El Blog de Enrique Dans

Mapas, dinámicas de precios y competencia en la red

Escrito a las 1:41 pm
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En el mes de octubre del año pasado, tras varios años de gratuidad, Google decidió imponer un precio a aquellas aplicaciones que utilizasen Google Maps por encima de un umbral determinado: aquellas que generasen más de veinticinco mil cargas de mapas al día, según Google únicamente el 0,35% del total de aplicaciones que utilizan su sistema, deberían pagar cuatro dólares por cada mil cargas.

La medida provocó un éxodo de aplicaciones hacia OpenStreetMap, el llamado “wikimapamundi libre”, un proyecto colaborativo alimentado por sus propios usuarios, éxodo que afectó precisamente a aquellas aplicaciones más conocidas y que, por tanto, generaron un cierto “efecto llamada” sobre otras. Esto contribuyó, lógicamente, a un mayor nivel de desarrollo de OpenStreetMap, que pasó a ser considerada cada vez más una alternativa digna de consideración y con una interesante progresión hacia la madurez.

Además, las nuevas condiciones dieron lugar a otra alternativa que, muy posiblemente, no se hubiese planteado de no ser por dicho cambio: Apple tomó la decisión de desarrollar su propia aplicación de mapas junto con socios tecnológicos como TomTom y funciones de otros productos como WazeGetcheeLocalezeUrban MappingDMTI y MapData Services.

El resultado ha sido sumamente interesante: Google, a una semana del Google I/O, ha tomado la decisión de anunciar una rebaja del precio de su API desde los cuatro dólares hasta los cincuenta centavos por cada mil cargas. Así es: de $4 a $0.50, en un solo movimiento. La rebaja llama la atención por lo que tiene de ilustrativa con respecto a la “economía red” y al valor de la variable precio, una de las cuatro conocidas “P” del marketing mix: un producto gratuito que decide pasar a tener un precio determinado basado – posiblemente – en cálculos de costes y de elasticidad de la demanda, y que al comprobar el efecto que dicho precio ha tenido en la base de usuarios, decide reajustar el precio unos siete meses después planteando una rebaja del mismo de casi un 90%. Una combinación, la de productos virtuales y mercados con evoluciones rapidísimas en cuanto a dinámicas de competencia y de comportamiento de los clientes, que da idea de lo que supone competir en entornos de este tipo.

¿Puede un drástico recorte del precio revertir la fuga de clientes hacia otras aplicaciones? Con su decisión, Google no solo alentó el desarrollo de alternativas, sino que generó una actitud de rebeldía, una prueba de que un mercado con un desarrollo tan dominante no era una buena idea para nadie. El escenario a siete meses de la decisión no puede ser más preocupante: una alternativa abierta en alza que podría dar lugar a una fortísima migración de valor – recordemos el planteamiento de la batalla entre Britannica y Encarta frente a Wikipedia – y un competidor potente con socios importantes y con una alternativa razonablemente viable.

¿Qué señal envía Google al mercado con un cambio tan radical en el precio de su producto? Obviamente, se trata una clara admisión de que las estimaciones y la estrategia que desarrollaron a la hora de calcular el precio anterior no fueron demasiado buenas: posiblemente, haber planteado un precio muy inferior en el primer momento, más aún proviniendo de una situación de años de gratuidad, habría disminuido el incentivo al desarrollo de nuevas alternativas, y habría tal vez permitido a Google mantener su cuasimonopolio durante más tiempo.

En la red, las cosas se mueven muy, muy rápido. Para todos.

Integrando Pinterest en el blog

Escrito a las 8:55 am
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Desde hace ya unos meses vengo utilizando Pinterest para tres cosas: mantener un archivo de los libros que voy leyendo, generar un repositorio visual de las entradas del blog, y recolectar las noticias diarias sobre tecnología que me llaman la atención. Es una red con buen nivel de actividad, que parece bastante consolidada a pesar de su juventud, que ya tengo integrada de manera natural en mi actividad, y en la que obtengo un nivel razonable de seguimiento en forma de repins y comentarios, así que parecía razonable dar algún paso más en su integración para extraerle algo más de partido.

A partir de hoy podréis encontrar Pinterest integrado en el lado derecho de la página, bajo el widget de Facebook, con el título “Mis fuentes diarias” y presentando las últimas cinco noticias que me han llamado la atención en la lectura diaria. Una lista que antes gestionaba con los +1 de Google+, pero que me daba constantes problemas de refresco y actualización, y que ya me había acostumbrado a mantener en un tablón de Pinterest al que llamo Technology readings (título en inglés porque la práctica totalidad de mis fuentes habituales están en ese idioma) que siguen algo más de mil personas.

