El Blog de Enrique Dans

La generación que no sabía arreglar sus juguetes

Escrito a las 6:33 pm
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IMAGE: Channarong Meesuk - 123RFInteresante debate propuesto por Danielle George, profesora de ingeniería de radiofrecuencia en la Universidad de Manchester, que se plantea el problema de una generación de jóvenes completamente centrados en la compra de gadgets electrónicos de todo tipo, pero que bajo ningún concepto se plantean nada parecido a arreglarlos cuando se estropean, sino simplemente sustituirlos. De alguna manera, esperamos que “todo funcione”, y no sabemos hacer absolutamente nada cuando no lo hace. La cultura de la reparación, o incluso del simple hack casero para prolongar la vida útil de algo o para solucionar un problema sencillo, parece estar perdiéndose a gran velocidad.

Por un lado, una dinámica de innovación absolutamente acelerada que implica que, en muchos casos, cuando un gadget se estropea tras un cierto tiempo de uso, es considerado directamente obsoleto por la existencia de otros en el mercado con prestaciones intrínsecamente superiores, y sujeto a una percepción que mezcla lo deseable de esas nuevas prestaciones con valoraciones relacionadas con el atractivo del consumo e incluso las connotaciones de industrias como la moda: quien mantiene un gadget viejo durante mucho tiempo se ve como “inferior” ante quienes tienen la última versión del mismo o un modelo más reciente. Nunca en la historia hemos vivido industrias sujetas semejante velocidad de innovación: las generaciones anteriores podían plantearse utilizar prácticamente cualquier objeto durante plazos de tiempo muy superiores, algo que afecta absolutamente a todo, desde la electrónica hasta la ropa.

Por otro, una falta de desarrollo de las habilidades necesarias para plantearse arreglar nada, una carencia que no es en absoluto exclusiva de la generación de jóvenes actuales, sino que se extiende a varias anteriores. En general, cualquiera que tenga visibilidad sobre varias generaciones anteriores, observará que cuanto más retrocedemos en el tiempo, más desarrolladas estaban las habilidades para reparar prácticamente cualquier cosa. Por un lado, una obvia cuestión de renta disponible: nada aguza más el ingenio que la necesidad, algo que podemos plantearnos tanto con el ejemplo de los automóviles norteamericanos parcheados y arreglados de cien mil creativas maneras en la Cuba sometida al bloqueo comercial como con el de mi abuela y sus muchos recursos para arreglar la ropa que se iba desgastando. Pero por otro, un menos interés por el desarrollo de esas habilidades: si en muchos casos ya no cosemos ni casi clavamos un clavo, ¿cómo esperar que saquemos un destornillador para abrir un gadget de cualquier tipo y usemos un soldador para sustituir la pieza estropeada? Del mismo modo que dejamos de abrir la cubierta de los motores de nuestros automóviles y perdimos la habilidad para identificar sus averías, dejamos de desarrollar todo aquello relacionado con los componentes de todo el resto de los aparatos que utilizamos. Un teléfono móvil contiene infinidad de componentes que podrían ser reutilizados de mil maneras diferentes, pero salvo el minoritario segmento de los llamados makers, nadie se plantea abrirlos y curiosear lo que hay dentro, y mucho menos arreglarlos si se estropean. Cuando algo falla, se lleva al lugar donde se adquirió si está en garantía, o simplemente se sustituye sin más.

Finalmente, el propio diseño de muchos aparatos, que tratan precisamente de hacer más difícil, cuando no directamente imposible, la posibilidad de abrirlos o de sustituir sus componentes. Muchos fabricantes han incorporado procesos de fabricación que incluyen múltiples capas, soldaduras que impiden la sustitución de piezas, o procesos de sellado de componentes que impiden o dificultan enormemente el acceso a los mismos, en parte por optimización de su fabricación, pero también llevados, seguramente, por el interés en reducir la vida útil de sus productos y promover un ciclo de sustitución más rápido.

¿Cuánto perdemos con una cultura de este tipo, entre la pérdida de habilidades y cuestiones de calado más amplio, como la eficiencia o la sostenibilidad ambiental? Generacionalmente, la deriva me parece enormemente acusada, y sin duda, progresiva: yo definitivamente sé arreglar menos cosas que las que podría arreglar mi padre, y las que me podría plantear arreglar, a mi hija es que ni se le pasa por la imaginación. Más por un tema de curiosidad e inquietud que por otra cosa, tiendo a recuperar algunos componentes de gadgets o de juguetes cuando se estropean, o en ocasiones, incluso cuando los encuentro en la basura… y mi familia me mira casi como si estuviera loco: decididamente, hablamos de una inquietud que, salvo por el refrescante y sin duda interesante segmento de los ya citados makers, se está perdiendo. Pero tampoco creo que sea un problema de la generación actual: es, en mi opinión, algo que viene de muchos años atrás. Y que incluso aunque lleguemos a plantearnos, va a costar recuperar.

