomadas hasta ahora por la FCC para intentar proteger la neutralidad de la red no funcionaron: los tribunales han dejado claro que la única manera de proteger esa neutralidad es reclasificando el servicio de conectividad al mismo nivel que otros servicios de telecomunicaciones sujetos a restricciones: los proveedores de tales servicios no pueden actuar como guardianes de aquello a lo que los usuarios pueden o no acceder. Concretamente, las restricciones son las siguientes:
    1. No a los bloqueos: si un cliente solicita acceso a  un servicio o contenido, y este es legal, el ISP no estará autorizado a bloquearlo, de manera que todos los servicios, afiliados o no con el ISP, tengan igualdad de oportunidades a la hora de acceder a los clientes potenciales.
    2. No al throttling o “estrangulamiento”: bajo ningún concepto podrá un ISP reducir la calidad del acceso a un servicio en función de sus preferencias o del tipo de servicio que sea.
    3. Más transparencia: la llamada “última milla” no es el único lugar en el que las páginas y servicios web podrían recibir tratamiento preferencial por parte de un ISP. Por tanto, habrá que aplicar total transparencia para que se asegure la neutralidad de la red en todos los puntos de la red de interconexión entre el ISP y el resto de internet.
    4. No a la priorización pagada: ningún servicio podrá ser “atrapado” en un carril lento por no pagar una cuota determinada, porque eso socavaría la igualdad de condiciones esencial para el crecimiento y desarrollo de internet. Debe prohibirse, por tanto, la priorización de pago y cualquier otra restricción que tenga un efecto similar.

     

  • Si se toman en conjunto y se diseñan con el debido cuidado, estas medidas no deberían suponer una carga excesiva para los proveedores de acceso ni deberían restringir los incentivos a la competencia en la prestación del servicio. De hecho, estas mismas medidas deberían trasladarse también a la banda ancha móvil,
  • En el fondo, se trata de aplicar las mismas reglas que durante más de un siglo han regulado las telecomunicaciones, reconociendo que aquellas compañías que te conectan al resto del mundo tienen que tener algunas obligaciones que impidan que exploten de forma monopolística el acceso que tienen a nuestros hogares o a nuestras compañías. Es la razón por la cual una llamada de teléfono llega a otro abonado aunque utilice los servicios de otra compañía, o por las que no se penaliza a alguien solo por llamar a quien no usa los servicios de su compañía.  Es de sentido común que esta misma filosofía se aplique a la transmisión de datos del mismo modo que se aplica a las llamadas de voz.
  • Es momento de que la FCC reconozca que los servicios de comunicaciones de banda ancha tienen la misma importancia y deben estar sujetos a las mismas obligaciones que otros servicios igualmente esenciales. De ahí que la FCC deba reclasificar los servicios de transmisión de banda ancha a los consumidores dentro del Título II de la Ley de Telecomunicaciones, reconociendo así el carácter básico de los servicios que los ISP proporcionan a los hogares y empresas estadounidenses, y las obligaciones directas necesarias para asegurar que la red funciona para todo el mundo, no únicamente para una o dos compañías.

 

Un mensaje indudablemente claro y específico, que va a diferenciar a los países en función de que decidan hacerlo suyo y aplicarlo a su entorno o, por el contrario, permitir que los operadores puedan dedicarse a destruir la naturaleza abierta de la red. Para los norteamericanos, es el momento de exigir a la FCC que cumpla con las directrices presidenciales sin demora, sin tratar de dilatar el proceso a la espera de que lleguen otros vientos a la Casa Blanca (las reacciones de la mayoría de los republicanos son esencialmente las contrarias, alineándose descaradamente con los intereses corporativos y en contra de los ciudadanos). Para los ciudadanos de otros países, es el momento de leer detenidamente el mensaje, y de entender lo que la red es… y sobre todo, lo que debe seguir siendo en el futuro. Si tu gobierno no está de acuerdo con estos principios… preocúpate. Si la red es importante para ti, te va a tocar hacer un trabajo de pedagogía y activismo similar al que los norteamericanos llevan ya mucho tiempo haciendo.

 

This article is also available in English in my Medium page, “Obama and the internet: a historical message to the world about network neutrality

Apple Watch: cuando una empresa es capaz de detener todo un mercado

Escrito a las 5:07 pm
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Apple Watch

El anuncio del Apple Watch el pasado 9 de septiembre, cuya salida al mercado no llegará hasta la primavera de 2015, parece estar provocando una ralentización de las ventas de smartwatches para todos sus competidores. Al modo del mejor Hiro Nakamura de “Heroes“, capaz de detener el tiempo, Apple parece haber alcanzando el superpoder de detener los mercados a la espera de la salida de sus productos: en el anuncio del producto se citaron dos tamaños, tres colecciones, seis acabados, dieciocho brazaletes y once diseños de esfera diferentes, pero no se desvelaron características tan importantes del mismo como la duración de la batería, aunque todo parece indicar que habrá que cargarla todas las noches, o el precio, que parece ser que oscilará entre los $500 por el modelo básico en acero inoxidable y $4.000 por los modelos de oro.

