El Blog de Enrique Dans

La “venta privada” y los muebles

Escrito a las 10:15 pm
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Gangas mobiliarias para audaces - El Pais (pdf)Susana Blázquez me envió un breve análisis de situación sobre el desarrollo de la competencia en el mercado de los sitios de “venta privada” para muebles, al que contesté con mis opiniones, y hace unos días publicó un artículo en la sección de Economía de El País, titulado “Gangas mobiliarias para audaces” (pdf), en el que me cita brevemente.

A continuación, el texto que intercambié con Susana, en el que entre otras cuestiones intento explicar por qué razón suelo entrecomillar las palabras “venta privada”:

 

  • La llamada “venta privada” es simplemente la adaptación a la red del modelo outlet, una forma de plantear restricciones artificiales para definir un canal secundario. En un outlet, la restricción suele estar por la lejanía: suelen estar en la periferia de las ciudades, lo que les permite costes más bajos, y ser modelos de escasa atención en el proceso de ventas, lo que mantiene teóricamente alejados a compradores que estarían dispuestos a pagar más y lo centra en quienes quieren acceder a un concepto “ganga” u “oportunidad”.
  • En la moda han triunfado porque permite ofrecer artículos de temporadas anteriores, que de otra manera tendrían una salida complicada, a precios bajos, pero con cierta connotación de que el cliente “gana” el producto, no simplemente lo adquiere, por el hecho de pertenecer a un club que le otorga supuestos privilegios.
  • En la práctica, la pertenencia al club es solo una manera de segmentar la demanda: procesos como el hacer un pequeño pago anual o tener que ser presentado por otro miembro son solo formas de mantener alejados del canal a quienes estarían dispuestos a pagar más por el producto a través de su canal “oficial” de primera venta. Se trata simplemente de una estrategia de discriminación de precios.
  • En el caso de los muebles y complementos de decoración, hablamos de transacciones de precio unitario elevado, sujetos en muchos casos a una importante fricción (hay que ir a buscarlos, transportarlos, etc.) que pueden beneficiarse de un proceso de venta online que lo facilite. Si lo acompañamos del auge de nuevas plataformas orientadas a lo visual, como Pinterest, estamos ante un fenómeno en el que una amplia variedad de clientes, fundamentalmente femeninos, utilizan la red de manera creciente para la búsqueda y recopilación de ideas – Pinterest reporta alrededor de un 70% de mujeres en su base de usuarios activos, y está tratando desesperadamente de atraer a u público masculino mediante filtros de búsqueda parametrizados – y puede pasar fácilmente a tomar decisiones de compra si el canal lo favorece.
  • Para los fabricantes, en un canal intermediado con márgenes habitualmente elevados y costes de inventario muy importantes, las oportunidades para canales secundarios de este tipo son muchas: una vez fabricado el bien, su obsolescencia es elevada en función de las modas, su coste de almacenaje es alto, y el incentivo a venderlo a través de un canal secundario cuando falla la primera venta es alto.

Mobile advertising y escepticismo

Escrito a las 7:23 pm
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IMAGE: Pixelery - 123RFA estas alturas, entiendo perfectamente que escribir una entrada declarando mi escepticismo con respecto a la publicidad en soportes móviles pueda resultar entre ridículo y extravagante: las cifras vienen cantando desde hace tiempo, se habla de una oportunidad de mercado de unos quinientos mil millones de dólares, y hay empresas que claramente están consiguiendo capitalizar ese mercado con un éxito impresionante y muy buenas cifras.

Sin embargo, declaro mi escepticismo ante el fenómeno que estoy presenciando. Sin ánimo de generalizar, creo que estamos por el momento hablando de un mercado en el que están teniendo éxito muy pocos, únicamente aquellos que de verdad están sabiendo interpretarlo, y que en torno a las impresionantes cifras de crecimiento y a los números obtenidos por esas pocas empresas, pululan un montón de compañías desinformadas a las que alguien ha convencido de que tenían que “estar presentes en el móvil sea como sea”, y que únicamente están obteniendo métricas absurdas y una eficiencia real prácticamente nula.

Me explico: la publicidad en general no es un negocio sencillo. Pero en el móvil, dada la relativa novedad de la plataforma, los muchos bandazos en su desarrollo y la heterogeneidad de los hábitos de uso en función de parámetros de todo tipo, es todavía mucho más complicado. La propia Facebook manifestaba en sus primeros resultados tras salir a bolsa en julio de 2012 que su principal reto era hasta qué punto sería capaz de monetizar a los usuarios del móvil, que ya en aquel momento representaban su segmento más pujante, y más aún en los países en vías de desarrollo. Y si bien parece estar consiguiéndolo bastante bien, mi impresión es que lo que Facebook hace para ello no se parece mucho a lo que veo en muchos otros soportes y anunciantes.

La pantalla de mi smartphone es un lugar muy especial. El espacio es una restricción fundamental, incluso en mis terminales más mastodónticos: casi cualquier anuncio ocupa un espacio que querría utilizar para contenido, y me resulta generalmente molesto. Si añadimos las técnicas clásicas que ya fallaron en la pantalla del ordenador, tales como los molestos intersticiales, los pop-ups, los vídeos preactivados y demás lindezas que deberían llevar a quienes las concibieron al más negro de los infiernos, tengo clara una conclusión general: las cosas que en la pantalla de mi ordenador me resultaban insufribles, en la pantalla de mi smartphone me molestan muchísimo más.

