El Blog de Enrique Dans

Hablando sobre Oculus VR y Facebook, en Expansión

Escrito a las 1:32 pm
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Inmersión virtual - Expansión (pdf, haz clic para verlo sin dejarte los ojos en el intento)Esta semana dediqué mi columna de Expansión a la adquisición de Oculus VR por parte de Facebook por dos mil millones de dólares, intentando explicar a la audiencia de un diario económico la posible trascendencia de la operación y disipar esas dudas que siempre surgen y que apuntan a que vamos a pasar una parte significativa de nuestro futuro con un ladrillo negro puesto delante de nuestros ojos y aislados del mundo que nos rodea. La columna se titula “Inmersión virtual” (pdf)

Por razones que se me escapan, la mentalidad humana siempre tiende a pensar en conceptos sustitutivos, nunca complementarios. En cuanto le hablas a alguien de la posibilidad de compartir un espacio virtual con otras personas, automáticamente piensan “no vamos a compartir nada real”, o “no vamos a salir de casa”, o ideas similares y similarmente mal disparadas. No, que Oculus VR y lo que venga de los recursos que Facebook le haga llegar permitan que compartamos una parte de nuestra interacción en escenarios virtuales no implica que dejemos de utilizar los escenarios reales, de dejar de ver a nuestros amigos o de pasarnos la vida tirados en una esquina e inmersos en un escenario irreal. Eso es tan absurdo como pensar que alguien, por tener una intensa vida en las redes sociales en la red, no tiene vida social real, cuando precisamente lo que suele ocurrir es lo contrario: una actividad elevada en redes sociales implica una vida social muy activa fuera de la red. Pero en fin, aquí seguiremos intentando explicarlo…

A continuación, el texto completo de la columna:

 

 Inmersión virtual

La adquisición de Oculus VR por Facebook por 2000 millones de dólares es una de esas operaciones que permiten hacer completamente tangible la ciencia-ficción.

Oculus VR es la artífice de una especie de gafas del tamaño de un ladrillo en las que una persona puede proyectar cualquier cosa, típicamente un videojuego, y obtener una sensación de inmersión total. La idea fue muy exitosa cuando apareció en Kickstarter, un sitio de crowdfunding en el que obtuvo casi 2.500.000 dólares sobre los 250.000 que solicitaba, y ha sido la sensación en múltiples conferencias recientes.

La adquisición de Facebook cambia completamente el foco de la compañía, que pasa de ser “el futuro de los videojuegos” a ser directamente “el futuro”. Facebook, según ha anunciado, pretende utilizar este sistema de proyección en proximidad para aplicarlo al consumo de medios y entretenimiento, a las comunicaciones personales, a la educación, y a muchas otras áreas.

Solo imaginarlo, impresiona: piense en una reunión con otras personas viéndolas perfectamente en sus gafas, en compartir escenarios virtuales con terceros, o en asistir a clases, o a conciertos, o a lo que quiera imaginarse, real o no, en un formato de inmersión completamente virtual. Pero no se asuste: nadie intenta que la realidad virtual “sustituya” a la vida real, solo que la complemente. No se trata de pasar el resto de nuestra vida tirados en una cama y con un ladrillo puesto delante de los ojos, sino de recurrir a él para hacer algunas cosas de manera ventajosa.

Una adquisición así es un enorme brindis al futuro, un enorme cambio dimensional. El potencial de Oculus VR en manos de Facebook es casi ilimitado. De la ciencia-ficción a la realidad, en una sola – y brillante – operación.

Los misterios del ad-blocking

Escrito a las 4:44 pm
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Ad blocking

El desarrollo de software para ad filtering o ad blocking, el filtrado o bloqueo de publicidad, tiene ya unos cuantos años de historia, pero permanece curiosamente rodeado de un cierto halo de misterio: todas las veces que lo comento en clase me encuentro reacciones de extrañeza en la mayoría de los asistentes, que oscilan entre quienes lo ven como la gran panacea capaz de librarles de todos los formatos molestos tan tristemente habituales en determinados soportes y los que se plantean los lógicos elementos de sostenibilidad y viabilidad de las publicaciones si un porcentaje cada vez mayor de usuarios opta por este tipo de herramientas.

La cuestión permanece como “algo de lo que no se quiere hablar”, un tema “incómodo” que pocas veces se toca por miedo, en cierto sentido, a “despertar al monstruo”. La sofisticación empleada por las herramientas también ha ido en aumento: el empleo de filtros sociales y listas abiertas en las que cualquiera puede incluir anuncios o formatos que consiguen saltarse el filtrado, unido al uso no solo de medidas estrictamente técnicas de detección del formato sino también de heurísticas en función de comportamiento (auto-reproducción, etc.) hace que navegar sin ver publicidad sea cada vez más factible.

Pero navegar sin publicidad, obviamente, conlleva una contrapartida en términos de sostenibilidad. Se trata de una discusión que lleva ya un cierto tiempo planteándose, con dos posiciones claras: aquellos que opinan directamente que el ad blocking es inmoral y en cierto sentido, un “robo”; y los que pensamos que, en realidad, se trata de una respuesta del mercado ante un abuso, idéntica a la que tuvo lugar cuando surgieron los pop-ups y, poco tiempo después, los pop-up blockers, y que lo que tanto soportes como anunciantes tienen que hacer es adaptarse a lo que su mercado considera aceptable.

Las respuestas de los dos actores fundamentales en la escena del ad blocking no ayuda especialmente al desarrollo de la discusión: tanto AdBlock como AdBlock Plus son programas de código abierto, cuya diferencia fundamental es que mientras AdBlock adopta una posición purista y bloquea todo lo que esté en sus filtros, AdBlock Plus llega a acuerdos con las marcas y, si estas se comprometen a no utilizar formatos considerados intrusivos o molestos, las preautoriza en una lista blanca (lo que no impide que el usuario pueda decidir bloquearlas si así lo desea). Ambas posiciones pueden tener sus argumentos, pero el problema fundamental está, para mí, en la posición de salida: en lugar de hablar de una proactividad del usuario a la hora de decidir bloquear los anuncios en una página o publicación determinada, se decide partir de una respuesta reactiva del mismo si quiere dejar de bloquearla. Algo que, en mi experiencia con numerosos usuarios, no suele tener lugar. El usuario medio simplemente “olvida” que activó el plugin, “olvida” que existe la publicidad, se acostumbra a una navegación más fluida, y no se plantea proactivamente el apoyar a esas páginas que, posiblemente, podrían estar tratando de ser respetuosas con él en el uso de formatos publicitarios.