El hecho merece una reflexión: los smartwatches no son, obviamente, ningún producto de primera necesidad ni imprescindible, son más bien un objeto que oscila entre el capricho tecnológico, el interés por proyectar una imagen de afinidad tecnológica o la búsqueda de una cierta conveniencia si se considera su asociación con el sistema de pago de la compañía, Apple Pay, si se reside en un mercado en el que este sistema sea una realidad. Pero indudablemente, hablamos de una categoría que todo indica que va a tener cierta importancia (se calculan más de cien millones de dispositivos en 201922.9 mil millones de dólares en el año 2020), en el que Apple ha seguido una estrategia en este segmento que reafirma su capacidad de redefinirlo y de marcar los tiempos de la industria: salvando pruebas anteriores poco significativas, el primer smartwatch capaz de alcanzar un cierto nivel de popularidad fue el Pebble a raíz de su exitosísima campaña en Kickstarter, que encabezó el ranking de recaudación en esa plataforma de crowdfunding hasta que el pasado mes de agosto fue superado por algo aparentemente tan poco excitante como una nevera de camping. Anteriormente habían surgido modelos de empresas tan conocidas como Motorola o Sony, que sin embargo, nunca llegaron a alcanzar unas ventas o una visibilidad mínimamente significativa.

El éxito de Pebble en Kickstarter y sus ventas de casi doscientas mil unidades entre el primer modelo y el segundo, el Pebble Steel, fueron interpretados por muchas compañías como una señal positiva a un estudio de mercado no oficial, lo que dio lugar a una proliferación de nuevos modelos: además de las nuevas ediciones de las ya citadas Sony o Motorola, hemos visto modelos de compañías como Qualcomm, Samsung, Archos, LG o Swatch, además de bandas cuantificadoras de actividad física para llevar en la muñeca y con algunas funciones similares a las de un smartwatch como las presentadas por Razer, Microsoft, Fitbit o algunos otros.

Ahora, a pesar de la gran actividad en la categoría, muchos analistas afirman que las ventas se han ralentizado, a la espera de la saluda al mercado del Apple Watch. Una cita que deja de lado la época más activa de ventas en electrónica de consumo, las navidades, y que provoca un verdadero problema a las empresas que habían confiado sus lanzamientos al calendario habitual: si las ventas no despegan, se verán obligados a almacenar mucho más allá de lo recomendable en una industria caracterizada por una obsolescencia feroz, y a confiar que la salida del producto de Apple provoque un cierto repunte en las ventas de sus modelos. Si nos atenemos a experiencias anteriores, esa espera y ese posicionamiento de producto prácticamente “sustituto” terminará provocando bajadas de precio y caídas en la rentabilidad esperada de esas líneas de fabricación.

¿Cuánto pagaría una marca cualquiera por la capacidad de “detener el tiempo” y poner a todo un mercado a esperar por su producto, a pesar de que ni siquiera se hayan publicado oficialmente algunas de sus características más significativas? La experiencia sucesiva de productos como el iPod, el iPhone o el iPad, que dominaron respectivamente las categorías del reproductor MP3, el smartphone o el tablet a pesar de no haber sido en modo alguno el primero en salir al mercado, parece haber dotado a la marca de la manzana de un aura que lleva a muchos a estar dispuestos a esperar varios meses por sus productos, aunque algunas de sus características ni siquiera estén completamente definidas.

Podemos llamarlo “efecto fanboy” o como queramos, pero todo indica que los calendarios de Apple marcan, en muchos sentidos, el pulso de la electrónica de consumo. Todavía es pronto para aventurar cuál será la recepción que el mercado ofrezca al Apple Watch. Pero sin duda, el anuncio de su salida ha tenido un efecto… en las cuentas de resultados de sus competidores.

 

This article is also available in English in my Medium page, “Apple Watch: when a company can freeze an industry in time

Censura, red y periódicos del siglo pasado

Escrito a las 1:18 pm
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El estafermo - MediumEl periodista español Pedro J. Ramírez, fundador y director de El Mundo hasta que la empresa editorial de ese medio decidió cesarlo por presiones del gobierno, ha publicado uno de sus artículos de más alcance: una columna que formaba parte de la colaboración semanal que mantenía con el que hasta hace algunos meses era el medio que dirigía, pero que éste, en medio de una agria polémica, decidió censurar.

Tras ser informado sobre tal circunstancia, el periodista tomó la decisión de publicarla en su página recién abierta en Medium, una de las plataformas de blogging más pujantes creada por dos de los fundadores de Twitter, Evan Williams y Biz Stone, y hacerse eco de dicha publicación a través de su cuenta de Twitter (con casi trescientos mil seguidores) y su recientemente estrenada página de Facebook.

Hoy, la columna de Pedro J., titulada “El estafermo“, es la página más recomendada en Medium (y la única en castellano que ha aparecido en esa lista desde que comenzó la andadura de Medium hace ya más de dos años), aparece además retuiteada, enlazada y compartida por todo lo largo y ancho de la red española, y está además publicada en medios de comunicación como El Diario.es, VozPópuli, InfoLibre y varios más.