 

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Movimientos en torno al machine learning

Escrito a las 1:36 pm
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IMAGE: Andrey Kokidko - 123RFEl panorama del machine learning, que sigo muy atentamente por mi participación como asesor estratégico en BigML, está experimentando recientemente movimientos muy interesantes.

Scaled Inference,  una empresa compuesta mayoritariamente por ex-Googlers, levantó 13,6 millones de dólares a finales de diciembre, en una ronda de inversión que valora la compañía en sesenta millones. Una compañía de menos de un año, que está buscando dinero precisamente para construir un producto que aún no tiene, y que anuncia que no estará listo hasta dentro de, como mínimo, un año. Vinod Khosla, que figura como advisor del proyecto y que ya invirtió previamente en otras startups similares como MetaMind, sigue básicamente haciendo prospecciones petrolíferas en este terreno, a sabiendas de que el tema tiene la proyección que tiene.

GraphLab, otra startup situada en Seattle y dedicada a intentar reducir las barreras de entrada al machine learning, anunció el pasado día 8 de enero, en una entrada en su blog titulada “2015: el año del machine learning“, su cambio de nombre a Dato, y una ronda de inversión de 18,5 millones de dólares. Hablamos de una compañía fundada en 2013 a partir de software de código abierto, con una cartera de cuatro clientes, y destinada, según sus propias palabras, a proporcionar herramientas de análisis a ingenieros capaces de construir aplicaciones y conectarlas a una base de datos, pero que carecen de preparación en machine learning.

Mientras, la compañía que asesoro, BigML, mantiene su evolución en modo super-lean, está ya en cash-flows positivos con una cartera muy interesante de clientes entusiastas, y fue recientemente clasificada por ReadWrite como una de las “nueve startups que hicieron la vida mejor en 2014” y por Inside Analysis como una de las “diez compañías a vigilar en 2015“. Algo tendrá el agua cuando la bendicen :-)

No sé si 2015 va a ser el año del machine learning: mi impresión es que hablamos de algo que evoluciona con cierta lentitud, de cliente en cliente, a medida que los directivos van tomando conciencia de lo que pueden hacer con los datos que generan las actividades de su compañía – todos los datos, no únicamente los transaccionales – y herramientas de análisis sencillas, planteadas como servicios en la nube, y al alcance de cualquiera, básicamente moviendo variables con un ratón en modo drag & drop, a un coste muy razonable. En muchas ocasiones, veremos cómo esos directivos se dan cuenta de esas posibilidades a partir de análisis de diversos tipos que alcanzan cierta visibilidad, o siguiendo anuncios de competidores.

¿Qué ocurre cuando enseñamos a un ordenador no a hacer una cosa en concreto, sino a… aprender? ¿Cuáles son las implicaciones de un movimiento como ese? ¿Nos acercamos, como dice Stephen Hawking, al fin de la humanidad? ¿O a más y más tecnología y menos y menos trabajo para las personas?

De una manera o de otra, es un tema radicalmente fascinante en el que me alegro muchísimo de tener una posición privilegiada que me permita y me obligue a seguirlo. Estoy seguro de que es un tema en el que pronto vamos a ver muchísimo más movimiento…

 

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La oficina abierta no consiste únicamente en tirar las paredes

Escrito a las 10:53 am
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Abriendo espacios - Expansion (pdf)

Me gustaron las reacciones y el debate que surgieron a partir de esta entrada de hace unos días sobre la supuesta crisis de los modelos de oficinas abiertas, que en los Estados Unidos son ya más del 70%, a pesar de que aquel artículo fue obviamente víctima de una muy mala elección de titular por mi parte que llevó a que algunos lo interpretasen como una opinión en contra de las oficinas abiertas, cuando en realidad era todo lo contrario (mi idea original era que la “falacia” estaba en considerar que se podían obtener los beneficios atribuidos a las oficinas abiertas con simplemente quitar las paredes… demasiado rebuscado, me temo).

