El Blog de Enrique Dans

¿Han cambiado tus hábitos en la red desde las revelaciones de Edward Snowden?

Escrito a las 3:54 pm
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Edward Snowden (Freedom of the Press Foundation)Las revelaciones de Edward Snowden acerca de la existencia de una compleja trama de vigilancia de las actividades de la población en la red a nivel mundial saltaron a la luz pública en junio de 2013, a través de la publicación simultánea del primero de una muy extensa y relevante serie de documentos en The Guardian y The Washington Post. Si tienes la más mínima duda sobre la magnitud e importancia de las revelaciones llevadas a cabo por Edward Snowden, basta con que compares la longitud y densidad del contenido de los artículos en Wikipedia dedicados a los datos acerca de la vigilancia mundial antes y después de 2013.

Pero la pregunta inmediata, a más de año y medio de estas revelaciones, es hasta qué punto ha cambiado el mundo o hemos cambiado nuestras vidas a raíz de ese momento. ¿Han cambiado de alguna manera nuestros hábitos en la red, el uso de determinadas herramientas, la inclinación a compartir datos o a utilizar determinados servicios ahora que sabemos que una parte significativa de esa información está siendo cuidadosamente recolectada y analizada por organismos gubernamentales de diversos países?

Una encuesta llevada a cabo por un think tank canadiense a más de veintitrés mil personas en veinticuatro países afirma que más del 60% de la población mundial ha oído hablar de Edward Snowden, pero únicamente un 39% de estos han tomado algún tipo de medida al respecto. Los resultados de la encuesta son interpretados, en general, como una muestra de escepticismo y de la escasa importancia real de cara al grueso de la población de esta noticia: una mayoría de los usuarios de la red, al saber que sus acciones están siendo vigiladas, decide sencillamente no hacer nada al respecto, considerándolo como parte de las reglas del juego o sencillamente pensando que no vale la pena.

¿Es realmente un mal dato que ese porcentaje de usuarios afirmen haber cambiado de alguna manera sus hábitos en el uso de la red tras conocer estas revelaciones? Sinceramente, no me lo parece. Es más: mi impresión es que eso supone un cambio de una magnitud brutal, enorme, desmesurada, y cuya relevancia vamos a ver reflejada de muchísimas maneras en el futuro. Independientemente de cuál sea tu caso, hayas cambiado o no tus comportamientos desde que a mediados del pasado año tuvimos conocimiento de esas evidencias de vigilancia, creo que hablamos de un fenómeno de crucial importancia, y no solo para la red. sino para el desarrollo de la humanidad en su conjunto.

La red es un entorno con una enorme variabilidad. En la red tenemos desde usuarios que tuvieron noticias en su momento acerca de la primera transmisión de datos llevada a cabo entre UCLA y Stanford, hasta personas que empezaron a teclear sus primeros mensajes en una red social o una aplicación de mensajería instantánea hace unos pocos días. Usuarios de ordenadores de sobremesa, de portátiles, de smartphones, de videoconsolas… trabajadores que tratan información considerada sensible o crítica todos los días que conviven con quienes solo buscan leer noticias, saber qué hacen sus amigos o ver vídeos de gatitos. Los hay que son capaces de tomar decisiones conscientes e informadas sobre todo tipo de cuestiones relacionadas con la seguridad, y los que simplemente apagan y vuelven a encender cada vez que creen estar delante de un problema. Sinceramente, que entre una población de usuarios con semejante nivel de variabilidad, un porcentaje así hayan llevado a cabo algún tipo de cambio o de reconsideración de algunos de sus usos y costumbres relacionados con la red derivados de las revelaciones de Edward Snowden me parece brutal, y me lleva a cuestionar la redacción de los titulares que he visto dando cuenta de la noticia: no son “unos pocos” ni un “un efecto limitado”, sino un verdadero cambio dimensional, una tendencia a tener muy en cuenta.

Hablamos de uso de internet, algo que se ha convertido en central en las vidas y en las actividades profesionales de muchísima gente. Que un porcentaje de ese calibre hayan, según ellos, “tomado algún tipo de medida” de cara a intentar salvaguardar su privacidad en la red es equivalente a que, en el curso de un período de un año, una porción significativa de la población hubiese decidido circular por al calle enmascarada, llevando una capucha, o con una gorra y gafas de sol para evitar ser reconocidos. Un cambio así, además de resultar enormemente llamativo, afectaría de manera muy importante muchos de los usos, costumbres y percepciones que tenemos como sociedad. Las generaciones posteriores a ese cambio tendrían seguramente una conciencia distinta sobre ese tema, y tomarían decisiones de adopción de muchas herramientas con una serie de criterios y consideraciones diferentes a los de generaciones anteriores. Y eso es precisamente lo que creo que está empezando a pasar en la red: cada vez surgen más herramientas cuya propuesta de valor se basa en el uso anónimo, en mensajes que de alguna manera se autodestruyen o solo son almacenados en tu terminal sin estar sometidos al escrutinio de ningún tipo de motor de búsqueda, o que simplemente no conllevan modelos de negocio basados en la explotación de los datos del usuario. El uso de redes privadas virtuales está creciendo en todo el mundo, particularmente en países en los que existen restricciones a determinados contenidos, y el interés por cuestiones como la seguridad, el anonimato, el tratamiento de los datos o el cifrado empieza a verse más allá del habitual ámbito tecnológico.

¿Y tú? ¿Has cambiado tus hábitos de uso de la red o de adopción de herramientas desde que, en junio del año pasado, oíste hablar por primera vez de Edward Snowden?

 

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Prólogo de #CardioTuit: aplicaciones profesionales de Twitter en Medicina

Escrito a las 8:38 am
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CardioTuitJosé Juan Gómez de Diego, cardiólogo del Hospital Clínico de Madrid, me contactó hace algunos meses para presentarme un proyecto que me pareció muy interesante: el desarrollo de un libro en el que se detallaban las prácticas y recomendaciones del uso de Twitter para la práctica médica en general, y de la Cardiología en particular. Básicamente, una guía sencilla de Twitter para cardiólogos, creado a partir de una serie de conversaciones de usuarios convencidos que formaron el grupo informal Cardiotuiteros en la Sociedad Española de Cardiología (SEC), y que pusieron en marcha el proyecto contando de entrada con poco más que su entusiasmo por el tema. Pero como en tantos otros proyectos, el entusiasmo es contagioso, y si se tiene interés por hacer algo, terminan por aparecer recursos para ello.

Finalmente, el libro ha sido publicado por la Sociedad Española de Cardiología con la colaboración de la farmacéutica Daiichi-Sankyo, presentado en el Congreso Nacional de Santiago de Compostela, y desde hace un par de semanas está disponible para su descarga en esta página, en pdf o en ePub. También se puede leer una crónica informal del desarrollo del proyecto en la página de José Juan.