Todo un caso de libro del llamado “efecto Streisand“, y una dura demostración de la triste parodia de medio de comunicación que es El Mundo hoy: la columna de su ex-director no arremetía contra el medio o contra su director actual, sino… contra el presidente del gobierno. Es decir: la columna fue censurada no por la incomodidad que podría suponer al medio publicar una información sobre sí mismo o sobre su política interna, sino por los supuestos problemas que podría acarrearle publicar una información molesta para su “verdadero jefe”, el gobierno español, el mismo que provocó la salida de su ex-director. No ha podido tener Pedro J. mejor venganza: demostrar de manera sólida e inequívoca que el medio que le echó está ahora en tan abierta connivencia con el gobierno, que no puede permitirse siquiera publicar una carta crítica con su gestión. Si alguien aspira a encontrar en El Mundo una información mínimamente crítica o inconveniente para el gobierno, que abandone cualquier esperanza. Hoy, El Mundo, como el resto de los medios pertenecientes a la caduca asociación AEDE, es un periódico intervenido por el gobierno. Lo peor que se puede decir de un medio, y algo trágico para una cabecera que, en su momento, llegó a ser considerada, precisamente debido a los escándalos e informaciones que fue capaz de exponer con su periodismo de investigación, responsable de muchos cambios importantes en la política española. El Mundo de hoy nunca podría asumir ese papel: es, simplemente, una caricatura de sí mismo, vendida a un gobierno manipulador.

En el centro del asunto, el canon AEDE, la absurda tasa diseñada por el gobierno español para hacerse con el control de unos medios de comunicación consumidos por las deudas en una prueba patente de su inadaptación al siglo XXI. Tras numerosas protestas de los editores de los medios en papel, el gobierno del Partido Popular, obsesionado por su mala imagen en los únicos periódicos que lee un presidente que no llega siquiera a encender el inútil ordenador que tiene en su despacho, diseñó una “ley de laboratorio” para conseguir remunerar a esos medios a costa de otras empresas de internet. Una ley diseñada a partir del fallido ejemplo alemán, que ha hecho que los medios de ese país tengan que volver a Google mendigando que por favor les vuelva a enlazar, pero que introduce además un engendro jurídico alucinante: un supuesto “derecho irrenunciable” de los medios a ser compensados, que impide que estos puedan renegociar las condiciones del uso de su información… una información que, no lo olvidemos, se limitaba a titulares y pequeños fragmentos, que resultaba completamente lícito enlazar, y que además, se convertía en una importantísima fuente de visitas para esos medios. Un disparate jurídico que no solo pretende crear derechos sobre lo que no es suyo (resulta que yo ahora, como medio, tengo un supuesto “derecho irrenunciable”… ¡al que había renunciado expresamente en la licencia Creative Commons de mi página!!), sino que además, va en contra de las normativas y directrices de la Unión Europea, a la que hurtó el polémico artículo del paquete legislativo enviando para su supervisión una versión que no lo contenía.

El Mundo, como el resto de medios de AEDE, vale hoy muchísimo menos que el papel en el que está impreso. Leerlo es asegurar que el lector no llegará a enterarse de nada que resulte mínimamente incómodo para el gobierno: si algo aparece, será porque ha pasado la censura gubernamental, con la que de facto se pactan los contenidos, ejercida por esa vicepresidenta que ha comprado la amistad de sus nuevos directores. Si quieres ser algo en esos medios, tienes que ser amigo de la vicepresidenta, y no publicar nada que no le guste. Tremendo y triste panorama para unos medios que no solo son unos inadaptados a la red, sino que además pretenden que la red debe cambiar a su antojo y compensarles en función de las pérdidas que sufren, como si compensar a los más torpes fuese a traer algo bueno.

El episodio de censura a Pedro J. Ramírez es, hoy, la prueba de que lo mejor que puede ocurrir con la prensa española es que se vea obligada a refundarse, porque nada bueno puede salir de unas cúpulas directivas plagadas de dinosaurios incapaces de entender la red y dispuestos a vender su independencia al gobierno de turno por un plato de lentejas. Es una auténtica lección de cómo funciona la red, que ninguno de esos directivos del siglo pasado será capaz de entender o aprovechar: la información funciona mejor cuanto más se enlaza, cuanto más se referencia, cuanto más se comparte, cuantas menos barreras se ponen a su circulación. Penalizar el enlace con un pago es la mayor tontería que algún iluminado pudo parir como supuesta solución a un problema. Todo negocio en la red tiene que tener en cuenta esa máxima inmutable, que no es una ley de los negocios, sino de la red misma. Una característica del entorno. Creer que se puede cambiar el entorno en lugar de adaptarse al mismo es pura y simple megalomanía, típica de muchos gobernantes o de algunos directores de medios españoles. O sencillamente, estupidez.

 

This article is also available in English in my Medium page, “Spanish newspaper shoots itself in the foot by censoring former editor

Hablando sobre el canon AEDE, en La Noche en 24 Horas

Escrito a las 10:49 am
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Esta semana, en la sección de tecnología de La Noche en 24 Horas, estuve hablando con Sergio Martín sobre el canon AEDE, tratando de dejar claro que esto no es para nada un asunto relacionado únicamente con Google, y que se trata de una amenaza clarísima a la competitividad de nuestro país y a la libertad de información.

Personas o productos: ¿hacia una web con servicios de pago?

Escrito a las 11:21 am
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Personas o productos - Expansión (pdf)Mi columna en el diario Expansión de esta semana se titula “Personas o productos” (pdf), y es una especulación sobre si tendría sentido pensar que un desplazamiento en las preferencias de los usuarios, generacional o de otro tipo, nos llevase a un escenario en el que los servicios financiados mediante el análisis de los datos del cliente de cara a la administración de publicidad contextualizada y segmentada perdiesen progresivamente su atractivo.