La integración utiliza este widget no oficial de Pinterest para WordPress, un poco retocado en su diseño para adaptarlo al del resto de la página por mis amigos de Blogestudio. La única limitación que me plantea es a la hora de enviar noticias que no tienen una imagen asociada, aunque la verdad es que son pocas las fuentes que no utilicen imagen alguna. De hecho, es interesante pensar el efecto de la popularización de Pinterest en el uso de imágenes: desde que empecé a utilizarlo para recopilar las entradas del blog, pongo bastante más atención en la elección de ilustraciones. Pinterest no es todavía uno de mis principales referrals de tráfico a la página de manera permanente – al menos, no al nivel de los “sospechosos habituales” Google, Facebook,  Twitter y Google+, en ese orden – pero sí aparece en las estadísticas con una tendencia claramente ascendente. La velocidad de actualización del RSS del tablón parece razonable, así que espero que pasen los problemas que tenía con el sistema anterior (que en muchas ocasiones mostraba titulares atrasados), que sea más fácil de mantener, y que la presentación visual de las noticias resulte atractiva.

Compartir tu vida, en Expansión

Escrito a las 9:32 am
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Mi columna de esta semana en Expansión se titula “Compartir tu vida” (pdf), e intenta explicar al lector habitual de prensa económica el cambio de filosofía de vida que supone para toda una generación de jóvenes el crecer en un entorno en el que la conectividad es prácticamente ubicua y las herramientas para compartir lo que hacemos en nuestro entorno social están disponibles de manera sencilla y permanente. Un cambio total en la manera de entender muchas cosas, cambio que las generaciones anteriores no siempre alcanzan a entender y miran con sospecha, como si se enfrentaran a una especie diferente o a personas afectadas por algún tipo de “enfermedad”.

A continuación, el texto completo de la columna:

 

Compartir tu vida

Cuando una generación, por primera vez en la historia, crece rodeada de conectividad y de dispositivos relativamente asequibles que les permiten trascender las barreras espaciales en su comunicación y acceso a la información, son de esperar algunas interesantes diferencias sociológicas con las generaciones precedentes.

A algunos adultos les llama la atención que los jóvenes no “naveguen” por la red, sino que, sencillamente, no salgan de ella. No se trata de que “se asomen a buscar algo o a alguien”, sino de una filosofía de conexión distinta, una visión de la red como una capa constante que acompaña cuanto les sucede. Algunos lo ven como una “adicción”, como una especie de “enfermedad”, cuando en realidad se trata de una manera diferente de ver la vida. Ni mejor, ni peor: diferente. Y con mucho sentido.

Cuando la comunicación es constante, las relaciones cambian. Los amigos y conocidos no son presencias intermitentes, sino prácticamente constantes. Cuando se vive cualquier experiencia, lo inmediato es querer compartirla con tu red. Si no puedes hacerlo en ese instante, pierde mucho de su sentido, y resulta frustrante. Compartir, contar lo que se hace, subir una foto se convierte en una parte intrínseca de toda experiencia vivida: una comida, un viaje, un pensamiento… La conversación se vuelve omnipresente, como un diario permanente. Y no, no hablamos de una moda ni de algo pasajero: hablamos de una filosofía de vida que será una característica de las generaciones venideras.

La brecha generacional existe entre los jóvenes que exigen vivir en conexión permanente, compartiendo todo lo que hacen con otros, y adultos que se niegan a entenderlos y los tachan de “enfermos”. ¿Enfermos? Para nada. Asistimos a toda una nueva filosofía de vida: si no comparto, me falta algo. La lógica consecuencia de crecer en un mundo hiperconectado. No, los raros no son ellos: somos nosotros. En realidad, no raros, sino “arcaicos”. Con todo lo que ello conlleva.

Hablando sobre lenguas e internet, en A word in your ear

Escrito a las 9:30 am
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Lourdes de Rioja, intérprete en sitios como la Comisión Europea, el Parlamento Europeo o el Tribunal Europeo de Justicia, y autora del videoblog A word in your ear, se vino a Madrid a entrevistarme con respecto a mi visión sobre la diversidad lingüística y la red, y el peligro que puede suponer para los idiomas el hecho de que internet tienda a llevarnos hacia un teórico modelo de “lengua única”. Publicó el vídeo ayer con el título “Enrique Dans, sobre lenguas e internet“.

Mis opiniones en ese sentido, que vienen de bastante antiguo, tienen mucho que ver con el valor que adscribo al acervo cultural asociado con las lenguas, con con la idea de la tecnología como asistente personal eficiente para la traducción a modo de agente que aprende de nuestro uso del idioma, con la importancia de los matices en el uso del idioma, y con mi propia experiencia como persona que trabaja de manera cotidiana en dos idiomas pero escoge uno de ellos para escribir su blog: el hecho de considerarme bilingüe implica que para mí, intentar escribir una entrada en dos idiomas no suponga un mero trabajo de traducción, sino una reescritura completa que en lugar de conllevar un pequeño esfuerzo incremental, prácticamente duplica el mismo. A pesar del interés que obviamente tengo por llegar a una audiencia más amplia gracias al uso del inglés, esa asignación de recursos está, a día de hoy, fuera de mi alcance.

¿El futuro? Agentes automatizados personales que aprenden de nuestro uso del idioma, que comparan textos escritos en aquellos idiomas en los que nos expresamos, que exploran nuestro disco duro y la red en su conjunto en busca de textos que reflejen nuestro estilo, y que nos convierten en multilingües al instante sin los resultados absurdos de traducir palabra a palabra, y reflejando los matices que queremos reflejar.