El matiz es importantísimo: el usuario que instala un ad blocker, básicamente, es “retirado” del mercado publicitario, dado que solo recibe impactos en las pocas páginas en las que, de manera consciente, decide que las quiere. El resto de los soportes lo pierden completamente, en un caso clarísimo de “pagar justos por pecadores”. La decisión debería ser la contraria: ver publicidad, salvo que expresamente una página “se comporte mal” y se exceda en intrusividad.

¿Quienes bloquean la publicidad? Calcular una cuota de usuarios que lo hacen resulta complejo, porque estos se dividen entre los diferentes navegadores, no utilizan únicamente uno de ellos, y el desarrollo de los ad blockers ha ido creciendo desde su inicial disponibilidad restringida a Firefox hasta el momento actual, en el que ya navegadores como el Internet Explorer de Microsoft o el Safari de Apple ya los tienen disponibles. Si utilizamos cifras de la página de estadísticas de AdBlock Plus, vemos unos apabullantes 251 millones de descargas, y casi veinte millones de usuarios activos diarios. Si añadimos los diez millones de usuarios activos en Chrome y cantidades progresivamente menores en otros navegadores, podemos hablar de un panorama aún relativamente minoritario. Sin embargo, el perfil de esos usuarios es interesante: en gran medida, coincide con los más tech-savvy, los más sofisticados: si tu página habla de temas relacionados con tecnología, gaming, etc. es posible que tu problema sea significativamente superior al que tiene una página de recetas de cocina, de bebés o de jardinería.

A medida que crece el porcentaje de usuarios que deciden hacer uso de un ad blocker, el problema se acentúa. Hace unos días me encontré por primera vez una reacción directa al uso de ad-blockers en una página norteamericana (me consta que hay bastantes más, simplemente no me había coincidido encontrarme con ellas): la captura de pantalla de la parte superior corresponde al intento de ver un episodio de una serie en la página de la cadena que la emite, cuando detecta que sus anuncios están siendo bloqueados.

La carga de publicidad que las televisiones administran a través de sus páginas web es similar a la que administran a través de su canal habitual. Si desean bloquear a los usuarios que rechazan esos anuncios, están obviamente en su derecho: hablamos de usuarios que consumen ancho de banda, pero no colaboran al sostenimiento y viabilidad de la actividad. Sin embargo, me temo que esta ofuscación tiene, al menos técnicamente, los días contados: basta con desarrollar tecnologías que “oculten” que el anuncio está siendo bloqueado.

El fenómeno del ad blocking no va a desaparecer. Hablamos de programas que cualquiera puede instalarse con total facilidad en el navegador que decidan utilizar, y que si son bloqueados, siempre admitirán posibilidades como utilizar otro navegador, o su versión libre. Si Google, preocupada por el incremento en el número de usuarios que utilizan AdBlock o AdBlock Plus para evitar los anuncios de YouTube, decidiese no admitir estas extensiones en Chrome, el único problema para los usuarios sería conseguirlas fuera de su plataforma, o incluso cambiarse a Firefox o a Chromium. Es una lucha absurda, en la que únicamente hay posibilidades de perder. A medida que el uso se generaliza, las medidas adoptadas por uno y otro lado escalan en paralelo, entrando en una carrera armamentística con connotaciones claramente negativas.

La única estrategia sostenible es, por el lado de los anunciantes y soportes, evitar hacerse acreedores a la instalación de este tipo de extensiones de ad blocking. E incluso así, tratar de comunicar que adoptan ese código de buenas prácticas, dado que si no lo hacen, caerán víctimas de usuarios que simplemente se instalaron el bloqueador y no son conscientes de dicha decisión por parte de las páginas que visitan. La vía del “bloqueo del bloqueador”, como muestra la foto, solo puede llevar, a medio plazo, a más subterfugios técnicos para saltárselo o incluso al recurso a otros canales. Pero sin duda, implica que se han instalado ad blockers un porcentaje suficientemente elevado de usuarios como para que toque tenerlos en cuenta.

A lo mejor, es el momento de intentar aprender de esos usuarios y tratar de entender sus motivaciones, en lugar de etiquetarlos directamente y tratar de posicionarse frontalmente contra ellos…

 

(This post is also available in English in my Medium page, “The mysteries of ad-blocking“)

¿Es esto el futuro?

Escrito a las 2:02 pm
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Oculus Rift DK2

La adquisición de Oculus VR por parte de Facebook ofrece un componente completamente distinto al que sugerían sus operaciones anteriores: hablamos de una compañía considerada por muchos como una auténtica vedette del escenario de los videojuegos, que había conseguido generar una enorme atención a todos los niveles y muy buenos comentarios… pero cuyo ámbito hasta el momento se había considerado reservado a eso, al entretenimiento, sin ir más allá. La idea no era poca cosa, en cualquier caso: cualquier empresa con ese planteamiento que sea capaz además de alistar en su proyecto a John Carmack, el genio que estuvo detrás de id Software, creadores de los que para mí fueron juegos míticos y claramente adelantados a su tiempo, tiene todos mis respetos. No, no hablamos de tonterías: hablamos de inmersión, de meterse seriamente en un juego y disfrutarlo de verdad.

Pero más allá de los videojuegos, cualquier sugerencia a que una parte de nuestro tiempo de conexión podría estar vinculado con tener una especie de ladrillo de plástico negro sujeto delante de nuestros ojos era considerada una absoluta extravagancia, una boutade a la que no se prestaba demasiada atención. La realidad virtual era un juego, conectaba con los sueños más húmedos de los gamers que podían desconectarse completamente de la realidad y sumergirse en un mundo sin prácticamente ningún estímulo externo, con un mundo virtual proyectado directamente ante sus ojos en el que pasaban a centrarse en el juego. Una idea sin duda atractiva, como atestiguan los muchos testimonios de quienes han tenido la oportunidad de probar Oculus VR en las numerosas ferias de electrónica de consumo y videojuegos en las que lleva apareciendo desde hace casi dos años, el éxito del crowdfunding de la compañía en Kickstarter, o el reciente interés de Sony con su proyecto Morpheus.

Por supuesto, Mark Zuckerberg puede estar, con esta operación, jugando simplemente a ser un venture capitalist, un inversor que ha visto una compañía con muchas posibilidades y que cree que puede, apostando por ella, no solo multiplicar su inversión llevando al mercado en buenas condiciones y con un importantísimo buzz factor un producto que, sin duda, puede tener un éxito más que razonable llevado al punto de precio adecuado – un producto que, además, mejoraría sensiblemente la imagen de cool de la compañía y la suya personal. Pero la lectura cuidadosa del anuncio oficial de la adquisición ofrece algo muy diferente:

While the applications for virtual reality technology beyond gaming are in their nascent stages, several industries are already experimenting with the technology, and Facebook plans to extend Oculus’ existing advantage in gaming to new verticals, including communications, media and entertainment, education and other areas. Given these broad potential applications, virtual reality technology is a strong candidate to emerge as the next social and communications platform. 