El libro está teniendo un importante efecto en la imagen del colectivo de cardiólogos españoles a nivel internacional: en la última edición del Congreso de la American Heart Association (#AHA14), el congreso más importante en el área con más de 18.000 asistentes en el que se suelen presentar varios de los ensayos clínicos importantes del año, los representantes españoles fueron varios cardiotuiteros, autores de algunos de los capítulos del libro. La consecuencia fue que seis cuentas españolas figurasen en el Top10 de influencers del congreso, la transmisión casi en streaming directo de las sesiones más importantes, una visibilidad espectacular para la SEC, y la difusión del congreso en castellano a países latinoamericanos, uno de los objetivos estratégicos de la SEC, que desde hace años es, sin duda, la asociación médica con más interés y proyección por el desarrollo del entorno tecnológico y la adaptación de sus profesionales al mismo. 

A continuación, el texto completo de mi prólogo:

 

Prólogo

El uso de la web social en España sigue una pauta muy interesante: por un lado, somos un país en el que las dinámicas de adopción siguen parámetros, en muchas ocasiones, exponenciales: todos tenemos un amigo, un vecino o un familiar que “sabe de tecnología” y que influencia nuestras decisiones de uso cuando nos cuenta cosas, y la figura del “cuñado tecnológico” está claramente situada en el imaginario colectivo patrio.

Procesos de expansión meteóricos, como el que llevó a situar a nuestro país como el de mayor cuota de mercado de Google en todo el mundo (con un aplastante 97%) a principios de este siglo, o el que recientemente ha incorporado la conjugación de WhatsApp como verbo al vocabulario habitual, dejan claro que en España, cuando la tecnología prende en la sociedad, prende de verdad.

Por otro lado, esa dinámica de difusión social tan hiperactiva choca con otras realidades, como mínimo, curiosas: colectivos que permanecen al margen de la innovación tecnológica aunque aparentemente no deberían estarlo. Y en ese sentido, el de los profesionales de la Medicina es un caso claro: a pesar de desarrollar su trabajo diario rodeados de aparatos que podríamos considerar de alta tecnología, los médicos parecen despreciar todo lo que supone una web social que les lleva a lidiar todos los días en sus consultas con pacientes que invocan la supuesta sabiduría del “Doctor Google” o que pretenden discutir sus diagnósticos como si el facultativo pudiese dedicar toda una tarde – o un trimestre – a explicar los pormenores de sus decisiones. Mientras muchas otras profesiones parecen, de forma más pausada o más rápida, abrazar cierta implicación de sus actividades en la web social, la medicina permanece, salvo honrosas excepciones, llamativamente refractaria.

Los potenciales beneficios de integrar la actividad de los profesionales de la medicina con la web social son impresionantes. De hecho, podríamos vaticinar que el desarrollo y la popularización de la web social va, en muchos sentidos, a cambiar la práctica médica tal y como la conocemos. La progresiva popularización de loswearables, el desarrollo de dispositivos diagnósticos de uso doméstico pero de gran precisión que permanecen conectados a aplicaciones en la web, los avances dentro de la tendencia denominada como “quantified self” y el avance en la concienciación de los posibles beneficios de un control más habitual nos abocan a una gestión de la salud cada vez más continua, más basada en la prevención y en la monitorización habitual de los posibles síntomas. Es posible que este tipo de gestión arranque únicamente con determinados tipos de perfiles de paciente, pero terminarán por extenderse y por implantarse en el conjunto de la sociedad.

Al tiempo, la labor de algunos – pocos, por el momento – profesionales está contribuyendo en gran medida a rellenar el vacío que existía entre el paciente y el facultativo. De una era en la que el profesional tenía un estatus muy similar al del “brujo de la tribu”, pasamos a una era de información ubicua, con redes que permiten contactar con otros pacientes que tienen una dolencia similar, o incluso con foros que permiten evaluar diversos aspectos de los profesionales como si de cualquier otra profesión se tratase. La reacción de los médicos ante ese entorno de mayor presión es variada, y no siempre positiva. Que tus pacientes te evalúen con estrellitas en función de cuál ha sido su experiencia contigo y que de un factor tan aparentemente poco riguroso como ese puedan depender cuestiones tan importantes como el rendimiento económico o la demanda de tu práctica médica no es una cuestión sencilla, pero todo indica que va a ser uno de los elementos que de ninguna manera van a retroceder.

Por otro lado, crece el papel del profesional como elemento fundamental en esa gestión proactiva de la salud. Las labores de concienciación y de formación en determinados aspectos se convierten en prácticas capaces de salvar vidas humanas, con todo lo que ello conlleva. Contribuir a popularizar y difundir buenas prácticas relacionadas con la salud, hábitos saludables o procedimientos a llevar a cabo en caso de emergencias son cuestiones cuya importancia solo comprendemos cuando las vemos suceder en nuestro ámbito personal más cercano, pero que se están probando cada día más importantes.

Por otro lado, surge un nuevo tipo de profesional de la salud que aprende a utilizar las herramientas de la web social de una manera diferente: no simplemente como salida o “output” de su actividad, sino también como “input” de la misma, como forma de proponer una dieta informativa dinámica y adecuada. En efecto, las herramientas de la web social permiten el establecimiento de relaciones con otros profesionales a niveles que hasta ahora considerábamos imposibles: podemos seguir a facultativos de referencia mundial en sus áreas, y ver cómo la distancia “se aplana” cuando contestan a un tweet nuestro o valoran algo que hemos comentado con un retweet o un favorito. Podemos sentirnos mucho más cerca de sus comentarios, crear vínculos que desvirtualizar posteriormente en congresos o reuniones, y dar lugar a un entorno profesional mucho más fértil, más susceptible de mantenernos informados y vivos en una profesión con cierta facilidad para centrarnos únicamente en el día a día. Sin duda, cada vez más fuentes de información están adaptándose para llegar a los profesionales a través de herramientas presentes en la web social, con todo lo que ello conlleva.

A la hora de pensar en el futuro de la profesión médica, podemos estar plenamente seguros de que las herramientas de la web social van a jugar un papel cada vez más importante. Y es en ese momento, cuando consideramos esa evolución, cuando de verdad pasamos a valorar las iniciativas, al principio modestas y discretas, que algunos profesionales están comenzando a poner tímidamente en práctica. Porque, como ocurría en la película “The Matrix”, hablamos de cosas que “nadie puede contarte, sino que has de ver por ti mismo”. La experiencia práctica y el desarrollo de protocolos personales son cuestiones que se desarrollan con el uso, con cada conversación, con cada intercambio de experiencias, con cada participación en la comunidad. Tecla a tecla, con errores – a veces incómodos – y con aciertos. No se aprende de la experiencia de otros.