Los resultados de Facebook en el móvil me resultaron llamativos por dos cuestiones: primero, porque no esperaba semejante brillantez, y segundo, porque a pesar de que el móvil es el soporte a través del cual suelo acceder a Facebook la mayor parte del tiempo, realmente no recordaba haber visto ningún anuncio ahí. En mi apreciación, obviamente, puede haber muchos factores: el mercado español está sensiblemente menos desarrollado en ese sentido que otros, como el norteamericano, en los que se experimente una presión mayor. Pero lo que me temo es que Facebook, del mismo modo que lo está intentando Twitter y algunas otras (pocas) compañías, están tratando de convertir la publicidad en algo diferente. En una interpretación distinta, en algo que tengo voluntariamente que querer ver, porque si no, me resultará molesto, y la calidad del impacto será negativa, incluso contraproducente. Cuando lo pienso, sí llego a darme cuenta de que, en efecto, he visto algunos anuncios en el móvil cuando consultaba Facebook, pero por decirlo de una manera sencilla, “no me han atacado”. Es más, los he pedido yo. Me han sido ofrecidos rodeados por otros contenidos, en ocasiones con cierta relación porque procedían de algoritmos de recomendación o búsqueda, estaban claramente identificados con el nombre de la empresa anunciante en la cuenta correspondiente, y los veía porque quería libremente hacerlo.

¿Influyen esas visualizaciones sobre mi inclinación a adquirir productos de esas compañías, a recomendarlos, a hablar más de ellos o incluso a reenviar esos mismos anuncios? Pues sin ánimo de ser entusiasta, creo que sí. Me puedo ver encontrándome lo que considero un buen anuncio en Facebook y reenviándoselo a algún contacto. Es más, me consta haberlo hecho. Con Twitter me pasa algo similar: me puedo ver haciendo clic en un enlace en una cuenta esponsorizada, o en un tweet o un trending topic patrocinados si el contenido que le da contexto es razonablemente atractivo. Pero eso sí: interrúmpeme, moléstame ocupando un espacio de pantalla al que quería dar otro uso, oblígame a mirar tu anuncio durante cinco o diez interminables segundos… y te odiaré como marca.

Mi escepticismo con respecto a la publicidad en el móvil proviene de que veo a muchos emocionándose con las cifras que están obteniendo algunas empresas muy señaladas – que precisamente rediseñaron entero su modelo de publicidad en torno al nuevo soporte con ingentes pruebas e inversiones – pero que creo que la gran mayoría de las moscas que están acudiendo a esa rica miel son empresas que pretenden repetir uno detrás de otro los muchos errores que ya cometieron – y de los que aparentemente no aprendieron – en la publicidad en la pantalla del ordenador. Métricas que emocionan porque el usuario presiona en el anuncio por error cuando lo intentaba cerrar, o porque se coloca entre su dedo y la opción a la que pretendía realmente acceder. Directivos emocionados porque “su pre-roll ha sido visto por toda esa gente” cuando en realidad, toda esa gente, me temo que sin excepción, se ha pasado entre diez y treinta segundos odiándoles por interponerse entre ellos y el contenido que realmente deseaban ver. Directivos que creen obtener ratios de eficiencia elevados cuando en realidad, lo que están obteniendo es un montón de improperios que sus analíticas son incapaces de recoger – pero deberían.

Creo que vamos a tardar bastante en que las empresas “de toda la vida” aprendan a utilizar la publicidad en el móvil. Que durante un cierto tiempo, va a ser un juego de pocos, de aquellos que se planteen las cosas como hay que planteárselas, con óptica de escenario nuevo y completamente diferente a los anteriores. Si me paso por cualquier página en el móvil con cierto tráfico, tiendo a ver el mismo patrón de publicidad insufrible que me convirtió en escéptico y me llevó a ensayar todo tipo de ad-blockers en el ordenador. Pero sobre todo, veo algo que no tiene nada que ver con lo que recibo cuando me muevo por Facebook, Twitter, Instagram y otras desde mi móvil. Nada, nada que ver.

Cuando se plantee su inversión en publicidad en el móvil, recuérdelo. Tal vez yo sea un raro o algún tipo de talibán… pero puede que esa sensibilidad le ayude a plantearse sus estrategias. En la pantalla de mi smartphone, mi paciencia es infinitamente menor que en otras pantallas más grandes. Por favor… no me toque las narices. Creo sinceramente que le irá mejor si no lo hace.

 

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La lenta agonía de la prensa tradicional española

Escrito a las 6:03 pm
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Spanish printed pressEl día de hoy define uno de esos casos perfectos que ejemplifican la lenta y patética agonía de las seis cabeceras de referencia de la prensa tradicional española: la publicación de la lista Falciani, el llamado caso Swiss leaks, llevado a cabo por The International Consortium of Investigative Journalists, que afecta a miles de clientes en todo el mundo entre los que se incluye España (el país número 12 en volumen de depósitos en cuentas suizas del HSBC), es un escándalo tratado como noticia de portada por toda la prensa internacional, no tanto por su novedad (la lista fue obtenida en el año 2009, aunque no había sido publicada como tal) como por la evidente trascendencia de la información contenida en ella.