Mobile is the platform of today, and now we’re also getting ready for the platforms of tomorrow. Oculus has the chance to create the most social platform ever, and change the way we work, play and communicate.

De lo que estamos hablando es, en efecto, de un animal completamente diferente: sí, el desarrollo de la realidad virtual puede haber estado hasta el momento vinculado a los videojuegos, la inmensa mayoría de los que aportaron dinero en Kickstarter pueden haber sido los llamados heavy gamers, y es muy posible que una parte importante de la I+D que siga impulsando el progreso de este tipo de tecnologías se mantenga en ese terreno. Pero de lo que hablamos, en efecto, es de mover el foco de la tecnología para aplicarla a un entorno mucho más amplio, que va desde las interacciones entre personas hasta todo lo que se nos pueda pasar por la imaginación: asistir virtualmente a un evento, a una conferencia, a una clase o a una reunión, o plantear experiencias incluso completamente imposibles. Cuando la realidad que experimentan nuestros sentidos puede construirse a pocos centímetros de nuestra nariz y puede ofrecer un componente inmersivo y de exclusión de estímulos externos tan interesante como lo que ofrece esta tecnología, estamos de verdad planteando que una parte importante de nuestro futuro va a tener lugar, como comentábamos al principio de esta entrada, con un ladrillo negro colocado delante de los ojos. Un ladrillo negro que indudablemente mejorará muchísimo en tamaño, peso y prestaciones, que se supone dejará de provocar, como algunos de los que lo han probado han comentado, algunos mareos y náuseas… pero un ladrillo negro al fin y al cabo. Una realidad diferente a la que tenemos en el lugar y el instante en el que estamos, la posibilidad de experimentar algo que está ocurriendo en otro sitio, o que sencillamente no existe y ha sido inventada para nosotros. Hablamos de, literalmente, estar con una persona o personas que se encuentran en otro sitio, pero con una calidad de interacción inmersiva, vívida y realista. Desde los usos más serios a los más alucinantes, estamos hablando de una operación capaz de redefinir realmente el panorama de muchas cosas.

Esta operación me ha proporcionado una oportunidad muy interesante: ha coincidido con la discusión en clase de la estrategia de Facebook en el IE Brown Executive MBA, un programa blended en el que estoy manteniendo una discusión en la red con veinticinco personas, directivos con experiencia, situadas en quince países del mundo… ¿hasta qué punto podría la experiencia de estar en esa clase ser diferente dentro de muy pocos años utilizando tecnologías como las que estamos comentando? ¿Cuánto puede cambiar la realidad que conocemos cuando la pasamos por las posibilidades que supone algo así? Facebook, con esta operación, está tomando algo que hasta ahora solo imaginábamos para jugar, y llevándolo al terreno de cosas que todos hacemos todos los días – además de inventarse infinitas posibilidades más.

Con WhatsApp no fui en absoluto tímido a la hora de manifestar mi escepticismo. Sigo creyendo que había infinidad de compañías mejores que WhatsApp en términos de enfoque y tecnología, y que pagar lo que se pagó por una base de usuarios en crecimiento es una barbaridad. Pero con Oculus VR, Facebook me ha emocionado, las posibilidades de esto me han conquistado completamente. Me parece una de las operaciones mas visionarias que he visto en mucho tiempo. Pagar diecinueve mil millones de dólares por WhatsApp me parece una barbaridad y una horterada. Pagar dos mil millones por cambiar el futuro tal y como lo entendemos me parece una ganga. El futuro está, literalmente, delante de nuestra nariz. A muy pocos centímetros de ella.

 

(This post is also available in English in my Medium page, “The future is right before our eyes“)

Estupideces fronterizas

Escrito a las 2:53 pm
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IMAGE: Nuno Andre - 123RFQue en el mundo actual existan los aranceles y las tasas aduaneras puede entrar dentro de lo razonable, aunque sea discutible que se apliquen a determinadas cuestiones. Que esos aranceles estuviesen ahí, y fuesen algo inapelable podría tener una cierta argumentación, sea la que sea, desde el punto de vista de política fiscal. Que alguien estableciese que todo envío de comercio electrónico procedente de fuera de las fronteras comunitarias estuviese sujeto a un arancel de un porcentaje determinado y que previamente supieses qué cantidad adicional te iban a cobrar por ello haría que te planteases la decisión de pedir el producto o no, con todos los criterios a la vista.

Pero que el cobro de esos aranceles dependan únicamente de la alineación de los astros en el cielo, que su cantidad sea tan arbitraria como si estuviese calculada por un mono loco o que dependa del canal utilizado para el envío es, sencillamente, una estupidez insostenible. En los tiempos que corren, el cobro de aranceles no puede ser algo completamente arbitrario que unas veces te toca y otras veces no, en función de vete tú a saber qué criterios.

El envío de un reloj Pebble Steel con un precio de $229 a través de DHL es detenido en la frontera, y DHL me envía un mensaje en el que se me reclama el pago de 110€ en concepto de “IVA, arancel y gestión aduanera”. Lo cual, obviamente, lleva a que el envío sea rechazado y devuelto al remitente. Adquiero todo tipo de productos a través de comercio electrónico, y esto solo ocurre en contadas ocasiones, sujeto a una total y absoluta arbitrariedad.

Diga lo que diga la legislación correspondiente, esta situación es completamente absurda. Nadie, ni quien envía ni quien recibe, parece saber si van a cobrar algo, en qué casos lo cobran, de qué importe se trata, o de qué depende. Pero sobre todo: nadie te dice “va a ser tanto” para que puedas tomar tu decisión. Lo único que se puede hacer es pedir el objeto, arriesgarse, y si pasa, bien, y si no pasa, lo devuelves. Es completamente estúpido, una situación inaceptable, algo que es preciso corregir. O sí, o no. O se pagan aranceles, o no se pagan. Pero eso de que “unas veces te toca pagarlos y otras veces no”, en función del humor del funcionario de turno, del volumen de envíos de ese día o de vete tú a saber qué criterios imposibles de anticipar es sencillamente absurdo. Se siente uno como si en la frontera hubiese unos salteadores de caminos que unas veces te tocan y otras no, en función de algo que resulta imposible de anticipar. Ese funcionamiento no soporta ninguna lógica.

Escribí sobre esto exactamente en los mismos términos en el año 2008. No me había vuelto a pasar desde entonces. Es triste que una situación tan sumamente absurda sea capaz de superar el paso del tiempo tan bien…

 

(This post is also available in English in my Medium page, “Import duty: can we have some clarification here, please?“)

La red y las complejas relaciones entre gobiernos y empresas

Escrito a las 1:59 pm
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IMAGE: James Steidl - 123RFPor si el asunto de las relaciones entre gobiernos y empresas no fuese ya de por sí suficientemente complicado, la pasada semana fue enormemente profusa en noticias que sirvieron para ponerlo aún más de manifiesto.