En todas las profesiones, más tarde o más temprano, surgen colectivos que se dan cuenta de la disonancia cognitiva que supone permanecer al margen de los avances y cambios de la sociedad. En la profesión médica, las iniciativas en este sentido, además de ser tardías, se han mantenido relativamente aisladas, restringidas al ámbito puramente personal, a las inquietudes de aquellos que, por la razón que fuese, mostraban una mayor afinidad por eso que algunos todavía califican como “nuevas tecnologías”, aunque muchas de ellas hayan cumplido ya más de una década de vida. Pero a lo largo del tiempo, muchas de esas personas se han ido encontrando, han ido intercambiando experiencias, tomando conciencia de la importancia de lo que hacían y del potencial que podía llegar a tener. Pacientemente, se han dedicado a refutar las acusaciones más habituales, en realidad auténticas excusas para no hacer nada: que no, que estar en las redes sociales no requiere una enorme dedicación de tiempo ni de recursos. Que sí, que puedo ser un buen médico y mantener una presencia habitual en Twitter. Que no, que mis pacientes no pierden todos simultáneamente la cordura y se dedican a acribillarme con consultas en medio de mi tiempo de ocio. Y un largo etcétera. En realidad, puro sentido común, pero que como en tantas otras ocasiones, prueba ser el menos común de los sentidos. Un trabajo meritorio, que está siendo capaz, poco a poco, de acercar la práctica médica al entorno y al contexto social en el que le ha tocado desarrollarse en esta segunda década del siglo XXI.

Y es en ese contexto donde iniciativas como las que dan lugar a este libro muestran verdaderamente su valor. Una iniciativa loable, una infusión de modernidad y de reciclaje en un colectivo que, decididamente, lo necesitaba, que no podía permanecer de espaldas a uno de los desarrollos que más está cambiando la sociedad tal y como la conocemos. Una iniciativa, además, con un potencial divulgativo y de concienciación enorme, en un ámbito en el que todos tenemos mucho que ganar. Decididamente, una iniciativa a seguir. De corazón.

Google Contributor: otro experimento alternativo

Escrito a las 12:11 pm
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Google ContributorSiguiendo el camino que abrió con YouTube MusicKey y que comentamos recientemente, Google lanza Google Contributor, otro experimento sobre el pago por servicios en la web: un sistema que permite a los usuarios destinar una cantidad de entre uno y tres dólares al mes para que sean repartidos entre los sitios que participen en la iniciativa, que a cambio sustituirían sus anuncios por un recuadro pixelado o por una nota de agradecimiento. Una especie de herramienta de crowdfunding para páginas web con una audiencia suficientemente fiel, que podría servir para explorar de una manera más concreta la posibilidad de desarrollar servicios de pago alternativos a la publicidad segmentada, o bien para, como comentan algunos, demostrar que ese tipo de servicios son imposibles.

El servicio me recuerda bastante a Flattr, un diseño del genial Peter Sunde, en el que un usuario podía destinar una cantidad determinada de dinero para repartirla entre los sitios que visitase y que contasen con el botón de la aplicación. Eso convertía la lectura de noticias en un acto en el que una lectura considerada buena, interesante, entretenida o satisfactoria se acompañaba de una pulsación en el botón a modo de retribución instantánea, lo que permitía al usuario obtener una cierta sensación de compensación, de “me ha gustado lo que has escrito, y aquí tienes mi clic recompensándote por ello”.

Hasta el momento, la alternativa para aquellos que no querían ver publicidad – particularmente, publicidad invasiva, intrusiva o molesta – en una página web era sencillamente bloquearla. Algunas páginas con audiencias particularmente avanzadas en el uso de la web han visto ya subir el porcentaje de uso de ad-blockers por encima de un tercio, prueba clara del agotamiento del modelo publicitario: el uso de ad-blockers, inicialmente pensado para generar una presión sobre anunciantes y soportes que evitase la proliferación de formatos publicitarios molestos, se ha convertido en una forma de evitar “cualquier anuncio en cualquier sitio”, dando al traste con el incentivo de un soporte para tratar de “educar” a los anunciantes en el uso de formatos más respetuosos con la audiencia. Iniciativas recientes como AdBlock Plus Acceptable Advertising podrían tener su influencia a medida que se popularicen, pero en general, la sensación hasta ahora ha sido que el bloqueo de anuncios, aunque obviamente conveniente para el usuario, es un camino sin retorno para los soportes.

¿Es posible, estando presente y fácilmente disponible la posibilidad del bloqueo de anuncios, que funcione un sistema que solicite un pago al usuario a cambio de eliminar la publicidad? La respuesta inmediata podría ser “sí, si impedimos que funcione”. Toda página web tiene posibilidad de detectar de manera inmediata si un usuario está o no utilizando un bloqueador de publicidad: basta con constatar que la petición de página no se acompaña con la correspondiente visualización desde el ad-server. Por otro lado, si Google – o cualquier otro – optase por la ofuscación, por bloquear el acceso a quienes utilicen estos sistemas de bloqueo, sería víctima inmediata de una fuerte impopularidad.

La respuesta, en el caso sobre todo de los sitios de análisis o noticias, está en hacer que el usuario se dé cuenta de la influencia potencial que estos métodos de financiación tienen en la independencia de la página que está leyendo. En mi caso, disfruto de una circunstancia que indudablemente me convierte en un privilegiado: obtengo mi financiación fundamental de actividades que no condicionan en modo alguno ni mi línea editorial ni mi elección de temas. Una elección comprometida de temas puede en ocasiones determinar, como me ha ocurrido recientemente, que alguna actividad aislada sea cancelada por quien previamente a eso había expresado su interés en pagármela, pero ni las conferencias, ni mucho menos mi trabajo en IE Business School, una institución que ha hecho de la independencia y de la libertad absoluta de cátedra una auténtica seña de identidad, condicionan aquello sobre lo que puedo escribir. Nunca he recibido desde IE Business School ni la más mínima presión para escribir de una u otra manera, sobre unos temas o sobre otros: más bien al contrario: me he encontrado con una firme defensa de mi libertad para escribir y analizar lo que estimase oportuno, incluso cuando algunos han pretendido presionarme por esa vía. Pero en el caso de muchas páginas, depender únicamente de la publicidad puede determinar las posibilidades que tienen de escribir con libertad análisis de según qué productos o servicios, un sesgo que la mayoría de los lectores no desean que tenga lugar, y un causa que podrían estar interesados en defender mediante sus micropagos.