En la prensa internacional, The Guardian y BBC encabezan su portada con noticias relacionadas con la lista o con casos de personas incluidas en la misma, lo mismo que hacen Le Monde en Francia, Der Spiegel en Alemania, Bloomberg en los Estados Unidos, y muchos otros en medio mundo. En España, sin embargo, las noticias sobre el tema se limitan a pequeñas reseñas en páginas interiores de muy pocos medios en papel (aquí un estudio realizado en ese sentido por ElDiario.es), y el medio elegido para filtrar la lista no es ninguno de los seis “clásicos del quiosco”, sino el diario online El Confidencial, que le dedica una amplísima cobertura en portada y en especiales. ¿Qué les pasa a los medios tradicionales? Ah, que incluidos en la lista Falciani están muchos de aquellos a los que, a cambio de dinero, han prometido no importunar.

La caída de la prensa tradicional española es un patético espectáculo. Incapaz de adaptarse a la llegada de la red, sigue lógicamente languideciendo en las ventas en el quiosco, convertido en el lugar que habitan únicamente personas de cierta edad, nostálgicos llevados por la fuerza de la costumbre, ejemplares repartidos en salas de espera y clases ejecutivas de algunos medios de transporte, y algunas televisiones y radios que por razones difícilmente sostenibles siguen reseñando únicamente sus portadas, como si realmente siguiesen conformando la agenda informativa del ciudadano medio. La caída de las ventas de papel ha sumido a esos medios en una crisis durísima, lo que les ha llevado a destruir empleo de manera feroz: años de duros recortes han llevado a los mejores profesionales a abandonar esos medios, en parte para iniciar sus propias aventuras empresariales relacionadas, lo que ha supuesto la muerte de todo lo relacionado con el periodismo de investigación. La consigna evidente de estos medios es que el periodismo de investigación es caro, incómodo y complejo, lo que los ha llevado a convertirse en simples gacetillas de opinión polarizadas para al menos seguir vendiendo a los incondicionales, mientras el verdadero periodismo de opinión se hace en la red.

El próximo lanzamiento de El Español, fundado por el director más emblemático de la prensa española que abandonó el diario El Mundo tras demostrar que no podía cubrir en él ningún tipo de información que resultase incómoda al gobierno, se dispone a servir de evidencia de la caída de la prensa tradicional española: la empresa editora se llama precisamente NoHaceFaltaPapel, y además de la capitalización inyectada por el propio director (con el dinero obtenido por su despido de El Mundo) y por otros accionistas, está en camino de convertirse en récord de crowdfunding en la categoría de medios de información en todo el mundo con más de 1.160.000 euros a falta aún de 19 días para el cierre de la campaña. Su éxito es una prueba perfecta de la conciencia que la sociedad española tiene de la necesidad de alternativas para informarse.

Llevadas por la crisis de su modelo de negocio, las cabeceras tradicionales españolas han vendido su línea editorial y la mismísima esencia del periodismo a todo aquel que estuviese dispuesto a pagar por ello. Publirreportajes encubiertos disfrazados como noticias, omisión de aquello que afecte a sus principales anunciantes, y connivencia absoluta con el poder. Comparar las noticias de medios como La Vanguardia, El País o El Mundo, que vieron cesados a sus directores en un espacio de tres meses, antes y después de dichos ceses resulta sencillamente patético: toda cobertura de noticias incómodas para el gobierno se diluyó como un azucarillo. Literalmente, ya solo cuentan noticias que no resulten incómodas para el gobierno o para sus anunciantes. Si quieres informarte, tendrás que acudir a Twitter, donde la lista Falciani y #SwissLeaks han sido lógicamente trending topic durante todo el día, o a medios en la red que han tomado el relevo del auténtico periodismo, y que empiezan a convertirse, a pesar de la precariedad de sus medios, en la meca para los profesionales verdaderamente comprometidos. 

Las fuentes de financiación tradicionales de la prensa experimentan un fenómeno similar: lo único que justifica hoy anunciarse en un medio de papel es o bien la necesidad de llegar a la cada vez más menguante población que los compra, o el pago de favores en el tratamiento de ciertas noticias. Desde empresas que directamente “pagan para no aparecer”, hasta otras que comprometen campañas para ocultar determinada cobertura, o el ya totalmente vergonzoso caso de la publicidad institucional gestionada por los gobiernos nacionales y autonómicos, que ignora todo criterio de audiencia o cobertura y que directamente sirve para ocultar escándalos de corrupción y obtener un tratamiento informativo propicio. Literalmente para eso es para lo que han quedado las cabeceras tradicionales españolas: si no están negociando con el gobierno un canon por enlazar y provocando la huída desesperada de Google News de España (único país supuestamente democrático en el que se ha vivido semejante circunstancia), están vendiendo su portada al mejor postor. Si un observador internacional quiere hacerse una idea de la actualidad española hoy, haría bien en ignorar semejantes “falsos amigos” por mucho valor histórico que crea ver en la supuesta tradición de su cabecera, y dirigirse directamente a medios en la red.