Así que rehice el artículo como columna de Expansión, lo titulé “Abriendo espacios” (pdf), lo reduje para cumplir mis requisitos de espacio, e intenté transmitir las mismas ideas de manera más clara, que son las siguientes:

  • Las oficinas abiertas son decididamente un modelo interesante: permiten ahorros de espacio, mayor comunicación, más circulación de ideas y compartición de conocimiento. Sin embargo, los modelos actuales de oficina abierta suelen adolecer de problemas que impiden que esos objetivos se materialicen.
  • Oficina abierta significa “para todos”. Si conviertes el modelo en una estructura de castas, en un escalafón en el que el privilegio más elevado es conseguir tu propio despacho cerrado, fracasarás. Las tareas que te parece que requieren privacidad, como determinadas reuniones o conversaciones, hazlas en espacios especialmente diseñados para permitir esa privacidad.
  • Igualmente, si la oficina abierta es un intento de tener vigilado al personal, olvídalo. A los trabajadores no les gusta que los sometan a vigilancia – y de hecho, esa mentalidad, en la empresa de hoy, debería ser erradicada. La idea de la oficina abierta es otra. Y si no lo es, se te notará (y fracasarás).
  • Oficina abierta significa lugares no asignados de manera fija – espacios flotantes, como mucho áreas o zonas asignadas a departamentos – y una infraestructura tecnológica que no solo permita, sino que fuerce la total desaparición del papel. Ordenadores portátiles y documentos en la nube, nada de papel. El papel no desaparece porque lo digas, desaparece cuando se convierte en incómodo, y que no lo puedas dejar en tu mesa porque sencillamente no es tu mesa es un factor de incomodidad fundamental. Eso sí, puedes dejar unas taquillas para quien quiera dejar algún objeto o alguna otra cosa.
  • La implantación de una oficina abierta precisa de una mentalidad abierta: dar a los trabajadores la posibilidad de que determinados trabajos, que posiblemente requieran de una mayor concentración, sean desarrollados en casa o en una infraestructura dedicada a tal efecto (cuyo uso hay que vigilar para que no termine convirtiéndose de facto en un despacho asignado por la fuerza de la costumbre).
  • Que cualquiera pueda trabajar desde donde quiera implica que cualquiera puede ser contactado desde donde quiera, con soluciones tecnológicas adecuadas y sencillas para reuniones virtuales. Flexibilidad para plantearte tu esquema de trabajo, qué tareas haces en qué sitios, para una mayor facilidad de cara a la conciliación y a otros factores igualmente importantes, a cambio de disponibilidad – obviamente, con medida (lo de “no me has contestado el correo que te envié a la una de la madrugada” es absurdo – aunque me consta que ocurre)
  • Oficina abierta implica mentalidad abierta. Pero si consigues que funcione, los beneficios pueden ser muy significativos, todos los que rodean a una cultura más abierta. Pero de nuevo: mucho de lo que hay no funciona porque no es, en realidad,un modelo de oficina abierta. Se han limitado a quitar paredes. Para obtener los beneficios de la oficina abierta es mucho más importante lo que tienes que poner que lo que tienes que quitar.

A continuación, el texto completo del artículo:

 

Abriendo espacios

A lo largo de las últimas décadas, el modelo de oficina abierta ha ido ganando adeptos hasta convertirse, en el caso de los Estados Unidos, en mayoritario: un 70% de los entornos de trabajo en ese país carecen de paredes o utilizan divisiones bajas. 

Sin embargo, este modelo se está poniendo recientemente en cuestión: niveles bajos de productividad, distracciones, dificultad para alcanzar cierto nivel de concentración, o “sistemas de castas” en los que determinados privilegiados tienen despacho, mientras otros deben conformarse con el patio común.

En realidad, lo que empezó siendo un método para compartir conocimiento y promover la circulación de ideas, ha terminado teniendo como motivación una miope reducción de costes y un intento de control similar al de aquella cárcel panóptica diseñada por Jeremy Bentham en la que nunca podías saber si estabas siendo vigilado. 

Si queremos que las oficinas abiertas funcionen, hay que dotarlas de un componente fundamental: una verdadera cultura abierta. Eliminar privilegios, y permitir la deslocalización de tareas: aquello que exige concentración, se hace en casa o en infraestructuras compartidas diseñadas a tal efecto, todo ello apoyado con la tecnología que proporciona soporte al proceso. Lo que implica, para empezar a hablar, la eliminación total del papel. El papel es el enemigo a batir: la información en papel circula peor, se comparte peor y se administra peor. Y de manera natural, si se eliminan los espacios asignados, el papel desaparece: es engorroso transportarlo. 