Google Contributor me parece, en esencia, una muy buena idea. El problema de Flattr, que también es una gran idea, estaba en la ausencia de una penetración de mercado masiva que lo convirtiese en un sistema válido con contrapartida en un número razonablemente elevado de páginas. Si alguien puede superar esa limitación, sin duda, sería Google: si la propuesta de Contributor es estimada adecuada por los usuarios, veremos cómo se extiende en no mucho tiempo por todos los sitios de análisis y noticias en toda la web. Un sistema así pondría a Google, por otro lado, en una situación interesantísima: en lugar de depender en un porcentaje superior la 70% de la publicidad, se convertiría en una especie de editor que recoge las contribuciones económicas que los usuarios desean hacer a las páginas que leen, y las reparte mediante un sistema consolidado que ya ha probado su idoneidad para ello.

Pero como tantas otras buenas ideas, falta comprobar que los usuarios sean capaces de entenderla como tal, que caigan en la cuenta de lo que realmente hay detrás de esas microdonaciones que no suponen realmente un esfuerzo económico para nadie, y que estén dispuestos a ponerlas en práctica cuando lo fácil puede ser, en muchos casos, seguir soportando anuncios o mantener el bloqueador de publicidad activo. Veremos cómo funciona. ¿Estarías dispuesto a destinar algo de dinero para repartirlo entre aquellas páginas que dejan de ponerte publicidad para pasar a financiar parcialmente sus contenidos mediante esos micropagos? ¿Crees que experimentos como Google Contributor pueden llegar a convertirse en indicadores de una tendencia, y que en el futuro el pago por contenidos se convertirá en un capítulo importante en la web, a la altura de lo que la publicidad supone hoy para muchos? ¿Estamos empezando a pensar en purgar, como bien decía Ethan Zuckerman, el pecado original de internet?

 

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Rompiendo Google

Escrito a las 9:02 am
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Google splitLa noticia original proviene de la filtración de un borrador de la propuesta al Financial Times, Google break-up emerges from Brussels, y a estas horas está recogida ya en todas partes: una propuesta del Parlamento Europeo que parece tener el apoyo tanto del grupo popular como del socialista, y que propone una separación obligatoria de Google bajo la ley anti-monopolio, en dos compañías que supuestamente recogerían sus actividades de búsqueda en un lado, y comerciales en el otro. Los mejores resúmenes y opiniones los he encontrado en GigaOM, European Parliament reportedly wants Google to be broken up, y en sentido contrario, en Techdirt, EU Parliament wants to break up Google… because it’s big & American or something.

El estudio de tan drástica medida tiene bastante lógica si consideramos la evolución del Parlamento Europeo desde las últimas elecciones: frente a la postura negociadora del español Joaquín Almunia, que redundó en tres intentos de acuerdo con la compañía que fueron subsiguientemente rechazados, ha emergido una línea mucho más dura protagonizada originalmente por parlamentarios alemanes que solicita a la Comisión Europea medidas mucho más contundentes frente a una Google que considera una amenaza. La opinión de Almunia en la comisaría de Competencia era que la ruptura de Google no podía llevarse a cabo de acuerdo con la legislación vigente, de modo que la postura de su sucesora, la danesa Margrethe Vestager, parece ser la búsqueda de un cambio legislativo que sí la permita. 

La ruptura forzada en función del abuso de las leyes anti-monopolio es una medida extrema, que ha sido tomada en escasas ocasiones. La más conocida fue, sin duda, la de AT&T en las Baby-Bells en 1982. Con posterioridad, se han propuesto otras, como la de IBM o la de Microsoft, que nunca llegaron a tener efecto, todas ellas en los Estados Unidos. El acuerdo general parece ser el de plantear la medida cuando existe un daño claro a los consumidores, un supuesto que resultaría como mínimo complicado plantear en este caso. El dominio de un mercado, que en el caso de Google en la Unión Europea llega a porcentajes superiores al 90%, no es por sí solo una razón para plantear que existe un abuso de posición monopolística: las leyes no deben penalizar el hecho de tener un buen producto que es preferido por los consumidores, sino la existencia de estrategias destinadas a reducir la oferta de productos competidores mediante tácticas que puedan ser consideradas anti-competitivas. En principio, si puede ponerse fin al uso de ese tipo de tácticas, que en el caso de Google podrían efectivamente existir, no debería plantearse una medida tan drástica. Pero en el caso de la Unión Europea, sencillamente, todo puede pasar. Habrá que estar atentos.

 

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Innovación e isomorfismo

Escrito a las 11:31 am
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Innovación e isomorfismo - Expansión (pdf)Mi columna de esta semana en Expansión se titula “Innovación e isomorfismo” (pdf) habla, a raíz de una visita a la fantástica exposición de Ferran Adrià en el Espacio Fundación Telefonica, “Auditando el proceso creativo” con uno de sus artífices, José Aguirre, de Bestiario.

Es una columna en la que intento definir el que considero el mayor enemigo de la innovación en las compañías – en realidad, a todos los niveles, incluido el individual: el isomorfismo, la tendencia a ir incorporando cada vez más características del entorno normativo que nos rodea. La razón por la cual la gran mayoría de los bancos “parecen un banco”, o la gran mayoría de las instituciones de educación superior acaban “pareciéndose a una universidad”.

Presiones e influencias de todo tipo, personas que llegan de la industria arrastrando esas características o esperando encontrarlas, legislación u organismos de estándares, las propias expectativas del mercado… al final, el isomorfismo se convierte en la presión que constriñe la innovación, el pensamiento original o el desarrollo de iniciativas que terminen convirtiéndose en verdaderas ventajas competitivas. Si una organización quiere convertirse de verdad en innovadora o fomentar la industrialización o sistematización de la innovación como parte de su cultura y de sus características intrínsecas, tiene que ser capaz de identificar, perseguir, aislar y poner en la picota todo rasgo de isomorfismo.

A continuación, el texto completo de la columna:

 

Innovación e isomorfismo

Una visita a la fantástica (y muy densa) exposición de Ferran Adrià en el Espacio Fundación Telefonica en la Gran Vía madrileña me lleva a reflexionar sobre la atención que desde hace ya algún cierto tiempo genera la llamada “industrialización de la innovación”.

El tema se está convirtiendo en una de los grandes preocupaciones de muchas empresas en nuestros días. O al menos, de aquellas que son conscientes de la importancia crucial que ha adquirido la innovación: cómo mantener sus características punteras o de vanguardia frente a tendencia natural hacia la inercia organizacional.