Una triste realidad. Y una penosa agonía que todavía promete durar bastante tiempo.

 

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Facebook y el efecto Woolworth

Escrito a las 1:36 pm
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Facebook teme al efecto Woolworth - VozPópuliMario Moratalla, de Vozpópuli, me envió unas preguntas por correo electrónico sobre la madurez de Facebook, que este año ha cumplido los once años, y lo ha publicado hoy bajo el título “Facebook teme al efecto Woolworth“. 

La cadena norteamericana de tiendas Woolworth, las más famosas de las llamadas “five and a dime stores”, son un caso citado muy habitualmente en las escuelas de negocios: un caso de libro de envejecimiento de la base de clientes tras una total incapacidad de renovar su oferta y hacerla atractiva a nuevas generaciones, que hoy sirve como advertencia para muchas compañías que perciben efectos similares.

A continuación, las preguntas y respuestas que crucé con Mario:

 

P. Con 1.400 millones de usuarios en todo el mundo, parece que al crecimiento de Facebook en su propio canal le queda poco recorrido. No tiene más remedio que diversificar y así lo está haciendo con Instagram, WhatsApp y FB Messenger. ¿Cómo ves este viraje de Zuckerberg hacia otros canales?

R. La estrategia de Mark Zuckerberg tiene muchísimo sentido: comprar aquello que te genera disrupción. Los problemas de una estrategia así son, lógicamente, varios: el primero, que resulta enormemente caro. Y el segundo, que como hemos podido ver en el caso de Snapchat, no siempre funciona. Además, tienes que plantear que esas adquisiciones funcionen bien en la muy crítica fase de la post-adquisición: que el talento no abandone la compañía, y que realmente funcione a la hora de incorporar innovación.

P. La gente joven parece que opta por más privacidad, por menos exposición, por no compartir la misma red que sus padres. La actividad dentro de Facebook se estanca cuando no cae.

R. Claramente, Facebook ha alcanzado un punto en el que lo que más le puede preocupar el el llamado “efecto Woolworth”, aquellos grandes almacenes norteamericanos que cerraron por el progresivo envejecimiento de su base de clientes. La caída de actividad del segmento más joven es prácticamente un éxodo, y los factores que lo rodean indican que esos jóvenes no solo tratan de “evitar una red en la que están sus padres y abuelos”, sino que también rechazan un modelo publicitario de segmentación que les resulta inquietante, que les recuerda que están “siendo vigilados” constantemente. Frente a ese modelo, redes como Instagram, perteneciente a la propia Facebook, o Snapchat, que no pudo adquirir, parecen tener un encaje y una aceptación muy superior con ese segmento sociodemográfico.

P. Son las redes sectoriales o más segmentadas el futuro frente a una red global como Facebook?

R. El futuro parece estar en un concepto de “red sin red”, es decir, de contextos de diversos tipos que posibilitan la interacción social, pero que no son como tales una red social. Si examinas el modelo de uso de Instagram, por ejemplo, ves que sigue siendo una red para compartir fotografías, pero que en los comentarios de esas fotografías surgen hilos inmensos en los que se produce muchísima interacción social. Un modelo que lleva a una intensa caducidad: una vez hecho el comentario, aunque no lo borres, nadie vuelve a él, no se usa para nada pasada la interacción. El caso de Snapchat, con sus mensajes que se autodestruyen, es todavía más extremo en ese sentido.

P. Cómo se puede monetizar WhatsApp? Bajo mi punto de vista es el activo más grande que tiene ahora mismo la compañía y con más capacidad de crecimiento.

R. Sigo pensando lo mismo que comenté en el momento de su adquisición: WhatsApp no solo no se puede monetizar como tal sin alterar su naturaleza, sino que además es un mal producto, con un equipo técnicamente muy deficiente detrás, y con una dirección con rasgos muy preocupantes que a mí no me gustaría incorporar a ningún Consejo de Administración. Para mí, un precio completamente desproporcionado, pagado a cambio de un mal producto.

P.  ¿Quedará Facebook como un canal más comercial, más para empresas y marcas frente a otros más para personas?

R. La actividad de empresas y marcas en Facebook es claramente creciente, pero esa actividad no sería sostenible sin una participación fuerte de los usuarios como tales. Para las marcas, que los jóvenes abandonen Facebook es una gran preocupación, a la que tienen que hacer frente tratando de estar presente en otros canales si no quieren perder influencia con un segmento tan importante como el público joven. Las empresas y las marcas, junto con las noticias – que no dejan de ser el producto de otras empresas – generan una gran parte del contexto que alimenta la interacción en Facebook (el resto es la información producida por los propios usuarios o por su dinámica personal, como los cumpleaños o las fotos), pero ese contexto no serviría para nada si los usuarios pasan a un papel menos activo.

Sobre la economía española

Escrito a las 11:33 am
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2015: un nuevo año para la incertidumbre - Forbes España (pdf)Raúl Alonso me pidió mi opinión para un artículo en la versión española de Forbes, titulado “2015: un nuevo año para la incertidumbre” (pdf), en el que incluye doce opiniones sobre las previsiones para la economía nacional.

