Se empieza con unas pelotillas como las que veis a la izquierda, con cierta forma de seta, bastante consistentes. Una inspección cercana permite ver una textura vegetal con diminutos pelillos, y se puede apreciar la forma característica de las hojas alargadas del té. Se lleva agua a ebullición, y se sirve en un vaso de cristal no coloreado ni tallado. Se dispone el vaso en un lugar donde no vaya a moverse durante la elaboración, y se pone la pelotilla de té en el agua. Primeramente flota, con la parte esférica hacia arriba pero, al cabo de un momento, empieza a liberar burbujas por la parte superior, y va hundiéndose lentamente en el agua, sin perder su orientación, hasta posarse muy despacio en el fondo del vaso. Tras un ratito, puede verse como las hojas de té de la periferia, al hidratarse progresivamente, empiezan a abrirse hacia el exterior siguiendo su curvatura natural.
Van desplegándose, generando una forma que evoca los pétalos de un crisantemo. Después de unos instantes, las hojas, al abrirse cada vez más, se separan en la parte superior, y empiezan a liberar unos pequeños pétalos de flores amarillas, que ascienden a la superficie del agua. Al mismo tiempo, emerge gradualmente del centro de la flor unos pétalos grandes de color naranja, que forman lo que sería la corona central de estambres del crisantemo abierto. Estas hojas naranjas van hinchándose lentamente, para acabar en la forma que podéis ver en la segunda foto de la izquierda (haz clic para ampliar cualquiera de las dos). Tras el proceso, tenemos una flor formada por las hojas de té, con los pétalos anaranjados que forman el círculo central, y una nube de pequeñas flores amarillas en la superficie, que van cayendo lentamente hacia el fondo. Cuando ya casi no hay flores en la superficie, el té está a la temperatura adecuada para ser bebido.
El grado de sofisticación tecnológica al que una civilización necesita llegar para elaborar algo así, con sus hilos casi invisibles hechos con el material adecuado, el minúsculo contrapeso en el fondo para que la setita flote de la manera adecuada, la mezcla de ingredientes, la secuencia de apertura y el estudio de la forma final me parece absolutamente sorprendente, y es algo que en China se lleva haciendo desde hace varios miles de años. Otros tés cuentan otras historias, con flores a veces más elaboradas que ascienden hacia la superficie y permanecen a media altura sujetas por un hilo casi invisible, o formas más complejas hechas con otros ingredientes. El rato que te pasas mirando el vaso y viendo como se va haciendo el té forma parte del proceso: no es un té funcional, es un té para relajarse y disfrutarlo, dándole su tiempo para hacerse, dejando que las cosas alcancen su punto justo de elaboración.
Auténtica filosofía oriental. Todo un espectáculo dentro de una taza de té.
(Dedicado a Diego, otro fanático del té verde como yo :-)






01.06.2007 a las 11:08 Permalink
[...] el acto de beber té se convierte en arte: se abren en la taza y liberan flores de diversos tipos, como conté la última vez que estuve aquí. Pero además de esos tés, todos ellos con sabor a jazmín, hay infinidad de variedades y [...]