Uno de los asuntos centrales fue la decisión del primer ministro turco, Recep Tayyip Erdoğan, de bloquear Twitter para evitar la difusión de noticias relacionadas con la trama de fraude y corrupción que afecta a su gobierno, contestada por Twitter con la publicación de modos alternativos para acceder a su servicio. La difusión de métodos como el uso de servicios basados en SMS o el cambio de DNS para utilizar las proporcionadas por Google, que parecían demostrar la incapacidad del gobierno turco para detener a Twitter y servir como un auténtico anuncio del poder de Twitter como herramienta para combatir el abuso gubernamental, fue rápidamente contestada por el gobierno del país, que recrudeció su esfuerzo censor para llevar a cabo también bloqueos a direcciones IP y justificó las medidas porque Twitter había actuado como si estuviese por encima de la ley y había ignorado las órdenes de los tribunales turcos.

Pero el enfrentamiento entre Twitter y el gobierno turco no es sino uno de los muchísimos contenciosos surgidos entre el mundo político, los gobiernos, y el corporativo, la administración de las compañías. En la misma semana, supimos que el gobierno norteamericano había estado varios años espiando a la compañía china Huawei, el segundo fabricante del mundo de hardware, y que este espionaje se había producido a todos los niveles y había llegado a alcanzar el mismísimo corazón y los centros de toma de decisiones de la empresa. ¿La razón? Completamente arbitraria: consideraban la compañía una amenaza para la seguridad del país, algo que presuntamente otorga carta blanca para llevar a cabo cualquier acción.

Las relaciones entre los gobiernos y las compañías siempre han sido complejas. Por principio, los gobiernos deberían servir a los intereses de la totalidad de los ciudadanos, mientras que las compañías deberían estar al servicio del interés económico de sus accionistas. En esas relaciones, los gobiernos establecen el marco legislativo que se considera de rango superior, y al que las empresas condicionan sus acciones. Pero surge un problema evidente: mientras los gobiernos marcan, por definición, ámbitos de actuación locales y confinados a sus fronteras, las compañías desarrollan su actividad cada vez más en un ámbito de actuación global, y más aún desde la popularización de la red.

Un ejemplo claro de las incoherencias surgidas por ese desajuste son las discusiones sobre la fiscalidad: los gobiernos pretenden que las compañías paguen en su territorio los impuestos derivados de su actividad, pero las compañías, respetando escrupulosamente las reglas impuestas y sin incumplir ninguna de ellas, consiguen aprovecharse de situaciones que les permiten reducir su carga fiscal efectiva hasta niveles realmente bajos, simplemente llevando a cabo procesos de facturación interna e imputaciones a territorios con baja fiscalidad que ninguna ley prohibe. En efecto, las regulaciones fiscales, en gran medida, forman parte de las decisiones que un gobierno puede tomar de forma soberana, pueden ser utilizadas para definir la estrategia de un país a la hora de atraer determinadas inversiones, y resulta muy complicado someterlas a ninguna otra autoridad. Para actuar sobre la fiscalidad de las compañías multinacionales, por tanto, se pretende en ocasiones apelar a algún tipo de “moralidad”, olvidando que la función de dichas compañías es servir lo mejor posible los intereses de sus accionistas respetando las leyes, y por tanto, optimizando en la medida de lo posible todos sus costes. Por tanto, nos encontramos ante un caso en el que ninguna ley está siendo violada, pero tampoco se está cumpliendo la función recaudatoria de manera óptima, pero con difícil o imposible solución a nivel gubernamental.

Los gobiernos pueden jugar papeles de todo tipo: pueden retrasar conversaciones u operaciones de fusión, impedirlas o condicionarlas haciendo uso de la legislación antimonopolio, imponer sanciones y restricciones derivadas de leyes locales (que además podrían incluso no estar de acuerdo con rangos generalmente aceptados y de naturaleza presuntamente supranacional, como los derechos humanos o las libertades fundamentales) o muchas cosas más. Las empresas, por su lado, pueden actuar en ocasiones de manera desafiante en función de las creencias de sus directivos, llegando incluso al punto de tratar de torcer la mano de los gobiernos, como es el caso de Twitter o como lo fue, en su momento, el muy comentado episodio de Google en China, en el que la compañía llegó a plantearse los efectos sobre la estabilidad del país de las hipotéticas protestas que su salida podría llegar a tener.

Algunos gobiernos, por otro lado, parecen actuar cada vez más como si fueran corporaciones: es claro que China condiciona la entrada en su atractivo mercado a decisiones políticas como la vigilancia y control de los usuarios de los servicios, del mismo modo que los Estados Unidos no solo vigilan y espían a compañías y gobiernos extranjeros, sino que incluso actúan abiertamente como lobby para beneficiar los intereses económicos de las compañías norteamericanas. Los vergonzosos episodios en los que se demuestra que países como España legislan en función de las presiones norteamericanas única y exclusivamente para favorecer los intereses de las empresas de creación de contenidos de ese país demuestran que las leyes no siempre se ponen al servicio de los intereses de los ciudadanos, sino en función de intereses económicos particulares que algunos gobiernos, por las razones que sean, consideran “más elevados”.

Para terminar de complicarlo, los tratados económicos que enmarcan el comercio internacional señalan procesos de arbitraje que tampoco están exentos de conflicto y que pretenden, en no pocas ocasiones, condicionar de nuevo cuestiones que afectan al bienestar de los ciudadanos, como el régimen que afecta a la propiedad intelectual o a las patentes, en función de normas de carácter supranacional. Y además, el ámbito en el que cada vez más se desarrollan muchas de estas operaciones, la red, permanece sujeta al control del país en el que tuvo su origen, un proceso que aunque parece que tiene ya puesta fecha a su punto final, no deja de ofrecer interrogantes a la hora de plantearse las alternativas.

El contexto es mucho más complejo de lo que parece, y pretensiones como la de Tim Berners-Lee de crear una Carta Magna que proteja los derechos de los usuarios de la web reflejan exactamente lo que dicen: un intento de defender la naturaleza de la web frente a los cada vez más duros ataques tanto de gobiernos como de corporaciones. En el mundo actual, los gobiernos representan cada vez menos los intereses de sus ciudadanos: la democracia, que ni siquiera existe o está garantizada en todos los países, todavía no ha sufrido su muy necesaria reconversión y adecuación a un mundo hiperconectado: seguimos actuando con arreglo a normas creadas para un mundo en el que la información circulaba lentamente y siempre en la misma dirección, sujeta a divisiones fronterizas, y con arreglo a los intereses de quien se sentaba en el gobierno. Intereses que, con el tiempo, están cada vez menos condicionados a la voluntad de los gobernados, y más a los de terceros de todo tipo, desde los propios gobernantes inmersos en ubicuos e inabarcables procesos de corrupción, hasta otros que, a fuerza de oficializarse, hemos llegado a ver como “naturales”.