¿Lejos? Creo sinceramente que no tanto.

 

El zapatófono y la tecnología efímera, en Prisma

Escrito a las 5:43 am
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Marta Garijo, de la revista Prisma, me envió unas cuantas preguntas para un reportaje sobre la velocidad del avance tecnológico que estaba preparando, y que ha publicado hoy bajo el título “El zapatófono y la tecnología efímera“. En el reportaje cita también a Antonio Ortiz y a David Rodríguez.

A continuación, como hago habitualmente, publico el intercambio completo de preguntas y respuestas que mantuve con Marta:

 

P. ¿Cuál fue el primer aparato tecnológico que usaste?

R. Depende del concepto de “aparato tecnológico”, la tecnología es como tal un concepto muy amplio. Si te refieres a ordenadores, un ZX81 de Sinclair que tenía 1K de memoria. Después de ese ya vino un clónico de IBM PC que ya era un poco más “otra cosa”.

P. ¿Te gusta estar a la última en tecnología? ¿Cuál ha sido el último gadget que has comenzado a usar o que has comprado?

R. No es que me guste, es que lo considero fundamental para mi trabajo: probar cosas para poder elaborar los temas de los que hablo en clase de un modo práctico. No me encontraría cómodo si no tuviese un apoyo en lo práctico a la hora de hablar de los temas (así que supongo que debo agradecer no estar dando clase de Criminología :-)

P. ¿Cuál es tu aparato electrónico imprescindible?

R. Ninguno en especial. Uso lo que tengo a mano en cada momento, no soy nada fiel. No suelo viajar sin mi laptop y supongo que si pienso en escribir en el blog, que es algo como muy constante en mi vida cotidiana, te diría que me dieses el laptop y no otra cosa. Ordenador de sobremesa, ya prácticamente no uso. Pero en según que situaciones puedo utilizar un tablet, un móvil o cualquier cosa con conexión que tenga a mano. Varío constantemente de dispositivos, porque a los fabricantes de los mismos les suele interesar que tenga acceso a ellos de manera habitual.

P. ¿Crees que vivimos en una sociedad hipertecnológica? ¿En qué aspectos crees que la tecnología ha ayudado a desarrollar más la sociedad?

R. Todas las sociedades a lo largo de la historia han estado determinadas por el escenario tecnológico en el que les ha tocado vivir, y ésta no es una excepción. El ritmo de desarrollo y evolución de la tecnología se ha hecho mucho más rápido, pero seguimos teniendo los mismos procesos de adopción y unos porcentajes de penetración en diferentes segmentos de la población muy parecidos a los que hemos tenido siempre.

P. ¿Cómo crees que la tecnología va a marcar el desarrollo de la sociedad? ¿Qué campos crees que van a marca la agenda en el futuro?

R. La tecnología define nuevos escenarios, que la sociedad va colonizando para su uso y disfrute. Existen muchísimos campos en los que estamos viviendo avances significativos, pero desde mi punto de vista, nada es comparable al cambio que supone el paso de medios de comunicación unidireccionales a bidireccionales, que ha sido y sigue siendo algo que afecta de manera profundísima a personas, empresas y hasta a la manera en que nos organizamos como sociedad.

Si tu negocio consiste en impedir el acceso a la información, cambia de negocio

Escrito a las 10:33 am
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Según noticias que he leído en ArsTechnica y en TorrentFreak, Google parece estar amenazando a un servicio web, YouTube-mp3, por incumplir los términos de servicio al ofrecer un método sencillo para descargar vídeos de YouTube. La empresa afirma que el servicio que ofrecen no difiere en absoluto de lo que hace un grabador de vídeo o de sonido.

Dejando aparte la posible infracción de marca registrada que supone utilizar la palabra “YouTube” en el nombre del servicio, propuestas de este tipo existen prácticamente desde los orígenes de YouTube: no hay más que buscar “descargar vídeos YouTube” para encontrarse infinidad de ellos, generalmente consistentes en la instalación de un software o plugin determinado, o en la sustitución de una parte de la URL del vídeo para redirigir a una página que lleva a cabo la descarga. Yo llevo toda la vida descargando de manera rutinaria todos los vídeos que utilizo en mis clases y conferencias utilizando un plugin de Firefox, Video DownloadHelper, que me funciona razonablemente bien, pero existe todo un amplio muestrario de herramientas similares.

De acuerdo: los términos de servicio de YouTube pueden decir que un contenido o parte del mismo no debería ser descargado si en la página correspondiente no se ofrece un enlace de descarga. Pero como bien sabe Google o cualquiera con dos dedos de frente y conocimientos tecnológicos, plantear una limitación así es, con la tecnología de hoy en día, sencillamente imposible. Mientras los patéticos personajes del mundo de la industria cultural afirman pomposamente su ignorancia con frases como “el campo se puede vallar”, la respuesta de la tecnología ha sido siempre clara e inequívoca: no es así, y si en algún momento se pretende que lo sea, ese obstáculo será únicamente temporal. Si el obstáculo persiste, será porque lo que hay al otro lado de la valla no genera interés ni incentivos suficientes como para que alguien quiera desarrollar herramientas adecuadas para saltársela.