Las oficinas del futuro son abiertas. Pero eso no quiere decir que las actuales oficinas abiertas estén bien diseñadas: la gran mayoría, de hecho, no lo están. ¿Queremos que funcionen? Pues pensemos que esto no va de quitar paredes, sino de poner tecnología y cultura. 

 

Los smartphones vuelven al colegio… en Nueva York

Escrito a las 6:55 pm
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IMAGE: Iryna Rasko - 123RFEl alcalde de Nueva York, Bill de Blasio, levantará el próximo día dos de marzo una ley que prohibía que los niños llevasen teléfonos móviles al colegio, una de esas medidas impopulares que muchísima gente incumplía, incluido el propio hijo del alcalde. Los colegios, en función de sus preferencias, podrán ejercer políticas con respecto a los terminales a tres niveles diferentes: obligación de que permanezcan en las mochilas de los alumnos durante todo el día (de manera que pueden ser usados para un contacto en caso de necesidad, pero poco más), que su uso esté restringido a determinadas horas y lugares, o que se utilicen ocasionalmente en las aulas integrándolos en los procesos educativos.

La idea fundamental es usar el sentido común: por supuesto, los smartphones pueden, en un colegio, ser una fuente de distracción e incluso de problemas, pero la medida de simplemente prohibirlos para evitar esas distracciones o esos problemas es equivalente a matar al perro para evitar la rabia. El smartphone es, a día de hoy, la plataforma más adecuada para acercar la tecnología a un mayor número de personas y evitar el llamado digital divide – la próxima generación de terminales está previsto que esté en torno a los veinticinco dólares - y su uso en la educación es, cada día más, un imperativo que cobra más sentido.

Pocas cosas resultan más tristes que tener la posibilidad de que todos los estudiantes lleven un potente ordenador en el bolsillo… y que les prohibamos que lo lleven a clase porque se distraen con él. En realidad, el problema no está en la distracción, sino en la escasa habilidad de padres, educadores, profesores e instituciones para reimaginar los procesos educativos con una herramienta tan impresionante como esa. La educación es precisamente lo que tiene que conseguir que nuestros hijos vean un smartphone como tienen que verlo: como algo que sirve para muchas cosas, pero que exige unos protocolos de uso determinados. Que el smartphone pueda ser utilizado para jugar o para enviarse mensajes en medio de una clase no implica que por ello deba prohibirse, o restringirse su uso de manera rígida. De hecho, lo que deberíamos plantearnos cada vez más es por qué los alumnos no llegan con sus terminales y se encuentran un entorno amigable: un cargador en su mesa, una WiFi en la que hacer login automáticamente, y un entorno académico en el que la búsqueda y consulta de información sea una rutina habitual sujeta a entrenamiento y completamente integrada en la metodología académica.

La gran verdad es que la respuesta a la pregunta de qué edad es más adecuada para que los niños empiecen a tener un smartphone es tan sencilla como “a partir del momento en que dejan de llevárselo a la boca”. Cuanto antes empiecen los niños a adquirir familiaridad con este tipo de herramientas, mejor. Si estas herramientas se integran con sus juegos, con su comunicación, con su ocio y con su futuro… ¿por qué nos resistimos tanto a integrarlas con algo tan importante y con tantas posibilidades como su educación?

Con un monitor o proyector, un simple Chromecast de $35 y los smartphones de los alumnos, se puede organizar muy fácilmente una clase en la que el desarrollo de habilidades de búsqueda, gestión y manejo de información se convierta en un proceso completamente natural e integrado en la educación, con alumnos que envían los resultados de sus búsquedas o cualquier recurso accesible mediante un navegador a la pantalla. Sin embargo, la opción que se está tomando en mucho casos es precisamente la contraria:  algo tan patético y absurdo como recurrir al desarrollo de leyes para prohibir el uso del smartphone en las aulas, haciendo que los alumnos vean el colegio como un entorno absurdamente desconectado, en el que están obligados a hacer una regresión al pasado, a llevar a cabo un downgrade cerebral. Fuera del colegio, la respuesta a muchas preguntas está a tiro de cuatro teclas en un smartphone. Pero dentro de él, el smartphone no existe, porque se considera algún tipo de “artefacto peligroso”. ¿Qué imagen puede desarrollar un alumno de un entorno educativo que le obliga a renunciar a avances tecnológicos que van a formar parte de su entorno durante el resto de su vida personal y profesional? ¿Son los profesores, los padres y los educadores incapaces de plantearse un uso serio y edificante de un aparato con el potencial del smartphone? ¿Les resulta imposible imaginarse las posibilidades que un aparato así ofrece de cara al proceso educativo, con que simplemente nos replanteemos muchas de sus mecánicas? ¿Cuánto más vamos a tener que esperar para que la integración de educación y tecnología se lleve a cabo con un mínimo de sentido común?