El enemigo número uno se llama isomorfismo institucional: la tendencia de cualquier sistema a alcanzar el equilibrio adquiriendo cada vez más características de su entorno normativo. El isomorfismo se infiltra en las organizaciones procedente de todas partes: de la llegada de directivos y trabajadores de otras empresas de la industria, de la imitación más o menos consciente de la estrategia y los movimientos de empresas supuestamente líderes, del uso de determinadas herramientas, de procesos de homologación exigidos por la administración o por asociaciones de estándares de diversos tipos… Podemos hablar de isomorfismo normativo, mimético o coercitivo, pero el resultado es siempre el mismo: el dinamismo y la ruptura de reglas que en su momento hicieron de esa compañía “algo diferente” tiende a perderse, a diluirse, a sustituirse por una cultura más basada en la estabilidad.

Plantéese qué recursos y procesos contribuyen en su empresa a la innovación y cuales al isomorfismo. Mantener la cultura innovadora exige conocer al enemigo: luchar por todos los medios contra el isomorfismo. Y además, hacer que los procesos que alimentan la innovación se conviertan en una seña de identidad, en un valor de la organización. ¿El premio? Incalculable.

 

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La importancia de la percepción social en la adopción de tecnologías disruptivas

Escrito a las 9:36 am
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Uber cars burned in Barcelona (IMAGE: e-Noticies.cat)¿En qué momento pasaron las empresas discográficas de ser empresas que defendían los legítimos intereses de los artistas, a convertirse en una mafia que presionaba a los gobiernos para obtener leyes que persiguiesen a sus usuarios y vulnerasen sus derechos fundamentales? ¿Cuándo, en la percepción colectiva, dejó de ser una editorial un vehículo transmisor de cultura para pasar a ser una empresa que insultaba a sus clientes y demandaba para ellos medidas coercitivas? ¿A raíz de qué acción o momento pasaron los taxistas de ser trabajadores en peligro que defendían unos derechos legítimos, a ser una mafia amenazante que se dedica a acosar a conductores y a incendiar sus coches?

Los fenómenos de disrupción facilitados por el desarrollo tecnológico siguen un ciclo que, tras ser testigo de unos cuantos, suele repetir bastantes de sus elementos. En la primera fase, el nuevo entrante suele generar una cierta dosis de curiosidad, de perplejidad, que llega a la simpatía. Entender el cambio que da origen a la disrupción es algo que aporta elementos de ingenio: el emprendedor ha sido capaz de idear un sistema que rompe las reglas, que evita una barrera de entrada determinada, y de dar lugar a un efecto que, de una manera general, suele ser percibido como una ventaja para el usuario. En esta fase suele tener lugar una adopción relativamente rápida, determinada por la curiosidad y el interés por la prueba, por una búsqueda de una posición algo más informada.

En una segunda fase, y tras un análisis algo más detallado o la exposición a opiniones de ambas partes, es habitual que surjan conclusiones algo más matizadas: se tiene a pensar en el impacto social, en los derechos o la situación de los perjudicados, en los efectos a medio y largo plazo, en las posibles consecuencias de impactos similares sobre otras actividades… En esta fase, además, los afectados suelen iniciar actividades de resistencia, que pueden ir desde declaraciones más o menos altisonantes a otro tipo de acciones, tales como denuncias, protestas, huelgas, etc.

Esa segunda fase resulta crítica: la capacidad del colectivo afectado para explicar su situación de manera exitosa es fundamental y decisivo a la hora de definir la percepción social vinculada con el fenómeno disruptivo. Acciones con connotaciones agresivas, actitudes percibidas como grandilocuentes o prepotentes, cerrazón y rechazo irracional a todo cambio, o efectos que generen molestias a los usuarios pueden determinar que o bien las actitudes colectivas pasen a favorecer al nuevo entrante y tenga lugar un proceso de adopción masivo, o bien surja un cierto movimiento de apoyo, de simpatía hacia la industria que sufre el impacto de la disrupción. Es un momento clave, un importante punto de inflexión en el proceso que puede determinar en gran medida el nivel de adopción del nuevo entrante, o en muchos sentidos, el futuro a medio plazo de la industria.

En el caso del transporte colaborativo frente a los taxistas, el desarrollo de una percepción colectiva está afectado por las acciones de ambas partes: resulta difícil encontrar alguna movimiento por parte de los taxistas que haya sido capaz de generar algún efecto positivo. Un colectivo que a base de protestas mal entendidas, de argumentos prácticamente infantiles y de actitudes generalmente amenazantes o insultantes en redes sociales han logrado el dudoso mérito de pasar a ser percibidos como una especie de mafia informal, que lo mismo provoca un boicot a un evento, que amenaza a una persona en concreto, o genera molestias a todos los usuarios paralizando una ciudad. En general, la actitud de los taxistas es casi un compendio de cómo no hacer las cosas: un desastre que solo puede ser atribuido a la carencia de estructura de una industria en la que no existen asociaciones o patronales con una mínima representatividad o un nivel mínimo de planificación estratégica.

Si el mayor crecimiento en descargas de la app de Uber tuvo lugar con las protestas y las huelgas de los taxistas, la reciente escalada violenta y los casos de agresiones a personas y vehículos en Barcelona han hecho que ahora muchos usuarios prefieran utilizar Uber porque prefieren dar su dinero a un simpático conductor con una evaluación de más de cuatro estrellas y percibido como “débil”, frente a entregárselo a un taxista convertido en el imaginario colectivo en integrante de un grupo mafioso organizado que se dedica a perseguir y a quemar vehículos. Alucinante, porque ese es precisamente el juego de las percepciones: a nadie le importa que sobre el total, ese tipo de actitudes sean completamente minoritarias, o que la gran mayoría de los taxistas proporcionen un servicio irreprochable. Lo importante en la construcción de la opinión pasa a ser la noticia y  la foto del vehículo quemado.

En el otro lado, Uber: mientras otros participantes o entrantes en el transporte colaborativo, por lo general sensiblemente más pequeños en términos de recursos, han tratado de permanecer al margen de la polémica, Uber ha asumido un papel de liderazgo y ha adoptado una posición frontal, con una clara estrategia detrás y actuaciones perfectamente planificadas. Ha tratado de explicar su modelo, de posicionarlo como algo natural fruto de la disponibilidad de una tecnología y de la no necesidad de unas restricciones, e incluso lo ha encuadrado dentro de un modelo que trata de ir mucho más allá de la idea del transporte de viajeros y alcanza la redefinición completa de las ciudades en base a ideas que podrían llegar a tener sentido.

Por otro lado, también se ha visto en Uber una actitud marcadamente agresiva: estrategias de relaciones públicas cuidadosamente planificadas y que no rehuyen la confrontación directaperiodistas investigados, competidores a los que se ataca directamente, problemas de privacidad en el tratamiento de los datos de sus clientesinversores y analistas amenazados con listas negras… la impresión empieza a ser que la compañía tiene claro que el fin justifica los medios, sean cuales sean estos. Una actitud que podría estar empezando a asustar a algunos inversores de los que aspiran a completar las fastuosas rondas que la han llevado a  una valoración que supera ya los 18.200 millones de dólares.