Es lo que hay. Si tu misión dice “organizar la información mundial y hacerla accesible y útil de manera universal”, eso es precisamente lo que tienes que hacer, y no dedicarte a enviar cartas amenazantes a quienes ofrecen prestaciones razonables que tú no ofreces debido a tus compromisos con determinadas industrias del pasado. Herramientas para descargar vídeos o sonido de YouTube las ha habido siempre y las va a seguir habiendo se pongan Google y la industria como se pongan. Si insisten en enviar cartas, no va a haber papel para todas ellas. Mi impresión es que lo que Google pretende con un comportamiento así es sencillamente cubrir el expediente frente a las discográficas de turno, como un Capitán Renault que grita eso de “¡Es un escándalo!¡He descubierto que aquí se juega!” mientras le entregan sus ganancias.

Cada día más, toda información es susceptible de ser digitalizada. Y la información digital, como llevamos años y años diciendo, fluye sin que dicho flujo pueda ser técnicamente impedido. Los bits son libres. Si ofreces vídeos en streaming, alguien encontrará la manera de descargárselos, te pongas como te pongas (y si no es así, siempre nos quedará el agujero analógico, de la misma manera que “siempre nos quedará París”). Tu papel, si quieres construir en torno a ello un modelo de negocio válido, será ofrecer un sistema tan cómodo, sencillo y accesible que lleve a que la necesidad de descargárselos ni tan siquiera se plantee, o si lo hace, sea en un número de casos escasamente representativo. Lo demás, como Google sabe perfectamente, son tonterías.

“No sin nuestro consentimiento”, de Rebecca MacKinnon, un libro fundamental

Escrito a las 8:04 am
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La editorial Deusto ha traducido al castellano The consent of the networked, de Rebecca MacKinnon, un libro del que ya hablé en su momento y del que poco más puedo decir de lo que dije entonces: me pareció brillante, un libro fundamental para entender lo que está pasando en la red y con la red, y la necesidad imperiosa que tenemos los usuarios de reaccionar a esos abusos por parte de gobiernos y empresas.

Rebecca es una voz autorizadísima para hablar de este tipo de temas: periodista de CNN durante muchos años incluyendo varios en China, e investigadora en el Berkman Center for Internet and Society de Harvard, donde entre otras cosas colabora en la iniciativa Global Voices Online.

El libro en castellano se titula “No sin nuestro consentimiento“, sale a la venta hoy, y lleva un prólogo de Jose Luis Orihuela y un epílogo mío, cuyo texto íntegro comparto a continuación:

 

Epílogo

Llegar al final de este libro genera una sensación difícil de explicar: por un lado, la evidencia de que, pese a las referencias a la red en su título, no estamos hablando de un libro que hable de internet, sino de muchas otras cosas. El libro habla de la naturaleza humana, de la forma en que las personas nos organizamos como sociedad, de las diferentes maneras de ejercer el poder y de cómo convergen entre sí de manera casi siniestra, o de la obsesión por el control. De como, contrariamente a lo que algunos podían esperar o creer, internet no cambia la naturaleza humana, y cómo el poder en el ciberespacio tiende a corromperse exactamente igual que cómo lo hace en el espacio físico.

Por otro lado, si algo hace este libro es despertar la preocupación por comprobar hasta qué punto, si las cosas no cambian, tendremos que, cuando hablemos con nuestros hijos, referirnos a la red como a un espejismo de libertad que vivimos a lo largo de un par de décadas, pero que terminó por convertirse en otra cosa. Nunca, en ningún otro momento de la historia de la humanidad, hemos tenido tan clara conciencia de hasta qué punto estábamos siendo manipulados por un poder que, disfrazado de algo que llamaban democracia, se dedicaba a manejar a las personas mediante el uso de medios unidireccionales, de asimetrías comunicativas y de técnicas de manipulación colectiva. Si algo hace este libro es demostrarnos que, como debería ocurrir con el poder en el mundo físico, el poder en el mundo digital debe ser restringido, balanceado y controlado por los propios usuarios.

Sin necesidad de caer en modo alguno en la “teoría de la conspiración”, cabe destacar que, en gran medida, la resistencia de los poderes convencionales al desarrollo progresivo de la red proviene, en realidad, de los problemas que la popularización de dicha red supone para que estos poderes puedan seguir haciendo las cosas del mismo modo que las han hecho hasta ahora. La red supone transparencia, bidireccionalidad, conciencia colectiva, capacidad de organización; todo ello al margen de los esquemas tradicionales del liderazgo. Un conjunto de características que los poderes tradicionales, sencillamente, no pueden aceptar.