La corrupción que antes de la red se amparaba en la dificultad y falta de trazabilidad de la acción política no parece haber hecho más aislada o compleja con la popularización de la red – más allá de posibilitar que, al menos, podamos tener cierta evidencia gracias a whistleblowers. Curiosamente, esos whistleblowers que evidenciaron los modos y manejos de algunos gobiernos están detenidos, en la cárcel, o recluidos forzosamente en refugios de diversos tipos, sin ninguna ley que los proteja. Sin duda, la política es el entorno donde existen intereses más fuertes que impiden la llegada de la necesaria transparencia que la red podría traer consigo. Es, cada día más, el negocio de los negocios, el que más necesario resulta someter a disrupción.

En las complejas relaciones entre gobiernos y empresas, los que estamos llevándonos claramente la peor parte somos los ciudadanos. Con la defensa de la red y de su naturaleza nos jugamos mucho, muchísimo más de lo que parece. Los que para ello – o para cualquier otra cosa – confíen en la política, lo tienen cada día peor. Cada día más, la única respuesta es el activismo.

 

(This post is also available in English in my Medium page, “The internet and the complex relationship between governments and corporations“)

Quantified self, lifelogging, y salud

Escrito a las 1:33 pm
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IMAGE: Christos Georghiou - 123RFEn una de las entrevistas de TED de esta semana, Larry Page reflexionaba sobre el potencial de las aplicaciones que cuantifican datos del usuario de cara a la evolución del cuidado de la salud y de la investigación relacionada: hablaba de un potencial estimado en más de cien mil vidas al año que podrían salvarse si tuviésemos datos actualizados sobre parámetros físicos de las personas que el estado actual de la tecnología permitiría recoger y tratar con cierta sencillez, y puntualizaba la importancia de un entorno capaz de ofrecer seguridad y confianza a la hora de compartirlos.

El fundador de Google, que en su momento ya ofreció un producto como Google Health para el almacenamiento y gestión de datos individuales relacionados con la salud de los usuarios que terminó desmantelándolo, se lamentaba concretamente de que el actual entorno creado por el uso de la red para control y espionaje por parte de los gobiernos estuviese poniendo en riesgo la evolución de la adopción de una serie de tecnologías que podrían tener un efecto potencialmente muy positivo.

Sin duda, Larry Page sabe de lo que habla, o casi, de lo que no habla: su reciente afección de las cuerdas vocales, que empezó tratando de manera discreta y reservada, le llevó a darse cuenta de los beneficios de compartir información: el obtener respuestas de miles de personas afectadas por problemas similares en todo el mundo le ayudó en gran medida a hacer frente a su enfermedad. Un efecto sobre el que ya habíamos tenido evidencias gracias a Jeff Jarvis, a quien un cáncer de próstata le llevó a escribir un libro, Public Parts, en el que reflexiona, gracias a una dolencia que afecta a lo que la sociedad ha definido de manera clara como nuestras “partes privadas”, sobre las ventajas de compartir información: Jeff tomó la decisión de compartir en su página todo lo referente a su enfermedad, incluyendo su exhaustiva búsqueda de información al respecto – nadie mejor que él, conocedor de la red, periodista de gran experiencia, y afectado, para llevarla a cabo, – el proceso que le llevó a la toma de decisiones sobre sus operaciones y tratamientos, o incluso los efectos secundarios y su evolución, que incluyen temas tan habitualmente reservados al ámbito de lo privado como la disfunción eréctil, la impotencia o la incontinencia urinaria.

El libro de Jeff, subtitulado como “por qué compartir en la era digital mejora nuestra manera de trabajar y vivir”, es un gran tratado sobre cómo el hecho de compartir puede ser una ayuda en determinados trances relacionados con la salud: no solo se encontró con una posibilidad de recopilar información notablemente incrementada gracias a terceros que le respondían y le facilitaban fuentes adicionales y experiencias, sino que además logró un beneficio para otras personas que pudiesen sufrir una dolencia similar, y uno para sí mismo en forma de empuje e impulso moral por el hecho de sentir el aliento y los buenos deseos de sus seguidores.

La discusión sobre la información que genera nuestro cuerpo no puede ser más relevante. Estamos viviendo la explosión del llamado quantified self, un fenómeno vinculado con el desarrollo de pequeños aparatos, wearables, que llevamos encima y que cuantifican parámetros como nuestra actividad física, esfuerzo, dieta, o incluso variables como frecuencia cardíaca, presión arterial, etc. Lo que empezó como una simple actividad destinada a personas que querían llevar un mejor control de su ejercicio o dieta con dispositivos creados por marcas como Fitbit, Jawbone, Nike y otros, está adquiriendo una importancia cada vez mayor a medida que los usuarios vamos dándonos cuenta que el tener información detallada nos pone en una situación de mucho mayor control y conocimiento, nos proporciona más grados de libertad a la hora de tomar decisiones en aspectos que van bastante más allá de lo puramente superficial y afectan poderosamente a la calidad de vida.

Por detrás viene el llamado lifelogging, una versión aparentemente más extrema, en la que los usuarios llevan un control relativamente exhaustivo de su actividad cotidiana ayudados de dispositivos y aplicaciones que les permiten recogerla, como la microcámara Narrative, que la persona lleva colgada en su ropa y realiza dos fotografías por minuto que son almacenadas y permiten un tratamiento analítico posterior, y que te pueden meter en líos si olvidas que la llevas puesta, por ejemplo, al pasar por la seguridad de un aeropuerto norteamericano. Últimamente me han parecido recomendables varios artículos al respecto, escritos ya con la perspectiva de usuarios habituales o que se han propuesto pasar por la experiencia, y que permiten reflexionar sobre los elementos fundamentales del lifelogging, las sensaciones que generan en los usuarios, o los costes personales asociados con llevarlo a cabo.

En paralelo, vivimos el avance de los wearables y la posible especialización de uno de los más esperados, el iWatch de Apple, en temas relacionados con el control de la salud. El planteamiento es claro: posiblemente muchos usuarios estarían dispuestos a compartir con empresas como Apple o Google datos relacionados con la evolución de sus constantes vitales  y el funcionamiento de su cuerpo si con ello pudiesen tener acceso a un mejor cuidado de su salud, pero esto requiere, por un lado ser capaz de proporcionar seguridad sobre el uso que se va a dar a esos datos, y por otro, poner en marcha muchas infraestructuras que plantean un completo reenfoque del cuidado de la salud, para llevarlo desde el actual esquema reactivo a uno caracterizado por la proactividad.

