Algunas reflexiones sobre la independencia editorial

IMAGE: Gavril Bernad - 123RFMe ha parecido muy motivadora la columna de mi compañera de proyecto y de consejo María Ramírez sobre la independencia editorial, titulada «La llamada«. Una imagen mental que me evoca numerosas escenas que he vivido a lo largo de mi vida como académico, analista, creador de contenidos o simple generador de opinión, y con la que sintonizo plenamente. Esa llamada que quiero simbolizar con un viejo teléfono de dial y baquelita, tan antiguo como la mentalidad de quienes hacen esas llamadas.

Durante toda mi vida profesional he tenido la suerte de trabajar para una institución que consagra en letras enormes en su credo la independencia y la libertad de cátedra. Para muchos podrá parecer simplemente una frase, pero va muchísimo más allá que eso – y lo digo yo, que seguramente soy de los que más oportunidades ha ofrecido para poner la frase en práctica. A lo largo de mi experiencia, me he encontrado con «llamadas» de las que describe María en su columna en innumerables ocasiones, y todas han sido absorbidas por mi compañía como debía ser: con claridad inequívoca a la hora de darme toda la libertad necesaria para que pudiese mantener mi criterio, o en algunos casos, incluso enriquecerlo. Sin ánimo de replicar la escena final de Blade Runner, «he visto cosas que vosotros no creeríais»… salvo que trabajéis en un medio de comunicación. He visto a directivos de compañías marcar el teléfono de compañeros míos, de mi decano o incluso del fundador de mi compañía para pedir desde que me reconviniesen, hasta directamente que me despidiesen, invocando todo tipo de razones. He visto idiotas de mentalidad trasnochada tratar de invocar al Consejo de Ética para expulsarme por «incitar al robo de propiedad intelectual», y a directivos amenazar a mi institución con los males del infierno por mantener en su plantilla a una persona como yo. Ni una sola vez he sentido presiones de mi institución para que retirase o dejase de decir algo, a pesar de que en ocasiones, las presiones han sido importantes. La libertad de cátedra no es algo que se ponga en un documento: es algo que hay que defender todos los días, y no es sencillo. 

Llegué a la institución en al que trabajo tras escogerla porque me parecía la más adecuada para desarrollar un espíritu emprendedor. En aquel momento, con veintipocos años y procedente de catorce años de educación en los Jesuitas, no otorgué ningún valor especial a la independencia de la institución, al hecho de ser un proyecto emprendedor cuya viabilidad depende únicamente de sí misma, de sus resultados, de su capacidad para atraer alumnos y proporcionarles un valor por el que estén dispuestos a pagar de manera sostenible. Con el tiempo, sin embargo, esa independencia se ha convertido en el valor principal que me mantiene ahí: conozco pocas instituciones que la representen tan claramente, y me considero por ello un absoluto privilegiado. Las cosas que escribo o digo te parecerán mejores o peores, unas veces más rigurosas o inspiradas y otras menos. Pero todo lo que digo corresponde a análisis personales e independientes, nunca he vendido mi opinión a nadie, y en muy pocas ocasiones (concretamente tres, algún día las contaré con detalles, ahora ya no me duelen porque las considero simplemente «experiencias de aprendizaje») he visto como me retiraban algo de algún medio o lo alteraban de manera significativa.

Pero esa es la cuestión: soy un privilegiado. Un auténtico «niño mimado» de la independencia editorial o de opinión. Un extraño caso de «radical libre» e independiente a las presiones. En la mayoría de los proyectos que conozco, e incluso en mi propia institución, esas presiones existen. En algunos casos son auto-impuestas, las peores que conozco: personas que se autocensuran pensando en las posibles consecuencias de lo que querían decir o escribir, creyendo que «no es conveniente», o que les podría traer problemas. En otros casos son directrices claras, concretas, específicas: esto no se puede decir, este tema no se puede tocar, de esto no se puede hablar. Mantener la independencia editorial y la libertad de las personas para escribir sobre lo que quieren es algo mucho más complejo de lo que parece.

Eso, por un lado, me hace valorar mucho más lo que tengo en la institución para la que llevo trabajando más de un cuarto de siglo. Por otro, me prepara para entenderlo en otros proyectos en los que participo, como es el caso de El Español, y que en su por ahora corta historia, debo decir que aprueba con muy buena nota. Es ahí donde la columna de María resuena de verdad: esa independencia solo se puede mantener cuando todos, desde los trabajadores hasta los directivos, pasando por los que venden la publicidad y los que estamos en el Consejo de Administración, lo internalizan y se lo creen de verdad. Cuando la extorsión del «si no me gusta lo que dices, no me anuncio» se puede superar con un «anúnciate si quieres y estaré encantado con ello, pero no interferirás por ello en el contenido». Cuando los suscriptores que tienes y el negocio que generas no dependen de que tal o cual anunciante entre o salga, sino del valor que se genera con la actividad.

En España, desgraciadamente, esto de la independencia es un valor en caída libre. Tenemos un gobierno que la entiende como algo que se puede comprar, amenazar, coartar y condicionar sin ningún tipo de cortapisas, como si esas acciones despreciables fuesen parte de lo que se entiende como «normalidad democrática». Medios que venden lo que no tienen, y que pretenden ofenderse o callan cobardemente cuando se les afea su actitud. Salvo en algunos nuevos proyectos, malos tiempos para el periodismo.

La independencia editorial es un valor fundamental. Los medios no son mejores o peores en función de su maquetación, de su tecnología o de su modelo de negocio: lo son en función de su independencia, de su capacidad de decir las cosas aunque molesten a otros. Y como demuestra mi experiencia, ese valor no es únicamente importante cuando eres periodista: lo es también cuando eres profesor, cuando eres analista, cuando eres muchas cosas. En realidad, es un valor importante siempre, para todo. Es un valor que es importante cuando eres ciudadano. Madurar como sociedad democrática implica, entre otras cosas, entender precisamente eso.

 

This article is also available in English in my Medium page, “Press freedom: still subject to an old-fashioned phone call«

 

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