En el libro podemos ver claramente como, en algunos países, los planteamientos son claros y evidentes. La necesidad de guardar las apariencias democráticas no existe cuando la propia democracia no es, como tal, una característica del gobierno del país en cuestión. Así, Irán, China y otros países ejercen un control férreo sobre la red sin ningún tipo de miramiento ni consideraciones éticas o estéticas, con el fin de prevenir todo tipo de oposición al régimen. Los mismos esquemas de comunicación que, al verse alterados por la llegada de las redes sociales, dieron lugar a la explosión de la primavera árabe, son ahora utilizados para dar lugar en la red a auténticos paraísos artificiales, a realidades paralelas similares a las que antes reflejaban los medios de comunicación tradicionales, a auténticos “Halal internet” en los que todos los contenidos e interacciones responden a los intereses del poder.

Antes de las redes sociales, los ciudadanos de países como Túnez o Egipto vivían en un entorno en el que medios como prensa, radio o televisión dibujaban para ellos una realidad paralela en la que no pasaba nada, en la que todo funcionaba perfectamente, en la que toda la información que salía del país lo hacía tras pasar por el tamiz gubernamental. Los blogs, Facebook, Twitter y otras redes rompieron ese control: la red no podía ser controlada. De repente, muchos ciudadanos comenzaron a percibir la realidad políticamente incorrecta que sus sentidos les indicaban desde hacía años, y empezaron a contarlo al exterior. Eliminado el control de la comunicación interna y externa, dictaduras y cleptocracias basadas en dicho control comenzaron a caer como fichas de un siniestro dominó.

Construida como una red capaz de escapar a todo control y bloqueo, internet está pasando, merced a la actitud de los gobiernos, a paralelizar la evolución de todos los medios de comunicación que la precedieron. Técnicas de vigilancia, deep packet inspection, mecanismos de ingeniería social, control y fiscalización del uso de las herramientas, etc. están convirtiéndose en una manera de control social al servicio del poder. Mediante el recurso a “jinetes del apocalipsis” como el terrorismo, la propiedad intelectual o la pornografía infantil, gobiernos de medio mundo obligan a empresas de internet y a proveedores de acceso a ejercer un nivel de control sobre los ciudadanos que, de seguir así, terminará por provocar la envidia del mismísimo gran hermano descrito por George Orwell en su 1984. Un mundo en el que los deseos de seguridad, entretenimiento y confort material de los ciudadanos son manipulados hasta el punto de que estos, voluntariamente, se someten a un rígido y asfixiante control gubernamental.

Un fuerte desfase entre uso y conocimiento de internet está propiciando su deriva hacia aquello en lo que nunca quisimos que se llegase a convertir. Todos los días, millones de usuarios entran en la red, abren cuentas en servicios cuyos términos no leen porque están escritos no en su idioma sino en “legalés”, y aceptan gustosos limitaciones de uso, y restricciones ejercidas sobre sus propios contenidos que seguramente, en caso de conocerlos con detalle, les resultarían casi ofensivas. Muchos de esos usuarios ni siquiera saben lo que están firmando: el nivel de conocimiento del usuario medio en la red todavía es algo parecido a si en la calle tuviésemos un porcentaje elevadísimo de personas que no entienden lo que es un paso de cebra o no conocen la diferencia entre la luz roja y la verde. O bien, usuarios que, incluso entendiendo los términos que firman, los aceptan debido a una mezcla de presión social y a un balance de prioridades que no siempre sigue un criterio equilibrado.

Entre tanto, se someten a reglas no escritas y no procedentes de ningún consenso social que van desde la entrega de datos al gobierno de turno en función de cuestiones arbitrarias, hasta el sometimiento a visionarios que opinan que tal o cual contenido debe ser excluido de la red. La Patriot Act norteamericana permite a agencias gubernamentales obtener cualquier tipo de información financiera, personal o de las comunicaciones de un ciudadano sin necesidad de una orden judicial. Apple o Facebook pueden negarse a aceptar una aplicación o un uso de sus sistemas sin dar explicaciones ni a dios, ni al diablo. Cada vez que el gobierno chino o el norteamericano obliga a una empresa a proporcionar detalles de un usuario sin ningún tipo de explicación válida, o cada vez que Apple rechaza una app porque “contiene desnudos” o porque “compite con una función de su sistema operativo”, los usuarios perdemos una porción más de nuestra libertad. Y no, no se trata de reclamar que “todo valga”: seguramente, detrás del porno se esconden mafias que explotan a mujeres o a niños del mismo modo que detrás de la petición de datos puede existir una sospecha de terrorismo. Pero no: se trata de reclamar para la red la aplicación de las mismas leyes que rigen fuera de la misma, sin ir más allá de lo que proviene del consenso social histórico que dio lugar a dichas leyes. Adaptar la interpretación de las leyes, posiblemente. Reescribir y rehacer esas leyes para la red, no, gracias. Si crees que debes hacerlo, es que estás haciendo algo mal.