¿Qué ocurriría si, por ejemplo, el mercado demostrase preferir servicios como Ello, carentes de publicidad, financiados mediante modelos freemium y que no recopilan información de los hábitos de sus usuarios, en lugar de la red social contra la que se define por oposición, Facebook? Lo sé, a Ello le falta mucho por desarrollar y demostrar, puede perfectamente quedarse en nada, y no existe a día de hoy ninguna evidencia de un cambio en las preferencias que sería casi un desplazamiento tectónico, pero pensémoslo simplemente como hipótesis: desde hace tiempo estamos viendo cómo algunos servicios que tratan de no amenazar la privacidad del usuario, van creciendo en las preferencias de adopción, mientras toda una generación de jóvenes parece ver la publicidad segmentada como algo siniestro, como una especie de vigilancia permanente sobre todas sus acciones. ¿Que pasaría si la tendencia se estableciese? ¿Cómo podrían reaccionar los servicios consolidados basados en la publicidad segmentada?

La respuesta parece clara: si tienes un servicio que los usuarios quieren, pero rechazan el modelo de negocio que tiene asociado, lo ideal sería ofrecer a esos mismos usuarios la opción de obtener esos servicios mediante otro modelo de negocio diferente. En este caso, sustituyendo la publicidad y la recopilación de datos por un pago, por ejemplo, una cuota anual. Ajustando el importe de esa cuota adecuadamente, podría ocurrir que un cierto segmento de usuarios, cuyo tamaño es pronto para aventurar, manifestase su preferencia por ese tipo de modelo frente al conocido. Eso permitiría a la compañía ofrecer un modelo diferenciado, en el que puede contestar a las protestas de ese segmento de usuarios que no quieren ver su privacidad amenazada con un simple “si no quieres publicidad, ahí tienes el precio”.

Google anuncia a través de Susan Wojcicki que está considerando un modelo de suscripción de pago para YouTube, que tendría como contraprestación la eliminación de la publicidad. En el caso de YouTube, con un modelo de interrupción directa sensiblemente más molesto para el usuario que el que Google emplea en el resto de su cartera de productos, el modelo resulta curioso: “voy a crear un servicio que interrumpe de manera molestísima al usuario cada poco tiempo con cosas que éste no quiere ver, para intentar que, a base de molestarlos mucho, terminen por pagar para quitárselo de encima”. Pero los resultados del experimento, sin duda, parecen prometedores.

En un entorno en el que algunas publicaciones, particularmente las características de segmentos de usuarios con más nivel de experiencia, ven ascender el uso de bloqueadores de publicidad por encima de un tercio, este tipo de consideraciones no van a tardar en producirse. ¿Pagarías por una YouTube sin publicidad? ¿O simplemente no pagarías, pero te instalarías un bloqueador para evitarla? ¿Y por Google? ¿Te plantearías pagar por un buscador que no pone anuncios y no almacena tu información? Lo sé, es mucho especular, pero me parece una posibilidad cada vez más realista.

A continuación, el texto completo de mi columna:

 

Personas o productos

Uno de los aforismos más habituales de la “vieja escuela” de los descreídos de internet, es que en la red nadie quiere pagar. Que la red está poblada por parásitos capaces de caminar hasta el fin del mundo si con ello se ahorran un euro.

La realidad, sin embargo, es bien conocida por los usuarios avanzados: cuanto más se usa la red, más se tiende a pagar por servicios que aportan valor. Compañías como Evernote, que no conminan a un pago sino que simplemente ofrecen una prestación valiosa con la opción de pagar por ella, obtienen porcentajes de conversión muy interesantes.

La evolución de la privacidad, en plena era post-Assange y post-Snowden, está llevando a una evidencia clara: cada vez más usuarios reclaman control sobre sus datos. El modelo de servicios gratuitos a cambio de explotación de datos personales y publicidad segmentada tiene cada vez menos aceptación, especialmente entre los jóvenes. El éxito de Snapchat o la curiosidad en torno a propuestas como Ello parecen demostrarlo.

YouTube, un sitio indudablemente valorado por muchos usuarios pero en el que la publicidad resulta más molesta por su formato de interrupción, está considerando un modelo de suscripción a cambio de eliminar la publicidad.

¿Un experimento de Google? ¿Podría el rey de los servicios gratuitos a cambio de la explotación de los datos del usuario estar considerando ofrecer servicios bajo suscripción, para adaptarse a ese aparente cambio en la consideración de la privacidad y al creciente uso de herramientas para bloquear la publicidad?

¿En cuánto valoramos nuestra privacidad? ¿Pagaríamos una suscripción, por ejemplo, por usar Google sin publicidad y sin que recopilase nuestra información? ¿Queremos ser personas en lugar de productos?

 

This article is also available in English in my Medium page, “People or products: are we moving toward an internet where we pay for services?”