En la adopción de innovaciones disruptivas, la construcción de las percepciones sociales juega un papel importantísimo, y define en muchas ocasiones las barreras mentales que un usuario debe superar para probar o consolidar el uso. De nuevo, Uber se convierte en un caso capaz de aportar muchos elementos interesantes al análisis. Para bien y para mal.

 

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La incomodidad del modelo de plataforma de aplicaciones

Escrito a las 6:12 pm
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Play¿Soy de verdad el único que está harto de la dinámica de actualizaciones constantes de las tiendas de aplicaciones? A poco que mantengas un uso razonablemente intenso de un cierto número de apps en tu smartphone, sea Android o iOS – hay estudios que hablan de una media de noventa y cinco apps instaladas como media en terminales Android, un numero que no ha parado de aumentar en los últimos años – el resultado es un flujo constante de peticiones de actualización, que termina por resultar agotador: cada pocos días, alguna app solicita ser actualizada.

La opción de no recibir ninguna notificación es considerada por muchos usuarios como demasiado radical: en algunos casos, algunas actualizaciones pueden resultar interesantes, aportar novedades que valen la pena o responder, por ejemplo, a problemas de seguridad. Si se solicita supervisión manual, el resultado es una procesión incesante de apps pidiendo ser actualizadas cada muy poco tiempo. Las distintas estrategias de cada empresa desarrolladora, unidas al ritmo incesante de puesta en circulación de nuevas versiones, ha llevado a que una tarea de mantenimiento rutinario de nuestros terminales que hace no tanto tiempo únicamente demandaba atención de manera muy esporádica se haya convertido en algo que llega a hacerse verdaderamente pesado.

Ademas de la evidente restricción a la descarga de actualizaciones a momentos en los que se disponga de cobertura WiFi – lo contrario puede suponer la auto-inmolación de nuestro plan de datos en menos que canta un gallo –  las opciones sin supervisión resultan habitualmente incómodas: un smartphone es un aparato que se mueve con nosotros durante todo el día, y en no pocas ocasiones, la actualización coincide en un momento no especialmente conveniente.

Si a eso añadimos la necesidad o la conveniencia de no actualizar algunas apps que solicitan actualización, particularmente aquellas que en muchos terminales se encuadran dentro de la categoría de bloatware (apps que vienen originalmente con el terminal, que no pueden ser eliminadas de una manera sencilla, y que muchos usuarios prefieren simplemente deshabilitar y no actualizar para evitar que se ejecuten y consuman recursos), la tarea de mantenimiento supone entrar en la plataforma de descarga e ir supervisando manualmente y aprobando únicamente aquellas apps que se utilizan habitualmente o que se quiere mantener actualizadas, mientras se descartan aquellas que cuya actualización se prefiere evitar, algo que requiere cierta atención.

Por otro lado, el ritmo de actualización de algunas apps es directamente demencial, lo que llega a suponer una auténtica falta de respeto al usuario. Empiezan a ser necesarias algunas directrices por parte de la plataforma que den lugar a un balance más adecuado entre lo que supone aportar nuevas funcionalidades o la resolución de problemas, frente a la molestia de estar enviando constantemente nuevas versiones que el usuario debe descargarse e instalar cada pocos días: una media de noventa apps actualizándose cada pocas semanas es, claramente, demasiado. Empiezo a añorar los tiempos en los que las actualizaciones de aplicaciones o de sistema operativo únicamente tenían lugar cada varios años.

De acuerdo, la tecnología avanza a gran velocidad. Pero el modelo actual de plataformas de aplicaciones con completa independencia ha dado lugar a una ausencia de control que supone una auténtica irresponsabilidad a la hora de tratar al usuario: un goteo constante de versiones con cambios escasísimos o imperceptibles, o una dinámica de “envío versión primero, espero a ver los fallos que se reportan y ya los corrijo a los pocos días con una nueva versión”, como si el mercado fuese una beta constante. No creo que personalmente pueda ser calificado como de tecnófobo, me gusta probar cosas nuevas y estar al tanto de los avances de la tecnología… pero este modelo me resulta cada día más insoportable, y me hace añorar una vuelta a unos tiempos más racionales. Repito la pregunta del principio: ¿soy el único al que esto le resulta molesto? ¿Qué rutinas personales adoptáis en ese sentido?

 

This article is also available in English in my Medium page, “Stop this continual applications madness now!

Google y la libertad para manipular los resultados de búsqueda

Escrito a las 8:53 am
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EvilmeterGoogle obtuvo ayer un importante triunfo judicial: consiguió que un juez reconociese que sus páginas de resultados (SERP, o Search Engine Page Results) sean consideradas una publicación, y como tales, sean objeto de protección por la Primera Enmienda de la Constitución de los Estados Unidos, que consagra la libertad de expresión.

El tema viene de lejos: en el año 2012, Google encargó a Eugene Volokh, uno de los profesores de Derecho más prestigiosos de UCLA en temas relacionados con la libertad de expresión, un informe en el que defendía esa misma tesis: que los resultados de un buscador deberían ser considerados como una opinión basada en lo que dicho buscador considera más relevante para sus usuarios, y por tanto, estarían protegidos por la Primera Enmienda. 

Dos años después, el refrendo judicial obtenido por este informe resulta enormemente relevante: Google es hoy en día una empresa productora de información además de un motor de búsqueda, y puede obtener importantes beneficios derivados del hecho de privilegiar los resultados de sus productos (comparadores de oferta, mapas, etc.) sobre los que se obtienen directamente del algoritmo, los llamados “resultados naturales”. En la Unión Europea, Google llegó a un acuerdo con las autoridades antimonopolio en febrero de 2014 por el que se comprometía a acompañar los resultados de sus propios servicios de búsqueda especializados con los de otras tres empresas competidoras. Ese acuerdo fue posteriormente reconsiderado por Joaquín Almunia al aportar los denunciantes pruebas de que no sería una solución válida, al tiempo que era presentado un nuevo caso de monopolio derivado del dominio del mercado de los dispositivos móviles que la empresa posee gracias a Android. 

El fallo judicial evita, por el momento, que Google tenga este tipo de problemas en el mercado norteamericano: consagra el derecho de los buscadores a editorializar sus páginas de resultados como lo estimen oportuno, eliminando toda posible concesión a lo que en algún momento se llegó a denominar “search neutrality”. Para Google, esto significa que podrá componer sus páginas como mejor le parezca, sin temor a ser sancionada por abuso de posición dominante. Para sus competidores, supone que en un mercado dominado por las búsquedas de Google en un porcentaje superior al 67%, va a resultar muy difícil competir con el gigante en todo aquello que suponga acceso a la información: si tu negocio consiste en facilitar a los usuarios cualquier tipo de información que estos busquen, lo normal será que tus usuarios encuentren siempre los resultados del producto de Google antes que los tuyos. Como bien decía Jeff Jarvis en “Y Google, ¿cómo lo haría?“, si hablamos de información, “hagas lo que hagas, Google lo acabará haciendo mejor que tú, y además gratis”. Si eso no es un monopolio y un acceso privilegiado al mercado, habrá qué ver qué cosas lo son.