Existen dos fuerzas fundamentales que pueden hacer que el siniestro futuro que hoy en día percibimos dé, de alguna manera, marcha atrás. La primera fuerza es, sencillamente, la deriva generacional. A día de hoy, me resulta imposible pensar que personas de la generación de mi hija, cuya vida ha transcurrido siempre pegada a una red que siempre ha estado ahí, sintonicen con las ideas liberticidas de políticos ignorantes o irresponsables que cada vez que mencionan la red, lo hacen para hablar de sus peligros, de las terribles amenazas del terrorismo, de la pornografía infantil o de las violaciones de los derechos de autor. Las personas de la generación de mi hija saben perfectamente que el terrorismo no se combate estableciendo sistemas de vigilancia sobre toda la población, porque eso solo lleva a que los verdaderos terroristas inventen nuevos sistemas para eludir esos controles. Que la pornografía infantil no se elimina simplemente escondiendo los sitios que la cobijan bajo la alfombra de la censura, sino mediante la acción de una policía bien formada y entrenada, como se han combatido los delitos toda la vida. Y que los derechos de autor en su formulación actual no están siendo “atacados por malvados ciudadanos”, sino que simplemente son muestra de una industria inadaptada que pretende seguir vendiendo copias en una época en la que una copia es algo carente de valor y que cualquiera puede generar con simplemente hacer un clic. Ver la cara de mi hija cada vez que le dicen que descargarse una canción o una película de una red P2P la convierte en una supuesta “delincuente”, o que escucha en un informativo que la red es un lugar donde campan a sus anchas terroristas y pedófilos es algo que, sencillamente, me genera esperanza.

La segunda fuerza es el progreso tecnológico. En el mismo momento que el gobierno de los Estados Unidos, atribuyéndose algún tipo de jurisdicción universal sobre la justicia, decide cerrar un dominio .com perfectamente legal en su país de origen, aparecen cien maneras diferentes de seguir accediendo a ese mismo servicio a través de otros medios. Cuando el gobierno británico, haciendo caso a la presión de los lobbies de los derechos de autor, cierra el acceso a The Pirate Bay, la página incrementa su popularidad en doce millones de visitas, y la red se puebla con páginas que proporcionan trucos par acceder a la página bloqueada. Millones de usuarios tecnológicamente inexpertos aprenden a realizar procedimientos relativamente sofisticados como abrir los puertos de un router, usar un proxy o una VPN o reconfigurar sus DNS para seguir disfrutando de la red con libertad. A día de hoy, solo los más idiotas creen que la tecnología puede, en último término, ser detenida. Idiotas que seguramente sean los bisnietos de los mismos idiotas que, en el siglo XIX, creían que el ferrocarril provocaría que sus usuarios murieran entre espantosos dolores debido a los efectos de la terrible y antinatural aceleración sobre sus órganos internos. El problema es que esos idiotas también tienen acceso a la tecnología: a proveedores irresponsables que les facilitan sistemas liberticidas o les permiten construir puertas traseras, a sistemas capaces de llevar a cabo funciones cuyas características necesitan esconder bajo siete llaves, porque su simple planteamiento resultaría bochornoso.

El futuro de la red y nuestro futuro como sociedad depende de las elecciones y de las acciones de los que nos dedicamos a crear, usar y regular la tecnología. Los deseos de unos pocos no pueden ni deben prevalecer ante los de todos los usuarios, ante los de la inmensa mayoría de los ciudadanos. Las “campañas de educación” destinadas a convencer a los usuarios de que “la piratería es mala” y de que la red debe ser sometida a estricta vigilancia son burdas, ramplonas y ridículas a partir del momento en que esos usuarios que supuestamente deben ser adoctrinados por ellas adquieren un mínimo de cultura.

Como dice el libro, la democracia nunca ha avanzado gracias a personas que lo solicitaban educadamente. Para avanzar, es preciso que las cosas cambien, sabiendo como sabemos que hay fortísimos intereses que pretenden que no lo hagan. Eso nos lleva a que, para avanzar, es preciso romper reglas. Es necesario resistirse al control y al adoctrinamiento. Personas que entiendan que es fundametal preservar el carácter eminentemente disruptivo de la red, que entiendan que la red genera un entorno imparable, ante el que cualquier resistencia es fútil. Que internet es al ser humano como las glaciaciones lo fueron a los dinosaurios: cada vez que veo el enésimo intento de la industria discográfica o de muchas otras por oponerse al avance tecnológico y por coartar las libertades en la red, me imagino siempre la misma escena: un corrillo de dinosaurios discutiendo sobre cómo van a hacer, con quién van a hablar y cómo van a impedir que las temperaturas sigan descendiendo. Al final… simplemente se extinguen.

En nuestra sociedad actual siguen existiendo muchísimas pruebas de impermeabilidad ante el avance tecnológico. La democracia representativa, tal y como la entendemos hoy en nuestro país, es una parodia de sí misma: los ciudadanos únicamente tienen derecho a escoger entre listas cerradas, decididas por algún tipo de Mesías terrenal sometido a presiones de todo tipo, lo que da como resultado un sistema en el que el vínculo entre representantes y representados no es que se haya roto, es que directamente nunca existió. Un sistema intrínsecamente corrupto, en el que la acción política se niega a someterse a controles ciudadanos, en el que se buscan artificios para vulnerar la separación de poderes, en el que los políticos se dedican a rodearse de privilegios y a edificarse sus modernas versiones del Palacio de Versalles. Los ciudadanos carecen de vías de interlocución con el poder, mientras los lobbies empresariales disponen de acceso total y directo. La red puede alterar drásticamente muchos de estos problemas, pero para eso necesitamos que la mayoría de la ciudadanía entienda que esto es, efectivamente, un problema. Que los políticos como tales sean considerados, junto con problemas como el paro, la corrupción o la crisis económica, uno de los mayores problemas que aquejan a nuestro país, indica que muchos ciudadanos ya están empezando a despertar.

