Cada vez que un europeo paga un café, compra un billete de tren o contrata una suscripción online, es muy probable que la transacción viaje a través de infraestructuras controladas por compañías estadounidenses. Visa, Mastercard, American Express, PayPal, Apple Pay o Google Pay se han convertido en elementos tan cotidianos que rara vez pensamos en ellos. Pero la pregunta es importante: ¿tiene sentido que una economía del tamaño de la Unión Europea dependa de sistemas de pago que no controla?
La cuestión resulta especialmente llamativa porque Europa lleva años hablando de soberanía digital. Discutimos sobre inteligencia artificial, cloud computing, semiconductores o ciberseguridad, mientras ignoramos una de las capas más críticas de cualquier economía moderna: los pagos. En la práctica, hemos construido un mercado único, una moneda común y un complejo entramado regulatorio, pero seguimos dejando que una parte esencial de nuestra infraestructura financiera dependa de empresas sometidas a otra jurisdicción.
Los datos del Banco Central Europeo son reveladores. Los esquemas internacionales siguen representando alrededor del 61% de los pagos con tarjeta en la eurozona, y trece países europeos carecen por completo de una alternativa doméstica relevante. En muchos casos, cada pago realizado por ciudadanos y empresas europeas termina pasando por redes estadounidenses.
Es precisamente en ese contexto donde aparece Wero, impulsado por la European Payments Initiative (EPI), un consorcio respaldado por algunos de los principales bancos europeos. Durante su primer año de funcionamiento, la plataforma ha alcanzado 48.5 millones de usuarios registrados y ha procesado más de 7,500 millones de euros en transacciones. Son cifras todavía modestas frente al gigantesco volumen de Visa o Mastercard, pero suficientes para demostrar que existe una demanda real de alternativas europeas.
Sin embargo, el verdadero valor de Wero no está en sus cifras actuales. Está en lo que representa: durante demasiado tiempo hemos interpretado la competencia en los sistemas de pago como una cuestión de cuota de mercado. Pero la cuestión relevante no es si Wero consigue sustituir a Visa o Mastercard. Lo importante es que exista. Que haya una alternativa funcional, interoperable y europea. Que comerciantes, consumidores, reguladores y gobiernos sepan que disponen de otra opción.
Porque la existencia de una alternativa cambia radicalmente la dinámica competitiva. Hoy, Visa y Mastercard pueden imponer condiciones desde una posición extraordinariamente cómoda. Los comercios aceptan sus costes porque prácticamente no tienen otra opción. Pero si Europa consigue desplegar una infraestructura propia capaz de operar pagos entre particulares, comercio electrónico y pagos en punto de venta, la conversación cambia por completo. Ya no se trata de expulsar a nadie del mercado, sino de impedir que unos pocos actores tengan capacidad para dictar unilateralmente sus reglas. Si añadimos además que esos actores están sometidos a la voluntad de un gobierno norteamericano completamente impredecible que puede exigir los datos que estime oportuno en cualquier momento, el problema parece evidente.
La iniciativa resulta aún más interesante porque no pretende partir de cero. El objetivo es conectar y coordinar sistemas nacionales ya consolidados como Bizum en España, Bancomat en Italia, MB Way en Portugal, iDEAL en los Países Bajos o MobilePay en los países nórdicos. En lugar de crear una nueva fragmentación, la idea consiste en construir una verdadera red paneuropea que permita pagos instantáneos entre ciudadanos y empresas de distintos países sin depender de infraestructuras externas.
Obviamente, el camino no será sencillo. Los hábitos de pago son difíciles de cambiar. Apple Pay y Google Pay ofrecen una experiencia excelente. Visa y Mastercard poseen décadas de ventaja, aceptación universal y enormes economías de escala. Incluso en Alemania, uno de los primeros mercados donde se desplegó Wero, la adopción sigue siendo relativamente limitada.
Pero reducir la discusión a una simple batalla comercial sería un error. Los sistemas de pago son también instrumentos geopolíticos. Cuando Visa y Mastercard tomaron la decisión de suspender sus operaciones en Rusia tras la invasión de Ucrania, demostraron algo evidente: quien controla las infraestructuras financieras dispone de una poderosa herramienta de presión política. En aquel caso concreto, muchos consideraron la medida justificada. Pero la lección sigue siendo válida. La dependencia tecnológica siempre implica vulnerabilidad.
Por eso resulta significativo que el BCE lleve años insistiendo en la necesidad de reforzar la autonomía europea en materia de pagos, o que el debate sobre el euro digital avance en paralelo. No son iniciativas idénticas, pero responden a una preocupación común: la necesidad de garantizar que Europa conserve capacidad de decisión sobre infraestructuras fundamentales para su economía.
La cuestión, además, trasciende el ámbito financiero. Los pagos generan datos, relaciones comerciales, poder de negociación e innovación. Determinan quién captura valor y quién establece los estándares. En una economía cada vez más digitalizada, controlar esas infraestructuras equivale a controlar una parte importante del futuro.
Europa ha cometido demasiados errores en la construcción de plataformas digitales. Llegó tarde a las redes sociales, al cloud, a los sistemas operativos móviles y a muchas otras áreas estratégicas. Pero en pagos todavía existe una oportunidad real. No porque Visa y Mastercard vayan a desaparecer, sino porque la competencia puede volver a existir.
Y ese debería ser el verdadero objetivo. No construir una alternativa europea por patriotismo económico ni por nostalgia industrial, sino porque ningún mercado funciona adecuadamente cuando depende de un número tan reducido de actores. La soberanía no consiste en cerrar fronteras ni en expulsar competidores: consiste en tener opciones.
Porque, al final, la pregunta no es si Wero derrotará a Visa o Mastercard. La pregunta es mucho más sencilla: ¿queremos que la infraestructura que mueve nuestro dinero dependa exclusivamente de decisiones tomadas fuera de Europa? Si la respuesta es no, entonces iniciativas como Wero dejan de parecer experimentos financieros caprichosos para convertirse en algo mucho más importante: una pieza esencial de la autonomía estratégica europea.