Pero más allá de la discutible consideración de si una página de búsqueda generada por una acción de un usuario supone una publicación y puede ser como tal editorializada según el criterio de quien la genera, convertido por tanto en su “editor”, lo que más llama la atención es la fortísima paradoja que resulta: antes de Google, la práctica totalidad de los motores de búsqueda estaban editorializados: las empresas que los gestionaban consideraban perfectamente normal tomar los primeros resultados de todas las búsquedas y venderlos al mejor postor, a quienes quisieran poner sus productos o servicios delante de los ojos de aquellos que buscaban unas palabras determinadas. Google llegó, cambió precisamente aquello, y se convirtió en el amo absoluto gracias a un nuevo concepto: en vez de servir al usuario lo que un tercero había pagado para que viese, servía aquello que era genuinamente más relevante para su búsqueda en función de un algoritmo diseñado para eso, para encontrar lo más relevante. Ahora, algo más de dieciséis años después, Google ha luchado y conseguido el espaldarazo judicial que le permite, precisamente, editorializar los resultados de sus búsquedas para que en lugar de que encontremos primero los resultados más relevantes para nuestra búsqueda, encontremos primero el resultado que ofrezcan sus productos. No los de otros, por relevantes que puedan ser. Los suyos. El mundo, filtrado por su cristal multicolor. Escogimos a Google precisamente porque nos daba resultados relevantes y no editorializados, pero ahora, consagra su derecho a darnos precisamente lo contrario. Ahí queda eso.

Que Google haya conseguido un fallo judicial que va ostensiblemente a favor del concepto de monopolio predatorio y del atributo que la convirtió el líder de mercado es algo que refleja varias cosas, y ninguna de ellas especialmente positiva:

  1. En los Estados Unidos, las leyes las escribe el que es capaz de invertir más en lobbying: con más de $18,2 millones de dólares, Google es la compañía tecnológica que más invierte en lobbying, y la octava que más gasta en ese concepto considerando todas las compañías de todas las industrias. Aquellos chicos tan simpáticos e innovadores tardaron poco en aprenderse las reglas del juego.
  2. Google comete el mismo error que cometió Yahoo! en su momento: aquello que la hizo grande, en el caso de Yahoo!, su catálogo, fue reduciéndose hasta desaparecer. Google ha reducido el espacio que ocupan sus resultados naturales hasta convertirlos en menos de un 20% del área total de la pantalla de navegador que ofrece en cada búsqueda, rellenando todo el 80% restante con publicidad y con sus productos.
  3. Las barreras de entrada de hoy a la búsqueda no tienen nada que ver con las que Google encontró a finales del siglo pasado: ahora, con una web varios órdenes de magnitud mayor, construir un sistema de base de datos que permita mantener un índice razonablemente completo sobre el que lanzar las búsquedas es una tarea al alcance de muy pocos. Aquella idea de “en algún garaje, algún emprendedor está creando un sistema de indexación que nos convertirá en obsoletos en un mercado carente de fidelidad” que los fundadores de Google pronunciaron al recoger su MBA Honoris Causa en IE Business School ya no es cierto. Google asienta su dominio sobre una superioridad tecnológica que ninguna startup puede pensar en desarrollar, y lo sabe. Editorializa sus resultados, en contra de lo que sus usuarios podríamos posiblemente querer – o arrogándose el derecho de decirnos lo que queremos, porque nosotros somos unos torpes y no lo sabemos – porque sabe que es extraordinariamente difícil que salga algún competidor de debajo de alguna piedra que haga peligrar su supremacía.
  4. Si te gustaban los “ten blue links”, la vieja estructura de resultados de las páginas de Google por la que podías ir bajando y sobre la que podías hacer valer tu criterio a la hora de hacer clic, olvídala. Ha muerto. Hace ya tiempo que las páginas de resultados de Google son “otra cosa”, y después de este veredicto, esa transición se acelerará todavía más. Google prefiere reducir las opciones del usuario y asegurarse de que haga clic en sus productos un número suficientemente alto de ocasiones.

Es lo que hay.

Google has free speech right in search results, court confirms

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Hogares conectados… ¿a qué?

Escrito a las 5:17 pm
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Nest DropcamA medida que se acerca el momento crucial del año para las compras de productos de electrónica de consumo, vamos viendo emerger una categoría, la del llamado smart home u hogar conectado, con cada vez más integrantes dignos de mención. A los ya conocidos termostatos y detectores de humo de Nest se une la última adquisición de la compañía, Dropcam, cámaras inalámbricas que pueden dejarse en cualquier lugar de la casa y ser monitorizadas desde cualquier dispositivo. Al tiempo, aparece un proyecto de Amazon, el Echo, un cilindro a modo de asistente digital siempre conectado al que podemos preguntar prácticamente cualquier cosa en cualquier momento.

La sensación inmediata es la de cierta inquietud: servicios, sí, reducción de incertidumbre o de riesgos, de acuerdo, pero… ¿qué hay “al otro lado”? Lógicamente, a poco que lo razonemos, la sensación no debería ser muy superior a la que nos produce tener un sistema de alarma con cámaras como hay cientos de miles instalados en el mundo: sí, en caso de intrusión en nuestra casa, esa cámara podría probar su valor enviando imágenes que permitiesen discernir si se trata de una verdadera actividad delictiva o de una falsa alarma, pero en el fondo, todos nos imaginamos en el papel de la persona que monitoriza esos dispositivos cayendo víctimas de la curiosidad y lanzando conexiones aleatorias a ver qué hacen los habitantes de un hogar determinado (que no, por supuesto, no pretendo implicar que eso ocurra actualmente o que no existan controles para ello… simplemente reflejar algo que probablemente a todo propietario de una de esas instalaciones se le ha pasado por la imaginación).

En el fondo, la cuestión es muy sencilla: intuitivamente, mientras una empresa de alarmas vive de vender alarmas y servicio y no tiene nada que ganar – y sí potencialmente mucho que perder – en la explotación de los datos de sus usuarios, lo que reduciría un eventual mal uso a una situación aislada por parte de un empleado irresponsable, una empresa como Google o Amazon tiene una parte importante de su modelo de negocio anclado precisamente en el estudio detallado de los datos generados por sus usuarios. Si a los temores vinculados a la posible explotación de los datos por parte de la empresa que nos vende los productos y servicios unimos los derivados de la posible intercepción de los datos en la red, como de hecho ocurre ya con numerosas cámaras web deficientemente protegidas, hablamos de un escenario que puede generar en muchos una cierta incertidumbre.