A continuación, el texto completo de las preguntas y respuestas que intercambié con él:

 

P. Qué previsiones maneja de la evolución de la economía española para el próximo 2015: crecimiento general, sectores locomotoras, coyuntura internacional…

R. No considero que la economía española tenga demasiadas posibilidades de desarrollo autónomo: nos hemos convertido en un país enormemente dependiente de su entorno, con muy poca capacidad de generación de ingresos derivados de actividades propias más allá del turismo y los servicios. Los sectores industriales pertenecen cada vez más a empresas extranjeras, y como país, estamos estratégicamente “pillados en el medio” entre aquellos capaces de ofrecer un nivel de especialización y una productividad elevadas, y los que simplemente brindan costes laborales unitarios bajos. Como estrategia económica de país, hemos hecho un auténtico desastre, y vamos a estar muchos años pagando las consecuencias.

P. Cuáles son las principales tres amenazas o incertidumbre para consolidar la mejora de la economía que desde determinados estamentos y organismos se viene anunciando en los últimos meses.

R. El principal problema de nuestro país es el desprecio absoluto a todo atisbo de modernidad. Un país en el que los lobbies empresariales tienen tanta llegada al gobierno, que pueden detener cualquier posibilidad de renovación del tejido productivo. El daño que sectores clásicos como las eléctricas, la banca, las discográficas o los periódicos producen a nuestro país promoviendo leyes restrictivas absurdas para intentar detener el avance de la tecnología limita muchísimo la capacidad de nuestro país para convertirse en líder en nada que sea mínimamente prometedor, y dificulta enormemente la atracción de inversión y de emprendedores. Somos un país que podría resultar muy atractivo, pero que sus gobernantes consiguen convertir en un entorno impredecible, con un nivel de corrupción elevado y un riesgo país superior al de otros países de su entorno comparable. Las principales amenazas para la mejora de la economía son la falta de innovación, el entorno político y la corrupción.

P. Del mismo modo, cuáles considera que son las tres principales fortalezas de la economía española tanto desde el punto de vista interno como externo.

R. Vivimos en un país intrínsecamente atractivo, por calidad de vida, clima y seguridad. Que teniendo esos factores no seamos capaces de atraer más inversión o de fomentar un tejido productivo que suponga una base real es un auténtico drama.

P. La revolución tecnológica a la que asistimos está cambiando la percepción del mundo y el modo de hacer las cosas en todos los ámbitos, considera que España y su tejido empresarial se ha subido a este tren o, por contra, volvemos a perder una oportunidad histórica de modernizar nuestra economía y sociedad.

R. Varias generaciones de políticos españoles han ignorado y despreciado el progreso tecnológico, se han negado a gestionarlo como una posibilidad real de creación de valor, y han supeditado su desarrollo a los intereses de otras industrias supuestamente más consolidadas. Políticos que, cuando hablan de tecnología, solo son capaces de ver amenazas, y jamás piensan en las oportunidades de desarrollo y de generación de riqueza que supone. Desgraciadamente, seguimos en manos de esos mismos políticos: cuestiones como el canon AEDE consiguen convertirnos no solo en el hazmerreír del mundo tecnológico, sino además, en un entorno hostil para el emprendimiento. En términos de formación, estamos perdiendo una oportunidad enorme discutiendo tonterías y haciendo reformas absurdas que ignoran la tecnología, que limitan la posibilidad de los jóvenes para aprender. Las universidades son, en términos generales, un auténtico desastre, y tenemos una dramática carencia de vocación por lo que podríamos definir como las carreras del futuro. Con esos elementos, que en España tenga lugar algún tipo de revolución tecnológica sería un auténtico milagro.

España, sin conductor

Escrito a las 11:55 am
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España, sin conductor - Expansión (pdf)

Mi columna de esta semana en Expansión se titula “España, sin conductor” (pdf), y utiliza el caso del liderazgo en el desarrollo de la tecnología relacionada con el vehículo de conducción autónoma para ejemplificar hasta qué punto es importante que en nuestro país no exista una política de desarrollo tecnológico mínimamente coherente, que englobe I+D, educación y un marco legislativo adecuado.

El desarrollo tecnológico en España no solo no se fomenta, sino que se intenta constantemente desincentivar. No hay más que ver las últimas políticas que han puesto literalmente a España en el mapa de los países enemigos de la tecnología: el país que provoca una absurda e imposible norma que inventa un inexistente “derecho al olvido”, el que echa a patadas a Google News, el que se inventa leyes de laboratorio para tratar de impedir el desarrollo de Airbnb, el que impide el funcionamiento de Uber torturando hasta el límite unas medidas cautelarísimas, el que desincentiva la implantación de la energía solar a pesar de ser uno de los países con mejores condiciones para su desarrollo, en el que acceder a determinadas páginas web puede convertirte en delincuente, o en el que ser emprendedor puede salirte escandalosamente caro. El país del “por si acaso”, en el que siempre hay una ley que cambiar para proteger al incumbente de cualquier desarrollo tecnológico que sea susceptible de amenazar su tranquilidad.

Una ausencia de una política tecnológica coherente que ha llevado a España a figurar entre los países que más dificultan la innovación, los más proteccionistas en cuanto a su economía digital, junto a China, India, Nigeria, Rusia e Indonesia, según el think tank estadounidense The Information Technology and Innovation Foundation (ITIF).