La actual progresión es enormemente preocupante: lo que hace no tantos años era visto como una amenaza en China y se consideraba una muestra de vocación totalitarista y liberticida, hoy son mecanismos que muchos gobiernos de democracias supuestamente consolidadas se plantean llevar a cabo sin el menor asomo de sonrojo. Pero, como el propio libro dice, las cosas no tienen por qué ser necesariamente así. Resulta fundamental que los ciudadanos del mundo se den cuenta de que la libertad no es algo que nos venga dado, sino que es preciso conquistar. Que los ciudadanos del siglo XXI tenemos que luchar por la libertad en los territorios de la red del mismo modo que los ciudadanos de siglos anteriores tuvieron que hacerlo para conquistar la libertad en territorios físicos. No podemos seguir cediendo libertad para ganar una supuesta seguridad provista por un soberano benevolente, porque, como decía Benjamin Franklin, “aquellos que admiten perder libertades esenciales a cambio de obtener un poco de seguridad temporal, no merecen ni libertad, ni seguridad”.

El activismo es la única respuesta posible. Un activismo bien entendido, no como una extravagancia o como la persecución de una ciber-utopía. Un activismo informado, aceptado como una característica del sistema, como lo único lógico en lo que un usuario puede creer una vez que ha adquirido el conocimiento suficiente como para ser considerado un ciudadano de la red. Una red cuya importancia de cara a definir lo que somos como individuos y como sociedad en su conjunto se ha vuelto tan fundamental, que no puede ser dejada en manos del gobierno o de la compañía de telecomunicaciones o de servicios de turno. Una red sobre la que tenemos que reclamar, como ciudadanos responsables, un control cada vez mayor. Este libro es un muy buen principio. Pero es preciso ir más allá, hay que plantearse metas más ambiciosas que la mera observación y descripción de lo que está pasando, de lo que estamos viviendo como individuos y como sociedad.

Es el momento del activismo.

La aplicación de la ley Sinde va contra la ley… y contra el sentido común

Escrito a las 10:02 am
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Un claro y contundente artículo de David Bravo en El Diario, titulado “Llega el primer caso a la Comisión Sinde: por qué es más peligrosa de lo que parecía“, demuestra uno de los puntos en los que llevamos ya varios años insistiendo: que la ley Sinde-Wert es un engendro jurídico en su diseño, que su aplicación contraviene la ley, y que genera una evidente indefensión jurídica.

Es la logica consecuencia de crear leyes al dictado de quienes únicamente pretenden defender sus intereses comerciales, al margen de toda lógica jurídica. El primer procedimiento emprendido contra una página española, Bajui.com, en virtud de la citada ley, resulta que en realidad lo que hace es denunciar a una página extranjera, y que la página española en cuestión se encuentra con que, al no ser objeto de la denuncia, carece de la posibilidad de hacer alegación alguna, y se encuentra expuesta a multas de entre 150.000 y 600.000 euros y a la obligación de vigilar constantemente y a futuro todo enlace que aparezca en su página, algo que contraviene claramente la ley.

Que los casos contra la página en cuestión fuesen previamente desestimados por la justicia española y multada expresamente la SGAE, instigadora de los mismos, por mala fe procesal es algo que, a efectos de la nueva ley, carece de toda importancia. En España se puede tomar un delito ya juzgado, volverlo a juzgar mediante una comisión administrativa, y condenar a una página en régimen de indefensión total mediante un procedimiento que reduce a los jueces a ser meras marionetas sin capacidad de impartir justicia. Algo que, además, no es nuevo: llevamos avisándolo desde que esta ley absurda inició su andadura. Ahora, a pesar de todos los avisos, ese engendro está aprobado y actúa.

Esa es la ley que Jose Ignacio Wert y el gobierno del Partido Popular se dieron tanta prisa en aprobar nada más llegar al poder: un engendro jurídico, que coloca al denunciado en situación de indefensión, que infringe normas e instancias de rango superior, y que puede ser utilizada para cerrar absolutamente cualquier página web, convirtiéndose de facto en una herramienta ideal de censura en manos de un gobierno. Todo ello por pretender arreglar un supuesto problema que, en realidad, generaron los propios que protestan contra el mismo.

La estupidez, como decía Albert Camus, insiste siempre.

Tres pasos para preservar la libertad de expresión en la red

Escrito a las 2:18 pm
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Un artículo en GigaOM, How to protect free speech online, da tres claras directrices de gran importancia a la hora de plantearse cómo proteger la libertad de expresión en la red. El estado de esas medidas y la presión que existe sobre las mismas en cada país permite evaluar el estado de la libertad de expresión en ellos, el nivel hasta el cual están los diferentes gobiernos e instituciones siendo capaces de adaptarse a la popularización de un medio como la red.