Nest: el confort y los datos

Escrito a las 11:30 am
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Nest (new)

Interesante cambio en la estrategia de Nest, la empresa de termostatos y detectores de gases adquirida por Google a principios del año por 3.200 millones de dólares: acuerdos con empresas de distribución de electricidad que conllevarían que la instalación de su termostato fuese gratuita para los clientes. Un cambio estratégico que pretende extender de manera mucho más rápida la penetración de Nest en los hogares (a principios de año, estaba presente en aproximadamente un 1% de los hogares norteamericanos), a cambio de asociarse con los principales interesados en llevar a cabo una racionalización de la medición y el consumo de energía.

La gestión del tema, sin embargo, tiene detalles algo más complejos: por un lado, los termostatos de Nest, que acaban de ser renovados para incluir la información del tiempo y mejores algoritmos de aprendizaje inteligente de los hábitos y preferencias de los usuarios, son una auténtica gloria en cuanto a usabilidad: la huella de Tony Fadell, ex-diseñador de Apple, se ve clara a la hora de la interacción. El usuario no quiere enfrentarse a complejos paneles de información dignos de la casa de los Jetsons, sino simplemente girar el termostato en un sentido cuando tiene frío y en el otro cuando tiene calor. El termostato, convertido en un aparato casi “sexy” por primera vez en su historia, se convierte en un aparato inteligente capaz de aprender de los hábitos de los ocupantes de la casa gracias a sus sensores, que se despliegan también en sus equipos de detección de humos y gases.

La pregunta clara es qué puede hacer la compañía con una enorme red de sensores desplegados en aparatos domésticos en miles de hogares, sensores capaces de detectar calor, luz, movimiento o ultrasonidos. Y la respuesta podría ser plantear a las eléctricas que puedan gestionar de manera limitada y dentro de ciertos márgenes la temperatura de los hogares de sus clientes, para así tener más grados de libertad a la hora de manejar su consumo agregado en momentos de alta demanda. Una generación de ahorro que podría compartirse con el cliente, en función de los contratos firmados con este, pero que conlleva un intercambio de datos con una compañía que, tradicionalmente, se había limitado a proporcionar un servicio en modo completamente commodity, prácticamente ciego con respecto al cliente que lo demandaba.

Los acuerdos de Nest con las empresas eléctricas varían en función de la negociación, pero pueden incluir desde un porcentaje de los ahorros generados hasta los citados acuerdos con los consumidores. Nest afirma que no permite un control directo del termostato por parte de las operadoras y que los datos generados nunca dejan sus servidores ni son compartidos con terceros – ni siquiera son compartidos con su matriz, Google – pero es más que posible que la cuestión puede llegar a generar ciertas suspicacias en determinados segmentos de usuarios.

¿Está dispuesto el cliente a compartir información sobre sus hábitos y preferencias en el uso de su hogar, sobre si está en casa o no, sus horas de descanso, etc. con unas empresas de suministro de electricidad cuya reputación en lo referente a la relación con el cliente nunca ha sido especialmente brillante? ¿Puede construirse en base a esos datos y a ese nuevo tipo de dispositivos una relación razonable, transparente, aceptada y con una posible generación de beneficios para ambas partes? Para el cliente, se trata de poner en la balanza un hipotético incremento del confort y unos posibles ahorros en el consumo, frente a un intercambio de datos que, para muchos, se plantea casi como siniestro o amenazador. A medida que dotamos de sensores e inteligencia a más aparatos, la privacidad, cada día más en discusión y sujeta a dinámicas generacionales en permanente evolución, pasa a tener relevancia en contextos en los que, hasta ahora, no la tenía. Parece claro que con el desarrollo de la internet de las cosas y el hogar inteligente, tendremos que acostumbrarnos a este tipo de disyuntivas.

 

This article is also available in English in my Medium page, “Nest: convenience vs. data

Hungría, internet y el triunfo del activismo

Escrito a las 9:31 am
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Hungary protests

Las recientes protestas de finales del octubre pasado en Hungría a raíz del intento de establecimiento de un impuesto a la conectividad a través de internet son un ejemplo claro de cómo el activismo bien organizado y ejercido de manera pacífica puede llegar a obtener sus fines.

Un gobierno en sus más altas cotas de popularidad, con un Viktor Orbán recién reelegido el pasado abril para su tercer mandato consecutivo con una mayoría absoluta de más de dos tercios del censo, que de repente decide sacarse de la manga un impuesto a internet expresado en una cantidad aproximada de cincuenta céntimos de euro (150 forints) por gigabyte. Ante el anuncio, una página de Facebook creada para la ocasión, “Cientos de miles contra en impuesto de internet” consigue rápidamente más de doscientos mil seguidores (en un país de unos diez millones de habitantes), y es utilizada para coordinar marchas de protesta nocturnas en las calles en las que los ciudadanos levantan la pantalla encendida de sus teléfonos móviles, obteniendo un efecto sumamente llamativo.

Tras las primeras protestas, que congregaron en la calle a entre treinta y cinco mil y cuarenta mil personas, el gobierno da marcha atrás, y anuncia un recorte del impuesto que impondría un tope máximo de unos 2.26€ por persona y unos 16€ por compañía al mes. Los ciudadanos, sin embargo, vuelven a salir a las calles reclamando la suspensión total de la medida, suspensión que finalmente obtienen cuando el primer ministro anuncia que retira el impuesto porque “no son comunistas y no gobiernan en contra de los ciudadanos“.