Comentar con cualquier médico temas relacionados con esto nos lleva automáticamente a pensar en cómo un profesional de la salud podría hacer frente al nivel de análisis requerido cuando, en muchos casos, la práctica del día a día de su trabajo le obliga a dedicar pocos minutos a cada paciente. Comentarlo con empresas de seguro médico dedicadas al cuidado de la salud lleva al planteamiento de servicios premium, para aquellos clientes que estén dispuestos a pagar por una gestión proactiva de su salud, un segmento que sin duda encontraría clientes con relativa facilidad. Si añadimos cuestiones como el personal genomics, los análisis genéticos a precios de mercado de consumo, como 23andMe y otros, a pesar de las recientes restricciones impuestas por la FDA, lo que se forma delante de nuestros ojos es prácticamente una “tormenta perfecta” en la que muchos elementos confluyen en torno a un fenómeno que requiere atención: miles de personas en todo el mundo reclaman un tratamiento especializado para datos que generan en su día a día y con los que son conscientes que podrían mejorar variables que influyen en cuestiones tan sensibles como su calidad de vida, su salud o su esperanza de vida, pero al tiempo son conscientes de muchos de los posibles peligros asociados, como la posible discriminación en función de parámetros relacionados con la salud o la aplicación de políticas de estimación de riesgo a la hora de ofrecerles determinados servicios. Y si los posibles riesgos y beneficios son ya de por sí relevantes a nivel de usuario individual, las posibilidades que ofrece su gestión agregada de cara a la investigación o la prevención son sencillamente impresionantes, casi ilimitados.

Un tema indudablemente complejo. Pero sin duda, algo que vamos a ver moverse mucho en no demasiado tiempo.

 

(This post is also available in English in my Medium page, “Quantified self, lifelogging and healthcare“)

Totalitarismo y control de la información

Escrito a las 8:25 am
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Turkey’s fake democracy EXPOSED! - Carlos LatuffEl primer ministro turco, Recep Tayyip Erdoğan, toma la decisión de bloquear Twitter para evitar la difusión de noticias relacionadas con la trama de fraude y corrupción que afecta a su gobierno. La ilustración, del genial Carlos Latuff, me recuerda poderosamente la que publicó con ocasión del corte de internet que Hosni Mubarak llevó a cabo en Egipto inmediatamente antes de su caída en febrero de 2011. La censura de la red fue una característica común de toda la primavera árabe.

El pasado mes de febrero, pudimos presenciar el mismo caso en Venezuela: el presidente Nicolás Maduro bloqueó Twitter, último paso tras haber tomado el control de toda la prensa que consideraba hostil.

Los regímenes con tendencia al totalitarismo tienen su base en un férreo control de la información. La primavera árabe fue provocada, en gran medida, por la aparición de canales de información que no podían ser sometidos a la censura gubernamental: páginas y grupos en Facebook, cuentas de Twitter, blogs, en un entorno en el que una parte significativa de la población no tenía ni siquiera acceso a internet, pero que se las arreglaban para poner la información en circulación, para estropear el pacífico panorama de “aquí no pasa nada” que pretendían mostrar los medios controlados por el régimen. Regímenes como Irán o China tratan de mantener su delicado equilibrio gracias a sistemas de censura apoyados en lo social, en el miedo, en la existencia de fuertes mecanismos de control que ponen inmediatamente bajo sospecha a todo aquel que intenta saltarse los controles establecidos.

Pero cada día más, la censura y el control de la información está pasando a ser una característica no solo de los regímenes directamente totalitarios, sino también de las democracias que se niegan a evolucionar. La obsesión del gobierno español con el control de los medios convencionales mediante herramientas como la publicidad institucional y el pago de cánones y prebendas, poniendo de facto a la supuesta “prensa libre” a “dormir con su enemigo” no es más que un paso más en el deterioro de la calidad democrática del país. Pretender justificarlo como algún tipo de “derecho” de los editores es todavía más perverso, y sitúa a los medios de la asociación correspondiente en un comportamiento que podríamos calificar casi de siniestro: basta con leer artículos como este en ABC (pdf) o este otro en El Mundo (pdf) para pasar a tener todo tipo de dudas sobre esos medios. ¿De verdad confiaríais en una noticia sobre cualquier cosa que afecte a la red o a la propiedad intelectual tras leer en esas noticias los alucinógenos conceptos que tienen sobre esos temas? ¿Y sobre política? ¿De verdad se puede confiar en quienes aceptan relevar a sus directores con condiciones como seguir recibiendo publicidad institucional o hacerse acreedores a un canon otorgado por el gobierno a costa de algo como la libertad para enlazar en internet? Cuando un gobierno empieza a coaccionar y a comprar a la prensa con “regalos envenenados” como esos con el propósito de obtener un panorama de medios afín, solo queda tratar de dejar de lado a los medios que aceptan semejante componenda. El totalitarismo no está en los grandes gestos, está precisamente en los pequeños, en las actitudes, en el “no os preocupéis que yo me encargo de arreglar lo vuestro”. Para quien no entiende la red, todo “gesto” es válido, y la idea de que ese gesto puede ser interpretado como totalitarismo está muy lejos de su cabeza… pero eso no lo convierte en lícito ni en legítimo: no deja de ser totalitarismo.

En Turquía, el bloqueo de Twitter se ha llevado a cabo únicamente mediante DNS, lo que habilita a los ciudadanos a seguir entrando mediante toda una amplia gama de posibilidades. Ya hay hasta pintadas indicando a la población las DNS de Google para que puedan entrar en Twitter, o instrucciones para poder enviar tweets mediante SMS.

DNS-grafitti-Turkey (Unknown origin, please let me know if anyone is able to trace the source so I can give the proper credit)

Lo que sigue a la censura de Twitter – o de cualquier otro recurso en la red, dentro de muy poco será YouTube – es un absurdo juego de gato y ratón que solo puede tener resultados negativos. La resistencia se encona, la censura se recrudece, la imagen se deteriora (más todavía), se fuerza el tema hasta llegar a la violencia y a las detenciones arbitrarias, y se comienza una espiral que puede llevar o a la caída del régimen, o a su enquistamiento y aislamiento. En China y en Irán, países que aplican una férrea censura y control de la red, es claro que la situación no va a cambiar mañana ni pasado. Se han enquistado. Pero en Venezuela, donde la censura de la red aún no está aceptada en la mentalidad de los ciudadanos, es posible que estemos hablando de los últimos coletazos del sistema. No hay forma de que el gobierno de Maduro, por mucho que lo intente o por muchos otros gobiernos cómplices o clientelistas que lo arropen, cierre Caracas Chronicles, VenezuelaLucha, Maduradas o LaPatilla, por citar (y enlazar) unas pocas. O cuentas de Instagram como ya citada de VenezuelaLucha, la de DonUngaro o la de Isaac Paniza, que informan y suben fotos jugándose el tipo desde las mismas calles del país. O mil recursos más. Decididamente, practicar el control de la información y bloquear Twitter u otras redes sociales es, para un gobernante, dispararse en el pie.