 

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La respuesta a la barbarie

Escrito a las 5:25 pm
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Charlie Hebdo - Muhammad coverEl atentado de esta mañana en París debería llevarnos a reflexionar sobre muchas cosas: me dejó completamente impactado el aparente absurdo del tema, la brutal desproporción que supone se analice como se analice, se mire como se mire. El drama que supone tener que enfrentarse a quienes no tienen siquiera la racionalidad suficiente como para que se pueda luchar contra ellos.

Pero por encima de todo, me sugiere que la única manera de luchar contra algo así es demostrar que esas acciones no funcionan. O que funcionan al revés: si intentan intimidarte para evitar la publicación de algo, sus acciones tendrán como consecuencia inmediata una difusión mucho mayor de aquello cuya publicación querían evitar.

Desde el punto de vista de la circulación de información, que la amenaza de censura a un medio llegue a un extremo tan brutal como para que algunos paguen con su vida por haber publicado “algo que ofendió a alguien” es algo que merece una respuesta inmediata. Una respuesta que bajo ningún concepto debe pasar por el pixelado, por la ocultación o por transigir con la censura: volver a publicar aquello cuya publicación se pretendía desalentar mediante la acción criminal.

La red tiene estas cosas: ante la censura, responde interpretándola como un error, como algo que es preciso aislar para evitar que siga dañando el sistema. Hoy han muerto doce personas, entre dibujantes, periodistas, policías y otros que simplemente tuvieron la desgracia de estar allí. Pero ni pueden matar a todo aquel que publique eso que tanto les ofende, ni valdría la pena vivir si por ese miedo dejásemos de hacerlo. No es una cuestión de humor, ni de religión, ni de respeto: es algo mucho más importante.

Así que aquí, mi modesta aportación…

 

This article is also available in English in my Medium page, “A reply to barbarism

La manzana está podrida

Escrito a las 4:45 pm
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IMAGE: Jens Gade - 123RFMarco Arment, ex-CTO de Tumblr, creador de Instapaper y reconocido desarrollador, organiza una auténtica tormenta para Apple al poner voz en su blog personal a lo que muchos llevamos mucho tiempo pensando: que la marca lleva ya demasiado tiempo enfocada casi exclusivamente en el marketing y perdiendo alarmantemente calidad en sus productos. Su abrumada reacción de arrepentimiento posterior tras ver el enorme efecto provocado por su entrada no empaña la gran verdad: ha tocado un punto que muchos usuarios llevábamos mucho tiempo planteándonos.

La entrada de Marco ha sintonizado de manera casi inmediata en Twitter con un buen coro de usuarios considerados tecnológicamente influyentes, que han iniciado un debate sobre la progresiva caída en desgracia de la marca de la manzana. Algunos, como Daniel Jalkut, ex-trabajador de Apple, han dedicado entradas al tema, hablando de hasta qué punto lo que en su momento fue un hardware y un software cuyos estándares de funcionamiento eran sensiblemente mejores que los de su competencia y que partían de una determinada cultura a la hora de hacer las cosas, parece haberse convertido, bajo la batuta de directivos mucho más centrados en el marketing que en esa consideración de excelencia, en una marca mucho más “normal”, a la que podría incluso llegarle a resultar complicado sostener unos márgenes comerciales sensiblemente más elevados que los de sus competidores.

Obviamente, no todas las reacciones son idénticas: los hay que afirman que, aunque Marco Arment puede tener razón y los productos de Apple pueden haber empeorado sensiblemente en su calidad, la culpa no es de marketing. Y no faltan tampoco los del “y tú más”, los que dicen que puede ser que Apple tenga problemas, pero que esos problemas no son nada comparados con el desastre de su competencia.