Los vehículos autónomos son solo un ejemplo más, entre muchísimos que podrían ponerse. Recortes demenciales de presupuestos de investigación, problemas legislativos, ausencia de líneas prioritarias en función del desarrollo tecnológico, y todo un caos que lleva a pensar en un futuro para nuestro país verdaderamente complicado en términos de creación de valor y de desarrollo de una sociedad de la información capaz de generar empleo cualificado. Sin duda, una receta para el desastre.

A continuación, el texto completo de la columna:

 

España, sin conductor

El gobierno alemán ha anunciado la inmediata aprobación de un marco legal para permitir la circulación de vehículos de conducción autónoma. Las prisas no son por la disponibilidad de esa tecnología, que tardará aún cuatro o cinco años en ser operativa a precios razonables, sino con la imperiosa necesidad que la fortísima industria alemana del automóvil tiene de ser líder en ella. 

Mientras los alemanes se afanan por hacer pruebas en carretera y los primeros modelos autónomos de Mercedes-Benz y Audi son presentados no en ferias del automóvil sino tecnológicas, los norteamericanos de Google llevan ya varios millones de kilómetros recorridos con vehículos Prius modificados y, desde hace poco, con su propio modelo, fabricado en la cuna de la industria automovilística del país, Detroit. 

Al tiempo, la también norteamericana y bien capitalizada Uber anuncia una alianza con la universidad de Carnegie Mellon para desarrollar vehículos autónomos que sustituyan a los conductores de su flota, con intención de convertirse en la expresión del transporte como servicio

¿Qué lecturas podemos hacer de todo esto? Primera: si va a tomar decisiones sobre dónde vivir o qué automóvil comprar, tenga en cuenta que la tecnología que permitirá a los vehículos conducir solos está literalmente a la vuelta de la esquina. Conducir dejará de ser “cosa de personas”, pasará a ser “cosa de máquinas”, y seguramente, en lugar de poseer automóviles, los alquilaremos temporalmente.

Y segundo, que las decisiones tecnológicas impactan cada vez más la competitividad futura de los países. Estados Unidos y Alemania quieren competir fuerte en ese futuro, lo que conlleva decisiones legislativas, de educación y de muchos otros tipos. ¿Ve alguna mentalidad similar en España? No, para ese futuro, no tenemos conductor. 

 

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Quedar en la comisaría…

Escrito a las 9:49 am
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IMAGE: Sheila Johnson - 123RFA través de Slate veo una noticia que refleja una interesante cooperación entre lo público y lo privado: a raíz de la popularización de servicios de intercambio y comercio entre particulares tales como Craigslist en muchas ciudades norteamericanas, han surgido problemas derivados precisamente de la naturaleza de esas interacciones: una cosa es poner en la página aquello de lo que te quieres librar o aquello que quieres obtener, y otra encontrarte con alguien que no conoces de nada, en un lugar que puede haber escogido él y en el que puedes no haber estado nunca, y con el que en algunas ocasiones vas a tener que discutir sobre el estado del objeto o las condiciones del intercambio.

Esta potencial situación incómoda, unida a la aparición de algunos casos de delincuencia específicamente asociada con este tipo de momentos o de uso del servicio para pasar dinero falsificado, ha llevado a los departamentos de policía de algunas ciudades norteamericanas a ofrecer un servicio que resulta cuando menos curioso: poner el hall de sus comisarías a disposición de usuarios de estos servicios para que puedan quedar allí para llevar a cabo el intercambio.

El hall de una comisaría permanece abierto a todas horas, tiene una evidente percepción de lugar seguro debido a la permanente monitorización mediante cámaras y presencia policial, y además, disuade automáticamente a cualquier persona con intenciones delictivas o que pretenda, por ejemplo, vender objetos robados o de dudosa procedencia. Para la policía, el uso de su espacio se interpreta como un servicio al ciudadano más que como un servicio a una empresa privada, y realmente, carece de un coste asociado como tal, más allá de una mínima supervisión.

Por el momento, cuatro ciudades norteamericanas han comenzado a ofrecer este tipo de servicio “find a safe place”, “encuentra un lugar seguro”. Con servicios de este tipo en marcado auge, la idea podría fácilmente extenderse a otras ciudades o países: en el fondo, es una manera de acercar la policía al ciudadano y de generar una percepción de confianza positiva frente a la imagen para algunos intimidatoria de las comisarías. La actitud de los ciudadanos frente a la policía suele considerarse una métrica interesante del nivel de desarrollo de las sociedades, con una evolución desigual que oscila entre la generación de confianza y la actitud positiva, y el miedo o la prevención. Veremos si la policía española, caso de estudio a nivel mundial por su uso de Twitter para acercarse a los ciudadanos con sus casi 1,4 millones de seguidores, se quiere animar con algún servicio similar…

 

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Si quieres cambiar cosas… vas a tener que romper cosas

Escrito a las 10:58 am
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IMAGE: Everythingpossible - 123RF“El problema de esta compañía es la falta de cultura innovadora”, dijo el CEO mientras pedía a su secretaria que le imprimiese los correos electrónicos del día para revisarlos y sacaba su pluma del bolsillo para firmar las actas de una reunión…

De acuerdo, la situación corresponde a una simple imagen mental dramatizada, pero no deja de ser habitual: directivos que afirman buscar una cultura innovadora, una orientación proactiva de su compañía hacia eso que llaman “las nuevas tecnologías” – cuando en realidad suelen referirse a productos y servicios que fueron creados generalmente hace ya varios años… ¿cuánto tiempo tiene que estar una tecnología entre nosotros para que algunos le quiten el calificativo de “nueva”? – pero que no son capaces de plantearse el abandono de algunos de los elementos más rancios y anticuados de su cultura.