Censorship of @Twitter in Turkey: dumb move by Erdogan - Carlos Latuff

Las redes sociales no son más que un indicador de lo inadecuados que son los mecanismos de la democracia en algunos países.  La democracia, como todo, también tiene que adaptarse al entorno que le ha tocado vivir. No, eso no quiere decir, como piensan algunos reduccionistas, que tengamos que votar a través de Twitter o que gobernar según lo que diga la red. Pero que un gobierno provenga de las urnas ya no es algo que sirva para otorgarle legitimidad democrática prima facie. La legitimidad democrática no se adquiere al salir de las urnas, sino al demostrar un comportamiento que sea coherente con la esencia de los principios democráticos.

Una esencia que hoy determina que las redes sociales, como tales, son intocables como herramientas de expresión de los ciudadanos. Ningún país verdaderamente democrático se plantea hacer cosas como censurar las redes sociales, bloquearlas o tratar de evitar mediante cánones y mecanismos parecidos que la información circule libremente por ellas. Una idea así, en un país democrático, resulta inaceptable por principio. Quienes la plantea, simplemente, no son demócratas, son totalitarios. En el mundo actual, son tan totalitarios Recep Tayyip Erdoğan o Nicolás Maduro como lo fueron en su momento Zine El Abidine Ben Ali o Hosni Mubarak, o como lo es Soraya Sáenz de Santamaría, la verdadera artífice del canon de AEDE. ¿Comparación dura? ¿Crees que me he pasado muchísimo al comparar esas situaciones? Pues no, porque en ningún caso hablamos de una cuestión de gradualidad o de matices, dado que en este tema no los hay: del mismo modo que no se puede ser solo “un poco corrupto”, si vas contra la red y contra la libre expresión de los ciudadanos en ella, eres totalitario, sea en Turquía, en Túnez, en Venezuela o en España. Sea donde sea, esas actitudes representan una lamentable pérdida de valores democráticos, y un giro hacia el totalitarismo.

Cada vez que un político piensa en bloquear la red, en ejercer control sobre la información o en construirse un panorama de medios afín, se convierte en totalitario. Sea para favorecer al lobby de turno, para tratar de mantenerse en el poder, para esconder sus trapos sucios, o para todo ello a la vez. Los principios democráticos en el siglo XXI implican asumir que los ciudadanos pueden publicar libremente información en la red, sin estar sujetos a censura, a espionaje, a control o a cánones. Lo contrario, y no valen medias tintas, implica ser totalitario. Entre el clavel blanco y la rosa roja, su majestad escoja.

 

(This post is also available in English in my Medium page, “There are no half measures when it comes to censorship“)

Hardware sin hardware, columna en Expansión

Escrito a las 9:52 am
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Hardware sin hardware - Expansión (pdf, haz clic para leer a mejor tamaño)Mi columna de esta semana en el diario Expansión se titula “Hardware sin hardware” (pdf), y trata de explicar la estrategia de Google para estar presente en la gran mayoría de los dispositivos a lo largo de todas las categorías posibles (ordenadores, tablets, smartphones y wearables) sin dedicarse a fabricar ninguno de ellos, simplemente aplicando el poder del código abierto y la competencia entre fabricantes gracias al uso de licencias permisivas. Es la versión adaptada a papel de la entrada que escribí hace unos días, cuando Google anunció su estrategia para wearables, titulada “Smartwatches: Google repite estrategia“.

En muchos sentidos, Android se ha convertido en el producto estrella de Google, y en la clave de su estrategia futura. Toca a Google ahora despejar las dudas sobre la sostenibilidad de su estrategia, sus reacciones ante los forks, y el nivel de apertura real que mantiene.

A continuación, el texto completo de la columna:

 

Hardware sin hardware

Google ha revelado esta semana su estrategia para el mercado de los wearables, dispositivos que llevaremos encima tales como los smartwatches o relojes inteligentes. Un mercado muy interesante en el que se anticipa una fuerte expansión.

Lo que realmente llama la atención es la consolidación de la estrategia de Google con respecto a los dispositivos en unas pocas líneas fáciles de entender: dominar el mercado del hardware no fabricando hardware, sino creando una plataforma de software abierta  y gratuita que es ofrecida a cualquier fabricante que quiera utilizarla para sus dispositivos.

La estrategia funcionó impecablemente bien en los smartphones: pese a ser Apple en su momento quien redefinió la categoría, hoy una gran mayoría de los terminales del mundo llevan Android, lo que otorga a Google un enorme poder… pese a no fabricar ninguno.

La estrategia de Android ha sido tan impresionantemente exitosa para Google, que ahora busca replicarla en todos los segmentos. En tablets, el liderazgo del iPad, de nuevo el artífice de la reinvención de la categoría, está amenazado por crecimientos muy superiores en los dispositivos con Android. En ordenadores portátiles, los Google Chromebook crecen hasta convertirse en sorpresa, siguiendo una estrategia similar: promover la competencia entre fabricantes en torno a un sistema abierto.

Para el naciente segmento smartwatch, Google acaba de anunciar el mismo plan: un Android adaptado a esos dispositivos, y un trabajo ya hecho con marcas de moda y con fabricantes de chips y electrónica de consumo para asegurar su adopción. Difieren los tiempos: en smartphones y tablets, Google fue reactiva, llegó tarde. En esta ocasión, quiere ser proactiva, llegar antes.

Pero el elemento común es el mismo: dominar el mercado del hardware, sin hacer hardware. Por el momento, una estrategia invencible.

La red, la disrupción y el mercado del lujo

Escrito a las 12:08 pm
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A por un chic click a la vanguardia tecnológica - TheObjective (ESP)Yolanda Regodón me pidió que le contestase a algunas preguntas sobre tendencias tecnológicas y uso de la red en el mercado del lujo, y hoy me cita brevemente en su artículo publicado en TheObjective, titulado en español como “A por un chic click a la vanguardia tecnológica“, y en inglés como Chic clicks for a competitive edge.