El episodio de Hungría, en el que los ciudadanos salen a la calle para defender la red como un canal abierto y libre que no debe bajo ningún concepto ser sometido a restricciones y que debe estar a disposición de la mayor cantidad de gente posible, debe ser interpretada como una señal muy clara: es perfectamente correcto y democrático organizarse y salir a la calle para protestar pacíficamente contra los planes de un gobierno, por popular que este sea, cuando se está en desacuerdo con ellos, y es igualmente correcto y razonable que ese gobierno entienda las protestas y anule sus planes. Las mayorías no son una carta blanca para que un gobierno haga lo que le dé la gana independientemente de los deseos e intereses de los ciudadanos: las medidas gubernamentales y las leyes deben someterse al escrutinio público, y el gobierno debe escuchar la voluntad de las personas, expresada en la calle, en la red o de la manera que sea. Pensar que “tengo mayoría y por tanto puedo dictar las leyes que me dé la gana” supone un carácter esencialmente antidemocrático, una auténtica perversión de la esencia de la democracia: los votos pueden otorgar escaños, pero nunca la verdad absoluta ni la legitimidad para gobernar en contra de los ciudadanos.

 

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Reflexionando sobre la web y los modelos de negocio: el caso de Ello

Escrito a las 9:32 am
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Ello logoEllo es una red social, como mínimo, enigmática. Supimos de ella a finales del pasado mes de octubre, aunque llevaba en pruebas desde marzo: definida por oposición como “el anti-Facebook“, con un manifiesto que afirmaba que los usuarios no deben ser productos que vender a los anunciantes, y con un esquema de prueba por invitación que estaba atrayendo, en determinados momentos, más de veintisiete mil solicitudes a la hora.

En los comienzos, una pequeña inversión de $450.000, que llevó a algunos a afirmar que sus promesas eran falsas, porque una vez que vendías tu negocio a un inversor, estabas vinculado al momento en que este decidiese hacer su salida y venderte para hacer negocio de la manera que fuera. Ante estas afirmaciones, Ello dio un paso más, y además de afirmar que a pesar de tener dinero de terceros eran libres para hacer lo que quisieran, lo demostró anunciando su transformación societaria en una Public-Benefit Corporation (PBC), un proceso con el que trata de asegurar que, pase lo que pase en el futuro y sea cual sea el propietario de la red más adelante, ésta nunca tendrá publicidad ni comercializará los datos de sus usuarios.

Obviamente, es muy pronto aún para hablar del éxito de Ello. Este tipo de planes se han encontrado en muchas ocasiones con comienzos fulgurantes, que con posterioridad se demuestran estériles, y terminan convertidos en páramos sombríos y sin actividad alguna, víctimas del llamado “efecto red“. Especular ahora sobre si Ello va a ser un éxito o un fracaso equivale poco menos que a sacar la bola de cristal, y no conduce a nada especialmente productivo. Sin embargo, sí me parece muy interesante reflexionar sobre la tendencia que marca, y especialmente, sobre el hecho de que la transformación de Ello en PBC, que cierra de manera prácticamente definitiva su posible aprovechamiento publicitario o vinculado a la explotación de los datos de sus usuarios, no haya detenido a los inversores, que a pesar de ello han decidido poner encima de la mesa ya más de cinco millones y medio de dólares.

¿Cuál es el modelo de negocio que los propietarios de Ello tienen pensado para su creación y que los inversores parecen comprar sin demasiados problemas? Mientras los fundadores hablan de posibles modelos freemium basados en el pago de los usuarios por determinadas funciones, la reflexión que surge es inmediata: ¿estarán esos usuarios dispuestos a pagar por unas prestaciones de red social que pueden encontrar gratis y sujetas a un efecto red considerablemente mayor en otros sitios? ¿En cuánto exactamente valoramos nuestra privacidad? ¿Resulta la publicidad en las redes sociales tradicionales suficientemente molesta como para que los usuarios se planteen irse a otro sitio? ¿Afecta esto por igual a todos los niveles de la pirámide demográfica, o son los jóvenes mucho más sensibles y de ahí su éxodo masivo hacia redes como Instagram o Snapchat?

Tradicionalmente, se ha considerado que la ausencia de un modelo de negocio expresado como tal no tenía por qué ser un problema para el futuro desarrollo de una compañía. Google, Twitter y muchas otras nacieron y se desarrollaron sin un modelo de negocio claro: mientras la primera pretendía vivir del uso de su caja de búsqueda en páginas de terceros (y no “encontró” la publicidad contextual hasta que robó la idea de un tercero, GoTo.com, lo que la llevó a tener que negociar una licencia perpetua con su ulterior propietario, Yahoo!), la segunda directamente decía que no tenía modelo de negocio, y que estaban a la espera de que surgiese uno que valiese la pena.