Lo primero que tienes que tener claro si hablas de innovación es si realmente quieres que tu organización sea innovadora. Gestionar organizaciones verdaderamente innovadoras es un verdadero dolor de cabeza. Frente al concepto clásico de compañía en la que cada uno tiene su trabajo, sus responsabilidades bien delimitadas, su esquema jerárquico, sus dependencias y sus papeles bien asignados, las organizaciones innovadoras son una especie de rebaño de gatos imposibles de pastorear en la que cada día, un chalado viene con una idea que ha leído en no-sé-dónde o que ha escuchado a no-sé-quién y que, en su opinión, hay que empezar a poner en marcha pasado mañana. Una auténtica locura. Si eres un directivo “de los de antes”, de los que miran lo que pasa fuera de los protectores muros de su empresa con la ceja levantada y una elevada dosis de escepticismo, es muy posible que “eso de la innovación” sea, en realidad, una simple pose, “soy innovador” como quien dice “visto a la moda”, pero cuyo desarrollo real e implicaciones seguramente te quieras pensar un par de veces. Después de todo, ya tienes una edad, la vida es corta, y haciendo lo mismo que haces hasta ahora, es más que posible que llegues hasta el momento de tu jubilación (juro haber escuchado esa frase de algunos directivos más de una y de dos veces).

Pero si, después de analizar la cuestión, realmente quieres convertir tu compañía en innovadora, ten en cuenta una cosa: no hay forma de cambiar las cosas sin romper algunas cosas. No puedes pedir a las personas que trabajan contigo que sean innovadores, si la compañía en la que pasan las horas trabajando lleva casi desde su fundación haciendo siempre las cosas igual. Sencillamente, no es coherente. No tiene sentido. No va a funcionar.

Las empresas, todas las empresas, tienen un enemigo común: se llama isomorfismo. La definición académica del isomorfismo, procedente del ámbito de la sociología, es “la tendencia de las organizaciones a parecerse cada vez más en sus estructuras y procesos a su entorno normativo. Todos los bancos tienden a parecer un banco, todas las compañías eléctricas suelen ser muy similares, todas las universidades son prácticamente idénticas entre sí, y todas las empresas fabricantes de automóviles parecen cortadas por el mismo patrón. Si nos teletransportasen de alguna manera a las oficinas de cualquiera de estas empresas, no nos costaría mucho decir rápidamente en qué industria estamos, porque casi todas las empresas que la conforman responden a infinidad de estereotipos comunes y tienden a parecerse mucho entre sí.

Cuando realmente aparece alguna que hace las cosas de distinta manera y consigue superar de alguna manera las barreras de entrada establecidas, suele destacar. Tesla destaca en la industria de la automoción porque se parece muy poco a todo el resto de la industria, y es lo que la inmensa mayoría de los observadores consideraría con toda propiedad una empresa innovadora.

Por supuesto, el isomorfismo no surge por casualidad. Se trata, por un lado de una búsqueda de la eficiencia, de la optimización: se tiende a consolidar una manera de hacer las cosas porque parece la más lógica, la más eficiente. La más lógica y eficiente, claro… en un determinado momento, y a la luz de los avances de la tecnología en un momento histórico determinado. Por otro lado, el isomorfismo proviene de fuerzas de la propia industria, de infinidad de normativas, de procesos de normalización y estandarización, o simplemente, de la incorporación progresiva de directivos y trabajadores que provienen de otras empresas de la industria, en una suerte de “promiscuidad” o “entrecruzamiento genético” que termina por hacer que las características de las empresas en una industria confluyan entre sí hacia un prototipo común, un estándar aceptado.

Si quiere cambiar cosas, si de verdad quiere facilitar el desarrollo de una cultura innovadora, tendrá que romper cosas. Tendrá que identificar el isomorfismo y desafiarlo, para evitar que su empresa se parezca a todas las demás. Identificar a todas esas personas que contribuyen a que las cosas se hagan siempre igual: los que se niegan a probar cosas nuevas, los que se acomodan, los que están convencidos de que ya lo han visto todo… los devotos de la cofradía del isomorfismo. Si no quieren cambiar, demuéstreles que en esa compañía y bajo su dirección se van a encontrar con una inequívoca vocación de cambio: nada de complicidades, de privilegios para “los de toda la vida”, ni de excepciones consolidadas por antigüedad. Si quiere ser innovador, no privilegie el mantenimiento de las viejas estructuras, porque cada una de esas excepciones será una roca en el camino de la coherencia.