Mi experiencia personal es clara: me cambié a Apple a principios de 2002, y mi experiencia con respecto al mundo PC fue precisamente la que decía uno de los slogans más conocidos de la marca: it just works. Nunca me he considerado un fanboy, de hecho, hay bastantes productos de la marca que no utilizo porque, sencillamente, prefiero otras opciones. Ahora, más de una década después, utilizo algunos programas en sus versiones antiguas porque las nuevas me parecen peores, espero para actualizar los sistemas operativos hasta que casi no tengo más remedio porque desconfío de las “ventajas” de los nuevos. El último ordenador que me compré, un MacBook Pro Retina, es una de las peores máquinas que he tenido en mi vida, y tiene fallos, como una marcadísima persistencia de las imágenes en pantalla (ghosting), que deberían provocar la vergüenza de cualquier fabricante mínimamente serio, mucho más si venden sus productos a esos injustificables precios. Errores que, al ser reportados en una tienda Apple, recibieron como toda solución un comentario del tipo “tu máquina ya tiene más de un año, qué le vamos a hacer”. No, no es exactamente lo que esperas como cliente cuando te has gastado esa cantidad de dinero en un ordenador y este resulta estar defectuoso por un problema únicamente achacable a su proceso de fabricación o a la elección de sus componentes.

Con respecto al software, son bastantes los que afirman que varios de los productos de la compañía han ido bajando su calidad hasta el punto de perder el favor del segmento más profesional de su mercado, incluso en segmentos tan históricamente atribuidos a la compañía como el diseño gráfico o la creatividad. .

Las quejas de Marco Arment vienen, en cualquier caso, en un momento perfecto para la marca: el día cinco de enero, cuando la temporada de ventas de electrónica de consumo en los Estados Unidos ya se ha dado por cerrada, y en otros países, incluidos los latinos, las compras de Reyes ya han sido, en la mayoría de los casos, realizadas. Una erosión a la imagen de marca como esta, que afecta a los atributos fundamentales y a la justificación necesaria para su decisión de compra, podría llegar a hacer mucho daño si se diese justo antes de las navidades. En este momento del año, sin embargo, recién terminado el momento más importante del año en ventas, es más que posible que los efectos sean bastante más moderados. Al menos, a corto plazo. A largo plazo, si la compañía no es capaz de corregir lo que parece estar convirtiéndose en una percepción relativamente generalizada, podría llegar a ser un problema mucho, mucho mayor.

 

This article is also available in English in my Medium page, “A rotten apple?”

La postura como hábito saludable

Escrito a las 2:41 pm
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IMAGE: Andrey Zaripov - 123RFRevisando novedades un día antes de la inauguración del Consumer Electronics Show (CES) de Las Vegas 2015, parece claro que se adelanta un claro énfasis en los wearables orientados a la monitorización de la salud y el ejercicio físico.

Nada especialmente novedoso si tenemos en cuenta los sucesivos avances de esta categoría a lo largo del tiempo, sujeta a la progresiva miniaturización y abaratamiento de componentes como sensores o baterías: llevar encima un dispositivo que nos permita cuantificar nuestra actividad física ya empieza a resultar habitual y muy poco llamativo, y estamos aún comenzando a explorar su convergencia con una nueva – o no tan nueva, pero recientemente relanzada – categoría: la de los relojes inteligentes o smartwatches.

Lo que sí me ha llamado la atención, y me ha permitido hilar con determinados dispositivos que conocía de antes, es el énfasis en el control de la postura como parte de la salud. Hace ya algún tiempo conocí Lumo, una especie de cinturón que avisa mediante una vibración a quien lo lleva para que corrija su postura y cuide su postura cuando está de pie o sentado, y ahora, de cara al CES, veo análisis de un par de dispositivos más: Valedo y UpRight, pensados aparentemente para personas con dolores de espalda, pero enfocados en general a la introducción de hábitos para el control de la postura. Hablamos de una categoría diferente de wearables, más centrados en la discreción que en la moda, que se llevan tapados por la ropa, pero que pueden tener un gran efecto en los hábitos saludables de sus usuarios.