Con el tiempo, hemos dado un paso más: Ello no solo no tiene modelo de negocio expresado como tal, sino que además, cierra expresa e inequívocamente la puerta a determinados esquemas, lo que riza el rizo de la dificultad. Pero el esquema general sigue siendo el mismo: si eres capaz de construir algo que un número suficientemente grande de usuarios aprecien lo suficiente, tu negocio será viable. Una reflexión que me lleva a elevar la vista hacia la barra superior de mi navegador, y mirar con detenimiento todas las pestañas que tengo abiertas en ella, en busca de evidencias de este tipo. Soy una persona metódica, que tiende a tener siempre abiertas las mismas pestañas en la ventana principal del navegador, así que veamos por orden:

  • Feedly: para leer las noticias, un servicio por el que, efectivamente, he pagado una suscripción premium.
  • StatCounter: estadísticas, también pago una suscripción premium para incrementar mi log y tener más visibilidad. Sigo haciéndolo a pesar de que cuento con Google Analytics, convertida ya en un auténtico estándar, en parte por costumbre y en parte por mantener mi registro de visitas de antes de que existiese Google Analytics.
  • Google Analytics: es gratis, y plantea su modelo premium con niveles de precio enfocados claramente al mercado corporativo, que nunca podría plantearme pagar.
  • WordPress: no pago expresamente por WordPress, pero sí por prestaciones como su filtro anti-spam, o por cuestiones relacionadas como los dominios que uso, etc.
  • Gmail y Google Calendar: no pago directamente por ello, aunque me he planteado hacerlo, sobre todo vinculado con el uso de otras herramientas relacionadas, como Google Docs. Sí pago por espacio extra de almacenamiento.
  • Facebook: no pago… ¿pagaría? Sinceramente, no lo sé. Y tampoco me atrevo a decir si me imagino a otras personas pagando por ello… ¿lo haríais?
  • Google+: no pago, y si lo hiciese, sería por prestaciones accesorias como los indispensables hangouts, no tanto por la función principal, si es que llego algún día a saber cuál es.
  • Twitter: no pago… ¿pagaría? Suponiendo un precio razonable, sin duda.

Un ejercicio que, más allá de mi propensión a pagar y de si soy representativo como usuario medio, me parece interesante: en efecto, parece que existe una tendencia a pagar por aquellos servicios que valoramos. ¿Me plantearía pagar por una red social en la que no recibiese publicidad, en la que mi privacidad estuviese asegurada, y en la que sintiese que tengo libertad para compartir los contenidos que estime oportunos, sin que venga “la autoridad competente” a discutirme si se ve o no se ve un pezón, o si mi nombre es realmente mi nombre? Creo que sí. Es más… empiezo a pensar que lo preferiría. Después de todo, navego por sitios como Facebook no solo con un bloqueador de publicidad activado, sino también con una herramienta, DoNotTrackMe, que intenta proteger en la medida de lo posible mi privacidad – sí, ya sé que “en la medida de lo posible” no quiere decir que ésta esté ni mucho menos completamente protegida… pero demuestra una indudable inquietud por el tema.

No tengo ni idea de cómo le irá a Ello en el futuro. Pero sí empiezo a tener cada día más claro que estamos viviendo un cambio de tendencia en la web. Y que a algunos les está costando enterarse.

 

This article is also available in English in my Medium page, “Ello: how much would you pay for real privacy and no advertising?”

Por qué es importante boicotear los medios de AEDE

Escrito a las 8:11 am
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Medios de AEDE

Desde el día de la introducción subrepticia por parte de Soraya Sáez de Santamaría de un artículo en la reforma de la ley de propiedad intelectual que consagraba la aparición de un canon sobre los enlaces en internet a favor de los medios de AEDE, una caduca asociación de periódicos en papel, dejé de enlazar a esos medios desde mi página. Mi práctica desde entonces ha sido muy clara: cuando se trata de contenido creado por mí, enlazo únicamente a un pdf situado en mi propio servidor para evitar enviar tráfico al medio, y destacar siempre que fuera posible el nombre del periodista con el que había hablado enlazando a su cuenta en Twitter, para dejar claro mi respeto a los profesionales que trabajan en esos medios, pese a mi disconformidad con la estúpida política de los mismos.

Por supuesto, mi página tiene una importancia completamente testimonial sobre el tráfico de los medios de AEDE, no comparable a la que puede tener un sitio como Menéame o como podría tenerla un boicot generalizado de una cantidad elevada de usuarios desde todas las páginas y redes sociales como Facebook, Twitter y Google+, pero con ello pretendía una cosa muy clara: establecer mi postura personal con respecto a una serie de medios que habían aceptado ser asquerosamente subvencionados por un gobierno corrupto y obsesionado con su imagen, que aceptaban mamar tranquilamente de la teta de la publicidad institucional, y que habían llegado a un punto de sumisión tal que incluso reemplazaban a los directores díscolos o más incómodos para ese gobierno cuando este se lo pedía. Unos medios en los que, para poder hacer carrera directiva, era preciso llevarse personalmente bien con la siniestra Soraya Sáez de Santamaría, convertida en figura omnipotente del gobierno que más ha contribuido a empeorar la calidad democrática de nuestro país desde la transición.

Soy consciente de que mi postura personal con respecto a los medios de AEDE puede provocarme problemas. Una parte de mi dedicación profesional está enfocada a la divulgación, y aunque no cobro directamente de manera habitual de ningún medio de esa asociación, es perfectamente posible que sufra represalias que pueda llegar a notar directa o indirectamente. Si eso ocurre, trataré de enfocarme a otros medios españoles no incluidos en esa asociación, que los hay y muy buenos, o en medios internacionales.

