California acaba de poner sobre la mesa una discusión que muchas democracias llevan demasiado tiempo aplazando. La propuesta, que podrá ya ser incluida en la papeleta electoral de noviembre de 2026 según la Secretaría de Estado de California, plantea un impuesto extraordinario, de una sola vez, de hasta el 5% sobre patrimonios superiores a mil millones de dólares, con el 90% de la recaudación destinado a sanidad y el 10% a educación y alimentación.
El texto registrado ante la oficina del fiscal general no habla de expropiar empresas ni de castigar a nadie: habla de financiar servicios básicos en una sociedad capaz de generar fortunas inmensas mientras se deterioran sus infraestructuras esenciales.
La reacción de algunos nombres conocidos de Silicon Valley ha sido la previsible: hablar de fuga de capitales, de destrucción del ecosistema emprendedor y de pérdida de incentivos. Es el argumento habitual: si se pide a quienes más se han beneficiado de un entorno económico, jurídico, educativo, científico y de infraestructura que contribuyan de manera proporcional, supuestamente la innovación se detendrá. Pero la tesis tiene mucho de chantaje y de absurdo conceptual: nadie deja de fundar una empresa que puede valer miles de millones porque, en el hipotético caso de acabar acumulando más de mil millones de patrimonio personal, tenga que pagar una contribución extraordinaria. Las empresas se crean por ambición, oportunidad, tecnología, talento, capital, redes, mercados e instituciones. Confundir eso con el privilegio de no tributar es manipular el debate.
El problema de fondo es que el sistema fiscal grava nóminas, consumo y rentas ordinarias, pero sigue tratando la riqueza extrema como una abstracción contable. Un trabajador cobra, declara y paga. Una pequeña empresa obtiene beneficios y paga. Pero el multimillonario típico puede vivir con pocos «ingresos» fiscales: acumula plusvalías no realizadas, utiliza acciones como colateral, se endeuda contra su patrimonio, reorganiza activos en sociedades, trusts y fundaciones, y retrasa indefinidamente el momento en que el fisco puede considerar que existe algo gravable. ProPublica lo documentó en su investigación sobre cómo los más ricos de Estados Unidos evitan pagar impuestos sobre la renta, y lo resumió después en su lista de técnicas de elusión fiscal utilizadas por multimillonarios.
La excusa de que «no tienen ingresos» es precisamente la razón para hablar de riqueza. No es una objeción técnica: es la descripción del agujero. Si alguien controla decenas o cientos de miles de millones en activos, puede influir en mercados, financiar campañas, condicionar regulaciones y transmitir poder económico a la siguiente generación. Pero si aparece fiscalmente como alguien con ingresos modestos, el problema no es la ausencia de renta imponible: el problema es un sistema diseñado para mirar hacia otro lado cuando la riqueza adopta formas que no encajan en sus categorías tradicionales.
La investigación académica lleva años señalando esa disfunción. Emmanuel Saez y Gabriel Zucman explicaron en su trabajo sobre tributación progresiva de la riqueza que un impuesto bien diseñado sobre el patrimonio puede restaurar progresividad allí donde el impuesto sobre la renta deja de funcionar: en la cúspide, donde la riqueza crece mucho más rápido que la renta declarada. Un estudio reciente del NBER sobre los cuatrocientos hogares más ricos de Estados Unidos concluyó que su tipo efectivo total era inferior al de la población en su conjunto, porque sus ingresos imponibles son pequeños en relación con su renta económica real.
La desigualdad extrema no es una cuestión estética ni una invitación a practicar la envidia: es un problema institucional de primera magnitud. La OCDE lo plantea en su análisis sobre desigualdad de ingresos y riqueza: desigualdad de resultados y de oportunidades se refuerzan mutuamente. Cuando una sociedad permite que la acumulación patrimonial extrema crezca sin fricción fiscal, no premia únicamente el mérito: consolida ventajas, compra influencia y cierra puertas.
El argumento de la fuga de ricos merece menos histeria. Sí, algunos pueden cambiar residencia fiscal o reorganizar activos. Lo hacen ya, con impuestos altos, bajos o inexistentes. Pero la evidencia es más matizada que el relato apocalíptico: el estudio de Cristobal Young y sus coautores sobre migración de millonarios y tributación de élites encontró que esa fuga existe, pero en márgenes estadística y socialmente limitados.
Silicon Valley no surgió en un desierto institucional: surgió sobre universidades, investigación pública, contratos gubernamentales, inmigración cualificada, infraestructuras, capital riesgo, protección jurídica y mercados regulados. Todo eso cuesta dinero. Todo eso es sociedad. Todo eso es Estado.
La verdadera confiscación no es pedir una contribución extraordinaria a quien supera los mil millones de dólares de patrimonio. Confiscatorio es permitir que escuelas, hospitales y programas públicos se deterioren mientras una élite minúscula convierte la ingeniería fiscal en ventaja competitiva. Los multimillonarios seguirán creando empresas, invirtiendo y ganando muchísimo dinero. El incentivo seguirá siendo gigantesco. Lo que este impuesto establece es otra cosa: que la riqueza extrema no debe estar por encima de la democracia.