Tres medidas de protección: al anonimato, a los propietarios de páginas web sobre las aportaciones de terceras partes, y contra demandas destinadas a disuadir la participación pública o SLAPP:

  • Protección del anonimato: por mucho que pueda parecerlo, el anonimato no debe ser visto simplemente como una forma de eludir responsabilidad sobre un comentario, o como una cobardía. Existen muchos motivos por los cuales una persona puede tomar la decisión de proteger su identidad tras el anonimato o tras un seudónimo, y merecen protección. Que el anonimato se use también para otras cuestiones con connotaciones negativas no impide que exista un uso del mismo que deba ser protegido. El anonimato suele reducir de manera automática la percepción de valor de un comentario, pero a pesar de ello, existen circunstancias que hacen que dicho anonimato pueda ser una alternativa interesante; eliminar la identidad y permitir que la idea expresada hable por sí misma. En mi caso, mi posición sobre el anonimato siempre ha sido perfectamente clara: en esta página puedes identificarte con muchos sistemas, pero también puedes permanecer anónimo. Por supuesto, el anonimato en la red es en muchas ocasiones una cuestión relativa, pero aún así, debe ser objeto de protección como una regla fundamental.
  • Protección a los propietarios de páginas web de responsabilidad sobre las aportaciones de terceras partes: el hecho de que tener una página web abierta a la participación implique posibles responsabilidades sobre las aportaciones de terceras partes implica que el propietario tiene que asumir el desarrollo de sistemas que moderen dicha participación, algo que no en todos los casos es viable llevar a cabo. E incluso cuando dichos sistemas se desarrollan, su funcionamiento responde a sesgos, impresiones y visiones personales que no tienen por qué ser necesariamente acertados en cada momento. Pretender que el administrador de una página web, por el mero hecho de serlo, está en conocimiento de todas las leyes y posibilidades que un comentario determinado puede originar es sencillamente absurdo, y la aplicación del principio de que “la ignorancia de la ley no exime su cumplimiento” resulta en este caso completamente absurda. Finalmente: cuando esta responsabilidad no es limitada, pasamos a una curiosa paradoja: aquellos que desean el cierre de la página son precisamente los interesados en poner a prueba el sistema de moderación mediante comentarios malintencionados, dando lugar a un sistema intrínsecamente perverso.
  • Protección contra pleitos estratégicos contra la participación pública (medidas anti-SLAPP): las normas anti-SLAPP son fundamentales en las sociedades modernas, en las que el coste de una defensa jurídica razonable ha escalado de manera notable y el desequilibrio entre los medios disponibles puede dar lugar a situaciones de indefensión. Para una gran corporación, el coste de llevar ante los tribunales a alguien que ha expresado una opinión legítima es mínimo, pero para la persona que es llevada ante los mismos, ese mismo coste puede resultar prohibitivo, sobre todo a medida que las apelaciones llevan a estamentos judiciales superiores. Las leyes anti-SLAPP suelen incidir en la reducción de los costes del demandado creando un marco legal que permita contestar estas demandas fácilmente y trasladando el coste al demandante, o posibilitando su contestación (SLAPP-back).

La deriva más peligrosa: ciudadanos bajo control

Escrito a las 12:08 pm
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La deriva más peligrosa: la tecnología debería servir para que los ciudadanos pudiesen controlar lo que hacen sus gobiernos, nunca al revés. El gobierno británico propone un borrador para la llamada Communications Data Bill, bajo la cual pretenderán desarrollar un sistema que permita espiar todas las comunicaciones electrónicas de los ciudadanos: cada clic, cada mensaje corto, cada correo electrónico, cada actualización en Facebook…

Lo dije en su momento hace ya más de dos años en una entrevista en televisión (min. 7), y alguno me tildó de exagerado: los gobiernos de muchos países envidian secretamente a China. Que países como China o Irán planteen sistemas para espiar a toda su ciudadanía entra dentro de lo que estamos desgraciadamente acostumbrados a ver: la sola idea de democracia les queda demasiado lejos. Que lo plantee un país como Gran Bretaña debería resultar completamente inaceptable, pero ahí lo tenemos, preparado para ser votado en el Parlamento. Y si preguntas a muchos políticos españoles, te aseguro, porque lo sé, que la cuestión no les parece en absoluto una mala idea.

Que lo hagan además bajo la excusa de miedos como la amenaza terrorista, la pornografía infantil o la protección de los derechos de autor a modo de jinetes del Apocalipsis es todavía más absurdo, cuando sabemos que ese tipo de medidas no funcionan para detener esos problemas y que lo único que hacen es amenazar las libertades fundamentales, libertades que muchos gobiernos hoy en día parecen empeñados en reescribir. Estados con vocación orwelliana. Una vez más, y llevamos ya desgraciadamente demasiadas, es preciso citar a Benjamin Franklin:

Those who can give up essential liberty to obtain a little temporary safety, deserve neither liberty nor safety”

(Aquellos que están dispuestos a entregar sus libertades fundamentales a cambio de un poco de seguridad temporal, no merecen libertad ni seguridad”)

 (Vía Boing Boing).
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