Pero más allá de mi postura personal, me parece importante exponer por qué creo que es importante boicotear a los medios de AEDE:

  1. Primero y fundamental, porque es COMPLETAMENTE INACEPTABLE que una asociación de medios ponga sus páginas al servicio de los intereses de un gobierno corrupto y manipulador.
  2. Porque la información de esos medios ya no puede ser considerada libre ni independiente: está mediatizada por su servilismo a ese gobierno.
  3. Porque pretender que se pague por un acto tan esencial e intrínseco a la esencia de internet como enlazar es el mayor contrasentido que existe, algo sencillamente inconcebible. El enlace es la pieza fundamental de la web, y no se le pueden imponer tasas sin romper la web. La reacción de la web ante una medida así tiene que ser el aislamiento de quienes la pretenden.
  4. Porque se compromete claramente la imagen internacional de España y su atractivo para la inversión en empresas de internet.
  5. Porque hay que estar sistemáticamente en contra de todo canon que pretenda nutrirse de la red para beneficiar a quienes no saben adaptarse a ella. Estuvimos en contra del canon de la SGAE, seguimos estando en contra de que se use el dinero público de los presupuestos generales que pagamos todos para “compensar” a las discográficas, y estamos en contra de este nuevo pseudo-impuesto que supone el canon AEDE. Un canon que, no lo olvidemos, se quiere poner en función de las pérdidas de cada medio: cuanto más inútiles sean en internet, más van a poder ganar.
  6. Porque hacer destinatarios de ese canon únicamente a los medios de esa asociación es completamente arbitrario y no tiene sentido ninguno, más allá de satisfacer la obsesión del gobierno con los medios de papel. La propia AEDE ha reconocido que “la ley está hecha para ellos“, subrayando claramente el nivel de corrupción de un gobierno que legisla en función de lo que le dice el lobby de turno.
  7. Porque un canon “obligatorio e irrenunciable” es incompatible con el hecho de que existan medios y páginas que utilicen licencias abiertas, como las Creative Commons, cuyo uso es especialmente relevante en el contexto español.
  8. Porque no se puede ser sumiso ante medidas como estas. En otros países, tras comprobar los efectos perniciosos de este tipo de leyes, los medios han rectificado su posición.
  9. Porque la situación genera una contradicción absoluta: no se puede llenar las páginas de botones que solicitan la colaboración de los usuarios para que compartan sus noticias, y después venir quejándose de que su información es compartida en otros sitios. La contradicción es tal, que la inmensa mayoría de los responsables de las ediciones electrónicas de los diarios de AEDE están en contra de esta medida.
  10. Porque la postura más lógica ante quienes pretenden “cambiar la red” para que funcione a su antojo es bloquearlos y aislarlos. Si la web no te gusta, eres muy libres de irte. El boicot es una reacción lógica a unos medios que pretenden que “su información es solo suya y no puede compartirse sin pagar”.

 

La resistencia ciudadana es fundamental a la hora de cambiar las cosas. Un boicot no es ningún tipo de mecanismo antidemocrático: es precisamente lo contrario, la expresión de la voluntad de los ciudadanos ante lo que consideran injusto, ante las medidas que sus supuestos representantes en un país supuestamente democrático toman en contra de sus intereses y para favorecer a una minoría. En este caso, es aún peor: se trata de un boicot para proteger la calidad democrática y el derecho a la información, por encima de los intereses de lobbies fosilizados y corruptos.

¿En qué consiste exactamente un boicot? Básicamente, en ignorar a los medios de AEDE en la red. No visitarlos, no enlazarlos y no citarlos. Dejar de seguirlos, si es que lo hacías, en redes como Twitter, Facebook o Google+, hasta el punto de que noten claramente la caída en su número de seguidores. Si necesitas ayuda para recordar no visitarlos o para evitar entrar por error, puedes utilizar este plugin para Chrome o para otros navegadores y plataformas. No lo olvides: a veces, las medidas de presión pueden llegar a cambiar las cosas.

Únete al boicot. Deja de consumir medios de la asociación que reúne a los periódicos más viejunos, caducos y mediatizados de nuestro país, y sobre todo, deja de enlazarlos o compartirlos. Aunque el reto sea complejo considerando que los medios de AEDE han llegado incluso a negar que el boicot de AEDE les hubiese afectado lo más mínimo, intenta que lo noten, que vean bajar sus cuentas de suscriptores en redes sociales, que sientan el desprecio de quienes les recriminamos haber abandonado el periodismo para caer en el más asqueroso clientelismo, en la connivencia gubernamental a cambio de favores y dinero, a cambio de convertir en ley lo que jamás debería ser ley. Consume otros medios. Infórmate por otras vías. Los primeros días es posible que te encuentres raro, pero se te pasará a medida que vayas encontrando alternativas. Hay muchas y muy buenas alternativas, sea cual sea la orientación de la línea editorial que prefieras consumir. Ya lo verás.

Compartir mola

Escrito a las 10:28 am
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Partners - Compartir mola

Miguel Caballero, de Tutellus, me ofreció la oportunidad de participar en el rodaje de “Compartir mola“, un documental sobre el desarrollo de la economía colaborativa que recoge la opinión de muchas plataformas que trabajan en aspectos de todo tipo relacionados con este ámbito de actividad. Se estrena el próximo día 4 de diciembre en los Cines Renoir de Princesa en Madrid, y simultáneamente en más de cien centros de coworking de España y Latinoamérica. 

A continuación, el avance del documental:

 

 

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