A continuación, el texto completo de las tres preguntas que intercambiamos:

P. ¿Cómo pueden las firmas de lujo prepararse para el impacto disruptivo de los avances tecnológicos?

R. Las firmas de lujo tienen que hacer como todas las demás: prepararse teniendo personas en su organización que aprecien y sean sensibles a los cambios en el entorno tecnológico. Ninguna empresa cuyas personas vivan ancladas en el pasado, que no crean en los cambios que provoca la tecnología o que se quede mirando a cómo toman decisiones de compra “sus clientes de antes” o “de toda la vida” puede adaptarse a un impacto disruptivo, por mucho que lean o que les cuenten sus asesores. La disrupción es algo que resulta esencial tener cerca y analizar en primera persona. Si tu empresa no es capaz de atraer personas a las que les guste estar en vanguardia de la tecnología, o si las atrae pero no les permite expresarse y servir como “aviso a navegantes”, es que tu empresa tiene un problema, porque una parte ya bastante significativa de la sociedad disfruta estando en la vanguardia tecnológica. Cuando ves una serie de corbatas de Hermès dedicada a la tecnología, es que muchas cosas están cambiando…

P. ¿Cómo crees que se preparará la industria del lujo a los retos y oportunidades planteados por la impresión tridimensional?

R. Por el momento, la impresión tridimensional es más una herramienta de diseño y de prototipado rápido que de fabricación como tal. Resulta difícil pensar que muchos de los objetos que comercializa la industria del lujo, caracterizados por un cuidado especial en sus procesos, serán fabricados en capas con un artefacto casero, por mucho que mejore incrementalmente la resolución y los materiales. E incluso si llegase a ocurrir, habría que plantearse dónde está realmente el valor generado y hasta qué punto permite justificar el margen que se cobra. Pensar en la tecnología como un factor negativo y una amenaza sería especialmente preocupante, porque supondría adoptar la misma actitud que adoptó en su momento la industria de los contenidos, que no se ha caracterizado especialmente por una adaptación exitosa a su entorno.

P. ¿Qué necesita saber un CEO y un CFOs sobre cómo los cambios en tecnología y redes sociales impactarán en su negocio y en la manera que ellos interactúan con sus clientes?

R. Un CEO necesita detectar tendencias que le afecten o que puedan representar una oportunidad, y eso, en el entorno dinámico actual, implica un nivel de atención elevado. Es necesario estar pendiente no solo de las tecnologías en sí, sino de factores como sus dinámicas de adopción, factores sociodemográficos, y en general de todo lo que rodea al fenómeno tecnológico. Que marcas de instrumentos de escritura de lujo, por ejemplo, no se hayan posicionado introduciendo en su catálogo stylus para tabletas, un fenómeno que lleva ya varios años presente en el mercado y con un elevado nivel de adopción en un segmento que se solapa con el usuario de productos de lujo, demuestra que muchas marcas son excesivamente tradicionales y tienen miedo a seguir tendencias aunque ya estén completamente consolidadas. Ese tipo de ideas tienen que surgir necesariamente del uso y  del contacto habitual con la tecnología. En comunicación pasa exactamente lo mismo: no hay forma de que un directivo llegue a entender lo que significan las redes sociales, por ejemplo, si no lo experimenta y está pendiente de las tendencias en su desarrollo y adopción.

 

(This post is also available in English in my Medium page, “Technology, disruption and the luxury market“)

Smartwatches: Google repite estrategia

Escrito a las 10:58 am
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Motorola smartwatch 2014Google anuncia sus planes para llevar Android a los wearables, Android Wear, que supone una completa reedición de la estrategia que le ha llevado a dominar completamente el mercado smartphone: ofrecer una plataforma para que los fabricantes puedan desarrollar sus productos sobre ella.

La empresa anuncia que está trabajando con fabricantes de electrónica de consumo, fabricantes de chips y marcas de moda para llevar Android a dispositivos que llevaremos con nosotros, en nuestra muñeca o en donde se le ocurra al fabricante que corresponda. Un vídeo de presentación muestra algunos modelos de smartwatch, una categoría que ya comentamos hace algún tiempo que iba a estar sujeta a una fuerte competencia, siendo manejados mediante una interfaz en la que destaca el uso de Google Now, que permanece alerta en todo momento para recibir comandos de voz.

 

 

Por el momento, la competencia se está caracterizando por el éxito de marcas emergentes como Pebble, que siguen una estrategia de dispositivos orientados a proporcionar una gran duración de batería (cinco o seis días) mediante el uso de pantallas derivadas de la tinta electrónica, frente a otros dispositivos procedentes de empresas como Samsung, Qualcomm, Sony y muchos otros que precisan de una carga de batería diaria y que, en algunos casos, han visto importantes tasas de devolución fundamentalmente de clientes que no consideraban aceptable volver por la tarde a casa con un reloj sin batería.

Mientras, los dos grandes contendientes, Apple y Google, permanecían en silencio sin pronunciarse al respecto. Hemos podido ver algunas indicaciones que apuntan a que, presumiblemente, el dispositivo que Apple está preparando podría tener una importante diferenciación basada en el control de variables relacionadas con el quantified self,  con el control de parámetros asociados con la salud, el ejercicio y el sueño, pero como siempre, todo nebuloso y confuso en una marca cuya estrategia se ha caracterizado siempre por el secretismo, y cuyo principio claro con respecto al producto parece ser que mejor tarde, si consigues la fórmula adecuada que sea capaz de redefinir el panorama. ¿Cuántos reproductores de MP3 había antes de que saliese el iPod? ¿Cuántos teléfonos móviles antes del iPhone? ¿Qué pasó después? ¿Puede Apple hacerlo de nuevo con el iWatch?

La duración de la batería, en cualquier caso, parece claramente una de las variables que es preciso optimizar. Asegurar al menos una duración que permita que el usuario no se quede tirado a lo largo del día, por largo que este pueda ser. Parece que una cosa es llegar a asumir que el smartwatch será un dispositivo que precise de una recarga nocturna todos los días, como de hecho ya hacemos con el smartphone, y otra muy diferente asumir ese momento de maldición del dispositivo y de su marca cuando, en algún momento de la tarde, miramos nuestra muñeca y vemos que nuestro reloj ha desfallecido.

Mientras Apple busca  una nueva categoría que reinventar , Google volverá a jugar la carta de los ecosistemas abiertos, de la competencia entre fabricantes, y del desarrollo de plataforma, que tan buenos resultados le dio en el mercado smartphone. Y en el medio, fabricantes como Pebble, que han sido capaces de explotar con razonable éxito – dada su dimensión – el efecto pionero, y que tratarán de mantener sus ventajas de cara a un mercado que, en no mucho tiempo, va a colonizar las muñecas de muchísimos usuarios…

 

(This post is also available in English in my Medium page, “Wearables: Google repeats its strategy“)

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