Si quiere que su empresa sea innovadora, le va a costar mucho más que lo que cuesta decirlo. Va a tener que romper cosas. Empiece a hacerlo. Hoy mejor que mañana.

 

(This article was previously published in English at Forbes, “If you wanna change things, you gotta break things

Sobre bebés tecnológicos

Escrito a las 9:21 pm
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Sin certezas sobre el bebé tecnológico - La Vanguardia (pdf)Celeste López, de La Vanguardia, me llamó por teléfono ayer para comentar los resultados de un estudio publicado por Pediatrics en el que se cuestiona la idoneidad del uso de dispositivos como forma de entretenimiento para niños, y hoy me cita brevemente en su artículo titulado “Sin certezas sobre el bebé tecnológico” (pdf).

Con este tipo de estudios siempre suele pasar lo mismo, y en ese sentido me pareció positivo el tono crítico y equilibrado que Celeste ha dado a su artículo: se toma un estudio que pone en duda la idoneidad de usar los dispositivos como “apaganiños”, y se tiende a generalizar hasta pretender afirmar que esos dispositivos son de alguna manera perjudiciales para los niños. Al final, se tiende a convertir esos estudios en una especie de arma para tecnófobos, que ven sus temores supuestamente refrendados y alejan a los niños de un aprendizaje que sin duda representa una ventaja de cara a la adaptación al entorno en el que van a vivir en el futuro.

No tengo absolutamente ninguna duda de que todos los juegos interactivos con pantalla, teclado y ratón con los que me hija se pasó horas jugando entre los dos y los seis años jugaron un papel importante en su educación y en el desarrollo de sus habilidades. Por supuesto, si hubiese utilizado ese ordenador como “apaganiños” o como “baby sitter”, habría cometido un error: todas las herramientas pueden ser buenas o malas en función de cómo sean utilizadas. Como padres, tratamos en todo momento de que nuestra hija tuviese acceso y familiaridad con cualquier tecnología que aterrizase en casa, y jamás nos hemos arrepentido de ello. Pero además, hay que marcar una cierta precaución en estos temas en función de la velocidad de su evolución: estamos intentando evaluar la idoneidad del uso de estos dispositivos cuando una buena parte del entorno de los niños no se encuentra aún completamente adaptado a su aprovechamiento, lo que genera una disfunción que genera problemas aparentes, pero que en realidad no tienen por qué serlo. Prefiero niños adaptados al uso de la tecnología aunque generen algunos problemas de adaptación en su entorno, que niños alejados de esos dispositivos y privados de su uso en un momento fundamental de su desarrollo.

Sobre el retargeting

Escrito a las 1:44 pm
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RemarketingDesde EiTB, la televisión vasca, me pidieron una breve entrevista acerca del retargeting, y los principales temas en torno a él, que para mí giran en torno a la calidad desigual con la que se lleva a cabo y la sensación de persecución y ausencia de privacidad que en ocasiones genera. La pieza se titula “El comercio eléctronico recurre al ‘remarketing’ para recuperar clientes“.

 

 

La cuestión de la calidad tiene que ver con el planteamiento de muchas acciones de este tipo, que al carecer en ocasiones de una evidencia de compra debido a la multicanalidad o a otros factores, continúa ofreciendo el mismo anuncio al usuario intentando por todos los medios recuperar y cerrar una transacción que, en realidad, ya se produjo. El caso clásico que he experimentado en varias ocasiones es, por ejemplo, entrar en un comparador de viajes para ver un hotel en Amsterdam, seleccionar un hotel y cerrar la transacción directamente con él (en su página o por teléfono), y que a partir de ahí, sigas recibiendo publicidad de hoteles en Amsterdam allá por donde vayas, que en muchas ocasiones no hace más que fastidiarte porque ya tienes una reserva de hotel y, realmente, ya no estás “en mercado”.

El otro problema proviene de la percepción de privacidad: es en este sentido donde me preocupa el comentario del responsable de la empresa que aparece en la pieza, en el que afirma que “nosotros lo vemos más como una ayuda al cliente para completar su compra, no como un problema para él, es una ventaja”. Ese es, para mí, el principal problema: con todo el respeto del mundo, el cómo lo vea la empresa o su responsable es completamente irrelevante. Que lo quieran plantear como ayuda o ventaja no tiene la más mínima importancia, lo verdaderamente importante es cómo es percibido al otro lado por el usuario. Ahí es donde tiendo a ver cierta falta de sensibilidad, y un componente que es el que, en último término, está llevando a toda una generación a huir de redes como Facebook por la acusada sensación de que están vigilados, no solo por sus mayores, sino también por ese mismo sistema que segmenta constantemente la publicidad en función de su navegación, sus búsquedas o sus Likes. Para esa generación, recibir publicidad en modo “persecutorio” o recibir un correo electrónico porque dejó una transacción a medias es, en muchos sentidos, un espanto, un recordatorio de que todo lo que hacen y escriben está siendo constantemente monitorizado.

Obviamente, no trato de demonizar injustificadamente un medio que puede tener su utilidad y tasas de conversión positivas, pero sí invitar a la reflexión sobre esos temas, que considero especialmente importantes de cara a su evolución futura y a su desarrollo en las generaciones más jóvenes.

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