Más allá del ejercicio físico, este tipo de dispositivos tratan de concienciar sobre la importancia de unos hábitos posturales correctos durante el tiempo que pasamos de pie o sentados, mediante sensores discretos que tienen en cuenta el ángulo de inclinación de las vértebras lumbares o la alineación de dos dispositivos pegados con cinta adhesiva hipoalergénica en dos puntos diferentes de la espalda. También lo he visto incorporado en un cinturón metálico, que además tiene el detalle de soltarse un poco cuando has comido demasiado :-)

No sé si veo este tipo de dispositivos de control postural alcanzando una popularidad importante en los próximos tiempos, pero sí pueden tener su importancia de cara a personas con complicaciones derivadas de malos hábitos posturales: después de todo, hablamos de comportamientos difíciles de corregir, ampliamente arraigados, que pueden llegar a tener un efecto en nuestro bienestar incluso mayor que el ejercicio físico en función del tiempo que pasamos en una y otra actividad,  y que precisan de poco más que la voluntad de introducir cambios y un leve o discreto recordatorio para conseguir cambios que pueden llegar a tener un efecto importante sobre la salud.

 

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¿Puede Facebook influir en el resultado de unas elecciones?

Escrito a las 10:50 am
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Facebook politicsJohn Naughton, en The Guardian, se plantea esa pregunta: ¿hasta qué punto podría una red como Facebook influir en el resultado de unas elecciones?

Y la respuesta, claro, parece de entrada sumamente preocupante si hablamos de una empresa eminentemente norteamericana, con una penetración en algunos mercados que alcanza al 70 u 80% de los usuarios de internet, y que ya ha dejado clara su vocación y su escasa prevención con respecto a la manipulación de estados de ánimo de esos usuarios: sí.

De hecho, esta hipótesis ya fue puesta a prueba en un artículo de Nature, y resultó ser positiva: la red social fue capaz de promover una tasa mayor de participación política en un conjunto objetivo de sesenta y un millones de norteamericanos.

Que la respuesta a esta hipótesis fuese positiva no debería de sorprendernos: durante siglos, nos hemos acostumbrado a que los medios de comunicación masiva alcancen una notable influencia sobre la agenda política: quien gestiona un medio de comunicación es capaz no solo de ganar dinero con su actividad suponiendo que sepa gestionarla en ese sentido, sino que es además susceptible de orientar la información comunicada a través de ese medio mediante eso que se ha dado en llamar “la línea editorial”, los sesgos que aplica a la composición y la orientación de las noticias.

La existencia de una línea editorial en un medio se supone una de las razones por las que un usuario lo elige, y está perfectamente amparada por la ley y hasta por la Primera Enmienda de la Constitución de los Estados Unidos: recientemente, Google obtuvo un importante triunfo judicial cuando consiguió que un juez reconociese que tenía pleno derecho a manipular sus resultados de búsqueda, del mismo modo que si fueran una publicación editorializada.

Pero más allá de la posibilidad de redes sociales o motores de búsqueda de manipular las ideas políticas de sus usuarios haciendo determinadas noticias más o menos visibles, privilegiando cierta líneas de pensamiento frente a otra, etc., está la cuestión de los motivos: hablamos de empresas puramente comerciales, dedicadas básicamente a exponer a sus usuarios a aquellos contenidos a los que un tercero, el anunciante, desea que sean expuestos. Uno llega a Facebook y dice algo así como “quiero que un porcentaje así de personas con esta o aquellas características demográficas vean este anuncio. Los anunciantes llegan a Google y dicen “quiero que todo aquel que busque esto y tenga estas características sea expuesto a este mensaje publicitario”. Es decir, no hablamos de algo que podría ocurrir, sino de una cosa que se encuentra embebida en lo más profundo de su razón de ser, en la definición de su compañía.

¿Podría una red social o un buscador, mediante una mayor exposición o una mayor ocultación de un contenido determinado, dar lugar a la generación de un sesgo político determinado? ¿No es algo que todos los medios llevan intentando hacer durante décadas de historia? ¿No hablamos de que determinados personajes políticos y partidos fueron propulsados por determinadas apuestas mediáticas? Si una cadena de televisión o un grupo de medios puede dar lugar a un desplazamiento determinado del sentido del voto, ¿qué no podría hacer una plataforma que muchos consideran teóricamente neutral, en modo “me da los resultados de mi búsqueda” o “me enseña lo que han hecho mis amigos”, y con un alcance muchísimo más generalizado que cualquier medio? ¿Qué es lo que algunos partidos políticos intentan hacer mediante un determinado uso de las redes sociales estos días, más que generar un ambiente hostil ante la crítica, o intentar transmitir un estado de ánimo generalizado en un sentido o en otro?