Las mencionadas inquietudes pueden apreciarse en la forma en que los medios tratan las noticias relacionadas con esta categoría de dispositivos: en Re/code, el titular de la noticia viene a ser algo así como “¡Venga, pon este dispositivo de vigilancia propiedad de Google en tu casa, va a ser genial!”, mientras en Gizmodo se dan al símil bélico y  hablan de “Cómo está utilizando Nest todos los datos que obtiene de su ejército de detectores de humo“. Mashable se refiere al Echo de Amazon como “el extraño dispositivo que probablemente es más de lo que parece“, mientras la conocida tira cómica The Joy of Tech le dedica una página mostrando a una pareja empeñada en conseguir hablar directamente con Jeff Bezos a través del dispositivo, en modo “Jeff, sabemos que estás ahí escuchando…

La recepción de esta categoría de dispositivos no deja, además, de tener su tono jocoso: Fast Company publica una parodia del vídeo original de lanzamiento del Amazon Echo en modo “rebelión de los electrodomésticos”, con un cilindro políticamente incorrecto al que además algún miembro de la familia no le cae especialmente bien. O el propio marketing de Nest, que en su última campaña de anuncios se centra precisamente en factores como los comportamientos obsesivos, la opinión del abuelito tecnófobo, o la preocupación del niño que todo lo rompe o del perro que destroza la casa ante la idea de ser monitorizados constantemente. Humor inteligente, sí, y supongo que bien balanceado por quienes se encargan de diseñar estas campañas – dirigidas por el momento, no lo olvidemos, más al segmento de geeks impenitentes que al usuario medio – pero que no dejan de pulsar precisamente en ese tipo de miedos que provienen de poner ese supuesto “dispositivo que todo lo ve o todo lo siente” en un entorno como el hogar.

 

 

Sin duda, la tecnología está plasmar y dar carta de realidad a esa idea del “hogar conectado”. Pero en el fondo, estas tecnologías se van a encontrar con todo un abanico de sensaciones que van a provocar que balanceemos las propuestas de valor de cada uno de los productos (seguridad, confort, ahorro, incertidumbre, etc.) contra ese conjunto de miedos supuestamente irracionales que provienen de poner en nuestra casa una serie de sensores conectados a la red. ¿Durante cuánto tiempo miraremos a nuestra Dropcam con recelo y nos imaginaremos a un hacker o a un empleado de Nest espiando cuando pasamos por delante de ella? ¿Qué usos siniestros imaginaremos que hace el detector de humos o el termostato con los datos que revelan nuestros hábitos? ¿Cuánto están haciendo las empresas que comercializan este tipo de productos y servicios por aportar la necesaria transparencia a sus transacciones como para que empecemos a considerarlas parte normal de nuestro día a día?

No, no es bueno ser un paranoico que ve amenazas en todas partes, y de hecho, estoy personalmente muy alejado de ese estereotipo: lo pruebo todo y tiendo a minimizar la mayoría de los posibles riesgos implicados. Pero las percepciones colectivas tardan tiempo en cambiarse, y estamos seguramente asomándonos a una de las generaciones que más ha visto evolucionar sus percepciones con respecto a la privacidad y la explotación de los datos personales. Veremos cuánto tardan este tipo de dispositivos en convertirse en parte de nuestra escena habitual, y si estos temores se quedan en la mera anécdota o terminan por convertirse en un obstáculo a la adopción.

 

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Derecho al olvido: ¿tiempo de volver atrás?

Escrito a las 6:51 pm
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IMAGE: Picsfive - 123RFHan pasado ya más de seis meses desde que el Tribunal de Justicia de la Unión Europea falló a favor de Mario Costeja y la Agencia Española de Protección de Datos frente a Google en el caso que consagró la supuesta existencia del “derecho al olvido“. La sentencia provocó que Google crease un mecanismo para dar curso a las solicitudes de eliminación de información de su índice, poniendo a la compañía en la posición de convertirse, muy a su pesar, en juez que decide sobre asuntos en los que, en realidad, no solo no existe como tal la posibilidad de obligar al olvido, sino que además, y por pura lógica, nunca debería corresponderle decidir.

Desde el momento de un fallo tan absurdo como confuso, todo lo que hemos visto ha sido una procesión de casos problemáticos, cada uno peor que el anterior: empezamos con el evidente ataque a la libertad de prensa e información que suponía el ejercicio de ese recién consagrado “derecho al olvido”: instituciones como la Wikimedia Foundation prometiendo luchar contra la censura que de manera efectiva supone, medios como The Guardian o la BBC viéndose amenazados y publicando la lista de artículos eliminados, intentos de dar un carácter global a una medida ya de por sí absurda, usuarios rellenando peticiones con información falsa, y casos que van desde pianistas que piden a un periódico que elimine las críticas de una actuación desgraciada, hasta incluso pederastasterroristas y criminales de todo tipo que se aprovechan del tema para eliminar las referencias a sus delitos, cuestión de la que hemos tenido evidencia reciente en España cuando un diario ha recibido notificaciones de la eliminación de los resultados de Google de tres noticias fechadas en 2008 en las que se daba cuenta del proceso judicial de los integrantes del “comando Vizcaya” de la banda terrorista ETA.

A seis meses del fallo del TJUE, en el que la Corte contravenía expresamente la opinión de su senior adviser, la cuestión está ya suficientemente clara: la instauración de ese supuesto “derecho al olvido” no arregla nada que de verdad tuviese que ser arreglado, y sí es potencialmente capaz de estropear muchas cosas que sí funcionaban y con las que no era en absoluto recomendable meterse. Es, en resumidas cuentas, un desastre, un esperpento judicial mal diseñado, una muestra de la inadaptación a un escenario tecnológico sin vuelta atrás, en el que las leyes o los jueces no van a ser capaces de cambiar, por mucho que lo intenten, la forma en la que funcionan las cosas. Tratar de buscar formas de “arreglar” cosas que no están estropeadas, sino que simplemente funcionan así, es no solo una pérdida de tiempo, sino además, una forma de comprometer otros derechos y mecanismos más importantes. Es, básicamente, jugar al “aprendiz de brujo judicial”, con todo lo que ello conlleva.

¿Cuántas demostraciones más vamos a necesitar para entender que el fallo del tribunal fue un craso error de concepción, que crea más problemas de los que resuelve, y que es preciso revisarlo? ¿Cómo de lenta puede llegar a ser la justicia a esos niveles para plantearse corregir sus propios errores?

 

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