John D. Rockefeller ganaba en una sola semana casi 20,000 veces más de lo que recibía un obrero suyo por el mismo periodo de trabajo. Lo que un empleado tardaba toda su vida laboral en ganar, el magnate lo generaba en cuestión de minutos
Más o menos lo mismo podríamos decir de sus contemporáneos Carnegie, Vanderbilt, Morgan, Astor…
Aquellos millonarios, los Barones Ladrones, dedicaron gran parte de su dinero a la filantropía, devolviendo parcialmente su riqueza a la sociedad que les había permitido hacerse ricos.
https://autenticonuevayork.com/blog-ny/edad-dorada-nueva-york/#Legado_y_herencia_de_la_Edad_Dorada
Los magnates de la Edad Dorada multiplicaban su riqueza por millones respecto a sus trabajadores, pero ahora, los Zuckerbeg, Musk, etc, multiplican su riqueza por decenas de millones.
Los millonarios actuales, ¿qué devuelven a la sociedad? Carnegie donó el 90% de su fortuna, ¿y los de ahora se quejan porque les quieren quitar un miserable 5%?
Hay en EEUU muchos empresarios que piden que aumenten sus impuestos, que consideran injusto que ellos paguen poco más que sus empleados, pero son los empresarios poco-millonarios, los empresarios que fabrican cosas que venden a la gente, empresarios que viven en este mundo.
Los muchimillonarios no pisan la calle, no se relacionan con la gente, no fabrican cosas que vender a la gente. Multiplican sus ingresos decenas de millones de veces respecto a sus trabajadores. Y viven como tales millonarios con sus aviones privados, mega yates, etc. mientras pagan los mismos impuestos que sus empleados. Estos son los que no quieren pagar ni un sólo dólar de impuestos ni ceden un sólo dólar a la sociedad.
Y mientras algunos gastan más millones en oponerse a la propuesta que pagar el impuesto -¡manda huevos!-, otros están negociando rebajarlo al 2%, bueno, yo incluso aceptaría que pagaran sólo un 1% (10.000.000$ por cada 1.000.000.000$) si fuera un pago anual y no único.
Pero también sé que nada de esto funcionará si no se aplica en todo el país.
Así que, o pagas o te vas del país… poniendo en peligro el propio negocio del que se nutre su riqueza.
Buen análisis. Aparte de ser un problema moral, es una falla de diseño del sistema, porque favorece que el que más tiene pueda acumular mucho más y con menor esfuerzo. Debería ser justo al revés para evitar la descompensación social (con todo lo que implica). A mayor volumen de riqueza, el sistema debería ofrecer una fricción o dificultad creciente para seguir acumulando, garantizando así que los recursos vuelvan a fluir hacia la sociedad que ayudó a generarlos.
Por soñar que no quede, pero estamos llegando a concentraciones de riqueza que solo van a provocar más estallidos sistémicos por todo el globo…
Un debate muy interesante. Los impuestos progresivos y las excepciones (por donativos, fundaciones, etc) siempre me han parecido una cachufla. Al final el sistema se vuelve totalmente ineficiente y nadie entiende lo que paga o no. Y los que tienen pasta se la sueltan a los abogados que sí saben (y cuestan más que esos mismos impuestos).
Más fácil sería poner una tarifa plana a todo. 20% de IVA a todo. 10% de sociedades. 30% de IRPF. Y santas pascuas. Para mí esto sería justicia fiscal y socialismo (en su plantemiento inicial de igualdad) extremos.
Así da igual si telefónica o unicaja meten millones en sus fundaciones para evitar pagar. O si hacen un double dutch entre irlanda y holanda. Todos pagan y punto. Y al ser cifras redondas es más difícil que en una junta de accionistas des una cifra y que a hacienda le des otra.
El contrapunto es que «entonces no meten dinero en sus fundaciones y las cierran». Pues mira, tal vez ni tan mal, la mayoría solo son criaderos de enchufes para los gerentes de la alta banca y sus familias. Con todo lo recaudado es posible que el sector público pueda asumir esos conciertos, exposiciones de cuadros y cursos de concienciación o congresos que montan cada X.
El sistema no debe desincentivar que la gente aspire a ser millonaria. Esa motivación genera muchos puestos de trabajo en USA y Alemania. Aquí solo genera corrupción porque por la vía legal y blanca es bastante difícil: los empresarios se ahogan en impuestos antes de poder triunfar. Muchas de nuestras grandes empresas son herencias de empresas estatales, no nuevas como en otros entornos dinámicos. Zara y Mercadona son la excepción.
Empresas españolas que admiro porque crecen pese a un entorno hostil: Primor, Traventia, Exadi, PcComponentes, VitoTrans, Andorrano y otras similares.
Pero siento mucho que no tengamos una gigante tipo Spotify, Google u OVH