Sí, las plataformas sociales pueden influenciar nuestro pensamiento político, sobre todo porque cada vez definen una parte más significativa de nuestro espacio, de nuestro entorno, del ambiente que nos influencia. Un pequeño sesgo en la forma de presentarnos la información, voluntario o involuntario, y podemos estar hablando de “ajustar” el mapa electoral en un sentido o en otro. Por un lado, nuestro entorno, nuestros amigos y lo que publican con contenido político de manera natural en estas redes es algo que indudablemente, puede influenciarnos. Por otro, la exposición de este contenido puede ser voluntariamente sesgada por la propia plataforma. Si se hace con el debido cuidado y la connivencia de la plataforma, no tendría siquiera por qué notarse.

Si no lo habías pensado, vete haciéndolo. Vete pasando revista a esos momentos, esas conversaciones, esos artículos que de una u otra manera tuvieron un peso en el sentido de tu voto. No se trata de volvernos todos paranoicos con la posibilidad de que nuestros votos estén teledirigidos como su fuésemos un montón de hamsters metidos en una jaula. Pero sí de tener meridianamente claro que esa posibilidad existe, es viable, técnicamente factible. Sobre todo, por lo que pueda pasar…

 

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En las tendencias corporativas de The Economic Times of India

Escrito a las 11:54 am
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Imagineering 2015: the age of holacracy - The Economic Times of IndiaThe Economic Times of India, el diario económico más importante de un subcontinente en el que la comunidad directiva vinculada a IE Business School ha alcanzado una masa crítica razonablemente significativa, retomó un par de artículos míos de mediados del año pasado sobre la holacracia y los incluyó en un suplemento sobre tendencias de gestión corporativa para el año 2015 ilustradas por artículos de diversos profesores de escuelas de negocio.

Lo han titulado Management thinkers on what business leaders should expect in 2015, y mi artículo aparece con el título Imagineering 2015: the age of holacracy.

 

Tendencias tecnológicas para 2015

Escrito a las 11:17 am
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Explosión de 'inteligencia' y objetos conectados - Cinco Días (pdf)Como es habitual desde hace ya un buen montón de años, Marimar Jiménez escribe su artículo de principios de año en Cinco Días preguntando cuáles creen que serán tendencias tecnológicas para este 2015 a algunos profesores del área de Innovación y Tecnología de IE Business School. Lo ha titulado “Explosión de ‘inteligencia’ y objetos conectados” (pdf).

A continuación, el texto completo de las que quise citar como tendencias tecnológicas que tendrán desarrollos importantes a lo largo de este año que empieza:

 

NFC: el éxito de Apple Pay, que ya está presente en el 1% de todos los pagos digitales del mes de noviembre en los Estados Unidos, llevará a un auge de esta tecnología de intercambio de datos a corta distancia. Fuera de los Estados Unidos, la batalla se anuncia complicada.

IoT: durante el año 2015 veremos cómo muchos objetos sencillos se conectan a la red, desde cerraduras hasta iluminación, termostatos, detectores de humo, y lo que se nos ocurra. Nuevos dispositivos diseñados para ello y una amplia disponibilidad de soluciones modulares harán posible que pasemos a controlar muchos aspectos de nuestra vida cotidiana a través de una dirección IP.

Wearables: una fuerte convergencia entre dispositivos dedicados (fitness trackers, etc.) y smartwatches llevará a un fuerte ascenso de la categoría, convertida en parte en un objeto más relacionado con el mundo de la moda y el diseño.

Mensajería interna: la fuerte adopción de medios de comunicación basados en la mensajería instantánea, como WhatsApp o Facebook Messenger, determinará una fuerte adopción de mecanismos similares para el entorno corporativo, entorno en el que el uso de WhatsApp resulta claramente irresponsable desde cualquier punto de vista.

Beacons: el marketing basado en proximidad y los mecanismos basados en detección de presencia animarán las tiendas físicas… o las convertirán en insoportables, según como se mire.

Big data: un año más, la analítica seguirá formando parte del escenario tecnológico. Más empresas empezarán a darse cuenta de lo que puede extraerse del análisis de los datos, al tiempo que algunas tecnologías como el machine learning ven bajar las barreras de entrada a su adopción.

3D printing: otra tecnología que viene de lejos, pero que sigue aumentando sus posibilidades de cara al prototipado rápido y a usos centrados en la creatividad y el emprendimiento.

Real-time marketing: la idea de que las redes sociales son ya el verdadero número 900 y que los clientes esperan una respuesta inmediata a una mención seguirá demandando recursos en las compañías. El community management, por otro lado, seguirá escalando capas en su nivel de responsabilidad, y situándose más arriba en los organigramas por derecho propio.

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